José
Milciades Murillo Ulloa, participó en La ciudad jamás contada motivado por la convicción de tener una historia que contar.
Pero el 13
de agosto de 2007, la opción de tener un espacio para que su voz reconstruyera
aquellos momentos fundamentales de su vida, se extinguió en la ambulancia que
lo trasladaba de la pensión en que vivió sus últimos días hasta el hospital.
Fueron muchas las preguntas sin una respuesta
cómoda, correcta, metodológicamente previsible, que al interior del proyecto se
hicieron: ¿debe seleccionarse un nuevo ciudadano narrador? ¿alguien debe tomar
la voz de José? ¿Nos encargamos de ubicar a las personas que lo conocieron?
¿hacemos un relato de muchas voces?
Pero la respuesta era tan cercana como
difícil de ver: Carlos Alberto Casas, su acompañante, el mismo que había
seleccionado su texto dentro de muchos, tenía la única clave para entrar a la
fragmentada historia de este Niche que arribó a Bogotá en 1983 buscando
alternativas, ayuda, soluciones.
Esa esperanza, a lo largo de más de 20 años,
se convirtió en la imposibilidad de contactar de nuevo a su familia por temor a
ser juzgado.
Este hombre que se movió por la ciudad de tantas maneras como
pudo, que disfrutó de Transmilenio para llegar a la esquina de la Carrera 15
con 116 en la que, junto a su parche, pedía limosna de 4 a 9 p.m., dejó para La
ciudad jamás contada no su historia, sino los rastros que su acompañante plasmó
en un diario sobre sus encuentros.
Este relato no es como los otros, fue
atravesado por el destino que le impidió a José Milciades ver impresas sus
palabras en estas páginas, a la vez que nuestro intento por no dejarlo en el
olvido.
DESDE QUE
EXISTO, MI VIDA NO HA SIDO FÁCIL
Junio 8. "Mire hermano, si yo me hubiera quejado en la
vida, estaría acostado en una cama y nunca habría sido capaz de salir a la
calle". Con esta frase me recibe José Milciades cuando me acerco a
conocerlo.
El escrito con el que participó en La ciudad jamás contada es
complejo, humano, contradictorio, por eso lo busco, quiero conocer más de cerca
su realidad, lo encuentro en la calle, en medio del asfalto pidiendo plata a los
carros, apoyado en sus rodillas protegidas por unos cauchos para evitar que se
pelen. "Es que a mi me ha tocado muy teso todo, me ha tocado siempre
llevar del arrume, como decimos en la calle".
Su vida está marcada por la
dificultad de moverse de un lado a otro, y por el recuerdo remoto de sus
primeros pasos dados en la pieza donde vivía con su familia en Aguablanca,
Cali.
Fueron sus únicos pasos. La polio que llegó por la ignorancia de su
familia, le impidió caminar el resto de su vida. Su niñez transcurrió entre
tratamiento y tratamiento.
ESTE
TRICICLO ES MI MEDICINA
Junio 22. El encuentro es en el Carulla de
la esquina donde trabaja. Me pide que le empuje su triciclo para poder subir la
rampa. En medio de un café y dos empanadas, me cuenta que cuando llegó a Bogotá
se movió en un carro de esferas hasta que la suerte le sonrió: "Hace como
nueve años estaba trabajando en el semáforo de la Calle 26 con las Américas
mientras caía un aguacero. Me había atascado en una alcantarilla y estaba todo
mojado. Se me apareció la virgen cuando un señor se asomó desde su carro y me
dijo: "¿Le gustaría tener una silla de ruedas Le voy a dar una".
Yo
pensé que era de esos tipos que se aprovechan de uno haciéndole promesas y nada
más. Pero igual le dije que si.
Al otro día apareció, la verdad no me lo
esperaba.
Me dio el triciclo en el que ando hoy., me costó mucho aprenderlo a
manejar, me caía y hasta me levanté una uña entera. El señor me contó que tenía
a su esposa enferma de cáncer y había ido a hacerle una promesa al Divino Niño
para que ella se aliviara, mandó hacer 300 triciclos para repartirlos a
personas discapacitadas, nunca volví a verlo, ni supe si la señora se
alivió".
Esta conversación sin destino conocido, va y
viene en medio de las grabaciones que acordamos hacer de su voz y las notas que
voy tomando.
La historia aparece: sobrevivió Bogotá recorriendo sus calles en
un carro esferado, luego en su triciclo e incluso en una silla de ruedas
eléctrica, vivió en un cambuche en El Cartucho y en pensiones de paso en el Centro, metió toda la droga que se le atravesó y que pudo comprar con las monedas que
la gente le daba, se alimentó de las sobras de los restaurantes, y se dio
cuenta que la única manera de subsistir en la calle era teniendo a la gente de
su lado, que alguien como él no podía solo. "Casi siempre me siento
atropellado por gente que lo menosprecia a uno en la calle. Hay personas que
cuando me les voy a acercar a pedirles plata, y sin que el semáforo haya
cambiado, adelantan el carro para que uno no se les arrime.
Más de una vez me
han cogido los dedos de la mano con las llantas".
¡ESTA
CHIMBA NO LA DEBERÍAN COBRAR!
Julio 3. Nuestro encuentro es en la
Avenida Caracas con Calle 25 para acompañarlo en su recorrido de Transmilenio.
"Yo me demoro como una hora y media desde la pensión, en el barrio Santa
Fe, hasta el semáforo de la Calle 116 con 15, no me gusta bajarme en la
estación de la 116, porque una vez me quedé atascado con el triciclo en el
ascensor, prefiero la de la Calle 125 que tiene rampa y un policía bachiller
que me ayuda.
De ahí llego hasta la Avenida 19 y por la ciclorruta hasta la
esquina de la Carrera 15. Ahí me encuentro con los de mi parche: Eliver que
vende dulces y cigarrillos, Modesto que tiene una chaza frente a Carulla y
vende minutos de celular, y el que vende mandarinas".
Así transcurre cada
día en su lucha por subsistir en Bogotá, entre el verde y el rojo del semáforo.
Para nadie hay trato especial. La calle es igual de dura con todos.
Aunque reconoce que Transmilenio le ha hecho más
fácil esta vuelta, refunfuña al entrar a la estación por tener que pagar.
Cuando sube al bus articulado, aunque nadie está pendiente de él, la gente le
abre espacio para que se pueda ubicar en el sitio asignado para discapacitados.
La ciudad pasa ante sus ojos, respira con algo de esfuerzo y sonríe, dice que
es de los pocos espacios en los que no se siente distinto, ni discriminado.
Es
un pasajero más, un ciudadano en plenitud de sus derechos