lunes, 31 de julio de 2006

Los Carnavales de Bogotá

Por segunda vez la Capital del País celebrará sus carnavales en el marco de los 468 años de fundación de la ciudad. Así se continúa con el rescate de una tradición festiva que había perdido la ciudad con el paso de los años.
Desfile de comparsas, Fiestas en las 20 localidades, Festival Salsa al Parque y Festival de Danza Mayor, hacen parte de las actividades que podrán disfrutar los bogotanos y turistas del 9 al 14 de agosto.
La resolución del 14 de abril de 2005 del Instituto Distrital de Cultura y Turismo, oficializó el Carnaval de Bogotá con el objetivo de propiciar una participación colectiva, para fortalecer los procesos de reconciliación por medio del goce y reconocimiento entre comunidades y que represente la pluralidad étnica, social y cultural de la Capital.
El Carnaval de Bogotá, no busca imitar ni a los carnavales anteriores de la capital, ni tampoco a los de Barranquilla, ni a los de Pasto, ni a los de Riosucio. Tampoco compite con otras actividades festivas del país. Simplemente es una celebración de la vida, que busca que la alegría y el calor humano no se dejaran arrinconar por el frío y la indiferencia. Que la risa y la diversión no sean reemplazados por el miedo, la depresión y la tristeza y que Bogotá pueda desahogarse de sus dolores y frustaciones ciudadanas. Todo por supuesto en el marco de una extrema convivencia de carnaval
Bogotá fue una de las primeras ciudades de América en tener carnaval. Ya en 1539, un año después de la fundación de la ciudad, la corona española impuso celebraciones de carácter religioso, con el nombre de Carnestolendas de Santa Fe y Bogotá que se llevaban a cabo en los 40 días previos a la Semana Santa. En 1561, al cacique de Ubaque se le concedió permiso para realizar las fiestas propias de su cultura, que consistían en un desfile a través de toda la ciudad. Esta festividad se fusionó posteriormente con las Carnestolendas, convirtiéndose en el primer Carnaval de Bogotá, que duró hasta finales del siglo XIX.
En 1960 fracasó un intento de revivir el carnaval por parte de la Alcaldía al presentarse enfrentamientos entre el movimiento obrero y la elite bogotana, que para esa fecha había asumido la realización y control de la festividad. En ese entonces, la alteración del orden público fue el motivo esgrimido por las autoridades para cancelar el carnaval.
En la actualidad Bogotá cuenta con 213 fiestas anuales que se realizan en las localidades.
En 1916 se celebra el primer carnaval estudiantil. Elvira I es elegida reina del Carnaval.
En 1930 es suspendido debido a problemas de abuso de alcohol y de violencia.
En 1960 Un intento de revivir el carnaval fracasa debido al abuso de alcohol y disturbios.
En 2005 el carnaval es resucitado por el Alcalde Mayor Luis Eduardo Garzón con el nombre de Carnaval de la Diversidad. Se celebra el 6 de agosto para el cumpleaños de la ciudad. El carnaval de los Niños y de la Niñas se convierte en una celebración anual.
En 2006 el carnaval toma el nombre de Carnaval del Trueque Creativo y la cultura Festiva

jueves, 27 de julio de 2006

Los primeros vuelos


El primer aparato volador que llegó a Bogotá en junio de 1911, fue un “Bleriot”, que vino desarmado y que debía ser conducido en unas maniobras de exhibición por el piloto francés que lo traía. Los empresarios de este espectáculo eran los caballeros bogotanos Ricardo Castello y Carlos Rosas.
Tristemente, los capitalinos quedaron totalmente frustrados en sus esperanzas de ver remontarse por los cielos un aparato más pesado que el aire. El fracaso del vuelo fue reseñado así por El Gráfico:
“Una noticia caliente para el pueblo bogotano. Primero en el Ground de Polo y más abajo después, ni acompañado ni solo pudo volar el francés.
Entonces, por más acierto, contrataron un potrero muy abierto, enorme como un desierto y verde como un billar; pues allí para volar el mogollo estaba muerto ... con su traje de montar y encaramado en el ave, ni el piloto mismo sabe dónde puede ir a parar.
Al fin el bicho se arranca traqueando como una fiera; cuatro cuadras de carrera, medio revuelo ... ¡y se tranca! ¿ Tal vez un dolor le asiste en la pechuga o la cola? El cuadro es de lo más triste: un mueble que se resiste, y un volador que no vuela.
“Como recursos, para próxima ocasión, aviador y carpintero le hicieron una operación a ese pájaro agorero (..) En día de junio, con viento de carácter regular, llegó el terrible momento de volar o no volar. Mucho de afán, de carreras y de medir ventolinas; ¡que asusten esas terneras! ¡que espanten las golondrinas! El aviador marrullero se encaramó cual un mico; al recorrer el potrero, nuestro pájaro agorero alzó el rabo y ... clavó pico”.

El aparato, que era un biplano monomotor, no tenía la potencia suficiente como para remontarse en la enrarecida atmósfera de la Sabana.
Tiempo despues los dinámicos y emprendedores hermanos Di Doménico contrataron al piloto norteamericano Knox Martin para realizar una serie de vuelos sobre Bogotá que fueran parte de los festejos con que se conmemoraría el centenario de la Batalla de Boyacá. Martin tenía un biplano Curtiss al que había bautizado “El Diablo Rojo”. Lo desarmó en Girardot y se puso en marcha hacia Bogotá. Lo armó y lo preparó el 8 de agosto, con un día de retraso por demoras en el transporte ferroviario. En seguida procedió a sobrevolar la ciudad. El Diario Nacional reseñó así este hecho histórico:
“Los habitantes de la ciudad capital, cuando más distraídos estaban, fueron sorprendidos por el zumbido del motor que funcionaba en las nubes; en las calles, en las casas, en los hoteles, como una corriente eléctrica corrió el grito que anunciaba el aeroplano que avanzaba ufana y triunfalmente sobre el fondo purísimo del cielo. Bogotá presentó un espectáculo de gran conmoción. Los comerciantes abandonaban sus tiendas y almacenes, y salían a la calle, donde se agolpaba ya una hetereogénea multitud; los tranvías, coches y automóviles se detenían en las calles para que bajaran los pasajeros... Puede decirse que en tanto que éste voló sobre la ciudad, en ella se suspendió todo tráfico y todo movimiento”.
Martin sobrevoló la ciudad durante cinco minutos, en ocasiones a baja altura y luego aterrizó al occidente de Fontibón. Los Di Doménico filmaron el decolaje y el aterrizaje para luego exhibir la película en el Salón Olympia. Al día siguiente se programó otro vuelo y se cobró un peso por la entrada al campo de aterrizaje. El 10 de agosto Martin efectuó otro vuelo que paralizó una procesión cívica que llegaba a la Plaza de Bolívar. El aviador arrojó una corona de laurel cerca de la estatuta del Libertador. Hubo otro vuelo el 11 y otro el 15 en el cual el norteamericano realizó una serie de acrobacias.
Una gran cantidad de bogotanos se dirigieron a la plaza del barrio Egipto para aprovechar su mayor altura a manera de excelente mirador. Cuando Knox sobrevoló la plaza de Las Cruces interrumpió una corrida de toros que allí se celebraba y el entusiasmo que despertó entre las gentes se volvió contra él poniéndolo en grave peligro. En efecto, los artesanos decidieron homenajear al aviador lanzando cohetes al paso del aeroplano; uno de los voladores estuvo a punto de alcanzar a Martin en el rostro.
El estadounidense, que había sido piloto de combate en la Primera Guerra Mundial, comprendió el riesgo en que lo estaban poniendo los eufóricos bogotanos, se retiró a toda prisa de la zona y aterrizó en el campo de La Merced.
También estaba programado un vuelo Bogotá-Tunja-Bogotá pero Martin decidió suspenderlo pues consideró que su aeroplano no estaba en condiciones de coronar con éxito un vuelo tan largo y arriesgado.
Al año siguiente llegó a Bogotá otro avión, el primero en arribar a esta ciudad por sus propios medios.
Se trató de un avión piloteado por tres pioneros alemanes de nuestra aviación comercial, los señores Hammer, Shurumbush y Von Krohn, y fue el primero en remontar la cordillera para alcanzar la Sabana de Bogotá. Después del aterrizaje los tres pilotos entraron a la ciudad acompañados por el ministro alemán en medio de una entusiasta muchedumbre que los vitoreaba. Este vuelo se había realizado por iniciativa de la recién fundada SCADTA, la cual ya había establecido la ruta regular de hidroaviones entre Barranquilla y Girardot. El 11 de diciembre de 1920 el señor arzobispo Bernardo Herrera Restrepo bautizó el aeroplano con el nombre de nuestra capital; fueron padrinos el presidente Suárez y el ministro alemán.
El 13 de diciembre el “Bogotá” decoló del campo “La Providencia”, cerca de Suba, y se dirigió a Bosa donde la SCADTA había adquirido un campo. El 24 del mismo mes regresó el norteamericano Knox Martin en un vuelo Honda-Bogotá, el cual duró 45 minutos. Martin tuvo que ser sometido a asistencia médica por problemas cardíacos debidos al rápido cambio de altura.
A esta sazón ya los bogotanos albergaban serias esperanzas respecto a la posibilidad de empezar a gozar de comunicación aérea con otras ciudades del país.

martes, 25 de julio de 2006

El Copetón Bogotano


Copetón de mi tierra: por sencillo y travieso,
porque llevas al alma juventud y embeleso,
y porque eres ingenuo, malicioso y burlón,
loar quiero tus gracias en poema florido,
en que saltes del verso como saltas del nido
tras el vivo geranio o el sutil doncenón.
-
De los grandes amigo, de los pobres hermano,
tú, lo mismo, lo mismo que el gamín bogotano,
eres chisme y ensueño, perversión y bondad.
Los secretos exploras, de empinada azotea,
o en tejados musgosos tu beldad se pasea,
como el alma doliente de mi vieja ciudad.
-
Lo han fingido mis sueños. Una tarde encantada
se dibuja en los cerros el airón de Quesada,
que hacia el valle desciende con su corte marcial;
tú no sabes las penas que a los indios afligen,
pero ves en las ramas del tugurio aborigen,
que una faja de fuego va ciñendo el maizal.
-
Huye el indio. Tú quedas. Como fúlgida racha
despedaza los robles el mandoble del hacha,
y las casas se elevan de las cumbres al pie.
No perdiste tu nido, copetón vocinglero,
que los patios son grandes y al calor del alero
tejerán otros nidos tu paciencia y tu fe.
-
Ya los tejes; de aquellos invasores amigo,
en las nobles casonas encontraste el abrigo
de las huertas floridas y el enorme solar.
En el suelo paseas picoteando el uchuvo,
o al papayo te trepas donde cuelga el curubo,
y las noches estallan en olor de azahar.
-
No te encuentras, lo sabes, entre gentes extrañas.
A las raras costumbres de los blancos te amañas
y les sigues las huellas una vez y otra vez.
Te consiente la esclava que, al mirarte, en él piensa;
y ya sabes en dónde se instaló la despensa
olorosa a vainilla y a canela y a nuez.
-
Todo llena el encanto de tus gracias joyantes.
De los chorros te bañas en los tersos diamantes
y a saltitos te pones en un tronco a secar,
o en el brevo te ríes con alegre arrebato,
al mirar te libraste de las uñas del gato,
porque llega la escoba que lo viene a espantar.
-
Fiel espejo de toda mi ciudad y su brega,
eres grave y solemne si entre rosas se anega
en los montes azules la fulgencia del sol,
o mezclado en las ramas a la turba canora
te alebrestas y brincas saludando a la aurora
que en los cielos revienta como inmenso ababol.
-
Eres triste en los pinos del feliz cementerio;
en los sauces te ocultas al amor del misterio
y en el viejo eucalipto muestras íntimo afán;
mas si vaga en el parque solitaria pareja,
pechugón tú la sigues, aguardando en la reja
mantecadas, barquillos o migajas de pan.
-
En los postes erguidos, de la brisa al ventalle,
muy curioso te quedas contemplando la calle
y forjando consejas de vinagre y de miel;
y si ves el canasto donde humea el piquete,
en el campo te miran con tu erecto copete,
las pupilas clavadas en el blanco mantel.
-
Alma frágil y noble de la verde sabana,
contemplaste una noche por la senda lejana
alejarse dos sombras dialogando su amor;
y envidioso miraste que a la luz de la luna
las dos sombras dolientes se trocaban en una,
como dos corazones en un mismo dolor...
-
Bogotano a la usanza, grave a un tiempo y risueño,
en altivo edificio, persiguiendo tu ensueño,
del cemento en los bloques reposar se te ve;
pero vuelves ansioso tras la prófuga calma,
que parece tuvieras el cerebro y el alma
al encanto enredados de la gris Santafé.
-
Porque siempre a lo nuevo tu vivir se transforma,
pero buscas lo viejo porque sigues la norma
de que el hoy y el mañana son los hijos de ayer.
Las angustias recibes con alegre arrumaco,
y eres fraile, y liróforo, y tenorio, y cachaco,
porque un prisma irisado se te quiebra en el ser.
¿A qué el águila negra de pujante decoro,
que en las garras estrecha dos granadas de oro,
para ser, ciudad mía, de tu gloria el blasón?
Bogotano sin mancha, bogotano travieso,
deja al águila brava sucumbir con su peso,
y tú llena el escudo... Copetón! Copetón!...
-
Nicolas Bayona Posada

sábado, 22 de julio de 2006

Carteles para la temporada taurina de verano

El Director de la Corporación Taurina de Bogotá Felipe Negret Mosquera ha dado a conocer oficialmente las combinaciones de los carteles para las tres novilladas y la corrida de toros que conforman la Temporada de Verano en la capital colombiana.
Sábado 12 de Agosto, novillos de Dos gutiérrez, propiedad de Don Jorge Gutiérrez Gómez, encaste Murube-Santa Coloma, para Juan Camilo Alzate, Cristian Camilo Pinilla y Germaín Duque.
Domingo 13 de Agosto, novillos de la ganadería de Rocha Hermanos, propiedad de Don José Rocha Marulanda, encaste Conde de la Corte- Jandilla, para Nico Mendez, Juan Carlos Salazar “Sevillita” y José Fernando Alzate.
Sábado 19 de Agosto, novillos de Santa Rosa, propiedad de los hermanos Pimentel, hijos del maestro Jerónimo Pimentel Gómez, para Juan Solanilla, Oscar Torres y Leandro de Andalucía.
Domingo 20 de Agosto, toros de la ganadería de El Aceituno, propiedad de Don Juan Fermín Rocha Marulanda, encaste Jandilla, para los matadores Pepe Manrique, Ramiro Cadena y Cristóbal Pardo.
Al igual que en años anteriores las entradas serán gratuitas, y serán entregadas a las diferentes Peñas Taurinas, a los aficionados,

La Sabana de Bogotá de antaño


Fragmento del exquisito articulo de Camilo Pardo Umaña publicado en el libro Haciendas de Bogotá.
Bien podemos aceptar, sin llamarmos a engaño, que la Sabana de Bogotá fue, hace milenios, un enorme lago, cuya desecación comenzó al romper las aguas por la región del sur, en donde hoy admiramos la majestad del Salto de Tequendama.
Lo cierto es que cuando llegaron los conquistadores españoles de don Gonzalo Jiménez de Quesada, en 1538, en el altiplano abundaban las lagunas y ciénagas, y periódicamente desbordábase el río Funza o Bogotá y causaba grandes estragos, que pueden medirse por las siguientes palabras de Rodríguez Freile en su delicioso libro "El Camero", las cuales se refieren al año 1581: "Estaba el río Bogotá tan crecido con las muchas lluvias de aquellos días -dice el historiador colonial-, que allegaba hasta Techo, junto a lo que agora tiene Juan de Aranda por estancia. Era de tal manera la creciente, que no había camino descubierto por donde pasar, y para ir de esta ciudad a Techo había tantos pantanos y tanta agua, que no se veía por donde iban".
Tenemos, pues, a Jiménez de Quesada y a sus hombres avanzando por la Sabana, de Chía hacia Bacatá -hoy Funza-, lugar de residencia del Zipa, el más poderoso de los soberanos del imperio chibcha, quien hallo la muerte a manos de un obscuro soldado que le disparó su arcabuz sin conocerlo. El Zipa vivía en un enorme bohío circular, cuyas paredes de madera estaban adornadas con mantas finamente tejidas, y tenía como lugar de recreo el llamado Teusaquillo, que ocupaba terrenos del actual barrio de San Cristóbal de Bogotá. "Alrededor de este cercado -escribe Rodríguez Freile-, que estaba a donde ahora está la fuente de agua en la plaza, había asimismo diez o doce bohíos del servicio del dicho cacique, en los cuales y en el dicho cercado alojó su persona el dicho Adelantado, y en los demás bohíos a sus soldados"
A los ojos de los conquistadores, ¿qué aspecto ofrecióles la Sabana, cuando Jiménez de Quesada, admirado, la llamó "Valle de los Alcázares"? Germán Arciniegas, en uno de sus novelones, la describió así: "Las tierras del Bogotá son tan altas, que en ellas el frío penetra los huesos. A veces, en los amaneceres, el agua se hiela. Una corona de cerros rodea la planicie. Parándose en la punta de estos cerros, o en ciertos filos y boquetes en que la meseta como que se descuelga sobre el abismo, se puede mirar al fondo del Magdalena. Son mil quinientos, dos mil metros de diferencia en los dos niveles. Muchas veces quedan descubiertos, desnudos, los estribos de roca viva en la cordillera, como para mostrar en qué clase de cimientos se afirma la tierra del chibcha.
"... Por las tardes, el paisaje de la Sabana es paisaje de tapicería. Hay bosquecillos de arrayanes de troncos retorcidos, cuyos brazos decora un musgo que cuelga en barbas grises; ciénagas en donde crece el junco, cruzadas por canales: blandas vías para las balsas que empujan con palanca los indios pescadores; el río turbio, al derramarse, desdibuja un cauce de caprichosos meandros; en algunos puntos, semente-ras de maíz: hojas secas que se doblan sonoras entre las pistas del viento; mazorcas envueltas en su amero como niños, y con la cabellera rubia, ya ennegrecida y encrespada al sol; de cuando en cuando un bohío, gris y dorado como gavilla de trigo; por todas partes, lagunas que se ponen bermejas con el sol de la tarde. La tarde es una ancha hora de quietud, primer toque al reposo, que se disuelve entre nubarrones de oro. Los venados se detienen cautelosos, levantan la testa de azorados ojos redondos de azabache y dejan entre su ramazón de cuernos,suspendido como un estandarte, el crepúsculo. Contra el poniente, en fastuoso derrumbamiento, cae el sol de tierra fría: el sol de los venados".
Es imposible calcular la población indígena de la Sabana al llegar los conquistadores, pero si fijamos esta cifra en medio millón es posible que pequemos por exceso de optimismo. Los historiadores apasionadamente indigenistas han querido convencernos de que los chibchas poseían una civilización muy adelantada, a la altura, casi, de las de los aztecas y los incas, y para ello han apelado a notorias exageraciones y han abusado de la imaginación. Los chibchas cultivaban la papa y el maíz, de cuyo grano fermentado sacaban la chicha, bebida embriagante a la par que alimenticia que ha llegado a nosotros, y tejían burdas mantas para vestirse. Su tipo racial hace recordar el mongólico, de pómulos salientes, pelo negro lacio, lampiños y de corta estatura. Hipócritas, taimados y maliciosos, sus descendientes han venido siendo los mejores políticos colombianos, seguramente porque todos saben de memoria, y lo practican, el conocido código chibcha:
"Un indio estaba muriendo y a su hijo le aconsejaba: -Haz de saber, hijo mío, que un bien con un mal se paga. "Si fueres por un camino donde te dieren posada, róbate aunque sea el cuchillo y vete a la madrugada. "Si algún blanco te mandare que le ensilles el caballo, déjale la cincha floja y aunque se lo lleve el diablo. "Si algún negro te ocupare sírvele por interés; y lo que mande al derecho, procura hacerlo al revés. "Estos consejos te doy por ser, hijo, de razón; si no lo hicieres así, llevarás mi maldición"
Pero si es lógico suponer que fueron millares los chibchas que perecieron durante la Conquista, tampoco es admisible el cálculo de Arciniegas de que los indígenas eran entonces no menos de diez millones, bajo el dominio de cinco soberanos independientes: el Guanentá, el Sugamuxi, el Tundama, el Zaque y el Zipa. Sea como fuere, en 1674 apenas vivían en Santa Fé de Bogotá unos diez mil indios, según cálculo que hace don Juan Flórez de Ocáriz en su obra "Genealogías del Nuevo Reyno de Granada", publicada en aquel año; cifra ésta que significaría, como máximo, un total de cincuenta mil aborígenes en toda la Sabana.
La feracidad natural de la gran planicie sabanera es algo incalculable, y el día en que se hagan todas las necesarias obras de defensa contra las inundaciones, y en que se provea y reglamente el uso de las aguas para los regadíos, se convertirá en un emporio de riqueza que nada tendrá que envidiar a las famosísimas huertas valencianas. Ya el cura conquistador don Joan de Castellanos cantaba a la Sabana:
-¡Tierra Buena! ¡Tierra Buena! ¡Tierra que pone fin a nuestra pena! Tierra de oro, tierra bastecida, tierra para hacer perpetua casa, tierra con abundancia de comida, tierra de grandes pueblos, tierra rasa, tierra donde se ve gente vestida, y a sus tiempos no sabe mal la brasa; tierra de bendición, clara y serena, ¡tierra que pone fin a nuestra pena!
Estas palabras han seguido repitiéndolas cuantos han escrito posteriormente -a lo largo de cuatro siglos- sobre el altiplano, y en 1910 se expresaba así el autor de las "Reminiscencias -Santa Fé y Bogotá":
"En pocas comarcas ha derramado la Providencia con tanta prodigalidad sus beneficios en favor del hombre, como en el pedazo de tierra que se llama la Sabana de Bogotá.
"Atravesada de Norte a Sur por el manso y cenagoso Funza, que recoge los diversos tributarios que aumentan el caudal de sus aguas, dejando todos a su paso el depósito de limo fecundante que mantiene en perenne actividad la prodigiosa fuerza productora de su fértil suelo; bajo la influencia de un clima suave e igual, libre de los fríos, y exenta de animales dañinos o venenosos; rodeada, como inexpugnable fortaleza, por altas y azuladas montañas que le renuevan amorosas las brisas del purísimo ambiente que da vida a sus moradores; protegida, por razón de su altura sobre el nivel del mar, contra las asoladoras e implacables epidemias que dejan en otras partes una estela pavorosa de muerte y desolación; y lo que aun es mejor, habitada por una raza de carácter apacible, sin ambiciones, humilde y sencilla, apegada al suelo en que nace, vive y muere, amalgamada con la savia de sus conquistadores, a quienes recuerda con veneración, sin acordarse de las inútiles crueldades empleadas para sojuzgarla.
"Como consecuencia precisa de las favorables condiciones peculiares a la Sabana, el cultivo de su suelo y las demás empresas agrícolas a que se dedica, presentan extraordinarias facilidades para administrar las distintas secciones que la componen.
"Antaño se veían en las cercanías de todos los pueblos de la altiplanicie agrupaciones de indígenas que vivían en el pedacito de tierra que, con la denominación de resguardos, les adjudicaron las leyes de Indias y de la antigua Colombia, con prohibición de enajenarlas. En ellos mantenían los animales que les servían para conducir a los centros de consumo los cereales y demás artículos que cultivaban, y las ovejas que les proporcionaban la lana para vestirse; eran propietarios, y, por consiguiente, tenían cariño por el rancho y la estancia en que vieron la luz, pasaron sus primeros años y conocieron a sus abuelos.
"El aspecto de los resguardos era bellísimo en los tiempos de labores y recolección, por la diversidad de sementeras a que se dedicaban las estancias, que se distinguían de las haciendas por el conjunto heterogéneo de toda clase de artículos sembrados y cosechados simultáneamente.
"El tipo de una estancia era común a las demás, pues ya se sabe la inclinación imitadora que domina a la raza de los aborígenes: un cercado o vallado formado con arbolocos, cerezos, carrizos, sauces, curubos y zarzas; en el centro, la casita cubierta con paja de trigo, angosto corredor al frente, y estrecha puerta de entrada a las habitaciones, sin ventana, o muy diminuta en el caso de haberla; por mueblaje, una maciza mesa y barbacoas para sentarse o acostarse; el zarzo del techo que servía de troje para los cereales y de guardarropa de la familia; en las paredes, sin blanquear, las imágenes de los santos de la devoción de cada cual, pero en primer lugar las de Nuestra Señora de Chiquinquirá, San Roque, Nuestra Señora del Carmen, en actitud de sacar almas del purgatorio, y algunas vitelas monstruosas; en un rincón, los zurrones de cuero para guardar la miel, y sobre ellos el sillón o montura de la dueña de casa. Al frente de la choza una cocinita estrecha y ahumada que ostentaba, sin embargo, la limpia piedra de moler el piste, elemento indispensable para hacer la mazamorra. En cuanto a vajilla, se componía de platos y cucharas de palo, totumas, tazas de barro ordinario, y pare de contar: solían tener alguno que otro plato o escudilla de loza; pero estas fincas permanecían guardadas sobre una tabla asegurada a las paredes por medio de estacas, para el caso solemne de la visita del amo cura o del patrón de la hacienda vecina".
Los resguardos ya no existen en la Sabana. Una ley permitió su enajenación y desde entonces viven los indios sabaneros en ranchos que les facilita la hacienda en donde trabajan, los cuales no se diferencian en nada de los descritos por Cordovez Moure. De la bondad de la ley dicha no es el caso de hablar ahora, pero es innegable que a ella se debe, principalmente, la despoblación incesante de los campos, que lleva camino de convertirse en un problema nacional de grandes proporciones.
Paso a paso, la vasta extensión de la Sabana fue desecándose, al cuadricular el hombre su suelo con zanjas y más zanjas, que servían también para alinderar las haciendas y, dentro de éstas, los distintos potreros, que se iban sembrando de los mejores pastos, cuando no se dedicaban a la agricultura; y fue don Antonio Nariño, el andante caballero bogotano, a quien cupo la gloria de haber importado el famoso trébol, llamado comúnmente carretón, orgullo de los más ricos hacendados y señal indudable de la fertilidad de las tierras. Al mismo tiempo, fueron apareciendo los caminos vecinales a todo lo largo y a todo lo ancho de la Sabana, en tanto que dentro de las haciendas florecían los senderillos zigzagueantes -"caminitos de indio"-, que acortaban las distancias y hacían gratas las jornadas.
La Sabana no era entonces limpia, como ahora. Grandes extensiones de malezas la cubrían, y en ellas habitaban, por millares, los venados, alimento preferido de los indios, que no conocieron la carne de vacunos hasta mucho después de la llegada de los conquistadores. Los grandes árboles no abundaban tampoco, y la siembra de eucaliptos fue invención de hace pocos años, cuando la inmensa mayoría de los hacendados sabaneros delimitó sus dehesas con esta mirtácea para que ayudara en la tarea de secar los pantanos. Hoy, su presencia -que infunde a la Sabana tanta monotonía y tristeza sumaya no se justifica y, antes bien, es perjudicial.
Dos caminos principales tenían los indios a la llegada de los conquistadores españoles: el que llevaba, hacia el norte, a los dominios del Zaque (Tunja) y el que conducía por la Boca del Monte a las tierras bajas y ardientes, rumbo al occidente. Pero fue al dios Amor, encarnado en la persona del oidor Francisco de Auncibay, a quien correspondió construir la primera parte de la Calzada de Occidente, desde Santafé hasta Techo, cuyo principal objeto era el de poder viajar cómodamente hasta el actual municipio de Mosquera, en donde estaba situada la casa de hacienda de "El Novillero", del encomendero de Bogotá capitán Antón de Olalla, de cuya hija doña Gerónima de Orrego estaba furiosamente enamorado el oidor Auncibay, según es sabido.
Cuatro siglos largos después de la llegada de don Gonzalo, la Sabana está cruzada por tres carreteras principales y otros tantos ferrocarriles paralelos: la del norte, de Bogotá a Zipaquirá; la del sur, de Bogotá a Tequendama, y la de occidente, de Bogotá a Facatativá; por varias carreteras de enlace, de segundo orden; por multitud de caminos vecinales, y por infinidad de caminitos de indio. Y toda ella semeja, vista desde la altura, un enorme tablero de ajedrez, multicolor en ciertos meses, cuando las tierras se cubren de flores y de frutos.
"El oriente y el norte de Cundinamarca son absolutamente boyacenses. Boyacá comienza en el Puente del Común", cuentan que dijo el señor Caro; y es verdad. "Boyacá comienza donde ya le sirven a úno dos sopas, y esto acontece en Chía, en Nemocón lo mismo que en Hatoviejo, en Ventaquemada o en Paipa", afirma don Tomás Rueda Vargas, con sobra de razón. Y si esto ocurre con Cundinamarca, ¿no pasará algo semejante con el norte de la Sabana, a pesar de que ésta no es sino un trozo del departamento?
Lo que sucede es que Bogotá y la Sabana son una cosa y el resto de Cundinamarca es otra, muy distinta. La Sabana pertenece espiritualmente a la ciudad, y las dos se compenetran absoluta y definitivamente.
En la Sabana, cada uno de sus pueblecillos -Funza, Fontibón, Serrezuela, Chía, Usaquén, Engativá, Mosquera, Suba, Cajicá, Bosa, Bojacá, Soacha, Cota, Tenjo, Tabio, etc.- tiene su personalidad, como la tiene, ¡y tan marcada!, Bogotá; pero todos están unidos por un alma común, por una especie de cordón umbilical del espíritu, que nada tiene que ver con la que anima al resto del desaparecido imperio chibcha.
¿Cómo explicar esto? Ardua y compleja labor sería intentarlo. Es, sin embargo, lo más probable que ello se haya originado en el enorme predominio que tomó la raza española en Santafé y en toda la Sabana; predominio absoluto, que en ninguna otra parte fue tan cabal y definitivo. Así, la ciudad y la Sabana fueron españolas por virtud de los encomenderos, en quienes es forzoso buscar a los primeros hacendados de la planicie, y seguramente fueron ellos quienes compraron, en 1543, los primeros 35 toros y las 35 vacas que trajo Alonso Luis (o Luis Alonso) de Lugo, pagándolos a razón de mil pesos oro por cabeza.
Tal vez un historiador minucioso pudiera precisar los terrenos que ocuparon en la Sabana las primeras encomiendas. Pero hay una, la del Alférez Real de la Conquista, capitán Antón de Olalla, tronco que fue de muchas de las principales familias de la aristocracia bogotana, que merece una explicación a espacio, ya que de ella nació el mayorazgo de Bogotá, la primera y más importante hacienda de la Sabana, de nombre El Novillero, cuyos términos abarcaron, casi en su totalidad, los de los actuales municipios de Funza, Serrezuela y Mosquera.
El Alférez Real obtuvo su título de capitán y la encomienda de Bogotá del Adelantado Alonso Luis de Lugo. Más tarde contrajo matrimonio con doña María de Orrego y Valdaya, de la nobleza de Portugal, quien fue una de las primeras damas que vino a la naciente ciudad, y de ellos fue hija la célebre encomendera de Bogotá, doña Gerónima de Orrego y Castro, por quien bebieron los vientos el oidor don Francisco de Auncibay y don Fernando de Monzón, hijo del visitador real don Juan Bautista de Monzón. Doña Gerónima tuvo un hermano, don Bartolomé de Olalla, quien murió joven, y de ahí que fuera ella la heredera universal de los cuantiosos bienes del Alférez Real.
El caso es que el oidor Auncibay y el hijo del Visitador andaban disgustados, porque ambos querían casarse con la encomendera, sabido lo cual por el capitán de Olalla por aviso que le dio su mujer, pues generalmente permanecía en sus haciendas, determinó llevarse a su hija para El Novillero en espera de que los dos pretendientes "se aquietasen". Fue entonces cuando, al acompañarlos el oidor al puesto de la balsa en que deberían embarcarse para seguir a Fontibón, determinó construir la calzada de occidente, y así lo hizo. Pero con todo y su gran amor por doña Gerónima, quien vino a ser esposo de la bella santafereña fue don Fernando de Monzón, debido a que el oidor fue trasladado poco después a la Real Audiencia de Quito. Casáronse, pues, don Fernando y doña Gerónima en 158 1, y a las pocas semanas murió aquél, víctima de perniciosa calentura, y sin dejar descendencia.
Doña Gerónima soportó corta viudedad y contrajo de nuevo matrimonio con el Almirante de la Armada don Francisco Maldonado de Mendoza, quien con sus propios bienes y con los cuantiosísimos de su esposa fundó el Mayorazgo de la Dehesa de Bogotá, que posteriormente pasó a su hijo Antonio, después a su nieta María, y así sucesivamente hasta llegar a don Jorge Miguel Lozano de Peralta y Varáez Maldonado de Mendoza y Olalla, VIII poseedor del Mayorazgo y primer Marqués de San Jorge de Bogotá.
El bogotano es bogotano y nada más que bogotano, a pesar de lo cual ignora completamente el regionalismo, posiblemente a causa de cierta presunción íntima de superioridad; y si bien está muy al corriente de la historia de todos los países de Europa y de América, cariño verdadero -aquel que se siente por los abuelos- no lo tiene sino por la Madre Patria.
Su amor por la Sabana lo lleva en la sangre, dando a aquella el sentido de una prolongación de la ciudad maternal, lo cual se explica fácilmente porque los antepasados de las rancias familias bogotanas fueron todos hacendados sabaneros; y a la grande, bella y melancólica planicie dedicaron lo mejor de sus vidas, con desinterés de cariño.
La Sabana es un arcano para mi, y aprendí a conocerla y amarla. Supe de su paz y de sus atardeceres melancólicos; de sus claros y soleados días de diciembre, como también de los fríos y opacos, de abril; de las preocupaciones de sus hombres de trabajo y del sano orgullo de sus hacendados creadores de riqueza de la bondad de las mujeres y de sus pequeños odios pueblerinos; del justificado cariño de los campesinos por los animales, y del terrible daño que les causan los políticos y sus prédicas. Y así vine a comprender la sabiduría que entraña la preposición de encajada entre las palabras Sabana y Bogotá: porque la Sabana es de Bogotá -como Bogotá es de la Sabana- y no puede ser sino de Bogotá.
Existen ya en la Sabana casas de hacienda modernas, decoradas y amuebladas como cualquier gran residencia bogotana. No son éstas, por cierto, las que deben interesarnos: les falta haber vivido, tener historia, haberse compenetrado con el alma de sus moradores; son casas anodinas, que no dan calor al corazón.
Muy otras son las amables casas de hacienda sabaneras. Son aquellas con vida propia, que los abuelos amueblan generalmente con lo viejo y lo sobrante de sus casas bogotanas. En ellas, con sus pisos cubiertos con estera de esparto, se conservan aún enormes armarios taraceados y largos divanes sin resortes; grandes lámparas de petróleo, que sirvieron para iluminar los balcones en las vísperas del 20 de julio; consolas de patas de león; sillas cordobesas de cuero repujado; camas amplísimas, algunas con baldaquino y en estrado; relojes de sobremesa cuya muestra sostienen figuras bronceadas de angeletes desnudos; amplios sillones que convidan a la siesta; y, pendientes de los muros, viejos retratos al óleo, en valiosos marcos policromados, y oleografías de muy dudoso gusto, amén de los santos predilectos de los dueños de la hacienda, siempre presididos por el Sagrado Corazón en su ya tradicional estampa.
¡Viejas casas sabaneras, sin garages ni modernismos chillones, precedidas por la indispensable pesebrera y el anexo cuarto de las monturas, y con su obligado oratorio en donde se armaba el nacimiento que hizo las delicias de tantas generaciones: Inolvidable pesebre santafereño, con su arbitraria geografía y sus desproporcionados ganados, árboles y casas; su lago de espejo y sus senderillos de harina! ¡Viejas casonas de mi Sabana, sobrevivid! No olvideis que, como lo escribió don Tomás Rueda Vargas, "la muerte de las cosas es mil veces más triste que la de las personas"; y en vosotras perdura toda -el alma melancólica y maternal de la gran llanura...

Musica de Colombia en la BLAA

Las nuevas generaciones traen consigo un bagaje musical tan amplio como variado. En la práctica cotidiana se sumergen en tradiciones diversas a través de las creaciones de compositores reconocidos por décadas como exponentes de la música colombiana, obras latinoamericanas tanto en sus vertientes más populares como eruditas y repertorio europeo con el que cualquier músico se familiariza si transita por una formación académica.
Así, no es de extrañar que la personalidad musical de un compositor o intérprete se teja hoy en múltiples referencias de gran riqueza, como bien lo ilustrarán los próximos tres conciertos en la sala de conciertos de la BLAA.
Para el domingo 23 de julio a las 11:00 a.m. está invitado Urbambú (Luis Alfonso Martínez -tenor-, Diego Rodolfo Guacaneme -tiple- y Germán David Molano –guitarra-), conjunto de jóvenes con una trayectoria que ya ha traído buenos frutos en diversos escenarios; Urbambú tocará piezas poco conocidas, llamativos arreglos y obras originales.
Este es el programa detallado: G. D. Molano: Obertura; J. J. Claro: El indio y la cholita; G. A. Renjifo: La llamita; Caballito de Ráquira; G. Calderón: El sueño de Juan; R. Pérez: Yo soy el indio americano; F. A. Ramírez: El Pelagatos; L. A. Martínez: La cacería; Azulito y anaranjado; Ch. Buarque: Construcción; A. Báez: La mañana; A. M. Naranjo: Señora prohibida; J. “Pote” Mideros: Sandoná; A. “el chato” Guerrero: El miranchurito.
Dentro del ciclo de los jóvenes intérpretes se presentará el lunes 24 a las 7:30 p.m. Laura Hernández con esta bonita selección de canciones: A. Castrillón: El nudo; L. Laverde: Te encontré; D. Zapata: Elegía triste; C. A. Mejía: Contratiempos; La casa; O. Hernández/L. Cardona: Migas de silencio; L. Díaz: Estampas; S. Martínez: Contradicciones; J. J. Torres de la Pava: Tu llegada; F. Suárez: Más que dos; L. E. Aragón: Como tú dices. Laura estará acompañada por la guitarra de Hugo Alberto Hernández y el tiple de Jeanet Álvarez.
Y finalmente, el martes 25 a las 7:30 p.m. el Trío L´Epoque (Adam Zajack – violín-, Juan Pablo Muñoz –piano- y Carlos Fernando Rubio –corno-) nos ofrecerá obras en una interesante sonoridad poco convencional para los conjuntos de cámara en nuestro medio. El trío tocará el siguiente repertorio: F. N. Duvernoy: Trío No. 1; A. Ramírez: Suite, Op. 18; J. Brahms: Trío en Mi bemol, Op. 40.
Son tres conciertos para ponerse al día en lo que piensan los jóvenes músicos de nuestro tiempo.

jueves, 20 de julio de 2006

El Simbolo Colombiano

COLUMNA DE OPINET
El café es el símbolo por excelencia de Colombia. Es un símbolo con varios rostros: el carnoso y rojo de su fruto maduro o el ocre del grano tostado; es, además, un símbolo con aroma, con un olor inconfundible; y es un símbolo de exquisito sabor que puede paladearse tanto en las mesas más humildes como en las más encumbradas. Es un símbolo que llega a todos los sentidos y produce bienestar físico y mental.
Sin querer demeritarlo, no puede ser que el sombrero vueltiao sea el símbolo nacional. Sería igual de desatinado nominar como tal al carriel paisa o al sombrero aguadeño, en otros tiempos muy popular. Está bien que el sombrero vueltiao haya subido de estatus y ya no sea visto como un atuendo ‘corroncho’ o mañé, y hoy sea lucido por cantantes, veraneantes del jet-set criollo y hasta por el Presidente de la República -cuyos hijos se han apersonado de la promoción de esta artesanía-, pero de ahí a que el sombrero de caña flecha sea el símbolo nacional hay mucho trecho.
Es esnobista desconocer que el café tiene un hondo arraigo en la cultura nacional desde los tiempos en que el sacerdote Francisco Romero ponía la penitencia de sembrar maticas de café. De ese hecho legendario se pasó a la ampliación de la frontera agrícola, convirtiendo al café en la primera agroindustria y en el primer renglón de divisas. La riqueza generada por el café apalancó la más temprana industrialización del país y hasta nuestros primeros avances científicos en la búsqueda de la variedad Colombia.
El café ha sido buen ejemplo de democratización. Cada grano y cada bulto han sido valorados en su justa medida; el café del latifundista no ha tenido privilegios sobre las cosechas de los pequeños caficultores.
En todo el mundo se nos reconoce por el café, lo reconocen como el mejor y el más suave. Nuestros deportistas han sido asociados con nuestro café, que es el único producto que nos identifica ante el mundo sin que nos avergüence.
Pero la cara más amable de este símbolo ha sido la de Juan Valdez, y de eso es tan conciente la Federación de Cafeteros que la selección del nuevo Juan Valdez se hizo al derecho, como pocas cosas en nuestro país. Siendo un icono publicitario de fama mundial no hubiera sorprendido a nadie un nuevo Juan Valdez salido de una agencia de modelos o de entre los galanes de telenovela. Tampoco el que hubiera sido el hijo de un político o que lo hubieran cambiado por ‘chicas Valdez’ vestidas no de ‘chapoleras’ sino con pequeñísimos bikinis.
Reconforta que el nuevo Juan Valdez (Carlos Castañeda) sea un pequeño caficultor con una finca de dos hectáreas, nacido y criado en Andes, un pueblo de arraigo cafetero como el que más, y sin ninguna tacha. Un hombre que no bebe licor ni tiene enemigos, cuyo abuelo de 90 años todavía trabaja la tierra.
No es una casualidad que Juan Valdez sea uno de los iconos publicitarios más conocidos del mundo, es fruto de un trabajo constante y coherente hecho con base en un producto excelso respaldado por una tradición de viejo cuño.
Sin duda, este constituye un gran ejemplo ahora que se quiere promover la ‘marca país’ para promocionar a Colombia en el exterior con el lema ‘Colombia es pasión’. Cualquier símbolo puede ser exitoso si representa el mensaje que quiere comunicarse y si este es el adecuado.
El anterior símbolo, una especie de espiral en la arena, no era malo del todo pero nunca se trabajó, no significaba nada. El actual es muy polémico porque parece el corazón de un ‘Corazón de Jesús’, o porque semeja las curvas de una mujer y eso puede enviar un mensaje equivocado. Además, ¿será que Colombia sí es pasión? Hay decenas de adjetivos más propicios para calificar al país, muchos de ellos negativos, pero pasión no dice nada.
Definitivamente, aunque este monocultivo ya no esté en sus mejores tiempos, es el principal símbolo colombiano y su mejor cara se llama Juan Valdez.

domingo, 9 de julio de 2006

Jueves de concierto en la Sala Oriol Rangel


La segunda sala de conciertos de la ciudad, la Sala Oriol Rangel del Planetario reinicia sus actividades musicales.
Serán 30 conciertos todos los jueves que restan del año con los mejores grupos de Música tradicional colombiana, balada, nueva canción, música académica y latinoamericana, ganadores de las convocatorias 2006 del Instituto de Cultura y Turismo.
En julio el turno es para las agrupaciones, balada y nueva canción con Pat y Chaco ( jueves 13 de julio ) y el dueto de María Mercedes Vanegas y Andrés Correa ( el jueves 27 de julio).
Los conciertos se realizarán en la sala Oriol Rangel del Planetario. Calle 26 No. 6-07. a las 7:30 pm.

jueves, 6 de julio de 2006

Impuestos, pero con prioridades

COLUMNA DE OPINET
Un impuesto indeseable se fragua para financiar a la televisión pública.
En su primera campaña a la Presidencia de la República, el entonces candidato Álvaro Uribe Vélez propuso hacer frente al gigantismo del Estado con medidas concretas entre las que estaba la supresión de la Comisión Nacional de Televisión, un organismo polémico que ha protagonizado escándalos por corrupción y despilfarro, y tan intrascendente como otros que también nacieron al arbitrio de la Constitución de 1991, de la que se están celebrando 15 años de una existencia con resultados muy discutibles.
El presidente Uribe cambió su parecer con respecto a la susodicha Comisión váyase a saber por qué. Y aunque en Política no tiene nada de malo el que se varíen ciertas posturas al amparo de las circunstancias, lo que parece claro es que no hay razón de peso que justifique la supervivencia de ese costoso ente.
Por eso, produce grave desconcierto la noticia que trae el semanario El Espectador (julio 2 de 2006) acerca de un impuesto a los propietarios de inmuebles de estratos 4, 5 y 6 para financiar a la televisión pública.
El citado semanario advierte que tal proyecto de ley, elaborado por el Ministerio de Comunicaciones y considerado prioritario por la ministra Martha Pinto de De Hart, tendría el cometido de salvar del naufragio a la Comisión de Televisión porque se está quedando sin recursos después de gastar cerca de medio billón de pesos que ingresaron a sus arcas por la venta de licencias de televisión privada, permisos de operación de televisión por cable y otros conceptos.
El problema que surge es que la Comisión no tiene de dónde sacar recursos frescos para seguir financiando la producción de televisión estatal; es decir, de Señal Colombia y de canales regionales y locales que reciben su apoyo para sobrevivir. Incluso en los canales privados y en el Canal Uno —de propiedad pública pero con operación de concesionarios particulares— se ven con frecuencia sus mensajes institucionales, favoreciendo económicamente a particulares con dineros del Estado, o sea de todos.
Dada esa situación sólo quedan dos caminos: establecer una partida presupuestaria adicional de unas arcas ya de por sí precarias o crear un nuevo tributo entre quienes tengan mayores ingresos para no perjudicar a los menos favorecidos.
Para el Presidente Uribe, que decidió mantener viva una entidad gobernada por cinco comisionados que devengan más de 15 millones de pesos mensuales, esta última opción resultó más conveniente. Es un impuesto que existe en muchos países y que deja a la TV pública en un segundo renglón de prioridades.
No son pocos los que consideran que la televisión pública es vital para un país y su cultura a pesar de su escasa sintonía. El televidente colombiano promedio ve 115 minutos de TV en los canales privados y apenas un minuto largo de Señal Colombia. La creencia es que con grandes recursos se pueden realizar excelentes producciones que compitan con la televisión privada pero eso no parece posible porque la naturaleza de ambas ‘televisiones’ es opuesta; la privada es de diversión y, por ende, frívola y simplista. La TV pública, en cambio, debe ser de educación, divulgación, ilustración, etc., de ahí que sea aburrida y sosa. Si en nuestro medio fuera posible hacer televisión al estilo de Discovery Channel o Animal Planet, los privados ya lo habrían hecho. No tiene sentido cobrar un nuevo impuesto para que Señal Colombia nos presente los mismos magazines y las mismas entrevistas que otros canales también ofrecen, adobados por ciclos de cine francés o cosas por el estilo. Tampoco es sensato mantener un ente burocrático con el pretexto de preservar nuestra identidad cultural por decreto.
Un país debe tener claras sus prioridades y el hecho de tener una televisión cultural para mostrar nuestras costumbres y ‘reconocernos’, a un alto precio, es un lujo que no nos debemos dar.
Otro cantar si fuera un canal educativo —que cultural y educativo no es lo mismo— o si nos fueran a pedir un impuesto para financiar a los reinsertados de los grupos ilegales, a los desplazados o a los mutilados por las minas terrestres.
Este impuesto terminaría beneficiando tan sólo a unos pocos productores particulares de televisión con la falacia de que la divulgación ‘cultural’ es de amplio beneficio para el país.
Mejor, apaguemos el televisor

miércoles, 5 de julio de 2006

Comienza el Premio Luis Caballero


Con la obra Masa crítica, de Fernando Uhía, instalación a gran escala en la que el sonido es elemento fundamental para cuestionar la noción de crítica de arte, comienza el 7 de julio el ciclo de exposiciones del Premio Luis Caballero.
Esta será la primera de 8 exposiciones a cargo de artistas mayores de 35 años, que fueron seleccionados por el Instituto de Cultura y Turismo para la cuarta versión del Premio Luis Caballero, el más importante que se entrega en el País en las artes plásticas.
Cada artista recibió por parte del IDCT una beca de creación de 11 millones quinientos mil pesos, para el desarrollo de su respectiva propuesta y todos estarán nominados al Premio, que entregará al final del ciclo un premio de 50 millones de pesos.
Informes: Galería Santa Fe - Tels 2845223, 3274900 ext 165.

martes, 4 de julio de 2006

Chapinero de antaño


Chapinero era una pequeña aldea, más que un barrio, por su separación geográfica con la ciudad, tenía su propia vida. Como todo pueblo de la fértil sabana, crecía alrededor de su plaza, su parque, su iglesia, su teatro y su estación del tren.
Dándole vida a todo esto vivía un puñado de gentes que se conocían, se complementaban y alimentaban a las viejas chismosas del pueblo con pequeños y sabrosos incidentes de la vida diaria.
Una existencia cordial y chusca, como se diría en coloquial charla a la salida de la misa.
Muchos vivían en "quintas", como se llamában las viviendas, que no obstante tenían alguna semejanza con las viejas casonas de las épocas virreinales, con su jardín delantero, protegido por una verja, dos salas, el cuarto del piano, según la importancia de la casa; amplias y frías habitaciones, patio y solar con árboles frutales, hierbas medicinales, como las indispensables yerbabuena y la manzanilla y algo de lengüevaca, el arboloco y la mata de calabaza, a la sombra del brevo y del papayuelo.
En un rincón, amarrado con su cadena, el perro de la familia o, mejor llamado por su nombre: el fiel gozque.
Bogotá y Chapinero eran dos poblados diferentes, unidos por un mal camino, polvoriento y lleno de huecos, que se llamába la carretera del norte; por un tren, con estación, vendedoras de comida y demás adornos, que conducía a las poblaciones del norte de la sabana y a Boyacá y el tranvía, la forma más corriente de comunicación, era ir a Bogotá o venír del centro.
Por qué, cuándo y dónde, apareció Chapinero? cómo fue creciendo y satisfaciendo sus necesidades y anhelos de ser autosuficiente? Cómo se formaron sus gentes que llenarían colegios y universidades, para llegar con el tiempo, a destacarse entre los forjadores de la patria?
De qué manera fueron creciendo sus calles, plazas, avenidas, integrándose con la gran ciudad, hasta el punto de perder su identidad, para convertirse en uno más de los miles de barrios de Bogotá?
Como todo lo que se refiere a nuestra gran ciudad, el Chapinero de esta epoca, tan desdibujado y perdido en la gran urbe, nada tiene que ver con el afable y pequeño caserío nacido en el siglo XVI, al poco tiempo de fundada Santa Fe.
No aparece en ninguno de los antiguos planos, pero a principios de 1800 se empieza a hacer referencia a su existencia, con su nombre de Chapinero.
Durante un largo período, los límites de Santa Fe eran desde el río San Cristóbal, hoy calle 7a., por el sur, hasta los lejanos terrenos de la Burburata, por el norte, en donde se levantaron el convento y la iglesia de San Diego, o sea la calle 26 de hoy.
Don Gonzalo había seleccionado este lugar para fundar a Santa Fe, por su elevación sobre el resto de la Sabana, lo que la protegía de las frecuentes inundaciones provocadas por las quebradas de aguas cantarinas y puras que la bañaban en toda su extensión: desde el río San Cristóbal, alimentando por las quebradas Colorada, de la Vieja y de Los Laureles, en el sur, hasta el río Vicacha de los Indios, hoy enterrado bajo la avenida Jiménez, la quebrada Grande o El Arrayán, por la calle 26, el río Arzobispo y quebradas de La Vieja, de Rosales y del Chicó.
El Camellón de las Nieves solamente llegaba hasta San Diego y su continuación hacia el norte, que tenía el pomposo nombre de Camino de Tunja, no se podía ni siquiera llamar camino; era tan sólo un sendero, polvoriento o embarrado, dependiendo de la estación, por el que únicamente se podría transitar en una cabalgadura.
Fue por allá a mediados de 1789, cuando el virrey Espeleta ordenó que se levantara el plano de la vía, pero fue su sucesor, Amar y Borbón, en la primera década del siguiente siglo, quien desempolvó este proyecto que, apenas veinte años más tarde, casi a mediados de siglo, se concretó en un camino de herradura que llegaba hasta el naciente poblado de Usaquén
La historia relata que, al poco tiempo de fundada la ciudad, llegó a convivir con los conquistadores y los indios un andaluz, natural del puerto de Cádiz, quien, a poco de estar en nuestro valle, contrajo santas nupcias con la hija de un rico indio dueño de un extenso terreno en el sitio que hoy conocemos como Chapinero.
Don Antón Hero Cepeda era el nombre de este gaditano, que tenía como profesión hacer chapines, que no eran otra cosa que unas sandalias que se ataban al tobillo. Tal vez fueron el origen de las alpargatas, que durante siglos calzaron los pies de nuestra altiplanicie.
Don Antón, por su profesión, era conocido como el Chapinero, nombre que heredó el barrio.
El "potrerito" de Don Antón, según borrosos papeles, tenía 2.000 pasos, vieja unidad de medida chapetona; pero su equivalente a lo que hoy entendemos era l50 hectáreas, propiedad nada despreciable. Construyó su modesta vivienda, como todas las de la época, con paredes de tapia pisada, techo de paja y piso de barro, tal como las que aún hoy podemos ver en tierras cercanas a la ciudad. Estaba situado su rancho en la carrera 7a., entre calles 59 y 60, en el corazón del barrio.
La historia cuenta de la Hacienda del Chapinero, que se iniciaba por el norte, en el Resguardo de Usaquén, extendiéndose hacia el sur hasta el río del Arzobispo, hoy Parque Nacional; y por el Oriente desde las faldas de los Cerros hasta llegar a las lagunas de Suba, por el Occidente.
Este inmenso territorio con el tiempo se dividió en grandes haciendas, cuyos nombres se repiten hoy en los más elegantes barrios de la ciudad.
El primer nombre de propietario, con Escritura Pública, que encontramos, es el de don José Antonio Sánchez, quien en l807 le compró la propiedad a los Dominicos. Pero desde mucho antes, desde los días de la Conquista y la Fundación, nos tropezamos con capitanes como don Juan Muñoz, quien había compartido con Pizarro las aventuras de la Conquista del Perú y más tarde llegó a Santafé con Belalcázar y un don Pedro Colmenares, capitán de don Gonzalo, y años después alcalde de la ciudad, quienes habían solicitado "que les hicieran la merced de concederles" un solar amplio en donde construir vivienda, para cultivar sementeras y criar animales.
Encontramos, en primer término, la hacienda de Teusaquillo, nombre tan lleno de historia desde los días de los Muiscas; una cuadras más adelante nos hallamos en La Magdalena, con vieja casona colonial de barro y techo de paja en donde, cuentan las viejas historias que se hospedó Pedro Claver cuando vino a Santafé y en donde años después funcionó el aristocrático colegio del Sagrado Corazón.
Al oriente, La merced, propiedad que heredó un O'Leary descendiente del héroe de la independencia, y al occidente las fincas Palermo y El Campín, hoy sede del estadio deportivo; en los cerros de Chapinero, La Gruta, propiedad en donde más tarde funcionaría el parque Calderón Tejada, con lago y barquetas, carrusel y rueda gigante. En lo que hoy llamamos la avenida de Chile, estaba Mireya, bella quinta que habitaba la familia de don Esteban Jaramillo.
y otras menores en extensión como Los Pinos, El Bosque, en donde se encontraba El Lago, otro bello y tradicional parque de atracciones. Y así se continua por el Camino de Tunja, hacia el norte, entrando a los potreros del Chicó, de Santa Ana, de Santa Bárbara, inmensas extensiones de tierra arborizadas por sus dueños.
Ya en pleno siglo XX, el legendario don José María Sierra, arriero antioqueño inteligente y emprendedor negociante, que llegó a ser el hombre más rico de su época, adquirió en compra varias de estas fincas y cuando alguien, le preguntó sorprendido, por qué compraba esas haciendas que eran tan estériles, en medio de la riqueza de la Sabana, don Pepe, taimado y astuto respondió: "no, mi amigo, yo lo que estoy comprando son lotes sobre la carrera 7a". Con tan grande visión del futuro, nadie se extrañará de que el señor Sierra haya legado tan inmensa fortuna, que ha enriquecido a varias generaciones de sus sucesores.
En esas históricas haciendas se construían inmensas casonas, en las cuales se reunían las familias a "veranear" durante las vacaciones de los niños y en especial en la Noche Buena, para compartir y celebrar, con pólvora, globos y grandes hogueras, las fiestas del nacimiento del Niño. Y, después, hacia la media noche, entre cantos y música de tiple, bandola y guitarra, acompañados con chucho y panderetas, se bailaban alegres pasillos y bambucos con las niñas de la casa. Luego, a cenar, con ajiaco, tamal y buñuelos en almíbar, para concluir la alegre noche poniéndoles a los niños sobre su camita, los juguetes "que les había traído el Niño Dios".Eran tiempos mejores. Llenos de amor, de cariño, de cultura y de tradiciones.
Se sabe también, que el Camellón de las Nieves o Camino de Tunja lo conectaba con la ciudad. Se debe recordar que desde finales del siglo XVIII se resolvió extender La Alameda Vieja, vía que hoy conocemos como la carrera 13, hasta Chapinero y hacerla llegar hasta el Común, en las cercanías de Chía. Es decir, la autopista norte de nuestros días.
Pero resulta que ni los gobernantes vivían con los afanes que hoy tenemos, ni los presupuestos de la época eran tan holgados como los de nuestros días, lo que hizo que sólo hasta mediados del siguiente siglo se terminara de abrir un rústico camino y de construir los varios puentes que eran necesarios para cruzar los caños y pantanos que cubrían la ruta. Pero, de todas maneras, con esta vía quedaron al servicio dos caminos paralelos que unían la ciudad con el poblado: las carreras 7a y 13 de nuestros días.
Crecían a buen paso la ciudad y su vecina población, y ahora tenían caminos que las unían, lo que incitó a las gentes a salir a pasear en estimulantes y pintorescos recorridos, perfumados por los frescos aromas de los cerros vecinos. Los vehículos preferidos, los que abundaban eran los carros de yunta, halados por una pareja de mansos bueyes, que a paso lento pero firme iban metiendo el carro entre los muchos huecos del camino y pisando piedras y rocas que sacudían hasta las entrañas de sus alegres y sacrificados pasajeros.
Y, unos pocos coches, los cabriolés, de los más ricos, que eran la envidia de todos los paseantes.
El aumento de la población hizo pensar a los más audaces y aventureros que era el momento apropiado para establecer un servicio público de transporte.
Fue asi como el francés Jean Gilede y el británico Henry Alford, quienes establecieron una empresa de carruajes, con oficinas en el atrio de la Catedral, bajo el nombre de "Compañía Franco-Inglesa de Carruajes de Alford y Gilede". Fue una próspera asociación; pero tiempo después la vendieron a un par de empresarios de Engativá, quienes, ni cortos ni perezosos, cambiaron sólo parte del aviso, dejándolo de esta manera: "Compañía Franco-Inglesa de Carruajes de Caipa y Tibaquirá "
Como sucede siempre con el servicio, poco a poco fueron aumentando los pasajeros, hasta cuando se hizo aconsejable ampliarlo y modernizarlo. Fue entonces cuando nació en la mente de gentes progresistas la brillante idea de establecer una a empresa de transportes. Sobre unos rieles rústicos de madera, con modestos carros y bancas hechas de listones, nació el Tranvía de Mulas, halado por una pareja de estos animales, el cual iniciaba su recorrido en el parque de San Francisco, hoy de Santander, para continuar hasta San Diego, por donde bajaba a la carrera 13 y seguía hacia el Teatro Caldas, situado en la calle 59.
Al llegar a las terminales se daba la vuelta a los espaldares de las sillas, se pasaban las mulas al otro extremo del carro y arrancaban de nuevo, por entre los inmensos barrizales que hacían la vía casi intransitable para los peatones. Así era el Tranvía de Mulas, que nació a finales del pasado siglo, por allá en 1884 y sobrevivió hasta 1910, cuando se organizó el Tranvía Eléctrico. El que fuera, años después, el Tranvía Municipal de Bogotá. o TMB, el cual era jocosamente traducido por los bogotanos de la epoca como: Treinta minutos de bamboleo, TMB.

sábado, 1 de julio de 2006

Breve historia del Cementerio Central


Fue el primer cementerio que se construyó en la ciudad y data del siglo XVIII, luego de ser prohibidas las inhumaciones en los atrios de las iglesias.
Fue localizado en un área perimetral del entonces casco urbano de Bogotá, junto con otros equipamientos tales como el matadero, la cárcel y los hospitales.
El Cementerio Central de Bogotá es casi tan antiguo como la ciudad. Se le ha consagrado como panteón nacional, pues allí descansan los restos de muchos colombianos ilustres.
En 1837, por iniciativa del Ministro Plenipotenciario de Inglaterra, William Turner, se construyó, al oriente del Cementerio Católico, el que se conoció como Cementerio Inglés, en memoria de la Legión Británica, y para sepultar allí a los súbditos ingleses que fallecieran en tierra colombiana.
Al cementerio antiguo se fueron sumando a través del tiempo otros como el Cementerio Civil, el Cementerio de los Pobres y el Cementerio de los Paupérrimos y todos conforman lo que hoy se llama Cementerio Central de Bogotá, declarado Monumento Nacional en 1984.
La capilla fue realizada en 1839 y la portada del cementerio diseñada en 1910.
La forma elíptica del cementerio simboliza la ascensión de las almas hacia el paraíso.
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It was the first cemetery that was constructed in the city and dates from century XVIII, after being prohibited the inhumaciones in the vestibules of the churches.
It was located in a perimetral area of the then urban helmet of Bogota, along with other equipment such as the slaughter house, the jail and the hospitals.
The Central Cemetery of Bogota is almost as old as the city. It has been devoted to him like national pantheon, because there the rest of many illustrious Colombians rest.
There in 1837, by initiative of Minister Plenipotenciario of England, William Turner, it was constructed, to the east of the Catholic Cemetery, the one that was known like English Cemetery, in memory of the British Legion, and to bury the English subjects who passed away in Colombian earth.
To the old cemetery they went adding through the time others like the Civil Cemetery, the Cemetery of the Poor men and the Cemetery of Very poor and all they conform what today Central Cemetery of Bogota is called, declared National Monument in 1984.
The chapel was made in the 1839 and cover of the cemetery designed in 1910.
The elliptical form of the cemetery symbolizes the ascent of the souls towards the paradise