domingo, 3 de septiembre de 2006

Los albores del alumbrado publico


La iluminación nocturna de las calles llegó tarde a Santa Fe. Hasta 1791 esta corrió exclusivamente por cuenta de la luna. En contraste con tal situación, Caracas empezó a ser iluminada en 1757, Lima y México en 1762 y Buenos Aires en 1774.
El primer alumbrado público de la ciudad se debió a una iniciativa de don Antonio Nariño quien, en su calidad de Alcalde de primer voto, organizó en 1791 un cuerpo de serenos que recorrían permanentemente durante la noche la Calle Real provistos de faroles manuales, costeando esta precaria iluminación con un impuesto extra que fijó a los comerciantes allí radicados.
Sin embargo, esta iluminación resultó efímera ya que sólo duró el año en que Nariño ejerció la alcaldía. Los comerciantes pusieron el grito en el cielo alegando que la contribución que se les había fijado era excesivamente onerosa. En consecuencia, la luna tuvo que volver a asumir el alumbrado público de Santa Fe. Lo paradójico fue que el retorno de las tinieblas a las calles bogotanas se convirtió en cómplice de Nariño y sus seguidores, que en 1793 las aprovecharon para llenar las paredes de pasquines subversivos contra la administración virreinal. Estos actos le valieron al Precursor su primer ingreso a la cárcel y fueron causa de que el Cabildo volviera a instalar el rudimentario alumbrado público de serenos que recorrían y vigilaban la Calle Real con un farol en que ardía una raquítica vela de sebo. El Cabildo apropió para esta finalidad 3.000 velas al año, que fueron suficientes ya que por esta época regía para la ciudad el toque de queda a partir de las nueve de la noche.
En octubre de 1807, frente a la alcaldía actual, en el costado occidental de la Plaza Mayor, se colocó el primer farol público fijo que iluminó de manera permanente en la capital. Este mínimo alumbrado tuvo algún incremento en 1822 cuando se dieron al servicio cinco faroles en la Calle Real, pero siempre con el lastre del muy reducido perímetro que podía abarcar la luz de las primitivas velas de sebo de los faroles que colgaban de una cuerda en medio de la calle. Los vecinos acomodados que salían de noche, lo cual no era muy frecuente, llevaban consigo un criado que les iluminaba el camino con un farolito y la consabida vela de sebo. Esta luz, aunque mortecina, era vital para los transeúntes puesto que los libraba de irse de bruces a los numerosos huecos que abundaban en estas calles, tropezar y caer dentro de una acequia apestosa o romperse la cabeza contra alguna de las ventanas salientes de las casas bogotanas. La minúscula luz ambulante resultaba más indispensable si se tiene en cuenta que en estos comienzos de la vida republicana la Calle Real, única vía iluminada, contaba apenas con seis faroles en toda su extensión.
Las autoridades se preocuparon por el adelanto de este ramo pero siempre chocaron con el problema de la escasez de rentas para extenderlo a mayor número de calles en la ciudad. Intentar ampliar la contribución de alumbrado más allá de la calle del comercio, donde sus beneficios eran evidentes en la seguridad que brindaba a almacenes y tiendas, era tomado por los particulares como un impuesto más, lo que excitaba su rechazo; el cual también se escudaba en el peso de la tradición de una ciudad que ya completaba tres siglos sin alumbrado público y que, por otra parte, ante la inexistencia de cualquier asomo de vida nocturna -excepción hecha de las funciones del Coliseo, hoy teatro Colón, y de las citas a que acudían jugadores, serenateros y amantes furtivos no veía muy bien cuál era la urgencia de recargar los bolsillos con una nueva contribución. El alumbrado de las calles era visto como un lujo, útil, pero no muy necesario. Las autoridades acudieron entonces, para no imponer nuevos tributos, a ordenar que las propias gentes iluminaran las calles donde vivían, por lo cual el decreto del 30 de enero de 1833 del Gobernador de Bogotá, Rufino Cuervo, en su artículo quinto mandó que “en una de las casas de cada cuadra habrá un farol, que se alumbrará en las noches que no sean de luna”; disposición que no fue cumplida pese a su suavidad.
Un notable avance en este campo del alumbrado se produjo en 1842 cuando el encargado pontificio de negocios, Monseñor Savo, le hizo a Bogotá un regalo de extraordinario valor. El prelado trajo de Europa un farol de los llamados “de reverbero”. Estas lámparas habían constituido en la Europa del siglo XVIII una notable innovación y funcionaban con aceite que alimentaba la llama de una mecha con la ventaja sobre la vela de sebo de que duraba más e iluminaba un radio más amplio. Fue tal el entusiasmo que despertó el obsequio de Monseñor Savo que la Gobernación de Bogotá planeó entonces importar de Europa cien faroles de reverbero. No obstante, la estrechez de los recursos oficiales no lo permitió y menos aún la instalación del alumbrado de gas del que ya disfrutaban numerosas ciudades europeas.
El imperio de las tinieblas solía ceder ocasionalmente el campo a profusas iluminaciones callejeras con motivo de acontecimientos muy especiales. Por ejemplo, durante la espantable época del terror Morillo dispuso una fuerte intensificación del alumbrado público con antorchas que, colocadas estratégicamente, les facilitaban a sus centinelas la vigilancia que impediría la fuga de patriotas de la ciudad.
Por su parte, el alumbrado doméstico se basaba fundamentalmente en candiles provistos con el atávico y maloliente sebo. En principio únicamente los templos se iluminaban con velas de cera. Poco a poco las familias acaudaladas empezaron a usar lámparas de vidrio o quinqués, o unas bujías más sofisticadas que se denominaban esteáricas, que no generaban ningún olor y que debían ser importadas de Europa. Paradójicamente el Coliseo, antecesor de nuestro actual Teatro Colón, se iluminaba aún a mediados del siglo XIX con una gran araña de hojalata que era bajada hasta el suelo con un mecanismo de cadenas y poleas para encender las innumerables velas de sebo que la poblaban. A partir del momento en que la araña era izada hasta la altura del techo, los espectadores que por mala suerte quedaban ubicados debajo de ella habían de padecer el suplicio de la lluvia de sebo derretido que les caía en cabezas, hombreras y solapas. Los palcos se alumbraban cada uno con un farol y su respectiva vela de sebo. La iluminación del escenario se lograba mediante candiles de barro repletos de grasa animal o sebo y una mecha de trapo que al quemarse irradiaba por todo el teatro un hedor difícilmente soportable. Inclusive los periódicos se ocuparon de protestar con artículos beligerantes contra este detestable sistema de iluminación que acompañaba negativamente el solaz que pudieran recibir los asistentes con el espectáculo. Esto ocurría en Bogotá a mediados del siglo pasado mientras Londres gozaba del alumbrado de gas desde 1807.
El alumbrado de gas extraído de la hulla había hecho su aparición por primera vez en la historia en el sector de Pall Mall de la capital británica en 1807. Cuarenta años más tarde, en 1848, la Cámara Provincial de Bogotá hizo público su deseo de contratar con algún empresario privado la iluminación de la ciudad a base de gas, pero en vista de que nadie se le quiso medir a esta empresa la entidad determinó al año siguiente que los que habitaran inmuebles con 6 a 16 huecos entre puertas, ventanas y puertas de balcón, debían colocar un farol hacia la calle durante la noche; sí tenían de 17 a 24 huecos, dos faroles, y de ahí para arriba tres. Al poco tiempo El Neogranadino del 25 de noviembre de 1848, informó que “ya vamos creyendo que tendremos un principio de alumbrado público gracias a la pertinacia con que el señor Jefe Político se ha empeñado en realizar los deseos de la Cámara Provincial (..) Lo cierto es que ya en algunas calles ve uno donde pone los pies, al paso que en otras se ve que están oscuras; principio quieren las cosas”. Así pues, del incipiente alumbrado público más allá de las tres calles del comercio se encargaron en adelante las casas particulares, colocando faroles que proyectaran su luz hacia la calle.
En la coyuntura que se conoció como “La revolución de medio siglo”, en que tan rudamente se enfrentaron en Bogotá librecambistas y proteccionistas, los primeros insistieron en que había que buscar en el exterior la tecnología necesaria para instalar en la capital un sistema de alumbrado moderno que ofreciera plenas garantías. En oposición a este criterio, la corriente proteccionista reclamaba que era necesario buscar dentro de nuestras fronteras a las personas que con su esfuerzo y talento convirtieran en una realidad la iniciativa del alumbrado de gas sin apelar a personas ni recursos foráneos. Los artesanos y demás adalides del proteccionismo cifraron todas sus esperanzas en una especie de sabio e inventor macondiano que era el doctor Antonio Vargas Reyes, médico de profesión, y más que eso, sabelotodo que intentaba incursionar con desafiante impunidad en casi todos los territorios del saber. En consecuencia, y vigorosamente alentado por las fuerzas vivas del proteccionismo, Vargas Reyes hizo saber solemnemente a los bogotanos que en muy poco tiempo los redimiría para siempre de las tinieblas convirtiendo a esta capital en una auténtica ciudad luz. En medio del júbilo ciudadano se fijó el 7 de marzo de 1852 para festejar el tercer aniversario de la administración López con la inauguración del gas Vargas Reyes que partiría en dos la historia de Bogotá. Veamos cómo la prensa registró el ensayo del feliz acontecimiento:
“Al pie de la estatua de Bolívar se ha colocado el aparato, que consiste en una hornilla o brasero de carbón mineral y vegetal que arde constantemente; el gas que se desprende se introduce por un tubo perpendicular de lata, como de cuatro varas de altura, en la mitad del cual hay una especie de globo o receptáculo donde por medio de cierta preparación pierde el gas el olor penetrante y desagradable del carbón, y sube a la lámpara o farol colocado en la parte superior; y allí puesto en contacto con la luz, se inflama y sale por multitud de pequeños agujeros practicados en una especie de pico de regadera, o hisopo de agua bendita, produciendo una luz clara y brillante, que ilumina perfectamente un espacio de cincuenta varas de radio ... Deseamos que se celebre cuanto antes el contrato con el Doctor Vargas. No queda duda de que él ha sido iluminado para iluminarnos a nosotros, y si lo consigue merece una estatua con su correspondiente farol de gas”.
En efecto, el Gobernador Provincial de Bogotá, Patrocinio Cuéllar, firmó el 12 de febrero de 1852 el contrato con el doctor Antonio Vargas Reyes y su socio Juan de Dios Tavera. Los contratistas se comprometieron a iluminar las calles que designara la Gobernación fijando en cada esquina un aparato con tubos de gas del calibre de un fusil, y en la mitad de la cuadra un farol con dos velas de sebo o una lámpara de aceite.
Difícilmente registra la historia del subdesarrollo y del atraso de nuestra sociedad un episodio más divertido que el de la efímera gloria del doctor Antonio Vargas Reyes. No alcanzó a pasar una semana desde aquel promisorio 7 de marzo, cuando ya los ditirambos al genial iluminador de Bogotá se habían trocado en toda suerte de acusaciones y diatribas. Una implacable andanada de denuestos, críticas y denuncias arrojaron los periódicos bogotanos sobre el experimento del malogrado inventor. Con sólo registrar los calamitosos resultados del mismo, el prestigio del doctor Vargas Reyes ya padecía amargo detrimento. La prensa daba cuenta de cómo las lámparas del nuevo gas exhalaban un humo apestoso que amenazaba con asfixiar a los pobres peatones que se acercaban a los faroles en procura de luz. Denunciaban también los periódicos los funestos efectos que tendría para la salud de los transeúntes la inhalación de las mefíticas humaredas que salían sin tregua de las lámparas de Vargas Reyes. El fracaso del alumbrado de gas creado por el talento nacional había sido rápido y aparatoso. El médico metido a inventor hubo de refugiarse en su consultorio.
Pero ahí no paró la historia de nuestro efímero alumbrado de gas. Vargas Reyes traspasó a su socio Tavera su parte del contrato y éste logró que la Gobernación le diera plazo hasta julio para instalar un alumbrado, también de gas y similar al anterior, pero purgado de las hediondas emanaciones de humo. El experimento de Tavera fue mejor que el de Vargas Reyes, en cuanto se logró un gas algo más puro y mejor iluminación. Pero resultó casi igual en su mínima duración. En octubre de ese 1852, Tavera también había fracasado y nuestra capital retornaba al imperio de las tinieblas.
En vista de la imposibilidad de implantar en Bogotá el sistema de alumbrado que se había impuesto en todas las ciudades avanzadas del mundo, la Gobernación requirió empresarios para establecer en esta capital la iluminación callejera por medio de reverberos de aceite, desde luego mucho más pobre y precaria que la de gas. Pero lo malo fue que en este punto volvió la pugna política a obstaculizar la iluminación de Bogotá. Mientras los librecambistas insistían en que el contrato fuera adjudicado por mitades a dos empresarios franceses (Leroy y Vincourt) y a un colombiano (Baraya), los proteccionistas se mostraban intransigentes en pedir el paquete completo para Baraya, argumentando que éste daría más trabajo a los artesanos criollos. El gobernador Carlos Martín era el abanderado del reparto del contrato, mientras que la causa artesanal era acaudillada por Joaquín Pablo Posada, el “Alacrán” Posada. La polémica alcanzó tales niveles de acritud, que finalmente no hubo proponentes ni contrato y los graves acontecimientos políticos que conmovieron la capital en 1853 y 1854 tuvieron como escenario a una ciudad en tinieblas.
A principios de 1855 inmediatamente después de haber culminado la campaña de la alianza conservadora contra el gobierno del general Melo y haber entrado los vencedores a Bogotá, el gobernador provincial Emigdio Briceño, usando un lenguaje en el que no vacilaba en emplear la palabra “súplica”, se dirigió por medio de un memorial a los bogotanos más acaudalados para implorarles, poniendo de presente la indigencia fiscal, que, a manera de contribución absolutamente voluntaria, cada uno colocase de nuevo un farol con una vela en los balcones o ventanas de sus casas, realizándo así un valioso aporte para la iluminación de la ciudad y, por lo tanto, para su seguridad.
No se sabe exactamente si lo que escaseaba en Bogotá era el espíritu cívico o las gentes acomodadas. El hecho cierto es que los contribuyentes luminosos fueron muy pocos. Sólo se hicieron acreedores a una cálida nota de agradecimiento de la Gobernación por haber aportado sus lámparas nocturnas los señores Juan Nepomuceno Núñez Conto, rector del Colegio del Rosario; Juan Ujueta; Leopoldo SchIoss; Joaquín Sarmiento; Bernardo Herrera; José María Portocarrero; Lino de Pombo; Antonio María Castro; Cayo Arjona; Miguel Saturnino Uribe, y el guardián de San Francisco.
Los comerciantes bogotanos habían quedado temerosos ante la posibilidad de que pudiera repetirse la insurrección artesanal de 1854 y, convencidos de que la iluminación nocturna era un factor de orden y seguridad, se reunieron para estudiar la instalación de un alumbrado permanente y más eficaz. Además el pujante desarrollo mercantil de la capital, producto de la revolución de medio siglo, exigía no darle más largas al asunto. El gran promotor de esta iniciativa fue don Eustacio Santamaría, hombre rico y progresista, que había aprovechado sus viajes a Europa para estudiar y, dentro de lo posible, traer a Colombia los más útiles y necesarios elementos de adelanto material. En uno de esos viajes conoció a fondo los experimentos eléctricos que entonces se hacían con la lámpara de arco de Davy y había tomado nota de las maravillas que se presagiaban sobre el alumbrado eléctrico.
El señor Santamaría dirigió a los bogotanos un novedoso comunicado en el cual les insistía en la necesidad de intensificar la iluminación interna de sus casas y anunciaba algo que entonces parecía fantástico: el alumbrado eléctrico. Al mismo tiempo, daba a conocer al público los diversos elementos de iluminación que tenía para la venta en su almacén. Pero sin duda alguna, la gran proeza de Santamaría fue haber logrado que los comerciantes bogotanos, en su mayoría egoístas y tacaños, aflojaran la escarcela para regularizar el alumbrado con faroles de reverbero, de las principales calles bogotanas.
La meritoria faena de Santamaría quedó coronada en enero de 1856, cuando se le dio vida definitivamente a la “Junta de Comercio”, que a la postre resultó ser la organización cívica y gremial más sólida que conoció Bogotá en el siglo XIX. Prueba de ello es que duró casi hasta fines de la centuria. Desde el principio mostró su eficacia instalando un alumbrado tan potente como las posibilidades lo permitían y un cuerpo de serenos en número suficiente para vigilar los establecimientos comerciales del centro de la ciudad. El alumbrado de faroles de reverbero y los serenos costaban a la Junta $220 al mes.
La Junta de Comercio recibió sanción legal por acuerdo del Cabildo de 17 de abril de 1856, que le encargó de manera oficial velar por el ramo de alumbrado y serenos del sector comercial de la ciudad, quedando obligado todo el que tuviera almacén, tienda o taller en la calle en que se encontrara el servicio de serenos a pagar el mismo. La Junta se compondría de cinco individuos elegidos por los que tuvieran almacén vigilado por el cuerpo de serenos, y el artículo noveno del acuerdo especificó que tendría además como deber fomentar el alumbrado de las calles transversales de la del Comercio, pudiendo compeler a sus habitantes a pagar una contribución de ocho reales para este efecto, la que sería obligatoria al imponerla la Junta.
En 1858 ocurrió un hecho memorable en la historia del alumbrado bogotano. Una compañía norteamericana propuso a los empresarios del teatro de Bogotá la instalación de un moderno sistema de iluminación de gas. La propuesta fue aceptada y de inmediato empezó la instalación del gasómetro. Pero no tardó en surgir el consabido obstáculo. Los vecinos dirigieron al Jefe Municipal un extenso memorial en el que le exigían la suspensión de las obras debido al inminente peligro de que una mortífera explosión como las que, según ellos, habían ocurrido en otras ciudades, pudiera causar una tragedia de incalculables dimensiones en el sector. El funcionario obró con la mayor sensatez. Designó una comisión integrada por el célebre doctor Antonio Vargas Reyes y por los científicos Eze-quiel Uricoechea, Liborio Zerda, Cornelio Borda y A. Lindic para que analizaran el caso. Como era de esperarse, los científicos no tardaron en presentar un informe ampliamente favorable a la obra, la cual continuó hasta su culminación. En medio del júbilo ciudadano, a fines de octubre de 1858, una compañía lírica italiana puso en la escena del teatro Lucía de Lamermoor y Lucrecia Borgia. Fue así como el moderno y aséptico gas reemplazó en nuestro máximo escenario a las apestosas luminarias de sebo.
No obstante el esfuerzo realizado por los comerciantes, el alumbrado público de Bogotá seguía siendo en extremo deficiente, hasta el punto de que los osados vecinos que se atrevían a salir de noche, no podían hacerlo sin llevar consigo un precario farol o al menos ir fumando un cigarro para que los otros caminantes advirtieran su presencia y no lo atropellasen. Un viajero español anotó sobre ese tema hacia 1861: “En esta Atenas de Suramérica sólo encienden 7 faroles públicos en memoria y reverencia de los 7 sabios de Grecia”.
El 17 de junio de 1864 el Diario Oficial hizo una publicación que tuvo un excelente efecto. Era una traducción del periódico francés La France. El artículo demostraba con realidades y cifras las ventajas contundentes del alumbrado de petróleo. Y el efecto se vio pronto. En 1867, la Junta de Comercio acogió la iniciativa y acordó empezar a instalar lámparas de petróleo en las calles y esquinas principales. En 1868, según la Exposición del Presidente de la Junta de Comercio, ya había 20 faroles de este tipo funcionando; consumían mensualmente 33 galones del combustible, los cuales se importaban de los Estados Unidos.
En 1870 se contempló de nuevo la posibilidad de establecer la iluminación por medio de gas, pero los estudios que se realizaron demostraron que el alumbrado de petróleo era más barato. El resultado fue que el Congreso votó un auxilio de $2.000 para ayudar a la Junta de Comercio en la instalación de un número mayor de faroles de petróleo en la ciudad.
Don Nicolás Pereira Gamba era un empresario imaginativo y dinámico que en 1871 formó una sociedad anónima colombo-norteamericana con el fin de establecer el alumbrado de gas en Bogotá. La empresa se constituyó con el nombre de “American Gas Company” y contrató con el Municipio el alumbrado de la ciudad por un término de 30 años. El capital de la sociedad era de $50.000, dividido en mil acciones de $50 cada una. En un comunicado al público, la nueva empresa exhortaba a los ciudadanos a suscribir acciones a fin de evitar que la mayoría de las mismas quedara en manos extranjeras. Poco después se vio que estos temores eran infundados, puesto que sólo hubo dos socios norteamericanos, Thomas J. Agnew y Pedro G. Lynn, con el carácter de socios industriales, por lo cual el señor Pereira Gamba lanzó una ofensiva para conseguir accionistas bogotanos con muy escasos resultados positivos. Finalmente, en 1873, la empresa fue reconstituida, el capital subió a $60.000 y las acciones suscritas llegaron en 1874 a 1260. Los principales accionistas eran el Gobierno Nacional con 200 acciones y el de Cundinamarca con 100, la Municipalidad de Bogotá con 100, Nicolás Pereira Gamba con 100 y Thomas J. Agnew con 150. El Diario de Cundinamarca, del 26 de septiembre de 1874, informaba que aún había acciones disponibles y proclamaba las excelencias del gas como negocio, citando, no sólo las ciudades europeas donde operaba este servicio, sino a Lima, Guayaquil y Panamá, donde había que obtenerlo con hulla importada de Inglaterra, mientras para Bogotá se disponía de carbón mineral extraído en las cercanías.
La empresa inició sus labores de instalación, pero en principio tropezó con toda suerte de dificultades, entre las que se contaron la crisis económica y el creciente cúmulo de agitación política que precedió a la guerra civil de 1876. Otra fue, como siempre, la resistencia que a toda iniciativa de progreso oponían la ignorancia y el atraso. En efecto, el Boletín Industrial comentaba el 24 de julio de 1875 el escándalo de las gentes ante el “peligro” de que el gasómetro produjera una mortal explosión y citaba el caso de la ocasión en que los señores Sayer trajeron una máquina de vapor para el molino de trigo que establecieron en la Plazuela Camilo Torres, y que se vieron compelidos a suspender ante la presión popular por el temor de que la caldera explotara. Subrayaba el Boletín sus comentarios haciendo énfasis en que quienes participaban en estos inauditos actos de saboteo contra el progreso no eran sólo gentes ¡letradas y de baja condición, sino también personas aparentemente ilustradas y de cierta cultura.
La producción de la empresa empezó bajo signos adversos en marzo de 1876, vale decir, en vísperas de conflicto civil. Hubo que traer maquinaria y equipos de los Estados Unidos hasta los puertos del Caribe, luego subirlos por el río Magdalena hasta Honda y, enseguida, la parte dramática: su ascenso hasta la altiplanicie en más de mil cargas a lomo de mula. Para dirigir el montaje de la planta vinieron expertos norteamericanos.
Por esa época, el Diario de Cundinamarca publicó una nota minuciosa, con precisos fines didácticos, en la que se explicaba a los futuros usuarios todo el proceso de obtención del gas, los pasos de su utilización y, lo más importante de todo, la falsedad de las especies que circulaban sobre sus peligros. El mismo periódico informó en octubre de 1877 sobre el proceso de instalación del gasómetro, dando a conocer que algunas de las piezas habían sido producidas en la ferrería de Pacho. Informó también acerca del consumo de gas en la capital y de la adquisición por parte de la empresa de unas minas de carbón en La Peña.
Sin embargo, seguían los problemas. El Relator del 19 de octubre de 1877 informaba que de un capital nominal de $100.000, la compañía sólo había podido colocar en acciones $69.000, y que apenas atendía 51 suscriptores particulares del servicio.
Durante la guerra civil de 1876-77 el Gobierno subvencionó a la empresa, lo cual permitió enderezar algo sus finanzas. Pero en septiembre de 1878 los empresarios del gas se llevaron un tremendo susto. Los señores J. Camacho Roldán & Cía., apoderados de Pablo Jablochkoff y León Fould, de París, solicitaron al Gobierno la correspondiente licencia para establecer en Bogotá un novedoso sistema de alumbrado eléctrico del que era inventor el señor Jablochkoff.
Pero el susto no les duró mucho porque bien pronto se vio que en Bogotá se daban circunstancias que hacían técnicamente imposible la realización de este proyecto, todavía en vías de experimentación en Europa misma. Empero, las inquietudes renacieron con los informes que divulgaron los diarios sobre los asombrosos experimentos de Tomás Alva Edison en materia de alumbrado eléctrico, y sobre las perspectivas de que el nuevo sistema resultara mucho más económico que el gas. Sin embargo, el gran problema para los señores de nuestra compañía de gas no resultó ser el fantasma de Edison, sino el hecho más concreto y dramático de que la empresa no lograba alcanzar una situación económica satisfactoria. Empezando la década de los ochentas, los accionistas preguntaban ya con creciente impaciencia cuál era la razón por la que no habían recibido hasta entonces ni un mínimo dividendo.
En febrero de 1880, el presidente de la Compañía de Gas, Guillermo Kirpatrick, firmó con Don Francisco Olaya, Director de Obras Públicas, un contrato para iluminar el Parque de Santander. Se sabía en la ciudad que la empresa atravesaba por una crítica situación financiera, de la que esperaba salir gracias al aumento del consumo en el que sus accionistas confiaban. Pero el hecho cierto es que todavía hacia 1882, el alumbrado público de Bogotá era mínimo, como lo atestigua este comentario de prensa:
“Por las noches, la capital de la República de Colombia presenta un aspecto tan bárbaro y tan miserable como el de cualquier villorrio del Asia o del Africa. Ni aún en las calles centrales, donde se hallan los principales colegios, el Palacio Arzobispal, las oficinas públicas y las residencias de los vecinos más fastuosos, se ve una luz protectora del tránsito y centinela de los domicilios. Es una ciudad oscura, medrosa, por donde no se puede andar sin peligro grave de romperse una pierna o de ser asaltado por un malhechor”.
A su vez, los periódicos La Reforma y Las Noticias divulgaban notas alarmantes sobre la salud financiera de la compañía de gas. El primero de ellos informaba en noviembre de 1883 que los accionistas “no podían comprar ni un real de frutas con sus dividendos”. El segundo, en febrero de 1884, daba un dato contundente. Se limitaba a reproducir el informe del Presidente de la Compañía, señor Carlos Tanco, en el cual el alto funcionario planteaba a los accionistas la dramática realidad de que si no se le aplicaba a la Empresa una inyección de cuarenta a cincuenta mil “pesos fuertes”, la situación podría tocar fondo. Tanco ofrecía varias alternativas, entre ellas la de un empréstito o la emisión de nuevas acciones. Otros periódicos hacían comentarios ácidos informando, por ejemplo, el caso de una criada que, por confiar en el alumbrado doméstico de gas, se había ido de bruces, destrozando una vajilla. Rubricaba el accidente con este comentario final:
“Yo se lo he dicho, mi señora: que esta luz no sirve sino para jeder (sic) la paciencia”.
La compañía de gas continuó funcionando, con más bajos que altos, hasta finales de siglo, sin que nunca consiguiera desvanecer plenamente en la población el temor de accidentes por el manejo del gas, fuera de que se necesitaba una cierta pericia manual para hacer prender el pico casero, inconvenientes que no presentaba el tradicional sistema de iluminación con velas o quinqués, al que aspiraba reemplazar.
Crónicos fueron sus problemas con las tuberías, que construidas inicialmente de madera, daban lugar fácilmente a fugas que reducían el suministro, además de que permanentemente dejaban filtrar el agua de la calle en su interior obstruyendo el paso del gas. Las tuberías de metal que más tarde empezaron a instalarse y que debían ser pagadas por el usuario, resultaron extremadamente costosas para hacer extensivo el servicio a la mayor parte de la ciudad.
Por todo ello la compañía de gas se vio constreñida a mal servir durante su existencia un reducido número de faroles y picos de alumbrado público y doméstico, debido a lo cual esta primera empresa, que con objetivos de lucro quiso dotar a Bogotá de luz moderna, demostró desde su mismo inicio ser una inversión de bajísima rentabilidad para sus accionistas. Estos dejaron de inyectarle el capital que necesitaba para superar sus deficiencias técnicas y ensanchar su capacidad de producción y distribución del gas más allá de la parte céntrica de la ciudad.
En eterna polémica con el Gobierno y con los usuarios por la morosidad en el pago del servicio, que éstos justificaban en lo irregular del mismo, la compañía de gas nunca consiguió desterrar las velas y quinqués del 95% de los hogares, su mercado de mayor valor potencial, con lo que terminó por resignarse a arrastrar una vida de rutina vegetativa hasta su extinción, sin pena ni gloria, en los albores del nuevo siglo.
Por ello no es sorprendente que Bogotá pronto estuviera buscando de nuevo una solución, verdaderamente eficaz, al problema del alumbrado público y doméstico.
En 1881 llegó hasta estas alturas el coronel Fernando López de Queralta, un interesante personaje de múltiples facetas. Era un aguerrido patriota cubano que se había batido por la libertad de su país y que finalmente había tenido que exiliarse en Nueva York, donde siguió trabajando activamente por la causa. Recordemos que esa ciudad fue uno de los centros de actividad revolucionaria para los patriotas cubanos, entre ellos el gran José Martí. En Nueva York, López de Queralta ingresó como funcionario de la Weston, importante compañía de alumbrado eléctrico que había instalado ese servicio no sólo en Nueva York, sino también en Washington, Filadelfia y otras ciudades. López de Queralta puso proa hacia nuestro país en procura de nuevos mercados para la Weston, proponiendo al Gobierno de Colombia un privilegio para instalar el alumbrado de electricidad en Bogotá. La iniciativa del cubano tuvo buena acogida, como lo demuestra este comentario del Diario de Cundinamarca del 20 de septiembre de 1881, sobremanera optimista acerca de las bondades del alumbrado eléctrico:
“La luz eléctrica es un grande adelanto sobre la luz de gas carbónico. Quizás pueda decirse que es la coronación del arte del alumbrado. Una sola luz puesta en la mitad de la Plaza de Bolívar hará que se pueda leer un periódico o un manuscrito en toda la extensión de ella”.
Como dato curioso, bien vale apuntar que López de Queralta proponía el alumbrado eléctrico para Bogotá en momentos en que el de Nueva York tenía apenas un mes de inaugurado y sólo habían pasado dos años desde el día luminoso en que Tomás Alva Edison encendió su primer foco incandescente.
El cubano se entregó con ritmo febril a la tarea de instalar postes y demás elementos necesarios para hacer el trascendental ensayo con base en el cual esperaba conseguir el contrato. Los bogotanos vivieron días de verdadera ansiedad en vísperas de lo que se juzgaba casi como un milagro. La Reforma del 22 de abril de 1882 consideró prudente publicar una nota aclaratoria sobre las características del ensayo, formulando advertencias tan pintorescas como una en la que hacía saber que los cables eran simples conductores del fluido eléctrico pero que no se iban a iluminar. Y la nota remataba con este colofón:
“Hacemos esta advertencia porque el vulgo cree que la luz correrá por los alambres”.
El ensayo, realizado el 22 y 23 de abril, “electrizó” a Bogotá, con lo que López de Queralta comisionó a los señores Tomás E. y Juan B. Abella para efectuar contratos destinados a instalar el alumbrado eléctrico en la ciudad. El 16 de mayo los citados caballeros firmaron con el Gobierno del Estado de Cundinamarca un contrato por el cual se comprometían a “establecer el alumbrado eléctrico en la ciudad de Bogotá”. 38 Lamentablemente, y por razones que nos son desconocidas, no se dio cumplimiento al convenio.
A principios de ese mismo año el periódico El Conservador, del 17 de enero, se quejaba de que, “en ningún tiempo había estado en la capital tan mal servido el alumbrado público. Además en ocasiones se ponen casi intransitables algunas de las calles más públicas por el mal olor que despide el gas de alumbrado que se escapa de las rotas cañerías”. Y eso que en ese momento en Bogotá funcionaban simultáneamente cuatro tipos de alumbrado público: el de faroles de velas de sebo; el de faroles de reverbero, que trabajaban con aceite de linaza; el de faroles de petróleo, y el de faroles de gas. Sobre los tres primeros escribió el diplomático argentino Miguel Cané en ese mismo año: “En las esquinas se encuentra, de lado a lado, la cuerda que sujeta, por la noche, el farol de la luz mortecina, que una piedra reemplaza durante el día. Al caer la tarde, el sereno lo enciende, y con pausado brazo lo eleva hasta su triste posición de ahorcado”. Simultáneamente el alemán Alfred Hettner anotaba sobre el cuarto tipo de alumbrado que “con frecuencia se interrumpe el alumbrado de gas, habiendo además tanta distancia entre los postes de luz que en medio reina la oscuridad completa”.
En agosto de 1883 el Gobierno del Estado de Cundinamarca celebró con la firma Carrizosa Hermanos otro contrato para el suministro de luz eléctrica en la capital, pero, para desgracia de los bogotanos, esta vez se repitió la triste historia de López de Queralta y los Abello.
En 1885 el alcalde Cualla quiso extender el alumbrado público de una manera que nos es ya conocida: ordenando que el alumbrado doméstico sirviera para iluminar también las oscuras calles capitalinas. Al efecto, el Registro Municipal del 20 de noviembre de 1885 publicó un decreto en que se ordenó de nuevo a los habitantes de las casas colocar un farol todas las noches hacia la calle, de 7 p.m. a 5 a.m. Para hacer menos gravoso el servicio se aceptó que las aceras derechas de cada calle fueran las encargadas del alumbrado la primera mitad del mes y de la segunda las aceras izquierdas. Si consideramos que el país se encontraba en ese momento en plena guerra civil, quizá comprendamos la razón del decreto del alcalde Cualla, interesado, como siempre ocurría en época de guerra, en mantener suficiente iluminación pública para controlar las actividades conspirativas de los enemigos del Gobierno.
Sin embargo, la medida fracasó, pues La Nación del 19 de enero siguiente escribió que “fuerza es que la Municipalidad arbitre algún medio eficaz de establecer el alumbrado público, siquiera sea con petróleo y velas”.
A todas estas la Compañía de Gas iba de mal en peor. Su mala situación se hacía palpable en muchos aspectos, entre ellos en el reducido número de nuevas instalaciones que había hecho en las residencias bogotanas.
El año de 1889 fue uno de los de mayor trascendencia en la historia del alumbrado capitalino. El futuro general y presidente de Colombia Pedro Nel Ospina y el señor Rafael Espinosa Guzmán se asociaron para conformar una empresa que daría por primera vez luz eléctrica a la capital de Colombia. A principios de julio de ese año firmaron con el Gobierno Nacional un contrato por el cual se comprometían a iniciar el servicio de fluido eléctrico antes de terminar el año. La empresa ya estaba muy adelantada pues El Telegrama, del 9 de julio, informó:
“Los señores Ospina & Espinosa Guzmán están recibiendo la maquinaria necesaria para la instalación de la luz eléctrica en esta ciudad. A este propósito leemos en periódicos de Nueva York del mes de febrero próximo pasado lo siguiente: La Compañía de Luz Eléctrica de Bogotá ha sido incorporada en la legislatura de Albany con un capital de $ 100. 000. Sus operaciones se llevarán a efecto en Bogotá teniendo su agencia principal en Nueva York ”. The Bogotá Electric Ligth Co., nombre que adoptó la nueva empresa, estableció también su agencia principal en Nueva York buscando atraer inversionistas extranjeros que permitieran mejorar su capitalización. Pero éstos tampoco llegaron, y la compañía tuvo que organizarse con recursos locales, suscritos en su mayoría por la casa antioqueña de Ospina Hermanos, gracias fundamentalmente a un préstamo de significación que le hizo el Banco de Bogotá.
En septiembre, según informó El Telegrama del 5 de ese mes, comenzaron a colocarse en San Diego los primeros postes para el alumbrado eléctrico. “Suponemos y deseamos”, “que los que ya entrena la parte populosa de la ciudad, consulten más la elegancia”.
El 7 de diciembre de 1889 fue el gran día, reseñado de la siguiente manera por un folleto de la época:
“Ya se sabía que a la misma hora debía llegar el ferrocarril de la Sabana al lugar de su nueva estación y que a la vez luciría un faro de luz eléctrica, iluminando algunos juegos de agua instalados allí especialmente por la Compañía del Acueducto de la ciudad... Cada uno imaginaba las cosas a su modo. Todos deseaban ver la luz, y muchos mezclaban su deseo con cierto sentimiento de temor, pues suponían que la inmensa corriente eléctrica necesaria para producirla había de ocasionar no pocos males y desgracias, citando en apoyo de su temor los accidentes ocurridos en otras ciudades... La gente hormigueaba por todas las calles, concentrándose en especial en las carreras 7a., y 8a., la Plaza de Bolívar y los alrededores de la Estación de la Sabana, en donde, a las 7 de la noche, estaban reunidos muchos miembros del gobierno, varios señores y respetables caballeros, quienes, entre los aplausos de numeroso gentío, saludaron la llegada por primera vez del ferrocarril a la Estación de la Sabana.
“Desgraciadamente la esperada luz no iluminó en el momento oportuno aquella escena civilizadora, y no fue sino un poco después cuando surgió esplendente... En la Plaza y calles adyacentes el concurso aumentaba más cada momento; de los balcones arrojaban a la calle toda clase de triquitraques, `rodachinas, buscaniguas’ , cohetes voladores , ‘volcanes, bolas de bengala y mil triquiñuelas de la laya, y de muchos grupos de las calles contestaban con disparos no menos nutridos, estableciendo así verdaderas guerrillas... En estos momentos, sería poco más de las ocho, el contento y la algazara llegaron a su colmo, cuando de repente, y como a impulsos de un soplo encantado, alumbraron los espléndidos focos de la luz eléctrica establecidos en la Plaza, humillando las mil luces que momentos antes parecían poderosas ... El entusiasmo pareció suspenderse en un instante... y luego el oleaje humano volvió a su rápido curso, miles de manos aplaudieron la nueva luz, y de la multitud se escapó un grito generoso, que vitoreaba aquello mismo que momentos antes le infundía temor”. ¡Esto ocurría apenas a los ocho años de haberse inaugurado la luz eléctrica en Nueva York! De todas maneras no estábamos tan mal, comparado con el alumbrado de gas, que nos llegó setenta años después de haberse instalado en Londres.
Los periódicos prodigaron toda suerte de comentarios elogiosos y entusiastas acerca del nuevo alumbrado eléctrico, que en verdad constituyó una innovación de dimensiones históricas para la capital. El primer recinto cerrado que utilizó alumbrado eléctrico en Bogotá fue el Teatro Municipal, inaugurado por esos mismos días, el 15 de febrero de 1890. Con ciertos toques de humor El Telegrama del 20 de febrero siguiente reseñó así la iluminación del Municipal:
“El Teatro estaba profusamente iluminado por cuatro focos de luz eléctrica, colocados uno en el vestíbulo, otro en el salón, y los otros dos: el, uno sobre la platea y el otro en el escenario; y por una gran cantidad de luces de gas. La luz eléctrica, poco galante con algunas de nuestras bellas damas, hizo aparentes, debido tal vez a la crudeza de su luz blanquecina, ciertos pequeños `secretos de tocador’; no tardará el día en que, más conocedoras del medio en que se encuentren, derroten con su maravilloso instinto femenil las barbaridades de aquella luz poco discreta”.
Infortunadamente, a los pocos días de haber iniciado operaciones, la nueva compañía se vio obligada a pedir encarecidamente la protección de las autoridades contra el vandalismo, producto inequívoco del subdesarrollo. El Diario Oficial del 11 de febrero de 1890 reproducía una comunicación dirigida al Gobierno Municipal por las directivas de la empresa en este sentido:
“Ya han roto varios globos de los de las lámparas dadas al servicio, y sabemos que no es raro ver muchachos subidos en nuestros postes causando daños, robando el alambre, etc., sin que la policía, ni los serenos, hayan tratado de impedirlo; también la gente rodea nuestros obreros cuando bajan las lámparas para carbonarlas entorpeciendo este trabajo; además suelen invadir el local de la empresa perjudicando el servicio de los obreros y exponiéndose a provocar algún accidente en la maquinaria”.
Los focos de que disponía la empresa eran de una alta intensidad, excelentes para el alumbrado público, pero por ello mismo no aptos para el doméstico. En marzo de 1890 ya se habían colocado en las vías bogotanas 90 focos de 1.800 bujías cada uno. (El equivalente de una bujía era más que un vatio actual). La empresa generaba la energía por el sistema termoeléctrico, en el que máquinas de vapor alimentadas por carbón mineral y cuatro dínamos adaptados a ellas generaban el fluido.
Las autoridades municipales procedieron con una sabia cautela al no dejarse deslumbrar en exceso por los fulgores de la nueva luz eléctrica. En consecuencia, tuvieron la precaución de no precipitarse a desmontar de un tajo los viejos alumbrados de petróleo y gas. El tiempo les daría la razón en su designio de mantener la operación simultánea de los diversos sistemas de alumbrado. Hasta tal punto se mantuvo la coexistencia que en enero de 1892, junto con los noventa focos eléctricos, había en la ciudad 144 faroles de petróleo.
El primer obstáculo grave con que se topó The Bogotá Electric Light Co. fue la estúpida renuencia de los ciudadanos a cancelar a tiempo sus contribuciones por el alumbrado. Haciendo gala de una total irracionalidad, los bogotanos estaban felices de usufructuar el alumbrado, pero a la vez lo querían gratuito. Preocupado, el Gobierno Nacional procedió a poner el problema en las manos del rudo Aristides Fernández, Inspector de Policía, el mismo que unos años más tarde, en la Guerra de los Mil Días, dejaría en la historia un tenebroso recuerdo por sus acciones atrabiliarias y represivas contra los ciudadanos inermes de la capital. Sin embargo, mal podríamos desconocer que la misión que se le confió en 1892 de doblegar a los deudores morosos de la luz fue un acierto de las autoridades. Cumpliendo esta clase de deberes Fernández se sentía como pez en el agua. Procedió con el máximo rigor al cobro de las cuotas atrasadas y, por supuesto, provocó airadas resistencias por parte de la ciudadanía que estuvieron a punto de degenerar en motín.
El único asidero al que recurrían los ciudadanos para explicar su resistencia a abonar las contribuciones de luz era la deficiencia del servicio, el cual, a su vez, se debía al precario rendimiento de las calderas de la compañía. Otro problema era que The Bogotá Electric Light Co. había nacido dentro de una economía que demandaba muy poco carbón de hulla para usos industriales. En la Sabana de Bogotá la producción de este combustible no había rebasado aún los niveles artesanales. Debido a ello la empresa tuvo que resignarse a alimentar sus máquinas con un carbón de mediana calidad que, además de resultar muy costoso, ni siquiera se conseguía en las cantidades requeridas. De ahí que la presión del vapor en las ya deficientes calderas de la termoeléctrica no era constante, lo cual determinaba que no se alcanzara a generar la electricidad necesaria por lo que la luz era intermitente y escasa. También tropezó la empresa con graves inconvenientes para el mantenimiento de las lámparas de arco voltaico puesto que los elementos que las componían eran importados y los frecuentes atrasos en su llegada al país determinaban que siempre hubiera un número apreciable de focos fuera de servicio. Y como si todo esto fuera poco, la acción de la empresa estaba limitada por las mínimas dimensiones del mercado potencial. De un lado, como ya lo vimos, las lámparas de arco voltaico -únicas de que disponía la entidad-, no eran aptas por su intensidad para el alumbrado doméstico, y en su mejor momento sólo llegó a haber apenas 200 lámparas de alumbrado público. Del otro, el reducido grado de desarrollo en que se hallaba todavía la industria era causa de que la demanda de energía fuera casi inexistente.
Por todo lo anterior no sorprende que el Diario de Cundinamarca del 23 de agosto de 1892, en una nota de claro sabor político oposicionista, se quejara de que “si no entra en [la empresa de luz eléctrica] la verdadera regeneración, mejor le será que se decida por la catástrofe. Hace más de 8 días que las noches son verdaderas bocas de lobo, y la bendita luz no alumbra sino en Egipto y en el edificio donde se elabora, y si alumbra un rato es con aquella especie de hipo que tanto mortifica a los transeúntes nocturnos. Los que sí deben estar de plácemes son los pobres faroles de vela de sebo, petróleo y aceite de linaza santafereños que tanto tiempo hacía estaban por ahí arrinconados como solteronas en baile; ahora sí los hemos visto por las calles, muy ufanos y brillantes y alabándose de que ‘los buenos tiempos antiguos’, poco a poco en todo se van imponiendo con la Regeneración”.
No obstante, los feroces motines de 1893, en los que como veremos más adelante en un futuro post, se enfrentaron enardecidos artesanos de la capital con la policía, hirieron de muerte el viejo alumbrado público de petróleo. Durante estos sucesos, las turbas destruyeron 135 faroles de petróleo de 150 que existían en Bogotá. La saña popular se dirigió principalmente contra este tipo de alumbrado por ser de propiedad del Gobierno, cuyas fuerzas de policía habían ultimado un buen número de artesanos. De otra parte, se sabía que las lámparas de petróleo de la Calle del Comercio eran sostenidas por los comerciantes, sus eternos y más caracterizados enemigos de clase. Mejor suerte corrieron las instalaciones de electricidad y gas, cuyos propietarios eran identificados como elementos adversos al Gobierno.
Las críticas a la empresa de electricidad continuaban porque el servicio era en verdad pésimo. La compañía, a su vez, replicaba argumentando que el Gobierno se negaba a cancelarle oportunamente las cuentas del alumbrado público. No faltaban quienes afirmaran que el vicepresidente Miguel Antonio Caro, encargado a la sazón del Poder Ejecutivo, se estaba vengando de Pedro Nel Ospina por haber apoyado éste en 1891 la candidatura de Marceliano Vélez, su rival, para la vicepresidencia. Conociendo el talante sombrío y vengativo del señor Caro, no es difícil otorgar credibilidad a esta especie. La Compañía de Electricidad llegó a amenazar con la suspensión del servicio.
La dificultad principal con que seguía tropezando la empresa, que era la relacionada con los problemas que afrontaba el sistema termoeléctrico, indujo al Cabildo de Bogotá a escuchar ya desde 1892 otras propuestas de alumbrado eléctrico más eficiente y barato. En poco tiempo, el Municipio tuvo en sus manos numerosas propuestas de los señores Francisco J. Herrán, Julio Jones, Enrique Salicrup, Eusebio Grau, Giuseppe Vergnano y Santiago Samper Brush. De todos estos proponentes, fue el señor Jones el primero en sugerir la conveniencia de utilizar el Salto de Tequendama para la generación de energía. Pero fue Samper Brush quien finalmente obtuvo en 1895 el privilegio exclusivo. Samper también creía en las ventajas del Salto y en consecuencia procedió a comprar la hacienda “El Charquito ”, cercana a la catarata, para montar allí las instalaciones de la nueva empresa.
No pudo el Municipio de Bogotá haber acertado de manera más espléndida que contratando la generación hidroeléctrica para Bogotá con los Samper. Estos empresarios clarividentes, metódicos, infatigables en el trabajo y profesionales en el más alto grado no sólo crearon una organización que desde su nacimiento fue un auténtico modelo en todo sentido, sino que le dieron a la capital colombiana un servicio que se constituyó desde entonces en el mejor con que contó la ciudad. Desde el mismo 1895, año en que se firmó el histórico contrato, los Samper quisieron mostrar a los escépticos bogotanos la asombrosa versatilidad del fluido eléctrico en cuanto a sus aplicaciones prácticas. Por consiguiente, valiéndose de una máquina de vapor de regular potencia y un dínamo pequeño, hicieron una demostración para comprobar que la electricidad podía generar no solamente luz, sino también fuerza y calor. En esa oportunidad aprovecharon el interés de los asistentes para enseñarles cómo las bombillas incandescentes eran mucho más apropiadas para el alumbrado doméstico que las lámparas de arco voltaico. Los capitalinos quedaron estupefactos. El Telegrama, en su edición del 15 de noviembre de 1895, reseñó el magno acontecimiento:
“Vimos aplicar la corriente a un taladro de muchos kilos de peso, cuya broca, de cuarenta centímetros de diámetro, penetró dentro de la dura piedra más de cinco centímetros en dos minutos... A la vez que la electricidad movía el taladro, alimentaba varias luces de arco incandescentes, calentaba una cocina portátil y daba fuerza a algunos otros hilos en distintas direcciones...
“Con el fin de demostrar lo inofensivo que sería el uso de la luz eléctrica en aposentos y enfermerías, se hizo una descarga sobre la válvula de seguridad de una de las lamparitas que servía para los ensayos, lo cual fundió el alambre de conexión y apagó la luz... La aplicación de la electricidad a las cocinas nos pareció de la mayor conveniencia. En una misma pieza de pequeñas dimensiones, las familias pobres pueden tener el comedor e instalar el servicio de cocina, sin la incomodidad del humo, el calor excesivo, etc.
“Con un dínamo de mano, de escasísima fuerza, se hizo mover una máquina de coser, la cual, sola y girando con la mayor regularidad, prensó una cinta con tanta perfección, como si el trabajo hubiera sido hecho por una hábil costurera… Francamente: si los experimentos que tuvimos la fortuna de presenciar el viernes último los hubiese visto un concurso femenino, a la hora en que escribimos estas líneas ya las madres y las esposas, las jóvenes todas, de todas las clases sociales, habrían hecho MEETINGS entusiastas, pidiendo apoyo para el proyecto de los señores Samper ”.
Lógicamente, hubo de transcurrir un tiempo entre la celebración del contrato de los señores Samper con el Municipio y la fecha de la iniciación de la hidroelectricidad en Bogotá. Durante ese período las compañías de gas y de termoelectricidad continuaron dando palos de ciego y mostrando fallas cada vez más graves en la prestación de sus servicios. No podía faltar el concurso del típico y tradicional ingenio bogotano que dejó plasmadas en unas décimas muy graciosas la frustración de los ciudadanos ante el fracaso de estas empresas.
A pesar de que en octubre de 1899 estalló el más cruento, prolongado y devastador de todos nuestros conflictos civiles, los hermanos Samper Brush y sus socios no se acobardaron ante este nuevo obstáculo, cuyas dimensiones y posibles incidencias sobre el desarrollo futuro de la empresa eran totalmente imprevisibles. Continuaron importando la maquinaria sin arredrarse y fue así como, venciendo toda clase de dificultades, los intrépidos empresarios pudieron inaugurar la planta del Charquito el 7 de agosto de 1900. Por una feliz coincidencia el nuevo siglo se iniciaba con el primer servicio de alumbrado y electricidad bien organizado, serio y permanente con que contó la capital.
Una elocuente nota periodística describe los obstáculos descomunales que hubieron de superar los Samper para traer hasta las inmediaciones de Bogotá la compleja maquinaria que requería el nuevo complejo hidroeléctrico:
“Duras dificultades debieron confrontar los Samper en la construcción y equipo de los edificios de la planta, y en el montaje de la complicada maquinaria... Tuvieron necesidad de trazar y acondicionar trochas desde la orilla del Magdalena hasta la región del Salto para poder acarrear en rastras las voluminosas piezas de los dínamos y demás unidades. Bajo soles ardientes y por entre la maraña de las selvas los bravos conductores de los cargamentos algún día llegaron a tener reunidos, victoriosamente, los elementos todos de la planta generadora de energía... En la noche del 6 de agosto de 1900 los esfuerzos de Don Santiago y de sus hermanos, y también de las señoras de Samper, culminaron cuando en la casa paterna de Don Miguel Samper, su viuda, Doña Teresa Brush, encendía con mano trémula las primeras bombillas de la nueva luz”.
Los Samper no estaban dispuestos a fracasar. Eran unos empresarios modernos y bien preparados que habían asimilado en términos positivos las amargas lecciones de sus antecesores. En consecuencia, tomaron desde los comienzos de la Empresa dos precauciones de singular importancia. La primera fue tender las líneas de transmisión de energía por debajo de tierra y no aéreas con el fin de prevenir interrupciones originadas por lluvias, vientos y otros factores adversos. La segunda consistió en montar un generador de reserva de 350 kilovatios que reemplazara al principal en caso de falla.
El esmero técnico y científico que pusieron en el montaje y en el manejo de su planta fueron factores determinantes del éxito que alcanzaron desde el principio. La creciente demanda de fuerza para la industria y la no menos imperiosa de alumbrado doméstico fueron causas determinantes de que al cumplir dos años de funcionamiento la empresa ya hubiera copado su capacidad generadora y estuviera emprendiendo nuevas obras de expansión. Igualmente, al cumplir diez años, la compañía estaba atendiendo satisfactoriamente cien motores eléctricos industriales y 23.000 bombillas incandescentes. Era un hecho incuestionable que la energía hidroeléctrica había llegado a una robusta y saludable mayor edad y que sus únicos caminos eran los del avance y el progreso.

1 comentario:

Patton dijo...

Como siempre, excelente. Casi no me lo termino de leer ... pero valió la pena. Los Samper Brush son los abuelos de los Samper Pizano, ¿verdad?