sábado, 22 de julio de 2006

La Sabana de Bogotá de antaño


Fragmento del exquisito articulo de Camilo Pardo Umaña publicado en el libro Haciendas de Bogotá.
Bien podemos aceptar, sin llamarmos a engaño, que la Sabana de Bogotá fue, hace milenios, un enorme lago, cuya desecación comenzó al romper las aguas por la región del sur, en donde hoy admiramos la majestad del Salto de Tequendama.
Lo cierto es que cuando llegaron los conquistadores españoles de don Gonzalo Jiménez de Quesada, en 1538, en el altiplano abundaban las lagunas y ciénagas, y periódicamente desbordábase el río Funza o Bogotá y causaba grandes estragos, que pueden medirse por las siguientes palabras de Rodríguez Freile en su delicioso libro "El Camero", las cuales se refieren al año 1581: "Estaba el río Bogotá tan crecido con las muchas lluvias de aquellos días -dice el historiador colonial-, que allegaba hasta Techo, junto a lo que agora tiene Juan de Aranda por estancia. Era de tal manera la creciente, que no había camino descubierto por donde pasar, y para ir de esta ciudad a Techo había tantos pantanos y tanta agua, que no se veía por donde iban".
Tenemos, pues, a Jiménez de Quesada y a sus hombres avanzando por la Sabana, de Chía hacia Bacatá -hoy Funza-, lugar de residencia del Zipa, el más poderoso de los soberanos del imperio chibcha, quien hallo la muerte a manos de un obscuro soldado que le disparó su arcabuz sin conocerlo. El Zipa vivía en un enorme bohío circular, cuyas paredes de madera estaban adornadas con mantas finamente tejidas, y tenía como lugar de recreo el llamado Teusaquillo, que ocupaba terrenos del actual barrio de San Cristóbal de Bogotá. "Alrededor de este cercado -escribe Rodríguez Freile-, que estaba a donde ahora está la fuente de agua en la plaza, había asimismo diez o doce bohíos del servicio del dicho cacique, en los cuales y en el dicho cercado alojó su persona el dicho Adelantado, y en los demás bohíos a sus soldados"
A los ojos de los conquistadores, ¿qué aspecto ofrecióles la Sabana, cuando Jiménez de Quesada, admirado, la llamó "Valle de los Alcázares"? Germán Arciniegas, en uno de sus novelones, la describió así: "Las tierras del Bogotá son tan altas, que en ellas el frío penetra los huesos. A veces, en los amaneceres, el agua se hiela. Una corona de cerros rodea la planicie. Parándose en la punta de estos cerros, o en ciertos filos y boquetes en que la meseta como que se descuelga sobre el abismo, se puede mirar al fondo del Magdalena. Son mil quinientos, dos mil metros de diferencia en los dos niveles. Muchas veces quedan descubiertos, desnudos, los estribos de roca viva en la cordillera, como para mostrar en qué clase de cimientos se afirma la tierra del chibcha.
"... Por las tardes, el paisaje de la Sabana es paisaje de tapicería. Hay bosquecillos de arrayanes de troncos retorcidos, cuyos brazos decora un musgo que cuelga en barbas grises; ciénagas en donde crece el junco, cruzadas por canales: blandas vías para las balsas que empujan con palanca los indios pescadores; el río turbio, al derramarse, desdibuja un cauce de caprichosos meandros; en algunos puntos, semente-ras de maíz: hojas secas que se doblan sonoras entre las pistas del viento; mazorcas envueltas en su amero como niños, y con la cabellera rubia, ya ennegrecida y encrespada al sol; de cuando en cuando un bohío, gris y dorado como gavilla de trigo; por todas partes, lagunas que se ponen bermejas con el sol de la tarde. La tarde es una ancha hora de quietud, primer toque al reposo, que se disuelve entre nubarrones de oro. Los venados se detienen cautelosos, levantan la testa de azorados ojos redondos de azabache y dejan entre su ramazón de cuernos,suspendido como un estandarte, el crepúsculo. Contra el poniente, en fastuoso derrumbamiento, cae el sol de tierra fría: el sol de los venados".
Es imposible calcular la población indígena de la Sabana al llegar los conquistadores, pero si fijamos esta cifra en medio millón es posible que pequemos por exceso de optimismo. Los historiadores apasionadamente indigenistas han querido convencernos de que los chibchas poseían una civilización muy adelantada, a la altura, casi, de las de los aztecas y los incas, y para ello han apelado a notorias exageraciones y han abusado de la imaginación. Los chibchas cultivaban la papa y el maíz, de cuyo grano fermentado sacaban la chicha, bebida embriagante a la par que alimenticia que ha llegado a nosotros, y tejían burdas mantas para vestirse. Su tipo racial hace recordar el mongólico, de pómulos salientes, pelo negro lacio, lampiños y de corta estatura. Hipócritas, taimados y maliciosos, sus descendientes han venido siendo los mejores políticos colombianos, seguramente porque todos saben de memoria, y lo practican, el conocido código chibcha:
"Un indio estaba muriendo y a su hijo le aconsejaba: -Haz de saber, hijo mío, que un bien con un mal se paga. "Si fueres por un camino donde te dieren posada, róbate aunque sea el cuchillo y vete a la madrugada. "Si algún blanco te mandare que le ensilles el caballo, déjale la cincha floja y aunque se lo lleve el diablo. "Si algún negro te ocupare sírvele por interés; y lo que mande al derecho, procura hacerlo al revés. "Estos consejos te doy por ser, hijo, de razón; si no lo hicieres así, llevarás mi maldición"
Pero si es lógico suponer que fueron millares los chibchas que perecieron durante la Conquista, tampoco es admisible el cálculo de Arciniegas de que los indígenas eran entonces no menos de diez millones, bajo el dominio de cinco soberanos independientes: el Guanentá, el Sugamuxi, el Tundama, el Zaque y el Zipa. Sea como fuere, en 1674 apenas vivían en Santa Fé de Bogotá unos diez mil indios, según cálculo que hace don Juan Flórez de Ocáriz en su obra "Genealogías del Nuevo Reyno de Granada", publicada en aquel año; cifra ésta que significaría, como máximo, un total de cincuenta mil aborígenes en toda la Sabana.
La feracidad natural de la gran planicie sabanera es algo incalculable, y el día en que se hagan todas las necesarias obras de defensa contra las inundaciones, y en que se provea y reglamente el uso de las aguas para los regadíos, se convertirá en un emporio de riqueza que nada tendrá que envidiar a las famosísimas huertas valencianas. Ya el cura conquistador don Joan de Castellanos cantaba a la Sabana:
-¡Tierra Buena! ¡Tierra Buena! ¡Tierra que pone fin a nuestra pena! Tierra de oro, tierra bastecida, tierra para hacer perpetua casa, tierra con abundancia de comida, tierra de grandes pueblos, tierra rasa, tierra donde se ve gente vestida, y a sus tiempos no sabe mal la brasa; tierra de bendición, clara y serena, ¡tierra que pone fin a nuestra pena!
Estas palabras han seguido repitiéndolas cuantos han escrito posteriormente -a lo largo de cuatro siglos- sobre el altiplano, y en 1910 se expresaba así el autor de las "Reminiscencias -Santa Fé y Bogotá":
"En pocas comarcas ha derramado la Providencia con tanta prodigalidad sus beneficios en favor del hombre, como en el pedazo de tierra que se llama la Sabana de Bogotá.
"Atravesada de Norte a Sur por el manso y cenagoso Funza, que recoge los diversos tributarios que aumentan el caudal de sus aguas, dejando todos a su paso el depósito de limo fecundante que mantiene en perenne actividad la prodigiosa fuerza productora de su fértil suelo; bajo la influencia de un clima suave e igual, libre de los fríos, y exenta de animales dañinos o venenosos; rodeada, como inexpugnable fortaleza, por altas y azuladas montañas que le renuevan amorosas las brisas del purísimo ambiente que da vida a sus moradores; protegida, por razón de su altura sobre el nivel del mar, contra las asoladoras e implacables epidemias que dejan en otras partes una estela pavorosa de muerte y desolación; y lo que aun es mejor, habitada por una raza de carácter apacible, sin ambiciones, humilde y sencilla, apegada al suelo en que nace, vive y muere, amalgamada con la savia de sus conquistadores, a quienes recuerda con veneración, sin acordarse de las inútiles crueldades empleadas para sojuzgarla.
"Como consecuencia precisa de las favorables condiciones peculiares a la Sabana, el cultivo de su suelo y las demás empresas agrícolas a que se dedica, presentan extraordinarias facilidades para administrar las distintas secciones que la componen.
"Antaño se veían en las cercanías de todos los pueblos de la altiplanicie agrupaciones de indígenas que vivían en el pedacito de tierra que, con la denominación de resguardos, les adjudicaron las leyes de Indias y de la antigua Colombia, con prohibición de enajenarlas. En ellos mantenían los animales que les servían para conducir a los centros de consumo los cereales y demás artículos que cultivaban, y las ovejas que les proporcionaban la lana para vestirse; eran propietarios, y, por consiguiente, tenían cariño por el rancho y la estancia en que vieron la luz, pasaron sus primeros años y conocieron a sus abuelos.
"El aspecto de los resguardos era bellísimo en los tiempos de labores y recolección, por la diversidad de sementeras a que se dedicaban las estancias, que se distinguían de las haciendas por el conjunto heterogéneo de toda clase de artículos sembrados y cosechados simultáneamente.
"El tipo de una estancia era común a las demás, pues ya se sabe la inclinación imitadora que domina a la raza de los aborígenes: un cercado o vallado formado con arbolocos, cerezos, carrizos, sauces, curubos y zarzas; en el centro, la casita cubierta con paja de trigo, angosto corredor al frente, y estrecha puerta de entrada a las habitaciones, sin ventana, o muy diminuta en el caso de haberla; por mueblaje, una maciza mesa y barbacoas para sentarse o acostarse; el zarzo del techo que servía de troje para los cereales y de guardarropa de la familia; en las paredes, sin blanquear, las imágenes de los santos de la devoción de cada cual, pero en primer lugar las de Nuestra Señora de Chiquinquirá, San Roque, Nuestra Señora del Carmen, en actitud de sacar almas del purgatorio, y algunas vitelas monstruosas; en un rincón, los zurrones de cuero para guardar la miel, y sobre ellos el sillón o montura de la dueña de casa. Al frente de la choza una cocinita estrecha y ahumada que ostentaba, sin embargo, la limpia piedra de moler el piste, elemento indispensable para hacer la mazamorra. En cuanto a vajilla, se componía de platos y cucharas de palo, totumas, tazas de barro ordinario, y pare de contar: solían tener alguno que otro plato o escudilla de loza; pero estas fincas permanecían guardadas sobre una tabla asegurada a las paredes por medio de estacas, para el caso solemne de la visita del amo cura o del patrón de la hacienda vecina".
Los resguardos ya no existen en la Sabana. Una ley permitió su enajenación y desde entonces viven los indios sabaneros en ranchos que les facilita la hacienda en donde trabajan, los cuales no se diferencian en nada de los descritos por Cordovez Moure. De la bondad de la ley dicha no es el caso de hablar ahora, pero es innegable que a ella se debe, principalmente, la despoblación incesante de los campos, que lleva camino de convertirse en un problema nacional de grandes proporciones.
Paso a paso, la vasta extensión de la Sabana fue desecándose, al cuadricular el hombre su suelo con zanjas y más zanjas, que servían también para alinderar las haciendas y, dentro de éstas, los distintos potreros, que se iban sembrando de los mejores pastos, cuando no se dedicaban a la agricultura; y fue don Antonio Nariño, el andante caballero bogotano, a quien cupo la gloria de haber importado el famoso trébol, llamado comúnmente carretón, orgullo de los más ricos hacendados y señal indudable de la fertilidad de las tierras. Al mismo tiempo, fueron apareciendo los caminos vecinales a todo lo largo y a todo lo ancho de la Sabana, en tanto que dentro de las haciendas florecían los senderillos zigzagueantes -"caminitos de indio"-, que acortaban las distancias y hacían gratas las jornadas.
La Sabana no era entonces limpia, como ahora. Grandes extensiones de malezas la cubrían, y en ellas habitaban, por millares, los venados, alimento preferido de los indios, que no conocieron la carne de vacunos hasta mucho después de la llegada de los conquistadores. Los grandes árboles no abundaban tampoco, y la siembra de eucaliptos fue invención de hace pocos años, cuando la inmensa mayoría de los hacendados sabaneros delimitó sus dehesas con esta mirtácea para que ayudara en la tarea de secar los pantanos. Hoy, su presencia -que infunde a la Sabana tanta monotonía y tristeza sumaya no se justifica y, antes bien, es perjudicial.
Dos caminos principales tenían los indios a la llegada de los conquistadores españoles: el que llevaba, hacia el norte, a los dominios del Zaque (Tunja) y el que conducía por la Boca del Monte a las tierras bajas y ardientes, rumbo al occidente. Pero fue al dios Amor, encarnado en la persona del oidor Francisco de Auncibay, a quien correspondió construir la primera parte de la Calzada de Occidente, desde Santafé hasta Techo, cuyo principal objeto era el de poder viajar cómodamente hasta el actual municipio de Mosquera, en donde estaba situada la casa de hacienda de "El Novillero", del encomendero de Bogotá capitán Antón de Olalla, de cuya hija doña Gerónima de Orrego estaba furiosamente enamorado el oidor Auncibay, según es sabido.
Cuatro siglos largos después de la llegada de don Gonzalo, la Sabana está cruzada por tres carreteras principales y otros tantos ferrocarriles paralelos: la del norte, de Bogotá a Zipaquirá; la del sur, de Bogotá a Tequendama, y la de occidente, de Bogotá a Facatativá; por varias carreteras de enlace, de segundo orden; por multitud de caminos vecinales, y por infinidad de caminitos de indio. Y toda ella semeja, vista desde la altura, un enorme tablero de ajedrez, multicolor en ciertos meses, cuando las tierras se cubren de flores y de frutos.
"El oriente y el norte de Cundinamarca son absolutamente boyacenses. Boyacá comienza en el Puente del Común", cuentan que dijo el señor Caro; y es verdad. "Boyacá comienza donde ya le sirven a úno dos sopas, y esto acontece en Chía, en Nemocón lo mismo que en Hatoviejo, en Ventaquemada o en Paipa", afirma don Tomás Rueda Vargas, con sobra de razón. Y si esto ocurre con Cundinamarca, ¿no pasará algo semejante con el norte de la Sabana, a pesar de que ésta no es sino un trozo del departamento?
Lo que sucede es que Bogotá y la Sabana son una cosa y el resto de Cundinamarca es otra, muy distinta. La Sabana pertenece espiritualmente a la ciudad, y las dos se compenetran absoluta y definitivamente.
En la Sabana, cada uno de sus pueblecillos -Funza, Fontibón, Serrezuela, Chía, Usaquén, Engativá, Mosquera, Suba, Cajicá, Bosa, Bojacá, Soacha, Cota, Tenjo, Tabio, etc.- tiene su personalidad, como la tiene, ¡y tan marcada!, Bogotá; pero todos están unidos por un alma común, por una especie de cordón umbilical del espíritu, que nada tiene que ver con la que anima al resto del desaparecido imperio chibcha.
¿Cómo explicar esto? Ardua y compleja labor sería intentarlo. Es, sin embargo, lo más probable que ello se haya originado en el enorme predominio que tomó la raza española en Santafé y en toda la Sabana; predominio absoluto, que en ninguna otra parte fue tan cabal y definitivo. Así, la ciudad y la Sabana fueron españolas por virtud de los encomenderos, en quienes es forzoso buscar a los primeros hacendados de la planicie, y seguramente fueron ellos quienes compraron, en 1543, los primeros 35 toros y las 35 vacas que trajo Alonso Luis (o Luis Alonso) de Lugo, pagándolos a razón de mil pesos oro por cabeza.
Tal vez un historiador minucioso pudiera precisar los terrenos que ocuparon en la Sabana las primeras encomiendas. Pero hay una, la del Alférez Real de la Conquista, capitán Antón de Olalla, tronco que fue de muchas de las principales familias de la aristocracia bogotana, que merece una explicación a espacio, ya que de ella nació el mayorazgo de Bogotá, la primera y más importante hacienda de la Sabana, de nombre El Novillero, cuyos términos abarcaron, casi en su totalidad, los de los actuales municipios de Funza, Serrezuela y Mosquera.
El Alférez Real obtuvo su título de capitán y la encomienda de Bogotá del Adelantado Alonso Luis de Lugo. Más tarde contrajo matrimonio con doña María de Orrego y Valdaya, de la nobleza de Portugal, quien fue una de las primeras damas que vino a la naciente ciudad, y de ellos fue hija la célebre encomendera de Bogotá, doña Gerónima de Orrego y Castro, por quien bebieron los vientos el oidor don Francisco de Auncibay y don Fernando de Monzón, hijo del visitador real don Juan Bautista de Monzón. Doña Gerónima tuvo un hermano, don Bartolomé de Olalla, quien murió joven, y de ahí que fuera ella la heredera universal de los cuantiosos bienes del Alférez Real.
El caso es que el oidor Auncibay y el hijo del Visitador andaban disgustados, porque ambos querían casarse con la encomendera, sabido lo cual por el capitán de Olalla por aviso que le dio su mujer, pues generalmente permanecía en sus haciendas, determinó llevarse a su hija para El Novillero en espera de que los dos pretendientes "se aquietasen". Fue entonces cuando, al acompañarlos el oidor al puesto de la balsa en que deberían embarcarse para seguir a Fontibón, determinó construir la calzada de occidente, y así lo hizo. Pero con todo y su gran amor por doña Gerónima, quien vino a ser esposo de la bella santafereña fue don Fernando de Monzón, debido a que el oidor fue trasladado poco después a la Real Audiencia de Quito. Casáronse, pues, don Fernando y doña Gerónima en 158 1, y a las pocas semanas murió aquél, víctima de perniciosa calentura, y sin dejar descendencia.
Doña Gerónima soportó corta viudedad y contrajo de nuevo matrimonio con el Almirante de la Armada don Francisco Maldonado de Mendoza, quien con sus propios bienes y con los cuantiosísimos de su esposa fundó el Mayorazgo de la Dehesa de Bogotá, que posteriormente pasó a su hijo Antonio, después a su nieta María, y así sucesivamente hasta llegar a don Jorge Miguel Lozano de Peralta y Varáez Maldonado de Mendoza y Olalla, VIII poseedor del Mayorazgo y primer Marqués de San Jorge de Bogotá.
El bogotano es bogotano y nada más que bogotano, a pesar de lo cual ignora completamente el regionalismo, posiblemente a causa de cierta presunción íntima de superioridad; y si bien está muy al corriente de la historia de todos los países de Europa y de América, cariño verdadero -aquel que se siente por los abuelos- no lo tiene sino por la Madre Patria.
Su amor por la Sabana lo lleva en la sangre, dando a aquella el sentido de una prolongación de la ciudad maternal, lo cual se explica fácilmente porque los antepasados de las rancias familias bogotanas fueron todos hacendados sabaneros; y a la grande, bella y melancólica planicie dedicaron lo mejor de sus vidas, con desinterés de cariño.
La Sabana es un arcano para mi, y aprendí a conocerla y amarla. Supe de su paz y de sus atardeceres melancólicos; de sus claros y soleados días de diciembre, como también de los fríos y opacos, de abril; de las preocupaciones de sus hombres de trabajo y del sano orgullo de sus hacendados creadores de riqueza de la bondad de las mujeres y de sus pequeños odios pueblerinos; del justificado cariño de los campesinos por los animales, y del terrible daño que les causan los políticos y sus prédicas. Y así vine a comprender la sabiduría que entraña la preposición de encajada entre las palabras Sabana y Bogotá: porque la Sabana es de Bogotá -como Bogotá es de la Sabana- y no puede ser sino de Bogotá.
Existen ya en la Sabana casas de hacienda modernas, decoradas y amuebladas como cualquier gran residencia bogotana. No son éstas, por cierto, las que deben interesarnos: les falta haber vivido, tener historia, haberse compenetrado con el alma de sus moradores; son casas anodinas, que no dan calor al corazón.
Muy otras son las amables casas de hacienda sabaneras. Son aquellas con vida propia, que los abuelos amueblan generalmente con lo viejo y lo sobrante de sus casas bogotanas. En ellas, con sus pisos cubiertos con estera de esparto, se conservan aún enormes armarios taraceados y largos divanes sin resortes; grandes lámparas de petróleo, que sirvieron para iluminar los balcones en las vísperas del 20 de julio; consolas de patas de león; sillas cordobesas de cuero repujado; camas amplísimas, algunas con baldaquino y en estrado; relojes de sobremesa cuya muestra sostienen figuras bronceadas de angeletes desnudos; amplios sillones que convidan a la siesta; y, pendientes de los muros, viejos retratos al óleo, en valiosos marcos policromados, y oleografías de muy dudoso gusto, amén de los santos predilectos de los dueños de la hacienda, siempre presididos por el Sagrado Corazón en su ya tradicional estampa.
¡Viejas casas sabaneras, sin garages ni modernismos chillones, precedidas por la indispensable pesebrera y el anexo cuarto de las monturas, y con su obligado oratorio en donde se armaba el nacimiento que hizo las delicias de tantas generaciones: Inolvidable pesebre santafereño, con su arbitraria geografía y sus desproporcionados ganados, árboles y casas; su lago de espejo y sus senderillos de harina! ¡Viejas casonas de mi Sabana, sobrevivid! No olvideis que, como lo escribió don Tomás Rueda Vargas, "la muerte de las cosas es mil veces más triste que la de las personas"; y en vosotras perdura toda -el alma melancólica y maternal de la gran llanura...

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