domingo, 31 de diciembre de 2006

Crecimiento demografico en el siglo XIX


En el año de 1800 Santa Fe albergaba en sus 195 manzanas a 21.464 habitantes, sin contar vagos y mendigos (unos 500) ni población pasajera (unos 1.000).
En 1810, según la Memoria descriptiva del país de Santa Fe de Bogotá de Don José María Salazar había aumentado la población debido al incremento del comercio, la llegada de numerosos inmigrantes, vagos y pordioseros y, por suerte, la ausencia de epidemias graves.
En relación con las pestes, cabe destacar la disminución de la mortandad provocada por ellas, ya que la epidemia de viruelas que azotó a Bogotá de 1801 a 1803 dejó un saldo de 329 muertos en tanto que otra que se presentó 20 años antes había matado aproximadamente a 3.500 personas.
Desde 1800 la ciudad no volvió a tener censo hasta 1832, cuando se contaron 36.435 bogotanos, los cuales subieron a algo más de 39.000 en 1835.
Por esta época Caracas tenía 40.000 habitantes y Quito 80.000. Es extraño el hecho de que el censo de 1843 prácticamente no revelara crecimiento alguno en la población de la capital, pues ésta sólo aumentó respecto a 1835 en 644 habitantes. ¿Las causas? Las bajas producidas por la Guerra de los Supremos y las 3.128 víctimas que sucumbieron a la nueva oleada de viruelas que cayó sobre Bogotá entre 1840 y 1841.
Ya desde el censo del 1779 se pudo constatar que las mujeres constituían una notable mayoría en la población santafereña; a partir de ese momento, y hasta el censo de 1843, fueron como mínimo el 58% del total de habitantes en esta ciudad. Luego de la independencia pudo atribuirse este fenómeno a las levas de varones con destino a las guerras; pero además de eso, existen cifras que permiten pensar en una mortalidad más alta dentro de la población infantil masculina.
Las estadísticas de comienzos de siglo XIX nos arrojan otro dato inquietante: apreciable mayoría de hombres y mujeres célibes. Igualmente digno de tomarse en cuenta es el hecho, en esta ciudad pacata y religiosa al máximo, de que el número de hijos en unión libre superaba al de los hijos legítimos.
Hay un dato de 1826 según el cual entre el 1 de agosto y el 30 de noviembre de ese año habían recibido la ablución bautismal 300 párvulos, de los cuales 157 eran naturales y 143 legítimos. Y esta diferencia siguió aumentando. El Constitucional de Cundinamarca informaba a fines de 1845 que de 361 niños nacidos en los cuatro últimos meses de ese año, 209 eran ilegítimos y sólo 152 habían nacido de uniones lícitas. Esta situación permaneció invariable durante todo el siglo.
Uno de los factores a que se podría atribuir tan alto nivel de soltería y tan desmedida proliferación de hijos naturales fue una real pragmática de 1803 del rey Carlos IV, tan disparatada como quien la promulgó, según la cual quedaba prohibido en forma perentoria contraer matrimonio a los varones menores de 25 años y a las mujeres menores de 23 sin el expreso consentimiento de los respectivos padres, a quienes se otorgaba una potestad irrestricta en este campo. Las sanciones para los infractores eran severísimas. El cura que oficiara en desposorios clandestinos era condenado a confinamiento y a confiscación de sus bienes. A igual pena eran sentenciados los contrayentes. Lógicamente, ante tamaña amenaza, numerosas parejas tenían que optar por la soltería o, algunas, por el “dañado y punible ayuntamiento”. Mucho más cuando a esta disposición real se agregaba una anterior de Carlos III por la cual se autorizaba a los padres para privar de herencia a las hijas que se casaran sin su aprobación.
Trataban estas reales pragmáticas de poner coto a una situación que se venía imponiendo y que se juzgaba escandalosa. Ocurría que si el padre rehusaba otorgar su anuencia para el matrimonio de la hija, ésta podía iniciar un proceso para ser depositada en custodia en otra casa de familia respetable mientras se definía el caso. Entre tanto, el padre quedaba obligado a asumir las costas de la manutención de la insubordinada. Había un solo argumento que se le aceptaba al padre renuente como válido para impedir la boda: la clara inferioridad social o racial del pretendiente. Si el desdichado era pobre u ostentaba pigmentación negra o cobriza, era hombre perdido. Pero si no se daban estas dos circunstancias llevaba todas las de ganar. Como empezó a darse con alarmante frecuencia el caso de que las jóvenes insurrectas se afirmaban en su rebeldía a pesar de la amenaza de perder la herencia, fue necesario apelar a medidas más drásticas, y de ahí vino la prohibición de 1803 de contraer nupcias sin permiso paterno. La severidad inflexible de la real pragmática era, como queda dicho, no sólo causa de amancebamientos y caudalosa progenie bastarda, sino de que aumentara hasta el exceso en la ciudad el número de mujeres solteronas y beatas que llegaban a tan deplorable estado porque el temor a desacatar la voluntad paterna o la pureza y ortodoxia arraigadas les habían hecho perder su cuarto de hora o impedido dar el salto audaz hacia la unión libre ilícito.
Tal situación preocupó a las nuevas autoridades republicanas luego de la Independencia. La prensa publicó entonces artículos en que se hacía eco de la preocupación colectiva por el estancamiento de la población y el auge alarmante del celibato. En uno de ellos se pedía a la Iglesia rebajar los onerosos estipendios que los contrayentes debían abonar para quedar consagrados por la bendición eclesiástica. Esta solicitud, obviamente, no fue escuchada. Arreció entonces la ofensiva contra los solteros y en favor del matrimonio. De ello es una muestra muy divertida la necrología que publicó el periódico bogotano La Miscelánea del 5 de marzo de 1826, alusiva al fallecimiento del prócer Manuel Benito de Castro, quien en sus 75 años de vida se mantuvo invulnerable al asedio de casaderas, casamenteras y toda laya de celestinas. Rezaba así la nota:
“ .. Murió soltero porque decía que era arriesgar mucho unirse para siempre a una mujer, cuyo carácter podía adivinarse, mas no conocerse... Un ciudadano sin mujer, sin hijos, sin relaciones con la sociedad, pasa una vida triste y solitaria, y después de ella su memoria es sepultada del mismo modo que su cuerpo... Nada es más despreciable, dice un moralista, que un viejo solterón. El doctor De Castro, muriendo solo y sin experimentar el dulce consuelo de verse rodeado de una familia en quien mirase su reproducción y que le prodigase sus cuidados, es un argumento muy victorioso en favor del matrimonio ”.
Como bien puede apreciarse, el doctor De Castro fue un finado sui generis, ya que al morir no recibió, como todos los difuntos, el homenaje de un obituario laudatorio, sino, por el contrario, una áspera reprimenda por el simple hecho de haber ejercido su libre y soberano albedrío en el sentido de permanecer célibe hasta la muerte. Pero ahí no paró la andanada feroz de que fue víctima Don Manuel Benito después de muerto. En este mismo artículo se hacía puntual y minucioso recuento de sus típicas manías de solterón. De una de ellas tuvo amplio conocimiento la ciudadanía, ya que, como lo recordaba el autor de la necrología irreverente, el doctor De Castro, cuando se hizo cargo del poder ejecutivo de Cundinamarca en 1812, advirtió que aceptaba el honroso destino con tal de que se le autorizara salir a cierta hora del despacho para alimentar a su perro.
La pertinacia de los bogotanos en el celibato siguió siendo duramente combatida, pues se hacía evidente la necesidad de incrementar la población y que dicho incremento se operara en lo posible con hijos legítimos. Tiene notable importancia dentro de este proceso un planteamiento de gran seriedad que hizo el periódico El Chasqui Bogotano de junio de 1827. El citado diario postuló medidas muy concretas y efectivas para extirpar la peste de la soltería. La primera de ellas era lo que hoy llamaríamos una “tarifa tributaría diferencial”, generosamente favorable a los casados y onerosa para los solteros. Otra proponía que en igualdad de condiciones se prefiriera a los casados sobre los célibes para ocupar cualquier empleo. Las propuestas de nuestro periódico llegaban hasta la ley penal, por cuanto exigían una mayor indulgencia de los jueces cuando el delincuente era casado. En otras palabras, la cárcel y el cadalso para los solteros. Y, finalmente, pedía El Chasqui que en el reclutamiento militar fueran los casados los últimos.
El Gobierno acogió esta iniciativa, pero los habilidosos solterones le hallaron pronto el flanco vulnerable. Incontables haraganes, tunantes, vagabundos, rufianes y otras gentes de la peor ralea se dieron febrilmente a la tarea de procurarse a toda costa cónyuges legítimas para eludir la pesada y azarosa carga de la vida castrense. Pero el Gobierno fue más avisado aún: el general Rafael Urdaneta expidió a fines de 1830 un decreto perentorio por el cual se prohibía en forma terminante a los curas impartir la bendición nupcial en los casos en que el varón no presentara certificaciones fidedignas en que constara que estaba desde hacía largo tiempo consagrado a una profesión, oficio o actividad de irreprochable licitud.
De este modo fueron reducidos los alcances de la medida conquistada por los cruzados del matrimonio. El balance, pese a todo, no era satisfactorio en 1843.
En casi medio siglo la población había aumentado de 21.394 habitantes en 1800 a 40.086 en el citado año. Las mujeres conformaban el 60% de la población bogotana; los ayuntamientos ¡legales y las madres solteras igualaban en número al de las parejas casadas y, lo más asombroso, había un 55% de hijos naturales contra sólo un 45% de legítimos. Las realidades eran tozudas. De nada habían valido los clamores de la prensa y las gentes ortodoxas. De nada las ardientes prédicas de los moralistas. Bogotá, nuestra gazmoña y recatada Bogotá de esta primera mitad del siglo XIX, era un apacible y silencioso reducto de concubinatos y de hijos espurios. Casi increíble, pero cierto.
A finales de la centuria se mantenían las tendencias que fueron características de todo el siglo XIX : mínimo crecimiento vegetativo de la población, mayor número de muertes que de nacimientos y un índice muy elevado de mortalidad infantil.
En 1881 la ciudad tenía 84.723 habitantes. Veinticuatro años más tarde dicha cifra apenas había llegado a los cien mil y a lo largo de todo ese tiempo el número de nacimientos seguía siendo inferior al de defunciones, de suerte que el pequeño aumento de población sólo podía atribuirse a la constante migración provinciana hacia Bogotá.
En la década final del siglo la cifra de nacimientos logró superar a la de la década anterior. Empero, siguió siendo mayor la mortalidad, especialmente la infantil, que ya a finales del siglo alcanzó el aterrador índice del 45%.
En 1884 El Conservador suministró las cifras de julio de ese año: 182 nacimientos por 411 defunciones. Diferencia en contra de la población: 229. Y para la época había una vieja constante que seguía repitiéndose a pesar de la arraigada religiosidad bogotana: de los 182 nacimientos 88 fueron legítimos y 94 ilegítimos. La alarma de la Iglesia frente a este auge sostenido por tantos años de la inmoralidad pública tuvo manifestaciones como la del párroco de Santa Bárbara, quien anunció que casaría gratuitamente a las parejas que no tuvieran recursos para pagar sus derechos a la parroquia con tal de disminuir el preocupante número de uniones libres.
En cuanto a la relación entre nacimientos y defunciones, la diferencia disminuyó paulatinamente en favor de la natalidad hasta fines de la segunda década del siglo XX cuando, los nacimientos superaron a las muertes.
Entre las causas de mortalidad debe destacarse la viruela, que a fines de siglo volvió a manifestarse con características alarmantes en 1881, 1882, 1883, 1896 y 1897. También en esta última veintena hubo asoladoras epidemias de disenteria, colerín, tifo, fiebre tifoidea y sarampión, que causaron estragos en la población infantil. Igualmente siguieron cobrando su tétrica cosecha las enfermedades respiratorias. Para principios de los noventas aparece el cáncer como causa de mortalidad y se registró también un notable incremento en las enfermedades venéreas. Por esta época las autoridades municipales dictaron y pusieron en ejecución una serie de normas de higiene cuyo cumplimiento empezó a ser vigilado por inspectores que estaban facultados para practicar visitas domiciliarias.
El progresista alcalde Higinio Cualla manifestó a fines de 1891 en el Informe del Alcalde de Bogotá al Prefecto General de Policía su preocupación por la insalubridad imperante en la capital, insistiendo en que una de las principales causas de esa situación alarmante era el hacinamiento de gentes menesterosas en piezas que carecían de las más elementales condiciones de higiene. En consecuencia, el señor Cualla propuso también la construcción de un gran barrio obrero dotado debidamente de los servicios básicos. Decía así el reporte del burgomaestre:
“Durante el año de 1891 hubo 2.305 nacimientos y 3.159 defunciones. Como se ve, la diferencia contra la población, que es de 854 individuos, indica que el estado sanitario de la ciudad no es bueno, muchas causas influyen perniciosamente para acabar con la vida de los habitantes de ella, siendo la principal, en mi sentir, la carencia de un barrio destinado exclusivamente para la clase pobre u obrera, que vive en tiendas o piezas desprovistas de toda comodidad para los ocupantes y que no tienen comunicación sino con las calles públicas”.
En documentos posteriores el alcalde Cualla siguió insistiendo en la necesidad imperiosa de mejorar sustancialmente las condiciones de vida de las clases pobres de la ciudad.
Por otra parte, en la última década del siglo se dieron pasos importantes como la reorganización del Instituto de Medicina Legal y las primeras reglamentaciones serias que hubo entre nosotros para el ejercicio de la profesión médica. También se registraron algunos progresos en materia de nuevos hospitales, como la fundación del “Hospital de la Misericordia para Niños Pobres”, en 1897

No hay comentarios.: