miércoles, 28 de noviembre de 2007

La esperanza, al congelador

LA COLUMNA DE OPINET
Ya habíamos advertido que nada bueno podía salir de una mediación, entre el Gobierno colombiano y las Farc, a cargo de personajes tan desprovistos de neutralidad como el presidente Chávez y la senadora Córdoba, antípodas y enemigos del presidente Uribe, pero era inimaginable un desenlace tan absurdo, que implicara el 'congelamiento' de las relaciones entre países y el resquebrajamiento de la 'química' que había entre los mandatarios, mancillada por las injurias de un Chávez iracundo por un asunto que ni siquiera es de su competencia, que atañe solo a la soberanía de Colombia.
Chávez no tenía derecho a embejucarse. Era potestad del Gobierno colombiano terminar la mediación cuando lo considerara pertinente, máxime cuando había razones de sobra. En tres meses no se avanzó un centímetro en el tema humanitario por mucho que asegure ahora la senadora Córdoba que algunos de los secuestrados iban a comer pavo con sus familias en Navidad y que, en enero, las Farc se iban a sentar a firmar la paz. Por otro lado, todo estuvo girando en torno de la idea de un despeje, esta vez en el Yarí, para Chávez conversar con un 'Marulanda' que muchos presumen muerto y que, aunque viviera, esa reunión solo tendría por objeto deshacer la tenaza con que las Fuerzas Armadas de Colombia están triturando a los subversivos de las Farc. Finalmente, las cosas estaban tomando un tinte insospechado con esa llamada al general Montoya, que por mucho que doña Piedad jure que era casual, inocente y rutinaria, no lo era.
El chasco fue de tal magnitud que en los tres meses no se consiguieron pruebas de supervivencia sin las cuales hasta el mismo Fabrice Delloye -ex esposo de Íngrid- opinaba que no podía proseguir la mediación. A pesar de que a los campamentos de la guerrilla llega cualquiera -desde periodistas hasta la misma senadora Córdoba o la madre de la guerrillera holandesa-, es inverosímil que no haya sido posible sacar las pruebas por supuestos bombardeos y presión militar. Más con lo fácil que es subir videos, fotografías y documentos escaneados a Internet o enviarlos por correo electrónico. Y deja muy mal sabor el intento último de la senadora por tratar de hacer ver el video trasnochado del capitán Solórzano como una muestra de buena voluntad de los guerrilleros.
Dada la afinidad política entre Chávez y los facinerosos y la admiración mutua que ambos se han expresado en incontables ocasiones, se presumía que era imposible el escenario de una negociación empantanada porque a casi nadie le cabía en la cabeza que las Farc dejaran a Chávez como novia vestida. Sin embargo, a estas horas no se sabe a ciencia cierta si el Presidente de Venezuela fue víctima de las Farc o si, simplemente, estaba en la tarea de oxigenarlas. De todas maneras, persiste la sensación de que los subversivos desecharon la oportunidad de interlocución con cinco gobiernos del más alto turmequé, como si no tuvieran el más mínimo interés de revivir políticamente.
En el fondo, lo más triste de todo es que ahora sí los secuestrados parecen una simple mercancía y no hay certeza alguna de su estado. La necesidad de aferrarnos a una esperanza nos ha llevado a los colombianos a inducir al Gobierno a caer en la trampa de hacer lo que sea para devolverles la libertad a los secuestrados políticos de las Farc, cosa que solo depende de la voluntad de los guerrilleros o de un golpe de gracia de las fuerzas del Estado.
Si a las Farc les interesara la libertad de estas personas, bastarían una delegación de la Cruz Roja y un par de días de 'tregua' para devolverles sus vidas, pero en los estertores de una agonía ya inevitable de esa guerrilla, la carta de los secuestrados parece ser su única alternativa y, como tal, se la van a jugar. Quiera Dios que los colombianos no caigamos en la trampa de hacer acuartelar las tropas para revivir la esperanza y menos que estas terminen ocupadas en asuntos fronterizos por obra de un vecino bocón.

martes, 20 de noviembre de 2007

¿Por qué no se callan?

LA COLUMNA DE OPINET
La oposición colombiana debería aprender la lección que dio el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, al salir en defensa de su archienemigo, el ex presidente José María Aznar, ante la arremetida vocinglera del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y de su jefe y mentor, el presidente venezolano, Hugo Chávez.
Fue una lección de altos estudios en ciencias políticas. Quien acepta las reglas de la democracia está obligado a reconocer la decisión soberana del pueblo, a respetarla y a defenderla aun cuando disienta de manera profunda de las ideas que representa aquel otro que haya sido designado en el poder.
Aznar fue elegido legítima y constitucionalmente por el pueblo español y nadie que se llame demócrata puede permitir que cualquier Perico de los Palotes venga a poner en duda las instituciones de un país sin exigir, por lo menos, un mínimo de sindéresis. Porque Chávez, con sus señalamientos a Aznar, puso en duda a toda la democracia española: un presidente no confabula solo y sus decisiones tienen que estar atadas al ordenamiento legal. Por tanto, ni Zapatero ni el Rey podrían haber hecho menos que reaccionar con ese aplomo ante la desatinada intervención de un charlatán paranoico como Chávez.
Sin embargo, en nuestro medio muchos se sorprendieron por la supuesta hidalguía que enseñó Rodríguez Zapatero al salir en defensa de su antagonista pues no entendieron que él no defendió a Aznar sino a España, a su democracia, a su institución presidencial y, en esencia, a su pueblo.
Eso es lo que no han entendido aquí los opositores, vaya uno a saber si por ignorancia o, simplemente, porque lo suyo no es la democracia. Los que suelen viajar por Latinoamérica, Europa y ahora por los Estados Unidos —cuya bandera solían quemar a menudo—, con el fin de despotricar del gobierno colombiano, acusándolo de auxiliador del paramilitarismo, de violador de los derechos humanos, de ser un régimen mafioso, etc., y de desprestigiar y ofender al Presidente de la República, cometen el mismo deshonroso disparate de Chávez y le faltan el respeto a la nación colombiana, a nuestra democracia y a todos los colombianos (incluidos ellos mismos). Y, en el fondo, manifiestan un desprecio tal por las instituciones que podrían ser considerados como verdaderos infiltrados de la anacrónica subversión.
Personajes como Gustavo Petro, Carlos Gaviria, Wilson Borja, Piedad Córdoba, Jorge Enrique Robledo y otros, son una vergüenza para Colombia y si en realidad se creen demócratas deberían tomar nota del proceder de Zapatero y actuar en consecuencia. Claro que eso no es más que un deseo inalcanzable porque lo que han venido haciendo en estos últimos años es precisamente todo lo contrario, de manera hipócrita.
La oposición quiere desconocer el mandato legítimo que el pueblo colombiano le dio a Alvaro Uribe Vélez y ha venido desarrollando sistemáticamente una campaña de desprestigio para debilitar el poder del Presidente, aun lesionando los intereses de los colombianos. De cierta forma es comprensible el pulso ideológico de la izquierda —y sus pares internacionales— contra un gobierno que combate —con el apoyo de los colombianos— a esos ‘románticos’ que “matan para que la gente viva mejor” (como arguye Carlos Gaviria), pero la campaña que han hecho en Estados Unidos para evitar la firma del TLC es de lo más ruin y se volverá en contra de toda la izquierda porque ésta sólo tendrá oportunidad de llegar al poder en un escenario libre de subversión y con una economía dinámica, insertada en el mercado global.
A esos chafarotes (como Chávez) que vociferan aquí y allá, y celebran los triunfos insultando al Presidente, hay que preguntarles, emulando a don Juan Carlos: ¡¿Por qué no se callan?!

El suministro de carne


Ya vimos con cuántas dificultades tropezó el suministro de carne vacuna a esta capital durante el período colonial. Era, como también lo sabemos, una actividad controlada por el sistema de arriendo de la obligación de abasto a una persona.
Al encargado de esta función se le llamó sucesivamente “obligado de carnicerías” y luego simplemente “abastecedor”. Su misión esencial era proveer a la capital de carne ovina y vacuna, y de sebo para la fabricación de velas. Su período era de 10 meses, durante los cuales debía comprar a los diversos proveedores suficiente ganado para satisfacer las necesidades de la ciudad.
Era
una actividad muy compleja y que además exigía un gran capital para poder desarrollarla. El “obligado” tenía que conseguir el ganado, cebarlo (por lo general en “El Novillero”, que se llamaba por antonomasia la dehesa de Bogotá), administrar y vigilar la operación de las carnicerías y supervisar la venta de la carne y el sebo.
Uno de los costos más elevados que debía afrontar era el del arriendo de “El Novillero”. Si se tiene presente que el consumo de Santafé era de unas 4.000 reses al año, el arriendo oscilaba entre los 5.000 y los 8.000 patacones anuales. El abastecedor traía el ganado, lo engordaba en “El Novillero” y, una vez cumplida esta fase, lo conducía a Santafé para el degüello.
Hacia fines del siglo XVIII se sacrificaban entre 65 y 100 semovientes por semana.
Al agrupar las cifras detalladas de 25 semanas para 1751, podemos tener una idea de los componentes del negocio del sacrificio del ganado. Por cada novillo el abastecedor obtenía un total de 9.8 pesos como producido bruto de su venta. (Esta cifra, desde luego, no incluye costos). En 25 semanas, es decir, durante medio año, la carnicería arrojaba un movimiento de 24.189 pesos, lo cual es una cifra bastante apreciable. Fácilmente podría ser uno de los negocios con mayor movimiento en la órbita económica de Santafé.
Además de la carne, el sacrificio de ganado producía algunos subproductos no menos importantes. El principal de ellos era el sebo, altamente valorado por ser la materia prima del alumbrado doméstico en Santafé. Otros subproductos de menor importancia, según el “corte” acostumbrado en la Colonia, eran la lengua, el “menudo” o “mondongos”, el cuero y, en menor medida, las vejigas.
El cuero era un insumo muy importante en la fabricación de diferentes utensilios domésticos: botijas (para almacenar líquidos), muebles, arcones y cajas, asientos, sillas de montar etc. Por cada novillo se obtenía en carne, limpia de sebo, un 6.7% del producto monetario que obtenía el abastecedor por la venta del ganado. Después seguía en importancia el sebo, que constituía un 31.8% del total. El cuero tan sólo representaba un 3.8% del valor total. El cargo necesitaba una gran solidez económica y casi que suponía un gran lucimiento social. Los miembros más respetables de la sociedad criolla santafereña lo tomaron durante el siglo XVII.
Por ejemplo, Alonso de Caicedo, dueño de “El Novillero” y encomendero de Bogotá
, fue abastecedor en 1694; José Ricaurte, tesorero de la Real Casa de Moneda y Alcalde Ordinario de Santafé, lo fue durante las décadas del 20 y el 30 del siglo XVIII.
Los datos sobre sacrificio de ganado en Santafé no muestran una tendencia explícita. La información obtenida, puede acusar defectos; sin embargo, muestran una oferta de carne estancada, pues ni siquiera crece acorde con la población. Muestra, además de las evidencias encontradas en los documentos, un sub abastecimiento en materia de carne para la Santafé del siglo XVIII.
Con dificultades para obtener carne, el cargo de abastecedor se fue haciendo menos codiciado hasta que llegó el momento en que empezó a sufrir largas vacancias porque nadie quería rematarlo.
El inflexible control de precios y los crecientes riesgos contribuyeron en primer término a que se produjera esta situación. Como consecuencia de ella, el Cabildo se vio precisado a ofrecer estímulos adicionales, como un atractivo apoyo financiero con dineros de
la “Caja de Bienes de Difuntos”. Inclusive en 1721 el Cabildo solicitó a la Compañía de Jesús que se hiciera cargo del abastecimiento, pero los sagaces jesuitas declinaron el “honor” que se les brindaba arguyendo que su condición de siervos de Dios era incompatible con el ejercicio de un menester lucrativo. Durante casi todo el siglo XVII fue la zona del Alto Magdalena el gran abastecedor de carne de Santafé. Neiva, Timaná y La Plata eran regiones de buenos pastos y favorables condiciones ecológicas donde se daba ganado vacuno en abundancia. Estos semovientes no recibían casi ningún cuidado por lo que los costos de producción eran especialmente bajos. El principal problema radicaba en las dificultades de movilización. El viaje de las manadas de Neiva a Santafé tomaba un promedio de veinte días.
Las relaciones entre las dos regiones fueron complementarias hasta finales del siglo XVII, época en la cual otras zonas (diferentes a Santafé) demandaron con igual urgencia la producción de Neiva. La región de Quito, que hasta entonces había estado satisfactoriamente abastecida por el ganado procedente del Cauca, aumentó su demanda, debido a lo cual los Quiteños empezaron a ofrecer mejores precios por el ganado del Alto Magdalena.
Lógicamente, los ganaderos de Neiva y zonas aledañas preferían enviar sus reses a Quito, lo que generó de inmediato una situación conflictiva, pues el ganado de mejor calidad tomó el rumbo del Sur mientras el menos apetecible fue enviado a Santafé. Empezaron entonces el forcejeo y las presiones políticas de la capital para obligar a Neiva a remitirle la totalidad de su producción. Finalmente se llegó a un acuerdo consistente en que Neiva y las regiones adyacentes se comprometían a enviar anualmente una cuota mínima de 4.500 novillos a Santafé.

Los ganaderos de Neiva y Timaná suscribieron el convenio pero no bajaron la guardia y de inmediato procedieron a llevar la querella ante el Rey. Esta pugna fue prolongada y tenaz. La balanza se inclinó alternativamente hacia uno y otro lado, hubo infinidad de pleitos; la Corona favoreció en principio a Neiva, pero al fin la contraofensiva jurídica de los santafereños logró que en 1712 la Corona volviera a otorgar la prioridad en el abasto a Santafé.
Por último se impuso el sistema de transar con base en cuotas, lo cual reemplazó con ventaja los viejos litigios. En 1733 Neiva se comprometió a entregar 1.500 novillos semestrales a la dehesa de Bogotá quedando en libertad para negociar sin cortapisas sus excedentes con las otras regiones que los demandaran.
En cierta forma puede decirse que Neiva obtuvo ventajas importantes en la negociación. Consiguió disminuir su cuota de los 4.500 novillos anuales que se pactaron en principio a sólo 3.000, con lo cual incrementó su capacidad para surtir otros mercados. Además obtuvo un aumento del 17% en el ganado puesto en la dehesa. Empero, Santafé siguió pagando precios inferiores a los que ofrecía Quito.
En otras palabras, aunque hizo concesiones, terminó imponiendo sus prerrogativas de capital. Durante la segunda mitad del siglo XVIII irrumpió vigorosamente la Compañía de Jesús como proveedor de carne de Santafé. Su organización suprarregional y sus numerosas propiedades rurales le permitieron tender un auténtico puente entre Neiva y Santafé para llevar a cabo todo el proceso, sin perder dinero. El levante del ganado se realizaba en Neiva; la fase final (ceba) tenía lugar ya en la Sabana. Pero las intermedias se iban cumpliendo a lo largo de la cadena de haciendas que los jesuitas poseían entre los dos extremos de la vía. La hacienda “Villavieja” (actual Departamento del Huila) y la hacienda “Doima”, en la jurisdicción de Ibagué, eran las sedes de levante de ganado flaco. De allí pasaban las reses a la hacienda “El Espinal”, en cuyos potreros descansaban y se recuperaban los animales evitando así grandes pérdidas de peso. El eslabón final de la cadena era la hacienda “La Chamicera”, al Occidente de la Sabana, donde el ganado descansaba y engordaba.
Este sistema normalizó y regularizó el mercado de carnes. Pero en 1780, ya expulsados los jesuitas, Santafé experimentó una aguda escasez de carne. La situación se hizo hasta tal grado crítica que las autoridades virreinales tuvieron finalmente que ceder en su vieja y obstinada política de monopolios, estancos y controles para dar paso a una progresiva liberalización en el comercio y el abasto de carne y derivados.
Hacia finales del período colonial, el sistema había hecho crisis. Con los vecinos presionando una libertad absoluta para la venta de carne y la excepción de pago de alcabalas y propios y ante la inminencia de los continuos períodos de escasez, las autoridades no tendrían muchas alternativas. Poco a poco fue languideciendo el sistema de abasto forzoso y del monopolio de carne.

miércoles, 31 de octubre de 2007

El abasto de Santafé


Tan importante fue para la administración colonial el correcto abastecimiento de los centros urbanos que dicha función estuvo sometida en casi todas sus líneas al régimen del monopolio.
Era un punto de preocupación tanto económico como político. En los regímenes precapitalistas la escasez de alimentos ha sido la principal fuente de levantamientos populares.
La posición geográfica de Santafé resultó privilegiada en materia de abastos alimenticios, dadas la feracidad del suelo sabanero y, por otro lado, su cercanía a otros pisos térmicos. Todo esto le permitió contar con una excepcional variedad de frutos durante todo el año. Además, Santafé haría valer su calidad de centro metropolitano para abastecerse forzada y ventajosamente en detrimento de regiones vecinas.
Los productores de Tunja y el Alto Magdalena tenían la obligación de suministrar a Santafé determinadas cuotas de trigo y carne a precios acordados con las autoridades capitalinas.
Los dos productos críticos del abasto eran los ingredientes básicos de la dieta española, el trigo y la carne. Sobre estos dos artículos se ejerció un control de precios estricto y permanente durante todo el período colonial y se aplicaron medidas fuertes y exageradas como el control de precios.
A lo largo de toda su historia, Santafé, amparada en su supremacía política, forzó una estabilidad de los precios a largo plazo, hasta el punto de conservarlos prácticamente invariables durante dos siglos y medio.
La explicación de este fenómeno tan particular reside en el esfuerzo de los altos funcionarios coloniales por defender su nivel de vida. La burocracia tenía salarios bajos y estables. En la defensa de este precario ingreso se encuentra la clave para el rígido control de precios de la carne que, como vimos anteriormente, tuvo resonantes consecuencias, la principal de ellas inhibir el desarrollo de una actividad ganadera en la Sabana y, colateralmente, prohijar el desabastecimiento de Santafé.
Metidos en tan rígida cintura, los hacendados de la Sabana se dieron a la tarea de exportar ilegalmente sus productos a regiones tan lejanas como Antioquia, Mompox y Cartagena y a otros lugares más próximos como Honda y Mariquita. Todas estas zonas donde había buena demanda de productos sabaneros. Lógicamente, las autoridades de la capital respondieron con medidas más drásticas aún.
Igualmente, se ejercía un control muy severo sobre la elaboración y mercadeo del pan, artículo que daba lugar a uno de los más intensos movimientos comerciales de Santafé. Sólo la producción y venta de chicha rivalizaban con el pan. Hacia 1602 estaban registradas en la ciudad 49 panaderías o “amasaderos”, como las llamaban entonces.
A fines del siglo XVIII los panaderos, ante la inflexibilidad de los controles, optaron por bajarle el peso al pan. El Cabildo contraatacó dictando una ordenanza en virtud de la cual los panaderos quedaban obligados a expender su producto marcándolo con un sello que identificara el respectivo amasadero para efectos del control y posibles sanciones. Pero finalmente el Cabildo se vio obligado a ser un poco más flexible aceptando que el peso del pan variara según el valor de la harina. En esa forma se establecieron entonces tres categorías de pan, de primera, de segunda y de tercera, y se fijaron públicamente los precios correspondientes a cada categoría.
Otro producto tan importante como el pan era el sebo animal con el que se fabricaban las rudimentarias velas que, al quemarse, despedían un olor muy poco grato pero que eran indispensables por ser el único medio de alumbrado doméstico con que contaba la capital.
En
su condición de artículo de primera necesidad, las velas de sebo, en la fase de mercadeo y venta, estaban sujetas al régimen de estanco como parte del privilegio que tenía el “abastecedor”.
En 1712 se destaca la fábrica de Lázaro Hernández que, según un cuaderno de abastos, procesó en ese año 770 arrobas de sebo entregado por el abastecedor, Con la escasez de ganado, las velas corrían una suerte semejante. Sin embargo, estas crisis tenían alivio parcial en los jiferos clandestinos que sacrificaban reses a espaldas de la ley y vendían cuero y sebo de contrabando.
La leña era también un producto de primera necesidad en Santafé, ante todo para la cocción y horneo de los alimentos. Parte del tributo que cobraban los encomenderos se pagaba en leña. En el siglo XVII se fijó un servicio obligando a las comunidades indígenas a aportar a la ciudad una cuota determinada en cargas de leña, servicio que recibió el nombre de “mita de leña”. Más tarde se abolió la mita y aparecieron numerosos “leñateros” independientes cuyo oficio era proveer de leña y carbón vegetal a Santafé.
Además de la vacuna, la carne ovina era muy apetecida en la ciudad. Los carneros llegaron a representar la mitad de los animales sacrificados en las carnicerías santafereñas. En contraste con los frecuentes problemas que encontró el abastecimiento de ganado vacuno, la Sabana en todo momento pudo proveer en forma generosa a la capital de carne ovina, así como de sebo de la misma procedencia para la elaboración de velas. De un carnero se sacaban entre 14 y 17 palancas de velas, las cuales valían entre 319 y 380 pesos.
La carne de cerdo ocupaba el tercer lugar, aunque también su consumo era considerable. La carne de carnero y la de cerdo debieron ser productos sustitutos de la carne vacuna. Aunque no se tienen datos seriados sobre el consumo de cerdo, a juzgar por la cifra encontrada, el consumo debió ser apreciable.
Para 1772 se registra para Santafé un total de 4.016 porcinos. El sacrificio de cerdos dejaba un importante producto secundario, el tocino. La manteca de cerdo reemplazaría dentro de la dieta española el aceite de oliva como medio para freír. Además, el gusto español por la grasa de cerdo, el cual pasó a América, tiene razones culturales y religiosas. En la Península sirvió como elemento básico para identificar a los cristianos viejos y genuinos, ya que el consumo de grasa porcina está desde tiempos bíblicos duramente proscrito por la ley mosaica. Los judíos eran en aquellos tiempos especialmente celosos en la observancia de esta norma, debido a lo cual el repudio al tocino sirvió infinidad de veces para descubrir a no pocos falsos conversos. Los cristianos de antiguas raíces, en contraste, no sólo comían tocino sin medida, sino que gustaban de hacer pública ostentanción de su grasosa dieta a manera de signo distintivo de su inequívoca condición de cristianos viejos.
Desde tiempos prehispánicos, los muiscas derivaron parte de su alimento de la no muy variada pero sí rica fauna ictiológica de los ríos sabaneros. Los indios conservaron a través de generaciones una notable destreza en la pesca fluvial, tanto con red como con anzuelo. A partir de la Conquista, el consumo de estos peces se incrementó de manera muy considerable, no sólo por su exquisita calidad, sino por las prolongadas vedas de carne que imponían los tiempos de cuaresma.
Para nostalgia de quienes deploramos la transformación de nuestro río Bogotá en una cloaca inerte, maloliente y sin vida, resulta oportuna la lectura del siguiente pasaje del cronista Villamor en 1722:
“Este caudaloso río provee para el regalo abundantes peces dedos especies: unos pequeños de figura de sardina llamados `guapuchas’, y otros mayores de color amarillo, negro y azul, sin escamas llamados ‘capitán’, en los que ha hallado la curiosidad misterio, porque divididas las espinas de la cabeza, en cada una se representa una imagen de los instrumentos de la pasión de Nuestro Redentor”.
El capitán se convirtió en una de las más finas delicadezas en los refectorios de la gente acomodada. Existen referencias informando que era secado y ahumado con el fin de conservarlo y/o comerciarlo. El capitán se siguió encontrando en los ríos de la Sabana hasta finales de período colonial. No obstante, en la última época estaba ya a punto de su total extinción.

miércoles, 24 de octubre de 2007

La otra muerte de Orlando Sierra

LA COLUMNA DE OPINET
A Orlando Sierra lo mataron otra vez. La primera ocasión fue el 30 de enero de 2002, en Manizales, frente a las instalaciones del diario La Patria, del cual era subdirector.
Era un periodista comprometido y un columnista audaz. De su pluma brotaban verdades incómodas contra la dirigencia política del departamento de Caldas, de las que no se escapaba ninguno de los caciques que controlan esa próspera región: Omar Yepes Alzate y su hermano, Arturo; Víctor Renán Barco y su aliado, Ferney Tapasco; quien es señalado como autor intelectual del crimen de Sierra.
Todos sabían que lo iban a matar. Lo que nadie sabía era cuándo ni quién iba a decidirse primero pues, a pesar de que hoy la autoría intelectual es un secreto a voces, los disparos podrían haber venido de muchos flancos.
Sierra se había convertido en el enemigo más visible de los corruptos de su región, en el marco de un país que viene librando con éxito una lucha contra la subversión, que está derrotando al paramilitarismo, que golpea sin piedad a las bandas del narcotráfico, pero donde la corrupción política todos los días se reinventa, sobrevive y se multiplica.
En la tarde de ese miércoles, Orlando llegaba a su oficina en compañía de su hija. El sicario llevaba dos horas esperándolo como quedó registrado en un video de seguridad. Después diría que se equivocó de víctima y el juez le creyó. En el video se ve claramente cuando se acerca a Sierra y le propina dos disparos. Luego aprovecha la confusión de la gente y huye sin afanes, pero sin suerte. La Policía lo detuvo cerca de ahí.
El martes 2 de octubre de 2007, el sicario Luis Fernando Soto Zapata, autor material del homicidio, recobró la libertad después de sólo cinco años de cárcel.
El sicario había sido condenado inicialmente a 29 años de prisión (350 meses), pero le rebajaron la pena a 19 años y medio (234 meses) por ‘confesión’, un beneficio inconcebible si se tiene en cuenta que el video permitió su identificación plena. Como si fuera poco, el criminal se acogió al beneficio de ‘sentencia anticipada’, por lo que recibió más descuentos de pena: le disminuyeron la tercera parte de la condena inicial, o sea nueve años y nueve meses (117 meses). Sin embargo, en marzo de 2005, un juez de Manizales revocó el descuento de la tercera parte y aumentó la rebaja a la mitad de la pena, de acuerdo con el principio de ‘favorabilidad’, en aplicación del nuevo Sistema Penal Acusatorio. La condena quedó en 14 años y siete meses (175 meses).
Pero hay más: según el antiguo Código Penal, el criminal tiene derecho a libertad condicional al cumplir las tres quintas partes de la pena, 105 meses en este caso, pero para Soto sólo fueron 67 pues por concepto de ‘Justicia y Paz’ (la ley tramitada para desmontar el paramilitarismo, que contempla rebajas para todos los presos del país en aras del derecho a la ‘igualdad’ promulgado por la Constitución), un juez de Tunja le otorgó 17 meses y 15 días de redención; y por concepto de ‘estudio y trabajo’, le regalaron otros 21 meses, sin estudiar ni trabajar.
En total, el asesino del periodista Orlando Sierra, estuvo en la cárcel desde el 30 de enero de 2002 hasta el 30 de septiembre de 2007, y si Su Santidad el Papa nos hubiera visitado, hubiéramos quedado debiéndole un par de años a este criminal.
Esas son las matemáticas de la justicia colombiana. El asesino de Andrés Escobar estuvo once años en prisión aunque había sido condenado a 43; el dirigente político Alberto Santofimio Botero, condenado a 24 años por el magnicidio de Luis Carlos Galán, no estará en la cárcel más de diez, y Luis Alfredo Garavito, el monstruo que violó y asesinó a por lo menos 150 niños, saldrá libre en dos o tres años, cuando cumpla unos doce de condena, o sea menos de un mes por cada crimen.
Esos mismos bandidos que Orlando Sierra denunciaba en sus columnas, se reúnen cada tanto en el Congreso, a legislar estas infamias. Parece que la legislación penal estuviera inspirada para beneficio propio, para obtener la libertad pronto en caso de que la Justicia algún día los castigue.
La vida en Colombia no vale nada. Si no hubiera ningún detenido por el crimen de Orlando Sierra, vaya y venga, no quedaría más remedio que aceptar tamaña impunidad con resignación, pero a lo que estamos asistiendo es a una vergonzosa piñata judicial por la cual los criminales ganan la calle en un parpadeo. El ciudadano de bien queda tranquilo al escuchar la sentencia y después se encuentra al delincuente en la calle, gracias a la feria de los descuentos y las gangas de una legislación pervertida. Así, la impunidad es general, los delincuentes vuelven a sus andanzas y el ciudadano desprotegido debe hacer justicia, o por lo menos defenderse, por cuenta propia.

sábado, 20 de octubre de 2007

La economía en la ciudad


Durante mucho tiempo la principal entrada de productos básicos a la ciudad se hizo por el mercado a campo abierto en la Plaza Mayor. El mercado de plaza fue el lugar de abasto más importante y los días de mercado aumentaron, se adaptaron a la demanda, localizaron y especializaron el sistema.
Los mismos cosecheros venían con sus productos a ponerlos directamente en venta. La presencia y la importancia de los intermediarios no están definidas, pero éstos aumentaron su número y su peso dentro del comercio de acuerdo con el volumen poblacional. Podemos decir que, dada la escasa magnitud a que llegó la demanda de Santafé, el sistema de plaza de mercado, incluso en su versión más desarrollada, no tuvo reemplazo en todo el período colonial.
Inicialmente, el mercado principal estuvo localizado en la llamada Plaza de las Yerbas, hoy Parque de Santander. A partir de 1550 se realizó en la Plaza Mayor, sin que desapareciera el anterior.
El día de mercado en Santafé podría reconstruirse vivamente observando con detenimiento los mercados de los pueblos. Eran días de gran agitación y movimiento en los que llegaba a triplicarse la población de la ciudad.
El
primer acto era la misa, y luego empezaba el vértigo de las transacciones, compraventas y negocios de toda índole. Lógicamente, el día de mercado era el mejor para las chicherías, cuyas ventas se multiplicaban hasta lo inverosímil.
Al caer la tarde eran frecuentes las riñas y a menudo los visitantes organizaban carreras de caballos con apuestas en las principales calles. Cantidades ingentes de caballos y mulas hacían intransitables las calles con sus desechos.
Un documento se queja de los peligros que se podían correr con tal cantidad de bestias en la calle. Golpeaban en la cara con su cola a los transeúntes, quienes corrían con “los riesgos de una coz o atropellamientos con otros impolíticos incómodos (detritus orgánico)”.
Había restos de viandas y basuras por doquier. Los vendedores ambulantes llenaban las calles con sus voces anunciando pan, esteras, velas o carbón. La animación era también aprovechada por mendigos que, vestidos de nazarenos, incomodaban con sus peticiones. Los maromeros y saltimbanquis aglomeraban a la gente en las esquinas. Los innumerables clientes de las chicherías protagonizaban pendencias callejeras y cometían toda suerte de atentados mayores y menores contra la seguridad y la salubridad de la ciudadanía.
En las primeras horas del alba arribaban los cosecheros, ya que les estaba prohibido llegar de noche con el fin de impedir que fueran interceptados por los regatones (llamados “atravesadores”) que solían salirles al encuentro en horas nocturnas y en las afueras de la ciudad para comprarles sus productos a precios bajos para luego revenderlos en la ciudad.
Los
cosecheros iban directamente a la plaza y allí se instalaban formando “cuadros”, es decir, dejando abiertos callejones para que por ellos circularan los compradores. En las primeras reglamentaciones que se establecieron se contempló el problema que para la ciudad representaban las bestias sueltas en calles y plazas y se trató de fijar espacios destinados a guardarlas allí.
Fuera de la plaza de mercado existían tres tipos de expendios al por menor que servían de red básica de distribución en la ciudad: las pulperías, que vendían víveres; las tiendas de mercaderías, que expendían géneros diversos, y, finalmente, las chicherías, que distribuían el funesto licor y que eran los lugares a donde las gentes acudían para divertirse.
Las pulperías, como expendedoras de víveres, fueron un complemento de las plazas de mercado en cuanto sirvieron como pequeñas bodegas para los cosecheros. La situación estratégica en que se encontraban los pulperos les permitió en cierta forma manejar el mercado de víveres y ejercieron una función muy importante en el abastecimiento diario de las vituallas domiciliarias. Casi toda compra al por menor se hacía al fiado. Las autoridades reglamentaban en algunos casos la venta al fiado pues su frecuencia daba lugar a una gran cantidad de demandas por suma de pesos. Estas formas rudimentarias de crédito se manejaban en cuadernos, de los cuales subsisten algunos ejemplos curiosos que demuestran que estos pequeños créditos se otorgaban esencialmente con base en el buen nombre y honorabilidad de los clientes. Veamos uno de 1626:
“Misia doña Ignacia de Paya debe 11 reales por cuenta de 4 varas de bayeta amarilla que llevó a su ahijada. Más el dicho día dos varas y media de toca amarilla que llevó el propio. Una media onza de seda que llevó Jacinta, una morena (..). El señor doctor Obando debe en 22 de Septiembre 2 varas y 112 de tafetán negro a peso y medio. Más el dicho día dos varas y 114 de tafetán azul más diez varas de ... más un par de medias de lana… En otros productos del abasto de primera necesidad la distribución se convirtió en una actividad monopolizada. Tal era el caso de la carne y las velas, que se manejaban por el sistema conocido como “estanco”. La carne se vendía en una de las tres carnicerías, donde era despedazada. La venta al por menor se hacía directamente en el matadero y era un privilegio del obligado de la carnicería.
Otro
producto casi tan importante eran las velas, cuya distribución resultaba similar pero pasaba por otro proceso antes de ir al consumo final. El sebo obtenido en la carnicería era vendido en bruto a fábricas o corporaciones que se encargaban de elaborar las velas con esta materia prima. En las cuentas al por mayor figuran conventos y monasterios, los cuales tenían organizado un proceso propio de fabricación de velas. Este sebo en bruto se vendía en palancas o en arrobas. En las cuentas de carnicería de 1712 figuran 33 fábricas de velas. El producto terminado era otra vez entregado al abastecedor quien tenía el privilegio de venderlo en un estanco de velas, el cual ocupaba un lugar principal en la Plaza Mayor. Se sabe de tal establecimiento porque existe un documento de 1744 que autoriza la provisión de velas como parte de sus privilegios a los funcionarios de la Real Audiencia.
En otro pleito (1746) se disputa el arrendamiento del local entre Francisco Quevedo, abastecedor, quien administraba la tienda, y Francisco de Tordesillas, dueño del local. Las velas terminadas se vendían o se contabilizaban en unidades llamadas palancas. Pensamos que puede indicar una vara larga con velas colgando de su propio pabilo, como todavía sigue en uso en ciertas regiones.
Durante el siglo XVIII, especialmente en su segunda mitad, el mecanismo de distribución de productos dentro de la ciudad se fue volviendo más complejo y difícil de manejar. Como en otros aspectos, el crecimiento urbano en la Colonia tardía tomaría desprevenidos a los administradores de la ciudad. Las autoridades se quejaban permanentemente de especulación. Es posible que las grandes variaciones del mercado, en el cual la escasez extrema por problemas climáticos y abundancia añadido al rígido control de precios, hayan creado el ambiente para un intento de manipulación de los precios.
De la lectura de documentos al respecto, pueden reconstruirse los hilos principales del mercado interno de la ciudad para el último tercio del siglo XVIII. Existían cuatro líneas de abastecimiento para el consumidor corriente en Santafé:

1) Al por menor. Plaza Mayor y de San Francisco. Día principal de mercado: los viernes y los jueves. La relación entre productor y consumidor era directa.
2) Los pulperos y tenderos quienes, según su capacidad, compraban directamente a los productores, obraban como intermediarios organizados y vendían al por menor. Su volumen de compra no era alto y abastecían a los parroquianos en días en que no había mercado.
3) Un conjunto de revendedores en pequeña escala, que ocupaban puestos en la plaza y que tenían su propia clientela.
4) Los grandes revendedores y principales agentes del mercado al por mayor. Eran los “revendedores pudientes” y los “monopolistas de superior clase”. tal como se les menciona en los documentos. Se los señalaba como los “más dañosos y perjudiciales al público” y los que causaban mayores quebrantos al común y particulares. Se concentraban en los géneros que hoy se llamarían no perecederos, es decir, susceptibles de almacenar por cierto tiempo sin dañarse. Según mención explícita, se trataba del cacao, los azúcares, el arroz y las harinas.
Según el documento, los grandes revendedores habían desarrollado una red particular: “se depositaban en 10 ó 12 individuos” que acechaban la llegada de los productores y tenían capacidad económica para comprar en cantidad a menores precios.
En 1787 el síndico procurador denunciaba en un memorial la alarmante proliferación de revendedores y la consecuente carestía de los artículos esenciales y exponía consideraciones y propuestas para mejorar el poder de negociación frente a los intermediarios.
Para esta época es evidente la proliferación de revendedores y sus mecanismos que, frente a los ojos de la administración, constituían la causa principal del alza de precios. Las diferentes menciones permiten suponer que los revendedores salían a encontrar a los productores para comprar por adelantado y de esta manera manipular los precios e influir sobre el volumen de abastecimiento ofrecido en la plaza de mercado. De esta manera podían dirigir los víveres comprados a otros lugares y crear escasez temporal en la ciudad. Los responsables de tal acción eran llamados “atravesadores”.
Previniendo este hecho que debió ser corriente, las autoridades prohibían que los productores entraran de noche a la ciudad y que se comprara en las afueras de la misma. Para tal efecto se prohibieron el comercio en tres leguas en contorno de Santafé, la compra en los caminos y que los productos fueran llevados a otros pueblos dentro de la distancia indicada.
“Estos (los revendedores) son por lo regular gente vaga que por no tener oficio se mantienen de este modo, y como son tantos ya no esperan a comprar por mayor en esta capital sino que salen a los caminos reales y aun a los pueblos inmediatos”.
Frente a la situación se propusieron estas soluciones:

1) Que no puedan comprar los revendedores a los legítimos dueños antes de las tres de la tarde del viernes en que ya se considera abastecido al público... ”. Antes de esta fecha, la hora límite eran las doce del día. La medida tenía por finalidad permitir que en primer lugar se abastecieran directamente los consumidores y no se sacara la porción de víveres comprada por los revendedores. Las amas de casa lo sabían y mantuvieron durante toda la Colonia la sabia costumbre de madrugar a comprar en día de mercado.
2) Que no puedan vender los jueves y viernes (días de mercado).
3) Que se les prohíba expresamente salir a los caminos reales a interceptar los víveres..
4) Que ningún alguacil pueda ser revendedor...
5) Que se les señale el precio en que pueden vender los días permitidos.
6) Que se les obligue a tener la plaza limpia.
7) Que los dueños que traen azúcar no la vendan por mayor a los pulperos hasta pasados tres días”.

El Cabildo no vaciló en aceptar la totalidad de estas recomendaciones y designó de inmediato a un regidor para que, con la colaboración de los alcaldes de barrio, las hiciera cumplir y ejecutar.
Mostrando una gran lógica, el Cabildo comprendió que, dado el tamaño de Santafé, si se quería regular el mercadeo de artículos de primera necesidad no bastaban únicamente las medidas de naturaleza policial. Por consiguiente, empezó a considerar la necesidad de alquilar un espacio para establecer allí un depósito, administrado por las autoridades municipales y que expendiera los víveres al público. Era lo que hoy llamaríamos una central de abastos orientada esencialmente a la regulación del mercado agrícola. Esta idea, desde luego, no era nueva. Tenía antiguos y numerosos antecedentes no sólo en otras ciudades coloniales sino inclusive en la España contemporánea e incluso medieval.
En España se crearon mecanismos tales como la “Casa de la Harina”, un lugar de depósito de granos que mantenía el abasto y regulaba los precios. Desde 1489 existía en Madrid una institución de esta naturaleza creada para proteger los precios del pan e intermediar con justicia la compra de la harina.
Desde
la baja Edad Media existieron en España “alhóndigas” (vocablo de origen árabe), almacenes y depósitos de trigo y otros granos que, además de ejercer una función reguladora sobre los precios, controlaban pesas y medidas. Las alhóndigas o “pósitos” se trasplantaron desde comienzos del período colonial al virreinato de Nueva España (México), donde funcionaron en varias ciudades cumpliendo la misma misión y haciendo además reservas de trigo y maíz para períodos de escasez.
Lamentablemente esta útil y valiosa iniciativa finalmente, no se puso en práctica en Santafé.

viernes, 12 de octubre de 2007

La pequeña y mediana propiedad


Diversas circunstancias operaron para que desde comienzos del siglo XVII empezara a ser notoria la presencia de la mediana propiedad no indígena. Entre otras, pueden señalarse las siguientes:

- Inmigración de blancos pobres
- División parcial y por retazos de haciendas
- Mercedes de tierra de mediana extensión
- Reemplazo de la producción agrícola de los indios.

Los hacendados utilizaron pequeños globos de terreno como fuente de financiación y pago de servicios. (Ya se mencionó la costumbre de dar pedazos de tierra a manera de dote). Otros los utilizaron como pago o regalaron parcelas a subordinados o empleados fieles.
A comienzos del siglo XVII (1606), con motivo de una escasez de carne, se mandó hacer una relación de pequeñas estancias con fines de requisición. El resultado fue una especie de censo de pequeñas propiedades en la Sabana. En total se contabilizaron 86 labradores.

LUGAR

NUMERO

Suba
Sopó
Guasca
Guatavita
Chocontá
Simijaca, Fúquene
Nemocón
Cajicá, Tabio, Cota y Chía
Tunjuelo, Bosa y Fontibón

2
6
16
2
2
10
6
10
38

Los niveles inferiores de la tenencia de tierras, tal como son percibidos y clasificados en la época colonial podrían definirse así:

Estancieros: propietarios medios
Labradores y cosecheros: pequeños propietarios.

Este segmento de propietarios empezó a aumentar durante el siglo XVII y a diversificar la tenencia de tierras. Serán los saturadores del espacio físico en la Sabana y los encargados de la expansión de la frontera, durante la época de auge en las transacciones, y posteriormente en el período de estancamiento (1660 1770).
Los blancos pobres y los labradores mestizos empezarían agrupándose alrededor de los pueblos de indios y los resguardos. Las visitas sucesivas mostrarán este fenómeno; también los juicios por conflictos alrededor de la tierra.
El
paulatino desmoronamiento de la organización indígena llevaría a una mayor cantidad de indígenas a destribalizarse, huir a las obligaciones del tributo y empezar a mestizarse. Este mestizaje progresivo, que comenzó a incrementarse a partir de la segunda mitad del siglo XVII, llevó consigo la adopción de un status campesino, es decir, de la pequeña producción agrícola individual.
Otro contingente, integrado por indios desposeídos de tierras y de sus vínculos de parentesco, establecería relaciones de arriendo con las haciendas.
Desde las primeras décadas del siglo XVII, pueden verse casos en los cuales los hacendados otorgan tierras a los indios dentro de sus dominios, con el permiso de sembrar maíz, como una forma de retención laboral. Este ofrecimiento como estrategia de la hacienda contiene el germen de la relación de arriendo.
Para fines del siglo XVIII la proporción indios-mestizos, según las visitas, ya se había invertido. La Sabana empezó a tener una cierta saturación demográfica que posiblemente estaba sustentada en parcelas no muy grandes.
Un documento de 1780 hace notar el exceso de población y sugiere una colonización de las laderas y provincias vecinas.

Esta mayor presencia de la pequeña producción no significó, sin embargo, un cambio sustancial en la tenencia de la tierra o en la estructura de la población. Es
evidente que la relación entre tierra y población era en extremo inequitativa. Entre el 80% y el 90% de la población de la Sabana tenía acceso solamente a una proporción de tierra que podría calcularse entre el 10% y el 20% del total.
Por otra parte, entre el 60% y el 70% de la tierra pertenencia al 2% de los propietarios.
Como bien se puede observar, no es mucho lo que ha cambiado a la fecha la tenencia y distribución de la tierra.

martes, 2 de octubre de 2007

Haciendas y producción


En la primera época de las haciendas sabaneras se notó un incremento muy rápido del trigo y de la ganadería mayor y menor.
Durante la primera época una parte del abastecimiento de víveres y productos alimenticios debió recaer en la mano de obra indígena, tanto por su trabajo en las haciendas y en la producción independiente como en sus propias parcelas.
Durante el siglo XVI la responsabilidad del abasto de Santafé estaba en manos de los encomenderos hacendados. La producción agrícola de los indígenas se entregaba en especie agrícola como tributo, el cual era plenamente manejado por los encomenderos hacendados.
La pequeña y mediana producción mestiza o blanca, que reemplazara la producción agrícola indígena, empezó a ser significativa durante el segundo tercio del siglo XVII.
Los indígenas, además del recargo en trabajo, disminuyeron su vocación agrícola por física falta de tiempo para dedicar a sus parcelas. El sistema de aprovisionamiento, basado en una red vertical de comercio, cayó en manos de los españoles, quedando cada comunidad aislada y sin excedentes propios para intercambiar.
La última parte del siglo XVI y comienzos del XVII fue una etapa de florecimiento de la producción de las haciendas, de mayor presencia regional. La Sabana en general tuvo mercados en otras provincias y disfrutó de un pequeño auge minero representado por las vetas de Mariquita.
Las haciendas, ante la provisión de mano de obra prácticamente gratuita, tuvieron una expansión vertiginosa.
El trigo de la Sabana fue exportado en forma de grano, harina e incluso aglutinado (llamado bizcocho) hacia Tunja, los puertos del Magdalena (Honda y Mompox) y embarcado hacia el Caribe (Cartagena).
La actividad principal y de mayor permanecía de la hacienda sabanera descansó en el ganado lanar. Se llegó a constituir un hato significativo de ovejas utilizándolo en obrajes de lana.
El caso más conspicuo, que no debe ser representativo, es el de Beltrán de Caicedo, encomendero de Suesca, que tuvo dos haciendas (también en la misma jurisdicción) con cerca de 20.000 ovejas (primer tercio siglo XVII).
En las haciendas de Suesca (“La Ovejera” y “Suesca”) criaba y levantaba las ovejas. Una vez realizada la lana, la enviaba a otra hacienda, también de su propiedad, situada en Pacho, donde funcionaba un obraje respaldado por trabajo esclavo (80 adultos).

Algunas haciendas durante este período alcanzaron un apreciable nivel de complejidad y manejaron un cierto volumen de recursos. Lograron integrar diferentes tipos de trabajo (concierto, encomienda y esclavismo) y realizaron un intento de integración vertical, es decir, llevaron a cabo diferentes fases de producción en distintas unidades (caso de Beltrán de Caicedo).

sábado, 22 de septiembre de 2007

El Novillero


A diferencia de México y Perú, en la Sabana de Bogotá prácticamente no existió el mayorazgo como fenómeno. Hubo sí, algunos casos notables de grandes propiedades que permanecieron durante siglos en manos de la misma familia. El encomendero de Serrezuela, Antonio Vergara y Azcárate, creó en 1640 la hacienda “Casablanca”, la cual permaneció en poder de sus descendientes hasta 1866.
Pero el caso más notable es el del encomendero de Bogotá, Francisco Maldonado de Mendoza, cuya hacienda “El Novillero” permaneció en manos de sus descendientes hasta la tercera década del siglo XIX.
No hay total conformidad entre las versiones que existen sobre el tamaño desmesurado que llegó a alcanzar esta propiedad. Los investigadores más cautelosos le han atribuido 30.000 hectáreas. Otros con menor fundamento han afirmado que alcanzó las 45.000 hectáreas.
De todas maneras, cualquiera que sea la realidad, sus tierras eran todas planas y fértiles. El historiador Colmenares afirma que “El Novillero” llegó a equivaler en su extensión a una tercera parte de la Sabana.
Este
fenómeno se fue haciendo realidad gracias a un continuo y habilidoso proceso de compra de tierras vecinas al núcleo inicial, que estaba compuesto por 17 estancias de ganado mayor que le habían sido otorgadas a Maldonado a manera de mercedes.
Disfrutó además esta hacienda del formidable privilegio de su ubicación. Como estaba situada en el extremo Noroccidental de la Sabana (camino de Tocaima) se la utilizó parcialmente como dehesa para la posa y ceba de los ganados que procedían de Neiva para el abasto de Santafé. La hacienda recibía el ganado que venía de Neiva a un peso y medio la cabeza y después de seis meses de engorde lo vendía en Santafé a seis pesos. “El Novillero” funcionó como dehesa hasta el final de la Colonia y todavía le quedaban tierras para arrendar a diversos propietarios.
Se calcula que la capacidad total de pastaje de “El Novillero” oscilaba entre 5.000 y 10.000 cabezas de ganado mayor y muchos miles de ovejas.
Además, la hacienda producía anualmente 24.000 arrobas de trigo. Se calcula que la renta del encomendero sólo por concepto de pastaje era de cerca de 2.600 pesos al año.

sábado, 15 de septiembre de 2007

Las haciendas


Las primeras mercedes de tierra se otorgaron con una largueza desmesurada. Estas primeras propiedades se pueden clasificar en cuatro grupos según tamaño y destinación:

- Estancias de ganado mayor (vacuno)
- Estancias de pan sembrar (agricultura)
- Estancias de ganado menor (ovinos)
- Estancias de pan coger (huertos).

En el siglo XVI una estancia de ganado mayor podía medir fácilmente 6.000 pasos, que en términos contemporáneos serían 2.500 hectáreas. Muy pronto, hacia 1585, las autoridades se percataron de que estas medidas eran ciertamente excesivas y decidieron reducirlas.
A partir de ese momento se estableció que una estancia de ganado mayor no podía pasar de 327 hectáreas.
La estancia de pan sembrar, también para Santafé, tenía 90.3 hectáreas. Se adjudicaban, de igual modo, con fines mixtos. Una estancia de ganado menor y pan coger tenía 141.4 hectáreas. Sin embargo, las primeras mercedes de tierra quedaron intactas y fueron la base de las grandes propiedades de la Sabana. Las haciendas más famosas y extensas datan del tercio de siglo inmediatamente posterior a la fundación de Santafé.
No existe un patrón de ubicación muy definido, pero es posible despejar algo al respecto. No puede tomarse como centro preferencial de ubicación la ciudad de Santafé, como podría ser la pauta normal. En general, la tierra en esta segunda parte de siglo fue un factor subsidiario de la disponibilidad de trabajo. Los encomenderos buscaron que se les asignaran tierras cerca de poblados, reducciones o repartimientos de indios. Los poblados y el número de tributarios se convirtieron en ubicadores de haciendas e indicadores de la valorización de la tierra.
Las mayores posesiones estuvieron, de manera predominante, en el Suroccidente y Suroriente de la Sabana: Facatativá, Serrezuela, Bojacá, Funza, Bosa y, en menor proporción, en la parte alta del Noroccidente, o sea en Suba. La mayor extensión unitaria decrecía en número y tamaño hacia el Nororiente (Chocontá, Fúquene), donde hubo posesiones de tamaño diverso.
Frente a la mayor movilidad comercial de las encomiendas, las grandes haciendas se mantuvieron relativamente indivisas a lo largo del siglo XVI y las primeras décadas del siglo XVII Durante el siglo XVI, en comparación con las encomiendas, esto es, disposición de mano de obra indígena y tributos, la posesión de grandes terrenos no tuvo mucho valor.
Las grandes propiedades permanecerían indivisas por la ausencia de demanda de tierras. Buena parte de las transacciones registradas en el siglo XVI están clasificadas como mercedes.
Los grandes globos de propiedad empiezan a desmembrarse a partir del siglo XVII La insolvencia o las necesidades extraordinarias (dotes, viudez, etc.) motivaron las primeras divisiones de las haciendas más rancias.
En general, la falta de oportunidades productivas en la tierra se tradujo en una baja demanda. Tan sólo hasta entrado el siglo XVII se crearía un mercado de tierras significativo.
En el cuadro estadístico reconstruido a partir del Archivo Carrasquilla puede verse que el mercado de tierras muestra una especial animación a partir del siglo XVII De toda la historia de la tenencia de tierras es el período con mayor cantidad de transacciones y con el más alto promedio anual.
Desde luego, las tendencias en la movilidad territorial están conectadas con tendencias generales que tienen que ver con los ciclos de la economía minera; no obstante, existen determinantes regionales. Una de ellas es la pérdida de rentabilidad de las encomiendas y, al ser los encomenderos los principales tenedores, se configura una situación bastante favorable a la divisibilidad o a la venta de tierras.
En esta época de iliquidez el comprador no podía pagar el total del precio. Como resultado, casi cualquier transacción era mediada por una deuda “a censo”, en virtud de la cual la tierra quedaba hipotecada a un tercero o al comprador mismo.
Antes de 1740 las haciendas transadas incluían como anexo y beneficio de la misma el acceso a trabajo indígena que por usanza o costumbre podía seguir disfrutando.

Después del período de gran movilidad en la tierra, que se extiende entre los años 1600 y 1660, sigue un período de estancamiento en el cual prácticamente se paraliza el mercado. Este lapso se prolonga por más de un siglo (1660 1770) para volver a tomar vuelo en la tardía Colonia.

jueves, 6 de septiembre de 2007

¿Qué está cocinando Chávez?

LA COLUMNA DE OPINET
El viernes pasado, Hugo Chávez llegó con ínfulas de pontífice a 'solucionar' los problemas de Colombia. Es tanta nuestra desesperación, nuestro desasosiego, y tan grande el deseo sano y sincero de que los secuestrados retornen a sus hogares, que no reparamos en antecedentes, sino que lo recibimos como si fuera Juan Pablo II. Igualmente, a Piedad Córdoba la ven algunos como sor Teresa de Calcuta, cuando hace apenas unos meses estaba despotricando de la democracia colombiana en México, cuando ha desprestigiado al Gobierno en cuantos escenarios ha podido y cuando, en general, ha sido desleal en el combate político.

De Chávez, de Córdoba y ni siquiera de Sarkozy se puede esperar nada bueno. Esto no lo están haciendo por humanitarismo. Uribe, como buen domador de caballos, sabe que no hay lugar para confiarse demasiado. De hecho, el mundo entero se está preguntando cómo es que le permite al vecino colarse hasta la cocina cuando existen entre ellos diferencias ideológicas abismales.
Y es que no hay que creer en casualidades y en la posición de los astros para discernir cómo se llegó a que sea precisamente Chávez quien intervenga en este enojoso asunto, cuando su relación con las Farc es más que evidente y cuando Uribe ha sido su gran escollo para meter las narices en el único país de la región que le ha sido esquivo y que constituye su gran objetivo -como bien dice Alan García- en pos del delirio 'bolivariano'.
Este hecho inconcebible equivale a la intromisión de un presidente soviético en Estados Unidos en plena guerra fría, o viceversa. Claro que si se llegó a ese extremo es precisamente porque no hubo de otra: los secuestrados son un arma política muy poderosa y las gentes llanas son olvidadizas, emotivas e ingenuas. De ahí que para cualquier gobierno, por popular que fuera, sería un golpe de gracia que Hugo Chávez recibiera a Íngrid Betancourt de manos de los facinerosos para entregársela a la mujer de Sarkozy. Eso es lo que estaba cocinado cuando Patricia Poleo lo destapó. ¿Qué de raro tendría, si los montajes en el gobierno de Chávez son un recurso habitual?
Somos tan inocentes que el mismo Chávez ha admitido que en los últimos días ha recibido varias comunicaciones de la guerrilla y a nadie le ha parecido extraño, a pesar de estar acostumbrados a sus prolongadas dilaciones y a tortuosos silencios. Hasta el más serio analista consiente que las comunicaciones en las Farc son lentas por diversas razones, pero con Chávez hay línea directa o, simplemente, un libreto convenido. Y ambas opciones son una mala señal.
Es fundamental preguntarse qué gana cada quién con esta 'mediación'. Qué gana Colombia. Qué gana Chávez. Qué gana Sarkozy. Qué ganan las Farc. Qué gana Piedad. Y qué pierde el Gobierno, porque no cabe duda de que todo esto ha sido urdido para propinarle un revés que, por supuesto, terminaría siendo una derrota para todo el país.
Lo único que Colombia ganaría sería la justa liberación de unos mártires, a quienes no se les puede condenar a más sufrimiento a costa nuestra, pero esa será la primera cuota de más secuestros políticos para desacreditar la Seguridad Democrática y sacudirse de las fuerzas legítimas del Estado, que ahora sí se les metieron al rancho. Que lo digan 'Carlos Lozada' y el 'Negro Acacio'.
Chávez se instalará en el santoral de la política colombiana como líder natural del mamertismo 'democrático'. Pastrana fue elegido por menos: un reloj barato en la muñeca de 'Marulanda'... Por su parte, Sarkozy afirmará su pragmatismo y su protagonismo internacional. Les venderá armas a Venezuela y a las Farc -igual que se las vendió a Gadafi por liberar a seis enfermeras búlgaras que valen menos politicamente que Íngrid- y tal vez indulte a Vladimir Illich Ramírez, alias el 'Chacal', primo hermano del presidente de PDVSA y héroe nacional del chavismo.
En fin, es demasiado lo que está en juego y a la receta le falta un grado para ser veneno.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

La ganadería en la Colonia


A pesar de la marcada preferencia de los españoles por la ganadería frente a la agricultura, la producción de carne en la Sabana fue insuficiente durante todo el período colonial para abastecer la demanda de Santafe.
Las condiciones favorables de la Sabana no fueron suficientes para incentivar una ganadería apreciable. Los bajos requerimientos de mano de obra y la existencia de grandes extensiones con pastos, también en abundancia, no alcanzaron a contrarrestar las condiciones adversas del mercado.
Adicionalmente, merece destacarse la tendencia cultural del español hacia la ganadería. A los ojos peninsulares la ganadería tuvo siempre un prestigio mayor que la agricultura, oficio manual propio de plebeyos y moros.

Durante toda su historia Santafé tuvo que apelar a la importación de ganados de la provincia de Neiva y más específicamente de Timaná. No obstante, este problema se agudizó porque muy pronto las provincias empezaron a mostrarse renuentes a venderle carne a Santafé. Otro factor que también afectó seriamente la producción ganadera en la Sabana fue el control de precios, que en muchas ocasiones se mostró tan rígido e inflexible que desalentó la producción.

La inclinación española hacia la ganadería se concentró en la cría de ovejas. No olvidemos que desde mucho antes del descubrimiento de América la cría de ganado lanar fue probablemente la línea más rica y próspera de la economía peninsular. Este fenómeno tuvo una clara razón de ser. Los avances y retrocesos propios de la lucha secular de los cristianos españoles contra los invasores moros constituían un factor desestimulante para las labores agrícolas, debido a que quien las emprendía estaba corriendo el grave riesgo de tener que ceder al enemigo, en virtud de los azares de la guerra, sus cultivos y cosechas.
Por el contrario, el ganado ovino permitía a sus propietarios una extraordinaria movilidad que los ponía a salvo de los ya descritos peligros que acechaban al agricultor. Estos elementos explican la pujanza y la prosperidad que alcanzó la producción de ganado lanar en España, y especialmente en Castilla, donde la Mesta (nombre que se le dio a la agremiación de grandes criadores de ganado ovino) fue sin duda alguna el más poderoso grupo económico de la península.

En la Sabana se extendió notablemente la cría de ovejas, pues además de los bajos requirimientos de mano de obra permitía utilizar un subproducto bastante importante: la lana.
Este
producto fue introduciéndose como materia prima de los tejidos poco a poco, de manera que logró extenderse y crear un cambio radical en la vestimenta indígena y mestiza. Reemplazó el algodón como materia prima, y a la manta por la ruana de lana. Así fue creándose una difundida demanda que permite entender el predominio de las actividades ovinas sobre las vacunas. Además, la utilización de la lana permitía circunvalar el principal obstáculo de la ganadería vacuna, es decir, el control de precios que actuó como depresor de la actividad.

jueves, 30 de agosto de 2007

La cueva de Alí Babá

LA COLUMNA DE OPINET
El Congreso de la República, la institución insignia de nuestra democracia, sigue siendo la perdición de la misma y la más clara muestra de que el Gobierno quiere pero el Estado no deja. El Congreso sigue siendo el epicentro de la corrupción política como lo demuestran las últimas denuncias y como se pone de manifiesto ante la permanente falta de interés por modificar las irregularidades que tanto molestan a los colombianos en general. A fin de cuentas, este es uno de esos casos en que los ratones están ‘cuidando’ el queso.
Todavía estaban frescas las denuncias de sobrecostos en la compra de computadores portátiles para los miembros de la Cámara de Representantes en 2006, cuando el representante José Fernando Castro Caycedo denunció el sobrecosto de 1.359 millones de pesos en la compra de camionetas blindadas y más recientemente se conocieron las irregularidades en la adquisición de equipos del canal de televisión del Congreso.
Pero el asunto no para ahí. Al costoso túnel subterráneo que une el Capitolio con el edificio nuevo del Congreso se le atribuyen fallas de diseño que hacen que muchos congresistas no lo usen, y recientemente se construyó un ‘oratorio’ que no tiene justificación alguna. Y, a pesar de tan nefastos antecedentes, en el Plan Nacional de Desarrollo 2007-2010, los congresistas aprobaron la construcción de una nueva sede del Congreso, aunque no se sabe cuándo se vaya a ejecutar o si apenas se quede en el papel.
Pero no todo es cuestión de chanchullos y corrupción. En todo el país causó gran malestar que apenas una docena de parlamentarios se hubieran tomado la ‘molestia’ de escuchar a las víctimas de la violencia que acudieron en días pasados a hacer visibles sus angustias y las injusticias de que han sido objeto. Algunos críticos le metieron tinte ideológico al asunto al afirmar que el recinto sí estuvo colmado cuando asistieron a una plenaria Salvatore Mancuso y otros comandantes paramilitares, pero olvidaron que también hubo lleno hasta las banderas el día que se presentó el cabecilla del ELN Francisco Galán.
La gran verdad de esto es una sola: el ausentismo es vergonzoso y en esa corporación se está haciendo cualquier cosa excepto trabajar. Desde el 20 de julio pasado, cuando se instaló la actual legislatura, se han radicado más de 100 proyectos de ley y no se ha aprobado ninguno. Ninguna de las comisiones de las dos cámaras ha cumplido más de siete debates y los veremos en diciembre aprobando micos y saludos a la bandera sin la menor discusión, a pupitrazo limpio.
Los peores vicios están a la orden del día en el Congreso. Es degradante que entre los mismos ‘Padres de la Patria’ se peleen por las oficinas como se pelean por hacer parte de las comisiones más apetecidas y por los puestos directivos de las mismas. Sobra decir que las presidencias y vicepresidencias de ambas cámaras se negocian como si fueran mercancía. Dentro del edificio del Congreso también hay robos de los comunes —no sólo los de ‘cuello blanco’— y se ha denunciado hasta venta de estupefacientes.
Es una vergüenza el que los congresistas tengan un sueldo superior a los 17 millones mensuales y derecho a 20 millones más para conformar la Unidad de Trabajo Legislativo, que no es otra cosa que un grupo de hasta diez expertos que le hacen las tareas al patrón, con el agravante de que muchos de ellos tampoco trabajan. A eso se le suma un fabuloso auxilio de vivienda para los parlamentarios de fuera de Bogotá —que son casi todos—, una subvención para comprar pasajes aéreos y viajar cada semana a sus regiones, ya que el Congreso sólo ‘trabaja’ de martes a jueves, y carro oficial que termina siendo usado hasta en paseos familiares.
Y estos señorones, que legislan para su propio beneficio, practican un oprobioso carrusel en el que delegan su curul a socios políticos por unos pocos meses para que opten a la pensión de congresista sin que la única heroína de esta historia, la directora del Fondo de Previsión Social del Congreso, Diana Margarita Ojeda —que ya ha ido a la cárcel por negarse a pagar pensiones fraudulentas—, pueda evitarlo.
Con todo, hay mucha gente preocupada dizque por el “régimen mafioso” que se tomó al país por la influencia de los paramilitares en la política. Pero no, es al contrario, y es peor, es que la política (con minúsculas) se tomó al paramilitarismo y lo pudrió.

miércoles, 29 de agosto de 2007

Agricultura y producción


Las condiciones agronómicas de la Sabana en la época de la Conquista no eran tan óptimas como hoy se piensa. La agricultura se vio constantemente afectada por los ciclos climáticos y sus fuertes contrastes, dentro de los que alternaban las sequías con las inundaciones, en grave detrimento de cultivos y cosechas. Estos factores, unidos a un muy bajo drenaje del suelo sabanero, fueron fatídicos tanto para la agricultura muisca como para la española. A estas razones habría que agregar el largo período de cosecha y los problemas con las heladas. Existen referencias documentales sobre el temor y el daño que ocasionaron las heladas sabaneras a los muiscas. La agricultura de gran altitud, en términos generales, ha limitado la densidad poblacional y el nivel de realización de las culturas que sustentan.
Los muiscas, a pesar de tener una gran variedad de cultivos totalmente adaptados a las condiciones, no desarrollaron toda su agricultura en la Sabana. Para enfrentar los problemas agronómicos de esta zona construyeron terrazas de cultivo y zanjas de desagüe. Existen también indicaciones de que el maíz lo cultivaban en camellones. Pero los muiscas no llegaron a construir grandes obras de infraestructura. Las carencias tecnológicas y la falta de una centralización política los limitaron en este aspecto. La solución adoptada para enfrentar estas dificultades fue la consolidación de una agricultura bien integrada en diferentes climas. Los muiscas habitaron un mosaico de nichos ambientales, desde los climas cálidos hasta los paramos.
El pueblo de Bogotá, por ejemplo, tenía tierras en el Valle de Tena en donde cultivaba maíz, frutales, plátanos, caña, ají, ahuyama y patata. Establecieron, de esta forma, lo que los antropólogos llaman un control vertical de los pisos térmicos. Un sistema que hace complementarios los cultivos y esfuerzos, dando por resultado una amplia gama de frutos y la capacidad de producir excedentes alimenticios.
Muy poco tiempo después de su advenimiento, los españoles introdujeron en la Sabana los cultivos propios de sus tierras. El clima de la Sabana permitió desarrollar la agricultura de cereales, base de la dieta hispana. El español promedio que llegó a nuestro país provenía de la zona mediterránea cuya alimentación se basa en los cereales panificables, los vegetales de huerta, las legumbres secas, el aceite, el vino y la carne de carnero.
Por otra parte, además de las semillas, trajeron animales útiles que eran desconocidos en estas tierras. Quesada trajo los caballos, Belalcázar los cerdos y Federman las gallinas. Pero fue el conquistador Jerónimo Lebrón el que introdujo en grande las más importantes innovaciones en materia agrícola, puesto que trajo semillas de garbanzo, trigo, cebada, cebolla, fríjol y arveja en grandes cantidades. Por supuesto, se siguieron adelantando los cultivos americanos tales como maíz, papa, yuca, ahuyama, hibias, cubios, ají, aguacate, plátano, etc. La dieta urbana, en consecuencia, adquirió una gran variedad al superponer los productos españoles con los nativos. Los indígenas siguieron otorgando en su alimentación diaria una notable preferencia por sus alimentos atávicos. De ahí que en una crónica fechada en 1610 se decía que “los indios, teniendo turmas y maíz, tienen todo el sustento necesario”.
Los indígenas asimilaron muy rápido el conocimiento y manejo de los nuevos cultivos, así como el manejo y cuidado de los animales que antaño desconocían (caballos, vacunos y ovejas). A su vez, aportaron su profundo conocimiento de las tierras y de los ciclos climáticos.
La más trascendental innovación de la tecnología agrícola europea fue la sustitución de los rudimentarios instrumentos indígenas de piedra y de madera por los metálicos. Los españoles trajeron hachas, arados, barretas, azuelas, palas, azadones, hoces y harneros metálicos. La contribución más valiosa fue sin duda alguna el arado metálico con rejas a manera de rastrillo. Hay un ejemplo que resulta particularmente ilustrativo: la tarea de cortar un árbol de tallo grueso con hacha metálica se hacía en la décima parte del tiempo requerido con hacha de piedra.
Después de la revolucionaria introducción de las herramientas metálicas transcurrió algún tiempo durante el cual las faenas agrícolas siguieron dependiendo exclusivamente de la energía humana hasta ya entrado el siglo XVII, cuando vino el valiosísimo aporte de la energía animal.
La tecnología agrícola introducida por los españoles no varió sustancialmente durante todo el período colonial. Su adopción social fue un proceso lento y restringido. Desde luego, las herramientas eran costosas y escasas. No fue una tecnología ampliamente distribuida. La introducción a los niveles inferiores fue lenta. Los indígenas siguieron empleando sus herramientas tradicionales pero aprendieron a usar otras técnicas por el trabajo en las haciendas.
Pero pese a todas estas dificultades, la implantación de la nueva tecnología permitió una utilización mucho más intensiva de la tierra hasta el punto de que se llegaron a obtener en la Sabana dos cosechas en el año.
La primera cosecha de trigo se dio en las cercanías de Tunja en 1543. El cultivo de la cebada fue un poco más tardío. Paralelamente con los primeros cultivos de trigo vino la construcción de molinos para el abastecimiento de harina y la consecuente producción de pan. Según las crónicas, fue Doña Elvira Gutiérrez, esposa del conquistador Juan Montalvo, la primera persona que en Santafé produjo pan de trigo en un horno rudimentario. A medida que los caminos fueron mejorando lentamente, en la misma forma se fue intensificando el empleo de caballos y mulas y disminuyendo el de indios para el transporte de pasajeros y carga, especialmente en los viajes hacia el Magdalena.

Lo corriente durante el siglo XVII era un uso mixto del suelo: agricultura y ganadería. En orden descendente de importancia, los principales cultivos eran trigo, maíz, cebada y papa. En ganadería, y en el mismo orden, las principales crías eran ovejas, vacunos, cerdos y cabras.

lunes, 20 de agosto de 2007

Economía regional y urbana


Para los conquistadores y en general para el español post medieval, la posesión de la tierra tenía otros significados más poderosos que el puramente económico. En ella estaban involucrados el rango social, la categoría personal y otros privilegios que implicaba dicha posesión. Para los conquistadores de primera hora que llegaron a la Sabana el poblamiento propiamente dicho tuvo una importancia secundaria.
Gran parte de ellos prefirió continuar las incursiones de conquista y la vida azarosa en búsqueda de tesoros y metales preciosos. Otros pocos, sin embargo, prefirieron orientarse hacia una vida sedentaria poblando la tierra, usufructuando estancias y la adjudicación de indios para las encomiendas.

El proceso económico en las fases de Conquista y Colonia podría sintetizarse, según la modalidad económica dominante, en las siguientes tres etapas:

1) Expediciones de conquista y búsqueda intensa de metales preciosos (hasta 1550).
2) Encomienda fundada esencialmente en mano de obra indígena (hasta 1600). Y en menor grado minería de plata. (Las Lajas, Mariquita).
3) Estancias , haciendas y comercio (a partir del siglo XVII).


La tierra se asignaba en forma de mercedes adjudicadas por las autoridades. En la primera fase fueron los encomenderos, es decir, los que recibieron repartimientos de indios, quienes por lo general recibieron las mercedes de tierra. Desde un punto de vista legal, la asignación de encomiendas no daba derecho sobre las tierras.
De manera enfática, la Corona quiso separar el control sobre los indios de la soberanía territorial. Sin embargo, la parte básica del proceso de apropiación de la tierra siguió, como en muchos otros aspectos, un curso extralegal de facto, en beneficio del principal poder local: la encomienda.
Finalizando el siglo XVI, hacia 1590, las mejores tierras de la Sabana estaban asignadas. Quiere ello decir que en un período de cincuenta años la composición básica de la tenencia de tierras estaba virtualmente definida. Empero, la concesión de mercedes alcanzó a extenderse hasta la tercera década del siglo XVII

A partir de 1592 con la pérdida de hegemonía social por parte de los encomenderos y con la afirmación del poder del Monarca, se le quita al Cabildo su potestad en la asignación de tierras. Desde esta fecha hasta 1640 hubo cambios en las condiciones para otorgar tierras.
Existían un conducto regular y un funcionario, que dependía de la Audiencia y del Presidente. Por otra parte se produjo un cambio de gran importancia consistente en el tamaño de las mercedes, es decir, la unidad de área para asignar (estancia de ganado mayor) se redujo en 12.5 veces. Además se puso en vigencia un número mayor de requisitos y controles administrativos para la adjudicación de tierras.
La petición de merced se hacía al Presidente y éste, a su vez, utilizaba como oficiales de campo a los corregidores para una labor de inspección sobre el terreno a entregar. Esto no excluía la posibilidad de manipular la decisión. Los documentos muestran casos de soborno. Esta situación señala la influencia que en este campo se ejercía en los niveles inferiores. Cuando la decisión dependía del Cabildo, las conexiones directas de la élite contaban decisivamente. Ahora, con la existencia de una mayor diversidad social, otros estratos blancos podían acceder a la tierra.

Para fines del siglo XVI se hizo un intento con motivación fiscal por revisar y sanear los títulos de las tierras. Como una buena parte de éstas permanecían bajo posesión y sin títulos de merced, y, como todas las tierras eran de la Realeza, se pensó en cobrar una tarifa que permitiera legalizarlas. A pesar de las expectativas y del realce que se le ha dado a la medida (Liévano Aguirre la llamó la “primera reforma agraria”), sus resultados fueron bien pobres.
La Corona no recibió lo que esperaba en términos fiscales, y la tenencia de la tierra no se afectó.
Entre 1595 y 1602, época durante la cual se efectuaron los pagos de las composiciones a la Caja Real de Santafé, ingresaron por este concepto un total de 13.000 pesos oro. Cifra bien pobre puesto que en comparación con los ingresos por Requinto impuesto recién estatuido es bastante inferior. Ante la ausencia de medios coercitivos por parte del poder colonial, la composición se volvió casi una acción voluntaria. La Corona no estaba en condiciones de comprar las propiedades no legalizadas, ni podía obligar a los ocupantes a pagar. Pocas estancias y haciendas se acogieron a la figura de la composición y las que lo hicieron aportaron sumas insignificantes.
En 1600, cuando llegó el visitador Egas de Guzmán, el oidor Henríquez propuso que las tierras cuya posesión no pudiera ser correctamente justificada se vendieran en pública subasta con el fin de brindar la posibilidad de poseer tierra a otros estratos sociales como comerciantes, medianos agricultores y funcionarios de distintos niveles de la burocracia.
Lo que sí hizo esta serie de visitas fue poner de presente una nueva realidad en cuanto a la tenencia de tierras: la tierra de la Sabana empezó a tener valor y a adquirir movilidad a partir del siglo XVII. Se convertirá, a partir de esta época, en el principal recurso y alrededor de ella se ordenará la vida económica y social de Santafé.
En el siglo XVIII hubo algunos conatos reformistas. Se dio el importante paso de nombrar un “juez de tierras” para revisar títulos y resolver todo tipo de litigios y problemas. En 1724, y más tarde en 1754, se realizaron intentos por revisar y limpiar los títulos. El enfoque, sin embargo, fue predominantemente fiscal.
A la precariedad legal de la posesión se sumó la imprecisión de los linderos que separaban unos predios de otros. Se aceptaba tácitamente que el mejor mojón era el consenso entre los vecinos. Sin embargo, esto no siempre ocurría y por lo tanto proliferaban los pleitos y querellas entre propietarios.

Fuera de estos intentos por afectar la tenencia de tierra, no se conocen otras acciones efectivas por parte de la Corona. En general, la estructura de propiedad del suelo pasará por una ocupación de hecho en la cual la acción del poder colonial y de las leyes tan sólo podrá refrendarla pero no cambiarla.