martes, 31 de octubre de 2006

El Primer Manifiesto Nadaísta

A proposito del homenaje que se dara a la memoria de Gonzalo Arango, nos permitimos publicar apartes del Primer Manifiesto Nadaísta publicado en el año de 1958, dando asi una guia a muchos que no conocen sobre la obra del "Profeta"

I
El Nadaísmo es un estado del espíritu revolucionario, y excede toda clase de previsiones y posibilidades.

II
Se ha considerado a veces al artista como un símbolo que fluctúa entre la santidad o la locura. Queremos reivindicarlo diciendo de él que es un hombre, un simple hombre, que nada lo separa de la condición humana común a los demás seres humanos. Y que sólo se distingue de otros por virtud de su oficio y de los elementos específicos con que hace su destino.
El artista es un ser privilegiado con ciertas dotes excepcionales y misteriosas con que lo dotó la naturaleza. En él hay satanismo, fuerzas extrañas de la biología, y esfuerzos conscientes de creación mediante intuiciones emocionales o experiencias de la historia del pensamiento.
Su destino es una simple elección o vocación, bien irracional, o condicionada por un determinismo bio-psíquico-consciente, que recae sobre el mundo si es político; sobre la locura si es poeta; o sobre la trascendencia si es místico.

III
Trataré de definir la poesía como toda acción del espíritu completamente gratuita y desinteresada de presupuestos éticos, políticos o racionales que se formulan los hombres como programas de felicidad y de justicia.
Este ejercicio del espíritu creador originado en las potencias sensibles, lo limito al campo de una subjetividad pura, inútil, al acto solitario del Ser. El ejercicio poético carece de función social o moralizadora. Es un acto que se agota en sí mismo, el más inútil del espíritu creador.
Jean-Paul Sartre lo definió como la elección del fracaso. La poesía es, en esencia, una aspiración de belleza solitaria. El más corruptor vicio onanista del espíritu moderno.

VI
Rectificamos el viejo concepto americanista de que un pueblo es joven en virtud de sus paisajes. Lo es en razón de sus ideas y de su evolución espiritual. La decrepitud no es un concepto de la vejez del mundo físico, sino la caducidad del espíritu resignado, incapaz de evolucionar hacia nuevas formas de vida y de cultura.
América es vieja desde su nacimiento. Por culpa de sus descubridores y su herencia, su nacimiento significó para la Historia una especie de muerte. O más exactamente, un aborto imperfecto para la vida. En tal forma que ella no ha nacido culturalmente por su cuenta, nutriéndose como se nutre de una vejez cansada y esterilizante transmitida por el cordón umbilical de su idioma y de sus creencias.
Ante el dilema de ser o de no ser, de elegir una cultura por separada con sentido universal, ¿qué significa para la cultura de América tallar sapos, revivir mitos, incrementar las supersticiones, retener el tiempo olvidado, la prehistoria, si aún no cuenta ni determina nada su cultura en el devenir de las ideas contemporáneas? Detenerse en el pasado con un asombro contemplativo, evidencia el complejo de América ante un mundo evolucionado que decide su destino y su supervivencia histórica y biológica, mediante las actuales revoluciones sociales y conquistas científicas del espacio que se disputan el predomino político de la Tierra.
América no puede anclarse en lo regional, en lo folclórico, en la tradición mítica. Eso sería un aspecto de su desarrollo intelectual y artístico pero no puede decidir su destino y su historia sobre estas formas inferiores de su desarrollo.
América debe superar el complejo de su infantilismo espiritual. De otra manera nos quedaríamos en la Edad de la Rana y la Laguna, en tanto que la técnica científica ha fijado estrellas en el espacio cósmico.
Ningún pueblo, ningún continente viejo o nuevo puede elegir su destino por separado. La más leve onda del mar de la Historia contemporánea agita con su movimiento el porvenir de los pueblos, y decide su suerte o su desgracia. Una cultura solitaria, desvinculada de los intereses universales, es imposible de concebir. Nadie puede evadirse, ni eludir el papel que representa en el mundo moderno. Todo se relaciona de una manera profunda en esta época en que el simple hombre encarna una misión en la historia: su acción o su indiferencia implican una conducta de inmensas responsabilidades éticas, y al aceptarla o negarla, se salva o se condena.
Ya no podemos aceptar como sentido moral de la existencia, aquel pensamiento agonista de Kierkegaard: "Sea como sea el mundo, yo me quedo con una naturalidad original que no pienso cambiar en aras del bienestar del mundo".

VIII
Hemos renunciado a la esperanza de trascender bajo las promesas de cualquier religión o idealismo filosófico. Para nosotros éste es el mundo y éste es el hombre. Otras hermenéuticas sobre estas verdades evidentes carecen de sentido humano. Las abstracciones y las entelequias sobre el Ser del hombre, caen en el domino de la especulación pura y del simbolismo metafísico, producto natural del anhelo del hombre por trascender su entidad concreta, y fijarla en una forma ideal, más allá de todo límite espacial y temporal. Este anhelo corresponde a su naturaleza idealista y poética que quiere cristalizar la esencia del Ser en lo absoluto, en el eterno. Proponer esa ilusión para después de la muerte es la misión de las religiones. Nosotros creemos que el destino del hombre es terrestre y temporal, se realiza en planos concretos, y sólo un dinamismo creador sobre la materia del mundo da la medida de su misión espiritual, fijando su pensamiento en la historia de la cultura humana.
El hombre es lo Absoluto en la medida casual y no necesaria entre el accidente de su principio y de su fin. Este criterio excluye toda posibilidad de trascendencia. El hombre elige sobre sus posibilidades inmediatas esta tierra: la inmanencia. La metafísica es una investigación sobre la muerte y sobre las posibilidades trascendentes de la existencia.
O mejor dicho, es una evasión del Ser hacia el mismo Ser que se conoce. Es por eso la creación de un mundo para sí, completamente ajeno al devenir histórico, que es terreno privativo de la política, que significa compartir el mundo con los otros. Por consiguiente, la única "utilidad" de la metafísica es el pensar sobre la muerte, porque el pensar sobre la vida es, precisamente, la política.
Por su carácter esencial sobre las ideas irreductibles a la vida, la especulación pura no nos interesa como aspiración de trascendencia. Pues nunca esa imagen del mundo que resulta del ejercicio metafísico conduce a soluciones sociales y terrestres de justicia, perfección o felicidad humana. Por el contrario. su consecuencia es la desesperación y el desorden.

XI
La libertad es, en síntesis, un acto que se compromete. No es un sentimiento, ni una idea, ni una pasión. Es un acto vertido en el mundo de la Historia. Es, en esencia, la negación de la soledad.

XIII
Destruir un orden es por lo menos tan difícil como crearlo. Ante empresa de tan grandes proporciones, renunciamos a destruir el orden establecido. La aspiración fundamental del Nadaísmo es desacreditar ese orden. Al intentar este movimiento revolucionario, cumplimos esa misión de la vida que se renueva cíclicamente, y que es, en síntesis, luchar por liberar al espíritu de la resignación, y defender de lo inestable la permanencia de ciertas adoraciones.
En esta sociedad en que la mentira está convertida en orden, no hay nadie sobre quién triunfar, sino sobre uno mismo. Y luchar contra los otros significa enseñarles a triunfar sobre ellos mismos.
La misión es ésta: No dejar una fe intacta, ni un ídolo en su sitio. Todo lo que está consagrado como adorable por el orden imperante será examinado y revisado. Se conservará solamente aquello que esté orientado hacia la revolución, y que fundamente por su consistencia indestructible, los cimientos de la sociedad nueva. Lo demás será removido y destruido. ¿Hasta dónde llegaremos? El fin no importa desde el punto de vista de la lucha. Porque no llegar es también el cumplimiento de un destino.

http://www.librodenotas.com/poeticas/

Homenaje nadaísta a Gonzalo Arango

Gonzalo Arango, escritor antioqueño nacido en 1931, fue el fundador y principal animador del Nadaísmo, corriente filosófica y literaria que surgió en la década de los sesenta y que en pocos años se constituyó en el principal movimiento artístico de vanguardia en Colombia.
Pasados 30 años de la muerte de Arango, y faltando un año para las bodas de oro de la fundación del movimiento, sus discípulos Nadaístas continúan cohesionados en torno a su memoria y se preparan para conmemorar un año más de la desaparición de su “Profeta”.
Los días 1, 2 y 3 de Noviembre a las 6:30 p.m. en el centro de eventos de la Biblioteca Luís Angel Arango se realizaran conferencias sobre el tema, la entrada es gratuita.

CONFERENCIAS:

Miércoles 1 de Noviembre

Eduardo Escobar: El Gonzalo Arango que llevo conmigo
Álvaro Medina: Gonzalo Arango y el nadaísmo en las artes plásticas

Jueves 2 de Noviembre

Patricia Ariza: Teatro fue lo que hizo
Elmo Valencia: Los amores del Profeta

Viernes 3 de Noviembre

Pablus Gallinazo: El Profeta en tiempo de música
Jotamario Arbeláez: La máquina de escribir del Profeta.

sábado, 28 de octubre de 2006

La Sala de Libros raros

La Sala de Libros Raros y Manuscritos de la BLAA no sólo posee libros antiguos. En ella también se pueden encontrar varias maravillas como las primeras ediciones de las obras de Gabriel García Márquez, una selección de libros-objeto, la más completa colección de libros de viajeros del siglo XIX, el diario de Francisco de Paula Santander en el exilio, y muchos otros tesoros, para ser consultados por los investigadores.
Varias de estas fuentes primarias son únicas y han sido la base de importantes investigaciones y exposiciones sobre temas tan variados como el mundo de las aves, los libros de cocina, las tesis de medicina en el siglo XIX, los ferrocarriles en Colombia, la literatura colombiana y la vida de importantes personajes de nuestra historia.
La buena noticia es que la Sala amplió su horario de consulta para facilitar la investigación de sus materiales.
Ahora estará abierta de lunes a sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m., en jornada continua.

miércoles, 25 de octubre de 2006

El oficio de editar, el oficio de escribir

Entre el 28 de octubre y el 4 de noviembre se llevará a cabo una nueva versión de ‘El oficio de editar, el oficio de escribir’, encuentro entre escritores y editores españoles, mexicanos y colombianos.
Escribir y editar son dos oficios íntimamente ligados. Una alianza cuyo soporte principal es la confianza que deposita uno en otro.
Las reflexiones y discusiones en torno a esta alianza serán el centro de las mesas redondas que se llevarán a cabo en Bogotá el 31 de octubre y en Cartagena el 2 de noviembre, en el marco del encuentro entre escritores y editores españoles, mexicanos y colombianos que organiza el Banco de la República.
Este evento congrega cada año a importantes personajes de las letras y la edición. Este año contará con nuevos nombres como Marcelo Uribe, director editorial de Ediciones Era, de México, el poeta español Carlos Navarro Marzal, la poeta mexicana Coral Bracho, y los escritores colombianos Patricia Lara, María Cristina Restrepo y Ricardo Silva.
Ellos estarán hablando, e interactuando con el público colombiano, en torno al papel que cada uno desempeña en la literatura, y sobre por qué y para quién se escribe y se publica en la actualidad.

martes, 24 de octubre de 2006

El Teatro y la Censura


En post pasado hicimos alusión al censor que las autoridades virreinales designaron para ejercer la custodia de la moral y las buenas costumbres en el incipiente ámbito teatral santafereño de fines del XVIII.
Cualquiera pensarla que con el advenimiento de la República las cosas pudieron haber cambiado en forma radical. En cierta manera fue así en los comienzos. Para prueba de ello nos remitimos al Mahoma de Voltaire, cuya representación se realizo en 1823. Pero al parecer, en 1831, nuestro gobierno republicano decidió dar marcha atrás y volver a los tiempos virreinales, nombrando el gobernador Rufino Cuervo por decreto del 15 de diciembre de ese año un censor “que se encargará de la elección de las piezas que se deben representar atendiendo a la moralidad del argumento... “. Para un mejor conocimiento de la actitud oficial de entonces hacia el teatro, importa conocer apartes del artículo aparecido el lo. de enero de 1832 en el Constitucional de Cundinamarca, publicado sin firma pero atribuido por las gentes a la pluma de Don Rufino Cuervo:
“El influjo de las representaciones teatrales sobre las costumbres de los pueblos, es una verdad demostrada ... Los argumentos de los dramas que se representan merecen toda la atención de la policía;... Una buena compañía cómica tiene en su mano la risa o el llanto del público. El gobierno debe, pues, examinar cuál de los dos efectos quiere producir con más frecuencia: qué inclinaciones le son más gratas, y qué modelos quiere poner en la escena. ¿Por qué no nutrimos nuestro espíritu de jovialidad como en los tiempos antiguos, y en los de Calderón, Lope de Vega y Molière? Y no como los ingleses que han conservado siempre, aunque en el día va decayendo, el gusto por aquellas tragedias en que el actor hace matar en las tablas por lo menos cinco o seis personajes, escapándose tan sólo el apuntador”.
Cualquiera pensaría que esta repelente institución de la censura pudiera ser una consecuencia directa del atraso intelectual y de todo orden en que vivía la Bogotá de entonces, y una tara heredada de tiempos coloniales. Por lo tanto resulta sorprendente enterarse de que si por aquí llovía, en la culta y avanzada Londres de la era victoriana no escampaba.
El más hipócrita y beato puritanismo llegó entonces hasta las altas esferas del gobierno con el resultado de que en la capital del Imperio Británico, en el corazón financiero del mundo, en una de las urbes más civilizadas y cultas de Europa, en la misma ciudad que veneró y admiró en el teatro “El Globo” todas las producciones del genio incomparable de Shakespeare, en la misma metrópoli que vio representar sus obras sin trabas de ninguna naturaleza a Ben Johnson y a Christopher Marlowe, ejercieron su poder absoluto de la manera más arbitraria y despótica los censores del teatro que, en su condición de enemigos de la cultura, contaban con el pleno respaldo de Su Majestad la Reina Victoria y del Parlamento.
Podemos, por consiguiente los bogotanos apelar al consuelo de tontos de saber que los implacables censores ingleses del siglo IXX aplicaron con todo rigor la moral victoriana para vetar la representación de obras del calibre de Salomé de Oscar Wilde, cuyo montaje tenía listo la inmortal Sahra Bernhardt. Tampoco pudieron los londinenses de entonces ver Espectros de Ibsen, Monna Vanna de Mauricio Maeterlinck ni La Profesión de la señora Warren de George Bernard Shaw. Ante nada se detenían los bárbaros censores victorianos. No sólo autores contemporáneos como los ya citados fueron víctimas de su furor moralizante, pues también arremetieron contra los clásicos griegos y, peor aún, contra la obra maestra de la escena helénica: el Edipo Rey de Sófocles. Es evidente que la sombría ética calvinista de los censores británicos debió de sentirse golpeada y ofendida ante las peripecias y vicisitudes de ese griego extravagante que mató a su padre y se casó con su madre.
No tuvieron nuestros parroquiales censores bogotanos la oportunidad de enfrentarse a obras del tamaño de las anteriormente mencionadas, pero pensamos que de haber ocurrido así no se habrían atrevido a tanto ni hubieran llegado tan lejos como los censores de la cultísima Inglaterra victoriana.
En 1832 el señor Juan Granados se hizo vocero del clamor unánime que se escuchaba en Bogotá por una regularización del espectáculo teatral. Fue entonces cómo en su calidad de empresario y director del Coliseo puso en marcha la organización de un grupo de aficionados bajo la dirección del joven Lorenzo María Lleras. Lógicamente, la primera y más ardua dificultad con que tropezó el señor Granados fue la dura oposición de los mojigatos padres de familia a que sus hijos e hijas practicaran un menester tan poco decoroso como el de actuar en escena.
Bien vale anotar que este prejuicio echó raíces hasta tal punto profundas en los sectores medios y altos de nuestra sociedad, que hasta hace relativamente poco tiempo los bogotanos tradicionales se referían en forma peyorativa a los actores de teatro llamándolos “cómicos”. Fácil es, en consecuencia, inferir cuán tenaz sería hace casi dos siglos la renuencia de los padres santafereños ante la posibilidad de que sus hijos e hijas abrazaran el indecoroso oficio de “cómicos”.
Los señores Granados y Lleras lograron vencer en buena parte la resistencia de algunas familias encopetadas de la capital en relación con sus hijos varones. Pero en lo que sí se mostraron inflexibles nuestros patriarcas fue en la negativa a aceptar que sus niñas saltaran a las tablas, razón por la que vino a repetirse en Bogotá el antiguo uso del teatro clásico inglés y español del siglo XVI, en virtud del cual los papeles femeninos -por carencia de actrices- eran representados por hombres que no hubieran pasado de la adolescencia. La compañía de Granados y Lleras logró reclutar para el desempeño de dichos papeles al distinguido joven bogotano Joaquín Salgar.
El elenco que dirigía el señor Lleras era ambicioso. En el mismo año de 1832 este grupo trajo de nuevo a la escena bogotana el Otelo de Shakespeare, con tan buen éxito que la prensa formuló una urgente convocatoria para solicitar “la cooperación de los hombres ilustrados que auxilien la nueva compañía en tan útil empresa, ya proporcionándole buenos dramas originales o traducidos, ya corrigiendo con sus luces y conocimientos en la materia los defectos de toda especie que noten en las representaciones”. Don Lorenzo María Lleras siguió adelante en su noble empeño de formar una conciencia escénica seria y madura en el público local. En consecuencia presentó varias obras de autores extranjeros, algunas de las cuales fueron reprobadas por los sectores más conservadores de nuestro público que las juzgó heterodoxas y peligrosas para la moral y la religión. No obstante, el Constitucional de Cundinamarca salió al quite impugnando categóricamente a los timoratos. Más adelante el mismo periódico formuló algunas amables sugerencias a Lleras, una de las cuales era dar preferencia al teatro español y a las producciones de autores nacionales. El joven director tomó en cuenta estas recomendaciones, lo cual se demuestra en que a continuación vinieron las representaciones de Aquiminzaque de Luis Vargas Tejada, Gonzalo de Córdova y El Conde Don Julián de Francisco de Paula Torres y Miguel de Rafael Alvarez Lozano. También presentó la compañía algunos sainetes y tonadillas españolas.
En 1835 tuvo lugar un acontecimiento memorable: la llegada a esta capital de la Compañía Española de Variedades que dirigía Francisco Villalba. Este grupo tuvo éxito, pero a la vez suscitó un escándalo de medianas dimensiones en la sociedad capitalina por el poco recato y honestidad de las bailarinas cuyos trajes parecieron audaces en demasía. Resulta pintoresco en esta época del destape universal evocar tal episodio de la vieja Bogotá citando el comentario que a propósito del caso publicó a mediados de julio el Constitucional de Cundinamarca:
“Después del dúo se presentó la pareja de baile ... pero el vestido poco honesto de la dama ruborizó a las señoras, excitó la agudeza de los tunantes y atemorizó el corazón de los esposos y padres de familia. Celebraríamos que en otra ocasión la dama se presentase con una túnica más larga y menos transparente porque el público bogotano no está acostumbrado a espectáculos de esta naturaleza ”.
No sabemos qué ocurriría como consecuencia del reclamo moralizante de nuestro articulista. Pero todos estos indicios nos permiten suponer que en la remota y aldeana Bogotá de 1835 la escena se permitía libertades que hubieran horrorizado a los mojigatos londinenses de la era victoriana.
Poco después del advenimiento de Villalba hizo su aparición otra compañía española más reducida, puesto que se componía solamente de Romualdo Díaz, su esposa Juliana Lanzarote y un pianista. Cabe anotar que la pareja principal ya se aproximaba a una edad avanzada. El señor Díaz, preocupado por la competencia de Villalba, que seguía actuando con todo éxito, decidió unir fuerzas con el grupo de Granados y Lleras para alternar en el Coliseo con Villalba. Pero aun así le fue mal.
De sus comedias y variedades pasó Villalba a la ópera, lo cual constituyó otra notable innovación para la ciudad de entonces. Empezó con El Califa de Bagdad de Rossini. Los elogios de la prensa fueron unánimes, haciendo especial énfasis en la riqueza del vestuario y la calidad de las voces. Alentado por el éxito y la buena prensa Villalba siguió adelante con su temporada operática montando La Cenerentola, La italiana en Argel y El barbero de Sevilla. El buen suceso de la temporada resultó clamoroso. La única crítica que formularon los periódicos se hizo con referencia a las traducciones que hacía Villalba del italiano al español. Insistían los comentaristas, y acaso no les faltaba razón, en que las óperas debían ser representadas en su original lengua italiana.
La imaginación y los recursos de Villalba daban para todo, incluyendo la paradoja de que siendo él español, y habiendo transcurrido apenas una década larga de la batalla de Ayacucho, fuera el autor de nuestro primer Himno Nacional. La presentación se realizó con todo el lujo del caso en el Coliseo el 20 de Julio de 1836 y fue recibida con reiterados aplausos. La melodía y la letra resultaron pegajosas porque desde el día siguiente no se escuchaba otra cosa por las calles. El texto del coro era el siguiente:

“Gloria eterna a la Nueva Granada
que, formando una nueva nación,
hoy levanta ya el templo sagrado
de las leyes, la paz y la unión”.

Resulta por todos los aspectos sorprendente la prolongada permanencia de la Compañía de Villalba en una ciudad que apenas alcanzaba los 40.000 habitantes. No obstante, y a pesar de los éxitos cosechados hasta fines de 1837 el dinámico español también vivió experiencias amargas en Bogotá. El Constitucional de Cundinamarca del 21 de agosto de 1836 informó al respecto que la noche anterior Villalba decidió no dar la función ante sólo cinco espectadores que habían acudido al teatro, por lo que ordenó devolverles su dinero. “... Más tarde, a eso de las nueve de la noche una partida de encapotados rodeó la casa del señor Villalba, y empezó a tirar piedras a las ventanas, las cuales rompieron gran número de cristales. Habiendo bajado el señor Chirinos y abierto el postigo, todos echaron a correr, y aquél encontró fijado en las puertas un pasquín concebido en términos demasiado vulgares para que podamos dar una idea de lo que contenía”.
El desquite de Villalba fue literario. Poco después de la pedrea montó una farsa que tituló Los orejones ensayando una comedia para las fiestas de Villeta, en la cual disparaba toda clase de pullas y sátiras contra sus agresores.
En 1840 el Coliseo cambió de propietarios y fue adquirido por los hermanos Bruno y Domingo Maldonado, quienes de inmediato le dieron su nombre. Debe anotarse que no hubo cambios ni innovaciones. Siguió el mismo precario y mal oliente alumbrado de velas de sebo; continuó la carencia de asientos en los palcos y el cielo raso siguió siendo el mismo lienzo grueso que se colocó en 1792, cuando se inauguró el teatro. Otro problema endémico que tampoco desapareció fue el de la proliferación de mendigos y rateros a la entrada del Coliseo, por lo cual los periódicos insistieron con vehemencia ante las autoridades para despejar el sitio de esta gentuza indeseable. Pese a todo, la afición a la escena continuó imperturbable lo cual es un aspecto digno de admiración.
Bien vale concluir esta parte dedicada al Teatro en la primera mitad del siglo XIX incluyendo dos referencias altamente elogiosas a la cultura bogotana de entonces, las que ciertamente no resultan extrañas si se tiene en cuenta que Bogotá fue la sede de un movimiento cultural de tanta trascendencia como la Expedición Botánica y que a principios del siglo contaba con una magnífica biblioteca pública, periódicos impecables, una universidad, dos colegios mayores, un teatro y el segundo observatorio astronómico que se levantó en el Nuevo Mundo.
Una de las referencias es la del norteamericano Duane, quien en 1823 encontró en Bogotá la única librería que tuvo oportunidad de ver en toda la Gran Colombia. La otra es una carta firmada con las iniciales L. R. que, según parece, eran las de un científico francés que pasó por Bogotá también en 1823 y que dice:
“Se observa en casi todos los santafereños un deseo insaciable de saber ... Hay hombres bastante instruidos, reina en todos un gusto delicado, expresión fina, y si hubiera cultivo pudiera ser esto un París... Si las ciencias llegasen a emigrar a América, como algunos han pronosticado, establecerían aquí su imperio ... Las riquezas literarias de Santa Fe exceden a lo que se podía esperar de un país tan distante del centro de las luces. La biblioteca pública consta de más de veinte mil volúmenes, entre los cuales se encuentran muchas obras preciosas de la antigüedad ... En los monasterios, colegios y aun en muchas casas particulares, hay también librerías copiosas, que no se encuentran en muchos lugares cultos de Europa... mi juicio conviene con el de Humboldt, que descubrió en Santa Fe las disposiciones más favorables al progreso de las ciencias”.
Para fines de siglo uno de los signos característicos que marcaron desde su mismo inicio la vida cultural durante la Regeneración fue de nuevo el imperio de la más cruda gazmoñería y de una censura ciertamente inquisitorial sobre todas las manifestaciones del arte y del pensamiento. Como ejemplo elocuente, veamos el siguiente comentario aparecido en el periódico La Caridad del 19 de agosto de 1880, que recoge y se hace eco de esta corriente mojigata:
“La Traviata es una de las óperas que se han dado en el Teatro de Bogotá y la más inmoral en su argumento, pues en ella se diviniza una de las más bajas pasiones innobles. Se ensalza lo que se debiera despreciar y bajo el ropaje, no siempre honrado, de las ficciones poéticas, se halaga la pasión y se pinta con colores vivos, no ya los extravíos del corazón, sino el rango del descarado impudor. La Traviata es la apoteosis de la degradación... No corrige el teatro las costumbres malas, sino que las refleja. Y no sólo las refleja, sino que condesciende con ellas y se hace por regla general su adulador”.
La Caridad no se limitaba a censurar La Traviata por inmoral y obscena. Iba mucho más lejos. Su anatema abarcaba el teatro universal, la escena de todos los tiempos y países. Sobra cualquier comentario. Pero no se quedaba atrás El Correo Nacional, que reputaba en su edición del 13 de mayo de 1892 como inmorales El Condenado por Desconfiado, de Tirso de Molina, y La devoción de la cruz de Calderón de la Barca.
En vísperas de inaugurarse el Teatro Colón hubo controversia por el nombre que debería llevar. Los más encarnizados aduladores del Gobierno sostenían que sólo había un nombre adecuado: Teatro Núñez. Otros, marginados del coro de las loas, insistían en darle el nombre del Descubridor, por estar próxima la coincidencia de la inauguración con el IV centenario del descubrimiento. El retraso en la apertura oficial de sus puertas al público (hubo que posponerlo hasta 1895) y el hecho de estar ya a la sazón muerto el doctor Núñez, dieron el triunfo a los partidarios del gran Almirante, y fue así como desde entonces el teatro lleva el nombre de Colón. En octubre del mencionado año tuvo lugar la solemne apertura con la ópera Hernani, montada por la compañía italiana de Augusto Azzali. El selecto público que lo llenó por completo admiró especialmente la iluminación eléctrica, la belleza de su decoración y el magnífico telón de boca, obra del italiano Gatti. Además de la ópera, como si este espectáculo no fuera suficiente, hubo complemento de bailarinas españolas y hasta de enanos bufos.
También por esta época proliferaron diversos espectáculos populares y pesebres decembrinos, generalmente a beneficio de obras pías. Y se estableció en forma tajante la discriminación entre los espectáculos que, por su calidad insigne podían presentarse en el Colón, y aquellos que, por su índole frívola, ligera y popular, debían ir al Municipal, inaugurado en 1890

lunes, 23 de octubre de 2006

Llega la tercera versión del Carnaval y del Festival Niñas y Niños al Parque.

Del 26 al 29 de octubre las Niñas y Niños de Bogotá estarán de fiesta. Llega la tercera versión del Carnaval y del Festival Niñas y Niños al Parque.
El gran desfile del Carnaval de Niñas y Niños, con la participación de más de 3 mil artistas de 30 comparsas será el domingo 29 de octubre a partir de las 10:00 a.m en un multitudinario y colorido desfile que se tomará la Carrera Séptima, desde el Planetario hasta la Plaza de Bolívar. El Cierre del Carnaval será en la Plaza Mayor con el Coro Infantil Orquesta de Arpas y Parejas de Baile de Yopal, que traerán a la Capital la mejor muestar del folclor llanero.
El Festival Niños y Niñas al Parque reunirá por su parte, las experiencias artísticas que en música y danza realizan los niños de la ciudad. En el Festival participarán 5 grupos de danza y 7 de música integrados algunos por niños y con propuestas novedosas para el público infantil.
En Danza participarán la Compañía Sarao Infantil, Colombia Chica, la Fundación de Danzas Colombia Folclórica, Grupo de Danzas Fundación Niño Feliz y la Compañía de Danzas Sarao Infantil.
En música participarán el Colectivo Colombita (Música Andina Colombiana), la Agrupación Campanita (Música Andina Colombiana), Cantaclaro propuestas creativas con la obra Sana que sana y el grupo Magenta.
Como invitados nacionales estarán el Grupo Folclórico Infantil Heredertos del Folclor de El Banco Magdalena, la Coral Infantil Orquesta de Arpas y Parejas de baile de Yopal Casanare. La cuota internacional estará a cargo de Los Musiqueros de Argentina que ofrece un repertorio de temas propios como su ya clásico “Twist del Chicle” junto a milongas, chacareras, guajiras, carnavalitos, tangos y creaciones de niños que asisten a sus talleres.
El Festival de Niños y Niñas al Parque se realizará del 26 al 29 de octubre en los Parques San Andrés, Las Piscinas de Patiobonito, el Parque Metropolitano Simón Bolívar, la Plaza de Bolívar, el Teatro al aire libre la Media Torta y el Teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán.

PROGRAMACIÓN CARNAVAL DE NIÑAS Y NIÑOS 2006
Viernes 27 de Octubre
Encuentro de Carnavales de Suba
Hora: 8:00 a.m a 1:00 p.m
Polideportivo La Gaitana Transversal 126 Calle 135

GRAN DESFILE DE COMPARSAS DEL CARNAVAL DE NIÑAS Y NIÑOS MÁS DE 3.000 ARTISTAS EN ESCENA.
Domingo 29 de Octubre
Recorrido: Del Planetario por la Séptima hasta la Plaza de Bolívar
Hora: de 10 a.m. a 1 p.m.

Domingo 29 de Octubre
Titiriferia en Parque La Independencia Carrera 7 Calle 26. Para continuar la fiesta después del Desfile de comparsas del Carnaval de Niñas y Niños
Hora: 1:00 p.m a 5:00 p.m

GRAN CONCIERTO DE CIERRE DEL CARNAVAL DE NIÑAS Y NIÑOS
Domingo 29 de Octubre
Lugar: Plaza de Bolívar
Hora: 1 a 3 p.m. Entrada libre
Grupos: Coral Infantil, Orquesta de Arpas y Parejas de Baile de Yopal - Casanare

PROGRAMACIÓN FESTIVAL NIÑOS Y NIÑAS AL PARQUE

Jueves 26 de octubre
Hora: 3:00 pm
Lugar: Parque San Andrés (Calle 82 #101-52 – Bochica)
Grupos:Compañía Sarao Infantil (Danza)
Colombia Chica (Danza)
Fundación de Danzas Colombia Folclórica (Danza)
Colectivo Colombita (Música Andina Colombiana)
Agrupación Campanita (Música Andina Colombiana)

Viernes 27 de octubre
Hora: 3:00 pm
Lugar: Parque Las Piscinas (Calle 34Bis Sur # 88D-67 – Patio Bonito)
Grupos:Orkéseos (Danza)
Grupo de Danzas Fundación Niño Feliz
Cantaclaro (Música Infantil Latinoamericana)
Los Musiqueros (Argentina – Música Infantil Latinoamericana)

Sábado 28 de octubre
Hora: 12:00 m
Lugar: Parque Simón Bolívar Sector “Las Acacias” (Calles 53-63 entre Carreras 50-68)
Grupos: Compañía Sarao Infantil (Danza)
Colombia Chica (Danza)
Fundación de Danzas Colombia Folclórica
Compañía de Danza Orkéseos
Grupo de Danzas Fundación Niño Feliz
Los Musiqueros (Argentina – Música Infantil Latinoamericana)
Grupo Folclórico Infantil Herederos del Folclor -De El Banco Magdalena-
Coral Infantil, Orquesta de Arpas y Parejas de Baile de Yopal - Casanare

Sábado 28 de octubre
Hora : 7:30 pm
Lugar: Teatro Colón (Calle 10 # 5-32)
Grupos:Fundación Batuta (Concierto)
Orquesta South England

Domingo 29 de octubre
Hora: 5:00 pm
Lugar: Teatro Municipal Jorge Eliécer Gaitán (Carrera 7 No. 22-47)
Grupos: Los Musiqueros (Argentina – Música Infantil Latinoamericana)
Coral Infantil, Orquesta de Arpas y Parejas de Baile de Yopal - Casanare
Agrupación Magenta (Música Infantil)

Domingo 29 de octubre
Hora: 12:00 m
Lugar: Teatro al aire Libre de La Media Torta (Calle 18 Carrera 1 este)

Con la participación de 4 agrupaciones musicales de la Universidad Pedagógica (Banda, Cámara, Estudiantina y Big Band)

sábado, 21 de octubre de 2006

Feria de la Educación Superior a cargo del ICETEX

Los estudiantes de grados 10 y 11 de bachillerato de más de 100 colegios de Bogotá, podrán acceder a la primera feria de ofertas de formación en educación superior, que realizará el Icetex el próximo martes 24 de octubre.
Durante el evento, que se realizará en la plazoleta Gabriel Betancur (calle 18 con carrera tercera), y el Parque de los Periodistas (eje ambiental de la Jiménez, carreras tercera y cuarta), las principales universidades e instituciones técnicas y tecnológicas de la ciudad ofrecerán sus programas académicos.
A lo largo de la jornada, el Instituto realizará charlas sobre formación profesional y mostrará las diferentes alternativas de crédito que ofrece, para que los estudiantes de bajos recursos económicos puedan acceder a una institución de educación superior.
La feria busca que los estudiantes tengan la oportunidad de encontrar en un solo lugar la orientación necesaria para escoger un programa de educación superior de calidad, sin que se vean frustrados por no contar con los recursos económicos necesarios para pagar sus estudios.
A la feria se espera una asistencia de 19 mil estudiantes de los grados 10 y 11, de un total de 103 colegios que ya confirmaron su participación.
En el evento estarán las academias y oficinas de reclutamiento de las Fuerzas Militares, las principales instituciones de educación técnica y tecnológica de la capital y la Empresa de Teléfonos de Bogotá, que realizará talleres sobre el uso de internet y seguridad informática.
Diversas actividades artísticas y culturales de 65 universidades, amenizarán la feria.
La Alcaldía Mayor de Bogotá y la Policía Metropolitana, prestarán el respectivo apoyo logístico

jueves, 19 de octubre de 2006

El Teatro Maldonado

El directo antecesor de nuestro actual Teatro Colón fue el Coliseo, construido por los señores José Tomás Ramírez y José Dionisio del Villar en las postrimerías de la Colonia. Uno de los principales compromisos de estos empresarios con las altas autoridades virreinales era el de ofrecer al público “una comedia con sainete y tonadilla todos los jueves y domingos del año exceptuando los de cuaresma “.
También se comprometían en forma solemne Ramírez y del Villar a aceptar antes del montaje de cada comedia nueva la presencia de un censor designado por el Virrey que examinara la obra a fin de expurgarla de cualquier pasaje que atentara contra la moral católica, las buenas costumbres o el respeto debido a Su Majestad.
El censor, por supuesto, estaba facultado inclusive para vetar la comedia. Otra exigencia que se hacía a los empresarios era que los asientos del corral (hoy platea) tuvieran la debida distancia entre los asignados a los hombres y los que se destinaban a las mujeres. Cumplidos estos requisitos el Virrey otorgó el permiso e inclusive ofreció generosamente la banda del Batallón Auxiliar para amenizar las noches de comedia.
Siguiendo los planos del Teatro de La Cruz de Madrid, se dio comienzo a la construcción dirigida por el arquitecto español Domingo Esquiaqui. No concluía aún la obra y apenas entoldado el corral, se hicieron las primeras representaciones en 1792. Y vinieron más reglamentos. El juez de policía, oidor Juan Hernández de Alba, expidió un prolijo código de normas para reglamentar en todos sus aspectos la asistencia al Coliseo.
Entre 1797 y 1816 hicieron las delicias del público bogotano dos distinguidas damas españolas notables tanto por su talento histriónico como por su bella voz. Una era Doña Rafaela Isazi, casada con José María Lozano, segundo Marqués de San Jorge. Doña Rafaela era natural de Jerez de la Frontera por lo cual, desde que empezó a actuar se le conoció corno “La Jerezana”. La otra era Doña María de Los Remedios Aguilar, casada con el oficial e ingeniero español Eleuterio Cebollino. Por ese motivo fue conocida en las tablas como “La Cebollino”. Estas dos señoras poseían un notable conocimiento del teatro clásico español y representaron en el Coliseo numerosas comedias y dramas de Lope de Vega y Calderón de la Barca, y sainetes de Ramón de La Cruz. Se sabe que el público las aplaudía con delirio especialmente cuando cantaban tonadillas. Esta magnífica pareja de actrices y cantantes se disolvió en la época del terror, cuando el esposo y un hermano de “La Cebollino” fueron ajusticiados por los tribunales de Morillo, a raíz de lo cual Doña María de Los Remedios optó por regresar a España.
En el período del terror hubo un contraste truculento. Mientras los pacificadores fusilaban patriotas casi a diario, también, y por orden de Morillo, se celebraban bailes en el Coliseo, con los cuales procuraba el verdugo, por una parte, dar una cierta apariencia de normalidad, y, por otra, hacer lo posible porque la ciudadanía fraternizara con los españoles. El propio Morillo asistía ocasionalmente al Coliseo.
En 1835 vino a la capital el primer elenco dramático realmente profesional que conoció esta ciudad. Era la compañía de Francisco Villalba. Antes sólo actuaban en el Coliseo aficionados de muy escasa o ninguna capacitación escénica. Había uno de esos aficionados que era muy popular en Bogotá más por las barbaridades que solía decir en el escenario que por su preparación como actor, la cual era absolutamente nula.
El personaje se llamaba Don Chepito Sarmiento, que se desempeñaba en la vida real como portero del Palacio Presidencial. Dice de él Don José Caicedo y Rojas que era el rey de la escena con su compañía formada por unos pocos aficionados de su misma clase, o sea, sin la menor educación teatral ni literaria, como si fueran pocas las innumerables carencias de Don Chepito como actor, tenía además una memoria deplorable.
Los estudiantes del San Bartolomé y el Rosario aprovechaban las fiestas de fin de año para representar obras de teatro. Corría el año de 1823 y el fervor de la recién lograda Independencia produjo una vigorosa erupción de corrientes liberales que se pronunciaron abiertamente contra el fanatismo y la intolerancia heredados de tiempos coloniales. Lógicamente uno de los canales más expeditos que dicha reacción encontró para expresarse fue el teatro. Con una clara y beligerante intención política, los estudiantes bartolinos, que se caracterizaban por sus ideas avanzadas, montaron en el Coliseo la tragedia Mahoma o el Fanatismo, de Voltaire. Esta representación, como era de esperarse, produjo una virulenta reacción por parte de los sectores clericales y retardatarios de la ciudad.
Fue tal el entusiasmo progresivo que despertó el teatro entre los bogotanos, que a partir de 1825 se levantaron pequeños tablados o escenarios populares en algunos puntos de la ciudad. Fenómeno en general bien recibido ya que se hablaba de él como un encomiable intento de llevar la cultura al pueblo. Los estratos populares dieron una generosa respuesta a este esfuerzo por “descentralizar” el teatro. Y es digno de notarse cómo, debido a su muy precario nivel cultural, las masas vivían el espectáculo con una absoluta ingenuidad, y por lo tanto con un ardor y con una intensidad de que eran lógicamente incapaces las gentes más cultas.
A propósito de esto, hay una anécdota real y ciertamente deliciosa que trae Caicedo Rojas. Ocurrió que en la llamada “Gallera Vieja”, ubicada en lo que es hoy la esquina de la calle 8a. con la carrera 11, un grupo de artesanos aficionados presentó la tragedia en verso y en cinco actos titulada “La Pola”, de la cual era autor el señor José María Domínguez, distinguido abogado bogotano que ejercía la literatura en sus ratos libres. El anuncio de esta presentación provocó interés entre otras razones porque, por tener lugar en el año de 1826, la mayoría de los bogotanos había vivido los sombríos tiempos de Sámano y acaso algunos de ellos habían presenciado el inicuo fusilamiento de la heroína. El rudimentario teatro estaba, pues, totalmente repleto. La tensión y la angustia del público crecían, en medio de las largas parrafadas líricas del autor, a medida que se aproximaba el clímax. Llegó el momento en que Policarpa Salavarrieta fue sentenciada a muerte por los esbirros del Virrey, puesta en capilla y conducida al patíbulo. En ese momento estalló la hasta ahora contenida compostura de la audiencia, la estruendosa vocinglería de los asistentes que lanzaban toda clase de improperios contra los tiranos y exigían como mínimo la conmutación de la pena capital a Policarpa. En vano trataron el director escénico y los actores de aplacar las iras del público y explicar que se trataba de una ficción dramática. Las imprecaciones no cesaban y a cada momento se hacía más evidente que los iracundos espectadores no tardarían en pasar de los alaridos a los hechos y que, por lo tanto, se lanzarían desaforadamente sobre el escenario para liberar a La Pola. En consecuencia, los actores tomaron la prudente decisión de suspender el fusilamiento y volver a conducir a la heroína a la cárcel. A continuación, un actor regresó al escenario para informar al público que el fusilamiento ya no se realizaría. Sin embargo, ni siquiera este piadoso anuncio consiguió que los patrióticos espectadores le perdonaran el crimen que había estado a punto de cometer. El primer impacto que recibió fue un trozo de panela en el ojo izquierdo, al cual siguieron muchos más proyectiles de muy variada dureza. El infeliz hubo de buscar refugio detrás del escenario para salvarse de quedar mal herido.
El 7 de junio de 1828 el Coliseo presenció lo que no vacilamos en calificar como el estreno más importante que produjo la escena bogotana en la primera mitad del siglo XIX y probablemente en la segunda. Ese día Luis Vargas Tejada dio a conocer al público de Bogotá su sainete Las Convulsiones, tremenda sátira contra la epidemia de los fingidos ataques de histeria que sobrevenían a las jovencitas en aquella época, y de contera contra otros personajes típicos y aspectos característicos de la sociedad capitalina de entonces.
Las Convulsiones fue un éxito arrollador en su estreno. Pero eso no es ni de lejos lo más significativo. El valor de esta pieza cómica es que hoy, años después, sigue conservando intactos el encanto, la frescura y todos los valores que percibieron en ella los bogotanos de 1828. La gran literatura es la que no nace y muere como flor de un día. Las Convulsiones es una comedia sencillamente magistral por el dominio que su autor muestra del manejo escénico, por su imaginación y destreza en la creación y conducción de los personajes, por su impecable factura literaria, por el humor alucinante que impera en todos sus pasajes y en general por la comprobada perennidad de los materiales con que está construida. Dentro de la pobreza desoladora que es rasgo común de la literatura colombiana en la primera mitad del siglo XIX, Las Convulsiones es un promontorio insular y por lo tanto extraño. Como no es hoy, por suerte, una pieza arqueológica sino que, al contrario, sigue siendo representada con relativa frecuencia y es apetecida por directores y actores para probar su destreza y sus atributos escénicos, hablar de esta maravillosa comedia no es un mensaje exótico. De todas maneras no sobra recordar que su asunto se desarrolla en la Bogotá de 1820 a 30 y que su tema es precisamente una rica y joven heredera santafereña (Crispina) que tiraniza sin piedad a su padre Gualberto, a su servidumbre y a todos cuantos la rodean con las supuestas convulsiones que la atacan en el momento en que algo o alguien obstaculiza en lo mínimo las manifestaciones arbitrarias de su voluntad. La comedia se desarrolla en medio de peripecias hilarantes, todas trazadas con mano maestra, y concluye en que el padre, ya desesperado, implanta el orden en la casa poniendo fin violentamente a las viarazas de su hija.
No fue Luis Vargas Tejada el único autor colombiano que representó obras suyas en el Coliseo. Entre otros muchos que lo hicieron podemos destacar a personajes tan notables como José Fernández Madrid, José María Quijano Otero, Manuel María Madiedo, Lázaro María Pérez, José María Samper, Felipe Pérez, Santiago Pérez, Medardo Rivas, Constancio Franco, Angel Cuervo y Carlos Arturo Torres. Sin embargo, sus obras, aunque no carentes algunas de cierto mérito, han pasado derecho por los agujeros de ese tamiz inexorable que es el tiempo para perderse en un olvido casi total,en contraste con la vigencia inmarchitable que conserva Las Convulsiones.

sábado, 14 de octubre de 2006

Las Fiestas y Diversiones de Antaño


Antes de la Independencia había dos clases de regocijos públicos: los tradicionales de índole religiosa y los profanos, todos los cuales tenían relación con acontecimientos importantes ocurridos en la metrópoli tales como la coronación de un nuevo rey, los nacimientos de los príncipes, los matrimonios de éstos y de las infantas o la llegada a Santa Fe de un nuevo virrey. Estas últimas celebraciones fueron sustituidas después de la Independencia por el 20 de Julio y el 7 de Agosto.
Como un ejemplo típico de las fiestas no religiosas se puede citar el testimonio del cronista José María Caballero sobre las festividades que tuvieron lugar en la ciudad con motivo de la llegada del virrey Antonio Amar y Borbón. Refiere el autor que con tal motivo hubo corridas de toros, globos al aire, iluminación de las calles, bandas de música, fuegos artificiales y un baile de máscaras en el Coliseo. Esto sucedió a principios de 1804. A fines de 1807 se celebró el cumpleaños de la Virreina con corridas de toros y una comedia en el Coliseo. Más adelante, en febrero de 1808, llegó a Santa Fe con el inevitable retardo, la noticia del triunfo obtenido por los fieles vasallos de la ciudad de Buenos Aires contra la expedición invasora que envió a ese puerto la corona británica con el propósito de arrebatar los valiosos territorios del Río de la Plata a España. Inmediatamente el virrey Amar hizo publicar un bando en el cual se decretaban varios días de fiestas para festejar la victoria lograda contra la más agresiva potencia rival de la corona hispánica.
En esta oportunidad hubo vistosos desfiles ecuestres, ornamentación de las calles principales, campanas al vuelo, fuegos artificiales, bandas de música, lidia de toros, bailes y festines. Un poco más adelante, en junio, se celebró con regocijos similares la coronación de Fernando VII.
Poco o nada variaron estas festividades en sus modalidades principales después de la Independencia. El 20 de Julio de 1811, primer aniversario de la revolución, hubo cohetería, globos, bailes, comedias e iluminación por tres días de la ciudad. Durante la Patria Boba hubo notable profusión de celebraciones públicas.
Caballero cuenta de unas en 1812 en que las gentes salieron disfrazadas a la calle. Dice: “ El 19 de enero de 1813 tuvo lugar la celebración de la victoria bogotana sobre Baraya y los federalistas. Se armó una gran tienda de campaña en el llano de San Victorino, donde el Presidente Nariño almorzó con todo el ejército. Vinieron luego los toros, un baile en casa del Presidente y uno popular en la misma tienda de campaña, al cual concurrieron unas 600 personas.
Las últimas grandes festividades de la Patria Boba tuvieron lugar el 20 de Julio de 1815 con la única diferencia de que en esta oportunidad el poder estaba en manos de los federalistas o “carracos”.
En otro lugar de su diario cuenta Caballero que ya en 1815 los santafereños fueron privados por decreto del placer de los fuegos artificiales debido a que la totalidad de la pólvora que se producía empezó a ser destinada a las necesidades del ejército.
Durante el terrorífico régimen de Morillo, el Pacificador ofreció un baile que fue en esencia un vituperable alarde de sadismo puesto que a él fueron invitadas una serie de damas santafereñas cuyos padres, maridos, hijos y otros deudos habían sido sacrificados por patriotas, aguardaban la misma suerte o estaban en exilio o prisión. Las infelices tuvieron que acudir al convite no obstante la tribulación y la pesadumbre que las agobiaba y fingir amabilidad y cortesía con el verdugo de sus seres más queridos. En mayo de 1817, bajo el no menos sanguinario régimen del virrey Juan Sámano, hubo varios días consecutivos de festejos para celebrar el matrimonio de Fernando VII. Se dieron los consabidos bailes, toros, globos, fuegos de artificio, etc.
En la misma celebración del año siguiente, acaso por influencia de la Legión Británica, el público bogotano, atávicamente tan aislado del mundo, tuvo su primer contacto con el genio incomparable de William Shakespeare. En efecto, en la noche el Coliseo se llenó en su totalidad de bogotanos ansiosos de ver la representación de Otelo que tuvo lugar allí.
Como aspecto curioso debemos anotar que desde entonces existió en Colombia la preocupación por el traumatismo laboral que causaba el exceso de fiestas, contra el cual se pronunció el Congreso de Cúcuta. Sin embargo, ocurrió lo de siempre. Las disposiciones del Congreso fueron habilidosamente burladas y el ocio por cuenta de las fiestas continuó. Otro dato es que parte de las fiestas celebradas en 1822 consistió en la ostentosa manumisión de trece esclavos.
Las fiestas de 1823 fueron mucho más sobrias y ricas en resultados positivos para la comunidad. Se abrió la nueva Biblioteca Nacional, 33 esclavos fueron manumitidos, se hicieron varias representaciones teatrales y se sorteó una lotería a beneficio de los mendigos.
Los toros, eran el común denominador de todas estas celebraciones, constituían entonces un espectáculo que distaba mucho de la lidia ortodoxa y encuadrada dentro de severos reglamentos que ya entonces se practicaba en España y que con algunas variaciones conocemos hoy. Era un zafarrancho bárbaro muy similar a las caóticas “corralejas” que hoy se realizan en la zona interior de nuestro Litoral Atlántico. No había diestros y, en consecuencia, a los toros se enfrentaban todos los espontáneos que tuvieran a bien hacerlo una vez que el aguardiente o la chicha les infundían el valor necesario. Desde luego, como Bogotá no disponía de un coso taurino específico, para tal efecto se cercaban las principales plazas de la ciudad, especialmente la Mayor, y alrededor se levantaban graderías rudimentarias. Y allí tenía lugar el pandemonio. Jinetes que pinchaban a los toros con rejones y banderillas; otros cuyo objetivo era agarrarlo por la cola y derribarlo; muchos que se les enfrentaban a pie. Y con relativa frecuencia, uno que otro que pagaba con la vida su torpeza en esta lidia improvisada.
Otra de las diversiones populares que gozaban de arraigo en Bogotá era el juego de tejo o turmequé, de origen muisca, cuyas características no han variado hasta nuestros días. Una que hoy es netamente popular pero que entonces contaba con el favor de todas las clases sociales era la riña de gallos, hasta el punto de que personajes del alto mundo social y de los negocios criaban gallos de pelea y asistían puntualmente a las galleras donde se cruzaban apuestas por sumas muy elevadas. Asimismo el juego de bolos mantenía una fuerte hinchada que lo practicaba con gran asiduidad.
El 25 de julio de 1825, para celebrar el primer aniversario de la victoria de Ayacucho, tuvo lugar en Bogotá una sensacional innovación que puso aún más en evidencia el vigoroso influjo que venían ejerciendo los ingleses sobre la cultura y las costumbres de la naciente República. Me refiero a las carreras de caballos. Con toda la solemnidad debida se celebraron las primeras competencias ecuestres “a lo inglés” en la quinta llamada “La Floresta”, en las afueras de Bogotá. Como inspectores del evento fueron designados Don Pedro Gual, Secretario de Relaciones Exteriores; Don José Manuel Restrepo, Secretario del Interior; el coronel inglés Campbell, y el Señor James Henderson, Cónsul General y Encargado de Negocios de Su Majestad Británica en la Nueva Granada respectivamente. Otro inglés, el doctor Mayne, fue nombrado como secretario de las carreras y un judío, de apellido Leidersdorf, como depositario de las apuestas. La longitud de la “pista” era de dos millas y había un reglamento que establecía todas las normas referentes a las apuestas. Varios distinguidos ciudadanos nacionales y extranjeros poseedores de caballos los inscribieron para las competencias. Pero el que en principio se impuso sobre los demás y obtuvo por lo tanto jugosos premios, resultó ser el caballo “Ayacucho” de propiedad del cónsul Henderson. Otros caballos que también ganaron carreras y por ende buenas bolsas para sus propietarios fueron “Pichincha”, del señor Samuel Sayer, “Pepper”, del señor Juan Bernardo Elbers y “Waterloo” del doctor Mayne.
Fue tal el entusiasmo que despertó en Bogotá el espectáculo de las carreras ecuestres, que de inmediato se convocó a un grupo de connotados personajes nativos y foráneos con el fin de acordar las bases para establecer en forma regular y permanente dichas competencias en la capital. De esas reuniones preliminares salió la fundación del llamado “Club para las carreras de Bogotá”, antecesor lejano del actual Jockey Club. Como patrono del Club fue acordado por unanimidad el vicepresidente Santander; como presidente de la junta directiva el Cónsul Británico y afortunado poseedor del caballo “Ayacucho”, señor James Henderson; y como miembros de la Junta los colombianos Juan Manuel y Manuel Antonio Arrubla, Luis Montoya, Joaquín París, Ricardo Santamaría y Bernardo Alvarez, y los extranjeros Cade, Mamby, Bendel y Elbers. Como Secretario se nombró a un judío de apellido Levy. Además de proporcionar a los ciudadanos una diversión muy atractiva, este Club fue de notable utilidad para incrementar la influencia de los ingleses en nuestra sociedad. Sin embargo no resultó muy larga la vida de este primer Jockey Club, puesto que sus fundadores cometieron el error de promover y poner en marcha tan brillante negocio sin darle participación alguna al fisco municipal que, naturalmente, puso el grito en el cielo. Y como si esto fuera poco, también el largo brazo de la Iglesia católica se unió al del municipio en su guerra contra las carreras de caballos, a las que sus pastores dieron en llamar “diversión de protestantes”. La consecuencia final fue que las carreras de caballos sufrieron en Bogotá un receso de muchos años.
Contra ellas se argumentó también que estimulaban el vicio del juego, el cual, preciso es reconocerlo, estaba sumamente arraigado entre los bogotanos. En efecto, no había arbitrio imaginable al cual no recurrieran para procurarse el placer de los juegos de azar. Los apasionaban los juegos de barajas en su infinita variedad, los dados, la ruleta y, por supuesto, las riñas de gallos. Se jugaba en las casas, en las calles, en donde fuera posible.
Informa Mollien que en 1823 un astuto francés alcanzó a tener todo listo para abrir en la ciudad un casino típicamente parisiense, con tan mala suerte que el Vicepresidente Santander, convencido de que la tal casa de juego sería un diabólico instrumento para acabar de pervertir a los capitalinos, conminó al francés para suspender de inmediato los preparativos de la apertura de su centro de tahúres y le exigió abandonar cuanto antes el país bajo pena de graves sanciones. Sin embargo, medidas como esta no fueron eficaces para poner coto a la pasión de los bogotanos por los juegos de azar. No se puede dejar de anotar el hecho significativo de que el frenesí de las mujeres por el juego igualaba y en ocasiones superaba al de los hombres. Resulta sintomático recordar que el General Rafael Urdaneta perdió a los naipes en una sola noche la gruesa suma de $20.000. En cuanto a las riñas de gallos, también alrededor de este espectáculo se movían cantidades considerables de dinero, de las cuales es una muestra elocuente el hecho de que hubo propietarios de gallos vencedores que llegaron a ganar hasta $2.000 en una riña. Los señores que concurrían a las fondas siempre llevaban barajas en el bolsillo para jugar en las mesas. Por otra parte, según constató el diplomático sueco Gosselman, proliferaban en Bogotá numerosas casas clandestinas de juego que, aunque duramente reprimidas por la policía, especialmente por el implacable Ventura Ahumada, continuaron funcionando y “desplumando” a los capitalinos.
En relación con el juego, hay una anécdota picante que cuenta el General O´Leary en sus memorias.
Estando el Libertador de salida de Bogotá hacia Venezuela con el fin de solucionar el problema de la insurrección de Páez, pernoctó la primera noche en “Hato Grande”, la hacienda que ya había pasado a manos del Vicepresidente Santander. La siguiente noche la pasó en “Boyta”, que pertenecía a Luis Montoya. Con Bolívar estaban Santander y los señores Arrubla y Montoya, que fueron los comisionistas y negociadores del colosal empréstito contratado en Inglaterra dos años atrás. En la velada los cuatro decidieron jugar una partida de cartas en la cual la suerte favoreció generosamente al Libertador. Ya tarde en la noche, cuando las ganancias obtenidas eran considerables, Bolívar interrumpió por un momento el juego y, haciendo derroche de un humor ácido y punzante, dijo a sus compañeros de mesa: “A este paso muy pronto voy a quedar de dueño del empréstito”. Esta frase, en apariencia inofensiva, era una clara y directa alusión a las provechosas especulaciones que, según se decía entonces, habían realizado Santander, Arrubla y Montoya con los dineros del empréstito inglés. Por supuesto Santander no la tomó a broma.
En diciembre de 1825 el periódico La Miscelánea felicitó efusivamente a Don Ventura Ahumada por haber prohibido los juegos de azar para las fiestas de fin de año. Igualmente le rogaba el articulista que prohibiera definitivamente las corridas de toros, a lo cual no llegó a atreverse el infatigable policía.
Los intensos esfuerzos de Don Ventura contra los juegos de azar tuvieron apenas un efecto transitorio. El francés Le Moyne cuenta que en los arrabales de la capital la plaza de la iglesia se convertía durante unos cuantos días en un verdadero campo de feria, donde al aire libre o bajo tiendas se instalaban puestos para la venta de carnes asadas, pasteles, frutas, chicha, aguardiente y fritos, y también cafés, restaurantes, juegos de dados y mesas de monte y de ruleta.
Pero no fue sólo Don Ventura Ahumada quien aplicó mano fuerte contra el juego y otros vicios. Durante el régimen de Santander también las autoridades mostraron una dureza inexorable contra tales lacras sociales. A mediados de octubre de 1836 Florentino González, que era entonces Gobernador de la Provincia de Bogotá, hizo publicar en el Constitucional de Cundinamarca la siguiente orden:
“Según se dice cuadrillas de jóvenes,... se reúnen en varias casas para entregarse a todos los excesos de embriaguez y de la prostitución ... los excesos que pasan en ellas los hacen en muchas ocasiones precipitarse ebrios al medio de las calles, y entonces la vigilante policía puede apoderarse de sus personas, ... Y para que por todos los medios se ocurra a cortar el mal, transcribo esta comunicación al Sr. Rector de la Universidad... ”.
Posteriormente, el 21 de enero de 1842, el mismo periódico informaba que las autoridades habían allanado una casa de pésima reputación dedicada principalmente a juegos clandestinos, donde habían sido sorprendidos frailes, clérigos, vagos, y empleados públicos.
Todavía a fines de siglo motivo de seria preocupación continuaba siendo para las autoridades la proliferación de los establecimientos clandestinos de juego. La ingenuidad de dichas autoridades en su cruzada contra las artes de los tahúres llegó a extremos tales que en 1881, la Asamblea del Estado Soberano de Cundinamarca aprobó una ley que ordenaba a las casas donde se practicara este quehacer vitando, que fijaran en la entrada un letrero muy visible con esta inscripción: “CASA SOSPECHOSA DE VICIO Y DESHONRA”. La tabla con estas palabras infamantes debía estar iluminada en la noche con un farol de gas o petróleo. Los garitos además estarían obligados a llevar una matrícula de todos sus jugadores habituales y a publicar sus nombres en el periódico oficial del estado. Asimismo, los empresarios de estos casinos debían pagar con sus propios recursos un policía que permaneciera dentro de la edificación hasta que partiera el último tahúr, con la finalidad de hacer guardar el orden y la mesura. Podrá suponerse el rigor con que los empresarios de juegos acataron estas pintorescas disposiciones. En cambio, lo que pensamos que sí pudo tener alguna efectividad fue una nota en que el Correo Nacional del 4 de septiembre de 1894 recordó a la ciudadanía que, en virtud de una ley de 1887, nadie estaba obligado a pagar deudas de juego.
Volviendo atrás, en 1828, para celebrar el pronunciamiento del pueblo bogotano en favor de la dictadura de Bolívar, la municipalidad decretó la celebración de regocijos populares que se prolongaron durante seis días y comprendieron las tradicionales corridas, los bailes y las comedias. En esa oportunidad se brindó también a las gentes el cruel espectáculo del “toro encandelillado”, que consistía en atar a los cuernos del animal trapos ensopados en materias inflamables a los cuales se les prendía fuego. Enseguida el animal era soltado por las calles a lo largo de las cuales corría atormentado por el fuego. Poco después, para celebrar un aniversario más de la entrada triunfal del Libertador a Bogotá después de Boyacá, se llevó a cabo un suntuoso baile de máscaras en el Coliseo. Este baile, fue la oportunidad que programaron los conjurados para dar muerte a Bolívar al socaire del anonimato que daban los disfraces. Una casualidad enteramente fortuita salvó la vida del Libertador, quien nuevamente volvió a estar en grave peligro en la noche del 25 de septiembre de 1828.
Vale anotar que durante el segundo gobierno de Santander quedaron minimizadas las celebraciones del 7 de Agosto por considerar que darle cualquier relieve a la fecha de la Batalla de Boyacá era dárselo a la memoria de Bolívar.
Aunque al finalizar el siglo XIX Bogotá se asomaba en algunos aspectos al XX, parecía que en otros hubiera retrocedido, acaso bajo el influjo de la Regeneración. Veamos algunos casos.
Las fiestas nacionales cambiaron. Dejaron de ser aquellas espontáneas y jubilosas manifestaciones de artesanos para convertirse en programas previamente acordados en todos sus detalles, y como tal ejecutados.
A partir de la penúltima década empezó a tomar fuerza el 6 de Agosto (aniversario de la fundación de Bogotá), fecha en que las gentes acudían en romería a la Catedral para admirar las reliquias de la primera misa oficiada por Fray Domingo de las Casas.
Al primer centenario del natalicio del Libertador se procuró darle el mayor esplendor posible y en ese año (1883) se inauguró el Parque del Centenario en cuyo centro se levantó un templete, obra del italiano Pietro Cantini. En su interior fue colocada una réplica de la estatua de Tenerani, que desde 1847 estaba colocada en la Plaza de Bolívar.
Otro episodio importante relacionado con las diversiones y festejos en Bogotá fue el de la reanudación de las carreras de caballos el lo. de enero de 1843, esta vez también promovidas y organizadas por ingleses y bogotanos. Las nuevas carreras tuvieron lugar en la hacienda “Campo Alegre” de propiedad de Don José María Portocarrero. El caballo vencedor era de propiedad de Don Evaristo Latorre, y al finalizar las carreras se echaron al vuelo seis globos. No obstante, estas festividades resultaron singularmente aburridoras para el pueblo bogotano pues el Gobierno, vencedor en la Guerra de los Supremos, en un verdadero paroxismo de furor moralizante, emprendió una cruzada contra toda clase de juegos, prohibió los toros y llegó a cuestionar seriamente los inocentes bailes del Coliseo por considerarlos peligrosos para la moral pública.
Recién hasta la penúltima década del siglo comenzó a reglamentarse en Bogotá la fiesta brava. En 1893 se expidió un decreto por el cual se prohibía dar muerte al toro durante las corridas, así como consumir licores en las graderías. En 1896 fue inaugurada, cerca de la Plaza de los Mártires, una rudimentaria plaza de toros de madera.
Mal podría dejar de aludir al primer circo extranjero con animales que llegó a Bogotá. Se llamaba el “Stimpson and Handy”, que hizo su estreno en Bogotá a finales de 1831. Su especialidad era la acrobacia ecuestre.
El baile constituyó, por supuesto, una de las formas comunes de diversión para los bogotanos de entonces hasta el punto de que en el año de 1842 se intentó institucionalizar y regularizar los bailes de abono o suscripción en el Coliseo con el ánimo de que se realizaran el último domingo de cada mes. Se sabe que las personas con mentalidad abierta y liberal acogieron en forma muy favorable esta iniciativa. Se llegó a publicar inclusive en el Constitucional de Cundinamarca del 3 de julio de ese año una especie de reglamento en el que se establecían normas tan simpáticas como esta:
“Se advierte que cada familia no puede llevar sino un sirviente o criada, sin que éste pueda entrar por ningún motivo al salón, pues deberá permanecer en los palcos, y se advierte igualmente que al salón no puede entrar ningún hombre que no esté en cuerpo, en traje de baile y con zapatos”.
Lamentablemente la gazmoñería abrió fuego cerrado contra la iniciativa de los bailes y, como tantas otras veces, ganó la batalla. Damos a continuación la muestra de una de las arremetidas que contribuyeron a echar por tierra esta idea sana e inocente cuyo único propósito era nada más que fomentar la sociabilidad de los bogotanos y su capacidad de roce con los demás.
Ocurrió que un padre de familia tan severo como timorato, a raíz de algún leve incidente que ocurrió en uno de los bailes, publicó en el Constitucional de Cundinamarca de mediados del mismo mes de julio un remitido furibundo contra los bailes en el que decía:
“Tales acontecimientos son naturales en ciertas clases de reuniones, y más natural nos parece que algunos padres de familia hubieran evitado a sus inocentes hijas el roce con personas que dando frecuentes escándalos han dejado al fin de ser acreedoras a la estimación pública Creemos haber dicho lo bastante para que nuestras queridas paisanas no continúen en adelante asistiendo sin examen ni reflexión a lugares donde están expuestas a recibir un insulto, si es que no quieren autorizar con su condescendencia el poco aprecio que se les manifiesta al convidarlas para que alternen con toda clase de personas ”.
Desde luego no había tal “toda clase de personas”, puesto que los bailes se habían organizado con un criterio altamente selectivo. Lo que ocurría era que los impugnadores de esta idea se horrorizaban de sólo pensar en que las pacatas niñas bogotanas abandonaran una vez al mes el rígido claustro familiar para sumergirse en un baile público que estos censores inquisitoriales imaginaban similares a las orgías de Sodoma o de Nínive. El efecto final fue la suspensión de esta sala de baile en el mismo año de 1842.
El 27 de septiembre de 1843 los bogotanos vivieron una emoción sin precedentes cuando vieron traducido a la realidad el mito de Icaro sin consecuencias trágicas: fue la primera vez que vieron a un hombre volando, el primer día que un objeto más pesado que el aire se remontó por los altos aires sabaneros ante el asombro y el estupor de las gentes. El protagonista de este espectáculo inusitado era un argentino, algo aeronauta y mucho aventurero, que exigió primero una suscripción de $ 1.000 como condición previa para brindar a nuestros antepasados la emoción indescriptible de verlo subir hacia las nubes a bordo de un aeróstato. Rápidamente reunieron los bogotanos la suma exigida por José María Flórez (ese era el nombre del argentino) y aguardaron el trascendental acontecimiento. Flórez había fabricado su propio globo en Bogotá y en la fecha ya anotada arrancó del claustro del Rosario hacia las alturas. En este punto cedo la palabra a dos periódicos, El Día y el Constitucional de Cundinamarca, para transcribir todas las vicisitudes y peripecias del primer vuelo que presenciaron los santafereños:
“A las nueve y media de la mañana hizo su viaje aéreo el Sr. José María Flórez en un globo de lienzo, de 25 varas de alto y 15 de ancho; elevóse como 650 varas castellanas ... sin paracaídas, sin la red que asegura la barquilla, sin gas ... apareció sobre las más altas torres de la capital en un globo inflado con humo, suspendido él mismo en una débil barquilla atada con soga bajo el fuego de las canastilla ... Una barquilla de media vara de alto, y sostenida por cuatro cuerdas, era todo el apoyo que llevaba; en la mayor altura a que subió vióse en grande peligro ... cuando de repente desprendiéndose una de las banderas principió a salir humo, se inclinó la barquilla y aparecieron las llamas sobre ella, dando muestras de un accidente desgraciado, aterrador e inevitable que iba a causar la muerte desastrosa de Flórez, el que en el mismo instante vimos lanzarse de una altura inmensa por una cuerda que casi no se divisaba, apareciendo este hombre suspendido en el espacio sólo por la fuerza sorprendente de sus brazos ... y todo esto se verificaba en el momento en que el globo descendía rápidamente sobre la tierra, llenándonos de pavor y de compasión por el infeliz cuya vida creímos terminada trágicamente. Pero la Providencia quiso que no fuese así, y Flórez descendió sin novedad sobre un tejado en la manzana de San Juan de Dios ...” A los pocos días el aventurero repitió su espectáculo, con mejor suerte esta vez.
Muchas y muy intensas tuvieron que ser las emociones de los bogotanos que presenciaron el accidentado vuelo del argentino Flórez. Pero acontecimientos como éste eran realmente insólitos en la ciudad y la vida en materia de diversiones era tediosa y rutinaria como lo atestigua un artículo muy pintoresco aparecido en el periódico El Día a fines de 1844 y que su autor tituló Una Noche de Luna en Bogotá. El articulista refería que los bogotanos no adictos a los juegos de azar ni a la bebida tenían como única entretención asistir los sábados y domingos a la retreta frente a la casa del Ejecutivo nacional o provincial, algunos pocos a los billares, otros a dar un paseo por la alameda, en las afueras de la ciudad, y el resto ... a los sermones de las iglesias. Esporádicamente había temporada en el teatro de la ciudad, de resto, los amantes de la cultura sólo contaban con “un museo sin miriñaques y una biblioteca ”.
Algunas de las otras diversiones sanas de los bogotanos de entonces que no eran beodos ni tahúres ni se iban de gallera los domingos eran los almuerzos campestres a las orillas de los riachuelos que bañaban los campos de San Victorino, San Diego, Fucha y otros. O disponiendo de más tiempo, podían realizar el más atractivo de todos sus paseos que era el del Salto de Tequendama cuya finalidad esencial era, obviamente, admirar durante largas horas la majestuosa catarata. Además, el máximo orgullo de los capitalinos era invitar a sus huéspedes extranjeros a dicho paseo para ufanarse enseñándoles la cascada. Y evidentemente en esto no andaban equivocados nuestros mayores pues, en efecto, el soberbio espectáculo del Tequendama sí dejaba pasmados a los visitantes foráneos, muchos de los cuales dejaron escritas las impresiones de su visita al Salto.
Los paseos extra-urbanos continuaron siendo hasta fines de siglo la misma costumbre bogotana arraigada y tradicional que venía desde tiempos coloniales. Al terminar la centuria había paseantes que trepaban hasta Agua Nueva, Egipto y Belén para “contemplar desde allí nuestra espléndida Sabana, en cuyo último término aparecen radiantes los nevados de Santa Isabel, Quindío y Tolima, prueba inequívoca de la diafanidad y pureza de nuestra atmósfera”. Este comentario, que tanta nostalgia puede suscitar en la actualidad, lo hacía El Orden en su edición del 1 de febrero de 1887. Nunca pudo pensar el redactor de esta noticia idílica hasta qué punto estaría enrarecido y corrompido ese mismo panorama años después.
Igual que hoy, solían no pocos bogotanos de fines de siglo marchar a pasar temporadas en tierra cálida. El Telegrama del 15 de enero de 1891 informaba acerca de la masiva afluencia de bogotanos a Villeta en esas vacaciones, la que llegó a adquirir tales dimensiones, que hubo épocas en que era virtualmente imposible conseguir hospedaje o casas de hotel. Por otra parte, los periódicos de 1893 informaban cómo los capitalinos ya se estaban valiendo del incipiente servicio ferroviario para hacer sus paseos, especialmente en diciembre. También los vientos de agosto eran aprovechados para salir a campos y montañas a echar las cometas al vuelo.
La retreta pública fue una diversión tradicional que se prolongó hasta entrado el siglo XX, cuando, de sitios céntricos como el Parque de Santander, se trasladó al de la Independencia.
En 1881 y 1882, la prensa protestó reiteradamente contra la costumbre de ejecutar las retretas bajo los balcones del Palacio Presidencial, argumentando que con ese motivo allí se aglomeraba demasiada gente de baja estofa que a menudo terminaba provocando riñas a piedra, palos y bofetadas. Por otra parte, se quejaban los diarios de que las retretas impedían la cabal realización de las funciones que se programaban a la misma hora en el Teatro Maldonado (hoy Colón). Inclusive, los periódicos criticaban con acerbidad la actitud de los presidentes por no hacer entrar la banda a Palacio o enviarla a tocar a un parque público, evitando así los tumultos y desórdenes callejeros.
Volvieron a disponer los bogotanos de entonces de la diversión de las carreras de caballos, hacia las cuales había una ferviente afición. En 1891 la prensa dio cuenta de una fausta noticia para los hípicos se había inaugurado en Chapinero un “circo de carreras” con amplia capacidad y buenas comodidades.
Hacia 1894 hizo su aparición en Bogotá un nuevo deporte que apasionó a los capitalinos: el ciclismo. Se organizaron competencias y se suscitó en poco tiempo una afición. Cabe aquí anotar un hecho que hoy podría parecer curioso: el ciclismo fue en estos albores un deporte rigurosamente aristocrático y elitista debido a que no eran muy numerosos los jóvenes que podían permitirse el lujo de adquirir estos costosos artefactos importados.
El patinaje se inició en 1891 con muy buenos augurios, y hasta se alcanzó a habilitar una pista para el efecto. Sin embargo, los volubles bogotanos le dieron pronto la espalda al nuevo deporte que rápidamente entró en declive hasta casi extinguirse del todo.
El fútbol apareció también como un deporte elitista y al alborear el siglo XX se practicaba en el “Foot Ball Club” de Teusaquillo. En la prensa hay desde 1902 reseñas de las competencias, en las que se destacaba que los más ágiles y diestros jugadores habían practicado este deporte en Inglaterra.
En cuanto a las diversiones mecánicas, en 1898 la Alcaldía autorizó al señor Emilio Casanova para establecer frente al Parque del Centenario una montaña rusa y un carrusel.
Paradójicamente, Bogotá conoció en forma temprana tanto el cine, como lo que podríamos llamar el paleocine. El periódico Los Hechos, informaba el 14 de marzo de 1894:
“Con verdadero gusto hemos visto que el artístico kiosco de la cámara oscura que había en Chapinero ha sido trasladado al hermoso Parque del Centenario. Se ha formado una verdadera romería de familias que van a gozar diariamente de las espléndidas vistas animadas que presenta el mágico lienzo del kiosco. Adornos como este son dignos del mejor paseo de esta capital y recordarán a lo vivo a todos los que han visitado las grandes ciudades de Europa y de los Estados Unidos los bellísimos panoramas de los cuales este kiosco es fiel reproducción”.
Poco más tarde pudieron los capitalinos asombrarse ante el genuino invento de los Lumiére. En efecto, en agosto de 1897, la llamada “Compañía de Variedades” presentó en el Teatro Municipal la primera proyección cinematográfica que vio esta ciudad. No habían pasado aún tres años desde cuando los hermanos Lumiére habían enseñado a los no menos perplejos parisienses la magia del cinematógrafo.

Los mejores del Festival de Cine

La cinta argentina "El custodio", de Rodrigo Moreno, fue la gran vencedora del XXIII Festival de Cine de Bogotá, al ser distinguida con el Círculo Precolombino de Oro a la mejor película y a la mejor dirección, cosechando además una mención especial para el actor Julio Chávez por su interpretación del personaje que da título a la película. El Círculo Precolombino de Plata fue para la alemana "Molly´s Way", de Emily Atef, cuya protagonista, Mairead McKinley, recibió una mención como mejor actriz; mientras que el Círculo Precolombino de Bronce a la Mejor Película fue para "Your Name is Justine", coproducción entre Luxemburgo y Polonia realizada por el venezolano Franco de Peña.
El certamen entregó además premios en las categorías de Vídeo (Círculo Precolombino de Oro al Mejor Video Nacional para "Ciudad Crónica", de Klynch Lopez), Documental (Círculo Precolombino de Oro al Mejor Documental para el español "Radiophobia", de Julio Soto y Documental de Arte "Enrique Grau" (Círculo Precolombino de Oro para el español "Que tienes debajo del sombrero", de Iñaki Peñafiel y Lola Barrera).
A lo largo del festival se realizaron homenajes a Héctor Olivera, a quien se le entregó la distinción Círculo Precolombino por los cincuenta años de Aries Cinematográfica, su compañía productora, siendo la primera vez que se le otorga a una personalidad extranjera; y a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, reconocida con el Círculo Precolombino.

viernes, 13 de octubre de 2006

Rock al Parque


Con 43 bandas y solistas de diferentes países se celebra este fin de semana la duodécima edición del Festival Rock al Parque en Bogotá, considerado uno de los eventos al aire libre gratuitos más importantes de América Latina.
Entre quienes se presentarán se incluyen a Manu Chao, de Francia; Panda, División Minúscula, Telefunka y Zoé, de México; Filtro Medusa, de Panamá; Papashanty y Chuck Norris, de Venezuela; Turf, Botafogo, Horcas y Karamelo Santo, de Argentina; Fear Factory, Día de los Muertos y Death By Stereo, de Estados Unidos.
El evento de este año tendrá dos escenarios simultáneos: el sábado 14 y domingo 15 de octubre, en la Plaza de Eventos y el Lago, mientras que el cierre será el lunes festivo 16 de octubre en el Parque Metropolitano Simón Bolívar.
Este festival, que está considerado como uno de los más grandes de América Latina, también contará con la banda Doctor Krápula nominada a dos premios MTV Latinos como "mejor artista nuevo central" y "mejor artista independiente".
Durante los tres días de duración del evento, líderes de los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta se reunirán con las bandas con el propósito de fortalecer la conciencia de los asistentes alrededor de mensajes de cuidado y defensa del Planeta.

jueves, 12 de octubre de 2006

Sin atisbos de paz

LA COLUMNA DE OPINET
A pesar de que sólo hay tímidos acercamientos tendientes a llevar a cabo el intento de liberar a los secuestrados que mantiene la guerrilla de las Farc, los subversivos ya han señalado las condiciones bajo las cuales se sentarían después a dialogar en un supuesto proceso de paz. Y lo que es peor: no han faltado las voces que aducen que estamos muy cerca, ahora sí, del mal llamado intercambio humanitario y, aún más, de firmar la paz con la guerrilla de Tirofijo. Ilusos, no son más que ilusos que les sirven de idiotas útiles a las guerrillas, o meros campaneros que llevan sus razones.
En realidad, no hay ningún avance, estamos igual que hace cuatro años en materia de acuerdos. En cuanto al intercambio, las Farc siguen haciendo exigencias que son inaceptables como la desmilitarización de Pradera y Florida, en tanto que sus delegados tendrían acompañamiento armado; exigen que el Gobierno libere a todos sus presos aun cuando estén acusados de delitos atroces; no comprometen ninguna garantía de que los amnistiados no vuelvan a delinquir y exigen imposibles metafísicos como la liberación de Simón Trinidad y Sonia, guerrilleros extraditados a E.U.
En materia de acuerdos de paz el asunto es indigerible. De forma diligente, las Farc han hecho llegar una carta en la que exigen condiciones imposibles para un diálogo como la desmilitarización de los departamentos de Caquetá y Putumayo, la suspensión de las órdenes de captura de los miembros de su ‘Estado Mayor’, el reconocimiento de la existencia de un conflicto social y armado y hasta la solicitud de que la comunidad internacional suspenda el calificativo de organización terrorista para esta guerrilla. Pero hay una exigencia aún más traída de los cabellos: “suspender los operativos militares a escala nacional y regresar las tropas a sus Cuarteles, Divisiones, Brigadas y Batallones”.
El pueblo colombiano y la dirigencia del país deberían estar ya curados de espantos. A las guerrillas no les interesa la paz mientras no se convenzan de que nada bueno podrán sacar de su rebelión. Los terroristas de Eta, tras meses de intensos coqueteos con Zapatero, acaban de decir que no renuncian a las armas ni a su aspiración de lograr la independencia del País Vasco.
Aquí mismo, el Eln ha sido insincero con la sociedad civil y el Gobierno y nada se ha avanzado en unos acercamientos en los que el Gobierno ha demostrado buena voluntad y los elenos no. Al delincuente Francisco Galán lo sacaron de prisión para instalarlo en una confortable casa finca a cambio de nada. Incluso, el Estado se va a gastar 500 millones acondicionando una derruida casa del extinto capo Pablo Escobar adonde será trasladado Galán. Esa llamada ‘casa de la paz’ fue visitada por el terrorista Antonio García, a quien el Gobierno otorgó, en aras de la paz, un salvoconducto. Allí le hicieron venia los alcaldes de Bogotá y Medellín y los gobernadores de Antioquia y Valle, entre otros, de la misma manera vergonzosa que la presidenta del Senado y otros dignatarios han acudido a la entrega de paramilitares a las autoridades. ¿Cuál fue el resultado? El guerrillero García dijo en todos los tonos que el Eln no hará la paz mientras persistan las causas de la injusticia social, mientras haya pobreza, inequidad, falta de oportunidades, etc. Eso suena muy bonito y parecería un gesto de altruismo pero es una manera velada de decir que no harán la paz nunca, que no han abdicado a su deseo de poder ni lo harán jamás y que sólo confían en las armas para alcanzarlo. Múltiples versiones de prensa aseguran que García dice abiertamente que ellos no van a pactar ninguna desmovilización con el presidente Uribe y que sólo pretenden pasar de agache hasta que termine su gobierno. Ni siquiera han aceptado apoyar planes de desminado para retirar las minas antipersona que dejan cientos de lisiados cada año.
No hay que ser muy sagaz para entender las pretensiones de las Farc: que se reconozca el conflicto para tener estatus político; que no las llamen terroristas para recuperar el apoyo internacional; que se desmilitarice el área del Plan Patriota para recuperar el aliento; y que se acuartelen las tropas para —ya sin el estorbo de las autodefensas— someter a todos los colombianos. Abramos los ojos, ¿esa es la paz que algunos vislumbran?

martes, 10 de octubre de 2006

Relatos de ciudad en el Jorge Eliécer Gaitán


Hasta el 20 de octubre en el Callejón de las Exposiciones del Teatro Jorge Eliécer Gaitán se presenta la exposición colectiva Relatos de la Ciudad compuesta por los montajes Bodega 32 (David Pérez/ Paula Estrada) y Reflejos (Camilo Monsalve).
La primera exhibición reune un total de 126 imágenes que relatan la historia de Lucas: un hombre que vive en la Bodega Número 32 de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, ubicada en la Carrera Séptima con calle 27; la segunda, es una colección de fotografías que relatan “el mundo detrás de este mundo”: ilusiones ópticas, formas y contrastes extraños, como también situaciones inverosímiles encontradas dentro de lugares o momentos cotidianos de Bogotá; para no perderselas

sábado, 7 de octubre de 2006

La moda en el siglo XIX

Los años iniciales del siglo XIX trajeron consigo cambios radicales en la indumentaria de los santafereños, que fueron mucho más ostensibles después de la Independencia, debido en buena parte al advenimiento de gentes extranjeras que aportaron nuevos usos en este campo.
Fue el colapso de las pelucas típicamente dieciochescas, los peinados femeninos que a menudo alcanzaban alturas extravagantes, los pantalones a la rodilla combinados con medias largas de seda, los zapatos de pomposas hebillas doradas y plateadas y los sombreros tricornios.
Puede decirse que la moda tendió a hacerse más informal con las levitas, los pantalones largos, los zapatos de charol y los altos sombreros de copa. Los viajeros foráneos anotaban aquella tendencia bogotana, que perduró hasta hace pocos años, de preferir el negro en los trajes. Son también interesantes las apuntaciones del francés Le Moyne en este sentido:
“La gente del pueblo ... no tiene cama y duerme por lo general en el suelo encima de una estera o de una piel de toro y no se quita para acostarse la ropa que ha llevado puesta durante el día... Los hombres no llevan más que una camisa, calzón de tela de algodón muy gruesa, una ruana de lana y sombrero de paja. La ruana, que se usa en toda la América del Sur por los campesinos y gentes del pueblo, la llevan en las ciudades también las personas de la alta sociedad para sustituir con ventaja la capa, en especial cuando montan un caballo para ir de viaje, o aunque sólo sea para salir al campo”.
Se llamaba “orejones” a los campesinos de la Sabana debido a su inveterada costumbre de usar debajo del sombrero de jipa un pañuelo rabo de gallo cuyas puntas asomaban por los lados semejando dos grandes orejas de conejo. Los viernes, días del tradicional mercado bogotano, la ciudad se veía invadida de “orejones”, especialmente en la Plaza Mayor.
En cuanto a los esclavos, éstos usaban calzones, camisas y ruanas listadas. Los indios vestían con marcada preferencia de algodón, tal como los hallaron Quesada y sus hombres. Andaban descalzos o de alpargatas. Este rudimentario calzado popular era el que usaban la mayoría de los soldados. El calzado era sin duda el distintivo más claro de las clases sociales.
El viajero francés Le Moyne describe minuciosamente un fenómeno que lo impresionó en las clases populares: las temibles niguas, que con tanta sevicia atormentaron a los conquistadores españoles.
Cuenta el autor cómo el hábito de andar descalzos o malamente protegidos con sandalias o alpargates exponía a las gentes pobres al asalto despiadado de los crueles afanípteros, que se les introducían bajo la piel de las extremidades y les depositaban allí sus huevos causándoles ulceraciones y escozores infernales.
Hay otra anotación del francés Boussingault que merece destacarse. Es la que hace alusión a las prostitutas, las cuales, en un gesto casi desafiante andaban a pie descalzo pero con la condición de que, para lucir más coquetas, se colocaban gruesos y vistosos anillos en los dedos de los pies lo cual suscitaba la secreta envidia de las señoras y doncellas de la clase alta.
Es también interesante la descripción que hace Don José María Cordovez Moure de la pobre vestimenta de los estudiantes bogotanos, incluidos los bartolinos y rosaristas. Estaba generalizada la creencia de que los estudiantes debían pasar sus años de claustro dentro de la más rigurosa austeridad, por lo cual los infelices iban a las aulas sin ropa interior ni calcetines. Los zapatos eran tan burdos que se podían poner en ambos pies sin distinción de izquierdos ni derechos. Algunos usaban babuchas de tafilete y otros los simples alpargates. Se protegían la cabeza con unos sombreros alones y muy ordinarios que eran conocidos como “panza de burro”. Completaba el atuendo el llamado “capote de calamaco”. Esta especie de gran tabardo tenía dos enormes bolsillos donde los estudiantes depositaban longanizas, mendrugos, patacones, panelitas de leche, cuajada, tamales y una vela de sebo envuelta en telas de cebolla colorada que, según la tradición estudiantil, era el mejor suavizante para las manos contra los ferulazos y palmetazos de los maestros desalmados.

jueves, 5 de octubre de 2006

Hip Hop al Parque

Toda la cultura del Hip Hop salta nuevamente a la escena bogotana en la celebración de los 10 años del Festival Hip Hop al Parque, organizado por la Alcaldía Mayor y el Instituto de Cultura y Turismo en el marco del Festival Distrital de Juventud.
19 agrupaciones de Alemania, España, Mexico, Puerto Rico, República Dominicana y Colombia harán parte del cartel del Festival, que contará además con encuentro de Disc jockeys, muestra de graffiti en vivo y show especiales de break dance.
La cita será el sábado 7 y domingo 8 de octubre en el Parque Metropolitano Simón Bolívar. desde la una de la tarde, entrada libre.

Sábado 7 de octubre

1:00 p.m Soporte Klan ( Villa Rica)
1:35 p.m El Bunker
2:10 p.m DJ Peche
2:35 p.m EL Samurai
3:10 p.m Don Zapata
3:45 p.m MC Kano ( Medellín )
4:·30 p.m Show Especial
4:55 p.m Meto 2 Conciencia
5:30 p.m Culcha Candela ( Alemania)
6:15 p.m La Firma
6:50 p.m JHT ( Bogotá)
7:35 p.m DJ Javi Herc ( Medellín)
8:00 p.m Frank T ( España )


Domingo 8 de octubre
1:00 p.m TItanio ( Cali)
1:35 p.m Demandados
2:10 p.m DJ Rec
2:35 p.m C Shot
3:10 p.m Ritmo Acción y poder
3:45 p.m Zethyan
4:·20 p.m Cartel de Santa (México)
5:05 p.m Rebelión
5:40 p.m Show especial
6:05 p.m Joki Barrios ( Bogotá)
6:50 p.m DJ Scuuf ( República Dominicana )
7:15 p.m Mexicano ( Puerto RIco)