martes, 5 de septiembre de 2006

Los lugares de juego


Existieron en Santafé lugares destinados para el juego, que tenían el carácter de lícitos y permanentes, donde se practicaba el “truco”, especie de billar. Los jugadores, provistos de tacos o “bolillos” golpeaban la bola con uno de dos objetivos: introducirla por una de las troneras abiertas en varios sitios de la mesa o hacerla pasar por unos arcos que se denominaban “barras”. Igualmente, en los patios de barra se jugaba a la pelota siguiendo el procedimiento vasco.
Ante la inexistencia de noticia alguna referente al juego del “turmequé”, es probable que no existiera como juego urbano en la Colonia o que su difusión fuera posterior. Estos patios eran frecuentados por gentes de “baja condición “ que carecían en sus viviendas menesterosas de lugares adecuados para entretenerse.
Los juegos permitidos, tanto como los ilícitos, fueron contemporáneos de la fundación de la ciudad. En 1555 la Real Audiencia, preocupada por la excesiva afición de los santafereños a toda laya de juegos, restringió el juego de pelota o bolos en los días de trabajo. Posteriormente prohibió del todo su práctica en días laborables y limitó las apuestas a un tope de diez pesos oro.
Los patios de barra se hallaban por toda la ciudad, pero abundaban más en el sector central. En torno a la Plaza Mayor había patios de barra o pelota. A principios del siglo XVIII hubo uno muy célebre conocido con el nombre de “El Canelón”.
Según la opinión de la Audiencia, la proliferación de gente “vagamunda y ociosa” influía en la excesiva afición por el juego, así como en la inseguridad callejera, ya que estos rufianes hacían lo que fuera preciso para procurarse los dineros que luego invertirían en los juegos de azar, sin excluir el asalto o el hurto. La pasión por este vicio funesto hacía que criados y esclavos robaran a sus amos para escaparse a la mesa de juego; que los estudiantes abandonaran sus libros y deberes; que los artesanos descuidaran sus labores, todos ilusionados con el repentino golpe de suerte que los redimiría. Se configuró entonces, aparte de los robos a casas y comercios, una práctica que bien podríamos considerar como un antecedente del “raponazo”, que consistía en que los maleantes arrebataban a los hombres sus sombreros y a las damas sus mantillas a fin de malvender estos objetos y contar con dinero para alimentar el vicio del juego. A su vez, las autoridades no dudaban en señalar la relación muy estrecha que había entre los lugares de juego y la compraventa de mercancías robadas.
Llegaron a darse, inclusive, casos tan absurdos y paradójicos como el de un patio de barra que funcionaba bajo los auspicios del Convento de Nuestra Señora del Carmen para que sus proventos sirvieran de renta destinada a las monjas. El piadoso destino del patio no impedía que dentro de él circularan profusamente toda clase de objetos mal habidos. Las autoridades entraron en sospechas y practicaron un allanamiento sorpresivo. Hallaron dentro del patio cerca de cien clientes, todos los cuales trataron de escapar, no sin antes arrojar por sobre las tapias y por una ventana los objetos comprometedores. Luego de arrestar a no pocos parroquianos del patio, los alguaciles dispusieron “picar” el campo y decretar su cierre. No obstante, el convento no cejaría en su empeño por reabrirlo. Argumentaba el prior tener fincados en el “patio” más de 4.000 patacones que un padre deseoso de tener a sus hijas en el convento les había puesto como dote. La Audiencia, en un gesto de ingenuidad, aceptó la reapertura del patio con la condición de que en su recinto “no se permitieran juegos ilícitos”.
En un informe de las autoridades se hacía constar que en su casi totalidad los asistentes de los patios eran “mestizos, mulatos, negros esclavos” que abandonaban sus quehaceres por “estarse encerrados en dichos patios de barras de la mañana a la noche”.
El Cabildo, por su parte, fue un enemigo encarnizado de los patios pero poco fue lo que logró para erradicarlos. Además, no sólo los patios constituían problema. Lo peor en este sentido era, como ya lo dijimos, el arraigado hábito de los dados y las barajas que se podían jugar en cualquier sitio recatado (cocinas, chicherías, trastiendas y otros lugares insalubres y sórdidos).
En el año de 1703 el Cabildo arremetió en debida forma contra los patios de barra declarándolos virtualmente ilegales al imponer 50 días de cárcel y una sanción pecuniaria a los patrocinadores de patios con un aditamento de azotes si el culpado era de, humilde condición.
También, existían establecimientos de mayor categoría donde se practicaba el truco (billar). En ellos eran permitidos los juegos de damas, tablas reales y chaquete, así como el ajedrez. Pero había limitaciones tales como la prohibición de que asistieran hijos de familia y criados y jornaleros en días laborables.
En 1718 el Arzobispado, que veía con angustia la vida disipada de los clérigos y en especial su afición desmedida por el truco, logró que las autoridades impusieran multas de doce pesos a los dueños de establecimientos que admitieran en ellos la presencia de eclesiásticos.
Los salones donde se jugaba el truco estaban situados de preferencia en torno a la Plaza Mayor. Lógicamente, los viernes, días de mercado, su actividad se incrementaba al máximo, así como la de las chicherías. Por ejemplo, en la manzana primera de la calle del comercio se encontraban abiertas, hacia finales del XVIII, en los números 40, 41, 45 y 47, cuatro mesas de truco y, billar más o menos agrupadas en un sólo sector.
Por otra parte, los festejos religiosos y otros regocijos públicos eran las grandes ocasiones para que los santafereños dieran rienda suelta a su pasión por el juego. Durante las carnestolendas, las chirriaderas, las corridas de toros y las fiestas de Corpus, San Pedro, Egipto, Nuestra Señora del Campo y otras, llegaban en tropel los bisbiseros y otros empresarios de juegos a instalar sus tenderetes en lugares estratégicos.
El bisbis, un juego muy común en ciudades coloniales, era una especie de ruleta y se llevaba a cabo en un tablero o lienzo dividido en casillas con números y figuras, en cada una de las cuales colocaban los jugadores apuestas. Sacado a la suerte el número de una de aquéllas, el banquero pagaba al jugador favorecido su apuesta multiplicada, mientras que los demás perdían las suyas.
En estas ocasiones los santafereños, sin distinción de rangos, clases o razas, se agolpaban ante estas mesas, donde apostaban sumas tan gruesas que muchas veces los llevaban a la total bancarrota. Dice un documento:
“Poco tiempo hace que una infeliz mujer con ocasión semejante vendió su casa con perjuicio de los hijos y lo consumió en ese juego entregándolo a las manos de los bisbiseros. Y de estos ejemplares dolorosos se podrían recordar muchos”.
Existen numerosas cédulas reales sobre juegos. Unas limitan drásticamente el monto de las apuestas, otras prohíben las casas de juego, otras proscriben el juego a los funcionarios públicos aun en sus residencias particulares.

1 comentario:

Patton dijo...

Algunas cosas nunca cambian.... si acaso se ven un poco diferentes o evolucionan.