martes, 12 de diciembre de 2006

La Economía en el siglo XIX


En los comienzos del siglo XIX se presentaba aún con notoria intensidad un fenómeno que tuvo grandes y variadas incidencias sobre nuestra economía. A las Indias llegaban de España manufacturas procedentes de otros países europeos, principalmente de Inglaterra, Francia, Países Bajos y Alemania, que España se veía obligada a importar y que a su vez exportaba a las colonias.
Este fenómeno se debía a que finalizando el siglo XVIII y alboreando el XIX el contraste entre el atraso industrial de España y el formidable desarrollo de los países ya mencionados en ese campo se había agudizado extraordinariamente.
El largo viaje y los elevados fletes incrementaban de una manera exorbitante los costos de estas mercancías, lo cual las hacía poco accesibles en el mercado de las colonias. Tal situación resultó propicia en el más alto grado para el desarrollo de las manufacturas locales y para el auge del contrabando, que desde las Antillas se proyectaba sobre el continente y lo abastecía de los mismos productos a precios bastante más reducidos.
Finalizando la Colonia bien puede decirse que nuestro país producía todo lo que consumía en materia de textiles corrientes de lana y algodón. Sólo se importaban telas de muy alta calidad por la vía legal o mediante el contrabando, y a la vez se efectuaban pequeñas exportaciones de manufacturas nacionales. La mayor parte de estas eran producidas en los actuales departamentos de Santander y Boyacá, principalmente en la provincia del Socorro, y se concentraban en Santa Fe, que se convertía en el centro de acopio y distribución de manufacturas nacionales para el resto del país, al mismo tiempo que lo era de productos extranjeros para todas las provincias del interior.
En las postrimerías de la Colonia ya operaba en Bogotá una fábrica de pólvora que había establecido el virrey Messía de la Cerda en 1768. Además, una fábrica de loza con una producción aceptable y un buen nivel de calidad. Los comienzos del siglo XIX vieron un estimable desarrollo de la artesanía en Bogotá. Fue así como el inglés Richard Vawell destacó en sus notas de viaje el hecho de haber en la capital calles taxativamente destinadas a oficios específicos: calle de los plateros, de los talabarteros, etc.
Desde tiempos muy tempranos de la República empezaron a presentarse controversias entre partidarios del proteccionismo aduanero y los que defendían el libre cambio. Los proteccionistas dieron ya entonces su batalla contra las importaciones extranjeras atribuyendo la miseria y el desempleo al escaso desarrollo industrial.
Vale anotar que en Bogotá ya se producía cerveza en tiempos de la Gran Colombia. El precursor de la cervecería en nuestro país fue coincidencialmente un alemán de apellido Mayer, que lamentablemente cayó asesinado por asaltantes en su casa de habitación en 1831. Un empresario inglés de apellido Cantrell prosiguió con la elaboración de cerveza durante unos años más.
Tomando en cuenta el hecho de que en la capital se estaban produciendo magníficos muebles, zapatos, sombreros y otros artículos, el Gobernador de Bogotá, Rufino Cuervo, solicitó al gobierno nacional en 1833 que se prohibiera la importación de tales artículos.
Por su parte, los librecambistas no bajaban la guardia y argumentaban en defensa de sus tesis que las trabas a las importaciones estimulaban un monopolio abusivo por parte de los artesanos criollos y damnificaban a los consumidores que debían adquirir las mercancías producidas en el país, para esa época ya sensiblemente más caras y de menor calidad que las importadas. No obstante, en esta oportunidad el triunfo fue para el bando proteccionista que logró en 1833 la expedición de una ley aduanera que los favorecía ampliamente. Pese a todo, debemos aclarar que estas divergencias no fueron sino escaramuzas comparadas con los radicales antagonismos que sobrevinieron después por la causa ya anotada. Las consecuencias de esta ley fueron inmediatas. En 1834 el Congreso concedió sendos privilegios de diez años a dos empresas nacionales para montar en Bogotá una factoría de papel y otra de vidrios y cristales que se agregaban a la ya existente de loza fina.
La producción de cerveza siguió en auge y entonces un extranjero llamado Tomás Thompson anunciaba mediante avisos de prensa su producto, y Martínez y Galineé anunciaban que habían comprado la cervecería del Señor Cantrell. Por otra parte en artículos de prensa se elogiaba con frecuencia la calidad de la loza producida por la fábrica bogotana.
Hacia 1836-37 la fábrica de loza presentaba síntomas inequívocos de prosperidad, mientras que las de papel, vidrio y una nueva de tejidos se aprestaban a iniciar operaciones. Todas empleaban fuerza hidráulica y animal, ninguna contaba con máquinas de vapor. La factoría de loza estableció su propia distribuidora en la calle de San Juan de Dios y anunció magníficos descuentos para los que hicieran pedidos de más de $100 con destino a las provincias.
Otro hecho digno de resaltarse es cómo en esa primera mitad del siglo XIX se presentó en Bogotá una notable proliferación de casas de comercio extranjeras. Había inglesas como “Powles, Illingwort et Co”, “Plock et Logan”, “Souther”, “Druce et Co”. y “Henry Grice et Co.”. Las norteamericanas eran “Joseph Godin” y “James Brush”. Había también una francesa denominada “Jean Capella”. La presencia de comerciantes extranjeros en Bogotá tuvo efectos negativos sobre la incipiente industria colombiana puesto que aquéllos fueron autorizados para importar artículos que compitieron duramente con los nacionales. El resultado fue que estas fábricas al fin quebraron con la única salvedad de la de loza.
Pero sigamos los altibajos de nuestra incipiente industria. El periódico El Argos informó en marzo de 1838 que, superando los ingentes obstáculos propios de nuestros caminos, el general Pedro Alcántara Herrán acababa de traer a Bogotá desde los Estados Unidos una maquinaria compleja y de las más modernas con destino a la “Compañía Bogotana de Tejidos”.
Ponderaba El Argos la calidad, solidez y amplitud del edificio donde operaría esta industria. También encomiaba los progresos de la fábrica de loza e informaba con entusiasmo acerca del reinicio de actividades de la factoría de vidrios y cristales que había estado afectada por falta de potasa. Tales éxitos eran atribuidos por el citado periódico a la paz reinante en el país.
No sería muy larga la duración de esta confianza y optimismo, pues se verían ensombrecidos dos años más tarde, en 1840, con la funesta Guerra de los Supremos.
La fábrica de tejidos de algodón de los señores Villafrade y Pieschacón tuvo buen suceso pero, según las informaciones de El Argos, de noviembre de 1838, bien pronto empezó a afrontar dificultades por escasez de materia prima. Debido a esta grave situación, el mismo periódico exhortó a los agricultores de climas cálidos y templados a intensificar la producción de la fibra asegurándoles una demanda anual de 3.000 quintales. Por otra parte deploraba El Argos la suspensión de actividades de la fábrica de cristales debida a una situación similar como fue la insalvable dificultad para conseguir a precios razonables el minio y la potasa, dos ingredientes fundamentales para esta industria. El 13 de enero de 1839 el mismo periódico informaba jubilosamente a sus lectores que ese número ya era totalmente impreso en papel producido por la factoría de Bogotá. A continuación pasaba el periódico a exigir al gobierno que el papel necesario para la gaceta oficial debía ser comprado a esta fábrica y que igualmente se le debía encargar el papel sellado. Es digno de destacarse el hecho de que en 1839 se imprimieron en papel producido en Bogotá el Tratado de Ciencia Constitucional de Cerveleón Pinzón, el Catecismo de moral, de Rafael María Vásquez y un muy extenso curso de derecho canónico, de Lackis y Cavalario.
Pero en 1839 ocurrio un insuceso deplorable. La fábrica de vidrio, después de haber afrontado las dificultades ya anotadas por problemas de materia prima, llegó a la bancarrota irremisible debida a problemas de insolvencia que finalmente no pudo solucionar. El gobierno, sinceramente interesado en auxiliarla, decretó un empréstito que finalmente no se pudo hacer efectivo por lo cual hubo de cerrar sus puertas y suspender operaciones con carácter definitivo.
Los años de 1838 y 1839 fueron de especial auge para la industria nacional, antes de estos colapsos y antes de los quebrantos que padeció como consecuencia de la desastrosa Guerra de los Supremos. Sin embargo, a pesar de todos los contratiempos de la contienda, hubo ánimos y recursos para realizar en Bogotá, a fines de 1841, una exposición industrial que, si bien modesta, pudo reunir una diversidad de productos tales como calzado y objetos de talabartería, vestuario, curtiembres, productos de las fábricas de loza y de tejidos, libros impresos y encuadernados con esmero, dos daguerrotipos logrados por Don Luis García Hevia, que pueden contarse entre las obras más tempranas de la fotografía en Colombia, e inclusive dos máquinas: una de producir tejas y otra de hacer limas que se ganó el primer premio de $100.
Se comentó entonces en la ciudad, en los términos más elogiosos, la generosidad con que contribuyeron para el éxito de la exposición las donaciones del acaudalado hombre de negocios, doctor Judas Tadeo Landínez. Debe anotarse que para esa época no pudieron hacerse presentes en la exposición los productores de vidrio y papel debido al colapso de esas dos industrias.
Otro breve ensayo manufacturero fue a principios de 1843, y se realizó en el marco de “La Gran Semana de Bogotá
, una nueva exposición industrial. Hubo estímulos y premios a los mejores productos.
En la modalidad de “artes de utilidad” recibieron premios varios artesanos de la ciudad que presentaron cueros curtidos, galápagos de señora y muebles de madera. La fábrica de lienzos de algodón, la de loza y la ferrería de Pacho habían salido mal libradas de la quiebra de Landínez, pues sus productos no fueron presentados a la exposición industrial. Se encontraban cerradas en ese momento.
Sin embargo una muestra notable de los esfuerzos por superar pronto la situación la advertimos en las manufacturas de la entonces denominada “Casa de Refugio”. Era esta una institución que dependía del Municipio y que albergaba a la vez valetudinarios, mendigos, huérfanos, dementes e incluso pobres de solemnidad. Como este asilo dependía de la ciudad y los gastos que demandaba eran elevados, ya desde 1835 existía la inquietud, que pronto empezó a cristalizar, de dotar el albergue de máquinas y materias primas para enseñar determinados oficios a los reclusos y ponerlos en capacidad de producir mercancías que pudieran colocarse en el mercado. Se iniciaron actividades con la fabricación de tejidos y luego, como consta en testimonios de la época “frazadas, camisetas, ruanas de hilo y seda, fajas, ligas, pellones, mantas, lienzos finos y ordinarios, manteles, servilletas, cinchas, galones y otros artículos”.
Sin embargo, al tropezar los promotores de la idea con el frecuente obstáculo de la ineptitud de los reclusos por ser algunos locos, otros párvulos y otros demasiado provectos, se optó por la solución de apelar a los servicios de operarios externos a quienes se ofreció un salario de ocho pesos mensuales. Teniendo en cuenta la conocida veteranía de los tejedores socorranos, se acudió a esta región para reclutarlos. Posteriormente se importaron máquinas y se trajeron dos operarios italianos esencialmente con el fin de capacitar a los reclusos hábiles y a los aprendices externos.
El centro manufacturero de la Casa de Refugio fue un conato generoso pero fallido para no dejar morir la incipiente industrialización bogotana. Nuestros dirigentes continuaban en su mayoría empecinados en creer que sería en vano todo esfuerzo orientado a cimentar y robustecer un proceso de industrialización. En una Memoria presentada a la Cámara Provincial, en 1844, trazó el gobernador Alfonso Acevedo un cuadro no por objetivo menos deprimente de las circunstancias adversas que torpedearon a la Casa de Refugio y sus meritorias iniciativas de pequeña industria. Dice así:
“El Sr. José Ignacio París regaló a la casa máquinas de tejer medias, que hasta ahora nada han producido al establecimiento por falta de aprendices. Tuve al fin que dirigirme al ilustre concejo municipal de la provincia del Socorro solicitando algunos jóvenes industriosos que viniesen a la Casa de Refugio a hacer su aprendizaje, pues los reclusos, o son valetudinarios, o niños que todavía no pueden manejar los telares. Mi demanda fué acogida. y poco tiempo después llegaron a esta capital los jóvenes pedidos, pero han permanecido más de un mes en la Casa, sin hacer nada y causando un gasto inútil a las rentas debido a la falta de concurrencia del instructor italiano".
“En concepto de la gobernación, antes que útiles son perjudiciales a la Casa de Refugio las máquinas de diferentes artefactos que sucesivamente han ido introduciéndose en ella. Ricas compañías de hombres industriosos han procurado establecer diferentes fábricas en la capital, pero todas se hallan en decadencia o completa ruina, porque ni los capitales, ni el interés individual han podido violentar la naturaleza para que este país venga a ser fabricante antes de la época, todavía lejana, en que tenga brazos y materias primas suficientes para dar pábulo a la industria fabril. Deben, en mi opinión, venderse las máquinas para indemnizar a la Casa de los gastos infructuosos que hizo en montarlas y en hacer conducir operarios socorranos que regresan a sus casas sin haber aprendido nada”.
El gobernador Acevedo sin eufemismos ni rodeos expidió así la partida de defunción de todos los meritorios esfuerzos de la Casa de Refugio. Es digno de destacarse el categórico planteamiento en que Acevedo se hizo eco de la opinión colectiva, que ya a estas alturas rechazaba como fantasiosa y utópica la posibilidad de fomentar e impulsar cualquier proceso manufacturero en Colombia.
Pese a todo el aluvión de factores adversos a la industria, ésta se resistía obstinadamete a morir. El Constitucional de Cundinamarca informó, en febrero de 1842, que el señor Pedro Ricard había inaugurado una fábrica de sombreros y que el señor Ignacio Galarza se había hecho cargo de la fábrica de pólvora del gobierno con la condición de abastecer las necesidades oficiales y vender con entera libertad el excedente. Al año siguiente el inglés Samuel Sayer inaguro una fábrica de cerveza y Don Simón Espejo una de zapatos.
Pero sin duda alguna la noticia más curiosa de esa época en este campo fue la que hizo saber a los bogotanos, en julio de 1843, que la ciudad empezaría a contar con un servicio admirable para la época y novedoso en nuestra ciudad: el de la fotografía.
Un
señor de apellido Goñi puso a la disposición de los bogotanos su laboratorio para hacer retratos al público “por el último método del daguerrotipo perfeccionado asegurando a cuantos lo ocupen que la semejanza y perfección serán completos. Los precios de los retratos son, de más de medio cuerpo de $8 y $10 con su correspondiente cajita de tafilete”.
Se inauguraban así en la capital los bellos tiempos del alba de la fotografía en los que “sacarse un retrato”, como decían los viejos bogotanos, era todo un rito para el que adultos y niños se preparaban con holgada anticipación eligiendo en sus armarios, roperos y baúles las mejores galas para lucirlas en aquella solemne ocasión en que el artefacto mágico perpetuaría en unos instantes su apariencia actual para los años, y acaso los siglos venideros, sin necesidad de las interminables y tediosas sesiones en el estudio del pintor.
En 1844 volvió a salir a flote la fábrica de lienzos de algodón. Por esa misma época el inglés Roberto Bunch, administrador de la ferrería de Pacho lanzaba vehementes exhortaciones a los bogotanos para que brindaran su apoyo a esta industria utilizando sus productos y convenciéndose de su excelente calidad. El antioqueño Nicolás Leiva adquirió en su totalidad la fábrica de loza y la ya mencionada fábrica de papel también revivió e inició de nuevo su producción.
Sin embargo, los vientos no eran favorables para la industria colombiana. De 1844 en adelante dejó de celebrarse la exposición industrial que con tanto optimismo y entusiasmo había convocado y aglutinado a los artesanos e industriales en años anteriores. El rumbo fundamental de la economía colombiana estaba ya trazado.
Nuestros empresarios se iban identificando alrededor de un objetivo común: llegar a convertir a la Nueva Granada en un país productor y exportador de materias primas e importador de casi toda suerte de manufacturas, lo que sacrificó el futuro de las manufacturas nacionales.

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