sábado, 19 de agosto de 2006

El Magnate de Antaño


Este es uno de los episodios más extraordinarios e inusitados de la historia bogotana del siglo XIX el cual, si bien pertenece exclusivamente a los anales económicos y financieros de la ciudad y del país, presenta ciertos ingredientes de narración picaresca que lo hacen interesante en grado sumo.
Se trata del escándalo financiero, desmesurado para el modesto escenario bogotano de 1842, que protagonizó el señor Judas Tadeo Landínez.
Lo primero que sorprende al entrar en el conocimiento de este caso es que en esa Colombia atrasada y rural de la primera mitad del XIX; en ese país sin vías de comunicación, en que las pocas y rudimentarias industrias se movían aún con fuerza hidraúlica, y en que en materia bancaria sólo empezaban a oírse voces que clamaban por la creación de un banco, irrumpiera como nacido de un fenómeno de generación espontánea un auténtico brujo de la especulación financiera que bien habría podido competir sin desfallecimientos con los más brillantes y avezados de los tiempos actuales.
Ese personaje, que en el marco de la Bogotá provinciana y marginal de entonces fue un inmenso promontorio insular se llamaba Judas Tadeo Landínez.
El extraño protagonista de esta historia se había dedicado en años anteriores con muy buen suceso a los quehaceres de la política pero en un momento dado, en el año de 1839, resolvió dar un viraje radical consagrando todo su talento, pericia y energías a los negocios en el campo financiero con un capital inicial de $22.000.
Landínez fue sin duda el primer magnate, el primer auténtico millonario que hubo en Colombia. Empezó a especular de una manera tan desaforada en el campo financiero, en la forma que ya veremos más adelante, que al cabo de tres años sus activos ascendían a un millón de pesos y sus pasivos a dos millones cien mil, en momentos en que el presupuesto global de la nación era de dos millones de pesos.
El sistema de Landínez consistió en la creación de una institución financiera en la cual recibía dinero a interés que garantizaba no sólo con hipotecas, sino con letras y pagarés que, por ser negociables y endosables, circulaban entre los bogotanos como auténticos billetes de banco.
El establecimiento de Don Judas Tadeo se llamó “Compañía de Giro y Descuento” y se fundó en abril de 1841, época en la cual su fundador ya había consolidado al amparo de la Guerra de los Supremos un capital muy respetable especulando con bonos y otros papeles oficiales, en negocios de tipo mercantil y en bienes inmuebles.
Recién fundada la compañía, la Gaceta de la Nueva Granada del 25 de abril de 1841 anunció que la empresa financiera del señor Landínez ofrecía descuentos de obligaciones al uno y medio por ciento mensual y depósitos a término con intereses y plazos que el inversionista pactaría con los interesados ofreciendo, desde luego, avales plenamente satisfactorios por su dinero. Fue este el punto de partida de un genuino vértigo. Landínez llegó a pagar a sus depositantes un 2% mensual, tasa extraordinariamente alta para la época. La consecuencia fue que la ciudad empezó a girar como un tiovivo enloquecido alrededor de aquel eje magnético que era Landínez.
Nadie, con independencia de la magnitud de sus recursos, resistió a la poderosa atracción que ejercía sobre todos la “Compañía de Giro y Descuento”.
Igual los ricos que las gentes de clase media y los de muy estrechas posibilidades económicas acudían al hacedor de milagros con la vehemente esperanza de multiplicar sus ahorros en el más corto tiempo. Las comunidades religiosas no quedaron al margen de este aluvión frenético, de modo que órdenes tales como El Carmen, Santo Domingo y La Tercera volcaron sobre las arcas insaciables de Judas Tadeo Landínez sus reservas monetarias.
Transacciones de toda índole, desde comerciales hasta simplemente personales, se hacían endosando los papeles que emitía Landínez y pagando con ellos toda clase de especies. Sobra decir que estos papeles eran recibidos sin vacilaciones como papel moneda y con una total sensación de seguridad. Numerosísimos capitales improductivos y ociosos fueron captados rápidamente por Landínez en una bolsa de millones en que las palas y las piquetas abrieron huecos en los muros y fosas en los solares para extraer las pesadas cajas y las arcas cuyo contenido de morrocotas, patacones y variadas monedas fluyó torrencialmente hacia la “Compañía de Giro y Descuento”.
En esa forma Don Judas Tadeo Landínez estaba, en el sentir de las gentes, llenando el vacío que desde años atrás los bogotanos venían percibiendo por la ausencia de una institución bancaria respetable y sólida que diera plenas garantías a la comunidad.
Varios fueron los factores determinantes del prestigio de Landínez en Bogotá. A él acudieron las gentes sin reservas de ninguna naturaleza con sus capitales y sus grandes y pequeños ahorros, llenas de confianza en un hombre cuya destreza en las manipulaciones mercantiles y financieras con bonos de deuda pública y bienes nacionales ya se había hecho legendaria. Además, esta fama creció y se fue consolidando en la medida en que Don Judas Tadeo demostraba ante su nutrida clientela una puntualidad irreprochable en el pago de los réditos.
Landínez ideó un sistema que, puesto en práctica, contribuyó poderosamente al crecimiento vertiginoso de su imperio financiero. Propietarios urbanos y rurales empezaron a venderle masivamente toda clase de propiedades inmuebles por un procedimiento muy original. Los vendedores le entregaban a Landínez el bien raíz adicionándole una suma en efectivo que se denominaba dote. Don Judas Tadeo recibía el inmueble y a trueque del mismo entregaba un documento que acreditaba la compra y que estipulaba para el vendedor un interés mensual elevado. Se establecía, obviamente, que el vendedor recibiría el producto total de la transacción en un plazo determinado. Entre tanto, podía entregarse a la más exquisita ociosidad con las rentas que cobraba en la “Compañía de Giro y Descuento”.
Los tentáculos de Landínez no solamente se extendieron por Bogotá y alrededores, sino por un área más extensa de la geografía nacional, llegando hasta Neiva por el Sur y Tunja por el Norte. Resulta interesante enumerar los nombres (algunos de ellos todavía conocidos en la actualidad) de las enormes haciendas adquiridas por Landínez mediante el procedimiento descrito. Entre ellas se contaron “Novillero “(que fuera de propiedad del Marqués de San Jorge), “San Pedro”, “La Majada”, “Tibaitatá”, “Merinda”, “La Esperanza”, “Hatos de Funza”, “Palo Quemado”, “Tunjuelo”, “La Fiscala”, “Buenavista”, “Alto de Furca”, “El Salitre”, “Tilatá”, “Contreras”, “Santa Bárbara”, “San Juan de Matima”, “La Mesa de Juan Díaz”, “Cayunda”, “Chaleche”, “Paime”, “Chicaque”, “El Retiro”, “La Barrera”, “San Nicolás”, “El Vínculo”, “San Miguel”, “Los Micos”, “El Cerezo”, “Amborco”, “Las Siechas”... y siguen más nombres.
La voracidad de este tiburón insólito no conocía límites. A estas alturas ya era uno de los más acaudalados ganaderos y cultivadores de caña de todo el país.
Escribía Rufino Cuervo por estos días a un amigo: “Los negocios de la bolsa están aquí en mucho auge. Landínez es el Rotschild de esta tierra. Morales ha vendido todo lo que tiene y hasta Don Ramón de La Torre se ha despojado de Tilatá; pero admírese Ud., Don Francisco Suescún está de bolsista y sus propiedades han pasado a poder de Landínez. Vicente Lombana le vendió su botica y las tierras que tenía en Neiva. En fin, esto es otro Londres en miniatura... Landínez es dueño del comercio y se han puesto las cosas de modo que nadie puede hacer un trato sin tocar con él. ... Todo lo que tenemos mi hermano y yo está en obligaciones de aquella casa.”
Con sagacidad impresionante Landínez le puso la garra al renglón de abastos en Bogotá y se dio el caso de que a pesar de la guerra y una epidemia de viruela, Landínez se las ingenió para abastecer en forma abundante la plaza de mercado obteniendo así estupendos beneficios. Igualmente se convirtió en el proveedor esencial de mantas, bayetas y otras prendas para el ejército del gobierno en guerra. Como es lógico suponerlo, se apoderó también de la incipiente industria manufacturera bogotana, concretamente de la fábrica de tejidos de algodón, de la fábrica de loza y de la ferrería de Pacho.
Pero aún ahí no se detenía. Puede decirse que cada una de estas certeras dentelladas estimulaba su apetito en vez de aplacarlo. Cuatro importantes minas de sal quedaron bajo su control; se hizo propietario de los más ricos yacimientos carboníferos de Zipaquirá y su contorno, y, además, llegó a poseer las mejores recuas y los más diestros arrieros, lo cual, en un país de caminos de herradura, era tan decisivo como sería hoy la posesión simultánea de todas las aerovías y de todo el transporte terrestre.
Pero al fin la codicia desmesurada de Landínez lo llevó a empezar a morderse la cola. Ya sus agencias cubrían casi todos los puntos estratégicos del territorio nacional. El siguiente objetivo que pasó a la mira de Landínez fue la promisoria factoría de tabacos de Ambalema, cuyo espléndido futuro avizoró el ojo aquilino de nuestro personaje. Crecía el volumen de sus especulaciones pero a la vez sus obligaciones con los acreedores crecían también con una velocidad cancerosa. La primera consecuencia del fenómeno fue que los pagarés, letras y demás papeles que expedía Landínez y que en los tiempos de esplendor circulaban tranquila y pausadamente a ritmo de papel moneda, empezaron a pasar de mano en mano con tan creciente rapidez que empezó a considerarse como un primer síntoma inquietante de recelo y desconfianza por parte del público.
Pero es forzoso que veamos en detalle el porqué empezó a tambalearse la confianza de las gentes y, lógicamente, el porqué Landínez empezó a malvender propiedades.
Entre noviembre de 1841 y junio de 1842, Landínez tenía que cubrir obligaciones por algo más de un millón de pesos. Sin embargo, simultáneamente, su imaginación afiebrada y su codicia sin límites lo orientaron hacia dos negocios descomunales que, si bien prometían espléndidas utilidades a mediano plazo, a su vez exigían cuantiosas erogaciones inmediatas que el potentado no podía hacer sin realizar en forma apresurada ventas de inmuebles y otros bienes.
El primero de estos negocios fue la propuesta que le hizo al gobierno de tomar en arriendo las salinas de Zipaquirá (las mayores del país), junto con las de Nemocón, Tausa, Chita y Chinebaque. Este negocio, brillante en sí, le exigía a nuestro tiburón un desembolso inmediato de $50.000. Por otra parte, Landínez de tiempo atrás había venido comprando los depreciados bonos de deuda pública a veteranos menesterosos de la independencia y a otras gentes necesitadas a un promedio del 20% de su valor. En suma, reunió bonos que le habían costado $100.000 y cuyo valor nominal era de $600.000. Sin vacilar propuso al gobierno que le reconociera este valor nominal. El poder ejecutivo, que estaba en apuros por las catastróficas erogaciones de la guerra, le respondió que lo haría con gusto a condición de que Landínez le prestara $200.000 en metálico en cuotas que debería abonar entre el 15 de diciembre de 1841 y el 31 de mayo de 1842. El negocio, visto escuetamente era favorable para Landínez hasta extremos verdaderamente leoninos, ya que convertiría $100.000 en $600.000. Pero la contracara del negocio era el esfuerzo ingente que tenía que realizar para reunir los $200.000 que debía prestarle al Estado y los $50.000 del arriendo de las minas de sal.
A esto se agrega que el gobierno le prometió a Landínez extenderle por cinco años el arriendo de las salinas con la condición de que le prestara $200.000 más. Los nubarrones se hacían cada día más negros. Por los $600.000 de los bonos y los $200.000 del préstamo Landínez recibía un 4.5% de interés anual pero ya entonces tenía vencimientos por los cuales pagaba 24% anual.
Fue entonces cuando empezó a vender a precio vil toda suerte de bienes muebles e inmuebles tratando desesperadamente de luchar con buen suceso en tres frentes esenciales a saber: pagar a los viejos acreedores más de un millón de pesos; conseguir $250.000 para el arriendo de las salinas; y $200.000 más para el empréstito que había prometido al gobierno a trueque de los bonos valorizados.
En total casi millón y medio de pesos a desembolsar en pocos meses. La desconfianza aumentaba. Trascendió que el negocio de las salinas con el Estado había estado a punto de irse a pique por las dificultades que tuvo Landínez en reunir los $50.000 iniciales requeridos.
A todas éstas continuaba la vorágine de las ventas de sus propiedades, pese a lo cual empezó a presentarse una situación que aumentó la inquietud del público. Los pagos de intereses que antaño se producían con una puntualidad intachable, empezaron a sufrir aplazamientos que, si bien eran de pocos días, constituían al fin y al cabo demoras y generaban por lo tanto zozobra entre los inversionistas. Luego se firmó y se publicó el ya mencionado contrato de Landínez con el gobierno relacionado con el empréstito de los $200.000 a cambio del reconocimiento de los $600.000 por los bonos. Por un lado se sabía que el contrato seguramente sería magnífico para Landínez. Pero por otra parte la noticia incrementó la desconfianza y la angustia puesto que las gentes, con muy buen discernimiento, se plantearon una pregunta escueta y contundente: ¿De dónde iba a sacar Landínez el metálico para abonarle al mismo tiempo al gobierno y a sus acreedores antiguos?
Mal podía pensarse que tan combativa y veterana ave de rapiña se diera por vencida fácilmente. La siguiente estrategia de Landínez consistió en montar a sus acreedores en su barco en la fase más crítica de la borrasca y convertirlos en tripulantes. Con habilidad consumada les hizo ver que si lo dejaban naufragar se ahogaban todos con él. En consecuencia los persuadió para que le financiaran las cuotas que debía hacerle periódicamente al gobierno. Landínez había hecho directamente los dos primeros abonos y los acreedores lo respaldaron cancelando al gobierno la tercera cuota que se venció el 25 de diciembre de 1841. El recelo contra el financista había crecido porque los acreedores percibían una realidad alarmante: Don Judas Tadeo ya había enajenado las propiedades más líquidas y valiosas y sólo le estaban quedando las de menos valor y más difícilmente vendibles. Por consiguiente empezaron a sentirse precariamente respaldados y su angustia creció. Sobrevino entonces la insurrección general. Los acreedores no abonaron la cuota del 30 de diciembre y se precipitó la calamidad.
El historiador José Manuel Restrepo en su Diario Político y Militar toma nota de la realidad inminente de la quiebra el lo. de enero de 1842.
Cuenta el citado Diario que en esa fecha ya se habían reunido 80 acreedores y designado una junta especial para que revisara a fondo el estado de las finanzas de Landínez. Dice más adelante: “Si Landínez quiebra, casi no hay familia en Bogotá y sus alrededores que no pierda o quede arruinada. “ La estimación que hizo Restrepo en su Diario sobre el monto de las deudas de Landínez fue de un millón cuatrocientos mil pesos. Pero posteriormente, el 21 de febrero, siendo ya un hecho irreversible la bancarrota de Landínez, escribía Restrepo: “Más de 200 familias quedan reducidas a la miseria por las maniobras atrevidas y mal avisadas de Landínez, cuya memoria será en Bogotá de funesta recordación. Sus deudas alcanzan a dos millones de pesos y sus propiedades apenas valen quinientos mil. Ha comenzado el pleito de concurso que durará muchos años”.
El duro golpe asestado por la bancarrota de Landínez a la naciente industria nacional está reflejado en estas palabras de Don Mariano Ospina Rodríguez en la Memoria de Hacienda que presentó al Congreso de 1842, cuando aún se sentían de manera dramática las consecuencias de esta calamidad: “Nuestro porvenir se halla en la producción de frutos tropicales para la exportación y en la explotación de las minas de metales preciosos. Son estos ramos de la industria los que pueden adquirir sin inconvenientes una inmensa extensión; y es por lo mismo en favor de estos objetos que deben hacerse los mayores esfuerzos.”
Ospina enterraba así por los próximos 45 años la política de fomento estatal al sector manufacturero nacional.

7 comentarios:

Patton dijo...

Como siempre: excelente. No tenía idea que todo esto había pasado ... pobres mis abuelos, seguro también se quebraron ahí.

Luis Trejos dijo...

Gracias por el comentario Patton, muy ingenioso el apunte; seguramente hay cayeron mas de uno de nuestros sufridos antepasados.
Te voy a enlazar en mi blog, pues el tuyo es muy interesante y fresco.
Un cordial saludo

Mauricio Duque Arrubla dijo...

A pesar de lo largo vale la pena leerlo. Y mucho. Yo paso por aquí cada vez que se publica aunque casi nunca opine

jlandineza dijo...

me siento alegre de hallar un texto como este, en mi afán por encontrar el origen de mi apellido. Sencillamnet me gustaría saber si tienes más datos acerca del apellido Landínez, que podrían servirme....
waukkechanakuy@gmail.com

Luis Trejos dijo...

Gracias por el comentario jlandineza, Eres descendiente del Sr Judas Tadeo Landinez? en caso afirmativo te informo que si poseo algunos datos mas sobre el, los cuales publicare en poco tiempo.
Un cordial saludo.

alandinez dijo...

soy de apellido landinez tambien y me parece facinante su historia, anteriormente mencionaba mas datos sobre Judas Tadeo, quisiera saber si esos datos ya fueron publicados en otro articulo.

muchas gracias

Icaro gavilanez dijo...

Hola parientes LANDINEZ, soy hijo de JOSE IGNACIO LANDINEZ PEÑA de Tunja,Estoy escribiendo un ensayo sobre el genial JUDAS TADEO LANDINEZ, de samaca, Boyaca, para un gión de TV y deseo hacer el arbol genealógico de esta fantastico personaje que

como sea, sento las bases de una jurisprudencia financiera y creo las primeras formas económicas y financieras de Colombia...

lo unico malo que hizo, fue aprovecharse de la codicia desaforada y afan de lucro de otros,un monton de tontos ambiciosos enseguecidos por el afan de lucro que en circunstancias similares, tambien hubieran hecho lo mismo

si a lguien tiene alguna dato para aportar al arbol genealogico de JUDAS TADEO LANDINEZ favor enviarmelo

saludos

GABO