lunes, 15 de enero de 2007

Sucesos Historicos - Siglo XIX -


1803. Santafé de Bogotá adoleció a lo largo de su historia de los necesarios recursos económicos para atender los servicios públicos de su recinto urbano. Los vecinos del barrio de San Victorino, por ejemplo, ansiosos del servicio de agua acudieron al Cabildo en 1680 con la petición de una fuente publica en su plaza, y apenas en 1803 fueron atendidas tan justas aspiraciones. El 22 de agosto de este año se bendijo y dio al servicio la pila instalada en la plaza. Bajo la dirección del capuchino fray Domingo de Petrez se captó y condujo el agua desde el río del Arzobisro. Al costo de la obra contribuyó a Junta Municipal de Propios con la suma de 5.709 pesos y con el aporte oportuno de 6.300 pesos del párroco de San Victorino doctor Manuel de Andrade se concluyeron las obras, entre esas la pila construida con planos del mismo Petrez. La pila tuvo seis chorros y gradas en su contorno para mayor comodidad; la coronaban cuatro jarrones y el escudo de Bogotá.
1810. Viernes 20 de julio día de mercado. En esta fecha se acrisolaron los sentimientos patrióticos que venían gestándose con miras a obtener la independencia del yugo español. A eso de las once y media de la mañana ocurrió el incidente histórico que tuvo como protagonistas a don Francisco Morales y su hijo Antonio contra el comerciante español José González Llorente y motivado por las expresiones denigrantes que éste acababa de proferir contra los americanos. A esa hora bullían en pleno las actividades del mercado. Los que allí asistían se exasperaron al enterarse del desplante soez del español. De inmediato grupos exaltados se precipitaron hacia la tienda de González, inmediata a la plaza por encontrarse en la planta baja en la hoy conocida Casa del Florero, y con gritos y amenazas expresaron su indignación! «Se juntó tanto pueblo escribió Acevedo y Gómez que si González no se refugia en casa de Marroquín, lo matan». No caben en esta reseña los sucesos relacionados con el encarcelamiento de González Llorente, ni los referentes a las gestiones adelantadas ante el Virrey Amar porque el tema de esta nota es la plaza Mayor, escenario magno de los acontecimientos que allí tuvieron lugar ese viernes memorable y en los días siguientes.
Al promediar la tarde de ese día apenas quedaban indicios del mercado en la plaza. Los campesinos, abaceros y tenderos, que pocas horas antes pregonaban bulliciosamente la excelencia de sus cosechas y hechuras, habían recogido sus tendales, tenderetes y mercancías para poner todo a salvo en lugares seguros; los tratantes y mercaderes habían cesado de regatear y andaban engrosando los tumultos callejeros. Unos y otros entendieron que la plaza debía liberarse para el amplísimo foro, que instintivamente esperaban y que con patriótico ardor animaban, como en efecto ocurrió en las horas que siguieron a la caída del sol. Del sabio Francisco José de Caldas son los renglones siguientes:
«A las seis y media de la noche hizo el pueblo tocar a fuego en la catedral y en todas las iglesias para llamar de todos los puntos de la ciudad el que faltaba. La noche se acercaba, y los ánimos parecía que tomaban nuevo valor con las tinieblas. Olas de pueblo armado refluían de todas partes a la plaza principal; todos se agolpaban al palacio, y no se oye otra voz que Cabildo Abierto, junta».
El pueblo se trasladó luego en masa a las casas consistoriales; reunió a los Alcaldes y Regidores, entraron los vecinos y se comenzó, a pesar del Virrey, un Cabildo Abierto.
«En fin, después de las agitaciones más acaloradas, después de las inquietudes más vivas, después de una noche de sustos, de temores y de horror, quedó instalada la Junta Suprema del Nuevo Reino de Granada al rayar la aurora del 21 de julio. Ella fue reconocida por el pueblo que la acababa de formar, por el clero, cuerpos religiosos, militares y tribunales. El orgullo de los oidores, de esos sátrapas odiosos, se vio humillado por la primera vez; se vio esa toga imperiosa por 300 años ponerse de rodillas a prestar fe y obediencia en manos de una junta compuesta de americanos, a quien poco antes miraban con desprecio».
En los días que siguieron al memorable 20 de julio y a distintas horas, continuó la plaza Mayor en su desempeño de centro de reuniones masivas del patriótico pueblo santafereño. Las notas consignadas al respecto en el Diario del testigo presencial José María Caballero permiten el resumen que sigue:
Julio 21: Al medio dia colmó el pueblo tumultuariamente la plaza, los balcones lucían colgaduras vistosas y ramos de flores. Los hombres destacaban en sus sombreros la divisa Viva la Junta Suprema estampada en cintas de colores. Se trataba de festejar la recepción del Canónigo Andrés Rosillo liberado a esa hora de su prisión en el Convento de la Capuchina. Vivas y expresiones de júbilo resonaron a la entrada del homenajeado a la plaza.
Julio 22: Bien entrada la noche se encontraba la plaza prácticamente vacía. De repente corrió el rumor según el cual 300 negros armados se acercaban a la capital en actitud agresiva. Súbitamente cundió el pánico. Las campanas de las iglesias delataron el peligro. Y sin más, hombres y mujeres acudieron a la plaza en plan de defender con su vida los logros recientemente adquiridos. «Traición, nos han vendido, a las armas», eran los gritos conjuntos. Poco después, al indagar la noticia, se supo que quienes se acercaban a la capital «eran gentes de los pueblos vecinos que entraban en auxilio de la patria». A las doce de la noche reinó de nuevo el sosiego y el suceso se recordó como «La noche de los negros».
Julio 23: Desde muy temprano se reunió el pueblo en la plaza. Esperaba oír el bando que la junta Suprema había preparado y que debía pregonarse con la presencia de la misma en el balcón de la Casa Consistorial acompaña da del exvirrey. Con sus bandas de guerra y en formación de parada asistieron la Compañía de Granaderos la Caballería, también las comunisas y los vecinos prestantes. Con vivas expresiones de complacencia se recibieron las proclamas que aseguraban la paz, el sosiego y el respeto a la religión. En señal de regocijo se ordenó que la ciudad se iluminara tres noches seguidas.
Julio 24: Nuevamente el pueblo se adueñó de la plaza para recibir fraternalmente a los 500 hombres procedentes de Choachí, Fómeque y Ubaque, que, con los respectivos curas y alcaldes, llegaron a recibir órdenes de la Junta Suprema.
Julio 25: Los ánimos de los santafereños amanecieron calmados pero de un momento a otro cundió el pánico al saberse que en el palacio virreinal se encontraban milicias fuertemente armadas y dispuestas a tomar represalias. Don José María Caballero consignó en su Diario: «Los señores de la junta se reúnen; la catedral toca a fuego; todos dejan sus casas y tareas y vuelan a la plaza a salvar la patria. ¡Cosa admirable! En cosa de media hora se juntaron en la plaza sobre 3.000 hombres. Los que acudieron a la artillería pidieron que se sacasen cañones a la plaza, a todos se les dieron sables, machetes y fusiles; sacaron seis pedreros; cuatro los pusieron frente al palacio; dos de grueso calibre en las esquinas con los otros dos pedreros todos cargados con bala y metralla. Más de 25 hombres armados guardaban cada cañón». . . En precaución ante posibles sucesos sangrientos, dada la ira desafiante del pueblo, decidió la junta intimar prisión al exvirrey Amar y a su mujer la exvirreina Francisca Villanová, como en efecto ocurrió. Ante la multitud, celosa espectadora, fueron conducidos él a la Aduana, hoy palacio Arzobispal, donde quedó fuertemente custodiado, y ella al convento de La Enseñanza.
Agosto 13: De días atrás se venía sospechando que el batallón auxiliar tenia el plan de liberar a los exvirreyes, Ese rumor apremiado con el proyecto de conducir a Cartagena a tan destacados personajes incitó la formación de tumultos alborotadores en la plaza Mayor que pronto se acrecentaron. Hombres y mujeres en su turno, comenzaron a pedir a gritos prisión para el exvirrey, prisión para la Villanova. Esa actitud colectiva, iracunda y atropellante, logró su propósito. El exvirrey fue conducido a la cárcel de Corte y le pusieron grillos. La cárcel ocupaba la planta baja del Tribunal de Cuentas situado en la plaza Mayor. Al atardecer sacaron de la Enseñanza a la exvirreina. En su recorrido hasta la cárcel de mujeres llamada El Divorcio, situada en la hoy calle 10a. a pocos pasos abajo de la plaza, fue acompañada, formándole calle, por una multitud de mujeres, “que pasarían de 600”, escribió José María Caballero y agrega que entrometidas entre el séquito de personas notables que la acompañaba” le rasgaron la saya. . . fue milagro que llegara viva a El Divorcio.
1811. La fiesta de El Corpus que usualmente tenía como escenario la plaza Mayor, tuvo lugar ese año el 14 de junio pero se limitó a una sencilla procesión. En cambio la celebración de la octava correspondiente a esa ceremonia se revistió de tal aparato que no se ha visto hasta el día otra igual. Ante la feligresía que devota se apretujaba formando calle en el contorno de la plaza circuló el cortejo. Salieron contradanzas distintas de indios bravos; otra de Fontibón; otra de Granada, teniendo las cintas en caballitos vestidos a la española antigua, otra de damas primorosamente vestidas a la moda, otra de niños lo mismo, muchísimos matachines, graciosamente vestidos, otra de caballitos, otra de pelícanos, otra de cucambas, el arca del testamento en su carro tirado por dos terneros hermosamente enjaezados, con el sumo sacerdote; ninfas a cual mejores que pasaban de 30; el premio pasaba de una onza de oro; formación de todos los cuerpos, el acompañamiento numeroso; el adorno de la plaza fue con igual esmero y lo mismo los altares, y para completar hizo un día tan hermoso que fue una maravilla; la víspera hubo unos hermosos fuegos artificiales, todo fue completo.
1813. Enero 9. En aquel tiempo imperaba la pugnacidad política entre la Cámara legislativa de tendencia federalista y el presidente de la Nueva Granada, don Antonio Nariño, quien sos tenía el régimen centralista. Las tropas federalistas comandadas por el brigadier Antonio Barayá sitiaron la capital y pretendieron tomarla al asalto. La acción tuvo lugar al amanecer de la fecha citada y tuvo como epicentro la plaza de San Victorino que de inmediato fue ocupada junto con las calles vecinas. Las tropas de Nariño debidamente parapetadas y provistas de artillería pesada derribaron las defensas de los contrarios y tras sucesivos descalabros quedaron vencidos los federalistas.
Con este insuceso se malogró un sistema de gobierno más acorde con la tradicional configuración político administrativa que el mandato español había implantado y sostenido atendiendo las características geográficas y raciales de las distintas provincias que formaban el virreinato.
1813. Con la derrota de las tropas federalistas, suceso que tuvo lugar en enero de ese año, se consolidó el régimen centralista encabezado por el presidente Antonio Nariño. En consecuencia surgieron anhelos de paz y Nariño quiso que una alegoría o emblema interpretara esa transformación de los espíritus. La economía del país era precaria y peor aun la de la ciudad. No se podía pensar en un monumento grandioso al tenor de lo que se deseaba expresar y, así, la idea se precisó de modo más sencillo y de pronta ejecución. El 29 de abril de 1813 se plantó en la plaza mayor el árbol de la Libertad. Gran aparato y solemnidad tuvo aquel acto. Las casas y edificios lucieron engalanados y en sus ventanas vistosas colgaduras. Un brillante cortejo recorrió el marco de la plaza; a la revista asistieron las más altas autoridades civiles en traje de rigor, acompañadas de destacamentos militares con sus tambores y bandas de guerra. Los soldados de caballería en uniforme de parada y las espadas desnudas apartaban la multitud y formaban la calle del desfile. El árbol, un arrayán de 5 varas de alto, se plantó en el centro de una terraza triangular esmeradamente enlosada y contigua al costado oriental de la pila. Para mayor adorno cuatro arcos vestidos con laurel, ramos de flores y faroles para las luminarias, enmarcaron ese espontáneo emblema de la libertad. Un durazno y un cerezo se agregaron, dentro del cercado en madera, el 17 de enero de 1816 y apenas perduraron como símbolos de paz porque en el siguiente mes de mayo el general Pablo Morillo impuso en Santafé un gobierno tiránico que con mano fuerte persiguió y aniquiló todo indicio patriótico.
1816. En la plaza de San Victorino se instaló el patíbulo donde, por orden del pacificador español Pablo Morillo, se arcabuceó a hombres ilustres, Allí, el 6 de junio de ese año fue sacrificado el prócer santafereño Don Antonio Villavicencio. Al acto asistieron vistosamente ataviadas las tropas y caballerías españolas acompañadas de sus tambores y bandas de guerra.
El 25 de octubre siguiente se avivó una hoguera en el centro de esa plaza donde con gran aparato marcial los inquisidores españoles hicieron quemar una carretada de manuscritos, retratos, gacetas, boletines y otras hojas impresas que no escaparon a las requisas domiciliarias.
1816. Entre los arreglos importantes adelantados en la plaza Mayor bajo el mandato español, hay que mencionar el primer adoquinado, obra ejecutada por los patriotas condenados a trabajos forzados por el dictador Morillo. Este enlosado mejoró las condiciones higiénicas de la plaza, que en los meses lluviosos se cubría de baches y lodazales o de nubes de polvo en los períodos de sequía, factores que empeoraban el desaseo del lugar. El mercado público, servicio que allí perduró hasta bien entrada la segunda mitad del Siglo XIX, y la falta de alcantarillas en el mismo lapso, constituían las causas que amontonaban basuras y suciedades. El servicio de albañales se suplía con los caños o cunetas de las vías públicas, donde los desperdicios acumulados formaban fangales. Había que contar con ocasionales aguaceros torrenciales para que, a modo de servicio municipal de aseo, despejaran, lavaran y dejaran las cunetas de la plaza en estado de limpieza. Otro agente del aseo de este lugar fue el gallinazo. Bandadas de este émulo del cuervo europeo invadían la plaza, al caer la tarde, el día de mercado. Los gallinazos eran los verdaderos recolectores de basuras de esta ciudad; después de un día de mercado se veian en gran cantidad, tan mansitos que casi se les podia tocar con la mano o con el bastón, devorando la suciedad y los despojos del mercado. Ese desaliño de la plaza, legítimo raigambre colonial, aun irrumpe su recinto. En años recientemente pasados allí se instalaban las ventas de pólvora navideñas, amparadas por toldas mezquinas y desaseadas. Y en estos días una resaca de noctámbulos se sirven de la plataforma de la estatua de Bolívar como dormidero público, en los días de sol. La desidia aún perdura.
1816. Octubre 5. En esta fecha luctuosa fueron conducidos a la plaza mayor el doctor Camilo Torres «Verbo de la Revolución», Manuel Rodríguez Torices, José María Dávila, patriotas insignes, y el Conde de Casa Valencia Pedro Felipe Valencia, grande de España, que había tomado la causa patriótica. Los dos primeros condenados a morir ahorcados, pero por no haber verdugo cayeron todos arcabuceados; los cadáveres de Torres y Rodríguez fueron luego colgados de las horcas y en las horas de la tarde ferozmente decapitados; sus cabezas se exhibieron en jaulas por varios días en sitios públicos.
1816. Octubre 29. En la plaza de San Francisco fue sacrificado el científico y hombre de letras Francisco José de Caldas; el Sabio Caldas como se le conoce históricamente. Con su muerte quedaron inconclusos los estudios de ciencias matemáticas y naturales de inestimable valor que venía adelantando.
Henao y Arrubla al comentar ese crimen incluye la siguiente frase del humanista español don Marcelino Menéndez y Pelayo relativa a Caldas: «Víctima nunca bastante deplorada de la ignorante ferocidad de un soldado, a quien en mala hora confió España la delicada empresa de la pacificación de sus provincias ultramarinas». Ese soldado se llamó Pablo Morillo, el Pacificador.
1817. Noviembre 14. Al cadalso levantado en la plaza mayor fue conducida y ajusticiada la heroína Policarpa Salavarrieta, conocida con el nombre de la Pola. Ocho compañeros y con éstos su novio Alejo Savaraín, que con ella habían sido juzgados y sentenciados cuatro días antes, pagaron allí con su vida, ese mismo dia y hora en la misma plaza, el delito de haber alentado la causa de la libertad.
La espectacularidad dada al consejo de guerra que expidió tan infame sentencia y la personalidad y entereza de esta muchacha atrajeron a la plaza una nutrida y apesadumbrada concurrencia.
1819. Septiembre 18. Poco después del 7 de agosto de este año, día de la victoria de los patriotas sobre el ejército español en el puente de Boyacá, se aprestaba Bolívar para salir de Santafé. Las autoridades civiles, militares y eclesiásticas y las clases sociales más prestantes acordaron una demostración pública en honor de los Libertadores de la Nueva Granada. Se acordó el 18 de septiembre para las solemnidades con escenario principal en la plaza Mayor. Fue un acontecimiento apoteósico. Anzoátegui y Santander acompañando a Bolívar encabezaron el desfile desde San Diego y por la calle real entraron a la plaza al compás de músicas marciales y bajo una lluvia de flores. Después de la ceremonia religiosa en la catedral los tres generales tomaron asiento en el vistoso estrado erigido en el costado sur de la plaza; en dos de sus alas estacionaron los batallones patriotas en tanto que una densa multitud ocupaba los contornos; Una niña cuyo padre había sido sacrificado, por los españoles, colocó sobre la cabeza de Bolívar una corona de laurel. Otra señorita puso sobre el pecho del triunfador la Cruz de Boyaca y dos más hicieron lo mismo con los generales Anzoátegui y Santander.
Esta fiesta patriótica figura como el evento más fastuoso entre los que adoptaron como teatro el ámbito de la plaza Mayor.
1820. Febrero 13. En esta fecha se festejó en la plaza Mayor la creación de la República de Colombia instituida por el Congreso de Angostura en acatamiento a la genial iniciativa del Libertador. Ese domingo el pueblo de Santafé acudió a la plaza ansioso de participar en el desfile conmemorativo. Concurrieron a exaltar el acto el general Santander y los ministros del Despacho Ejecutivo, el Cabildo de la ciudad en corporación, las autoridades judiciales, los funcionarios públicos, la representación de la jerarquía eclesiástica, las de los ocho conventos de frailes y los mandos militares al frente de una compañía de húsares montados y un piquete de artillería con las respectivas bandas militares. Se hicieron salvas de artillería que alternaron con repiques de campanas.
1827. El terremoto que en ese año hizo estragos en Bogotá destruyó totalmente el templo de San Victorino. Este suceso rebajó naturalmente la categoría de la plaza.
1834. La fiesta más animada, alegre y concurrida en aquel tiempo fue la de los toros, o capeas en la plaza Mayor. Este regocijo tenía lugar generalmente como acto final de ciertas fiestas cívicas o religiosas. Para la corrida se improvisaban graderías destinadas al gran público y palcos o tablados para los altos funcionarios y familias prestantes.
Posteriormente se celebraron con mayor aparato las fiestas patrias, especialmente la del 20 de julio. Entre festejos figuraban las corridas de toros en la plaza de Bolívar. El 1 de Julio empezaban los constructores de tablados y toldos la tarea de acarrear la madera necesaria para las obras proyectadas, y desde entonces tomaba la plaza el aspecto de una gran feria en que se veían llegar de todas partes enormes carretadas de madera en diversas formas y clases. A medida que se aproximaba el 20 de julio aumentaba la desazón y movimiento febril de la ciudad: se hablaba de las fiestas, se preparaban para las fiestas, se comentaban y se preparaban las diversiones que tendrían lugar en las fiestas; las muchachas tenían fundadas esperanzas de encontrar novio en las fiestas, las viejas tenían seguridad de rejuvenecer en las fiestas, las venteras creían que iban a formar un capitalito en las fiestas, los tahúres tenían intención de desplumar muchos pájaros en las fiestas, y hasta el Gobierno creía que aseguraría el orden en las fiestas. ¡Fatídica palabra, llamada a ser la esperanza de tantos y el desengaño de todos!
Al fin llegaba el impacientemente esperado día 19, en que debían empezar las tan apetecidas fiestas con fuegos artificiales de ordenanza. Desde mediodía estaban terminados los trabajos de construcción de las tres filas de palcos, coronados de gallardetes tricolores que, agitados por el viento, daban a la plaza aspecto risueño y alegre; cada localidad la adornaba el respectivo locatario con colchas de damasco del color que a bien tenía; entre las barreras y los tablados se dejaba un andén para que transitaran por él los que no querían entrar a la arena; debajo de los palcos se instalaban las cantinas, presididas por antiguas veteranas hijas de la alegría, que después de crudas campañas del oficio se contentaban con ver los toros desde la barrera, ya que no podían hacer parte del ejército activo, por aquella razón de que la cruda mano del tiempo todo lo desbarata.
A las siete de la noche estaban encendidos los faroles de diversos colores colocados en los palcos y restaurantes; el centro de la plaza se veía iluminado con luces de Bengala, y doquiera reinaba la mayor animación. Los muchachos de la ciudad tomaban puesto en las barreras; en donde metían tanta bulla como los pericos en tierra caliente cuando van de tránsito a saquear la apetecida roza de maíz; y de todas partes llegaban enjambres de gentes ansiosas de tomar buen puesto. Las madres del pueblo llevaban a las muchachas entramonjadas y en el centro de la familia, a fin de preservarlas de los cachacos atrevidos, o de que se les perdieran entre aquella vorágine. Los tenorios pasaban revista a todos los grupos que ofrecían probabilidades de aventura amorosa, y si llegaban a pescar en aquel río revuelto, se perdian en uno de tantos toldos preparados al efecto.
De repente se elevaba con estruendo un gran cohetón, que iluminaba el cielo con multitud de luces de colores brillantes; la gritería de veinte mil almas y los agudísimos silbidos de los muchachos contestaban, llenos de alborozo, ese anuncio de que empezaban los juegos. Las bandas de música del ejército alternaban tocando bambucos, pasillos y otros aires nacionales; la función pirotécnica duraba hasta las nueve de la noche, y en ese intervalo se quemaban idas y venidas, triquitraques, bombardas, buscaniguas o ruedas encendidas, que se lanzaban sobre la apiñada multitud que, para no quemarse, remolinaba en todas direcciones, estropeándose y gritando. Luego seguían los castillos, que figuraban fuentes, estrellas, abanicos y otras alegorias; pero siempre terminaban con el castillo grande en la Fuente de San Mateo, que, al reventar el último gran trueno, dejaba ver a Ricaurte dando fuego al parque. Seguían los globos de vistosos colores, que se atacaban con cohetes, y si llegaba el caso de atravesarlos, estallaba estrepitosa salva de aplausos y risas.
El 21 de julio empezaban las verdaderas fiestas con las bulliciosas corridas de toros, que era la meta perseguida por los que estaban ansiosos de divertirse. Desde las once de la mañana empezaban a llegar a la plaza grupos de señoritas vestidas de amazonas, seguídas de jóvenes montados en magníficos caballos. A la una se traían los toros en medio de un diluvio de jinetes de todos los tipos imaginables, precedidos de la gente de a pie que acudía ansiosa de tomar puesto en la barrera, sobre la cual se hallaban de antemano establecidos los muchachos de la ciudad.
Los tablados se veían atestados de espectadores, que dejaban traslucir el estado de excitación nerviosa que los dominaba por la realización de la pesadilla de las fiestas; el pueblo llenaba el cercado para poder recoger algo del dinero que regaban los de a caballo, lo mismo que del pan, pedazos de carne asada y chicha con que los alféreces los obsequiaban, pues durante los nueve días de toros era lo único con que contaban para alimentarse.
La llegada de los toros a la plaza daba idea de la confusión y algazara que debieron de tener lugar en la toma de Babilonia o en el saco de Roma; todos gritaban: ¡El Toro! La expansión, silbidos y gritería de los muchachos no tenía límites; de todas partes se lanzaban millares de cohetes, que reventaban sobre aquella compacta muchedumbre, quemando a muchos y apagando uno que otro ojo; los de a caballo corrían en distintas direcciones para salvarse de los toros, que recorrían atolondrados la arena y se resistían a entrar al toril; los de a pie formaban remolinos inextricables para defenderse de los toros, de los caballos y de los cohetes; pero lo natural era que se produjeran conflictos entre unos y otros, por las direcciones encontradas que tomaban de repente y que se resolvían en atropellos formidables, jinetes caídos y numerosos accidentes desgraciados, sin provecho de nadie y mal de muchos.
1842. Atrás. quedaron anotadas las obras adelantadas bajo el gobierno español en el atrio de la Cátedral que entonces abarcaba la mitad de la cuadra, es decir hasta comprender el frente de la capilla de El Sagrario. En ese estado subsistió el altozano hasta el año de 1842 en que por iniciativa del gobernador de la provincia de Bogotá y por suscripción popular se prolongó y enlosó el atrio y sus graderías a todo lo largo del costado oriental de la plaza.
Sobre el atrio escribió en 1853 el Ministro del Brasil en Colombia Conselheiro Lisboa: ”La plaza de la Catedral en Bogotá es una de las más bellas entre las que conozco en la América Española... El conjunto lo enaltece una plataforma de grandes lajas a la que llaman Altozano de la cual se desciende al piso de la plaza por seis gradas también en piedra. A esta plataforma concurren diariamente a tomar el fresco de la tarde y pasearse muchos Bogotános”.
1845. Una tarde de ese año tuvo la plaza de San Victorino una nutrida concurrencia. Motivó la atracción del gentío la novedosa ascensión en globo protagonizada por el aeronauta argentino Antonio José Flórez; Esta era su segunda proeza en Bogotá porque pocos días antes había demostrado sus habilidades en un globo de fabricación local lanzado al aire desde el patio del Colegio de Nuestra Señora del Rosario y que fue a caer después de un recorrido caprichoso sobre el hospital de San Juan de Dios. El ámbito espacioso de la plaza de San Victorino fue más propicio a la teatralidad del espectáculo. Los asistentes, a prudente distancia, vieron inflar el globo con humo caliente producido por la combustión de leña y tamo. En momento propicio Flórez subió a la canastilla y el globo, una vez liberado de los veinte hombres que lo sujetaban, se elevó. En vivas y aplausos prorrumpió la multitud. La prueba terminó en la quinta La Floresta abajo de la antigua alameda.
1846. Para destacar el monumento erigido a Bolívar y magnificar su plaza se decidió repartir el mercado público de ésta entre las plazas de San Francisco y San Victorino. Nada fácil fue desarraigar a los muy renuentes vendedores que allí venían de tiempo atrás ejerciendo su negocio.
Permaneció el mercado en la plaza de San Francisco con su alborotado trajín diario, y con mayor abundancia y gentío los jueves y viernes hasta la apertura en 1864 del mercado cubierto de La Concepción. A la de San Victorino se le asignó la parte más encumbrante del mercado: miel en zurrones, maderas de construcción, carbón vegetal, esteras, corderos y cerdos. En este desempeño permaneció hasta la apertura, en 1898, de la plaza de maderas, hoy de España.
1846. Fué menester de la generosidad de don José Ignacio París para que la plaza luciera con la estatua del héroe, de quien toma su nombre actual: Plaza de Bolívar. No por falta de sensibilidad patriótica y cívica del Estado surgió esta iniciativa, sino porque la escasez presupuestal de entonces, cargada de deudas externas e internas y de gastos imprescindibles e inaplazables, contrariaba otros dispendios. El señor Paris, con miras a rendir un homenaje a quien había profesado leal amistad y grande admiración, encargó al escultor italiano Pietro Tenerani la estatua del Libertador. Estaba destinada esta obra maestra, la mejor en estatuaria que posee Bogotá, a adornar el patio de la quinta de Bolívar. Pero una vez la estatua en la capital decidió el señor París ofrecerla al Congreso, que en aquel momento estaba reunido. La carta portadora de la oferta concluye así: «Colocado por la Asamblea Nacional de la Nueva Granada donde lo estime conveniente, este monumento será un justo homenaje a la memoria del héroe...Bogotá, 20 de abril de 1846».
El Congreso con gentiles frases de agradecimiento dio respuesta inmediata y luego, el 12 de mayo de 1846, expidió la ley de la que se transcribe:
«Artículo 1. El Congreso acepta con alto aprecio la estatua del Libertador Simon Bolívar que le ha presentado José Ignacio Paris.
Artículo 2. La estatua del Libertador se colocará en la plaza Mayor de la capital».
En cumplimiento del mandato legal se levantó el pedestal, obra del mismo escultor, en la plaza de La Constitución y para la necesaria protección ante posibles irreverencias se dispuso, en su alrededor, un pequeño enrejado. El 20 de julio del mismo año de 1846 se inauguró el monumento. El General Mosquera, presidente de la república en aquel tiempo, asistió acompañado de sus Ministros, de los altos funcionarios del gobierno, de dignidades eclesiásticas de muy prestantes ciudadanos, Se dio al acto especial pompa civil y suntuosidad militar.
En esa fecha la histórica plaza de Bogotá se llamó por decisión popular Plaza de Bolívar.
1847. Por Acuerdo expedido por el Concejo Municipal el 20 de julio de 1847 se ratificó el nombre por el cual la plaza Mayor o Plaza de La Constitución de Bogotá se denomina Plaza de Bolívar, y desde entonces tal es el título oficial de este sitio de la ciudad.
1850. El Congreso de Nueva Granada con el propósito de rendir homenaje al General Francisco de Paula Santander, el Hombre de las Leyes, digno de reconocimiento nacional por sus servicios a la patria, dispuso erigirle un monumento en la plaza de San Francisco. Con tal propósito expidió el 8 de mayo de 1850, el correspondiente Decreto Legislativo.
1851. La Cámara Provincial de Bogotá, que suplía entonces al Concejo Municipal, acató el mandato del Congreso por el cual se ordenó, la erección del monumento a Santander y expresó su solidaridad al respecto al extender el 8 de octubre de 1851, una Ordenanza con el siguiente texto: “La plaza de San Francisco, situada al Norte de esta ciudad, en la cual existe la casa que habitó y en que murió el General Francisco de Paula Santander, se denominará, en lo sucesivo, Plaza de Santander”.
1878. Mayo 6. En esta fecha se inauguro solemnemente la estatua del General Francisco de Paula Santander en la plaza consagrada a venerar su memoria. Este monumento ordenado en 1850 por el Congreso de la Nueva Granada y para el cual se asigno la suma de $10.000 se encomendó al escultor Florentino D. Costa y se fundió en la ciudad de Munich. El pedestal que en 1938 tenía la estatua era en mármol blanco de rigurosas proporciones, y lo adornan, al frente, en alto relieve, la alegoría de la justicia esculpida en el mismo material y a los lados, en bronce, los escudos de la Gran Colombia y de la Nueva Granada.
La inauguración de esta estatua promovió varios arreglos tendientes a exaltar el lugar, entre esos: el contrato conferido al escultor italiano Mario Lombardi relacionado con la construcción de la calzada y andenes en el costado oriental de la plaza y la instalación de las verjas y puertas de hierro forjado pedidas a Europa y destinadas a la protección de la plaza; incluía el contrato los zócalos y las pilastras en piedra. Vale anotar que una parte de la verja se forjó en Bogotá conforme al modelo importado, trabajo que fue necesario para suplir el error en las medidas de la plaza al hacer el pedido.
1880. En el mes de febrero se iniciaron, bajo la dirección del contratista Casiano Salcedo, los jardines y arborización de la Plaza de Santander. En el mismo mes la Compañía de Alumbrado se obligó por contrato a poner el gas en los 48 faroles, en las pilastras de la verja y en las 12 que rodean la estatua. Se le concedió un año para cumplir lo estipulado. A la vez Francisco Aldana construía por contrato las calzadas y andenes de los costados sur y occidental de la misma plaza.
1881. El monumento del Libertador, genialmente concebido con altura proporcionada al recinto enclaustrado de la hoy Quinta de Bolívar, quedó, en el escenario escueto y dilatado de su plaza, desmedidamente pequeño y sin escala con el ambiente, en detrimento de la euritmia, falla que subsiste a pesar de los sucesivos empeños en corregirla. Hacia 1880 surgió el primer propósito a este respecto. Se inició con un jardín de severo estilo inglés conforme a mandato del ministro de Instrucción Pública, don Ricardo Becerra. Para destacar la estatua se sustituyó el pedestal primitivo por uno más alto, confiado a Mario Lombardi, escultor italiano residente en Bogotá; el encargo fue duramente criticado por las imperfecciones del estilo. La obra conjunta se inauguró el 20 de julio de 1881 circundada por una hermosa verja de hierro importada de Europa.
Con esta obra perdió la plaza su función excelsa de centro de reuniones colectivas, que le era propia por tradición centenaria y, de contera, se le dio el nombre de parque de Bolívar, En realidad dejó de ser plaza y en términos estrictos no fue parque. No obstante, aquella composición refleja, en las fotografías que se conservan, un encomiable grado de civilidad expresada en el arreglo de un jardín un tanto entremezclado, a imagen del gusto de entonces, pero pulcramente presentado.
Una turba fanatizada arruinó el todo, jardín y verja, al precipitarse tumultuariamente con motivo de la recepción, en 1919, de la imagen de la Virgen de Chiquinquirá.
1882. Por aquel tiempo el atrio de la Catedral, mejor conocido como Altozano, se había convertido desde el advenimiento de la República como lugar propio para pasear o como palco para observar los acontecimientos de la plaza, y sin estorbos porque para el mercado, por ejemplo, esta área estaba vedada. Esos pasatiempos se hicieron costumbre a ciertas horas del día. Y por la destacada categoría intelectual de quienes se habituaron a dialogar allí se puede afirmar, que fue, en términos estrictos, el ágora de la capital. El altozano se convirtió en centro de reuniones cotidianas, a mañana y tarde, de todo cuanto la ciudad tenia de notable en política, en letras y en posición, era un círculo literario, un areópago, una coterie, un salón de solterones, un coliseo de teatro, un forum... en fin toda la actividad cultural de Bogotá en un centenar de metros cuadrados: tal era el altozano.
Fue en esa epoca cuando Don Miguel Cané siendo testigo y más propiamente brillante copartícipe en los temas que allí se departían se inspiró en la diversa erudición expresada en ese dialogar, para exaltar a Bogotá con el calificativo de Atenas Suramericana.
1887. Sobre la demolición, en este año, del último Humilladero que yacía en la Plaza de Santander se sabe que en fecha del 20 de abril de ese año dirigió la Cámara de Representantes un oficio al gobernador del Estado de Cundinamarca pidiéndole hiciera demoler el pequeño edificio, sin mérito arquitectónico, ni histórico, que con el nombre de capilla del Humilladero afeaba la plaza de San Francisco. En respuesta expresó el gobernador Don Dámaso Zapata que la decisión de démoler ese edificio estaba tomada para emplear los materiales en algún edificio público. Así se consumó tan lamentable disparate. Hay que resaltar que el rasgo más perenne de esta plaza tomó su origen en esa ermita o primer oratorio en Santafé. Comenzó como templo accesorio. Fue luego portal inpregnado de ambiente rural, donde el viajero detenía el paso para santiguarse antes o después de sus jornadas. Y de tan humildes cometidos pasó a puntal de un escenario de arquitectura religiosa en la que, no obstante las huellas del tiempo y de la mano del hombre, subsiste con aspiraciones de perpetuidad.

7 comentarios:

Bernardo Barrera dijo...

Huy... laaaaargos estos posts de "sucesos historicos", pero esque resumir tanta historia esta verraco!

Saludos y feliz año!

Luis Trejos dijo...

Gracias por el comentario Bernardo, ciertamente el post es largo, pero hay que comprender que resumir la historia de un siglo de nuestra ciudad es muy complicado, pues se corre el riesgo de omitir detalles y fechas de relevancia, también hay que tener en cuenta que el siglo XIX es tal vez de los mas ricos en historia tanto de Bogotá como de Colombia.
De cualquier manera te agradesco le deferencia al tomarte el trabajo de leer las extensas lineas del post, sin los lectores como tu esta bitacora no tendria razon de ser.
Un cordial saludo

Alejandra Valencia dijo...

Me parece muy bien lo que dice luis, tiene mucha razon.
Para mi, el post esta perfecto.
Muy bien explicado.

Perfecto...

Anónimo dijo...

In 1959 phentermine first received approval from the FDA as an appetite suppressing drug. Phentermine hydrochloride then became available in the early 1970s. It was previously sold as Fastin from King Pharmaceuticals for SmithKline Beecham, however in 1998 it was removed from the market. Medeva Pharmaceuticals sells the name brand of phentermine called Ionamin and Gate Pharmaceuticals sells it as Adipex-P. Phentermine is also currently sold as a generic. Since the drug was approved in 1959 there have been almost no clinical studies performed. The most recent study was in 1990 which combined phentermine with fenfluramine or dexfenfluramine and became known as Fen-Phen.[citation needed]
In 1997 after 24 cases of heart valve disease in Fen-Phen users, fenfluramine and dexfenfluramine were voluntarily taken off the market at the request of the FDA. Studies later proved that nearly 30% of people taking fenfluramine or dexfenfluramine had abnormal valve findings. The FDA did not ask manufacturers to remove phentermine from the market.
[url=http://www.buyphentermine1.com]cheap phentermine[/url] Phentermine is still available by itself in most countries, including the U.S. However, because it is similar to amphetamines, it is classified as a controlled substance in many countries (including Australia). Internationally, phentermine is a schedule IV drug under the Convention on Psychotropic Substances.[1] In the United States, it is classified as a Schedule IV controlled substance under the Controlled Substances Act.
Looking forward, Phentermine is being studied with another medication for obesity. The experimental appetite suppressant drug Qnexa is a mixture of Phentermine and Topiramate.
Phentermine, in doses clinically used, works on the hypothalamus portion of the brain to release norepinephrine, a neurotransmitter or chemical messenger that signals a fight-or-flight response, reducing hunger. Phentermine works outside the brain as well to release epinephrine or adrenaline causing fat cells to break down stored fat, but the principal basis of efficacy is hunger-reduction. At high doses, phentermine releases serotonin and dopamine as well, but such doses are never used in clinical medicine.
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