viernes, 22 de septiembre de 2006

La Mita urbana


Durante los años del siglo XVI posteriores a la fundación y buena parte del XVII fue constante la pugna entre los vecinos de Santafé, representados por sus autoridades, y los encomenderos por el control del trabajo indígena, tan necesario para unos y otros.
Visto en una perspectiva más amplia se puede apreciar que la lucha entre funcionarios y encomenderos por reglamentar el trabajo indígena y aminorar los servicios personales, no sólo enfrentaba a la Corona en su intento por hacer efectiva la soberanía sobre sus vasallos. En términos más precisos, era un enfrentamiento entre la ciudad y el campo, entre sus vecinos y sus necesidades y los intereses encomenderos, principalmente en torno a la disposición sobre los indios.
En la última década del siglo XVI, después de una larga querella que tuvo dimensiones continentales, la Corona quebró en lo esencial el poder absoluto de los encomenderos; así se logró extender el “alquiler individual” de indígenas para que también los habitantes de Santafé tuvieran derecho a usufructuar la mano de obra aborigen.
Esta institución de servicio obligatorio a Santafé, en una precisa proporción, se llamó mita urbana.
En muchos aspectos la ciudad del siglo XVI no podía funcionar ni crecer sin el aporte indígena. La puesta en operación de sus funciones básicas o su mismo crecimiento dependía de aquél. Los indios eran requeridos con apremio para un sinnúmero de actividades tales como obras públicas, abasto de alimentos y leña, conducción de agua, servicios domésticos y construcción de casas, edificios, iglesias, conventos y puentes.
Durante buena parte del siglo XVI los encomenderos, conocedores de la importancia del trabajo indígena en el abastecimiento de la ciudad, chantajearon repetidamente a las autoridades municipales. Cada vez que se imponían providencias que intentaban disminuir el peso del servicio personal, argüían que la liberación de la carga sobre los indígenas conduciría a una escasez de alimentos. Como durante un buen trecho del siglo XVI los tributos se pagaban en especie, los encomenderos tuvieron un control decisivo sobre la oferta de alimentos para Santafé. La prohibición de utilizar los indígenas como “bestias de arria” sirvió para que los encomenderos afirmaran que no había cómo conducir los víveres a la ciudad.
Poco a poco las condiciones políticas cambiaron y la autoridad real añadió a las providencias actos de verdadera afirmación. A principios del siglo XVII, bajo el gobierno del presidente Sande, ante la necesidad imperiosa de construir el primer puente sobre el río San Agustín, el oidor Luis Enríquez ordenó que de Usme, Chipaque, Une, Tunjuelo y Ubaque se trasladaran indios a Santafé para trabajar en la obra. El prepotente encomendero Alonso Gutiérrez Pimentel, ensoberbecido, se negó a acatar la orden.
Sin vacilar, la Audiencia le abrió causa y lo condenó a la horca. Algo similar ocurrió en Tunja, donde los vecinos tuvieron que declarar una virtual guerra al poderoso encomendero de Iguaque, Juan González, quien se negaba obstinadamente a “prestar” 200 indios de su encomienda para trabajar en la ciudad.
Desde los años 70 del siglo XVI se conoce la institución del “alquiler individual” de indígenas para trabajos urbanos. La Audiencia, interpretando la real voluntad de que los indios fuesen tratados como vasallos libres de la Corona, estableció perentoriamente la obligación de pagarles por su trabajo. Inclusive se designó un funcionario especial para vigilar la contratación de indígenas en la ciudad.
Finalizando el siglo XVI y comenzando el XVII, el alquiler de indios para la ciudad se reglamentó y se hizo obligatorio, convirtiéndose así en el sistema que fue conocido como “mita urbana” o “alquiler general”.
La mita significaba el debilitamiento del poder encomendero al permitir traer a Santafé cantidades de indígenas que llegaron a representar porcentajes elevados (50 %) de la fuerza de trabajo de la Sabana.
Por supuesto, esta vigorosa afluencia de mano de obra indígena hacia Bogotá afectó muy positivamente ramas tan importantes como la construcción.
La migración forzosa de trabajadores indígenas multiplicó por cuatro la población de una ciudad tan pequeña como era Santafé y ocasionó problemas muy serios que fueron afrontados en principio con la construcción de tambos rudimentarios en los arrabales para alojarlos. Fue preciso nombrar un “Administrador de Mitayos” cuyas funciones eran en lo fundamental coordinar la conducción de los indios a la ciudad, su distribución entre los vecinos y vigilar su justa remuneración. El salario de este administrador era una cuota de la paga total que recibían los mitayos, la cual oscilaba entre un 7.5% y un 8%.
Hacia fines del siglo XVI el flujo de indios a Santafé se estimaba entre 800 y 1.000 mensuales. Aun así, este número se juzgaba insuficiente para las necesidades de la urbe.
Eventualmente se presentaban en el Reino otras necesidades que obligaban a la Audiencia a reducir el número de indios en la ciudad para poder atenderlas.
La mita urbana duró hasta 1741 cuando fue definitivamente abolida por el Rey. Sin embargo, en términos prácticos, el aporte de indios a la ciudad fue disminuyendo a lo largo de la primera mitad del siglo XVII y, todavía más pronunciadamente, durante la segunda. Para cuando se derogó el servicio, muy pocas comunidades estaban en condiciones de aportar indígenas. En 1707 el Administrador de Mitayos reportó que el servicio a la ciudad había declinado a tal punto que tan sólo un pequeño número de tributarios lo cumplían.
Con base en una serie que empieza en 1615 sabemos que la cuota anual estaba por encima de los 2.000 tributarios al año. A partir de 1617 empezó a bajar drásticamente el aporte. Llegó a su punto más bajo en 1638-1639, en el cual tan sólo se cumple con un 40% de lo estipulado en 1615. La atención sobre la disminución creó un incremento para la década del 40, aumentando en un 10%. En términos generales, del comienzo al fin de la serie, el número de indígenas sirviendo dentro del trabajo forzoso disminuyó en un 50%, es decir, alrededor de 1.200 tributarios al año. Esta tendencia a la disminución debió pronunciarse durante la segunda parte del siglo XVII, tanto por la reducción absoluta de la población indígena, como por las dificultades logísticas para hacer efectivo el servicio.
Además del alquiler general, algunas comunidades de la Sabana y del Oriente, estuvieron obligadas a aportar su porción de trabajo a la ciudad en el suministro de leña. Esta contribución más específica se llamó “Mita Leñera”.
Durante 1606 tan sólo la comunidad del Tunjuelo juntaba 24 caballos/mes para aportar 288 caballos al año a Santafé. En conjunto según afirma el Administrador de Mitayos, en 1673 se traían 9.042 caballos de leña al año. Más estable fue el aporte de los indios comprometidos en el aporte de leña.
La cuota se volvió a fijar en 1676 y en 1718 todavía se cumplía en un 87% del monto.
Sobre los indígenas recaían tres sistemas de trabajo forzoso: el concierto agrario (trabajo en haciendas), la mita minera y la mita urbana. Entre las labores a que estaban obligados figuraba el trabajo en las salinas de Zipaquirá y Nemocón, el de bogas en el Magdalena, el de guías y cargueros y el de apoyo a las expediciones de conquista.
Durante la primera sección del siglo XVII casi todo tributario tenía que servir en cualquiera de los tres sistemas. Para 1657 con la disminución de la población indígena las autoridades redujeron las obligaciones, especialmente en cuanto al porcentaje de indígenas asignables al concierto agrario y al durísimo trabajo minero. Este nuevo panorama permite ver un hecho no estudiado cual es el avance relativo de Santafé con respecto al campo en la utilización de la mano de obra indígena.
Los mitayos tenían asignados períodos de servicio de manera considerable. En trabajos urbanos debían servir un mes cada dos años. El servicio en las minas era más prolongado: un año por cada tres a diez años. Y en el concierto agrario, entre seis meses y un año por cada tres. Los salarios de los indios fueron calculados en función de que les quedara un remanente para cubrir sus tributos.
Debemos anotar que las periódicas ausencias de los indígenas y sus familias de sus campos y comunidades tuvieron una incidencia altamente desfavorable sobre la producción agrícola y sobre el abasto de víveres para Santafé.
La afluencia de indígenas a la ciudad determinó el hecho de que gradualmente se fueran capacitando en oficios de estirpe española. Pero en cuanto empezó a producirse la disminución de indios tributarios en la ciudad, los mercaderes y artesanos blancos empezaron a resentirse por la falta de mano de obra, por lo cual hubieron de apelar a esclavos o a retener ilegalmente a los indios tributarios. Los indios que permanecieron en la ciudad aprendieron a la perfección los oficios artesanales, se ejercitaron en ellos y recibieron ingresos mayores, por lo que pudieron pagar sus tributos con mayor holgura. Así, los indígenas reemplazaron a los blancos pobres en el ejercicio de oficios artesanales. El frente de trabajo que contaba con todos los privilegios en cuanto a la asignación de mano de obra era el de las obras públicas y edificios religiosos.
Dentro del sistema de mita urbana las gentes necesitadas de mano de obra indígena debían apelar al Administrador de Mitayos, presentándole listas con el número de trabajadores requeridos y los correspondientes oficios. Por disposición real de 1601, el alistamiento de los trabajadores debía realizarse en la Plaza Mayor del respectivo municipio, pactando de una vez el tiempo de duración de las vinculaciones laborales. El administrador debía llevar listas detalladas de los indios que habían trabajado en el mes, así como de sus patronos, de los oficios que estaban ejecutando y de los jornales que estaban recibiendo.
A manera de ejemplo, citaremos el caso de mayo de 1602, mes en el cual 1.088 indios trabajaron en Santafé, distribuidos entre 591 patronos entre personas naturales e instituciones como el Cabildo, la Audiencia y las órdenes religiosas. Estas tres últimas entidades eran, lógicamente, las que captaban la mayor parte del trabajo indígena.
Las casas contrataban un promedio de un indio por cada una. Por lo general eran mujeres, aunque también se recibían varones para trabajar como hortelanos en los solares que tanto abundaban en Santafé, como acarreadores, como aguateros, y también en labores de reparaciones domésticas. Las mujeres que eran propietarias de panaderías, pastelerías, tiendas de comercio, etc., contrataban el mayor porcentaje.
Las estadísticas de tributarios de 1602 muestran elocuentemente la dedicación prioritaria del trabajo indígena en obras públicas. Este rubro acaparaba una quinta parte del total de indígenas. Los encontramos trabajando en las casas reales y en otras obras como el puente de San Francisco, la Carnicería y el Empedrado.
Sin embargo en todo momento surgió la dificultad inherente al repudio que los indígenas sentían por el trabajo de construcción, al que se consideró, inclusive entrado el siglo XIX, como una labor pesada y degradante, más propia de presidiarios.
Las órdenes religiosas fueron, por su parte, el otro grupo social privilegiado según la cuantía de trabajo absorbido no sólo para la construcción de sus templos y conventos, sino para el trabajo en huertas y panaderías y el suministro de agua y leña. En los comienzos del siglo XVII las órdenes religiosas eran el 17.5% de la población blanca de Santafé, mientras el clero episcopal o secular era el 7.5%. Salta a la vista que la población sacerdotal era una cuarta parte de los moradores blancos de Santafé. En cuanto al trabajo mitayo que acaparaban, se sabe que por esa época (principios del XVII), laboraban para ellos un 21 % de, los tributarios.
Se resalta la preeminencia lograda por la Compañía de Jesús, recién llegada al Nuevo Reino, que entonces alcanzó a tener a su servicio un 30.1 % de toda la cuota religiosa, dedicada en su mayoría a la construcción de la Casa de la Compañía, del templo y del colegio.
Por esos tiempos se reglamentó el número de indígenas a que tendrían derecho las principales personas e instituciones de la ciudad. Así, el Presidente, el Visitador y los Oidores disponían de seis indios-mes; los conventos, doce; los monasterios, seis; los miembros del Cabildo, entre dos y cuatro, y el alto clero igual cupo.

1 comentario:

Patton dijo...

... al hasta el día de hoy el término "indio" es casi un insulto.

Un insulto a la inteligencia, mas bien. Que pesar.