sábado, 14 de octubre de 2006

Las Fiestas y Diversiones de Antaño


Antes de la Independencia había dos clases de regocijos públicos: los tradicionales de índole religiosa y los profanos, todos los cuales tenían relación con acontecimientos importantes ocurridos en la metrópoli tales como la coronación de un nuevo rey, los nacimientos de los príncipes, los matrimonios de éstos y de las infantas o la llegada a Santa Fe de un nuevo virrey. Estas últimas celebraciones fueron sustituidas después de la Independencia por el 20 de Julio y el 7 de Agosto.
Como un ejemplo típico de las fiestas no religiosas se puede citar el testimonio del cronista José María Caballero sobre las festividades que tuvieron lugar en la ciudad con motivo de la llegada del virrey Antonio Amar y Borbón. Refiere el autor que con tal motivo hubo corridas de toros, globos al aire, iluminación de las calles, bandas de música, fuegos artificiales y un baile de máscaras en el Coliseo. Esto sucedió a principios de 1804. A fines de 1807 se celebró el cumpleaños de la Virreina con corridas de toros y una comedia en el Coliseo. Más adelante, en febrero de 1808, llegó a Santa Fe con el inevitable retardo, la noticia del triunfo obtenido por los fieles vasallos de la ciudad de Buenos Aires contra la expedición invasora que envió a ese puerto la corona británica con el propósito de arrebatar los valiosos territorios del Río de la Plata a España. Inmediatamente el virrey Amar hizo publicar un bando en el cual se decretaban varios días de fiestas para festejar la victoria lograda contra la más agresiva potencia rival de la corona hispánica.
En esta oportunidad hubo vistosos desfiles ecuestres, ornamentación de las calles principales, campanas al vuelo, fuegos artificiales, bandas de música, lidia de toros, bailes y festines. Un poco más adelante, en junio, se celebró con regocijos similares la coronación de Fernando VII.
Poco o nada variaron estas festividades en sus modalidades principales después de la Independencia. El 20 de Julio de 1811, primer aniversario de la revolución, hubo cohetería, globos, bailes, comedias e iluminación por tres días de la ciudad. Durante la Patria Boba hubo notable profusión de celebraciones públicas.
Caballero cuenta de unas en 1812 en que las gentes salieron disfrazadas a la calle. Dice: “ El 19 de enero de 1813 tuvo lugar la celebración de la victoria bogotana sobre Baraya y los federalistas. Se armó una gran tienda de campaña en el llano de San Victorino, donde el Presidente Nariño almorzó con todo el ejército. Vinieron luego los toros, un baile en casa del Presidente y uno popular en la misma tienda de campaña, al cual concurrieron unas 600 personas.
Las últimas grandes festividades de la Patria Boba tuvieron lugar el 20 de Julio de 1815 con la única diferencia de que en esta oportunidad el poder estaba en manos de los federalistas o “carracos”.
En otro lugar de su diario cuenta Caballero que ya en 1815 los santafereños fueron privados por decreto del placer de los fuegos artificiales debido a que la totalidad de la pólvora que se producía empezó a ser destinada a las necesidades del ejército.
Durante el terrorífico régimen de Morillo, el Pacificador ofreció un baile que fue en esencia un vituperable alarde de sadismo puesto que a él fueron invitadas una serie de damas santafereñas cuyos padres, maridos, hijos y otros deudos habían sido sacrificados por patriotas, aguardaban la misma suerte o estaban en exilio o prisión. Las infelices tuvieron que acudir al convite no obstante la tribulación y la pesadumbre que las agobiaba y fingir amabilidad y cortesía con el verdugo de sus seres más queridos. En mayo de 1817, bajo el no menos sanguinario régimen del virrey Juan Sámano, hubo varios días consecutivos de festejos para celebrar el matrimonio de Fernando VII. Se dieron los consabidos bailes, toros, globos, fuegos de artificio, etc.
En la misma celebración del año siguiente, acaso por influencia de la Legión Británica, el público bogotano, atávicamente tan aislado del mundo, tuvo su primer contacto con el genio incomparable de William Shakespeare. En efecto, en la noche el Coliseo se llenó en su totalidad de bogotanos ansiosos de ver la representación de Otelo que tuvo lugar allí.
Como aspecto curioso debemos anotar que desde entonces existió en Colombia la preocupación por el traumatismo laboral que causaba el exceso de fiestas, contra el cual se pronunció el Congreso de Cúcuta. Sin embargo, ocurrió lo de siempre. Las disposiciones del Congreso fueron habilidosamente burladas y el ocio por cuenta de las fiestas continuó. Otro dato es que parte de las fiestas celebradas en 1822 consistió en la ostentosa manumisión de trece esclavos.
Las fiestas de 1823 fueron mucho más sobrias y ricas en resultados positivos para la comunidad. Se abrió la nueva Biblioteca Nacional, 33 esclavos fueron manumitidos, se hicieron varias representaciones teatrales y se sorteó una lotería a beneficio de los mendigos.
Los toros, eran el común denominador de todas estas celebraciones, constituían entonces un espectáculo que distaba mucho de la lidia ortodoxa y encuadrada dentro de severos reglamentos que ya entonces se practicaba en España y que con algunas variaciones conocemos hoy. Era un zafarrancho bárbaro muy similar a las caóticas “corralejas” que hoy se realizan en la zona interior de nuestro Litoral Atlántico. No había diestros y, en consecuencia, a los toros se enfrentaban todos los espontáneos que tuvieran a bien hacerlo una vez que el aguardiente o la chicha les infundían el valor necesario. Desde luego, como Bogotá no disponía de un coso taurino específico, para tal efecto se cercaban las principales plazas de la ciudad, especialmente la Mayor, y alrededor se levantaban graderías rudimentarias. Y allí tenía lugar el pandemonio. Jinetes que pinchaban a los toros con rejones y banderillas; otros cuyo objetivo era agarrarlo por la cola y derribarlo; muchos que se les enfrentaban a pie. Y con relativa frecuencia, uno que otro que pagaba con la vida su torpeza en esta lidia improvisada.
Otra de las diversiones populares que gozaban de arraigo en Bogotá era el juego de tejo o turmequé, de origen muisca, cuyas características no han variado hasta nuestros días. Una que hoy es netamente popular pero que entonces contaba con el favor de todas las clases sociales era la riña de gallos, hasta el punto de que personajes del alto mundo social y de los negocios criaban gallos de pelea y asistían puntualmente a las galleras donde se cruzaban apuestas por sumas muy elevadas. Asimismo el juego de bolos mantenía una fuerte hinchada que lo practicaba con gran asiduidad.
El 25 de julio de 1825, para celebrar el primer aniversario de la victoria de Ayacucho, tuvo lugar en Bogotá una sensacional innovación que puso aún más en evidencia el vigoroso influjo que venían ejerciendo los ingleses sobre la cultura y las costumbres de la naciente República. Me refiero a las carreras de caballos. Con toda la solemnidad debida se celebraron las primeras competencias ecuestres “a lo inglés” en la quinta llamada “La Floresta”, en las afueras de Bogotá. Como inspectores del evento fueron designados Don Pedro Gual, Secretario de Relaciones Exteriores; Don José Manuel Restrepo, Secretario del Interior; el coronel inglés Campbell, y el Señor James Henderson, Cónsul General y Encargado de Negocios de Su Majestad Británica en la Nueva Granada respectivamente. Otro inglés, el doctor Mayne, fue nombrado como secretario de las carreras y un judío, de apellido Leidersdorf, como depositario de las apuestas. La longitud de la “pista” era de dos millas y había un reglamento que establecía todas las normas referentes a las apuestas. Varios distinguidos ciudadanos nacionales y extranjeros poseedores de caballos los inscribieron para las competencias. Pero el que en principio se impuso sobre los demás y obtuvo por lo tanto jugosos premios, resultó ser el caballo “Ayacucho” de propiedad del cónsul Henderson. Otros caballos que también ganaron carreras y por ende buenas bolsas para sus propietarios fueron “Pichincha”, del señor Samuel Sayer, “Pepper”, del señor Juan Bernardo Elbers y “Waterloo” del doctor Mayne.
Fue tal el entusiasmo que despertó en Bogotá el espectáculo de las carreras ecuestres, que de inmediato se convocó a un grupo de connotados personajes nativos y foráneos con el fin de acordar las bases para establecer en forma regular y permanente dichas competencias en la capital. De esas reuniones preliminares salió la fundación del llamado “Club para las carreras de Bogotá”, antecesor lejano del actual Jockey Club. Como patrono del Club fue acordado por unanimidad el vicepresidente Santander; como presidente de la junta directiva el Cónsul Británico y afortunado poseedor del caballo “Ayacucho”, señor James Henderson; y como miembros de la Junta los colombianos Juan Manuel y Manuel Antonio Arrubla, Luis Montoya, Joaquín París, Ricardo Santamaría y Bernardo Alvarez, y los extranjeros Cade, Mamby, Bendel y Elbers. Como Secretario se nombró a un judío de apellido Levy. Además de proporcionar a los ciudadanos una diversión muy atractiva, este Club fue de notable utilidad para incrementar la influencia de los ingleses en nuestra sociedad. Sin embargo no resultó muy larga la vida de este primer Jockey Club, puesto que sus fundadores cometieron el error de promover y poner en marcha tan brillante negocio sin darle participación alguna al fisco municipal que, naturalmente, puso el grito en el cielo. Y como si esto fuera poco, también el largo brazo de la Iglesia católica se unió al del municipio en su guerra contra las carreras de caballos, a las que sus pastores dieron en llamar “diversión de protestantes”. La consecuencia final fue que las carreras de caballos sufrieron en Bogotá un receso de muchos años.
Contra ellas se argumentó también que estimulaban el vicio del juego, el cual, preciso es reconocerlo, estaba sumamente arraigado entre los bogotanos. En efecto, no había arbitrio imaginable al cual no recurrieran para procurarse el placer de los juegos de azar. Los apasionaban los juegos de barajas en su infinita variedad, los dados, la ruleta y, por supuesto, las riñas de gallos. Se jugaba en las casas, en las calles, en donde fuera posible.
Informa Mollien que en 1823 un astuto francés alcanzó a tener todo listo para abrir en la ciudad un casino típicamente parisiense, con tan mala suerte que el Vicepresidente Santander, convencido de que la tal casa de juego sería un diabólico instrumento para acabar de pervertir a los capitalinos, conminó al francés para suspender de inmediato los preparativos de la apertura de su centro de tahúres y le exigió abandonar cuanto antes el país bajo pena de graves sanciones. Sin embargo, medidas como esta no fueron eficaces para poner coto a la pasión de los bogotanos por los juegos de azar. No se puede dejar de anotar el hecho significativo de que el frenesí de las mujeres por el juego igualaba y en ocasiones superaba al de los hombres. Resulta sintomático recordar que el General Rafael Urdaneta perdió a los naipes en una sola noche la gruesa suma de $20.000. En cuanto a las riñas de gallos, también alrededor de este espectáculo se movían cantidades considerables de dinero, de las cuales es una muestra elocuente el hecho de que hubo propietarios de gallos vencedores que llegaron a ganar hasta $2.000 en una riña. Los señores que concurrían a las fondas siempre llevaban barajas en el bolsillo para jugar en las mesas. Por otra parte, según constató el diplomático sueco Gosselman, proliferaban en Bogotá numerosas casas clandestinas de juego que, aunque duramente reprimidas por la policía, especialmente por el implacable Ventura Ahumada, continuaron funcionando y “desplumando” a los capitalinos.
En relación con el juego, hay una anécdota picante que cuenta el General O´Leary en sus memorias.
Estando el Libertador de salida de Bogotá hacia Venezuela con el fin de solucionar el problema de la insurrección de Páez, pernoctó la primera noche en “Hato Grande”, la hacienda que ya había pasado a manos del Vicepresidente Santander. La siguiente noche la pasó en “Boyta”, que pertenecía a Luis Montoya. Con Bolívar estaban Santander y los señores Arrubla y Montoya, que fueron los comisionistas y negociadores del colosal empréstito contratado en Inglaterra dos años atrás. En la velada los cuatro decidieron jugar una partida de cartas en la cual la suerte favoreció generosamente al Libertador. Ya tarde en la noche, cuando las ganancias obtenidas eran considerables, Bolívar interrumpió por un momento el juego y, haciendo derroche de un humor ácido y punzante, dijo a sus compañeros de mesa: “A este paso muy pronto voy a quedar de dueño del empréstito”. Esta frase, en apariencia inofensiva, era una clara y directa alusión a las provechosas especulaciones que, según se decía entonces, habían realizado Santander, Arrubla y Montoya con los dineros del empréstito inglés. Por supuesto Santander no la tomó a broma.
En diciembre de 1825 el periódico La Miscelánea felicitó efusivamente a Don Ventura Ahumada por haber prohibido los juegos de azar para las fiestas de fin de año. Igualmente le rogaba el articulista que prohibiera definitivamente las corridas de toros, a lo cual no llegó a atreverse el infatigable policía.
Los intensos esfuerzos de Don Ventura contra los juegos de azar tuvieron apenas un efecto transitorio. El francés Le Moyne cuenta que en los arrabales de la capital la plaza de la iglesia se convertía durante unos cuantos días en un verdadero campo de feria, donde al aire libre o bajo tiendas se instalaban puestos para la venta de carnes asadas, pasteles, frutas, chicha, aguardiente y fritos, y también cafés, restaurantes, juegos de dados y mesas de monte y de ruleta.
Pero no fue sólo Don Ventura Ahumada quien aplicó mano fuerte contra el juego y otros vicios. Durante el régimen de Santander también las autoridades mostraron una dureza inexorable contra tales lacras sociales. A mediados de octubre de 1836 Florentino González, que era entonces Gobernador de la Provincia de Bogotá, hizo publicar en el Constitucional de Cundinamarca la siguiente orden:
“Según se dice cuadrillas de jóvenes,... se reúnen en varias casas para entregarse a todos los excesos de embriaguez y de la prostitución ... los excesos que pasan en ellas los hacen en muchas ocasiones precipitarse ebrios al medio de las calles, y entonces la vigilante policía puede apoderarse de sus personas, ... Y para que por todos los medios se ocurra a cortar el mal, transcribo esta comunicación al Sr. Rector de la Universidad... ”.
Posteriormente, el 21 de enero de 1842, el mismo periódico informaba que las autoridades habían allanado una casa de pésima reputación dedicada principalmente a juegos clandestinos, donde habían sido sorprendidos frailes, clérigos, vagos, y empleados públicos.
Todavía a fines de siglo motivo de seria preocupación continuaba siendo para las autoridades la proliferación de los establecimientos clandestinos de juego. La ingenuidad de dichas autoridades en su cruzada contra las artes de los tahúres llegó a extremos tales que en 1881, la Asamblea del Estado Soberano de Cundinamarca aprobó una ley que ordenaba a las casas donde se practicara este quehacer vitando, que fijaran en la entrada un letrero muy visible con esta inscripción: “CASA SOSPECHOSA DE VICIO Y DESHONRA”. La tabla con estas palabras infamantes debía estar iluminada en la noche con un farol de gas o petróleo. Los garitos además estarían obligados a llevar una matrícula de todos sus jugadores habituales y a publicar sus nombres en el periódico oficial del estado. Asimismo, los empresarios de estos casinos debían pagar con sus propios recursos un policía que permaneciera dentro de la edificación hasta que partiera el último tahúr, con la finalidad de hacer guardar el orden y la mesura. Podrá suponerse el rigor con que los empresarios de juegos acataron estas pintorescas disposiciones. En cambio, lo que pensamos que sí pudo tener alguna efectividad fue una nota en que el Correo Nacional del 4 de septiembre de 1894 recordó a la ciudadanía que, en virtud de una ley de 1887, nadie estaba obligado a pagar deudas de juego.
Volviendo atrás, en 1828, para celebrar el pronunciamiento del pueblo bogotano en favor de la dictadura de Bolívar, la municipalidad decretó la celebración de regocijos populares que se prolongaron durante seis días y comprendieron las tradicionales corridas, los bailes y las comedias. En esa oportunidad se brindó también a las gentes el cruel espectáculo del “toro encandelillado”, que consistía en atar a los cuernos del animal trapos ensopados en materias inflamables a los cuales se les prendía fuego. Enseguida el animal era soltado por las calles a lo largo de las cuales corría atormentado por el fuego. Poco después, para celebrar un aniversario más de la entrada triunfal del Libertador a Bogotá después de Boyacá, se llevó a cabo un suntuoso baile de máscaras en el Coliseo. Este baile, fue la oportunidad que programaron los conjurados para dar muerte a Bolívar al socaire del anonimato que daban los disfraces. Una casualidad enteramente fortuita salvó la vida del Libertador, quien nuevamente volvió a estar en grave peligro en la noche del 25 de septiembre de 1828.
Vale anotar que durante el segundo gobierno de Santander quedaron minimizadas las celebraciones del 7 de Agosto por considerar que darle cualquier relieve a la fecha de la Batalla de Boyacá era dárselo a la memoria de Bolívar.
Aunque al finalizar el siglo XIX Bogotá se asomaba en algunos aspectos al XX, parecía que en otros hubiera retrocedido, acaso bajo el influjo de la Regeneración. Veamos algunos casos.
Las fiestas nacionales cambiaron. Dejaron de ser aquellas espontáneas y jubilosas manifestaciones de artesanos para convertirse en programas previamente acordados en todos sus detalles, y como tal ejecutados.
A partir de la penúltima década empezó a tomar fuerza el 6 de Agosto (aniversario de la fundación de Bogotá), fecha en que las gentes acudían en romería a la Catedral para admirar las reliquias de la primera misa oficiada por Fray Domingo de las Casas.
Al primer centenario del natalicio del Libertador se procuró darle el mayor esplendor posible y en ese año (1883) se inauguró el Parque del Centenario en cuyo centro se levantó un templete, obra del italiano Pietro Cantini. En su interior fue colocada una réplica de la estatua de Tenerani, que desde 1847 estaba colocada en la Plaza de Bolívar.
Otro episodio importante relacionado con las diversiones y festejos en Bogotá fue el de la reanudación de las carreras de caballos el lo. de enero de 1843, esta vez también promovidas y organizadas por ingleses y bogotanos. Las nuevas carreras tuvieron lugar en la hacienda “Campo Alegre” de propiedad de Don José María Portocarrero. El caballo vencedor era de propiedad de Don Evaristo Latorre, y al finalizar las carreras se echaron al vuelo seis globos. No obstante, estas festividades resultaron singularmente aburridoras para el pueblo bogotano pues el Gobierno, vencedor en la Guerra de los Supremos, en un verdadero paroxismo de furor moralizante, emprendió una cruzada contra toda clase de juegos, prohibió los toros y llegó a cuestionar seriamente los inocentes bailes del Coliseo por considerarlos peligrosos para la moral pública.
Recién hasta la penúltima década del siglo comenzó a reglamentarse en Bogotá la fiesta brava. En 1893 se expidió un decreto por el cual se prohibía dar muerte al toro durante las corridas, así como consumir licores en las graderías. En 1896 fue inaugurada, cerca de la Plaza de los Mártires, una rudimentaria plaza de toros de madera.
Mal podría dejar de aludir al primer circo extranjero con animales que llegó a Bogotá. Se llamaba el “Stimpson and Handy”, que hizo su estreno en Bogotá a finales de 1831. Su especialidad era la acrobacia ecuestre.
El baile constituyó, por supuesto, una de las formas comunes de diversión para los bogotanos de entonces hasta el punto de que en el año de 1842 se intentó institucionalizar y regularizar los bailes de abono o suscripción en el Coliseo con el ánimo de que se realizaran el último domingo de cada mes. Se sabe que las personas con mentalidad abierta y liberal acogieron en forma muy favorable esta iniciativa. Se llegó a publicar inclusive en el Constitucional de Cundinamarca del 3 de julio de ese año una especie de reglamento en el que se establecían normas tan simpáticas como esta:
“Se advierte que cada familia no puede llevar sino un sirviente o criada, sin que éste pueda entrar por ningún motivo al salón, pues deberá permanecer en los palcos, y se advierte igualmente que al salón no puede entrar ningún hombre que no esté en cuerpo, en traje de baile y con zapatos”.
Lamentablemente la gazmoñería abrió fuego cerrado contra la iniciativa de los bailes y, como tantas otras veces, ganó la batalla. Damos a continuación la muestra de una de las arremetidas que contribuyeron a echar por tierra esta idea sana e inocente cuyo único propósito era nada más que fomentar la sociabilidad de los bogotanos y su capacidad de roce con los demás.
Ocurrió que un padre de familia tan severo como timorato, a raíz de algún leve incidente que ocurrió en uno de los bailes, publicó en el Constitucional de Cundinamarca de mediados del mismo mes de julio un remitido furibundo contra los bailes en el que decía:
“Tales acontecimientos son naturales en ciertas clases de reuniones, y más natural nos parece que algunos padres de familia hubieran evitado a sus inocentes hijas el roce con personas que dando frecuentes escándalos han dejado al fin de ser acreedoras a la estimación pública Creemos haber dicho lo bastante para que nuestras queridas paisanas no continúen en adelante asistiendo sin examen ni reflexión a lugares donde están expuestas a recibir un insulto, si es que no quieren autorizar con su condescendencia el poco aprecio que se les manifiesta al convidarlas para que alternen con toda clase de personas ”.
Desde luego no había tal “toda clase de personas”, puesto que los bailes se habían organizado con un criterio altamente selectivo. Lo que ocurría era que los impugnadores de esta idea se horrorizaban de sólo pensar en que las pacatas niñas bogotanas abandonaran una vez al mes el rígido claustro familiar para sumergirse en un baile público que estos censores inquisitoriales imaginaban similares a las orgías de Sodoma o de Nínive. El efecto final fue la suspensión de esta sala de baile en el mismo año de 1842.
El 27 de septiembre de 1843 los bogotanos vivieron una emoción sin precedentes cuando vieron traducido a la realidad el mito de Icaro sin consecuencias trágicas: fue la primera vez que vieron a un hombre volando, el primer día que un objeto más pesado que el aire se remontó por los altos aires sabaneros ante el asombro y el estupor de las gentes. El protagonista de este espectáculo inusitado era un argentino, algo aeronauta y mucho aventurero, que exigió primero una suscripción de $ 1.000 como condición previa para brindar a nuestros antepasados la emoción indescriptible de verlo subir hacia las nubes a bordo de un aeróstato. Rápidamente reunieron los bogotanos la suma exigida por José María Flórez (ese era el nombre del argentino) y aguardaron el trascendental acontecimiento. Flórez había fabricado su propio globo en Bogotá y en la fecha ya anotada arrancó del claustro del Rosario hacia las alturas. En este punto cedo la palabra a dos periódicos, El Día y el Constitucional de Cundinamarca, para transcribir todas las vicisitudes y peripecias del primer vuelo que presenciaron los santafereños:
“A las nueve y media de la mañana hizo su viaje aéreo el Sr. José María Flórez en un globo de lienzo, de 25 varas de alto y 15 de ancho; elevóse como 650 varas castellanas ... sin paracaídas, sin la red que asegura la barquilla, sin gas ... apareció sobre las más altas torres de la capital en un globo inflado con humo, suspendido él mismo en una débil barquilla atada con soga bajo el fuego de las canastilla ... Una barquilla de media vara de alto, y sostenida por cuatro cuerdas, era todo el apoyo que llevaba; en la mayor altura a que subió vióse en grande peligro ... cuando de repente desprendiéndose una de las banderas principió a salir humo, se inclinó la barquilla y aparecieron las llamas sobre ella, dando muestras de un accidente desgraciado, aterrador e inevitable que iba a causar la muerte desastrosa de Flórez, el que en el mismo instante vimos lanzarse de una altura inmensa por una cuerda que casi no se divisaba, apareciendo este hombre suspendido en el espacio sólo por la fuerza sorprendente de sus brazos ... y todo esto se verificaba en el momento en que el globo descendía rápidamente sobre la tierra, llenándonos de pavor y de compasión por el infeliz cuya vida creímos terminada trágicamente. Pero la Providencia quiso que no fuese así, y Flórez descendió sin novedad sobre un tejado en la manzana de San Juan de Dios ...” A los pocos días el aventurero repitió su espectáculo, con mejor suerte esta vez.
Muchas y muy intensas tuvieron que ser las emociones de los bogotanos que presenciaron el accidentado vuelo del argentino Flórez. Pero acontecimientos como éste eran realmente insólitos en la ciudad y la vida en materia de diversiones era tediosa y rutinaria como lo atestigua un artículo muy pintoresco aparecido en el periódico El Día a fines de 1844 y que su autor tituló Una Noche de Luna en Bogotá. El articulista refería que los bogotanos no adictos a los juegos de azar ni a la bebida tenían como única entretención asistir los sábados y domingos a la retreta frente a la casa del Ejecutivo nacional o provincial, algunos pocos a los billares, otros a dar un paseo por la alameda, en las afueras de la ciudad, y el resto ... a los sermones de las iglesias. Esporádicamente había temporada en el teatro de la ciudad, de resto, los amantes de la cultura sólo contaban con “un museo sin miriñaques y una biblioteca ”.
Algunas de las otras diversiones sanas de los bogotanos de entonces que no eran beodos ni tahúres ni se iban de gallera los domingos eran los almuerzos campestres a las orillas de los riachuelos que bañaban los campos de San Victorino, San Diego, Fucha y otros. O disponiendo de más tiempo, podían realizar el más atractivo de todos sus paseos que era el del Salto de Tequendama cuya finalidad esencial era, obviamente, admirar durante largas horas la majestuosa catarata. Además, el máximo orgullo de los capitalinos era invitar a sus huéspedes extranjeros a dicho paseo para ufanarse enseñándoles la cascada. Y evidentemente en esto no andaban equivocados nuestros mayores pues, en efecto, el soberbio espectáculo del Tequendama sí dejaba pasmados a los visitantes foráneos, muchos de los cuales dejaron escritas las impresiones de su visita al Salto.
Los paseos extra-urbanos continuaron siendo hasta fines de siglo la misma costumbre bogotana arraigada y tradicional que venía desde tiempos coloniales. Al terminar la centuria había paseantes que trepaban hasta Agua Nueva, Egipto y Belén para “contemplar desde allí nuestra espléndida Sabana, en cuyo último término aparecen radiantes los nevados de Santa Isabel, Quindío y Tolima, prueba inequívoca de la diafanidad y pureza de nuestra atmósfera”. Este comentario, que tanta nostalgia puede suscitar en la actualidad, lo hacía El Orden en su edición del 1 de febrero de 1887. Nunca pudo pensar el redactor de esta noticia idílica hasta qué punto estaría enrarecido y corrompido ese mismo panorama años después.
Igual que hoy, solían no pocos bogotanos de fines de siglo marchar a pasar temporadas en tierra cálida. El Telegrama del 15 de enero de 1891 informaba acerca de la masiva afluencia de bogotanos a Villeta en esas vacaciones, la que llegó a adquirir tales dimensiones, que hubo épocas en que era virtualmente imposible conseguir hospedaje o casas de hotel. Por otra parte, los periódicos de 1893 informaban cómo los capitalinos ya se estaban valiendo del incipiente servicio ferroviario para hacer sus paseos, especialmente en diciembre. También los vientos de agosto eran aprovechados para salir a campos y montañas a echar las cometas al vuelo.
La retreta pública fue una diversión tradicional que se prolongó hasta entrado el siglo XX, cuando, de sitios céntricos como el Parque de Santander, se trasladó al de la Independencia.
En 1881 y 1882, la prensa protestó reiteradamente contra la costumbre de ejecutar las retretas bajo los balcones del Palacio Presidencial, argumentando que con ese motivo allí se aglomeraba demasiada gente de baja estofa que a menudo terminaba provocando riñas a piedra, palos y bofetadas. Por otra parte, se quejaban los diarios de que las retretas impedían la cabal realización de las funciones que se programaban a la misma hora en el Teatro Maldonado (hoy Colón). Inclusive, los periódicos criticaban con acerbidad la actitud de los presidentes por no hacer entrar la banda a Palacio o enviarla a tocar a un parque público, evitando así los tumultos y desórdenes callejeros.
Volvieron a disponer los bogotanos de entonces de la diversión de las carreras de caballos, hacia las cuales había una ferviente afición. En 1891 la prensa dio cuenta de una fausta noticia para los hípicos se había inaugurado en Chapinero un “circo de carreras” con amplia capacidad y buenas comodidades.
Hacia 1894 hizo su aparición en Bogotá un nuevo deporte que apasionó a los capitalinos: el ciclismo. Se organizaron competencias y se suscitó en poco tiempo una afición. Cabe aquí anotar un hecho que hoy podría parecer curioso: el ciclismo fue en estos albores un deporte rigurosamente aristocrático y elitista debido a que no eran muy numerosos los jóvenes que podían permitirse el lujo de adquirir estos costosos artefactos importados.
El patinaje se inició en 1891 con muy buenos augurios, y hasta se alcanzó a habilitar una pista para el efecto. Sin embargo, los volubles bogotanos le dieron pronto la espalda al nuevo deporte que rápidamente entró en declive hasta casi extinguirse del todo.
El fútbol apareció también como un deporte elitista y al alborear el siglo XX se practicaba en el “Foot Ball Club” de Teusaquillo. En la prensa hay desde 1902 reseñas de las competencias, en las que se destacaba que los más ágiles y diestros jugadores habían practicado este deporte en Inglaterra.
En cuanto a las diversiones mecánicas, en 1898 la Alcaldía autorizó al señor Emilio Casanova para establecer frente al Parque del Centenario una montaña rusa y un carrusel.
Paradójicamente, Bogotá conoció en forma temprana tanto el cine, como lo que podríamos llamar el paleocine. El periódico Los Hechos, informaba el 14 de marzo de 1894:
“Con verdadero gusto hemos visto que el artístico kiosco de la cámara oscura que había en Chapinero ha sido trasladado al hermoso Parque del Centenario. Se ha formado una verdadera romería de familias que van a gozar diariamente de las espléndidas vistas animadas que presenta el mágico lienzo del kiosco. Adornos como este son dignos del mejor paseo de esta capital y recordarán a lo vivo a todos los que han visitado las grandes ciudades de Europa y de los Estados Unidos los bellísimos panoramas de los cuales este kiosco es fiel reproducción”.
Poco más tarde pudieron los capitalinos asombrarse ante el genuino invento de los Lumiére. En efecto, en agosto de 1897, la llamada “Compañía de Variedades” presentó en el Teatro Municipal la primera proyección cinematográfica que vio esta ciudad. No habían pasado aún tres años desde cuando los hermanos Lumiére habían enseñado a los no menos perplejos parisienses la magia del cinematógrafo.

1 comentario:

Patton dijo...

Como siempre, muy interesante ver como algunas cosas nunca cambian, y otras si lo hacen. Algo extenso, también.