martes, 4 de julio de 2006

Chapinero de antaño


Chapinero era una pequeña aldea, más que un barrio, por su separación geográfica con la ciudad, tenía su propia vida. Como todo pueblo de la fértil sabana, crecía alrededor de su plaza, su parque, su iglesia, su teatro y su estación del tren.
Dándole vida a todo esto vivía un puñado de gentes que se conocían, se complementaban y alimentaban a las viejas chismosas del pueblo con pequeños y sabrosos incidentes de la vida diaria.
Una existencia cordial y chusca, como se diría en coloquial charla a la salida de la misa.
Muchos vivían en "quintas", como se llamában las viviendas, que no obstante tenían alguna semejanza con las viejas casonas de las épocas virreinales, con su jardín delantero, protegido por una verja, dos salas, el cuarto del piano, según la importancia de la casa; amplias y frías habitaciones, patio y solar con árboles frutales, hierbas medicinales, como las indispensables yerbabuena y la manzanilla y algo de lengüevaca, el arboloco y la mata de calabaza, a la sombra del brevo y del papayuelo.
En un rincón, amarrado con su cadena, el perro de la familia o, mejor llamado por su nombre: el fiel gozque.
Bogotá y Chapinero eran dos poblados diferentes, unidos por un mal camino, polvoriento y lleno de huecos, que se llamába la carretera del norte; por un tren, con estación, vendedoras de comida y demás adornos, que conducía a las poblaciones del norte de la sabana y a Boyacá y el tranvía, la forma más corriente de comunicación, era ir a Bogotá o venír del centro.
Por qué, cuándo y dónde, apareció Chapinero? cómo fue creciendo y satisfaciendo sus necesidades y anhelos de ser autosuficiente? Cómo se formaron sus gentes que llenarían colegios y universidades, para llegar con el tiempo, a destacarse entre los forjadores de la patria?
De qué manera fueron creciendo sus calles, plazas, avenidas, integrándose con la gran ciudad, hasta el punto de perder su identidad, para convertirse en uno más de los miles de barrios de Bogotá?
Como todo lo que se refiere a nuestra gran ciudad, el Chapinero de esta epoca, tan desdibujado y perdido en la gran urbe, nada tiene que ver con el afable y pequeño caserío nacido en el siglo XVI, al poco tiempo de fundada Santa Fe.
No aparece en ninguno de los antiguos planos, pero a principios de 1800 se empieza a hacer referencia a su existencia, con su nombre de Chapinero.
Durante un largo período, los límites de Santa Fe eran desde el río San Cristóbal, hoy calle 7a., por el sur, hasta los lejanos terrenos de la Burburata, por el norte, en donde se levantaron el convento y la iglesia de San Diego, o sea la calle 26 de hoy.
Don Gonzalo había seleccionado este lugar para fundar a Santa Fe, por su elevación sobre el resto de la Sabana, lo que la protegía de las frecuentes inundaciones provocadas por las quebradas de aguas cantarinas y puras que la bañaban en toda su extensión: desde el río San Cristóbal, alimentando por las quebradas Colorada, de la Vieja y de Los Laureles, en el sur, hasta el río Vicacha de los Indios, hoy enterrado bajo la avenida Jiménez, la quebrada Grande o El Arrayán, por la calle 26, el río Arzobispo y quebradas de La Vieja, de Rosales y del Chicó.
El Camellón de las Nieves solamente llegaba hasta San Diego y su continuación hacia el norte, que tenía el pomposo nombre de Camino de Tunja, no se podía ni siquiera llamar camino; era tan sólo un sendero, polvoriento o embarrado, dependiendo de la estación, por el que únicamente se podría transitar en una cabalgadura.
Fue por allá a mediados de 1789, cuando el virrey Espeleta ordenó que se levantara el plano de la vía, pero fue su sucesor, Amar y Borbón, en la primera década del siguiente siglo, quien desempolvó este proyecto que, apenas veinte años más tarde, casi a mediados de siglo, se concretó en un camino de herradura que llegaba hasta el naciente poblado de Usaquén
La historia relata que, al poco tiempo de fundada la ciudad, llegó a convivir con los conquistadores y los indios un andaluz, natural del puerto de Cádiz, quien, a poco de estar en nuestro valle, contrajo santas nupcias con la hija de un rico indio dueño de un extenso terreno en el sitio que hoy conocemos como Chapinero.
Don Antón Hero Cepeda era el nombre de este gaditano, que tenía como profesión hacer chapines, que no eran otra cosa que unas sandalias que se ataban al tobillo. Tal vez fueron el origen de las alpargatas, que durante siglos calzaron los pies de nuestra altiplanicie.
Don Antón, por su profesión, era conocido como el Chapinero, nombre que heredó el barrio.
El "potrerito" de Don Antón, según borrosos papeles, tenía 2.000 pasos, vieja unidad de medida chapetona; pero su equivalente a lo que hoy entendemos era l50 hectáreas, propiedad nada despreciable. Construyó su modesta vivienda, como todas las de la época, con paredes de tapia pisada, techo de paja y piso de barro, tal como las que aún hoy podemos ver en tierras cercanas a la ciudad. Estaba situado su rancho en la carrera 7a., entre calles 59 y 60, en el corazón del barrio.
La historia cuenta de la Hacienda del Chapinero, que se iniciaba por el norte, en el Resguardo de Usaquén, extendiéndose hacia el sur hasta el río del Arzobispo, hoy Parque Nacional; y por el Oriente desde las faldas de los Cerros hasta llegar a las lagunas de Suba, por el Occidente.
Este inmenso territorio con el tiempo se dividió en grandes haciendas, cuyos nombres se repiten hoy en los más elegantes barrios de la ciudad.
El primer nombre de propietario, con Escritura Pública, que encontramos, es el de don José Antonio Sánchez, quien en l807 le compró la propiedad a los Dominicos. Pero desde mucho antes, desde los días de la Conquista y la Fundación, nos tropezamos con capitanes como don Juan Muñoz, quien había compartido con Pizarro las aventuras de la Conquista del Perú y más tarde llegó a Santafé con Belalcázar y un don Pedro Colmenares, capitán de don Gonzalo, y años después alcalde de la ciudad, quienes habían solicitado "que les hicieran la merced de concederles" un solar amplio en donde construir vivienda, para cultivar sementeras y criar animales.
Encontramos, en primer término, la hacienda de Teusaquillo, nombre tan lleno de historia desde los días de los Muiscas; una cuadras más adelante nos hallamos en La Magdalena, con vieja casona colonial de barro y techo de paja en donde, cuentan las viejas historias que se hospedó Pedro Claver cuando vino a Santafé y en donde años después funcionó el aristocrático colegio del Sagrado Corazón.
Al oriente, La merced, propiedad que heredó un O'Leary descendiente del héroe de la independencia, y al occidente las fincas Palermo y El Campín, hoy sede del estadio deportivo; en los cerros de Chapinero, La Gruta, propiedad en donde más tarde funcionaría el parque Calderón Tejada, con lago y barquetas, carrusel y rueda gigante. En lo que hoy llamamos la avenida de Chile, estaba Mireya, bella quinta que habitaba la familia de don Esteban Jaramillo.
y otras menores en extensión como Los Pinos, El Bosque, en donde se encontraba El Lago, otro bello y tradicional parque de atracciones. Y así se continua por el Camino de Tunja, hacia el norte, entrando a los potreros del Chicó, de Santa Ana, de Santa Bárbara, inmensas extensiones de tierra arborizadas por sus dueños.
Ya en pleno siglo XX, el legendario don José María Sierra, arriero antioqueño inteligente y emprendedor negociante, que llegó a ser el hombre más rico de su época, adquirió en compra varias de estas fincas y cuando alguien, le preguntó sorprendido, por qué compraba esas haciendas que eran tan estériles, en medio de la riqueza de la Sabana, don Pepe, taimado y astuto respondió: "no, mi amigo, yo lo que estoy comprando son lotes sobre la carrera 7a". Con tan grande visión del futuro, nadie se extrañará de que el señor Sierra haya legado tan inmensa fortuna, que ha enriquecido a varias generaciones de sus sucesores.
En esas históricas haciendas se construían inmensas casonas, en las cuales se reunían las familias a "veranear" durante las vacaciones de los niños y en especial en la Noche Buena, para compartir y celebrar, con pólvora, globos y grandes hogueras, las fiestas del nacimiento del Niño. Y, después, hacia la media noche, entre cantos y música de tiple, bandola y guitarra, acompañados con chucho y panderetas, se bailaban alegres pasillos y bambucos con las niñas de la casa. Luego, a cenar, con ajiaco, tamal y buñuelos en almíbar, para concluir la alegre noche poniéndoles a los niños sobre su camita, los juguetes "que les había traído el Niño Dios".Eran tiempos mejores. Llenos de amor, de cariño, de cultura y de tradiciones.
Se sabe también, que el Camellón de las Nieves o Camino de Tunja lo conectaba con la ciudad. Se debe recordar que desde finales del siglo XVIII se resolvió extender La Alameda Vieja, vía que hoy conocemos como la carrera 13, hasta Chapinero y hacerla llegar hasta el Común, en las cercanías de Chía. Es decir, la autopista norte de nuestros días.
Pero resulta que ni los gobernantes vivían con los afanes que hoy tenemos, ni los presupuestos de la época eran tan holgados como los de nuestros días, lo que hizo que sólo hasta mediados del siguiente siglo se terminara de abrir un rústico camino y de construir los varios puentes que eran necesarios para cruzar los caños y pantanos que cubrían la ruta. Pero, de todas maneras, con esta vía quedaron al servicio dos caminos paralelos que unían la ciudad con el poblado: las carreras 7a y 13 de nuestros días.
Crecían a buen paso la ciudad y su vecina población, y ahora tenían caminos que las unían, lo que incitó a las gentes a salir a pasear en estimulantes y pintorescos recorridos, perfumados por los frescos aromas de los cerros vecinos. Los vehículos preferidos, los que abundaban eran los carros de yunta, halados por una pareja de mansos bueyes, que a paso lento pero firme iban metiendo el carro entre los muchos huecos del camino y pisando piedras y rocas que sacudían hasta las entrañas de sus alegres y sacrificados pasajeros.
Y, unos pocos coches, los cabriolés, de los más ricos, que eran la envidia de todos los paseantes.
El aumento de la población hizo pensar a los más audaces y aventureros que era el momento apropiado para establecer un servicio público de transporte.
Fue asi como el francés Jean Gilede y el británico Henry Alford, quienes establecieron una empresa de carruajes, con oficinas en el atrio de la Catedral, bajo el nombre de "Compañía Franco-Inglesa de Carruajes de Alford y Gilede". Fue una próspera asociación; pero tiempo después la vendieron a un par de empresarios de Engativá, quienes, ni cortos ni perezosos, cambiaron sólo parte del aviso, dejándolo de esta manera: "Compañía Franco-Inglesa de Carruajes de Caipa y Tibaquirá "
Como sucede siempre con el servicio, poco a poco fueron aumentando los pasajeros, hasta cuando se hizo aconsejable ampliarlo y modernizarlo. Fue entonces cuando nació en la mente de gentes progresistas la brillante idea de establecer una a empresa de transportes. Sobre unos rieles rústicos de madera, con modestos carros y bancas hechas de listones, nació el Tranvía de Mulas, halado por una pareja de estos animales, el cual iniciaba su recorrido en el parque de San Francisco, hoy de Santander, para continuar hasta San Diego, por donde bajaba a la carrera 13 y seguía hacia el Teatro Caldas, situado en la calle 59.
Al llegar a las terminales se daba la vuelta a los espaldares de las sillas, se pasaban las mulas al otro extremo del carro y arrancaban de nuevo, por entre los inmensos barrizales que hacían la vía casi intransitable para los peatones. Así era el Tranvía de Mulas, que nació a finales del pasado siglo, por allá en 1884 y sobrevivió hasta 1910, cuando se organizó el Tranvía Eléctrico. El que fuera, años después, el Tranvía Municipal de Bogotá. o TMB, el cual era jocosamente traducido por los bogotanos de la epoca como: Treinta minutos de bamboleo, TMB.

5 comentarios:

Pirata Subterraneo dijo...

Oye Luis, de verdad que éste blog es fantástico. Nada como la historia de Bogotá, tan fascinante y desconocida para la mayoría, que tu afortunadamente rescatas. Gracias y felicitaciones!!

doppiafila dijo...

Hola Luis, muy bueno este post! Un vecino de Chapinero...
Doppiafila

doppiafila dijo...

Luis, me enterè que este post no es de tu autorìa, sino una (ligera9 reelaboracion de una cronica que apareciò en el Espectador hace unos años. Retiro - naturalmente - mis congratulaciones y espero que publicarás este comentario (y tambien la fuente de tus posts!).
Un saludo, Doppiafila

Luis Trejos dijo...

Gracias por el comentario doppiafila, el articulo original como tu bien dices aparecio publicado en el Espectador en 1992, el post aca publicado esta basado en el fondo mas no en el contexto del mismo, que por lo demas es una muy pequeña parte del original ya que dicho articulo es supremamente extenso. El articulo publicado en esa fecha esta escrito por Alberto Farias. Mea culpa, por omitir la fuente.
Realmente para mi lo importante es rescatar y difundir todas esas historias de la ciudad que muy pocos conocen, por lo cual me mantengo en mi firme posicion y no cegare en mi empeño de seguir adelante con esta idea que a mi perecer es buena y constructiva.
Un cordial saludo

doppiafila dijo...

Gracias por la aclaracion, nos seguimos leyendo!
Doppiafila