jueves, 19 de octubre de 2006

El Teatro Maldonado

El directo antecesor de nuestro actual Teatro Colón fue el Coliseo, construido por los señores José Tomás Ramírez y José Dionisio del Villar en las postrimerías de la Colonia. Uno de los principales compromisos de estos empresarios con las altas autoridades virreinales era el de ofrecer al público “una comedia con sainete y tonadilla todos los jueves y domingos del año exceptuando los de cuaresma “.
También se comprometían en forma solemne Ramírez y del Villar a aceptar antes del montaje de cada comedia nueva la presencia de un censor designado por el Virrey que examinara la obra a fin de expurgarla de cualquier pasaje que atentara contra la moral católica, las buenas costumbres o el respeto debido a Su Majestad.
El censor, por supuesto, estaba facultado inclusive para vetar la comedia. Otra exigencia que se hacía a los empresarios era que los asientos del corral (hoy platea) tuvieran la debida distancia entre los asignados a los hombres y los que se destinaban a las mujeres. Cumplidos estos requisitos el Virrey otorgó el permiso e inclusive ofreció generosamente la banda del Batallón Auxiliar para amenizar las noches de comedia.
Siguiendo los planos del Teatro de La Cruz de Madrid, se dio comienzo a la construcción dirigida por el arquitecto español Domingo Esquiaqui. No concluía aún la obra y apenas entoldado el corral, se hicieron las primeras representaciones en 1792. Y vinieron más reglamentos. El juez de policía, oidor Juan Hernández de Alba, expidió un prolijo código de normas para reglamentar en todos sus aspectos la asistencia al Coliseo.
Entre 1797 y 1816 hicieron las delicias del público bogotano dos distinguidas damas españolas notables tanto por su talento histriónico como por su bella voz. Una era Doña Rafaela Isazi, casada con José María Lozano, segundo Marqués de San Jorge. Doña Rafaela era natural de Jerez de la Frontera por lo cual, desde que empezó a actuar se le conoció corno “La Jerezana”. La otra era Doña María de Los Remedios Aguilar, casada con el oficial e ingeniero español Eleuterio Cebollino. Por ese motivo fue conocida en las tablas como “La Cebollino”. Estas dos señoras poseían un notable conocimiento del teatro clásico español y representaron en el Coliseo numerosas comedias y dramas de Lope de Vega y Calderón de la Barca, y sainetes de Ramón de La Cruz. Se sabe que el público las aplaudía con delirio especialmente cuando cantaban tonadillas. Esta magnífica pareja de actrices y cantantes se disolvió en la época del terror, cuando el esposo y un hermano de “La Cebollino” fueron ajusticiados por los tribunales de Morillo, a raíz de lo cual Doña María de Los Remedios optó por regresar a España.
En el período del terror hubo un contraste truculento. Mientras los pacificadores fusilaban patriotas casi a diario, también, y por orden de Morillo, se celebraban bailes en el Coliseo, con los cuales procuraba el verdugo, por una parte, dar una cierta apariencia de normalidad, y, por otra, hacer lo posible porque la ciudadanía fraternizara con los españoles. El propio Morillo asistía ocasionalmente al Coliseo.
En 1835 vino a la capital el primer elenco dramático realmente profesional que conoció esta ciudad. Era la compañía de Francisco Villalba. Antes sólo actuaban en el Coliseo aficionados de muy escasa o ninguna capacitación escénica. Había uno de esos aficionados que era muy popular en Bogotá más por las barbaridades que solía decir en el escenario que por su preparación como actor, la cual era absolutamente nula.
El personaje se llamaba Don Chepito Sarmiento, que se desempeñaba en la vida real como portero del Palacio Presidencial. Dice de él Don José Caicedo y Rojas que era el rey de la escena con su compañía formada por unos pocos aficionados de su misma clase, o sea, sin la menor educación teatral ni literaria, como si fueran pocas las innumerables carencias de Don Chepito como actor, tenía además una memoria deplorable.
Los estudiantes del San Bartolomé y el Rosario aprovechaban las fiestas de fin de año para representar obras de teatro. Corría el año de 1823 y el fervor de la recién lograda Independencia produjo una vigorosa erupción de corrientes liberales que se pronunciaron abiertamente contra el fanatismo y la intolerancia heredados de tiempos coloniales. Lógicamente uno de los canales más expeditos que dicha reacción encontró para expresarse fue el teatro. Con una clara y beligerante intención política, los estudiantes bartolinos, que se caracterizaban por sus ideas avanzadas, montaron en el Coliseo la tragedia Mahoma o el Fanatismo, de Voltaire. Esta representación, como era de esperarse, produjo una virulenta reacción por parte de los sectores clericales y retardatarios de la ciudad.
Fue tal el entusiasmo progresivo que despertó el teatro entre los bogotanos, que a partir de 1825 se levantaron pequeños tablados o escenarios populares en algunos puntos de la ciudad. Fenómeno en general bien recibido ya que se hablaba de él como un encomiable intento de llevar la cultura al pueblo. Los estratos populares dieron una generosa respuesta a este esfuerzo por “descentralizar” el teatro. Y es digno de notarse cómo, debido a su muy precario nivel cultural, las masas vivían el espectáculo con una absoluta ingenuidad, y por lo tanto con un ardor y con una intensidad de que eran lógicamente incapaces las gentes más cultas.
A propósito de esto, hay una anécdota real y ciertamente deliciosa que trae Caicedo Rojas. Ocurrió que en la llamada “Gallera Vieja”, ubicada en lo que es hoy la esquina de la calle 8a. con la carrera 11, un grupo de artesanos aficionados presentó la tragedia en verso y en cinco actos titulada “La Pola”, de la cual era autor el señor José María Domínguez, distinguido abogado bogotano que ejercía la literatura en sus ratos libres. El anuncio de esta presentación provocó interés entre otras razones porque, por tener lugar en el año de 1826, la mayoría de los bogotanos había vivido los sombríos tiempos de Sámano y acaso algunos de ellos habían presenciado el inicuo fusilamiento de la heroína. El rudimentario teatro estaba, pues, totalmente repleto. La tensión y la angustia del público crecían, en medio de las largas parrafadas líricas del autor, a medida que se aproximaba el clímax. Llegó el momento en que Policarpa Salavarrieta fue sentenciada a muerte por los esbirros del Virrey, puesta en capilla y conducida al patíbulo. En ese momento estalló la hasta ahora contenida compostura de la audiencia, la estruendosa vocinglería de los asistentes que lanzaban toda clase de improperios contra los tiranos y exigían como mínimo la conmutación de la pena capital a Policarpa. En vano trataron el director escénico y los actores de aplacar las iras del público y explicar que se trataba de una ficción dramática. Las imprecaciones no cesaban y a cada momento se hacía más evidente que los iracundos espectadores no tardarían en pasar de los alaridos a los hechos y que, por lo tanto, se lanzarían desaforadamente sobre el escenario para liberar a La Pola. En consecuencia, los actores tomaron la prudente decisión de suspender el fusilamiento y volver a conducir a la heroína a la cárcel. A continuación, un actor regresó al escenario para informar al público que el fusilamiento ya no se realizaría. Sin embargo, ni siquiera este piadoso anuncio consiguió que los patrióticos espectadores le perdonaran el crimen que había estado a punto de cometer. El primer impacto que recibió fue un trozo de panela en el ojo izquierdo, al cual siguieron muchos más proyectiles de muy variada dureza. El infeliz hubo de buscar refugio detrás del escenario para salvarse de quedar mal herido.
El 7 de junio de 1828 el Coliseo presenció lo que no vacilamos en calificar como el estreno más importante que produjo la escena bogotana en la primera mitad del siglo XIX y probablemente en la segunda. Ese día Luis Vargas Tejada dio a conocer al público de Bogotá su sainete Las Convulsiones, tremenda sátira contra la epidemia de los fingidos ataques de histeria que sobrevenían a las jovencitas en aquella época, y de contera contra otros personajes típicos y aspectos característicos de la sociedad capitalina de entonces.
Las Convulsiones fue un éxito arrollador en su estreno. Pero eso no es ni de lejos lo más significativo. El valor de esta pieza cómica es que hoy, años después, sigue conservando intactos el encanto, la frescura y todos los valores que percibieron en ella los bogotanos de 1828. La gran literatura es la que no nace y muere como flor de un día. Las Convulsiones es una comedia sencillamente magistral por el dominio que su autor muestra del manejo escénico, por su imaginación y destreza en la creación y conducción de los personajes, por su impecable factura literaria, por el humor alucinante que impera en todos sus pasajes y en general por la comprobada perennidad de los materiales con que está construida. Dentro de la pobreza desoladora que es rasgo común de la literatura colombiana en la primera mitad del siglo XIX, Las Convulsiones es un promontorio insular y por lo tanto extraño. Como no es hoy, por suerte, una pieza arqueológica sino que, al contrario, sigue siendo representada con relativa frecuencia y es apetecida por directores y actores para probar su destreza y sus atributos escénicos, hablar de esta maravillosa comedia no es un mensaje exótico. De todas maneras no sobra recordar que su asunto se desarrolla en la Bogotá de 1820 a 30 y que su tema es precisamente una rica y joven heredera santafereña (Crispina) que tiraniza sin piedad a su padre Gualberto, a su servidumbre y a todos cuantos la rodean con las supuestas convulsiones que la atacan en el momento en que algo o alguien obstaculiza en lo mínimo las manifestaciones arbitrarias de su voluntad. La comedia se desarrolla en medio de peripecias hilarantes, todas trazadas con mano maestra, y concluye en que el padre, ya desesperado, implanta el orden en la casa poniendo fin violentamente a las viarazas de su hija.
No fue Luis Vargas Tejada el único autor colombiano que representó obras suyas en el Coliseo. Entre otros muchos que lo hicieron podemos destacar a personajes tan notables como José Fernández Madrid, José María Quijano Otero, Manuel María Madiedo, Lázaro María Pérez, José María Samper, Felipe Pérez, Santiago Pérez, Medardo Rivas, Constancio Franco, Angel Cuervo y Carlos Arturo Torres. Sin embargo, sus obras, aunque no carentes algunas de cierto mérito, han pasado derecho por los agujeros de ese tamiz inexorable que es el tiempo para perderse en un olvido casi total,en contraste con la vigencia inmarchitable que conserva Las Convulsiones.

2 comentarios:

Patton dijo...

Como siempre, interesantísimo. Buenísimo lo de la fusilada de la Pola.

Anónimo dijo...

Dos preguntas con respecto a la imagen;1.Quien es el autor? 2. Es el teatro maldonado o el coliseo?