martes, 12 de septiembre de 2006

Epidemias, Aseo y alcantarillado


En el aseo y obras públicas bogotanas de principios del siglo XIX desempeñaron un papel de notable relevancia los presidiarios. Estos eran conducidos al lugar de trabajo sujetos con cadenas y grillos y ataviados con unas indumentarias especiales de diversos colores llamativos con el fin de asentar su identificación en caso de fuga.
Era frecuente que los transeúntes, al pasar cerca a ellos, les dirigieran toda clase de insultos y baldones a los cuales estos respondían con igual o mayor procacidad. La situación de los presos comunes por otra parte era singular, puesto que los que no recibían alimentos de sus familiares se veían en la obligación de mendigarlos por las rejas de la cárcel.
En 1807 el virrey Amar y Borbón destinó a los presidiarios de Santa Fe a la construcción del nuevo camellón que debía unir la ciudad con el Puente del Común y con Zipaquirá. Huérfana entonces la capital de sus presidiarios no creyó poder soportar por mucho tiempo sin quién velara por el aseo y ornato, razón por la que el cabildo reclamó al Virrey, a fines de 1808, la devolución del presidio, pues su falta “ha sido y es perjudicialísima a la ciudad porque sin ellos no se puede conseguir su continua limpieza precisa para el aseo; ... y trayendo funestas consecuencias a la capital su carencia, no es justo que esté privada por más tiempo de los medios de lograr el aseo tan recomendado y necesario para la salud pública. El camino puede continuar sin este socorro, y la ciudad no puede asearse sin él.
Para esto se estableció el presidio privativamente, y ya no es tolerable por más tiempo su falta ni puede cumplirse con la limpieza prevenida de los puentes que sin ella están en riesgo de arruinarse, como el de Lesmes, porque el cabildo no tiene otro arbitrio ni fondos de que echar mano ”.
El Virrey no se dio por enterado de la protesta por lo que el alcalde Luis Caicedo y Flórez no tuvo más remedio que apelar a la cárcel de mujeres del Divorcio, y así, según cuenta el cronista José María Caballero, las presas fueron sacadas a barrer las calles a principios del siguiente año de 1809, junto con las “mujeres que cogían de noche o por cualquier otra causa ”.
Durante la época en que el pacificador Morillo implantó en Bogotá el ominoso régimen del terror, los patriotas que se salvaron del patíbulo fueron los encargados de trabajar en las obras públicas de la ciudad. Fueron ellos quienes, encadenados y engrillados, terminaron la tarea de adoquinar la Plaza Mayor.
Patriotas ilustres como Luis Eduardo Azuola, Pantaleón Gutiérrez y José Sanz de Santamaría fueron compelidos por la fuerza a trabajos como el ya descrito y a otros como la construcción de los puentes de San Juanito y El Carmen y la reparación del de Lesmes.
Ya durante el régimen republicano se produjeron medidas tan pintorescas en materia de aseo como la orden de capturar cerdos, pollos y gallinas que anduvieran errando sin dueño por las calles para remitirlos a las cárceles con el objeto de que sirvieran de alimento a los presos.” Cuentan algunos viajeros cómo, además de los presos, había en Bogotá agentes de aseo tan acuciosos como la lluvia, los gallinazos y los cerdos. La primera barría las inmundicias y los dos segundos las devoraban.
Por otra parte, las acequias de agua corriente que corrían por el centro de las principales calles, y que habían sido abiertas con un claro objetivo de salubridad y limpieza, se convirtieron en un vehículo propagador de la más repugnante suciedad debido a que a partir de las ocho de la noche aproximadamente las sirvientas salían de las casas al amparo de la oscuridad para verter en ellas los cubos y demás recipientes en los cuales durante el día se habían acumulado toda clase de basuras y detritus orgánicos.
Bien vale transcribir textualmente la descripción que hizo el norteamericano William Duane a propósito del desaseo en las calles bogotanas:
“Desde allí el balcón de su casa situada en la plazuela de San Francisco veíamos a veces a unas pobres indias de mantones y faldas azules, que cuando se sentían impelidas al cumplimiento de alguna necesidad natural, no mostraban ninguna vacilación -sin mirar en torno suyo ni preocuparse de que alguien las observara- en agacharse sobre la yerba durante breves momentos y, mirando hacia atrás. seguir de largo muy tranquilamente, tan inocentes de haber cometido una falta indecorosa como puede sentirse un bebé en el regazo de la madre”.
Por su parte, el francés Boussingault expresaba su repugnancia por la costumbre de los hombres de cumplir sus necesidades al aire libre, en los huertos de las casas o en las orillas de los riachuelos que cruzaban la ciudad, y la de las mujeres de utilizar vasos portátiles o bacinillas. Se refería, además, con similares expresiones de asco al uso generalizado de arrojar las inmundicias a los patios traseros con la única esperanza de que los gallinazos se encargaran de la limpieza.
Otro grave problema de salubridad que debieron de afrontar las autoridades bogotanas fue el de la abundancia de perros callejeros que presentaban continuamente la temible amenaza de la hidrofobia en tiempos anteriores, aún en muchos años, al maravilloso descubrimiento de Pasteur.
En algunas oportunidades se recurrió a los reclusos para capturar y sacrificar a los perros vagos. Otras veces la municipalidad trajo y pagó indios para perseguir y matar a los perros a lanzazos.
Un aspecto que impresionó mucho al coronel John Hamilton, Ministro Plenipotenciario de Inglaterra en Colombia fue la diligencia y minuciosidad con que los chulos limpiaban de desechos la Plaza Mayor después del mercado.
En 1832 la municipalidad ordenó perentoriamente que la servidumbre de las casas llevara las inmundicias hasta los ríos para arrojarlas allí, lo que suscitó la siguiente recomendación de el Constitucional de Cundinamarca del 21 de agosto del mismo año:
“La Municipalidad debe costear en cada puente dos letrinas públicas que desemboquen directamente sobre el río, para que el pueblo infeliz tenga donde practicar sus imperiosas diligencias, y así se evitaría que lo hiciese en las calles... En el origen de las acequias que corren por la ciudad también se podrían hacer unos estanques grandes con sus correspondientes compuertas, para detener las aguas de las 5 a las 7 de la mañana, y de las 4 hasta las 5 1/2 de la tarde en cuyas horas soltándose limpiarían las basuras que se harán arrojar en los caños, y no habría necesidad de que los presidiarios gastasen el tiempo en limpiarlos ”.
Por decreto del 4 de julio de 1842 el presidente Herrán determinó que el presidio de Bogotá se trasladara a Ibagué, destinándolo a trabajar en el camino que se abría por la montaña del Quindío, con lo cual obligó a la capital a enfrentar de manera distinta lo concerniente a sus problemas de limpieza, ornato y obras públicas. Por este motivo el jefe político del cantón, con fecha 26 de febrero de 1843, invitó a licitación a los que quisieran celebrar un contrato con la ciudad para recoger las basuras de las calles mediante el pago de $365 anuales, y sepultar los cadáveres en el cementerio por otros $182 anuales. Era la primera vez que se intentaba organizar estos servicios sin el concurso de los presidiarios.
En previsión de lo que pudiera suceder, el jefe del cantón publicó el mismo día un bando en que, bajo pena de multa y arresto, mandó que cada ciudadano velara por la limpieza del frente de su casa. Pero como ni el sistema de contratacion con particulares ni el mandato contenido en el bando dieron resultados, el presidente Mosquera, por decreto del 25 de junio de 1845, tuvo que ordenar de nuevo el establecimiento del presidio en Bogotá. Por lo pronto la capital no podía prescindir de los presidiarios.
En 1849 se desató una mortífera epidemia de cólera sobre el litoral Atlántico de nuestro país y el río Magdalena. En esa zona se calcula que dejó más de 20.000 muertos. No obstante, los bogotanos se sintieron tranquilos en la certeza de que estarían protegidos contra el temible flagelo por la barrera de los 2.640 metros de altura y el saludable frío sabanero. No sabían cuán engañados estaban. Después de diezmar sin piedad a los habitantes de la zona norte, el cólera emprendió lentamente el ascenso de las alturas andinas, las cuales no fueron la muralla infranqueable en que confiaban los capitalinos. Comenzaron a presentarse casos a principios de marzo de 1850. Algunos médicos, con el ánimo de tranquilizar a la ciudadanía, declararon que el cólera no podría germinar a estas alturas y que los casos que se habían detectado eran de simple “colerín”. Por supuesto, no había tal. Según testimonio de Salvador Camacho Roldán en sus Memorias, se dieron 150 casos, la mayoría de ellos mortales. Por fortuna, posteriormente sí hubo una relación entre clima y epidemia, pues entró el invierno y todos los enfermos que habían sobrevivido a los embates iniciales del mal se salvaron.
Una vez que cesó la epidemia, tanto las autoridades como la población, bajo el efecto del tremendo susto, se percataron de la necesidad de emprender dinámicas y eficaces campañas de aseo y salubridad a fin de poner la ciudad a salvo de futuras calamidades como la que acababa de pasar. Se limpiaron los muladares, se asearon los caños y se recogieron con esmero las basuras.
Lamentablemente, toda esta febril actividad no fue más que una efervescencia efímera. Al cabo de poco tiempo se había olvidado el cólera y la capital de Colombia había retornado a sus hábitos inveterados de incuria y desaseo.
Hacia 1854 el norteamericano Isaac Holton encontró que una de las causas básicas de la letal insalubridad crónica de Bogotá eran los habitáculos de las gentes menesterosas, constituidos por piezas o “tiendas” con puerta a la calle pero sin acceso a los patios interiores de las casas que las habían arrendado, donde estaban los excusados. Holton visitó a su lavandera, que vivía en un cuarto de estos, y se admiró de lo que encontró:
“¿ Y dónde está la puerta para entrar al patio de la casa? Naturalmente que no hay puerta ni derecho a tenerla. ¡Bonita cosa sería que una guaricha, por el sólo hecho de haber arrendado este miserable cuartucho, tuviera derecho a pasearse por el patio! Entonces, ¿ qué puede hacer? ¿A dónde puede ir? Porque ni en sueños existe ninguna clase de comodidad moderna, ni siquiera alcantarillado. Fuera de su cuartico, apenas tiene libertad para ir a las calles, a los lotes vacíos y a las orillas del río. No culpemos entonces a la pobre mujer acuclillada al borde del río; hace todo lo que puede para guardar el decoro. El número de familias que vive en las mismas condiciones de mi lavandera excede en mucho al de las que viven realmente bien”.
En 1855 el Gobernador de la provincia, Emigdio Briceño, dirigió al Cabildo un memorial en el que no vacilaba en calificar a Bogotá como la ciudad con el aspecto “más asqueroso y repugnante” que podía conocerse y se refería no sólo a las numerosas epidemias que ya se habían abatido sobre ella, sino a las que podían seguir presentándose como consecuencia del alarmante desaseo urbano. De hecho el tifo, la disentería y la viruela constituían en Bogotá la principal causa de mortalidad.
Para 1856 encontramos que del aseo de la ciudad se encargaban treinta presidiarios. El 6 de agosto de ese año el Cabildo acordó que estos reclusos, para la recolección de las basuras, emplearan carretillas que pudieran ser manejadas cada una por dos hombres, y determinó que “el conductor de la carretilla tocará en cada casa, tienda u otro edificio habitado, a efecto de recibir la basura”.
Las autoridades continuaron realizando esfuerzos por superar el problema del desaseo en la capital. En 1859 se promulgó un decreto que ratificó la antigua orden de que las basuras y excrementos sólo se arrojaran en los caños callejeros únicamente desde las diez de la noche hasta las cuatro de la mañana, pero que preferentemente se acudiera para estos menesteres a los muladares de los extramuros de la ciudad. “Los ciudadanos interesados en que la manzana o cuadra en que habitan, se halle con la debida limpieza, pueden ocurrir al despacho de la alcaldía, a fin de ser nombrados celadores y recibir instrucciones sobre el particular”.
Sin embargo, la situación no cambiaba a juzgar por el siguiente texto de Don José María Cordovez Moure:
“Por en medio de las calles que tienen dirección de oriente a occidente, y en algunas de norte a sur, descendían caños superficiales cuyo principal alimento eran los desagües de las casas adyacentes, de manera que cuando soltaban el contenido salía en confuso tropel fétida aglomeración de materias fecales que esparcían nauseabundas miasmas... En los puentes de la ciudad existían muladares centenarios ..., con la circunstancia especial de que esos sitios suplían para el pueblo las funciones de los actuales inodoros”.
El 2 de junio de 1862 Medardo Rivas, Gobernador del Distrito Federal, dio un plazo perentorio de 15 días a todos los bogotanos para que asearan las calles correspondientes al frente de sus casas, bajo apremio de multa o arresto. Con base en este decreto, Cenón Padilla, el activo alcalde del barrio de Las Nieves, apenas se cumplió el plazo, procedió a declarar incursos en la multa de $25 a todos y cada uno de los habitantes del sector por infracción del decreto del Gobernador, y determinó, para hacer efectiva la multa con destino al aseo del barrio, que se pagara en adelante a la Alcaldía un cuarto de real semanal por cada puerta de casa, tienda o solar. Con estos fondos creó una “Compañía de Salubridad Pública”, compuesta por los vagos de ambos sexos de la parroquia de Las Nieves, a los que obligó a trabajar en el aseo del sector mediante una asignación de real y medio de sueldo por día, y de dos reales para los que se engancharan voluntariamente. Con procedimiento tan singular el alcalde Padilla logró establecer durante algún tiempo en el barrio de Las Nieves el impuesto de aseo y dio ocupación a los vagos del lugar.
Por acuerdo del 10 de febrero de 1872 la Municipalidad de Bogotá mandó de nuevo al Jefe Municipal nombrar anualmente entre los vecinos un celador por cada manzana con las funciones de agente de policía para los efectos del aseo. Determinó, asimismo, permitir los excusados sin agua dentro de las casas, siempre que tuvieran por lo menos un metro de profundidad, que se mantuvieran bien tapados y que se les echara cada día una porción de cal o de cisco de carbón vegetal. Sin embargo, pese a tanta reglamentación, la ciudad seguía tan sucia como siempre. Una de las causas fundamentales de que no se hallaran soluciones de fondo para el gravísimo problema era la carencia de un alcantarillado subterráneo.
El primer tramo de alcantarillado auténticamente subterráneo se construyó en 1872 a lo largo de la actual calle 10 entre las plazas de Bolívar y del Mercado, (hoy carreras 10 y 11). Fue esta la primera alcantarilla que inició el proceso de sustitución de los sucios y antihigiénicos caños de superficie, que el diplomático argentino Miguel Cané describía así en 1882:
“Aunque de poca profundidad, los caños bastan para dificultar en extremo el uso de los carruajes en las calles de Bogotá. Al mismo tiempo comparten con los chulos las importantes funciones de limpieza e higiene pública que la Municipalidad les entrega con un desprendimiento deplorable ”.
Por esa época se continuaban construyendo reducidos tramos de alcantarillado, sin orden ni planificación alguna; por lo tanto, el problema higiénico seguía siendo angustioso. Llegaron a proponerse soluciones ciertamente curiosas como la del ingeniero Manuel H. Peña, en 1885, que consistía en disponer que en cada casa se destinara un tonel de regular tamaño, lleno de agua hasta la mitad para depositar en él todos los detritos orgánicos que evacuara la familia durante el día. En las primeras horas de la noche, el recipiente de las inmundicias sería colocado en la puerta principal, donde lo recogería un servicio especial de recolección, cuyos trabajadores, después de vaciarlo, lo retornarían a sus dueños.
El alcalde Higinio Cualla, en su informe anual al Gobernador del Distrito Federal, publicado en el Registro Municipal del 23 de julio de 1886, propuso una solución que en lo fundamental tampoco podía llevarse a efecto, pues chocaba con la estructura social de la capital: “Se hace indispensable que se decrete alguna providencia, que obligue a los propietarios que arriendan tiendas (piezas) para habitaciones en las calles centrales, a prestar el servicio interior de la casa a sus inquilinos, porque aun cuando se ha dispuesto colocar en las esquinas de cada cuadra rejas de hierro que se abrirán en determinada hora de la noche para que se arrojen por ellas a la alcantarilla las inmundicias, es tal el hábito de desaseo arraigado en nuestra población que se pasarán muchos años para que se acostumbren a no arrojar a las calles públicas a cualquier hora del día las inmundicias de sus viviendas y a aguardar la hora de la noche en que deben hacer la limpieza. De otro modo debe prohibirse arrendar esta clase de tiendas en la parte central de la ciudad porque mientras ellas existan sin el servicio interior, jamás podrá conservarse el aseo”.
La inauguración en 1888 del servicio de acueducto por tubería metálica y a presión permitió, desde luego, que el líquido vital llegara a un número mucho mayor de domicilios, pero presentó a la vez una contracara funesta: agravó el problema de las aguas negras ya que ahora era mucha más alta la cantidad de agua de desecho que se vertía a los caños que corrían a descubierto por algunas de las vías públicas. Hubo, por lo tanto, necesidad de agilizar la construcción de más alcantarillas subterráneas con especificaciones técnicas más cuidadosas, pues los ingenieros de la época denunciaban que, con una excepción, las alcantarillas que se habían construido eran demasiado estrechas.
Empero, y aunque hoy nos parezca entre divertido e inverosímil, las fuerzas de la ignorancia y el atraso también dieron en esta oportunidad su batalla contra el alcantarillado subterráneo y en favor de los asquerosos albañales de superficie. Y lo peor es que quienes se oponían a esta saludable innovación no eran gentes de baja condición sino, por el contrario, periodistas y personas de algún nivel de cultura. Veamos esta nota del periódico El Orden del 1 de enero de 1887:
“La ciencia y la experiencia tienen demostrado que no impunemente se pueden remover a cierta profundidad las tierras, pues de ahí se desprende un desarrollo de gases mefíticos que ponen en peligro la más robusta constitución. Conocemos un caso de viruela negra ocurrido en una señorita debilitada y predispuesta al mal por la excavación de una alcantarilla en la calle donde vivía. Por otra parte, comprendemos la construcción de tales obras en calles donde no hay tiendas (piezas de inquilinato) en que viva gente; pero en las que tal caso ocurre, con el pésimo servicio de aseo que tenemos, nos parece absurdo. Las habitaciones son para el común de las gentes una tienda que les sirve al mismo tiempo de comedor, cocina, despensa, dormitorio, etc. Estas familias no tienen más sitio en donde esparcirse que la calle, y en ella echan las basuras de sus casas, teniendo el concurso del agua de las acequias que hoy se les niega para reemplazarlas por alcantarillas”.
En 1890 ya había 170 cuadras, la tercera parte de las calles de la ciudad, que contaban con albañales subterráneos los cuales, a pesar del avance que representaban, desgraciadamente se seguían construyendo en forma caótica y desarticulada. Para 1896 Miguel Samper describía una situación enteramente nueva, refiriéndose al progreso que representaba para la capital esta primera red de alcantarillado:
“En las calles centrales las aceras están embaldosadas... Las antiguas acequias que corrían a lo largo de las calles arrastrando toda clase de inmundicias, están hoy sustituidas por alcantarillas, con lo cual se ha logrado ensanchar las calles, pues los caños las dividían en dos fajas aisladas. Ha seguido de esto la mayor atención que se consagra a los pavimentos, ya mejorando los antiguos empedrados, ya adoptando para las más concurridas calles el adoquinado o el camellón de macadam”.
Sin embargo, aún no se aclimataban los modernos excusados en las edificaciones, lo cual generaba problemas exasperantes como este que describe el Diario Oficial del 3 de mayo de 1901, en un informe del Síndico del Hospital de La Merced:
“A la escasez de agua en el hospital se añade que los excusados son secos y sin desague a alcantarilla alguna. Para arreglarlos y limpiarlos sería necesaria una gran obra de albañilería que costaría muchísimo... Por el momento he resuelto echarles cal viva y condenarlos, porque el depósito que se encuentra en ellos sin salida desde el tiempo de la Colonia... produciría una infección en todo el barrio. Estos lugares los sustituiré con excusados portátiles que se vaciarán en un profundo hoyo que se irá cubriendo diariamente con cal viva, ceniza, tierra, etc.”.
En 1882, según lo pudo constatar el alemán Alfred Hettner, las calles bogotanas todavía eran barridas por presidiarios que salían a ejecutar este menester custodiados por soldados. Entonces, como ahora, eran constantes las quejas de la ciudadanía contra la irregularidad y la indolencia de los carros recogedores de basura. Hay cosas que en verdad no son nuevas bajo el sol.
En 1883, el Alcalde de Bogotá pedía que se enviaran cien reclusos diarios para las faenas de aseo reforzando, por supuesto, el número de gendarmes requeridos para vigilarlos. La capital de Colombia dependía todavía de sus presidiarios para no ahogarse en basuras y desechos.
En 1884 el Municipio, impotente ante el problema de las basuras, apeló al viejo recurso de siempre: contratar este servicio con empresarios privados. En efecto, así lo hizo con los señores Teófilo Soto y Manuel Forero, quienes se comprometieron a mantener limpia la ciudad recorriéndola con quince carros de mulas y bueyes por un estipendio de $1.800.oo mensuales.
Lentamente se fue organizando por contratistas particulares en los años siguientes un cuerpo encargado del aseo, pagado con un impuesto municipal que se llamó “de aseo, alumbrado y vigilancia”. Gracias a este impuesto, a principios de 1901 cincuenta carros realizaban diariamente la recolección de las basuras en Bogotá, además de un promedio de 76 barrenderos y 13 sobrestantes. Cuarenta reclusos se encargaban cada 15 días de limpiar los cauces y riberas de los ríos y arroyos que atravesaban la ciudad. Por último, según acuerdo No. 23 de 1902, el Concejo de Bogotá reasumió el ramo de aseo de la capital.

1 comentario:

Patton dijo...

De esos días en lo que uno debe evitar decir o pensar que todo tiempo pasado fue mejor y agradecer el haber nacido cuando todos esos problemas ya eran parte del pasado.

Cierto, algunas cosas nunca cambian ...