domingo, 31 de diciembre de 2006

FELIZ AÑO NUEVO


Empezar como si fuera cualquier cosa, es una enorme torpeza. Un año de vida es un regalo demasiado grande para echarlo a perder.
¿Alguna vez has sentido en lo mas hondo de tu ser ese deseo profundo y enorme de mejorar o de cambiar?
Si es así, no dejes que el deseo se escape, porque no todos los días lo sentirás. Si hoy sientes esa llamada a querer ser otro, a ser distinto, atrápala con fuerza y hazla realidad.
El inicio de un nuevo año es el momento para reunir las fuerzas y toda la ilusión para comenzar el mejor año de la vida, porque el que se proponga convertir éste en su mejor año, lo puede lograr.
El año nuevo es una oportunidad más para convertir la vida, el hogar, el trabajo en algo distinto. "Quiero algo diferente, voy a comenzar bien, así será más fácil seguir bien y terminar bien. Quizá el año pasado no fue mi mejor año, me dejó un mal sabor de boca; éste va a ser distinto, quiero que así sea, es un deseo, es un propósito, y no lo voy a echar a perder. Tengo otra oportunidad que no voy a desperdiciar, porque la vida es demasiado breve".
¿Quién es capaz de decir: "Desde hoy, desde este primer día, todo será distinto.? En mi hogar, me voy a arrancar ese egoísmo que tantos males provoca, voy a estrenar un nuevo amor a mi pareja y a mi familia, seré mejor padre o madre. Seré también distinto en mi trabajo, no porque vaya a cambiar de trabajo, sino de humor. Incluso voy a desempolvar mi fe, esa fe arrumbada y llena de polvo, voy a poner un poco más de oración, de cielo azul, de aire puro en mi jornada diaria. Ya me harté de vivir como he vivido, de ser egoísta, injusto. Otro estilo de vida, otra forma de ser, ¿por qué no intentarlo?"
En los ratos más negros y amargos, llenos de culpa, pensamos: ¿Por qué no acabar con todo? Pero en esos mismos momentos se puede pensar otra cosa: ¿Por qué no comenzar de nuevo?.
Algunos ven que su vida pasada fue gris, vulgar y mediocre, y su gran argumento y razón para desesperarse es: "He sido un don nadie, ¿qué puedo hacer ya?".
Pero otros sacan de ahí mismo el gran argumento, la gran razón para el cambio radical positivo: "No me resigno a ser vulgar, quiero resucitar a una vida mejor, quiero luchar, voy a trabajar, quiero volver a empezar".
Un año recién salido de las manos del autor de la vida, es un año que aún no estrenamos. ¿Qué vamos a hacer con él?, ¿El año pasado no te gustó?, ¿No diste la medida?, ¿Con éste qué vas a hacer?
Un nuevo año recién iniciado: Todo comienza si tú quieres, todo vuelve a empezar...
Yo me uno a los grandes insatisfechos, a los que reniegan de la mediocridad, a los que aún conscientes de sus debilidades confían y luchan por una vida mejor.
Todos desean a los demás y a si mismos un buen año, pero pocos luchan por obtenerlo. Prefiero ser de los segundos
Comienza un nuevo año y con el un mundo de oportunidades se abre ante nosotros. El momento es propicio para reflexionar internamente sobre experiencias pasadas, situaciones presentes y el porvenir. Para aprender del pasado, disfrutar el presente y construir un futuro mejor.
Si nos detenemos por un momento y hacemos una pausa para mirar hacia atrás, podremos darnos cuenta que nos encontramos exactamente donde nos han traído nuestras acciones pasadas. El ser humano construye su futuro día a día mediante sus pensamientos, palabras y acciones, y estas a su vez van moldeando el presente.
Algunos pueblos que han tomado conciencia de la importancia de los actos de cada uno de sus habitantes para la consecución de un fin común, han incorporado a sus culturas la tradición de los propósitos a alcanzar en el año nuevo.
Esta tradición es muy sencilla. En ella cada persona se traza metas que hasta ahora no ha podido alcanzar, o no se había planteado y se hace el firme propósito de lograrlas durante el año que recién comienza. Puesto que según la tradición esto ocurre generalmente en alguna reunión social relativa al nuevo año, puede ser la cena de fin de año o la primera reunión de familiares y amigos del año que apenas comenzó, es costumbre comunicarse entre los concurrentes sus propósitos para de esta manera intercambiar opiniones sobre la mejor manera de lograrlos y obtener el apoyo necesario de quien este dispuesto a brindarlo para concretarlos, y si ocurre que se encuentran personas con propósitos comunes, unir esfuerzos para facilitar su consecución.
Esta tradición no esta limitada exclusivamente a propósitos individuales, pueden plantearse también propósitos familiares, de grupo, sociales y hasta mundiales, y de esta manera poner un granito de arena para construir un mundo mejor, el mundo que todos en el fondo deseamos.
Con el pasar del tiempo nuestra voluntad se fortalece y nos sentimos cada vez más capaces de lograr lo que nos propusimos; y no solo eso sino que también sentimos la necesidad de hacer algo por aquellos que hasta ahora no se han propuesto lograrlo por si mismos, y comienza entonces un proceso de crecimiento en el cual nos volvemos conscientes de que somos dueños de nuestros destinos y capaces de utilizar nuestra voluntad en formas cada vez más creativas y constructivas.
A partir de ese momento vemos los obstáculos solo como situaciones a superar y de las cuales aprender, el contento se abre paso entre los lamentos, la alegría vence a la tristeza y la esperanza, la seguridad y la confianza reinan donde antes se encontraba el temor.
Siempre podemos escoger entre vivir el mundo cual lo conocemos o cambiarlo en el que deseamos, la decisión al final es de cada uno según decida ejercitar su libre albedrío.
Que este nuevo año nos brinde paz, amor, salud, armonía, unión, felicidad y prosperidad.

Crecimiento demografico en el siglo XIX


En el año de 1800 Santa Fe albergaba en sus 195 manzanas a 21.464 habitantes, sin contar vagos y mendigos (unos 500) ni población pasajera (unos 1.000).
En 1810, según la Memoria descriptiva del país de Santa Fe de Bogotá de Don José María Salazar había aumentado la población debido al incremento del comercio, la llegada de numerosos inmigrantes, vagos y pordioseros y, por suerte, la ausencia de epidemias graves.
En relación con las pestes, cabe destacar la disminución de la mortandad provocada por ellas, ya que la epidemia de viruelas que azotó a Bogotá de 1801 a 1803 dejó un saldo de 329 muertos en tanto que otra que se presentó 20 años antes había matado aproximadamente a 3.500 personas.
Desde 1800 la ciudad no volvió a tener censo hasta 1832, cuando se contaron 36.435 bogotanos, los cuales subieron a algo más de 39.000 en 1835.
Por esta época Caracas tenía 40.000 habitantes y Quito 80.000. Es extraño el hecho de que el censo de 1843 prácticamente no revelara crecimiento alguno en la población de la capital, pues ésta sólo aumentó respecto a 1835 en 644 habitantes. ¿Las causas? Las bajas producidas por la Guerra de los Supremos y las 3.128 víctimas que sucumbieron a la nueva oleada de viruelas que cayó sobre Bogotá entre 1840 y 1841.
Ya desde el censo del 1779 se pudo constatar que las mujeres constituían una notable mayoría en la población santafereña; a partir de ese momento, y hasta el censo de 1843, fueron como mínimo el 58% del total de habitantes en esta ciudad. Luego de la independencia pudo atribuirse este fenómeno a las levas de varones con destino a las guerras; pero además de eso, existen cifras que permiten pensar en una mortalidad más alta dentro de la población infantil masculina.
Las estadísticas de comienzos de siglo XIX nos arrojan otro dato inquietante: apreciable mayoría de hombres y mujeres célibes. Igualmente digno de tomarse en cuenta es el hecho, en esta ciudad pacata y religiosa al máximo, de que el número de hijos en unión libre superaba al de los hijos legítimos.
Hay un dato de 1826 según el cual entre el 1 de agosto y el 30 de noviembre de ese año habían recibido la ablución bautismal 300 párvulos, de los cuales 157 eran naturales y 143 legítimos. Y esta diferencia siguió aumentando. El Constitucional de Cundinamarca informaba a fines de 1845 que de 361 niños nacidos en los cuatro últimos meses de ese año, 209 eran ilegítimos y sólo 152 habían nacido de uniones lícitas. Esta situación permaneció invariable durante todo el siglo.
Uno de los factores a que se podría atribuir tan alto nivel de soltería y tan desmedida proliferación de hijos naturales fue una real pragmática de 1803 del rey Carlos IV, tan disparatada como quien la promulgó, según la cual quedaba prohibido en forma perentoria contraer matrimonio a los varones menores de 25 años y a las mujeres menores de 23 sin el expreso consentimiento de los respectivos padres, a quienes se otorgaba una potestad irrestricta en este campo. Las sanciones para los infractores eran severísimas. El cura que oficiara en desposorios clandestinos era condenado a confinamiento y a confiscación de sus bienes. A igual pena eran sentenciados los contrayentes. Lógicamente, ante tamaña amenaza, numerosas parejas tenían que optar por la soltería o, algunas, por el “dañado y punible ayuntamiento”. Mucho más cuando a esta disposición real se agregaba una anterior de Carlos III por la cual se autorizaba a los padres para privar de herencia a las hijas que se casaran sin su aprobación.
Trataban estas reales pragmáticas de poner coto a una situación que se venía imponiendo y que se juzgaba escandalosa. Ocurría que si el padre rehusaba otorgar su anuencia para el matrimonio de la hija, ésta podía iniciar un proceso para ser depositada en custodia en otra casa de familia respetable mientras se definía el caso. Entre tanto, el padre quedaba obligado a asumir las costas de la manutención de la insubordinada. Había un solo argumento que se le aceptaba al padre renuente como válido para impedir la boda: la clara inferioridad social o racial del pretendiente. Si el desdichado era pobre u ostentaba pigmentación negra o cobriza, era hombre perdido. Pero si no se daban estas dos circunstancias llevaba todas las de ganar. Como empezó a darse con alarmante frecuencia el caso de que las jóvenes insurrectas se afirmaban en su rebeldía a pesar de la amenaza de perder la herencia, fue necesario apelar a medidas más drásticas, y de ahí vino la prohibición de 1803 de contraer nupcias sin permiso paterno. La severidad inflexible de la real pragmática era, como queda dicho, no sólo causa de amancebamientos y caudalosa progenie bastarda, sino de que aumentara hasta el exceso en la ciudad el número de mujeres solteronas y beatas que llegaban a tan deplorable estado porque el temor a desacatar la voluntad paterna o la pureza y ortodoxia arraigadas les habían hecho perder su cuarto de hora o impedido dar el salto audaz hacia la unión libre ilícito.
Tal situación preocupó a las nuevas autoridades republicanas luego de la Independencia. La prensa publicó entonces artículos en que se hacía eco de la preocupación colectiva por el estancamiento de la población y el auge alarmante del celibato. En uno de ellos se pedía a la Iglesia rebajar los onerosos estipendios que los contrayentes debían abonar para quedar consagrados por la bendición eclesiástica. Esta solicitud, obviamente, no fue escuchada. Arreció entonces la ofensiva contra los solteros y en favor del matrimonio. De ello es una muestra muy divertida la necrología que publicó el periódico bogotano La Miscelánea del 5 de marzo de 1826, alusiva al fallecimiento del prócer Manuel Benito de Castro, quien en sus 75 años de vida se mantuvo invulnerable al asedio de casaderas, casamenteras y toda laya de celestinas. Rezaba así la nota:
“ .. Murió soltero porque decía que era arriesgar mucho unirse para siempre a una mujer, cuyo carácter podía adivinarse, mas no conocerse... Un ciudadano sin mujer, sin hijos, sin relaciones con la sociedad, pasa una vida triste y solitaria, y después de ella su memoria es sepultada del mismo modo que su cuerpo... Nada es más despreciable, dice un moralista, que un viejo solterón. El doctor De Castro, muriendo solo y sin experimentar el dulce consuelo de verse rodeado de una familia en quien mirase su reproducción y que le prodigase sus cuidados, es un argumento muy victorioso en favor del matrimonio ”.
Como bien puede apreciarse, el doctor De Castro fue un finado sui generis, ya que al morir no recibió, como todos los difuntos, el homenaje de un obituario laudatorio, sino, por el contrario, una áspera reprimenda por el simple hecho de haber ejercido su libre y soberano albedrío en el sentido de permanecer célibe hasta la muerte. Pero ahí no paró la andanada feroz de que fue víctima Don Manuel Benito después de muerto. En este mismo artículo se hacía puntual y minucioso recuento de sus típicas manías de solterón. De una de ellas tuvo amplio conocimiento la ciudadanía, ya que, como lo recordaba el autor de la necrología irreverente, el doctor De Castro, cuando se hizo cargo del poder ejecutivo de Cundinamarca en 1812, advirtió que aceptaba el honroso destino con tal de que se le autorizara salir a cierta hora del despacho para alimentar a su perro.
La pertinacia de los bogotanos en el celibato siguió siendo duramente combatida, pues se hacía evidente la necesidad de incrementar la población y que dicho incremento se operara en lo posible con hijos legítimos. Tiene notable importancia dentro de este proceso un planteamiento de gran seriedad que hizo el periódico El Chasqui Bogotano de junio de 1827. El citado diario postuló medidas muy concretas y efectivas para extirpar la peste de la soltería. La primera de ellas era lo que hoy llamaríamos una “tarifa tributaría diferencial”, generosamente favorable a los casados y onerosa para los solteros. Otra proponía que en igualdad de condiciones se prefiriera a los casados sobre los célibes para ocupar cualquier empleo. Las propuestas de nuestro periódico llegaban hasta la ley penal, por cuanto exigían una mayor indulgencia de los jueces cuando el delincuente era casado. En otras palabras, la cárcel y el cadalso para los solteros. Y, finalmente, pedía El Chasqui que en el reclutamiento militar fueran los casados los últimos.
El Gobierno acogió esta iniciativa, pero los habilidosos solterones le hallaron pronto el flanco vulnerable. Incontables haraganes, tunantes, vagabundos, rufianes y otras gentes de la peor ralea se dieron febrilmente a la tarea de procurarse a toda costa cónyuges legítimas para eludir la pesada y azarosa carga de la vida castrense. Pero el Gobierno fue más avisado aún: el general Rafael Urdaneta expidió a fines de 1830 un decreto perentorio por el cual se prohibía en forma terminante a los curas impartir la bendición nupcial en los casos en que el varón no presentara certificaciones fidedignas en que constara que estaba desde hacía largo tiempo consagrado a una profesión, oficio o actividad de irreprochable licitud.
De este modo fueron reducidos los alcances de la medida conquistada por los cruzados del matrimonio. El balance, pese a todo, no era satisfactorio en 1843.
En casi medio siglo la población había aumentado de 21.394 habitantes en 1800 a 40.086 en el citado año. Las mujeres conformaban el 60% de la población bogotana; los ayuntamientos ¡legales y las madres solteras igualaban en número al de las parejas casadas y, lo más asombroso, había un 55% de hijos naturales contra sólo un 45% de legítimos. Las realidades eran tozudas. De nada habían valido los clamores de la prensa y las gentes ortodoxas. De nada las ardientes prédicas de los moralistas. Bogotá, nuestra gazmoña y recatada Bogotá de esta primera mitad del siglo XIX, era un apacible y silencioso reducto de concubinatos y de hijos espurios. Casi increíble, pero cierto.
A finales de la centuria se mantenían las tendencias que fueron características de todo el siglo XIX : mínimo crecimiento vegetativo de la población, mayor número de muertes que de nacimientos y un índice muy elevado de mortalidad infantil.
En 1881 la ciudad tenía 84.723 habitantes. Veinticuatro años más tarde dicha cifra apenas había llegado a los cien mil y a lo largo de todo ese tiempo el número de nacimientos seguía siendo inferior al de defunciones, de suerte que el pequeño aumento de población sólo podía atribuirse a la constante migración provinciana hacia Bogotá.
En la década final del siglo la cifra de nacimientos logró superar a la de la década anterior. Empero, siguió siendo mayor la mortalidad, especialmente la infantil, que ya a finales del siglo alcanzó el aterrador índice del 45%.
En 1884 El Conservador suministró las cifras de julio de ese año: 182 nacimientos por 411 defunciones. Diferencia en contra de la población: 229. Y para la época había una vieja constante que seguía repitiéndose a pesar de la arraigada religiosidad bogotana: de los 182 nacimientos 88 fueron legítimos y 94 ilegítimos. La alarma de la Iglesia frente a este auge sostenido por tantos años de la inmoralidad pública tuvo manifestaciones como la del párroco de Santa Bárbara, quien anunció que casaría gratuitamente a las parejas que no tuvieran recursos para pagar sus derechos a la parroquia con tal de disminuir el preocupante número de uniones libres.
En cuanto a la relación entre nacimientos y defunciones, la diferencia disminuyó paulatinamente en favor de la natalidad hasta fines de la segunda década del siglo XX cuando, los nacimientos superaron a las muertes.
Entre las causas de mortalidad debe destacarse la viruela, que a fines de siglo volvió a manifestarse con características alarmantes en 1881, 1882, 1883, 1896 y 1897. También en esta última veintena hubo asoladoras epidemias de disenteria, colerín, tifo, fiebre tifoidea y sarampión, que causaron estragos en la población infantil. Igualmente siguieron cobrando su tétrica cosecha las enfermedades respiratorias. Para principios de los noventas aparece el cáncer como causa de mortalidad y se registró también un notable incremento en las enfermedades venéreas. Por esta época las autoridades municipales dictaron y pusieron en ejecución una serie de normas de higiene cuyo cumplimiento empezó a ser vigilado por inspectores que estaban facultados para practicar visitas domiciliarias.
El progresista alcalde Higinio Cualla manifestó a fines de 1891 en el Informe del Alcalde de Bogotá al Prefecto General de Policía su preocupación por la insalubridad imperante en la capital, insistiendo en que una de las principales causas de esa situación alarmante era el hacinamiento de gentes menesterosas en piezas que carecían de las más elementales condiciones de higiene. En consecuencia, el señor Cualla propuso también la construcción de un gran barrio obrero dotado debidamente de los servicios básicos. Decía así el reporte del burgomaestre:
“Durante el año de 1891 hubo 2.305 nacimientos y 3.159 defunciones. Como se ve, la diferencia contra la población, que es de 854 individuos, indica que el estado sanitario de la ciudad no es bueno, muchas causas influyen perniciosamente para acabar con la vida de los habitantes de ella, siendo la principal, en mi sentir, la carencia de un barrio destinado exclusivamente para la clase pobre u obrera, que vive en tiendas o piezas desprovistas de toda comodidad para los ocupantes y que no tienen comunicación sino con las calles públicas”.
En documentos posteriores el alcalde Cualla siguió insistiendo en la necesidad imperiosa de mejorar sustancialmente las condiciones de vida de las clases pobres de la ciudad.
Por otra parte, en la última década del siglo se dieron pasos importantes como la reorganización del Instituto de Medicina Legal y las primeras reglamentaciones serias que hubo entre nosotros para el ejercicio de la profesión médica. También se registraron algunos progresos en materia de nuevos hospitales, como la fundación del “Hospital de la Misericordia para Niños Pobres”, en 1897

sábado, 23 de diciembre de 2006

FELIZ NAVIDAD


¿Qué es La Navidad? Lo he pensado mucho y he llegado a la conclusión de que es la ternura del pasado, el valor del presente y la esperanza del futuro.
Es el deseo más sincero de que cada taza se rebose con bendiciones ricas y eternas, y de que cada camino nos lleve a la paz.
La propia palabra llena nuestros corazones de alegría.
No importa cuánto temamos a las prisas, las listas de regalos navideños y las felicitaciones que nos queden por hacer.
Cuando llega el día de Navidad, nos viene el mismo calor que sentíamos cuando éramos niños, el mismo calor que envuelve nuestro corazón y nuestro hogar.
No existe la Navidad ideal, solo La Navidad que decidamos crear como reflejo de nuestros valores, deseos, queridos y tradiciones.
La Navidad no es solo los muchos adornos, no es la nieve, no es el árbol, ni la chimenea. La Navidad es el calor que vuelve al corazón de las personas, la generosidad de compartirla con otros y la esperanza de seguir adelante.
Para todos mis queridos lectores reciban el más fervoroso abrazo fraternal en esta celebración tan bella y especial, que esta Navidad los colme de mucha salud, prosperidad y sobre todo Paz y Amor.

viernes, 15 de diciembre de 2006

Los Cerros de Bogotá en el Siglo XIX


Los comienzos del siglo XIX fueron tiempos marcados por la Ilustración, época de enorme interés por las ciencias, especialmente en Europa. En nuestro territorio este movimiento intelectual llegó a través de figuras como José Celestino Mutis, que emprendieron proyectos científicos de gran envergadura y que, según algunos historiadores, fueron el germen de los movimientos independentistas.
A finales del siglo XVIII se inicia la denominada "Expedición Botánica" (1783 1816), que cuenta con numerosos seguidores.
En 1801 llega Humboldt, quien es recibido por Mutis y enterado de todos los avances de la Expedición. El único testimonio físico que de esta época conserva hoy la ciudad es el Observatorio Astronómico, construido bajo el auspicio de Mutis y lugar permanente de trabajo del sabio Caldas.
Cuando Humboldt estudia los cerros de Monserrate y Guadalupe identifica, bastantes especies nuevas, y en uno de sus apuntes escribe: “sobre una capa vegetal negra como la de los Alpes suizos, la montaña de Monserrate es más pobre en vegetales, más árida, más caliente que Guadalupe"
Aunque existió gran interés por las nuevas especies encontradas en la sabana, por los nuevos descubrimientos y por su valor comercial, no hubo un interés particular por los cerros como conjunto natural. Con estos movimientos científicos, reflejos de la ilustración europea, no se valoraron las cuencas ni tampoco se levantó en detalle un inventario de la flora de los cerros de la ciudad, por lo que resulta difícil determinar su incidencia en el conjunto de la Expedición. Además, a comienzos de este siglo, los cerros estaban desprovistos de naturaleza y se encontraban altamente erosionados, sometidos como habían estado a una fuerte explotación de leña, piedras y arena desde la fundación de la ciudad.

Sólo a mediados de siglo se despertó un primer interés por su vegetación y se realizaron algunas campañas de arborización y prohibición de la tala en las cuencas de los ríos, debido sobre todo a los problemas de abastecimiento de agua. Lo anterior se puede comprobar en la iconografía y planimetría de la época, respaldadas por las impresiones de los diferentes cronistas que visitaron a Bogotá y que coincidieron en varios aspectos, entre otros en la sorpresa por su extremo aislamiento de los mares, su gran altura, su cercanía a los cerros tutelares, el gran tamaño de éstos y su aspecto "gris y desolador".
"Al oriente se levanta la serranía que limita la Sabana, llena de quiebras, ondulaciones y colinas, especie de muralla colosal, cubierta de un verde sombrío, que defiende el caserío de los fríos vientos de Oriente; en ella abundan sitios salvajes y los puntos de vista encantadores. En las cumbres de estos cerros una vegetación raquítica, pequeños bosques casi vírgenes, de color oscuro y severo, dispersos en grupos irregulares, cierran el paisaje. Abajo en las colinas y faldas salpicadas de habitaciones, se ve el alegre tapiz de gramíneas, que se continúa en la vasta extensión de la Sabana”.
A pesar de los embates de la Ilustración, la vida citadina en el siglo XIX continuaba siendo muy sencilla y prácticamente no existía ningún tipo de evento que sacara a los capitalinos de su rutina diaria. Las plazas continuaron siendo el punto de encuentro y de actividad de la ciudad.

La Plaza Mayor
, en torno a la cual se concentraban las autoridades civiles y eclesiásticas, las viviendas más importantes y, desde mediados del siglo, el edificio comercial de las Galerías de Arrubla, era el corazón de la ciudad.
Por esto la ausencia de parques y jardines, así como de proyectos para la construcción de algún tipo de espacios recreativos en la periferia, no fue prioridad de la administración durante la mayor parte del siglo. Es decir, a pesar del crecimiento poblacional y de los grandes cambios industriales y sociales sucedidos en otras partes del mundo, la sociedad bogotana continuaba viviendo el mundo colonial.
Sin embargo, los paseos a las afueras de la ciudad eran costumbre arraigada desde la Colonia. Los bogotanos realizaban con especial afluencia visitas a Chapinero, al sur y a los cerros de la ciudad, a estos últimos con mayor asiduidad en el mes de agosto para aprovechar los vientos y hacer volar las cometas. Sobre los cerros predominaban las subidas a Agua Nueva, Egipto y Belén, además de las consabidas peregrinaciones a Monserrate y Guadalupe.
Según testimonio de la época, "La devoción ha construido capillas sobre las faldas de la cordillera al pie de la que está situada Santafé, las ermitas de Belén, Egipto, Guadalupe y Monserrate. Estas dos últimas las más elevadas, están separadas por un valle estrecho, formado al parecer por un temblor de tierra. Es más un valle que una garganta. Las capillas de Guadalupe y Monserrate se divisan desde la entrada de la Boca del Monte, y uno cree ver dos fortificaciones que dominan la ciudad".
Sin embargo, desde la perspectiva de la urbanización, los cerros prácticamente no fueron transformados, por el contrario, se seguían considerando un territorio no apto para el crecimiento urbano, la parte de atrás de la ciudad, el lugar de habitación de la población más pobre y, por tanto, predios con poco valor. La misma fuente anterior da cuenta de este territorio abandonado por la ciudad. "Como dato curioso diremos que desde los lejanos tiempos coloniales, hasta 1861, se enterraban los suicidas en un agreste sitio, en las faldas del Guadalupe, llamado Las Tapias de Pilatos".

martes, 12 de diciembre de 2006

La Economía en el siglo XIX


En los comienzos del siglo XIX se presentaba aún con notoria intensidad un fenómeno que tuvo grandes y variadas incidencias sobre nuestra economía. A las Indias llegaban de España manufacturas procedentes de otros países europeos, principalmente de Inglaterra, Francia, Países Bajos y Alemania, que España se veía obligada a importar y que a su vez exportaba a las colonias.
Este fenómeno se debía a que finalizando el siglo XVIII y alboreando el XIX el contraste entre el atraso industrial de España y el formidable desarrollo de los países ya mencionados en ese campo se había agudizado extraordinariamente.
El largo viaje y los elevados fletes incrementaban de una manera exorbitante los costos de estas mercancías, lo cual las hacía poco accesibles en el mercado de las colonias. Tal situación resultó propicia en el más alto grado para el desarrollo de las manufacturas locales y para el auge del contrabando, que desde las Antillas se proyectaba sobre el continente y lo abastecía de los mismos productos a precios bastante más reducidos.
Finalizando la Colonia bien puede decirse que nuestro país producía todo lo que consumía en materia de textiles corrientes de lana y algodón. Sólo se importaban telas de muy alta calidad por la vía legal o mediante el contrabando, y a la vez se efectuaban pequeñas exportaciones de manufacturas nacionales. La mayor parte de estas eran producidas en los actuales departamentos de Santander y Boyacá, principalmente en la provincia del Socorro, y se concentraban en Santa Fe, que se convertía en el centro de acopio y distribución de manufacturas nacionales para el resto del país, al mismo tiempo que lo era de productos extranjeros para todas las provincias del interior.
En las postrimerías de la Colonia ya operaba en Bogotá una fábrica de pólvora que había establecido el virrey Messía de la Cerda en 1768. Además, una fábrica de loza con una producción aceptable y un buen nivel de calidad. Los comienzos del siglo XIX vieron un estimable desarrollo de la artesanía en Bogotá. Fue así como el inglés Richard Vawell destacó en sus notas de viaje el hecho de haber en la capital calles taxativamente destinadas a oficios específicos: calle de los plateros, de los talabarteros, etc.
Desde tiempos muy tempranos de la República empezaron a presentarse controversias entre partidarios del proteccionismo aduanero y los que defendían el libre cambio. Los proteccionistas dieron ya entonces su batalla contra las importaciones extranjeras atribuyendo la miseria y el desempleo al escaso desarrollo industrial.
Vale anotar que en Bogotá ya se producía cerveza en tiempos de la Gran Colombia. El precursor de la cervecería en nuestro país fue coincidencialmente un alemán de apellido Mayer, que lamentablemente cayó asesinado por asaltantes en su casa de habitación en 1831. Un empresario inglés de apellido Cantrell prosiguió con la elaboración de cerveza durante unos años más.
Tomando en cuenta el hecho de que en la capital se estaban produciendo magníficos muebles, zapatos, sombreros y otros artículos, el Gobernador de Bogotá, Rufino Cuervo, solicitó al gobierno nacional en 1833 que se prohibiera la importación de tales artículos.
Por su parte, los librecambistas no bajaban la guardia y argumentaban en defensa de sus tesis que las trabas a las importaciones estimulaban un monopolio abusivo por parte de los artesanos criollos y damnificaban a los consumidores que debían adquirir las mercancías producidas en el país, para esa época ya sensiblemente más caras y de menor calidad que las importadas. No obstante, en esta oportunidad el triunfo fue para el bando proteccionista que logró en 1833 la expedición de una ley aduanera que los favorecía ampliamente. Pese a todo, debemos aclarar que estas divergencias no fueron sino escaramuzas comparadas con los radicales antagonismos que sobrevinieron después por la causa ya anotada. Las consecuencias de esta ley fueron inmediatas. En 1834 el Congreso concedió sendos privilegios de diez años a dos empresas nacionales para montar en Bogotá una factoría de papel y otra de vidrios y cristales que se agregaban a la ya existente de loza fina.
La producción de cerveza siguió en auge y entonces un extranjero llamado Tomás Thompson anunciaba mediante avisos de prensa su producto, y Martínez y Galineé anunciaban que habían comprado la cervecería del Señor Cantrell. Por otra parte en artículos de prensa se elogiaba con frecuencia la calidad de la loza producida por la fábrica bogotana.
Hacia 1836-37 la fábrica de loza presentaba síntomas inequívocos de prosperidad, mientras que las de papel, vidrio y una nueva de tejidos se aprestaban a iniciar operaciones. Todas empleaban fuerza hidráulica y animal, ninguna contaba con máquinas de vapor. La factoría de loza estableció su propia distribuidora en la calle de San Juan de Dios y anunció magníficos descuentos para los que hicieran pedidos de más de $100 con destino a las provincias.
Otro hecho digno de resaltarse es cómo en esa primera mitad del siglo XIX se presentó en Bogotá una notable proliferación de casas de comercio extranjeras. Había inglesas como “Powles, Illingwort et Co”, “Plock et Logan”, “Souther”, “Druce et Co”. y “Henry Grice et Co.”. Las norteamericanas eran “Joseph Godin” y “James Brush”. Había también una francesa denominada “Jean Capella”. La presencia de comerciantes extranjeros en Bogotá tuvo efectos negativos sobre la incipiente industria colombiana puesto que aquéllos fueron autorizados para importar artículos que compitieron duramente con los nacionales. El resultado fue que estas fábricas al fin quebraron con la única salvedad de la de loza.
Pero sigamos los altibajos de nuestra incipiente industria. El periódico El Argos informó en marzo de 1838 que, superando los ingentes obstáculos propios de nuestros caminos, el general Pedro Alcántara Herrán acababa de traer a Bogotá desde los Estados Unidos una maquinaria compleja y de las más modernas con destino a la “Compañía Bogotana de Tejidos”.
Ponderaba El Argos la calidad, solidez y amplitud del edificio donde operaría esta industria. También encomiaba los progresos de la fábrica de loza e informaba con entusiasmo acerca del reinicio de actividades de la factoría de vidrios y cristales que había estado afectada por falta de potasa. Tales éxitos eran atribuidos por el citado periódico a la paz reinante en el país.
No sería muy larga la duración de esta confianza y optimismo, pues se verían ensombrecidos dos años más tarde, en 1840, con la funesta Guerra de los Supremos.
La fábrica de tejidos de algodón de los señores Villafrade y Pieschacón tuvo buen suceso pero, según las informaciones de El Argos, de noviembre de 1838, bien pronto empezó a afrontar dificultades por escasez de materia prima. Debido a esta grave situación, el mismo periódico exhortó a los agricultores de climas cálidos y templados a intensificar la producción de la fibra asegurándoles una demanda anual de 3.000 quintales. Por otra parte deploraba El Argos la suspensión de actividades de la fábrica de cristales debida a una situación similar como fue la insalvable dificultad para conseguir a precios razonables el minio y la potasa, dos ingredientes fundamentales para esta industria. El 13 de enero de 1839 el mismo periódico informaba jubilosamente a sus lectores que ese número ya era totalmente impreso en papel producido por la factoría de Bogotá. A continuación pasaba el periódico a exigir al gobierno que el papel necesario para la gaceta oficial debía ser comprado a esta fábrica y que igualmente se le debía encargar el papel sellado. Es digno de destacarse el hecho de que en 1839 se imprimieron en papel producido en Bogotá el Tratado de Ciencia Constitucional de Cerveleón Pinzón, el Catecismo de moral, de Rafael María Vásquez y un muy extenso curso de derecho canónico, de Lackis y Cavalario.
Pero en 1839 ocurrio un insuceso deplorable. La fábrica de vidrio, después de haber afrontado las dificultades ya anotadas por problemas de materia prima, llegó a la bancarrota irremisible debida a problemas de insolvencia que finalmente no pudo solucionar. El gobierno, sinceramente interesado en auxiliarla, decretó un empréstito que finalmente no se pudo hacer efectivo por lo cual hubo de cerrar sus puertas y suspender operaciones con carácter definitivo.
Los años de 1838 y 1839 fueron de especial auge para la industria nacional, antes de estos colapsos y antes de los quebrantos que padeció como consecuencia de la desastrosa Guerra de los Supremos. Sin embargo, a pesar de todos los contratiempos de la contienda, hubo ánimos y recursos para realizar en Bogotá, a fines de 1841, una exposición industrial que, si bien modesta, pudo reunir una diversidad de productos tales como calzado y objetos de talabartería, vestuario, curtiembres, productos de las fábricas de loza y de tejidos, libros impresos y encuadernados con esmero, dos daguerrotipos logrados por Don Luis García Hevia, que pueden contarse entre las obras más tempranas de la fotografía en Colombia, e inclusive dos máquinas: una de producir tejas y otra de hacer limas que se ganó el primer premio de $100.
Se comentó entonces en la ciudad, en los términos más elogiosos, la generosidad con que contribuyeron para el éxito de la exposición las donaciones del acaudalado hombre de negocios, doctor Judas Tadeo Landínez. Debe anotarse que para esa época no pudieron hacerse presentes en la exposición los productores de vidrio y papel debido al colapso de esas dos industrias.
Otro breve ensayo manufacturero fue a principios de 1843, y se realizó en el marco de “La Gran Semana de Bogotá
, una nueva exposición industrial. Hubo estímulos y premios a los mejores productos.
En la modalidad de “artes de utilidad” recibieron premios varios artesanos de la ciudad que presentaron cueros curtidos, galápagos de señora y muebles de madera. La fábrica de lienzos de algodón, la de loza y la ferrería de Pacho habían salido mal libradas de la quiebra de Landínez, pues sus productos no fueron presentados a la exposición industrial. Se encontraban cerradas en ese momento.
Sin embargo una muestra notable de los esfuerzos por superar pronto la situación la advertimos en las manufacturas de la entonces denominada “Casa de Refugio”. Era esta una institución que dependía del Municipio y que albergaba a la vez valetudinarios, mendigos, huérfanos, dementes e incluso pobres de solemnidad. Como este asilo dependía de la ciudad y los gastos que demandaba eran elevados, ya desde 1835 existía la inquietud, que pronto empezó a cristalizar, de dotar el albergue de máquinas y materias primas para enseñar determinados oficios a los reclusos y ponerlos en capacidad de producir mercancías que pudieran colocarse en el mercado. Se iniciaron actividades con la fabricación de tejidos y luego, como consta en testimonios de la época “frazadas, camisetas, ruanas de hilo y seda, fajas, ligas, pellones, mantas, lienzos finos y ordinarios, manteles, servilletas, cinchas, galones y otros artículos”.
Sin embargo, al tropezar los promotores de la idea con el frecuente obstáculo de la ineptitud de los reclusos por ser algunos locos, otros párvulos y otros demasiado provectos, se optó por la solución de apelar a los servicios de operarios externos a quienes se ofreció un salario de ocho pesos mensuales. Teniendo en cuenta la conocida veteranía de los tejedores socorranos, se acudió a esta región para reclutarlos. Posteriormente se importaron máquinas y se trajeron dos operarios italianos esencialmente con el fin de capacitar a los reclusos hábiles y a los aprendices externos.
El centro manufacturero de la Casa de Refugio fue un conato generoso pero fallido para no dejar morir la incipiente industrialización bogotana. Nuestros dirigentes continuaban en su mayoría empecinados en creer que sería en vano todo esfuerzo orientado a cimentar y robustecer un proceso de industrialización. En una Memoria presentada a la Cámara Provincial, en 1844, trazó el gobernador Alfonso Acevedo un cuadro no por objetivo menos deprimente de las circunstancias adversas que torpedearon a la Casa de Refugio y sus meritorias iniciativas de pequeña industria. Dice así:
“El Sr. José Ignacio París regaló a la casa máquinas de tejer medias, que hasta ahora nada han producido al establecimiento por falta de aprendices. Tuve al fin que dirigirme al ilustre concejo municipal de la provincia del Socorro solicitando algunos jóvenes industriosos que viniesen a la Casa de Refugio a hacer su aprendizaje, pues los reclusos, o son valetudinarios, o niños que todavía no pueden manejar los telares. Mi demanda fué acogida. y poco tiempo después llegaron a esta capital los jóvenes pedidos, pero han permanecido más de un mes en la Casa, sin hacer nada y causando un gasto inútil a las rentas debido a la falta de concurrencia del instructor italiano".
“En concepto de la gobernación, antes que útiles son perjudiciales a la Casa de Refugio las máquinas de diferentes artefactos que sucesivamente han ido introduciéndose en ella. Ricas compañías de hombres industriosos han procurado establecer diferentes fábricas en la capital, pero todas se hallan en decadencia o completa ruina, porque ni los capitales, ni el interés individual han podido violentar la naturaleza para que este país venga a ser fabricante antes de la época, todavía lejana, en que tenga brazos y materias primas suficientes para dar pábulo a la industria fabril. Deben, en mi opinión, venderse las máquinas para indemnizar a la Casa de los gastos infructuosos que hizo en montarlas y en hacer conducir operarios socorranos que regresan a sus casas sin haber aprendido nada”.
El gobernador Acevedo sin eufemismos ni rodeos expidió así la partida de defunción de todos los meritorios esfuerzos de la Casa de Refugio. Es digno de destacarse el categórico planteamiento en que Acevedo se hizo eco de la opinión colectiva, que ya a estas alturas rechazaba como fantasiosa y utópica la posibilidad de fomentar e impulsar cualquier proceso manufacturero en Colombia.
Pese a todo el aluvión de factores adversos a la industria, ésta se resistía obstinadamete a morir. El Constitucional de Cundinamarca informó, en febrero de 1842, que el señor Pedro Ricard había inaugurado una fábrica de sombreros y que el señor Ignacio Galarza se había hecho cargo de la fábrica de pólvora del gobierno con la condición de abastecer las necesidades oficiales y vender con entera libertad el excedente. Al año siguiente el inglés Samuel Sayer inaguro una fábrica de cerveza y Don Simón Espejo una de zapatos.
Pero sin duda alguna la noticia más curiosa de esa época en este campo fue la que hizo saber a los bogotanos, en julio de 1843, que la ciudad empezaría a contar con un servicio admirable para la época y novedoso en nuestra ciudad: el de la fotografía.
Un
señor de apellido Goñi puso a la disposición de los bogotanos su laboratorio para hacer retratos al público “por el último método del daguerrotipo perfeccionado asegurando a cuantos lo ocupen que la semejanza y perfección serán completos. Los precios de los retratos son, de más de medio cuerpo de $8 y $10 con su correspondiente cajita de tafilete”.
Se inauguraban así en la capital los bellos tiempos del alba de la fotografía en los que “sacarse un retrato”, como decían los viejos bogotanos, era todo un rito para el que adultos y niños se preparaban con holgada anticipación eligiendo en sus armarios, roperos y baúles las mejores galas para lucirlas en aquella solemne ocasión en que el artefacto mágico perpetuaría en unos instantes su apariencia actual para los años, y acaso los siglos venideros, sin necesidad de las interminables y tediosas sesiones en el estudio del pintor.
En 1844 volvió a salir a flote la fábrica de lienzos de algodón. Por esa misma época el inglés Roberto Bunch, administrador de la ferrería de Pacho lanzaba vehementes exhortaciones a los bogotanos para que brindaran su apoyo a esta industria utilizando sus productos y convenciéndose de su excelente calidad. El antioqueño Nicolás Leiva adquirió en su totalidad la fábrica de loza y la ya mencionada fábrica de papel también revivió e inició de nuevo su producción.
Sin embargo, los vientos no eran favorables para la industria colombiana. De 1844 en adelante dejó de celebrarse la exposición industrial que con tanto optimismo y entusiasmo había convocado y aglutinado a los artesanos e industriales en años anteriores. El rumbo fundamental de la economía colombiana estaba ya trazado.
Nuestros empresarios se iban identificando alrededor de un objetivo común: llegar a convertir a la Nueva Granada en un país productor y exportador de materias primas e importador de casi toda suerte de manufacturas, lo que sacrificó el futuro de las manufacturas nacionales.

viernes, 8 de diciembre de 2006

El Museo Nacional


El Museo Nacional es el más antiguo del continente, pues fue constituido por el General Santander en 1823.
En su origen estuvo integrado a la Biblioteca Nacional, subsistiendo este vínculo hasta 1936 cuando el arte moderno irrumpe fuertemente en el país y se consolida la idea de separar las dos actividades culturales en entes autónomos.
Pero sólo 10 años más tarde termina la errancia del Museo en su paciente recolección de reliquias y piezas históricas iniciada tantos años atrás.
En realidad la edificación donde definitivamente encontró el Museo Nacional su sede, era una construcción levantada para otros usos.
Fue construido originalmente como panóptico por el ingeniero inglés Thomas Read en 1870. Su arquitectura de fortaleza está edificada con piedra y ladrillo. La planta comprende los arcos, bóvedas y columnas en una forma que se asemeja a una cruz griega sobre la cual se distribuyen las 104 celdas con que contaba la prisión, de fachada sólidamente amurallada.
Durante la administración López Pumarejo, por iniciativa de Gonzalo Ariza y siendo ministro de Educación Germán Arciniegas, a la entonces prisión de la ciudad le fue cambiado su uso, en su nueva misión para constituir un Museo. Durante la administración Ospina Pérez y como una de las obras preparatorias de la Conferencia Panamericana, Laureano Gómez impulsó la obra cuya dirección fue confiada a Teresa Cuervo Borda.
Fijada la fecha de la inauguración del Museo Nacional para el 9 de abril de 1948, esto no fue posible al estallar“el bogotazo”con las graves consecuencias que trajo para el país entero.
Sin embargo para el Museo ya había terminado su largo peregrinaje de sede en sede, su condición de magros ingresos y precarias solventaciones, de indiferencia pública, incluso de no pocas expoliaciones y deterioros.
En mayo de 1948 por fin abre sus puertas al público para ofrecer lo que allí se ha preservado con tanto sentido histórico. Las diversas colecciones están organizadas con el fin de servir de reflejo fiel del acontecer nacional y de testimonio de los momentos cruciales que van conformando nuestra historia, esos en los que se basa nuestra nacionalidad.
En el Museo Nacional se guardan las más caras reliquias históricas, los retratos de nuestros próceres, las banderas que forjaron el símbolo del triunfo de las batallas revolucionarias, también aquellas que fueran tomadas en plena lucha a los españoles. Armas, uniformes, numismática, miniaturas, manuscritos y documentos de variada índole en su rico valor testimonial son el más preciado tesoro de nuestro pasado recogido en torno a las luchas de independencia.
Todo este legado que constituye esta época ha sido expuesto con un sentido racional riguroso, conduciendo al espectador en una secuencia comprensiva de los hechos de este período. Las salas del Descubrimiento, Conquista y Colonia, recuperan a través de la iconografía, la numismática, armaduras, cotas de malla, como las pertenecientes a don Gonzalo Jiménez de Quesada; armas y espadas de la época, todo un discurrir épico de nuestro suelo.
De tiempos más recientes el Museo posee una colección pictórica compuesta por lienzos de evocación histórica como aquellos de José María Espinosa que relatan las batallas. También están los retratos de Epifanio Garay, de Andrés de Santa María, paisajes de Ricardo Borrero y del muralista Pedro Nel Gómez.
Un área del museo ha sido dispuesta para la exhibición del arte moderno. Ahí se ha acopiado una muestra de los pintores más representativos de la segunda mitad del siglo XX en Colombia. Wiedemann, Ariza, Obregón, Grau, Fernando Botero, entre otros, son los artistas que destacan allí.
También está la obra pictórica de importante significación en la historia del arte latinoamericano. Venezuela, Ecuador, Panamá y Perú se hallan representados en esta zona consagrada a las artes plásticas.
A partir de 1969 el Museo Nacional pasó a ser una dependencia de Colcultura, entonces adquiere más y más conciencia de su misión, al rediseñar sus disposiciones. Orientado hacia este programa se encuentra el desarrollo de un plan didáctico, basado en visitas guiadas, conferencias, exposiciones temporales y la utilización de las actividades propias de la sala múltiple y de su acogedor auditorio con su monumental arquitectura, en sus espacios abiertos, con sus anchas galerías y su profusa luminosidad, el Museo Nacional se ha constituido en un lugar obligado para la puesta en marcha de un programa coherente y eficaz dirigido a la enseñanza de los acontecimientos políticos y sociales que ha ido forjando nuestra historia.
Los modernos medios pedagógicos conducen a la población infantil ya no de una manera monótona y reiterativa. Se trata ahora con el nuevo diseño del trayecto del Museo, de ilustrar las épocas diversas a través de los diferentes medios que el Museo tiene a su alcance: en primer lugar, los objetos, pinturas, documentos, reliquias, en segundo lugar la explicación de antecedentes, circunstancias y protagonistas, por medio de textos que, acompañando al visitante en su recorrido por las amplias galerías del Museo, son como la voz de la historia sencillamente relatada. La comprensión intelectual derivada de esta lectura, la mirada que se posa sobre los objetos y las indicaciones en detalle que los guías especializados van señalando constituyen la experiencia de un aprendizaje vivo y evocador.
Ya en las salas de pintura, como es natural, al observador apenas se le incita con ciertas referencias y se le abandona para que se entregue a la contemplación estética de las obras allí expuestas. En esta etapa podía decirse que ya nadie puede ayudar a quien contemple la obra. Ahora todo está librado a la sensibilidad, al grado de afinidad y empatía, a la comunicación que puede establecerse entre el visitante y la obra.
Es la arquitectura del Museo y el silencio tan bien preservado cómplices necesarios para obtener toda la riqueza que un lugar así puede entregar a su público. En cada aspecto el Museo Nacional ofrece un alto grado de satisfacción al visitante.

miércoles, 6 de diciembre de 2006

Bogotá es el mejor regalo de la navidad


Hace ya varios años que a Bogotá se le despertó de nuevo el gusto por la Navidad. Después del proceso de transformación que dotó a la ciudad de parques, ciclorrutas, bibliotecas y alamedas, la capital se dejó contagiar de un espíritu navideño que durante décadas le había sido esquivo.
Engalanada con luminarias y adornos multicolores, la ciudad revivió así la alegría de la Navidad. Sus parques se llenaron de luz y brillo y símbolos de la ciudad como Monserrate, la plaza de Bolívar y TransMilenio, adornados con miles de luces y estrellas, se convirtieron en punto de encuentro de todos los ciudadanos.
Así nació una nueva manera de reencontrarse con Bogotá. Surgieron las caminatas nocturnas para apreciar en familia la iluminación navideña, llegaron los paseos en chiva por la ciudad y los coros de villancicos, los pesebres en vivo y las novenas revivieron el ambiente decembrino.
Sí, las navidades en Bogotá ahora son diferentes. La alegría, la música y el bullicio rondan por sus calles y avenidas, atrayendo a turistas y visitantes. Una ciudad que luce una de las mejores iluminaciones navideñas del país y que ofrece cada diciembre una variada agenda de actividades: novenas en parques, coros navideños y ferias populares.
Y para que colombianos y extranjeros disfruten del encanto de la Navidad en Bogotá la Alcaldía Mayor y el Instituto Distrital de Cultura y Turismo en alianza con el sector turístico empresarial de Bogotá ( Cotelco- Avianca- Buró de Convenciones y otros empresarios) lanzan el plan En Navidad Bogotá es el mejor regalo, en el marco de la campaña de promoción turística de la ciudad "Y tú, que sabes de Bogotá?.
Una oportunidad para disfrutar de la Bogotá, cosmopolita y moderna, con sus grandes y transitadas calles y sus rascacielos que contrastan con las estrechas calles típicas de comienzos del siglo pasado. Una enriquecedora experiencia cultural con la mezcla perfecta de diversión, gastronomía y moda.
Una ciudad en la que los turistas podrán lanzarse a la diversión: Bogotá cuenta con 75 grandes parques deportivos y ofrece las mejores alternativas en materia de recreación con escenarios como los Parques Salitre Mágico, Panaca Sabana, Maloka, Mundo Aventura o el Parque Simón Bolívar.
Para los que buscan un plan más cultural, la ciudad cuenta con 58 museos, 62 galerías de arte, 45 teatros, 161 monumentos nacionales, 40 salas de cine, 28 iglesias de interés turístico, tiendas de anticuarios y antigüedades, almacenes de artesanías, 123 hoteles de calidad turística y 7 Puntos de Información Turística.
Otros servicios que complementan esta oferta son 33 bibliotecas (3 megabibliotecas:Virgilio Barco, El Tintal y El Tunal). Este último aspecto, sumado a los programas de la Alcaldía Mayor y el IDCT de fomento a la lectura (entre los cuales se destaca la campaña Libro al Viento) impulsaron a la UNESCO a designar a Bogotá como Capital Mundial del Libro 2007.
Bogotá es además por excelencia el centro gastronómico del país. En los innumerables restaurantes que ofrece la ciudad, los turistas no solo pueden encontrar lo mejor de la comida típica colombiana, sino también, todo el sabor de la cocina internacional.
Y si el plan es salir de compras, la Capital cuenta con 94 centros comerciales, que en Navidad lucen la más espectacular iluminación navideña con shows de luces, coros y diferentes espectáculos para celebrar en grande esta temporada.
En resumen, Bogotá es el mejor regalo en esta navidad, disfrutemosla.

martes, 5 de diciembre de 2006

El fin de los Resguardos Indigenas

El viajero francés Bous singault anotaba en 1823 que los aborígenes de Bogotá y la Sabana “generalmente viven fuera de la ciudad, en chozas circulares de techo cónico, en la misma forma en que los encontraron los españoles.
La única diferencia que se nota entre el muisca actual y sus antepasados es que ha perdido su idioma autóctono. El indio vive más o menos como vivía tres siglos atrás, con su familia no muy numerosa. Cultiva su chacra y cría gallinas. Es asiduo y paciente en el trabajo. En los caminos se le encuentra hilando algodón con huso al mismo tiempo que camina y vigila los ganados”.
Una vez establecido el gobierno republicano fue preocupación de los legisladores convertir a los indígenas en propietarios individuales desmontando el viejo sistema de resguardos que había creado y puesto en vigencia la corona española siglos atrás. La figura jurídica del resguardo tenía como finalidad esencial proteger a los naturales contra el poder y los abusos de los latifundistas agrupándolos en parcelas comunitarias que ellos podían cultivar mas no enajenar.
Colocado el asunto en términos de lenguaje popular, los resguardos impedían que el pez grande se comiera al chico.
Vientos nuevos soplaron sobre los resguardos con el triunfo de la independencia. Los legisladores republicanos juzgaron limitante y opresivo el régimen de propiedad comunitaria y se propusieron desde los comienzos de la nueva era la finalidad de desmontarlo.
Conforme con su criterio los indígenas no tenían por qué ser ciudadanos de segunda categoría, sujetos a cortapisas en sus derechos de comprar y vender la tierra con libertad irrestricta. Pensaban que obligarlos a vivir dentro del régimen de resguardos era algo así como mantenerlos parcialmente aherrojados. La libertad era para todos y en igual proporción. En consecuencia, ya en octubre de 1821 se promulgó la primera ley dirigida a demoler la antigua armazón de los resguardos; leyes de marzo de 1832 y junio de 1834 completaron la realización de este objetivo.
La verdad es que nada pudo ser más funesto para la vida y condición general de los aborígenes que la demolición de los resguardos. La idea de los legisladores republicanos de crear por la simple virtud de la ley una inmensa multitud de felices propietarios y acomodados minifundistas resultó ser una absoluta utopía. Cuando los indígenas usufructuaban en comunidad las tierras de los resguardos nada les faltaba y vivían dentro de un nivel aceptable. Pero al ser autorizados por el legislador para repartir y luego enajenar las tierras comunales se hizo patente el desnivel entre los recursos políticos y económicos de los poderosos enfrentados al desamparo de los indígenas.
En el momento en que el legislador repartió las tierras de los resguardos y entregó a cada aborigen su parcela con plena potestad para hacer de ella lo que quisiese, los más pudientes cayeron sobre ellos como aves rapaces, les compraron sus tierras, por lo general a precios viles, y de la noche a la mañana los convirtieron en asalariados, arrendatarios y concertados en el campo, y en mendigos y aun maleantes en la ciudad.
Dejemos que sea un destacado testigo directo de esta situación quien nos trace un cuadro patético y veraz de los efectos que produjo la disolución de los resguardos. Se trata del Gobernador de Bogotá, Alfonso Acevedo, quien dirigió una comunicación al Secretario del Interior, la cual publicó el Constitucional de Cundinamarca el 3 de abril de 1842. En el documento del señor Acevedo se aprecia de manera impresionante el cúmulo de tropelías y depredaciones de que fueron víctimas los aborígenes a partir del momento en que empezaron a gozar de la dichosa “libertad” de propietarios individuales de tierras. Veamos el texto de este valioso testimonio:
“Por desgracia el mal es ya irreparable y en unas partes la avaricia, y en otras la ignorancia ha reducido a centenares de indígenas a la más completa mendicidad. Es un dolor que las disposiciones que se dictan para elevar a los indígenas a la clase de propietarios haya servido de instrumento para reducirlos a la miseria. En algunas parroquias han sido despojados de sus terrenos exigiéndoles por los curas las pequeñas porciones que les han cabido en pago de entierros.
En otras han vendido sus porciones a pesar de la prohibición para hacerlo pues algunos jefes políticos por interés personal, han dado licencia para la venta, verificándose ésta en reducidas cantidades que se entregan a los indios poco a poco y que sólo sirven para fomentar en ellos el vicio de la embriaguez; en otras, no pudiendo conseguirse licencia para ventas se han inventado el que los indígenas empeñen indefinidamente sus terrenos a los propietarios vecinos que de este modo los adquieren a pesar de las disposiciones legales; y en todas las parroquias hay una tendencia constante a apoderarse de los resguardos de indígenas y estos infelices, sin capacidad para defender sus derechos y engañados constantemente por los mismos que debieran protegerlos, no pueden conservar su propiedad...
“En el estado en que hoy se encuentran los repartimientos no pueden ya suspenderse; pienso que antes de 4 años ningún indígena poseerá porción alguna de terreno, resultando el grave inconveniente de que todos ellos se conviertan en mendigos y holgazanes, dejando la útil profesión de la agricultura de que hoy viven proporcionando a la raza blanca víveres abundantes y baratos, pues como usted habrá observado los terrenos que estos poseen son en general los más bien cultivados, y los indígenas son los que proveen todos los mercados de la provincia de Bogotá de los víveres necesarios”.
Anotábamos anteriormente que la policía bogotana tomó la medida de “concertar” vagabundos y pordioseros en casas particulares de la ciudad y el campo. Es triste verificar cómo muchos de esos pobres “concertados” habían sido antaño tranquilos y apacibles beneficiarios de las tierras comunales de los resguardos que, como consecuencia de la “libertad” que les había otorgado el reparto de los mismos, se veían ahora sumidos en la más negra indigencia.
En 1847 se hallaba en plena marcha la política de desmonte de los resguardos indígenas. El 1. de septiembre de ese año Pastor Ospina, Gobernador de Bogotá, presentó a su sucesor Mariano Ospina un informe en el que le decía que ya se había repartido el resguardo de Facatativá y que se habían tomado las medidas para hacer lo propio con los de Nemocón, Fúquene, Fómeque, Zipacón, Tabio y Tocancipá. Mariano Ospina, a su turno, informó a la cámara provincial el 21 de septiembre siguiente, que en los pocos días que llevaba desempeñando la Gobernación “es muy raro aquel en que no se hayan presentado en ella algunos indígenas poniendo quejas y haciendo reclamaciones relativas a sus resguardos; algunos son de los distritos en que ya se hizo la distribución y la mayor parte de aquellos en que está aún por hacerse ”.
Durante 1849 se repartió el resguardo de Suba. Poco después, en septiembre de 1851, el gobernador Patrocinio Cuéllar informó a la Cámara Provincial que en los últimos cuatro años también se habían repartido los resguardos de Fómeque, Nemocón y otros, agregando que consideraba que si la prohibición a los indígenas de vender las parcelas recibidas era perjudicial a ellos y a la riqueza agrícola de la provincia, la existencia de resguardos todavía sin distribuir “agrava el mal hasta donde es posible”. Cuéllar solicitó de manera encarecida a la Cámara otorgar a los indios facultades tan amplias como las de los demás ciudadanos para negociar en todo sentido y enajenar sus parcelas luego de que los resguardos les hubieran sido repartidos.
La corporación accedió y fue así como el 4 de octubre de 1851 se produjo el golpe definitivo a los aborígenes de la Sabana y en general a los de la provincia de Bogotá, por medio del decreto que dispuso la libre enajenación de las tierras que les fueron asignadas luego de repartidos los resguardos. Algún influjo debió tener esta medida en el recrudecimiento de las luchas populares que vivió Bogotá en 1853-54, que adelante veremos, aunque es difícil precisar en qué forma concreta.
Los resguardos de Bosa, Engativá, Soacha, Fontibón, Cota y Zipacón se distribuyeron entre 1856 y 1858. En sus Memorias, Salvador Camacho Roldán sintetizó admirablemente las consecuencias de esta medida:
“Los indígenas inmediatamente vendieron las parcelas que les fueron asignadas a vil precio a los gamonales de sus pueblos, y se convirtieron en peones de jornal, sus tierras de labor fueron convertidas en dehesas de ganado, y los restos de la raza poseedora siglos atrás de estas regiones se dispersaron en busca de mejor salario a las tierras calientes.”
No había que poseer facultades proféticas para presagiar los resultados que traería consigo la disolución de los resguardos. De inmediato la mendicidad y la miseria se extendieron por toda Bogotá de una manera impresionante, ya que esta capital se convirtió en el refugio elegido por los indígenas que, luego de malvender las tierras de sus resguardos y no encontrar trabajo como peones de los latifundios ganaderos, recalaron en Bogotá en procura de mínimos medios de supervivencia.
Decía sobre este particular el gobernador Ospina en un informe a la Cámara Provincial cuando el problema apenas empezaba, vale decir, en 1846, que hacía algún tiempo que el número de menesterosos mantenidos en la Casa de Refugio de la ciudad no bajaba de 220 diarios, y que sus rentas estarían alcanzadas “si no se hubiese procurado el que salieran, a cargo de personas de responsabilidad, casi todos los jóvenes que han llegado a estado de poder ser concertados. También en poco más de tres años se ha duplicado el número de expósitos, y es de temerse que el aumento siga en progreso”.
Al desmantelamiento de los resguardos se agregaron las tres guerras civiles ocurridas entre 1851 y 1863 para agravar más aún esta situación de indigencia colectiva en Bogotá.
Informaba el periódico La Opinión del 23 de septiembre de 1864 que la afluencia de indigentes a la ciudad estaba tomando propociones de calamidad pública, que en sólo la mañana del sábado anterior se habían recogido 237 mendigos y que si a esa cifra se agregaba la de los presos por hurto y robo que atestaban la cárcel pública, “si nos ponemos a investigar el número de familias miserables que viven angustiadas por el hambre, y si a tales datos agregamos lo que se desprende de la lectura de los anales de la Policía que publica el Diario Oficial, tendremos formulada la estadística más abrumadora de las miserias morales y físicas de esta ciudad”.
Hay una obra imprescindible para la correcta apreciación de este fenómeno. Se trata de La miseria en Bogotá, de Miguel Samper, de la cual extraemos el siguiente aparte que sintetiza de manera admirable la situación en 1867:
“Los mendigos llenan calles y plazas, exhibiendo no tan sólo su desamparo, sino una insolencia que debe dar mucho en qué pensar, pues la limosna se exige y, quien la rehuse, queda expuesto a insultos que nadie piensa en refrenar... Las calles y plazas de la ciudad están infestadas por rateros, ebrios, lazarinos, holgazanes y aun locos. Hay calles y sitios que hasta cierto punto les pertenencen como domicilio, La inseguridad ha llegado a tal punto, que se considera como acto de hostilidad el ser llamado rico...”
Tal fue la situación que vivió Bogotá inmediatamente después de la disolución de los resguardos de indígenas. Los efectos de esta medida no pudieron ser más funestos.