viernes, 8 de diciembre de 2006

El Museo Nacional


El Museo Nacional es el más antiguo del continente, pues fue constituido por el General Santander en 1823.
En su origen estuvo integrado a la Biblioteca Nacional, subsistiendo este vínculo hasta 1936 cuando el arte moderno irrumpe fuertemente en el país y se consolida la idea de separar las dos actividades culturales en entes autónomos.
Pero sólo 10 años más tarde termina la errancia del Museo en su paciente recolección de reliquias y piezas históricas iniciada tantos años atrás.
En realidad la edificación donde definitivamente encontró el Museo Nacional su sede, era una construcción levantada para otros usos.
Fue construido originalmente como panóptico por el ingeniero inglés Thomas Read en 1870. Su arquitectura de fortaleza está edificada con piedra y ladrillo. La planta comprende los arcos, bóvedas y columnas en una forma que se asemeja a una cruz griega sobre la cual se distribuyen las 104 celdas con que contaba la prisión, de fachada sólidamente amurallada.
Durante la administración López Pumarejo, por iniciativa de Gonzalo Ariza y siendo ministro de Educación Germán Arciniegas, a la entonces prisión de la ciudad le fue cambiado su uso, en su nueva misión para constituir un Museo. Durante la administración Ospina Pérez y como una de las obras preparatorias de la Conferencia Panamericana, Laureano Gómez impulsó la obra cuya dirección fue confiada a Teresa Cuervo Borda.
Fijada la fecha de la inauguración del Museo Nacional para el 9 de abril de 1948, esto no fue posible al estallar“el bogotazo”con las graves consecuencias que trajo para el país entero.
Sin embargo para el Museo ya había terminado su largo peregrinaje de sede en sede, su condición de magros ingresos y precarias solventaciones, de indiferencia pública, incluso de no pocas expoliaciones y deterioros.
En mayo de 1948 por fin abre sus puertas al público para ofrecer lo que allí se ha preservado con tanto sentido histórico. Las diversas colecciones están organizadas con el fin de servir de reflejo fiel del acontecer nacional y de testimonio de los momentos cruciales que van conformando nuestra historia, esos en los que se basa nuestra nacionalidad.
En el Museo Nacional se guardan las más caras reliquias históricas, los retratos de nuestros próceres, las banderas que forjaron el símbolo del triunfo de las batallas revolucionarias, también aquellas que fueran tomadas en plena lucha a los españoles. Armas, uniformes, numismática, miniaturas, manuscritos y documentos de variada índole en su rico valor testimonial son el más preciado tesoro de nuestro pasado recogido en torno a las luchas de independencia.
Todo este legado que constituye esta época ha sido expuesto con un sentido racional riguroso, conduciendo al espectador en una secuencia comprensiva de los hechos de este período. Las salas del Descubrimiento, Conquista y Colonia, recuperan a través de la iconografía, la numismática, armaduras, cotas de malla, como las pertenecientes a don Gonzalo Jiménez de Quesada; armas y espadas de la época, todo un discurrir épico de nuestro suelo.
De tiempos más recientes el Museo posee una colección pictórica compuesta por lienzos de evocación histórica como aquellos de José María Espinosa que relatan las batallas. También están los retratos de Epifanio Garay, de Andrés de Santa María, paisajes de Ricardo Borrero y del muralista Pedro Nel Gómez.
Un área del museo ha sido dispuesta para la exhibición del arte moderno. Ahí se ha acopiado una muestra de los pintores más representativos de la segunda mitad del siglo XX en Colombia. Wiedemann, Ariza, Obregón, Grau, Fernando Botero, entre otros, son los artistas que destacan allí.
También está la obra pictórica de importante significación en la historia del arte latinoamericano. Venezuela, Ecuador, Panamá y Perú se hallan representados en esta zona consagrada a las artes plásticas.
A partir de 1969 el Museo Nacional pasó a ser una dependencia de Colcultura, entonces adquiere más y más conciencia de su misión, al rediseñar sus disposiciones. Orientado hacia este programa se encuentra el desarrollo de un plan didáctico, basado en visitas guiadas, conferencias, exposiciones temporales y la utilización de las actividades propias de la sala múltiple y de su acogedor auditorio con su monumental arquitectura, en sus espacios abiertos, con sus anchas galerías y su profusa luminosidad, el Museo Nacional se ha constituido en un lugar obligado para la puesta en marcha de un programa coherente y eficaz dirigido a la enseñanza de los acontecimientos políticos y sociales que ha ido forjando nuestra historia.
Los modernos medios pedagógicos conducen a la población infantil ya no de una manera monótona y reiterativa. Se trata ahora con el nuevo diseño del trayecto del Museo, de ilustrar las épocas diversas a través de los diferentes medios que el Museo tiene a su alcance: en primer lugar, los objetos, pinturas, documentos, reliquias, en segundo lugar la explicación de antecedentes, circunstancias y protagonistas, por medio de textos que, acompañando al visitante en su recorrido por las amplias galerías del Museo, son como la voz de la historia sencillamente relatada. La comprensión intelectual derivada de esta lectura, la mirada que se posa sobre los objetos y las indicaciones en detalle que los guías especializados van señalando constituyen la experiencia de un aprendizaje vivo y evocador.
Ya en las salas de pintura, como es natural, al observador apenas se le incita con ciertas referencias y se le abandona para que se entregue a la contemplación estética de las obras allí expuestas. En esta etapa podía decirse que ya nadie puede ayudar a quien contemple la obra. Ahora todo está librado a la sensibilidad, al grado de afinidad y empatía, a la comunicación que puede establecerse entre el visitante y la obra.
Es la arquitectura del Museo y el silencio tan bien preservado cómplices necesarios para obtener toda la riqueza que un lugar así puede entregar a su público. En cada aspecto el Museo Nacional ofrece un alto grado de satisfacción al visitante.

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