domingo, 6 de agosto de 2006

La Fundación de Bogotá


Dentro del proceso de conquista y población, el acto de fundar ciudades era capital y era, a la vez, militar, jurídico y político, cargado también de un profundo significado religioso.
Puede afirmarse que los dos instrumentos claves del fenomenal proyecto conquistador fueron la Cruz y la Espada.
Mediante la fundación de centros urbanos, el Imperio Español refrendaba y reafirmaba su poder y su presencia en estos nuevos dominios. Ningún otro imperio en la historia de la humanidad, fundó tantas ciudades como el español. De ahí que, fue ese el elemento que marcó la diferencia esencial entre la actuación de los españoles y los alemanes en la conquista de América.
La decisión de los primeros de crear una estructura de siglos se caracterizó por la fundación de ciudades. Los segundos no crearon un solo núcleo urbano y fue esa la causa fundamental de la brevedad de su tránsito por este continente.
Decía proféticamente el cronista López de Gómara a comienzos del siglo XVI:“Quien no poblare no hará buena conquista, y no conquistando la tierra, no se convertirá la gente,- así que la máxima del conquistador debe ser poblar”.
Quesada llegó por el Norte, vale decir, por “los pueblos de la sal”: Nemocón, Tausa y Zipaquirá. El 22 de marzo de 1537, Quesada y sus hombres tuvieron ante sí el espectáculo de la Sabana. Los conquistadores llegaron a Chía y el 5 de abril a Suba.
Desde las lomas de ese sector atisbaron buena parte de la altiplanicie, y la vista de los numerosos y apretados bohíos les inspiró la denominación que le dieron, y que desde entonces se hizo célebre: el “Valle de los Alcázares”.
Casualmente, ese 5 de abril se cumplió un año de la partida de estos intrépidos desde Santa Marta rumbo a lo desconocido. Habían emprendido el viaje 750 hombres. Un año más tarde, sólo 166 soldados harapientos y famélicos acompañaban a Don Gonzalo Jiménez de Quesada en su arribo a estas tierras cuyos aires tonificantes ya empezaban a devolverles el vigor. 584 habían sucumbido mientras remontaban el Río Grande de la Magdalena, asaltados sin tregua por víboras y alimañas mortíferas, devorados por fieras o asediados por indios feroces.
Desde los cerros de Suba, Quesada divisó una población empalizada que se llamaba Muequetá o Bogotá y que desde 1819 se llamó Funza, cuyo asiento era una hondonada cenagosa. Era esta ranchería la capital del zipazgo. Decía un cronista: “Era la tierra del más principal señor que hay en ella, que se dice Bogotá”.
La pronunciación original parece haber sido “Bacatá” o “Facatá’, el lugar no era propiamente un conjunto urbano en el estricto sentido del vocablo. El máximo nivel que los muiscas habían alcanzado en materia de desarrollo urbano era el de cierta aglomeración de viviendas en torno a la de un cacique. El Zipa era el jefe supremo de una federación de cacicazgos que a su vez constituían una forma incipiente de Estado o nación.
El itinerario posterior que siguieron los españoles, como en muchos otros casos de la Conquista, bien podría denominarse ‘el itinerario de la codicia’. A sus oídos llegaban noticias sobre tesoros fabulosos y eran dichos rumores la brújula que los guiaba por estas tierras.
Desde Bogotá Quesada dirigió su ejército hacia el Norte recogiendo entre los indios oro y esmeraldas. Bien pronto supo de un “criadero de esmeraldas” situado en la región de Somondoco.
Sin vacilar envió allí al capitán Pedro Hernández de Valenzuela, quien retornó con un óptimo botín y con la noticia de la existencia de una brecha en la cordillera que, según supo, conducía a unas llanuras infinitas ubicadas hacia el Oriente. Aguijoneado por la posibilidad de que en aquellas vastas comarcas pudiera estar ‘El Dorado’, Quesada encomendó al capitán Juan Tafur la misión de practicar un reconocimiento.
Poco después, Quesada recibió otra noticia acerca de otro cacique opulento, el Zaque, conocido como Quemuenchatocha. Sin tardanza se dirigió a Hunza o Tunja, sede del Zaque, a quien redujo a cautividad, y donde tomó un espléndido botín.
De allí pasó a Sugamuxi o Sogamoso, gran centro litúrgico de culto al sol, y capturó otro cuantioso botín. A continuación, volvió al “Valle de los Alcázares” y allí depositó el oro en la llamada “Caja del Común”.
A fines de 1537 le llegaron más noticias estimulantes. Según le informaron, había hacia el Sur un valle llamado “de las Minas” (Neiva), donde abundaban las riquezas. La información resultó falsa; el viaje fue penoso y estéril en resultados y Quesada rebautizó la región con el deprimente nombre de “Valle de las Tristezas”.
Al regreso a Bacatá se le volvió a despertar la codicia con renovado furor. Muerto el zipa Tisquesusa, fue elegido como heredero un caudillo altivo y aguerrido a quien llamaban Sagipa y Saxajipa. Sagipa hurtó el cuerpo a sus perseguidores, quienes enloquecían por dar con el paradero del tesoro de Tisquesusa. Pero finalmente fue capturado por los españoles, a los que, aún cautivo, siguió burlando. Sus indios empezaron a traer apetitosas cargas de oro para llenar con ellas un aposento similar al que, una vez lleno del precioso metal, iba a salvar la vida de Atahualpa. Sin embargo, de pronto la estancia quedó vacía. Los taimados indígenas se habían ingeniado trazas para volver a llevarse poco a poco el oro. Enfurecido, Quesada dio tormento a Sagipa hasta matarlo. No logró obtener ni el mínimo indicio del tesoro, cuyo paradero es un misterio todavía hoy.
A pesar de este insuceso, Quesada y sus hombres ya habían conseguido amontonar una cantidad muy apreciable de oro y esmeraldas. Hasta ahora el fruto de la empresa se había considerado propiedad común; con toda la gravedad del caso se procedió a repartirlo. Concluido este primer periplo de saqueo y rapiña, los conquistadores trazaron otros planes.
Ya era hora de buscar el lugar más apropiado para fundar allí un núcleo urbano que sirviera de asiento permanente a los españoles. En un principio Quesada despachó dos comisiones a fin de que exploraran diversas zonas. Una se dirigió hacia el Occidente de Bacatá y la otra hacia el Oriente. Esta última encontró un caserío llamado Teusaquillo, situado al pie del cerro y bien provisto de agua, leña y tierras propicias para huertas. El villorrio estaba ubicado alrededor de una residencia de recreo del Zipa a lado y lado de la quebrada de San Bruno, afluente del río San Francisco, a la altura de la actual carrera 2a. con calle 13. El informe de la comisión que descubrió este lugar fue ampliamente favorable y, en efecto, allí se situó el primer asentamiento español, que posteriormente se llamó “Pueblo Viejo”, y que pronto se convirtió en una zona de vivienda indígena.
Aunque las instrucciones más detalladas para la fundación de ciudades sólo fueron recopiladas y promulgadas en 1570, ya desde 1516 había algunas básicas que se referían con especial énfasis a la necesidad de buscar lugares bien abastecidos de agua, leña, materiales de construcción y “gente natural”. Otro factor que siempre se tuvo presente fue que el sitio elegido ofreciera facilidades para guarecer la futura urbe contra posibles ataques de indígenas. Desde luego, esta consideración se tuvo en cuenta para la fundación de Santafé en las estribaciones de los cerros. No obstante, todo hace suponer que en la elección de dicho paraje pesaron más otras razones, tales como la ya mencionada del agua y otros materiales, como la piedra y la leña, así como la protección contra los vientos. Además, los españoles ya habían observado los graves problemas que presentaba la Sabana abierta, a la sazón anegadiza y cenagosa en extremo. Por lo tanto, se imponía la elección de un sector seco y que no ofreciera estos graves riesgos. Por otra parte, la abundancia de ríos que bajaban de la cordillera, y su bien pronunciado declive, permitieron su aprovechamiento para la obtención de energía hidráulica, que permitió la proliferación de molinos y, por ende, el abastecimiento regular de pan.
No existe acta de la fundación de Bogotá. Numerosos historiadores y cronistas han recogido la tradición según la cual dicha fundación tuvo lugar el 6 de agosto de 1538, día de la Transfiguración. Según esa tradición, ese día se ofició la primera misa por el sacerdote Fray Domingo de las Casas, y se bautizó el reino de los muiscas con el nombre de Nuevo Reino de Granada y el rancherío con el de Santafé. Dice Castellanos:
“Fundaron luego doce ranchos pajizos que bastaban por entonces para se recoger la gente toda”.
Y narra así Fray Pedro Simón la pomposa ceremonia en que Jiménez de Quesada tomó posesión de estas tierras en nombre de la Corona:
“Fue el General con los más de sus capitanes y soldados al puesto y estando todos juntos el Gonzalo Jiménez se apeó del caballo y arrancando algunas yerbas y paseándose por él, dijo que tomaba posesión de aquel sitio y tierra en nombre del invictísimo emperador Carlos Quinto, su señor, para fundar allí una ciudad en su mismo nombre, y subiendo luego en su caballo, desnudó la espada diciendo que saliese si había quién contradijese aquella fundación porque él la fundaría con sus armas y caballos”.
Vino luego la primera y solemne misa que, según la tradición, se ofició en una choza pajiza que, en tal caso, habría sido la primera catedral, unos pasos al Sur de donde está la actual, que sería la cuarta. Según las nuevas versiones, dicha ceremonia tuvo lugar en la capillita del “Humilladero”, situada en la Plaza de las Yerbas (hoy Parque de Santander).
Sin embargo, en los últimos años se ha suscitado una interesante polémica en torno al lugar y fecha de la fundación. Los archivos del Cabildo desaparecieron. Pedro Simón no habla de las doce chozas y Castellanos es en extremo parco al respecto.
Juan Friede, uno de los más concienzudos investigadores de nuestra historia colonial, fue el primero que puso en duda el 6 de agosto de 1538 como fecha oficial de la fundación. En ese punto lo ha acompañado el sabio urbanista e investigador Carlos Martínez.
La conclusión esencial a que se ha llegado es que ésta, que podríamos llamar primera fundación, fue a todas luces incompleta, por cuanto en ella no se cumplieron las formalidades jurídicas de rigor. No se constituyó un cabildo, no se nombraron alcaldes y regidores, no se hizo el trazado inicial de la ciudad. Tampoco se cumplió el tradicional requisito de hincar en la mitad de la futura plaza el rollo y sitio para aplicar los castigos legales. En otras palabras, la fundación era tenida como el paso de la conquista a la colonización; de la autoridad militar (Castrum) a la civil (Civitas). Y ninguna de estas condiciones se cumplió en esta primera fundación. Por eso dice Castellanos:
“El General Jiménez de Quesada no hizo de Cabildo nombramiento, ni puso más justicia que a su hermano “.
Y por su parte, Fray Pedro Simón anota:
“Aunque tuvo sus principios esta ciudad, como y cuando hemos dicho, y se le puso el nombre referido al reino y a ella, no nombró entonces el general Quesada justicia ni regidores, ni puso rollo, ni las demás cosas importantes al gobierno de una ciudad”.
El concepto español básico en cuanto a fundación de ciudades era que éstas fueran efectivos centros de poblamiento. Ese concepto lo tuvo especialmente claro Belalcázar quien, no por casualidad, fue el poblador por excelencia al fundar las ciudades de Cali, Popayán y Quito. En cambio, todo conduce a pensar que esta primera fundación de Santafé fue simplemente un asentamiento militar. También, como queda dicho, hay dudas sobre el lugar en que ocurrió, aunque existen fuertes indicios de que los españoles bajaron de Teusaquillo, en las estribaciones de los cerros, a la explanada más próxima (Plaza de las Yerbas), que era el centro de mercado de los indios, para oír allí la primera misa.
Se ha afirmado que, aunque letrado, Quesada poco sabía de asuntos de fundaciones, y que fue Belalcázar, cuando se reunieron en la Sabana, quien lo asesoró para la segunda y definitiva fundación. Por otro lado, es muy probable que en las imperfecciones de la primera fundación haya influido el hecho de ser Quesada subalterno de Fernández de Lugo quien, al partir la expedición de Santa Marta, había delegado en Quesada atribuciones militares, mas no civiles. Las capitulaciones las había celebrado la Corona con Fernández de Lugo y no con Quesada, por lo cual este último no estaba autorizado para fundar ciudades.
Sólo a la muerte del primero, acaecida a principios de 1539, Quesada se sintió investido de las atribuciones civiles que le permitían dar bases jurídicas a la fundación de la ciudad.
“La definitiva, es decir, la fundación jurídica de Santafé, fue hecha en abril de 1539”, afirma Juan Friede. El capitán Honorato Vicente Bernal, lugarteniente de Federman, quien estuvo presente, dio fe de que el acontecimiento tuvo lugar el 27 de abril y que ese mismo día se nombraron alcaldes y regidores. Tanto Flórez de Ocariz, como Simón, Castellanos y Fernández de Piedrahita coinciden en que esta ceremonia se cumplió con la debida solemnidad. Se perfeccionó el acto de posesión, se trazaron calles y señalaron solares y se delimitó la Plaza Mayor, exactamente en el área que hoy ocupa la de Bolívar. Los solares fueron adjudicados a los vecinos, según su importancia, cerca o lejos de la Plaza.
La dualidad que representaron estas dos fundaciones trajo inicialmente como consecuencia un inconveniente fenómeno de bipolaridad, ya que, mientras el centro real de la ciudad era la Plaza de las Yerbas (sitio del mercado), el centro oficial era la Plaza Mayor. Esta situación se mantuvo hasta que en la década de los cincuentas, el obispo Juan de los Barrios impulsó el traslado del centro de gravedad de la urbe hacia la Plaza Mayor, mediante la erección de la iglesia catedral y el desplazamiento del mercado hacia allí.
Sin embargo, pese a la segunda fundación, los problemas de Quesada siguieron. Aún estaba inseguro sobre su jurisdicción y atribuciones. Una vez partidos Belalcázar y Federman, Quesada también salió para España y dejó su territorio en manos de su hermano Hernán Pérez de Quesada, que era mucho más un conquistador que un colonizador y poblador y que, en consecuencia, repartió encomiendas y tierras con un criterio arbitrario y anárquico, opuesto a cualquier sano concepto de población.
Después de la partida de Quesada quedaron en Santafé unos cien españoles (vecinos), entre quienes se repartieron unas 25 manzanas de 4 solares por cada una. Los solares que circundaban la Plaza Mayor estaban divididos en 8 secciones cada uno, pero, en cambio, daban mayor categoría social a sus moradores.
Durante mucho tiempo hubo dentro de la ciudad vastos lotes sin edificar. Esta disponibilidad de tierra, que se incrementaba con los solares traseros de las casas, tuvo varias ventajas:
a) Permitió el autoabastecimiento de algunos productos agrícolas como frutas y hortalizas en los huertos domésticos.
b) Permitió también la cría de animales para consumo familiar, como gallinas, cerdos y carneros.
c) De estas crías y cultivos se derivaron importantes ingresos para los moradores de las casas.
Aunque los vecinos de mayor jerarquía fueron beneficiados con los lotes más próximos a la Plaza, al principio se presentó en esto una cierta dualidad, puesto que en los primeros años se reputó como más importante la de las Yerbas. Prueba de ello es que en su marco estuvieron ubicadas las residencias de Jiménez de Quesada y del capitán Juan Muñoz de Collantes. Desde luego, aunque esta plaza conservó siempre un rango muy alto dentro del esquema urbano, la Mayor, por las razones anotadas, conquistó el primerísimo.
Frente a otras plazas mayores hispanoamericanas, la de Santafé presentó desde el comienzo el rasgo sui generis de estar trazada sobre un terreno inclinado de Oriente a Occidente. Asimismo, vale recordar que su ubicación equidista exactamente de los ríos Vicachá (San Francisco) y Manzanares (San Agustín). Sin embargo, en lo esencial presenta similitudes que la hacen virtualmente idéntica a las demás, como puede observarlo cualquier visitante corriente. Como en el Zócalo mexicano, como en la Plaza de Armas de Lima, la Plaza Mayor de Santafé agrupó en los cuatro costados de su espacio las sedes de los grandes poderes. Allí se irguió la Catedral, y allí también los edificios.
Tanto los ríos que enmarcaban la Plaza Mayor como otros que también bajaban de las montañas, seguían su curso en declive y por lo tanto con una apreciable velocidad, lo que determinó que los cauces fueran particularmente profundos. Por consiguiente, los ríos se convirtieron en barreras naturales. Desde los albores mismos de la ciudad fue preciso construir puentes que la integraran e impidieran la formación de una ciudad de islas incomunicadas.
Siendo los ríos, barreras naturales de la ciudad, por largo tiempo las únicas vías de acceso y salida fueron los puentes de San Francisco, San Agustín y San Victorino. Este factor resultó ampliamente ventajoso en cuanto a que permitió un control eficaz sobre el recaudo de contribuciones derivadas del ingreso de bestias y otras mercaderías.
En cuanto a las calles, como aún hoy puede observarse, fueron trazadas de acuerdo con un esquema rectangular de manzanas cuadradas. Desde el principio se implantó la medida de aproximadamente cien metros “por cada lienzo de cuadra”. Las calles de travesía (Oriente-Occidente) tuvieron 7 metros de ancho y las actuales carreras 10 metros.

5 comentarios:

Bernardo Barrera dijo...

Muy bueno su blog, me ha gustado encontrarlo, me parece buenisimo que alguien se tome la molestia de escribir con tal detalle sobre nuestra historia y acontecimientos relevantes... lo voy a linkear. Saludos!

Patton dijo...

Yo también leo su blog prácticamente desde su inico, vía RSS. He aprendido mucho de la historia de Bogotá, y es una fuente inagotable de material de consulta.

Un gran aporte, sin duda.

Me encantaría saber si la fecha del 6 de Agosto tenía alguna significación especial, porque saber que Tunja y Vélez fueron fundadas también el 6 de Agosto ... me hace pensar que no es una mera casualidad.

Gracias por el tiempo que se toma para compartir con el mundo sus textos.

Luis Trejos dijo...

Gracias por el comentario Bernardo, para mi es un placer que la gente se interese en leer la historia de nuestra bella ciudad; lo he enlazado con mi blog.
Un cordial saludo.

Luis Trejos dijo...

Gracias por el comentario Patton, los lectores como usted son el motivo principal que me lleva a escribir sobre Bogotá.
Tal y como lo escribi en el post referente a la fundación de Bogotá, es muy poco probable que la fecha de fundacion de la capital fuese el 6 de Agosto, me inclino a pensar que la fecha real fue el 27 de Abril de 1539.
Sobre ese tema habran quienes refuten lo aca escrito, pero me mantengo en esa opinion. Voy a investigar sobre el tema de Tunja y Vélez para salir de dudas si es casualidad o corresponde a una fecha caprichosa de los fundadores.
Un cordial saludo

Patton dijo...

Gracias, estaré pendiente...

Cuenta con mi link desde hace meses, por cierto ;)