miércoles 23 de abril de 2008

El Congreso, una crisis vieja

LA COLUMNA DE OPINET
Íngrid Betancourt en su libro La rabia en el corazón, cuenta que los hermanos Rodríguez Orejuela, en una reunión clandestina a mediados de los noventa, le confesaron que tenían más de 100 parlamentarios comprados. Al poco tiempo sobrevino el proceso 8000 que dejó en claro la íntima relación del narcotráfico con la política. Ahora, más de diez años después, el fantasma revive con la ‘parapolítica’ y son muchos los que se preguntan si el Congreso es o no es legítimo. Tal vez, la pregunta correcta sería: ¿Ha sido legítimo alguna vez?
Decía el economista Alejandro Gaviria, en El Espectador, que el Congreso es cada tanto el blanco favorito de los críticos porque ser duro con esa corporación hace quedar bien al acusador. Todas las frustraciones de los colombianos son dirigidas hacia la élite política, pues no se les perdona el gran poder que detentan, los altos sueldos y el constante usufructo de la hacienda y los bienes públicos, a cambio de tan pocos beneficios para el país. De esa manera, nada es más fácil que exacerbar los ánimos en contra de esa camarilla mediocre. Gaviria agregaba que esa situación de descrédito permanente alejaba de la actividad política a personas honestas y bien preparadas.
Y es que dice un viejo dicho que la política es como las salchichas, que son deliciosas pero es mejor no preguntar cómo se hacen (Bismarck). Si la política es la continuación de la guerra por otros medios (Clausewitz) y si en la guerra todo se vale, es de esperarse que el pulso por el poder, en principio, y el ejercicio del mismo, una vez se ha logrado, constituyan unas dinámicas que en otros ámbitos son inaceptables.
Lamentablemente, esto refuerza la tentación de cruzar la línea muy tenue que hay entre lo moralmente aceptable, lo claramente antiético y lo abiertamente criminal. Esto es lo que habría que diferenciar en el escándalo actual para condenar lo último.
Colombia vivió muchos años sin Dios ni Ley. Primero mandaban los gamonales de pueblo o caciques políticos, hasta que fueron desplazados por guerrillas, narcotraficantes y paramilitares. Por falta de afinidad política, el bipartidismo de antaño fue objetivo militar de las guerrillas y a sus representantes no les quedó de otra que aceptar el paramilitarismo no sólo para mantener el control político sino para preservar sus vidas. Esta perversión es la herencia de gobiernos pusilánimes que ignoraron sus responsabilidades y se negaron a combatir a las guerrillas por considerar que sus propósitos supuestamente altruistas las hacían merecedoras de concesiones desmedidas.
Hasta ahí, hacer un juicio es temerario. Nadie está obligado a dejarse asesinar menos cuando el Estado ha incumplido descaradamente el contrato social: lo ha roto. El problema es que como el poder absoluto corrompe absolutamente (Lord Acton), algunos políticos, en sus regiones, pasaron de la convivencia a la connivencia con los ‘paras’ y, más tarde, a la complicidad, vinculándose directamente con crímenes de diversa naturaleza para apropiarse de dineros públicos o de las tierras de los campesinos y hasta para eliminar a sus rivales políticos.
Sin embargo, la mayoría de los congresistas investigados no lo están por la comisión de crímenes tan graves sino por supuesta influencia de los paramilitares en su elección. En algunos casos son evidentes las circunstancias ‘atípicas’ en que fueron elegidos, con muchos votos a su favor en zonas de dominio paramilitar en las que años atrás no pasaban de obtener unos pocos sufragios. En otros casos investigados, la influencia no es evidente e, incluso, luce innecesaria.
Por eso no puede descartase que en este escándalo de la ‘parapolítica’ hayan otros intereses, sin duda malsanos y oscuros. En el caso del 8000, el interés de fondo fue el de no dejar gobernar a Samper y hoy puede haber un propósito similar. A muchos políticos les están cobrando el hecho de haber sobrevivido al predominio de la guerrilla en sus zonas de influencia, las que después fueron copadas por las autodefensas. Eso los convertiría automáticamente en aliados de los ‘paras’, lo mismo que el haber tenido reuniones con ellos para hablar de su desmovilización; haber ido a Ralito es un crimen, pero haber ido al Caguán o a campamentos guerrilleros no. Son curiosidades de una justicia parcializada.
Por eso es una falacia que el Congreso esté en crisis de legitimidad y entonces haya que cerrarlo. Es que el Congreso nunca ha sido limpio y falta mucho para que algún día lo sea. Nadie se daría golpes de pecho si el Presidente lo cierra pero ese fujimorazo sería visto como una arranque del más nocivo autoritarismo. Por tanto, Uribe envía una buena señal al mostrarse en desacuerdo con esas salidas populistas. En cambio, hay otros como César Gaviria o Gustavo Petro que pelan el cobre al pedir que se adelanten las elecciones del 2010, incluyendo la de Presidencia pero sin reelección. ¡Qué tal el cinismo!

sábado 15 de marzo de 2008

Situación sanitaria y remedios en la colonia


En nuestra época colonial el conocimiento de las enfermedades atravesaba por un período rudimentario y elemental. El diagnóstico médico se hacía a través de la observación clínica de algunos aspectos del paciente: el pulso, la orina, el semblante y el grado de sensibilidad del vientre.
Por el pulso se podía saber sobre la condición del humor de la sangre. Por el olor de la orina, podía diagnosticarse el estado de ese otro humor. Por el semblante y la temperatura se conocía sobre el predominio de la ecuación frío calor y el tacto del vientre podría mostrar hasta qué punto existía una hinchazón interna o un apostema o una obstrucción.
Hecha la diagnosis, los remedios invariablemente tenían que ver con la dieta, las lavativas, los emplastos y la sangría.
La dieta, con diferentes variaciones, estaba orientada a restablecer uno de los principios en la dualidad seco/húmedo. El agua hervida se consideraba cálida y la cruda fría. Muchas veces se recomendaba no beber agua o se recetaba dieta húmeda.
La purga era el mecanismo más manido de la medicina. Servía para “sacar los malos humores“, apelando a la farmacopea vegetal o simplemente a la lavativa. Era pues un elemento de limpieza indispensable, de la misma manera en que se consideraba que el estornudo era una “descarga de la cabeza”. Dentro de esta lógica, las diarreas no se atacaban; por el contrario, se consideraban benéficas.
Los emplastos servían para producir externamente focos de frío o calor y para curar dolores internos o externos, por ejemplo, dolores de costado y reumas. El sudor inducido con alimentos calientes o mediante bebidas alcohólicas servía de alivio para crisis internas.
Otro recurso tan socorrido que casi tenía la calidad de una panacea era la sangría. Tan común era que existía un oficio especializado: el barbero y el flebotomiano.
Las hierbas medicinales y los compuestos de origen vegetal tenían usos muy particulares. La mentalidad altamente casuista del español la asimilaba muy bien. Pero en general, un medicamento vegetal se clasificaba según la lógica hipocrática de los contrarios. La viravira es hierba “cálida”, la borraja es “fresca”, el hinojo y el eneldo son de naturaleza “cálida”.
Ante la ausencia de compuestos químicos se usaron extensamente las secreciones naturales: la orina, la leche humana, el estiércol de caballo. A fines del período colonial nuestro más ilustre médico, el profesor Mutis, recetaba sudor, montar a caballo y leche de burra.
Con respecto a las enfermedades de las mujeres, según el saber de Valenzuela, éstas se reducían a pocas cosas:
Todas las enfermedades que sobrevenían como consecuencia del alumbramiento eran denominadas `sobreparto’. Las afecciones internas peculiares de la mujer se llamaban ‘mal interior y las afecciones crónicas del abdomen cuyas causas eran desconocidas las denominaban obstrucciones.
Es forzoso anotar que el ejercicio de la medicina, no sólo en Santafé sino en todo el vasto territorio de las Indias, recibió desde sus comienzos el ingente aporte de las yerbas medicinales que conocían y utilizaban los indígenas de todo el continente.
También en ese aspecto vale anotar que el deplorable grado de atraso no se diferenciaba mucho del nivel medio de la medicina. Sobre la automedicación decía un documento del siglo XVI:
“Se ha visto que los más vecinos y otras personas, por experiencias que han tenido, tienen conocidas sus complexiones y se saben sangrar y purgar con cosas que por experiencia se ha visto ser provechosas, por lo cual algunos enfermos no han tenido necesidad del dicho médico y ha sido Dios servido de darles salud”.
Dado el hecho de ser la medicina costosa y poco eficiente, los santafereños siguieron por mucho tiempo empeñados en encomendar sus curaciones a la misericordia divina y a su propia intuición y experiencia. Decía otro documento de la época:
“Porque algunos hombres pobres y aún ricos que tienen alguna calenturilla, o un dolor de cabeza, vagidos, una ventosidad, un romadizo o una enfermedad del estómago, pasan sin llamar médico ni gastar botica y con sólo seguir regimiento quedan sanos”.
Por otra parte, la situación sanitaria fue absolutamente lamentable durante el período colonial. Sólo en los comienzos del siglo XIX, cuando llegó a Santafé la vacuna contra la viruela, puede decirse que la salubridad pública conoció algún progreso. De esa fecha hacia atrás, el panorama es sencillamente tétrico. Hacia el final de la Colonia escribía sobre este particular el sabio Mutis:
“Si a las calamidades endémicas se agregan los males propios a la humanidad; las anuales epidemias que son comunes a todo el mundo y la inmensa variedad de enfermedades originadas de los desórdenes de los alimentos, bebidas y mal régimen; reunidas tantas calamidades que diariamente se presentan a la vista, forman la espantosa imagen de una población generalmente achacosa, que mantiene inutilizada para la sociedad y felicidad pública la mitad de sus individuos, a los unos por mucha parte del año y a otros por todo el resto de su vida”.
La triste verdad era que contra la mayoría de las dolencias más frecuentes de entonces sencillamente no había remedio. Hay un documento muy curioso de 1790 en el que un médico de apellido Froes hizo un recuento en el que clasificó por géneros las enfermedades más frecuentes en Santafé. Desbrozado el diagnóstico, el resultado de las enfermedades fue el siguiente:

I. De género inflamatorio:
Dolores de costado.
Las anginas.
Reumatismo.

II. De género humoral:
Las pútridas: con inflamaciones y sin inflamaciones.
Las comunísimas.
Las catarrales.
Las pituitosas.

III. De género crónico:
El gálico.
El escorbuto.
Pocas diarreas.

IV. De género endémico:
Hipocondrías.
Cachexias.
Obstrucciones.

V. Frecuentísimas:
Hidropesías.

VI. Epidémicas:
Tabardillo.
Sarampión.
Viruela.

A este listado de enfermedades corrientes Mutis agrega otras de tipo endémico. “Las escrófulas, llamadas vulgarmente cotos y las bubas llagas y se añaden dos enfermedades, la lepra y la caratosa, esta última en concepto de Mutis “una especie de lepra judaica”.
Dentro de este cuadro verdaderamente desastroso de salud pública en Santafé y el Nuevo Reino, el sector más afectado era naturalmente el de los indígenas, especialmente afectados por las enfermedades europeas y totalmente desprotegidos. Para el indio no hubo jamás la mínima asistencia médica. Dice un documento de la época:

“Desde que el indio enferma hasta que lo llevan a enterrar no es visitado por su amo, y si entonces sabe que murió, no es porque ha tenido cuenta con él sino porque el cura no quiere enterrarlo sin que le paguen”.

miércoles 12 de marzo de 2008

El cazador de cabezas

LA COLUMNA DE OPINET
Por Pedro Lastra, periodista Venezolano

Termina la cumbre del Grupo de Río con un insólito aunque previsible resultado: Correa puesto en ridículo, Daniel Ortega con la cola entre las piernas y Hugo Chávez tragándose sus poderes de seducción ante un hecho incontrastable: Álvaro Uribe le ha vuelto a dar una lección de estatismo, seriedad, coraje y sentido histórico.
Regresa a Bogotá con la cabeza de Raúl Reyes en una mano, el brazo de Iván Ríos en la otra. Unas FARC que se desmoronan de día en día y de minuto en minuto. Y la maleta llena de risas y abrazos. Un auténtico cazador de cabezas.
No fue por un puñado de dólares. Como los que le permitieran a un aficionado Rafael Correa hacerse con el poder de un país que en su momento Simón Bolívar calificara de republiqueta. Que de otra manera no se explica que un país hecho y derecho sea gobernado por un amateur tan bisoño y lampiño que da grima. Ni los que le han permitido a Hugo Chávez contar con la sonrisa de la Sra. Fernández de Kirchner y la servil obsecuencia de uno de los revolucionarios más desprestigiados y corrompidos del mundo, como el comandante Daniel Ortega.
Han terminado en el sitio del que jamás debieran haber salido: en la pista del circo de la política latinoamericana. ¿Cómo es que Chávez rompe relaciones, echa al embajador de Colombia, moviliza diez batallones, pone a nuestro país en pie de guerra para terminar pocas horas después abrazado con el "peón del imperio", "el lacayo de las multinacionales" y "el cínico cachaco del palacio Nariño"? ¿Borrón y cuenta nueva? ¿Aquí no ha pasado nada? No me crean tan.......
Tanta alharaca, tanta bravuconería, tanta tronante amenaza para demostrar que del cerco de sus dientes no salen más que bravatas. Un tigre de papel!! ¿Qué le pasó a sus ímpetus guerreros? ¿Qué a sus afanes expansionistas? Flatulencias, eructos, hipos y carrasperas.
Imposible olvidar a Jaime Lusinchi, un presidente bonachón y sin ínfulas de generalato, que se cuadró frente al Caldas e impuso la defensa de nuestra soberanía. Imposible olvidar a Rómulo Betancourt, que sacó a patadas al comandante Ochoa Sánchez, a Ulises Rosales del Toro y a Tomás Menéndez, Tomassevich, de Falcón y El Bachiller, expulsando de paso a Fidel Castro de la OEA. Eran la flor y nata de las guerrillas cubanas – las FARC de la Sierra Maestra – y salieron con la más homéricas de las diarreas.
Eran otros tiempos: presidentes cojonudos, silenciosos y corajudos. Que antes de hablar pensaban. Y luego de hablar, actuaban. Dispuestos a entregar sus vidas en el campo de batalla. No estos generales de papel maché que se esconden en el museo militar y protestan porque pillan a sus terroristas en calzoncillos.
El gran triunfador de jornada, Álvaro Uribe!! Violeta Parra le hubiera cantado: "discreto, sobrio y sencillo, son joyas resplandecientes, con las que el hombre que es hombre, se luce decentemente".
A Simón Trinidad y otros altos dirigentes de las FARC se unen Raúl Reyes e Iván Ríos. La cacería es inclemente. La desbandada es total. Tan grande es la debacle, que Chávez se rinde, Ortega se arrastra y Correa se esconde. Mayor fiasco, imposible. Tienen sus días contados.

miércoles 5 de marzo de 2008

Gobiernos auspiciadores del terrorismo

LA COLUMNA DE OPINET
Los acontecimientos de las últimas horas en Colombia han tomado un giro inesperado: de la buena noticia de haber abatido a ese criminal despiadado y sanguinario que era alias ‘Raúl Reyes’, el segundo al mando del grupo terrorista de las Farc, se pasó a las tensiones de un posible conflicto regional entre Colombia y sus vecinos Ecuador y Venezuela - cuyos gobiernos auspician el terrorismo como se sospechaba desde hace largo rato y como ahora ha quedado en evidencia -, ante los reclamos airados de Hugo Chávez y Rafael Correa por la ‘violación de la soberanía’ del Ecuador durante el operativo militar que dio cuenta del terrorista.

Los sucesos desencadenados por la muerte de ‘Reyes’ van de lo más absurdo a lo verdaderamente insólito. El Gobierno colombiano informó, desde el comienzo, que el terrorista había sido abatido en territorio ecuatoriano y su campamento bombardeado por la aviación militar. Se informó que, acto seguido, unidades terrestres penetraron la frontera y tomaron su cadáver para evitar que la guerrilla negara la muerte del cabecilla, como es costumbre, además de documentos y cuatro computadores. Eso le informó el Presidente de Colombia a su similar de Ecuador, y fue divulgado ampliamente por los medios de comunicación, la mañana del sábado. En un principio, Correa aceptó la explicación y se limitó a decir que su gobierno investigaría los hechos. Fue Chávez, en la tarde, quien calificó la acción como una violación de la soberanía y advirtió que si eso llegara a pasar en Venezuela sería ‘casus belli’, causa de guerra.
Lo del domingo fue peor. Correa salió a vociferar que, en efecto, se había presentado una flagrante violación de la soberanía del Ecuador, y coincidió con Chávez al afirmar que no había sido un combate sino un “cobarde asesinato”; que a ‘Reyes’ lo habían sorprendido dormido y que Colombia debió informar al Ecuador para que sus fuerzas capturaran al delincuente. De forma inconcebible, extravagante y asombrosa, Chávez - y su corte - le brindó un minuto de silencio en homenaje al compañero caído y lo tildó de “buen revolucionario” cuando ninguna víctima de las Farc le ha merecido, a ese gobierno, la menor consideración. Los responsos fueron acompañados desde Nicaragua por su presidente, Daniel Ortega.
Luego vinieron las decisiones conjuntas contra Colombia. Chávez movilizó diez batallones a la zona de frontera, ordenó alistar los aviones de combate Sukhoi - sus nuevos juguetes - y cerró la embajada en Bogotá, notificando a todo su personal que debían regresar de inmediato.
Correa no se quedó atrás: envió tropas a la frontera con Colombia, llamó a consultas a su embajador en Bogotá y expulsó al embajador de Colombia en Quito. A eso se sumó después el coronel golpista, expulsando de su país a la delegación diplomática colombiana.
Como colofón a estos insucesos, el lunes, varios gobiernos de todo el mundo mordieron el anzuelo y criticaron la acción de Colombia pero pasaron por alto el meollo del asunto: el hecho de que ‘Raúl Reyes’ durmiera a pierna suelta en Ecuador, lo que constituye la prueba reina de que ese país alberga terroristas. De ese hecho ya existían más que sospechas; el mismo Luis Eladio Pérez, uno de los secuestrados (por casi siete años) que las Farc liberaron la semana anterior, relató que la guerrilla lo tuvo un tiempo en ese país, y que la comida era ecuatoriana, la dinamita era ecuatoriana y la munición era ecuatoriana. Eso no lo venden en la tienda de la esquina. Pero, además, en las fotografías y videos que se han conocido del campamento donde fue abatido el terrorista se puede apreciar que este no era un refugio pasajero. Las características de su construcción demuestran que era un albergue permanente de varios meses de construido y en el que se sentían seguros, precisamente, por estar ‘fuera del alcance’ del Estado colombiano.
Tras los actos terroristas de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York, el Derecho Internacional prevé mayores esfuerzos contra el terrorismo que trascienden, incluso, la integridad territorial de un país, eso es secundario. El operativo realizado por el Ejército y la Policía de Colombia se desarrolló en un área selvática donde no hay infraestructura de ningún tipo ni civiles ecuatorianos que pudieran ser víctimas ‘accidentales’. En esos campamentos sólo había criminales colombianos que martirizan a sus compatriotas y corren a resguardarse en territorios vecinos, ahí sí violando la soberanía, ingresando de manera ilegal porque ni siquiera los gobernantes de esos países tienen fuero constitucional para otorgarle patente de corso a los delincuentes de naciones vecinas.
No habiendo posibilidad, entonces, de provocar ‘daños colaterales’, se ejecutó una operación limpia en la que además no había intención alguna de permanecer en el territorio extranjero o de sustraer su dominio. De hecho, la operación sólo duró 14 minutos y ni siquiera se intentó ocultarla. En esto, en su carácter transparente, el Gobierno colombiano ha sentado cátedra, ha actuado siempre con la verdad - como se demostró en el caso del niño Emmanuel - en tanto que las Farc y sus amigos siempre han mentido. Basta recordar las palabras de Hugo Chávez en una visita a Colombia en 2004: “No apoyo ni apoyaré jamás a la guerrilla colombiana, ni a movimiento subversivo alguno contra gobierno democrático alguno. Les juro por Dios y mi madre santa (…) que si yo apoyara la guerrilla no tendría cara para venir aquí a Cartagena” (ver http://www.youtube.com/watch?v=6sEWDlTirWU).
Las fuerzas de Colombia podrían haber sacado sin afanes todos los cadáveres, haber vaciado el campamento y limpiado la zona, para luego armar un escenario de guerra en territorio propio y señalar que ‘Reyes’ fue abatido en Colombia. En ese caso, Ecuador tendría que haber guardado total silencio porque lo contrario sería reconocer su complicidad. ¿Por qué el gobierno de Uribe no actuó así? Es cuestión de convicciones, el gobierno colombiano prefirió hacer las cosas al derecho, aunque Maquiavelo hubiera recomendado otra cosa. Dirán algunos que también se pudo o se debió recurrir a las autoridades ecuatorianas, pero la verdad es que habiendo tantas dudas sobre su neutralidad eso habría sido frustrar un éxito contra el terrorismo y a esta hora seguiría ‘Reyes’ cometiendo crímenes contra los colombianos.
Lamentablemente, es obvio que Ecuador no está reclamando por un par de árboles caídos - por las bombas - sino por los terroristas que protegía en su territorio, actitud que debería ser castigada por la comunidad internacional.

miércoles 20 de febrero de 2008

Medicina y beneficencia en la Colonia


En la época de la conquista y colonización del Nuevo Mundo, el saber médico y quirúrgico de la metrópolis desconocía los avances y descubrimientos que se habían realizado por fuera de sus fronteras. El conocimiento que se impartía en las universidades (de Alcalá, Sevilla y Osuna, entre otras) estaba supeditado principalmente a la lectura de Hipócrates, Galeno y Avicena. Con el estudio teórico de estos autores durante cuatro años (a cada año correspondía un curso) y después de haber practicado en compañía de un médico aprobado, los alumnos debían examinarse ante un protomédico, antes de librarles las cartas de bachilleres.
Entre los cirujanos había dos categorías: la de los latinos, que era considerada como superior puesto que en ella se exigía el dominio absoluto del latín, y la de los romancistas, de formación empírica a quienes se excusaba del conocimiento del latín. En el último nivel estaban los barberos, los parteros de ambos sexos y los curanderos, que por lo general ejercían su oficio en las aldeas.
Los barberos, cuya actividad principal era cortar barbas y cabellos, ejercían también otras relacionadas con la medicina. Las más frecuentes eran la práctica de sangrías y la extracción de muelas.
Lógicamente, en la capital de este Nuevo Reino de Granada imperaban, agravadas, similares limitaciones en la práctica de la medicina; es decir, que las herramientas con que se contaba para hacer frente a dolencias, plagas, epidemias y demás enemigos de la salud humana, eran tan primitivas e ineficientes como las de muchos siglos antes. Los conceptos fundamentales de la medicina eran básicamente los mismos que prevalecían en España por esa época. Seguían en plena vigencia los conceptos fundamentales de Hipócrates y Galeno. Según la doctrina hipocrática, el organismo humano tenía cuatro agentes activos o “Humores”: sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla. De acuerdo con la tesis del maestro griego, cada uno de estos humores tenía una complexión: la sangre caliente y húmeda; la flema fría y húmeda; la bilis negra, fría y seca; y la bilis amarilla, caliente y seca. También afirmaba Hipócrates que los tres órganos más importantes del cuerpo corazón, cerebro e hígado eran, respectivamente, seco y caliente, húmedo y frío y caliente y húmedo. Un cuerpo normal y saludable tendría entonces abundancia de calor y humedad. Sin embargo, Hipócrates aceptaba que este equilibrio podría variar según las diferentes personas, por lo cual podía haber complexiones esencialmente calientes, húmedas, frías o secas.
La salud sería, en consecuencia, el resultado de la buena armonía y adecuado equilibrio entre estas cualidades. Al producirse cualquier desequilibrio vendría el dolor y aparecerían los quebrantos de salud. De ahí que las principales terapias encaminadas a balancear estos elementos eran las purgas, los eméticos, las sangrías y las ventosas.
A pesar de las limitaciones de la medicina colonial, estas escasas luces estuvieron ajenas en nuestro medio. Por diversas razones, antes del siglo XIX no se pudo establecer en regla una cátedra de medicina y mucho menos estructurar un plan de formación académica. Por supuesto, hubo muchos intentos. Desde el siglo XVI los dominicos solicitaron autorización al Virrey para que se pudieran establecer estudios académicos. Durante el siglo XVII hubo también amagos que no se concretaron.
El médico Enríquez de Andrade intentó iniciar una cátedra de medicina ad honorem pero desistió por diferentes razones.
Con la fundación del Colegio del Rosario, se incluyeron dentro del plan algunos cursos de medicina encadenados a los de jurisprudencia y filosofía. En 1651 los demás cursos habían empezado a funcionar, menos el de medicina “por no haber persona idónea para desempeñarla “. Aún en el siglo XVIII se encuentran intentos igualmente frustrados.
En 1733, en momentos en que en Europa ya empezaban a darse pasos decisivos en el camino hacia la medicina moderna, el médico italiano Francisco Fontes, que por extraños designios vino a parar a esta remotísima ciudad, ofreció sus servicios para ocupar la cátedra que se hallaba vacante en el Rosario. La oferta le fue aceptada, pero el italiano hubo de retirarse de ella al poco tiempo al no inscribirse ni un estudiante debido a que la sociedad santafereña consideraba que el ejercicio de la medicina era propio sólo de personas de baja condición social.
Más tarde, en 1760, la cátedra fue ocupada por un personaje llamado Román Cancino quien, aunque no tenía título de médico, sí poseía algunos conocimientos. Más tarde falleció Cancino y lo reemplazó un doctor Juan de Vargas, que regentó una cátedra de medicina elemental en forma irregular y accidentada.
Ya en plena Ilustración, el Arzobispo Virrey Antonio Caballero y Góngora trató de reestructurar la cátedra de medicina imprimiéndole un carácter más serio y científico. El fracaso de la iniciativa fue total. Por aquella época, ese brillante visionario de la realidad política, económica y social del Nuevo Reino que fue Pedro Fermín de Vargas escribía sobre este tema:
“Es un dolor que habiendo en Santafé tanta cátedra de teología que es muy poco necesaria en estos países, no se haya puesto cuidado en una tan útil al hombre como es la de medicina”.
Resulta pertinente anotar aquí que este concepto fue herencia directa de la España posterior a la reconquista, en la cual los oficios prácticos eran ejercidos por moriscos y judíos conversos o sus descendientes. En consecuencia, la práctica de cualquiera de esas actividades hacía sospechosos a quienes las ejercían de llevar sobre sí el deprimente estigma de cristianos nuevos. Por el contrario, el cristiano viejo sin mancha de sangre sarracena o judía era guerrero, eclesiástico, letrado, o señor de la tierra. En América Latina este menosprecio hacia las actividades prácticas como la medicina, perdió las connotaciones de tipo ético religioso para adquirir otras de carácter puramente social.

En 1801, cuando ya el Nuevo Reino estaba recibiendo desde hacía varios años el benéfico influjo del sabio Mutis, fue nombrado un sacerdote de apellido Isla para montar y organizar en el Rosario una cátedra seria de medicina. El padre Isla diseñó un plan de estudios de ocho años, destinando cinco para estudios teóricos y tres para práctica. Se introdujeron clases de anatomía, fisiología y patología en un intento por emancipar los estudios de la tradicional tutela hipocrática. El padre Isla llevó a sus estudiantes del período práctico al hospital de San Juan de Dios y alcanzó a graduar a siete, con lo cual puede decirse que se iniciaba en firme la actividad profesional en el campo de la medicina en Bogotá.

jueves 14 de febrero de 2008

El mandato contra las FARC



LA COLUMNA DE OPINET

Sería difícil entrar a cuestionar si las marchas multitudinarias contra las Farc marcan un quiebre absoluto entre la posición ‘indiferente’ que de tiempo atrás había tenido la población colombiana y ese momento tan esperado en que la gente manifestara un cansancio y un hastío totales frente a la situación de conflicto y sus protagonistas, sobre todo con nombres propios como ha ocurrido. Eso se verá en la medida en que el impulso alcanzado en estos momentos de ‘efervescencia y calor’ se renueve cada vez que sea necesario y no se convierta esta manifestación de rechazo en flor de un día. Bajo esta perspectiva, se puede afirmar, sin lugar a dudas, que la marcha del 4F - y las subsiguientes, u otras manifestaciones de repudio - tendrá su efecto.
Lo que sí está muy claro es el significado resultante de la protesta y para explicarlo hay que ser claros en el sentido de que por lo menos cinco millones de personas marcharon contra las Farc, en representación de todo el país. El número de manifestantes, su diversidad social, racial, cultural, etc., y los diversos escenarios en los que se desarrolló la protesta, dan cuenta de un fenómeno nacional de proporciones inusitadas. Se marchó en las principales ciudades del país pero también en pequeños y apartados municipios donde ni siquiera había organizadores directos de la protesta. Marcharon desde los barrios más encopetados hasta las personas más pobres. Marcharon gentes de todas las razas y de todas las profesiones; desde las personas más doctas hasta quienes no han tenido mayor acceso a la formación académica. Marcharon personas de todas las vertientes religiosas y de todas las corrientes políticas.
El número de manifestantes merece un comentario aparte. No marcharon los 22 millones de personas que pedían las Farc (en un comunicado apócrifo) para sentirse aludidas y cambiar su actitud. Sin embargo, una cifra entre los cinco y los diez millones constituye una participación masiva porque es virtualmente imposible que todas las personas acudan a un mismo sitio a la misma hora. Hay unos diez millones de niños, menores de doce años, a los que no se les debe llevar a estas concentraciones y que tampoco deben dejarse solos - sin la compañía de adultos -en el hogar.

Hay cientos de miles de personas enfermas y de ancianos que no podrían acudir. Hay muchísimas personas que viven en lugares muy apartados de cualquier centro urbano y son millones los que debían laborar y para quienes no había permiso alguno para participar de la movilización. A esto se suman los problemas de transporte para trasladar a tantas personas en tan poco tiempo y el número finito de individuos que caben en un sitio determinado, como la Plaza de Bolívar.
Pero el asunto no se queda sólo en la participación masiva y plural, desde todo punto de vista, sino en el atronador e inequívoco mensaje de repudio contra las Farc, expresado a través de mensajes impresos en camisetas y pancartas, o de consignas coreadas por la multitud.

Esta vez, los colombianos no salieron a chupar paleta y a disfrutar música de ‘papayeras’ como en otras marchas donde se diluyeron las quejas en llamados generales contra la violencia. Antes, a la gente le daba miedo expresarse contra la guerrilla o se sumaban - por facilismo - a quienes abogan por un acuerdo político, por esa falacia de que las Farc eran invencibles y para terminar el pleito habría que acogerse a sus exigencias.
Y este es el principal cambio a partir de la marcha: el pueblo colombiano ha dado un mandato por su dignidad en el que ya no está dispuesto a aceptar el chantaje de paz a cambio de lo que los terroristas quieran.

Si las Farc se desmovilizan serán bienvenidas, sin mayores privilegios, en el seno de la sociedad; si siguen en el monte, el Gobierno ha recibido no un simple apoyo en la tarea que ha venido cumpliendo de combatir a la subversión, sino un verdadero encargo de hacerlo por mandato ciudadano.
Finalmente, es importante señalar el triste error en el que caen algunos ‘amigos’ de la subversión al decir que el odio y el repudio sólo conducirán a más guerra y cierran la puerta de una solución negociada. Nada ha atizado más la violencia en Colombia que la indiferencia social y la ausencia de Estado; por lo tanto, lo contrario no puede producir más de lo mismo. Y fueron las Farc las que cerraron, con sus humillaciones, cualquier posibilidad de que el pueblo colombiano les agache de nuevo la cerviz, como procuran los marxistas trasnochados que las acompañan.

El sabotaje de la marcha en París

La marcha del 4 de febrero, en París, tenía como punto de encuentro el Hotel de Ville, algo así como decir la Alpujarra en Medellín o la Plaza de Bolivar en Bogotá. El viernes, la familia de Ingrid Betancur le pidió al alcalde de París que anulara la marcha porque era "organizada por los paramilitares y el Gobierno colombiano". Ante las presiones de la familia Betancur, el alcalde de Paris decidió cambiar el sitio de encuentro y enviarnos a la Plazoleta de Chatelet. Es decir, pasamos de la Alpujarra a la Plazuela Uribe Uribe o de la Plaza de Bolivar al Parque del Periodista en Bogotá. Todo esto se los explico en analogía para que se puedan hacer una idea del cambio al que fuimos sometidos faltando solo dos días para la marcha.
Pero uno de los principales motivos para cambiar el sitio de la marcha es que en Chatelet no hay una foto de Ingrid Betancur como la que está en el Hotel de Ville, la que su familia llegó a pensar que sería violentada.
En la Place de Chatelet no se tienen las mismas comodidades: el acceso es complicado porque al lugar lo bordean cuatro calles fuertemente transitadas, por lo que sólo se pudo marchar en círculos, pero en turnos, porque no era posible hacerlo todos al mismo tiempo.
Sobre la hora, muchos colombianos llegaban perdidos a buscar sus compatriotas en el punto de encuentro anteriormente establecido: el Hotel de Ville. Pero los policías que custodiaban la alcaldía de París (lugar del encuentro), tenían orden de no dejar pasar a nadie vestido de blanco o con alguna prenda de ese color.
Por tal motivo era casi imposible prevenir a las personas que iban llegando al Hotel de Ville buscando a los demás marchantes. Ante esa situación me propuse para ir hasta el Hotel de Ville para enviar a los perdidos a la Place de Chatelet. En el camino constaté cómo el organizador y otra niña fueron detenidos por la policía indicándoles que no podían dirigirse al Hotel de Ville. Yo pude pasar, por fortuna, porque tenia un abrigo oscuro que cubría mi camisa blanca.En el Hotel de Ville me encontré con muchos colombianos que estaban 'perdidos', y creían que la marcha se había cancelado. A muchos pude hablarles pero la policía no dejaba que se juntaran personas allí. Estuve alrededor de una hora redireccionando personas hacia la Place de Chatelet. Luego volví a la marcha donde me dio alegría ver al señor embajador y una buena comitiva de colombianos y franceses que en medio del frío y la lluvia se concertaron para decir: ¡NO A LAS FARC! ¡NON LES FARC!
Todo parecía marchar muy bien hasta que llegaron algunos franceses diciendo que no debíamos estar ahí. En un momento me sentí tan ofendida que le pregunté a uno de ellos si sabia lo que era sufrir por un secuestrado, si conocía el dolor de los amigos o familiares a quienes se les secuestra un ser querido. Le pregunté quién era y, para mi sorpresa, su respuesta fue: "Soy del comité de apoyo a la familia de Ingrid Betancur." Todo me pareció demasiado obvio, porque en Francia la polarización por el tema del secuestro pasa por las manos de la familia Betancur.

En París el clima de la "marcha" (y la escribo entre comillas porque fue solo una concentración) estuvo llena de contradicciones entre colombianos y franceses GRACIAS A LA INFLUENCIA DE LA FAMILIA BETANCUR.

Hoy ante todos ustedes quiero denunciar la manipulación que tiene la familia de Ingrid Betancur sobre los medios en Francia, notablemente en Paris...


Maria Paula

Abogada

Doctorado en Ciencias Politicas

Paris - Francia

viernes 1 de febrero de 2008

Nos vemos el 4 de Febrero

LA COLUMNA DE OPINET
Muchos deben recordar las marchas multitudinarias que hubo en España en 1997, en protesta por el asesinato —cometido por ETA— de Miguel Ángel Blanco Garrido, concejal de un pequeño pueblo de Vizcaya. En Colombia, cientos de concejales han sido asesinados en los últimos 20 años sin producir siquiera un titular de prensa en primera página y, mucho menos, sin constituirse en motivos de protesta o cambiar en lo más mínimo el devenir nacional. A Luis Carlos Galán, un contubernio entre mafia y política, lo asesinó un viernes, y al domingo siguiente el país entero estaba consagrado al partido de fútbol de la selección Colombia en Barranquilla, en busca de la clasificación al Mundial de Italia.
Hemos vivido anestesiados. A las presentes generaciones de colombianos sólo nos han tocado tiempos de violencia y desgobierno entrelazados con cortos periodos de aparente tranquilidad. Podría decirse que tenemos costumbre, que hemos hecho callo en el alma ante unos hechos y realidades que en otras latitudes serían perturbadoras; por tanto, se nos señala —y nos autoincriminamos— de ser indiferentes. Sin embargo, también podría decirse que esa actitud ha sido un mecanismo de defensa que nos ha permitido seguir una vida normal: mientras Pablo Escobar desataba la más fuerte oleada terrorista en ciudades como Medellín y Bogotá, la gente continuó sus actividades rutinarias casi sin variación alguna; trabajando, estudiando, divirtiéndose.
Solemos utilizar otro mecanismo de defensa aún más cruel: si secuestran a alguien se le inculpa por tener mucho dinero; si asesinan a otro, ‘quién sabe en qué enredo andaba’, o ‘nadie lo mandó a meterse con esa gente’… y así. Es decir, para subsistir a pesar del miedo, para que la desconfianza y el desasosiego no nos paralicen, para que tanta desventura no nos intimide, le atribuimos la culpa a las víctimas para así creer que la cosa no es con nosotros o con nuestras familias, porque ‘uno no anda metido en cosas raras’ ni es una presa atractiva para los delincuentes porque —decimos— ‘uno no tiene nada’.
Tal vez, si hace tiempo hubiéramos comprendido aquella reflexión que se le atribuye a Bertolt Brecht —su verdadero autor es Martin Niemoeller— que dice “primero vinieron por los comunistas…”, a lo mejor nos hubiéramos ahorrado muchas desgracias y podríamos haber conformado una sociedad más igualitaria y justa que a estas horas nos llevaría años luz de ventaja en materia de desarrollo y, sobre todo, de paz, de ese sosiego que se vive en muchos países aunque haya algún grado de pobreza y de exclusión. Tan lejos ha llegado este cuadro cataléptico colectivo, este letargo, este adormecimiento de nuestras gentes que en repetidas encuestas figuramos como el pueblo más feliz del mundo, como las personas más dichosas y satisfechas, acaso porque eso produce el saberse vivo entre tanta violencia y el sobrevivir el día a día sin un rasguño, a pesar de la bomba en la ciudad, del secuestro en la carretera, de la masacre en la vereda, de la balacera en el barrio.
No obstante, esos mecanismos no pueden ser permanentes en el imaginario del individuo. Algún día nos teníamos que cansar y cada vez somos más los que no admitimos la opción de la indiferencia ante quienes no atienden a la naturaleza del pacto social, que no es una alternativa más o una opción que se toma o se deja a voluntad, y mucho menos una atadura que enmarca una tiranía cuando lo que hay es una democracia cada vez más profunda. Entonces, no hay más espacio para la indiferencia hacia los actos violentos pero tampoco hacia el Estado que osa incumplir con sus deberes primordiales, tanto el de proteger a los ciudadanos como el de mejorar las condiciones de vida de todos.
La marcha del 4 de febrero —contra las Farc, contra el secuestro—, al originarse por iniciativa ciudadana, es la simiente del despertar de los colombianos, del fin de la indiferencia y el comienzo de una etapa de mayor participación ciudadana y de manifestaciones sustantivas no tendenciosas que deberán llevarnos a un estadio de paz y prosperidad que los colombianos no hemos conocido pero que merecemos y que vendrá cuando entendamos que nuestro bienestar es responsabilidad de todos y cada uno de nosotros.
Y, con esas marchas, cada uno se hace responsable, con su asistencia, de su propio rechazo a los violentos. Porque no basta ya con un repudio sobrentendido sino que es la hora de levantar la voz antes de que vengan por nosotros, por cada uno, y sea ya demasiado tarde.

miércoles 28 de noviembre de 2007

La esperanza, al congelador

LA COLUMNA DE OPINET
Ya habíamos advertido que nada bueno podía salir de una mediación, entre el Gobierno colombiano y las Farc, a cargo de personajes tan desprovistos de neutralidad como el presidente Chávez y la senadora Córdoba, antípodas y enemigos del presidente Uribe, pero era inimaginable un desenlace tan absurdo, que implicara el 'congelamiento' de las relaciones entre países y el resquebrajamiento de la 'química' que había entre los mandatarios, mancillada por las injurias de un Chávez iracundo por un asunto que ni siquiera es de su competencia, que atañe solo a la soberanía de Colombia.
Chávez no tenía derecho a embejucarse. Era potestad del Gobierno colombiano terminar la mediación cuando lo considerara pertinente, máxime cuando había razones de sobra. En tres meses no se avanzó un centímetro en el tema humanitario por mucho que asegure ahora la senadora Córdoba que algunos de los secuestrados iban a comer pavo con sus familias en Navidad y que, en enero, las Farc se iban a sentar a firmar la paz. Por otro lado, todo estuvo girando en torno de la idea de un despeje, esta vez en el Yarí, para Chávez conversar con un 'Marulanda' que muchos presumen muerto y que, aunque viviera, esa reunión solo tendría por objeto deshacer la tenaza con que las Fuerzas Armadas de Colombia están triturando a los subversivos de las Farc. Finalmente, las cosas estaban tomando un tinte insospechado con esa llamada al general Montoya, que por mucho que doña Piedad jure que era casual, inocente y rutinaria, no lo era.
El chasco fue de tal magnitud que en los tres meses no se consiguieron pruebas de supervivencia sin las cuales hasta el mismo Fabrice Delloye -ex esposo de Íngrid- opinaba que no podía proseguir la mediación. A pesar de que a los campamentos de la guerrilla llega cualquiera -desde periodistas hasta la misma senadora Córdoba o la madre de la guerrillera holandesa-, es inverosímil que no haya sido posible sacar las pruebas por supuestos bombardeos y presión militar. Más con lo fácil que es subir videos, fotografías y documentos escaneados a Internet o enviarlos por correo electrónico. Y deja muy mal sabor el intento último de la senadora por tratar de hacer ver el video trasnochado del capitán Solórzano como una muestra de buena voluntad de los guerrilleros.
Dada la afinidad política entre Chávez y los facinerosos y la admiración mutua que ambos se han expresado en incontables ocasiones, se presumía que era imposible el escenario de una negociación empantanada porque a casi nadie le cabía en la cabeza que las Farc dejaran a Chávez como novia vestida. Sin embargo, a estas horas no se sabe a ciencia cierta si el Presidente de Venezuela fue víctima de las Farc o si, simplemente, estaba en la tarea de oxigenarlas. De todas maneras, persiste la sensación de que los subversivos desecharon la oportunidad de interlocución con cinco gobiernos del más alto turmequé, como si no tuvieran el más mínimo interés de revivir políticamente.
En el fondo, lo más triste de todo es que ahora sí los secuestrados parecen una simple mercancía y no hay certeza alguna de su estado. La necesidad de aferrarnos a una esperanza nos ha llevado a los colombianos a inducir al Gobierno a caer en la trampa de hacer lo que sea para devolverles la libertad a los secuestrados políticos de las Farc, cosa que solo depende de la voluntad de los guerrilleros o de un golpe de gracia de las fuerzas del Estado.
Si a las Farc les interesara la libertad de estas personas, bastarían una delegación de la Cruz Roja y un par de días de 'tregua' para devolverles sus vidas, pero en los estertores de una agonía ya inevitable de esa guerrilla, la carta de los secuestrados parece ser su única alternativa y, como tal, se la van a jugar. Quiera Dios que los colombianos no caigamos en la trampa de hacer acuartelar las tropas para revivir la esperanza y menos que estas terminen ocupadas en asuntos fronterizos por obra de un vecino bocón.

martes 20 de noviembre de 2007

¿Por qué no se callan?

LA COLUMNA DE OPINET
La oposición colombiana debería aprender la lección que dio el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, al salir en defensa de su archienemigo, el ex presidente José María Aznar, ante la arremetida vocinglera del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y de su jefe y mentor, el presidente venezolano, Hugo Chávez.
Fue una lección de altos estudios en ciencias políticas. Quien acepta las reglas de la democracia está obligado a reconocer la decisión soberana del pueblo, a respetarla y a defenderla aun cuando disienta de manera profunda de las ideas que representa aquel otro que haya sido designado en el poder.
Aznar fue elegido legítima y constitucionalmente por el pueblo español y nadie que se llame demócrata puede permitir que cualquier Perico de los Palotes venga a poner en duda las instituciones de un país sin exigir, por lo menos, un mínimo de sindéresis. Porque Chávez, con sus señalamientos a Aznar, puso en duda a toda la democracia española: un presidente no confabula solo y sus decisiones tienen que estar atadas al ordenamiento legal. Por tanto, ni Zapatero ni el Rey podrían haber hecho menos que reaccionar con ese aplomo ante la desatinada intervención de un charlatán paranoico como Chávez.
Sin embargo, en nuestro medio muchos se sorprendieron por la supuesta hidalguía que enseñó Rodríguez Zapatero al salir en defensa de su antagonista pues no entendieron que él no defendió a Aznar sino a España, a su democracia, a su institución presidencial y, en esencia, a su pueblo.
Eso es lo que no han entendido aquí los opositores, vaya uno a saber si por ignorancia o, simplemente, porque lo suyo no es la democracia. Los que suelen viajar por Latinoamérica, Europa y ahora por los Estados Unidos —cuya bandera solían quemar a menudo—, con el fin de despotricar del gobierno colombiano, acusándolo de auxiliador del paramilitarismo, de violador de los derechos humanos, de ser un régimen mafioso, etc., y de desprestigiar y ofender al Presidente de la República, cometen el mismo deshonroso disparate de Chávez y le faltan el respeto a la nación colombiana, a nuestra democracia y a todos los colombianos (incluidos ellos mismos). Y, en el fondo, manifiestan un desprecio tal por las instituciones que podrían ser considerados como verdaderos infiltrados de la anacrónica subversión.
Personajes como Gustavo Petro, Carlos Gaviria, Wilson Borja, Piedad Córdoba, Jorge Enrique Robledo y otros, son una vergüenza para Colombia y si en realidad se creen demócratas deberían tomar nota del proceder de Zapatero y actuar en consecuencia. Claro que eso no es más que un deseo inalcanzable porque lo que han venido haciendo en estos últimos años es precisamente todo lo contrario, de manera hipócrita.
La oposición quiere desconocer el mandato legítimo que el pueblo colombiano le dio a Alvaro Uribe Vélez y ha venido desarrollando sistemáticamente una campaña de desprestigio para debilitar el poder del Presidente, aun lesionando los intereses de los colombianos. De cierta forma es comprensible el pulso ideológico de la izquierda —y sus pares internacionales— contra un gobierno que combate —con el apoyo de los colombianos— a esos ‘románticos’ que “matan para que la gente viva mejor” (como arguye Carlos Gaviria), pero la campaña que han hecho en Estados Unidos para evitar la firma del TLC es de lo más ruin y se volverá en contra de toda la izquierda porque ésta sólo tendrá oportunidad de llegar al poder en un escenario libre de subversión y con una economía dinámica, insertada en el mercado global.
A esos chafarotes (como Chávez) que vociferan aquí y allá, y celebran los triunfos insultando al Presidente, hay que preguntarles, emulando a don Juan Carlos: ¡¿Por qué no se callan?!

El suministro de carne


Ya vimos con cuántas dificultades tropezó el suministro de carne vacuna a esta capital durante el período colonial. Era, como también lo sabemos, una actividad controlada por el sistema de arriendo de la obligación de abasto a una persona.
Al encargado de esta función se le llamó sucesivamente “obligado de carnicerías” y luego simplemente “abastecedor”. Su misión esencial era proveer a la capital de carne ovina y vacuna, y de sebo para la fabricación de velas. Su período era de 10 meses, durante los cuales debía comprar a los diversos proveedores suficiente ganado para satisfacer las necesidades de la ciudad.
Era
una actividad muy compleja y que además exigía un gran capital para poder desarrollarla. El “obligado” tenía que conseguir el ganado, cebarlo (por lo general en “El Novillero”, que se llamaba por antonomasia la dehesa de Bogotá), administrar y vigilar la operación de las carnicerías y supervisar la venta de la carne y el sebo.
Uno de los costos más elevados que debía afrontar era el del arriendo de “El Novillero”. Si se tiene presente que el consumo de Santafé era de unas 4.000 reses al año, el arriendo oscilaba entre los 5.000 y los 8.000 patacones anuales. El abastecedor traía el ganado, lo engordaba en “El Novillero” y, una vez cumplida esta fase, lo conducía a Santafé para el degüello.
Hacia fines del siglo XVIII se sacrificaban entre 65 y 100 semovientes por semana.
Al agrupar las cifras detalladas de 25 semanas para 1751, podemos tener una idea de los componentes del negocio del sacrificio del ganado. Por cada novillo el abastecedor obtenía un total de 9.8 pesos como producido bruto de su venta. (Esta cifra, desde luego, no incluye costos). En 25 semanas, es decir, durante medio año, la carnicería arrojaba un movimiento de 24.189 pesos, lo cual es una cifra bastante apreciable. Fácilmente podría ser uno de los negocios con mayor movimiento en la órbita económica de Santafé.
Además de la carne, el sacrificio de ganado producía algunos subproductos no menos importantes. El principal de ellos era el sebo, altamente valorado por ser la materia prima del alumbrado doméstico en Santafé. Otros subproductos de menor importancia, según el “corte” acostumbrado en la Colonia, eran la lengua, el “menudo” o “mondongos”, el cuero y, en menor medida, las vejigas.
El cuero era un insumo muy importante en la fabricación de diferentes utensilios domésticos: botijas (para almacenar líquidos), muebles, arcones y cajas, asientos, sillas de montar etc. Por cada novillo se obtenía en carne, limpia de sebo, un 6.7% del producto monetario que obtenía el abastecedor por la venta del ganado. Después seguía en importancia el sebo, que constituía un 31.8% del total. El cuero tan sólo representaba un 3.8% del valor total. El cargo necesitaba una gran solidez económica y casi que suponía un gran lucimiento social. Los miembros más respetables de la sociedad criolla santafereña lo tomaron durante el siglo XVII.
Por ejemplo, Alonso de Caicedo, dueño de “El Novillero” y encomendero de Bogotá
, fue abastecedor en 1694; José Ricaurte, tesorero de la Real Casa de Moneda y Alcalde Ordinario de Santafé, lo fue durante las décadas del 20 y el 30 del siglo XVIII.
Los datos sobre sacrificio de ganado en Santafé no muestran una tendencia explícita. La información obtenida, puede acusar defectos; sin embargo, muestran una oferta de carne estancada, pues ni siquiera crece acorde con la población. Muestra, además de las evidencias encontradas en los documentos, un sub abastecimiento en materia de carne para la Santafé del siglo XVIII.
Con dificultades para obtener carne, el cargo de abastecedor se fue haciendo menos codiciado hasta que llegó el momento en que empezó a sufrir largas vacancias porque nadie quería rematarlo.
El inflexible control de precios y los crecientes riesgos contribuyeron en primer término a que se produjera esta situación. Como consecuencia de ella, el Cabildo se vio precisado a ofrecer estímulos adicionales, como un atractivo apoyo financiero con dineros de
la “Caja de Bienes de Difuntos”. Inclusive en 1721 el Cabildo solicitó a la Compañía de Jesús que se hiciera cargo del abastecimiento, pero los sagaces jesuitas declinaron el “honor” que se les brindaba arguyendo que su condición de siervos de Dios era incompatible con el ejercicio de un menester lucrativo. Durante casi todo el siglo XVII fue la zona del Alto Magdalena el gran abastecedor de carne de Santafé. Neiva, Timaná y La Plata eran regiones de buenos pastos y favorables condiciones ecológicas donde se daba ganado vacuno en abundancia. Estos semovientes no recibían casi ningún cuidado por lo que los costos de producción eran especialmente bajos. El principal problema radicaba en las dificultades de movilización. El viaje de las manadas de Neiva a Santafé tomaba un promedio de veinte días.
Las relaciones entre las dos regiones fueron complementarias hasta finales del siglo XVII, época en la cual otras zonas (diferentes a Santafé) demandaron con igual urgencia la producción de Neiva. La región de Quito, que hasta entonces había estado satisfactoriamente abastecida por el ganado procedente del Cauca, aumentó su demanda, debido a lo cual los Quiteños empezaron a ofrecer mejores precios por el ganado del Alto Magdalena.
Lógicamente, los ganaderos de Neiva y zonas aledañas preferían enviar sus reses a Quito, lo que generó de inmediato una situación conflictiva, pues el ganado de mejor calidad tomó el rumbo del Sur mientras el menos apetecible fue enviado a Santafé. Empezaron entonces el forcejeo y las presiones políticas de la capital para obligar a Neiva a remitirle la totalidad de su producción. Finalmente se llegó a un acuerdo consistente en que Neiva y las regiones adyacentes se comprometían a enviar anualmente una cuota mínima de 4.500 novillos a Santafé.

Los ganaderos de Neiva y Timaná suscribieron el convenio pero no bajaron la guardia y de inmediato procedieron a llevar la querella ante el Rey. Esta pugna fue prolongada y tenaz. La balanza se inclinó alternativamente hacia uno y otro lado, hubo infinidad de pleitos; la Corona favoreció en principio a Neiva, pero al fin la contraofensiva jurídica de los santafereños logró que en 1712 la Corona volviera a otorgar la prioridad en el abasto a Santafé.
Por último se impuso el sistema de transar con base en cuotas, lo cual reemplazó con ventaja los viejos litigios. En 1733 Neiva se comprometió a entregar 1.500 novillos semestrales a la dehesa de Bogotá quedando en libertad para negociar sin cortapisas sus excedentes con las otras regiones que los demandaran.
En cierta forma puede decirse que Neiva obtuvo ventajas importantes en la negociación. Consiguió disminuir su cuota de los 4.500 novillos anuales que se pactaron en principio a sólo 3.000, con lo cual incrementó su capacidad para surtir otros mercados. Además obtuvo un aumento del 17% en el ganado puesto en la dehesa. Empero, Santafé siguió pagando precios inferiores a los que ofrecía Quito.
En otras palabras, aunque hizo concesiones, terminó imponiendo sus prerrogativas de capital. Durante la segunda mitad del siglo XVIII irrumpió vigorosamente la Compañía de Jesús como proveedor de carne de Santafé. Su organización suprarregional y sus numerosas propiedades rurales le permitieron tender un auténtico puente entre Neiva y Santafé para llevar a cabo todo el proceso, sin perder dinero. El levante del ganado se realizaba en Neiva; la fase final (ceba) tenía lugar ya en la Sabana. Pero las intermedias se iban cumpliendo a lo largo de la cadena de haciendas que los jesuitas poseían entre los dos extremos de la vía. La hacienda “Villavieja” (actual Departamento del Huila) y la hacienda “Doima”, en la jurisdicción de Ibagué, eran las sedes de levante de ganado flaco. De allí pasaban las reses a la hacienda “El Espinal”, en cuyos potreros descansaban y se recuperaban los animales evitando así grandes pérdidas de peso. El eslabón final de la cadena era la hacienda “La Chamicera”, al Occidente de la Sabana, donde el ganado descansaba y engordaba.
Este sistema normalizó y regularizó el mercado de carnes. Pero en 1780, ya expulsados los jesuitas, Santafé experimentó una aguda escasez de carne. La situación se hizo hasta tal grado crítica que las autoridades virreinales tuvieron finalmente que ceder en su vieja y obstinada política de monopolios, estancos y controles para dar paso a una progresiva liberalización en el comercio y el abasto de carne y derivados.
Hacia finales del período colonial, el sistema había hecho crisis. Con los vecinos presionando una libertad absoluta para la venta de carne y la excepción de pago de alcabalas y propios y ante la inminencia de los continuos períodos de escasez, las autoridades no tendrían muchas alternativas. Poco a poco fue languideciendo el sistema de abasto forzoso y del monopolio de carne.

miércoles 31 de octubre de 2007

El abasto de Santafé


Tan importante fue para la administración colonial el correcto abastecimiento de los centros urbanos que dicha función estuvo sometida en casi todas sus líneas al régimen del monopolio.
Era un punto de preocupación tanto económico como político. En los regímenes precapitalistas la escasez de alimentos ha sido la principal fuente de levantamientos populares.
La posición geográfica de Santafé resultó privilegiada en materia de abastos alimenticios, dadas la feracidad del suelo sabanero y, por otro lado, su cercanía a otros pisos térmicos. Todo esto le permitió contar con una excepcional variedad de frutos durante todo el año. Además, Santafé haría valer su calidad de centro metropolitano para abastecerse forzada y ventajosamente en detrimento de regiones vecinas.
Los productores de Tunja y el Alto Magdalena tenían la obligación de suministrar a Santafé determinadas cuotas de trigo y carne a precios acordados con las autoridades capitalinas.
Los dos productos críticos del abasto eran los ingredientes básicos de la dieta española, el trigo y la carne. Sobre estos dos artículos se ejerció un control de precios estricto y permanente durante todo el período colonial y se aplicaron medidas fuertes y exageradas como el control de precios.
A lo largo de toda su historia, Santafé, amparada en su supremacía política, forzó una estabilidad de los precios a largo plazo, hasta el punto de conservarlos prácticamente invariables durante dos siglos y medio.
La explicación de este fenómeno tan particular reside en el esfuerzo de los altos funcionarios coloniales por defender su nivel de vida. La burocracia tenía salarios bajos y estables. En la defensa de este precario ingreso se encuentra la clave para el rígido control de precios de la carne que, como vimos anteriormente, tuvo resonantes consecuencias, la principal de ellas inhibir el desarrollo de una actividad ganadera en la Sabana y, colateralmente, prohijar el desabastecimiento de Santafé.
Metidos en tan rígida cintura, los hacendados de la Sabana se dieron a la tarea de exportar ilegalmente sus productos a regiones tan lejanas como Antioquia, Mompox y Cartagena y a otros lugares más próximos como Honda y Mariquita. Todas estas zonas donde había buena demanda de productos sabaneros. Lógicamente, las autoridades de la capital respondieron con medidas más drásticas aún.
Igualmente, se ejercía un control muy severo sobre la elaboración y mercadeo del pan, artículo que daba lugar a uno de los más intensos movimientos comerciales de Santafé. Sólo la producción y venta de chicha rivalizaban con el pan. Hacia 1602 estaban registradas en la ciudad 49 panaderías o “amasaderos”, como las llamaban entonces.
A fines del siglo XVIII los panaderos, ante la inflexibilidad de los controles, optaron por bajarle el peso al pan. El Cabildo contraatacó dictando una ordenanza en virtud de la cual los panaderos quedaban obligados a expender su producto marcándolo con un sello que identificara el respectivo amasadero para efectos del control y posibles sanciones. Pero finalmente el Cabildo se vio obligado a ser un poco más flexible aceptando que el peso del pan variara según el valor de la harina. En esa forma se establecieron entonces tres categorías de pan, de primera, de segunda y de tercera, y se fijaron públicamente los precios correspondientes a cada categoría.
Otro producto tan importante como el pan era el sebo animal con el que se fabricaban las rudimentarias velas que, al quemarse, despedían un olor muy poco grato pero que eran indispensables por ser el único medio de alumbrado doméstico con que contaba la capital.
En
su condición de artículo de primera necesidad, las velas de sebo, en la fase de mercadeo y venta, estaban sujetas al régimen de estanco como parte del privilegio que tenía el “abastecedor”.
En 1712 se destaca la fábrica de Lázaro Hernández que, según un cuaderno de abastos, procesó en ese año 770 arrobas de sebo entregado por el abastecedor, Con la escasez de ganado, las velas corrían una suerte semejante. Sin embargo, estas crisis tenían alivio parcial en los jiferos clandestinos que sacrificaban reses a espaldas de la ley y vendían cuero y sebo de contrabando.
La leña era también un producto de primera necesidad en Santafé, ante todo para la cocción y horneo de los alimentos. Parte del tributo que cobraban los encomenderos se pagaba en leña. En el siglo XVII se fijó un servicio obligando a las comunidades indígenas a aportar a la ciudad una cuota determinada en cargas de leña, servicio que recibió el nombre de “mita de leña”. Más tarde se abolió la mita y aparecieron numerosos “leñateros” independientes cuyo oficio era proveer de leña y carbón vegetal a Santafé.
Además de la vacuna, la carne ovina era muy apetecida en la ciudad. Los carneros llegaron a representar la mitad de los animales sacrificados en las carnicerías santafereñas. En contraste con los frecuentes problemas que encontró el abastecimiento de ganado vacuno, la Sabana en todo momento pudo proveer en forma generosa a la capital de carne ovina, así como de sebo de la misma procedencia para la elaboración de velas. De un carnero se sacaban entre 14 y 17 palancas de velas, las cuales valían entre 319 y 380 pesos.
La carne de cerdo ocupaba el tercer lugar, aunque también su consumo era considerable. La carne de carnero y la de cerdo debieron ser productos sustitutos de la carne vacuna. Aunque no se tienen datos seriados sobre el consumo de cerdo, a juzgar por la cifra encontrada, el consumo debió ser apreciable.
Para 1772 se registra para Santafé un total de 4.016 porcinos. El sacrificio de cerdos dejaba un importante producto secundario, el tocino. La manteca de cerdo reemplazaría dentro de la dieta española el aceite de oliva como medio para freír. Además, el gusto español por la grasa de cerdo, el cual pasó a América, tiene razones culturales y religiosas. En la Península sirvió como elemento básico para identificar a los cristianos viejos y genuinos, ya que el consumo de grasa porcina está desde tiempos bíblicos duramente proscrito por la ley mosaica. Los judíos eran en aquellos tiempos especialmente celosos en la observancia de esta norma, debido a lo cual el repudio al tocino sirvió infinidad de veces para descubrir a no pocos falsos conversos. Los cristianos de antiguas raíces, en contraste, no sólo comían tocino sin medida, sino que gustaban de hacer pública ostentanción de su grasosa dieta a manera de signo distintivo de su inequívoca condición de cristianos viejos.
Desde tiempos prehispánicos, los muiscas derivaron parte de su alimento de la no muy variada pero sí rica fauna ictiológica de los ríos sabaneros. Los indios conservaron a través de generaciones una notable destreza en la pesca fluvial, tanto con red como con anzuelo. A partir de la Conquista, el consumo de estos peces se incrementó de manera muy considerable, no sólo por su exquisita calidad, sino por las prolongadas vedas de carne que imponían los tiempos de cuaresma.
Para nostalgia de quienes deploramos la transformación de nuestro río Bogotá en una cloaca inerte, maloliente y sin vida, resulta oportuna la lectura del siguiente pasaje del cronista Villamor en 1722:
“Este caudaloso río provee para el regalo abundantes peces dedos especies: unos pequeños de figura de sardina llamados `guapuchas’, y otros mayores de color amarillo, negro y azul, sin escamas llamados ‘capitán’, en los que ha hallado la curiosidad misterio, porque divididas las espinas de la cabeza, en cada una se representa una imagen de los instrumentos de la pasión de Nuestro Redentor”.
El capitán se convirtió en una de las más finas delicadezas en los refectorios de la gente acomodada. Existen referencias informando que era secado y ahumado con el fin de conservarlo y/o comerciarlo. El capitán se siguió encontrando en los ríos de la Sabana hasta finales de período colonial. No obstante, en la última época estaba ya a punto de su total extinción.

miércoles 24 de octubre de 2007

La otra muerte de Orlando Sierra

LA COLUMNA DE OPINET
A Orlando Sierra lo mataron otra vez. La primera ocasión fue el 30 de enero de 2002, en Manizales, frente a las instalaciones del diario La Patria, del cual era subdirector.
Era un periodista comprometido y un columnista audaz. De su pluma brotaban verdades incómodas contra la dirigencia política del departamento de Caldas, de las que no se escapaba ninguno de los caciques que controlan esa próspera región: Omar Yepes Alzate y su hermano, Arturo; Víctor Renán Barco y su aliado, Ferney Tapasco; quien es señalado como autor intelectual del crimen de Sierra.
Todos sabían que lo iban a matar. Lo que nadie sabía era cuándo ni quién iba a decidirse primero pues, a pesar de que hoy la autoría intelectual es un secreto a voces, los disparos podrían haber venido de muchos flancos.
Sierra se había convertido en el enemigo más visible de los corruptos de su región, en el marco de un país que viene librando con éxito una lucha contra la subversión, que está derrotando al paramilitarismo, que golpea sin piedad a las bandas del narcotráfico, pero donde la corrupción política todos los días se reinventa, sobrevive y se multiplica.
En la tarde de ese miércoles, Orlando llegaba a su oficina en compañía de su hija. El sicario llevaba dos horas esperándolo como quedó registrado en un video de seguridad. Después diría que se equivocó de víctima y el juez le creyó. En el video se ve claramente cuando se acerca a Sierra y le propina dos disparos. Luego aprovecha la confusión de la gente y huye sin afanes, pero sin suerte. La Policía lo detuvo cerca de ahí.
El martes 2 de octubre de 2007, el sicario Luis Fernando Soto Zapata, autor material del homicidio, recobró la libertad después de sólo cinco años de cárcel.
El sicario había sido condenado inicialmente a 29 años de prisión (350 meses), pero le rebajaron la pena a 19 años y medio (234 meses) por ‘confesión’, un beneficio inconcebible si se tiene en cuenta que el video permitió su identificación plena. Como si fuera poco, el criminal se acogió al beneficio de ‘sentencia anticipada’, por lo que recibió más descuentos de pena: le disminuyeron la tercera parte de la condena inicial, o sea nueve años y nueve meses (117 meses). Sin embargo, en marzo de 2005, un juez de Manizales revocó el descuento de la tercera parte y aumentó la rebaja a la mitad de la pena, de acuerdo con el principio de ‘favorabilidad’, en aplicación del nuevo Sistema Penal Acusatorio. La condena quedó en 14 años y siete meses (175 meses).
Pero hay más: según el antiguo Código Penal, el criminal tiene derecho a libertad condicional al cumplir las tres quintas partes de la pena, 105 meses en este caso, pero para Soto sólo fueron 67 pues por concepto de ‘Justicia y Paz’ (la ley tramitada para desmontar el paramilitarismo, que contempla rebajas para todos los presos del país en aras del derecho a la ‘igualdad’ promulgado por la Constitución), un juez de Tunja le otorgó 17 meses y 15 días de redención; y por concepto de ‘estudio y trabajo’, le regalaron otros 21 meses, sin estudiar ni trabajar.
En total, el asesino del periodista Orlando Sierra, estuvo en la cárcel desde el 30 de enero de 2002 hasta el 30 de septiembre de 2007, y si Su Santidad el Papa nos hubiera visitado, hubiéramos quedado debiéndole un par de años a este criminal.
Esas son las matemáticas de la justicia colombiana. El asesino de Andrés Escobar estuvo once años en prisión aunque había sido condenado a 43; el dirigente político Alberto Santofimio Botero, condenado a 24 años por el magnicidio de Luis Carlos Galán, no estará en la cárcel más de diez, y Luis Alfredo Garavito, el monstruo que violó y asesinó a por lo menos 150 niños, saldrá libre en dos o tres años, cuando cumpla unos doce de condena, o sea menos de un mes por cada crimen.
Esos mismos bandidos que Orlando Sierra denunciaba en sus columnas, se reúnen cada tanto en el Congreso, a legislar estas infamias. Parece que la legislación penal estuviera inspirada para beneficio propio, para obtener la libertad pronto en caso de que la Justicia algún día los castigue.
La vida en Colombia no vale nada. Si no hubiera ningún detenido por el crimen de Orlando Sierra, vaya y venga, no quedaría más remedio que aceptar tamaña impunidad con resignación, pero a lo que estamos asistiendo es a una vergonzosa piñata judicial por la cual los criminales ganan la calle en un parpadeo. El ciudadano de bien queda tranquilo al escuchar la sentencia y después se encuentra al delincuente en la calle, gracias a la feria de los descuentos y las gangas de una legislación pervertida. Así, la impunidad es general, los delincuentes vuelven a sus andanzas y el ciudadano desprotegido debe hacer justicia, o por lo menos defenderse, por cuenta propia.