sábado, 25 de noviembre de 2006

Esclavos y Trabajadores de antaño

En la relación de mando del virrey Mendinueta, de 1803, se encuentra un dato importante para la apreciación de la situación social de Bogotá y la Sabana a principios del siglo XIX: “Son generales las quejas contra la ociosidad, todos se lamentan de la falta de aplicación al trabajo; pero no he oído ofrecer un aumento de salarío y tengo entendido que se paga en la actualidad el mismo que ahora 50 o más años no obstante que ha subido el valor de todo lo necesario para la vida de ahí que, el infeliz que no quiso sujetarse a vender su industria, sus fuerzas y su inteligencia por menosprecio, viene a ser la víctima, se entrega al ocio, y para en la mendiguez”.
Los bajos salarios también afectaban al gremio de los artesanos de la capital, pues, según Mendinueta, “los maestros se lamentan de la falta de aprendices, y éstos no encuentran utilidad en serlo”.
Buscando solucionar las dificultades con la mano de obra, el gobierno municipal republicano entregó a los maestros artesanos un poder discrecional sobre sus trabajadores como forma represiva de compelerlos al trabajo.
Al respecto, en octubre de 1829 se publicó un bando que prevenía que ningún artesano pudiera abrir taller sin previamente haber acreditado la aptitud necesaria por medio de un examen a juicio y aprobación de los maestros mayores del oficio, conminando a los infractores con cerrarles su taller “y sujetarlos a trabajar por un jornal, bajo la dependencia de otro maestro o propietario “.
El bando ordenaba también que los jefes de taller y propietarios en general hicieran constar por escrito las condiciones que acordaran con sus oficiales y aprendices, y que cuando éstos dejaran el empleo les dieran un certificado en que constara el motivo por el cual salían del taller y si habían cumplido con exactitud sus compromisos y no dejaban trabajo por realizar. Sin tal certificación ningún oficial o aprendiz podría ser admitido a trabajar en otra parte. “De este modo se logra que, proporcionándosele a los maestros los recursos necesarios, puedan llenar sus deberes, lo que antes se les dificultaba mucho, a causa de no tener, o faltarles, cuando menos pensaban, los aprendices u oficiales del taller ”
La situación continuó por lo que vinieron nuevas medidas coercitivas. En octubre de 1842 la Cámara Provincial de Bogotá promulgó un reglamento laboral ciertamente draconiano en que se estipulaba que los convenios hechos entre amos y criados para el servicio doméstico se extendieran por escrito “a fin de que puedan unos y otros ser obligados a su cumplimiento por la autoridad”.
Más adelante seguía este reglamento con una disposición insólita: “Las nodrizas o amas de leche que se contrataren para criar hijos ajenos y comenzaren este encargo no podrán abandonarlo ni separarse antes que termine el término estipulado y serán compelidas por la policía en caso de resistencia”. Indicaba luego que las personas mayores de 18 años que se hubieran comprometido a trabajar para otra no podrían dejar su empleo antes de haber cumplido el tiempo de su compromiso.
Las autoridades de la ciudad publicaron en el Constitucional de Cundinamarca del 7 de julio de 1844 un aviso en el que advertían que, con el fin de mejorar el servicio doméstico, invitaban a los amos a celebrar sus contratas con las criadas ante el jefe de policía para que, en caso de fuga, pudieran ser capturadas y devueltas a sus lugares de trabajo. Imposible imaginar una forma más perfecta de esclavitud sin el nombre de tal.
A la falta de estímulo para el trabajo, que hacía difícil conseguir y retener fuerza laboral libre en Bogotá, se debe también el que los dueños de esclavos en la ciudad fueran tan reacios a dar la libertad a sus negros y mulatos, y que en general los avaluaran a un precio excesivo $200 un esclavo de 18 años, $250 una esclava de 24 años y $300 otra de 40 años, en momentos en que una mula valía entre $35 y $45, un buey entre $25 y $30 y una vaca entre $12 y $14.
Por ello mismo decía el Gobernador Acevedo en una Memoria que presentó a la Cámara Provincial en 1845: “La manumisión es el ramo más generalmente descuidado porque este negocio no es visto con el humano interés que debiera inspirar la triste situación de los siervos. Se nota una fuerte repugnancia en algunos dueños de esclavos ya para entregar a sus padres los menores, previa la indemnización de alimentos (art. 3, Ley de 21 de julio de 1821), ya para presentar los libertos de 18 años para que los alcaldes les expidan su carta de libertad (art. lo., Ley de 29 de Mayo de 1842). Por ello es precisa un vigilancia extrema y una saludable energía para que no triunfe el interés sobre la humanidad”.
Entre 1821 y 1845 sólo se manumitieron en el Cantón de Bogotá 313 esclavos, según la Gaceta Oficial y sólo se otorgaron 159 cartas voluntarias de libertad, 51 de las cuales por reclutamiento militar y en pago de impuestos de manumisión correspondientes a testamentarias.
Debido a una cruel paradoja ocurría muchas veces que los negros jóvenes que obtenían su libertad salían a disfrutar de ella y, por supuesto, a tratar de conseguir trabajo. Al no poder hacerlo por las condiciones que ya hemos puntualizado, eran capturados por la policía y obligados a trabajar en casa de alguna familia con el ya descrito sistema de “concierto”.
Las casas a las cuales eran destinados solían ser, en general, las de sus amos originales. En otras palabras, lo que el lenguaje popular denomina acertadamente “la vuelta del bobo”.

No hay comentarios.: