sábado, 6 de enero de 2007

La colonia en el Siglo XVII


En el siglo XVII, España, tocada ya por la corriente del Renacimiento pero conservando un gran caudal de tradiciones medievales, tenía poco tiempo de haber surgido como nación unificada y empezaba, con su expansión en Europa y con el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, a convertirse en una gran potencia.
Su posición de baluarte de la Contrarreforma le había valido la bula en la cual el papa Alejandro VI le concedía la mejor parte de los territorios de ultramar. La tarea de arrancar del paganismo a sus habitantes se presentaba ante sus ojos como una extensión de las Cruzadas y de sus propias guerras contra los moros, reforzando el concepto que hacía del rey de España el brazo defensor del catolicismo.
Durante la Colonia, la Iglesia adquiere amplio poder político, económico y social. La administración de las extensas posesiones adquiridas por las diferentes órdenes desde la Conquista, dirige la actividad eclesiástica hacia este campo, disminuyendo la labor evangelizadora. Sus ocupaciones principales en estos años son administrar la red de conventos, monasterios e iglesias recientemente fundadas; procurar el ingreso de nuevos miembros a las comunidades y explotar sus haciendas y talleres artesanales.
La prosperidad así ganada, sumada a la riqueza personal de muchos de los sacerdotes y religiosas que ingresaban a las comunidades, hizo de los edificios religiosos lugares de bienestar y comodidad, no exentos de lujos mundanos. La iniciativa de estas fundaciones no partía, sin embargo, de las órdenes religiosas, sino de algunos miembros de la sociedad con suficientes rentas como para perpetuar los conventos a través de los siglos. Los fieles devotos se encargan, pues, de enriquecer el patrimonio artístico y religioso de los numerosos conventos e iglesias; surgen talleres encabezados por artistas notables o familias enteras de ellos, como los Figueroas, los Acero de la Cruz y los Fernández de Heredia, entre otros, quienes atienden múltiples encargos.
Los numerosos conventos femeninos se enriquecieron, además, con las dotes en dinero, altares, cuadros, retablos y alhajas con los que los protectores de las religiosas honraban a la Iglesia. Así, por ejemplo, el arzobispo Arias de Ugarte dotó de rentas suficientes a veinticuatro religiosas, doce de ellas criollas y doce descendientes de conquistadores. La Fundación se hizo con tres monjas parientas del fundador, quienes cambiaron el hábito de carmelitas por el de Santa Clara y pasaron de uno a otro convento en una solemnísima procesión en la que participaron todas las autoridades civiles y eclesiásticas de Santafé, desde miembros de la Real Audiencia, canónigos y comunidades religiosas, hasta las últimas cofradías.
Posteriormente, el convento y la iglesia se fueron enriqueciendo con numerosas donaciones de devotos y familiares de las religiosas. Igualmente, a comienzos del siglo XVII, doña Elvira Padilla, dama adinerada y dos veces viuda, fundó el monasterio de San José de las Madres Carmelitas Descalzas, con sólo cuatro religiosas, entre ellas dos de sus hijas. Otro grupo de personajes tomó la iniciativa de fundar un convento para las hijas y nietas de los conquistadores y construyó el claustro y la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción. El oro se convirtió en símbolo del poder, tanto temporal como espiritual, y los devotos cubrieron con él los retablos y altares que enriquecieron los templos.
La Iglesia ejerce también un dominio absoluto en el campo de la educación. Todos los centros de enseñanza de la Nueva Granada, desde las escuelas de gramática hasta las universidades, están a cargo de eclesiásticos, especialmente dominicos y jesuítas, quienes aplican rigurosamente las disposiciones dictadas por el Concilio de Trento en materia educativa. De esta manera, el tipo de educación que recibe la sociedad criolla está determinado también por la ideología de la Contrarreforma.
L
a cultura renacentista europea se trasplanta a las universidades y colegios del Nuevo Reino, siguiendo los modelos españoles, entre los cuales Salamanca es el principal. Al mismo tiempo, entre el resto de la población, y sobre todo a través de la evangelización, se impone un tipo de tradición medieval reflejada en la vida conventual, austera y aislada, que caracteriza a la ciudad desde finales del siglo XVI.
Al finalizar el primer tercio del siglo XVII, empiezan a formarse en Santafé grupos de intelectuales que desenvuelven manifestaciones culturales propias. Están integrados por cronistas, poetas, humanistas y también por los primeros pintores, todos ellos formados en los colegios y universidades recientemente fundados (San Bartolomé, Santo Tomás y Nuestra Señora del Rosario, entre otros).
En 1620, según fray Pedro Simón, la ciudad contaba con unos tres mil vecinos. Hacia 1666, Lucas Fernández de Piedrahíta anota: "Los vecinos españoles que la habitan son más de 3.000 al presente, y hasta 10.000 indios poblados los más en lo elevado de la ciudad que llaman Puebloviejo y en otro que' tiene al norte y llaman Pueblonuevo". Por vecinos se entendía entonces a los españoles con solar y casa propios, así los solteros mayores de edad, como los jefes de hogar con sus familias. No se incluía en estos censos a los indígenas del servicio doméstico, a las mujeres ni a los niños.
La ciudad ha adquirido ya los rasgos esenciales que la caracterizarán y que se conservarán invariables durante dos siglos. Los cambios han sido lentos pero profundos. A pesar de ser una época de crisis ocasionada por el descenso de la población indígena y por la decadencia económica, el sistema colonial se estabiliza. Santafé se ha convertido ya en el principal centro no sólo administrativo sino cultural del Nuevo Reino y, a pesar de su escasa población, es escenario de una considerable actividad literaria y artística, superando ya definitivamente a Tunja.
Predominan los prejuicios sociales, y la discriminación entre los grupos es muy marcada. Una gran distancia separa a las clases populares, sumidas en la miseria, de la minoría blanca, constituida por los españoles y criollos, y a éstos entre sí.
Al rudo conquistador le han sucedido el refinado criollo y los peninsulares llegados para "hacer la América". Superior es el español, considerado de linaje puro por su cultura y propósito evangelizador; por esta razón tiene acceso al comercio, y los altos cargos civiles y eclesiásticos son su privilegio exclusivo. Los "oficios plebeyos", o trabajos manuales, están destinados casi siempre a los criollos menos favorecidos, y la condición más humilde, como encomendado, peón o mitayo, corresponde al indígena.
En el acceso a la educación opera también la discriminación social y racial. Sólo tienen acceso a los colegios y universidades los que puedan probar la "limpieza de sangre" y que ni el estudiante ni sus padres han desempeñado oficios bajos. Las únicas profesiones existentes para "los limpios" son la jurisprudencia y la carrera eclesiástica. Quienes no poseen encomiendas o haciendas o no pueden aspirar a alguno de los escasos cargos burocráticos, ingresan a la vida eclesiástica. Debieron ser numerosos los criollos que por tal motivo se refugiaron en los conventos. Sabemos, por ejemplo, que en la familia de los Figueroas cincos hijos de Baltasar El Viejo y dos de los hijos de Gaspar fueron eclesiásticos; de los seis hijos del oidor Pedro Fernández de Valenzuela, cinco fueron religiosos, y en la familia de Domínguez Camargo, escritor de la época, cuatro de los cinco hijos se dedicaron a la vida conventual.
La distribución de la ciudad obedece también a la marcada división social. La corona, como dueña absoluta de los territorios descubiertos, tuvo en la tierra el más inmediato y codiciado recurso económico, para recompensar las faenas de los colonizadores, y su reparto contribuyó a acentuar la discriminación.
En la adjudicación de los solares en Santafé se tomaron en cuenta, para conceder favores, la topografía, la cercanía de la iglesia, la vecindad a la plaza y las distancias de las fuentes de agua y leña. Los pobladores más codiciosos apoyados en este imperio, se las arreglaban para ocupar las zonas más susceptibles a la valorización; las restantes quedaban para los subordinados.
Santafé, como las demás ciudades coloniales, tuvo como centro la plaza mayor. Alrededor de ella se situaron los edificios administrativos y judiciales; la Real Audiencia; los colegios, universidades, conventos y monasterios principales; los cuarteles y los domicilios de los ciudadanos distinguidos. Eran edificios de gruesos muros de adobe y techos entejados, con ornamentaciones y escudos de armas hechos de piedra; de uno o dos pisos, construidos en torno a patios interiores, y que tenían algo de cárcel y de monasterio. Este era el ámbito privilegiado de vecinos notables, como oidores, obispos, bachilleres, capellanes y notarios, citados con frecuencia en documentos de la época, con ocasión de ascensos burocráticos, venta de tierras, matrimonios o deudas y rencillas personales. Allí se construyeron, entre otros, el colegio de San Bartolomé, el de Nuestra Señora del Rosario y los conventos e iglesias de Santo Domingo, Santa Clara y la Concepción.
E
n los alrededores habitaban los españoles de menor categoría y algunos criollos considerados como prósperos. Era el espacio de los burócratas y de los comerciantes menores; de los maestros artesanos en carpintería, herrería, pintura, orfebrería y platería; de los sastres, zapateros y barberos. Muchos de ellos habitaron en el barrio de las Nieves, también llamado de los gremios. Los indios y mestizos ocupaban chozas miserables en los aledaños de la ciudad. Sobrevivían apenas, marcados por la destrucción de sus antiguos patrones culturales y por los intentos de aculturación parcial o total por parte de la Iglesia.
E
l aislamiento en que vivió Santafé durante la época colonial se debió en gran parte a su localización geográfica. Situada a gran distancia del mar y en medio de imponentes obstáculos, el viaje desde el litoral hacia la capital de Nuevo Reino se apoyaba en la navegación por el río Magdalena, arteria central de las comunicaciones, que imponía itinerarios lentos e indefinidos, así como incomodidades y peligros. Una vez salvadas las dificultades y contratiempos que implicaba el viaje fluvial, quedaba un último obstáculo antes de llegar a Santafé: escalar la cordillera por caminos escarpados y resbalosos. Emprender el ascenso por esa vía era para los viajeros empresa heroica. Los lugares por donde debían pasar quienes tomaban esta ruta, partiendo de Cartagena de Indias, eran Mompox, San Sebastián de Mariquita (nombre inicial del puerto de Honda), Guaduas, Villeta, Facatativá, Fontibón y finalmente Santafé.
La otra vía de comunicación con que contaba la capital era el llamado Camino a Tunja, vía central durante el descubrímiento y la colonización. Partía de Santafé con dirección a; las salinas de Zipaquirá y Nemocón, pasaba por Tunja, Sogamoso, Vélez, Pamplona, y contaba con derivaciones hacia los pueblos entregados en encomienda a los conquistadores.
El diseño de la ciudad estuvo condicionado en gran parte por la naturaleza. Así, limitaba por el norte con el río Vicachá o San Francisco y por el sur con el río San Agustín o Manzanares; al oriente con la actual carrera 5a., o sea a la altura en que la falda del cerro acentuaba su pendiente. La actual carrera 10a. fue el lindero occidental de la fundación; allí el terreno presentaba un barranco o quiebre profundo, formado por la acción de las crecientes impetuosas del río San Francisco, que al llegar a terreno plano se explayaban causando erosiones.
Los barrios tomaron el nombre de la iglesia o parroquia a la que pertenecían. A partir de 1598, la ciudad quedó dividida en tres parroquias y, para la administración civil, en cuatro barrios: Santa Bárbara al sur, la Nieves al norte. San Victorino al occidente y la Catedral al centro. Esta sectorización, primera que tuvo la capital, perduró varios años.
Bogotá fue sobre todo una ciudad de iglesias. Se dice que a los viajeros que la visitaron hasta muy avanzado el siglo XIX les sorprendió siempre la cantidad de iglesias y el tamaño de los conventos de la ciudad, comparados con el resto de las edificaciones y con el reducido vecindario.
La vida cotidiana trascurría entonces en torno a la religión. Los solemnes servicios y las procesiones con motivo de celebraciones civiles o eclesiásticas, eran casi los únicos acontecimientos que alteraban la monotonía de la ciudad. A fines del siglo XVII, la capital poseía unas veinte iglesias, sin contar las doscientas capillas y oratorios en casas particulares, mencionadas por Fiórez de Ocariz en 1676, ni los numerosos santuarios construidos con aportes de la feligresía.
Algunos se conservan todavía, otros fueron destruidos, sólo nos queda imaginar cómo fueron y en qué medida marcaron el carácter de la ciudad.
1623. Alinderamiento y tenencia del área correspondiente a la plaza de San Francisco según los datos siguientes: En fecha anterior al mandato expedido en 1572 por Venero de Leiva había asignado el Cabildo a Cristóbal de San Miguel, «un pedazo de tierra contiguo y por encima del puente del río San Francisco que comprende la plazuela de San Francisco». Se quiso expresar que el puente estaba incorporado a la plazuela para el servicio de la misma; los interesados en la ampliación del solar sostuvieron que el giro «que comprende la plazuela» se aplicaba al solar, es decir que la plazuela estaba comprendida como “pedazo de tierra”, Tras una serie de traspasos por herencias, ventas y donaciones vino a quedar todo el predio en manos de los franciscanos quienes atenidos a la interpretación favorable a sus intereses sostuvieron el derecho de legítimos dueños de la tierra «que comprende la plazuela», derecho que les fue acordado sin tener en cuenta el mandato de Venero de Leiva. Y para ratificar el dominio «pidieron al superior gobierno de este Reino el que se midiere y alinderare la memorada tierra y de ella se formase un cuadro a modo de plazuela». El 3 de noviembre de 1623 dos maestros alarifes ejecutaron oficialmente la petición. De este modo, en fecha tardía, tomó forma geométrica el piso de esta plazuela, que por su origen es la más antigua de Bogotá. Los padres franciscanos cancelaron por escritura pública, fechada el 31 de octubre de 1760, el supuesto derecho de propiedad sobre esta área tan vinculada a la historia urbana de la Capital y hoy uno de sus lugares más concurridos.
1631. Al crecer el vecindario santafereño se presentó la necesidad de ensanchar el cementerio que venía ocupando el frente de la catedral. Esa empresa la acometió en ese año el Arzobispo don Bernardino de Almanza. Enterado de esa obra don Sancho Girón, presidente del Nuevo Reino, se opuso alegando que la ampliación estorbaba el paso. Tal actitud suscitó diversos sucesos y perturbaciones públicas, pero la iniciativa culminó con la ocupación de casi todo el frente de la cuadra sobre la plaza. El nuevo camposanto fue aderezado, para separarlo de la vía pública, con una baranda de ladrillo reforzada con pilares en piedra, rematados con una esfera sobre base piramidal. Este arreglo confería al lugar un ambiente fúnebre y tenebroso que exaltaba las mentes supersticiosas y restaba a la plaza su carácter eminentemente mundano. El presidente Egues Beaumont, consciente de tal incoherencia, hizo quitar en 1662 la balaustrada, ordenó levantar el terreno hasta el nivel del piso de la catedral y mandó poner un enlosado y gradas de piedra. Surgió así una espléndida terraza o balcón sobre la plaza, al que los santafereños dieron el nombre de “altozano”.

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