miércoles, 16 de agosto de 2006

Vida cotidiana de antaño


La vida cotidiana de los santafereños a principios de siglo era en extremo sobria y sencilla. Asistían a misa todos los días, regresaban a sus casas a desayunar y después salían a ocuparse de sus actividades y negocios. Volvían a sus casas entre las doce y la una para la comida del mediodía, cerraban las puertas y cumplían con el ritual de la siesta durante por lo menos una hora. Regresaban a su trabajo y a la hora vespertina solían darse un paseo por el atrio de la Catedral, por la Alameda (actual carrera 13) o por el aserrío.
Nuestros antepasados eran unos grandes glotones. Al regresar a casa hacia el final de la tarde tomaban invariablemente el “refresco”, que consistía en chocolate con abundante dulce y colaciones.
A continuación venía el rosario en familia, después del cual se hacía o recibía alguna visita o se charlaba en familia. Entre las 9 y las 10 de la noche se servía la cena. Concluida esta última sesión gastronómica, los bogotanos se acostaban.
Esta rutina variaba sustancialmente el domingo. El desayuno se hacía más opíparo con el refuerzo de los tamales. Se intensificaba el intercambio de visitas y de paseos por San Victorino, en los cuales damas y caballeros lucían sus mejores galas. Ese día de la semana se veían desfilar por las calles los tres únicos coches que había en la ciudad: el del Virrey, el del Arzobispo y el de la familia Lozano (Marqueses de San Jorge).
A veces se representaban dramas y comedias en el Coliseo y se sabe por los testimonios de la época que su ejecución por lo general dejaba mucho que desear. Era frecuente también que en las casas principales se celebraran bailes o reuniones para jugar cartas, principalmente el juego llamado de ropilla.
El chocolate fue desde los primeros tiempos de Bogotá una bebida básica entre los bogotanos. El cacao era molido y amasado en forma de bolas o pastillas y se le mezclaba maíz en proporción al rango social del consumidor. El chocolate destinado a la servidumbre solía contener mayor cantidad de maíz. Cuando las familias aristocráticas querían brindar un agasajo memorable a un grupo de invitados, el convite se realizaba esencialmente a base de chocolate mezclado con canela aromática y vino, lo cual le daba un sabor exquisito. Algunas familias cultivaban la costumbre de añejar el chocolate envolviéndolo cuidadosamente en papel y guardándolo en arcones durante períodos que podían llegar hasta los ocho años.
La conformación y dotación de las cocinas santafereñas, en cuyo interior oficiaba la criada a cuyo cargo había sido encomendada esta dependencia fundamental de la casa funcionaba asi: En primer término había una gran piedra que se utilizaba exclusivamente para moler y aderezar el chocolate. Luego un trípode de piedras donde se hacía el fuego para colocar sobre él las ollas y calderos de hierro y arcilla para el típico puchero y otras viandas; más adelante una parrilla donde se colocaban las sartenes para freír y asar las carnes. Completaba esta dotación la tradicional paila de cobre en que se preparaban los dulces. Albergaba también la cocina la enorme tinaja barrigona en la que se almacenaba el agua potable.
Para la comida de mediodía, uno de los platos más apetecidos era la antigua olla española, mezcolanza heterogénea de muy diversas viandas a las que se añadían caldo, verduras, longanizas y morcillas. El postre generalmente consistía en dulce de guayaba. Los artesanos preferían el ajiaco, o, en su defecto, la carne cocida con maíz, papas, plátanos, yuca y legumbres. También apetecían la mazamorra y las arepas de maíz. Por su parte, los indígenas que habitaban en zonas extraurbanas en bohíos idénticos a los que halló Jiménez de Quesada, no solían consumir mucha carne, con la única excepción de la de curí; en cambio consumían abundancia de papas, arracachas, legumbres secas y arepas. Todas sus comidas se acompañaban de generosas libaciones de chicha.
Otro elemento relacionado con la comida que marcaba nítidamente las diferencias entre las clases sociales era la vajilla. En los estamentos altos, las vajillas eran de plata o de loza importada; en los bajos eran de barro cocido boyacense. En las clases altas los cubiertos eran de quincallería y los vasos y copas de plata. En todas las clases sociales la clásica arepa tuvo casi totalmente desplazado al pan hasta 1840, año en que según los informes de Le Moyne, ya se habían instalado en Bogotá unos panaderos franceses que, gracias a la calidad de su producto, estaban logrando con muy buen éxito que los bogotanos se aficionaran al consumo del pan.
El primerísimo quehacer de los bogotanos en el día era, como se ha indicado, la asistencia a misa. Después, cada cual a su oficio. Artesanos, aguateras, mozos y criadas iniciaban labores al alba; la burocracia a las siete de la mañana, y los comerciantes, menos madrugadores, a las nueve. Las señoras y amas de casa de las clases altas, de acuerdo con el Tratado de economía doméstica de Doña Josefa Acevedo de Gómez, después de la misa dedicaban las primeras horas de la mañana al arreglo de la casa, luego al de su persona y finalmente al desayuno. El resto del día las damas se dedicaban a las ocupaciones propias de su condición y de su sexo tales como el dibujo, el bordado, la costura y la enseñanza de los niños.
Era claro que ninguna mujer trabajaba fuera de su casa con la única salvedad de las escasas maestras que ejercían sus menesteres pedagógicos en centros de enseñanza primaria y de unas pocas viudas que habían heredado de sus maridos establecimientos de comercio que ellas mismas atendían. Cuando se daba el caso de que por estrecheces de fortuna las mujeres debían contribuir con algún trabajo productivo al presupuesto del hogar, su actividad se orientaba hacia la modistería, cortando y cosiendo los trajes de las damas acaudaladas, o a la repostería, aderezando platos especiales, postres y pasteles para fiestas y veladas. Muy otra era la suerte de las mujeres pertenecientes a los estratos bajos, que sí tenían que trabajar y cuyos quehaceres eran principalmente el del servicio doméstico, lavanderas, aplanchadoras, aguateras y expendedoras en el mercado.
Las incomodidades y estrecheces en la conducción, provisión y manejo del agua, por una parte, y por otra, el clima de la ciudad, se constituyeron en factores determinantes para que los santafereños no fueran exactamente unos paradigmas del aseo personal. En general, todo el aseo consistía en una rápida ablución de cara y manos en la jofaina o aguamanil de la alcoba. Y ahí paraba todo, aunque ni siquiera éste era un uso muy generalizado. En cuanto al baño de cuerpo entero, se trataba ya de otro problema que era preciso manejar en forma diferente y con otros elementos. Algunos bogotanos lo realizaban semanalmente o cada 15 días en los ríos San Cristóbal, Tunjuelo, Bogotá y Arzobispo, o en algunos chorros y quebradas, siempre que hubiera buen tiempo.
Se abstenían de hacerlo en los ríos San Francisco y San Agustín, que desde época muy temprana de la ciudad ya eran utilizados como basureros, albañales y retretes públicos. Otros preferían no hacer de su baño un paseo y cuando se decidían a tan intrépida acción aguardaban la llegada de un domingo soleado y ponían en el segundo patio de la casa un enorme platón de agua para que se tibiara al sol. Esta agua era reforzada por el contenido de numerosas olletas que se ponían a calentar en el fogón de la cocina. Era una costumbre muy arraigada no pasar bocado desde tres horas antes de lavarse porque la contravención de esta norma podía, según la convicción generalizada, acarrear graves trastornos de salud. Igualmente, otra creencia muy antigua consistía en que en el día del baño no se podía probar el aguacate ni el plátano manzano.
Luego de proceder a esta audaz y peligrosa operación de bañarse, era de rigor tomar una copa de mistela para entrar en calor nuevamente. Otra práctica invariable de las mujeres el día del baño era la de pasarse el resto del día con el cabello suelto con el fin de que estuviera perfectamente seco antes de la noche ya que, según una superchería aceptada por unanimidad, “irse a la cama con el pelo mojado daba coto”. El francés Le Moyne dejó constancia de su admiración por las bellas y lustrosas cabelleras de las bogotanas en las cuales, según decía el viajero, venían a aparecer las canas mucho más tarde que en las de las europeas. ¿Las causas? Le Moyne no podía señalarlas con absoluta certeza. Pero lo cierto es que un día, estando de visita en una residencia muy distinguida, encontró a una de las señoritas de la casa humedeciendo en forma abundante su cabellera con orines. Le Moyne no pudo establecer la razón inicial de este repugnante champú natural que vio aplicar a la damita en cuestión con la mayor naturalidad. Pero lo que sí pudo verificar plenamente fue que varias bogotanas se deshicieron en elogios de este tónico supuestamente infalible para fortalecer y embellecer el cabello femenino. A continuación pudo averiguar Le Moyne, por los testimonios de otros viajeros, que este era un uso muy generalizado en toda Hispanoamérica. El viajero Paul Marcoy anotó en sus apuntes de viaje por Suramérica que las peruanas se rociaban el cabello con orina abundante y luego le daban lustre con grasa de cordero.
Lo que no nos revelaron Le Moyne y Marcoy, acaso porque no pudieron averiguarlo, fue si las lindas bogotanas, peruanas, etc., utilizaban algún remedio o perfume adicional para contrarrestar las emanaciones producidas por su saludable tónico capilar.
Por directa herencia española los santafereños, como ya lo anotamos atrás, hicieron de la siesta un ritual inmodificable y sagrado. Si bien algunos destinaban solamente una hora para este reposo diurno, había quienes lo prolongaban hasta tres y cuatro horas. Cualquiera que fuera la índole de su profesión u oficio, los bogotanos se las ingeniaban para disponer y organizar sus actividades de tal modo que no interfirieran con la siesta. Todo se cerraba hacia la una de la tarde y sólo a las tres empezaban a reabrirse puertas de despachos, almacenes, tiendas y talleres. En ese lapso la ciudad se sumía en un marasmo total. Y lo más curioso es que los extranjeros que llegaban a la ciudad sin haber practicado nunca el hábito de la siesta no tardaban en contraerlo y en disfrutarlo con verdadero deleite. Después de la siesta se reanudaban las actividades y luego se hacía el habitual paseo por la Alameda, o los hombres concurrían a la tertulia que tenía lugar en el Altozano de la Catedral.
Era frecuente que las familias bogotanas, dada la oscuridad que imperaba en el ámbito urbano durante la noche, aprovecharan las lunas llenas para “pagar” alguna visita pendiente. Se organizaban entonces verdaderas caravanas en las que participaban párvulos de todas las edades y la servidumbre en masa que se repartía el trabajo de cargar a los niños, llevar el clásico farol con la vela de sebo y portar paraguas y zapatones en previsión de una lluvia repentina a la hora del regreso. Esas alegres caravanas encontraban a menudo en su ruta tropiezos desagradables tales como indios ebrios de chicha, variedad de mendigos y “una que otra vieja vergonzante que ataja sin vergüenza alguna al pasajero pidiéndole limosna para un marido que hace diez años agoniza todas las noches y nunca acaba de morir”.
La extrema lentitud de esta vida cotidiana tenía su razón de ser en el aislamiento que separaba a Bogotá del mundo exterior, y en la actividad económica de ritmo lento por las escasas posibilidades de lucro económico de un país poco ligado al mercado internacional y con un mercado interno en que dominaban la autosubsistencia y la baja capacidad de demanda. Una economía con tales características no exigía actividad en las transacciones entre los particulares, en los trámites de la administración pública ni en las comunicaciones. De ahí que la capital, al sólo disponer de los pésimos caminos de herradura que ya conocemos, pasó el siglo sin usar el viejo invento de la rueda en sus contactos con el resto del país. Sólo tendríamos que exceptuar las ruedas que a partir de 1847 comenzaron a impulsar regularmente los vapores del río Magdalena.
Todo esto determinaba que la percepción del tiempo por parte de los bogotanos fuera muy peculiar, hasta el punto de que las gentes lo medían no por horas ni por días, sino por semanas y meses. Resulta, por lo tanto acertado el cronista que decía que a los habitantes de Bogotá “no les importaba esperar ni hacer esperar”.

1 comentario:

Patton dijo...

Como siempre, excelente. Una parte de mi agradece haber nacido en estos tiempos donde ni se piensa en ese tipo de incomodidades ... y la otra piensa que tal vez esa vida sencilla de pueblo ... no era tan aburrida después de todo.