martes, 7 de noviembre de 2006

El inicio de la Banca en Bogotá


Es un hecho altamente significativo dentro de la historia económica de Bogotá que ya en 1834 y en 1835, sucesivamente, los gobernadores de la provincia, Rufino Cuervo y José Mantilla, presentaran ante la Cámara Provincial exposiciones de motivos para solicitar la creación de un banco. En 1836 el mismo gobernador Mantilla volvió sobre el tema con argumentos más precisos y contundentes como aquel en que denunciaba la tasa exorbitante de interés que corría en el mercado como consecuencia de la reciente medida de liberación de la tasa de intereses, los cuales llegaban ya al 36% anual con tendencia a subir al 40%, en tanto que, según Mantilla, la agricultura, el comercio y la construcción, principalísimas actividades de los inversionistas de entonces, escasamente rentaban el 15%.
En junio de 1838 la Gaceta de la Nueva Granada informó alborozada sobre un proyecto, que luego se malogró, de crear en Bogotá un banco en asocio con una casa extranjera.
Una de las consecuencias deplorables y a la vez pintorescas de la ausencia de bancos en la ciudad era que las gentes se veían obligadas a guardar y ocultar el dinero en sus casas o negocios ingeniándose originales arbitrios para esconder sus monedas de oro y plata en lugares seguros. Cuando se presentaban guerras, revoluciones o conmociones políticas de cualquier naturaleza, la histeria colectiva subía de punto y las gentes, aterradas ante el espectro de las confiscaciones, multiplicaban los escondrijos y se esmeraban aún más en hacerlos inaccesibles a la más encarnizada pesquisa.
Cuenta en sus apuntes el francés Le Moyne la frecuente ocurrencia del caso de obreros que al derribar un muro por motivos de remodelación o demolición de casas se topaban con verdaderos tesoros en monedas.
Igualmente dio fe Le Moyne de la arraigada creencia popular según la cual lucecillas fantasmales, duendes errátiles y aun fantasmas espeluznantes rondaban patios y aposentos delatando con sus andanzas la existencia de tesoros ocultos entre los muros o bajo la tierra. Precisamente Le Moyne sorprendió una noche a un criado de su casa excavando febrilmente en procura de una valiosa guaca de cuya realidad no dudaba, ya que decía estar seguro de haber visto durante las noches anteriores unas luminarias andariegas rondando por el jardín.
Como la única moneda circulante era la de oro y plata hubo ocasión, en época de aguda escasez de metálico, en que el gobierno echó mano de ingeniosos recursos devaluacionistas para superar la deflación.
Fue el caso por ejemplo, de la coyuntura inmediatamente posterior al triunfo de la independencia, cuando por decreto de 28 de noviembre de 1820 el Vicepresidente Santander, muy alarmado por la escasez de circulante en el país, mandó admitir toda moneda de plata recortada que no hubiera perdido las tres cuartas partes de su contenido en metal; razón por la cual en muy corto tiempo no quedó en Bogotá una sola moneda que no hubiera sido recortada al menos en la mitad, pues toda moneda irregular de plata era de inmediato cercenada, doblando el valor para su feliz propietario, ya que cada mitad continuaba valiendo lo que la moneda entera.
Y esto de una manera enteramente legal. El gobierno con tal artificio logró doblar la masa monetaria que atendía las transacciones menores requeridas por el mercado interno, mientras al mismo tiempo preservó la moneda de oro de talla mayor para que los comerciantes pudieran seguir pagando las importaciones de mercancías extranjeras.
Las consecuencias las denunció un corresponsal del periódico La Indicación, del 28 de septiembre de 1822, cuando se quejó de que por el decreto de Santander, “no va quedando una sola moneda que no le hayan recortado al menos la mitad,- y creo que dentro de poco tiempo va a quedar inutilizada toda la macuquina, (moneda de plata irregular), como que ya no circula una moneda completa. ... ¿ Y quién será el necio que no haga la ganancia de un 50% en que no arriesga nada?”. La falta de papel moneda, o de bancos emisores hacían sentir así sus efectos sobre la economía del país.
Sería erróneo pensar que el aparatoso derrumbamiento en 1842 del colosal emporio financiero de Landínez -el más grande que conoció el siglo XIX colombiano- afectó solamente a sus infortunados acreedores. La más grave consecuencia de esta fatídica bancarrota fue que en la capital de Colombia, y por extensión en todo el país, imperó desde entonces una fobia virtualmente invencible contra todo tipo de instituciones bancarias, lo cual retrasó de manera funesta el avance económico de la nación en todos los campos, empezando por el de la incipiente industrialización.
La desconfianza de las gentes hacia el papel moneda alcanzó dimensiones de la más cerril intransigencia y a partir del terremoto de Landínez reforzaron su apego al puro metálico. Son incalculables los efectos negativos que, como resultado de la quiebra de Landínez, repercutieron y gravitaron sobre el desarrollo de la economía nacional en las tres décadas siguientes y en particular sobre las posibilidades de surgimiento del sector bancario.
Como efecto de las reformas de medio siglo se presentó una contradicción que llegó a asumir caracteres ciertamente críticos. Por una parte la enérgica expansión mercantil desbordaba el sistema monetario basado casi exclusivamente en monedas de oro y plata y hacía apremiante la necesidad de papel moneda para facilitar las transacciones comerciales que iban en un aumento vertiginoso. Pero por otra parte, la inestabilidad política, la poca confianza que inspiraba el Estado y el amargo recuerdo de la quiebra de Landínez eran impedimentos que retardaban esta imperiosa y a la larga inevitable innovación en el mundo comercial y financiero de cualquier nación civilizada.
Hasta tal punto se hacía sentir esta necesidad como impostergable que en 1861 el general Tomás Cipriano de Mosquera, vencedor en su insurrección contra el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez, dispuso la emisión de $500.000 en billetes de tesorería para cubrir los gastos de la guerra, que al mismo tiempo debían servir como dinero fiduciario que empezara a aclimatar el papel moneda en el país. Sin embargo este dinero se desvalorizó y el Gobierno hubo de suspender la emisión.
Pero el general Mosquera, que fue siempre un hombre de ideas progresistas y de vanguardia, trató de repetir el intento en 1863 y en su último gobierno en 1867.
Todo en vano. Los comerciantes bogotanos sabotearon esta iniciativa pues mantenían tercamente su desconfianza hacia un dinero fiduciario cuyo único respaldo era el Estado.
No obstante eran conscientes de que el dinero metálico no bastaba y se hacía cada vez más urgente la presencia de bancos de emisión. Ya se habían presentado dos experimentos fallidos que reseñaremos a futuro: la Caja de Ahorros, que funcionó entre 1846 y 1863, y el Banco de Londres, México y Sudamérica, que tuvo entre nosotros una breve existencia entre 1864 y 1865.
Angustiosamente se requería una institución bancaria seria, sólida y bien organizada. Ella hizo su aparición finalmente en 1871, la cual mañana conoceremos con detenimiento.

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