jueves, 4 de enero de 2007

Sucesos Historicos - Siglo XVI -


1539. En este año, poco tiempo después de fundada Santafé, el Cabildo en corporación instaló el rollo en el centro de la plaza recién demarcada. El rollo o cuchillo, horca o picota, era una columna de madera o piedra, generalmente el tronco de un árbol que se hincaba en el centro de la plaza de toda la ciudad en el momento de la fundación. Significa jurisdicción, es decir el poder o autoridad que el Rey delegaba en sus representantes locales para gobernar y hacer cumplir las leyes. Hincar el rollo, símbolo de la presencia real, era un acto solemne y significativo del ceremonial de la fundación, y la potestad de erigirlo era privativa del fundador o, en su lugar, del Cabildo. El padre Simón, al glosar la fundación de Santafé, observa que Jiménez de Quésada olvidó o involuntariamente dejó en manos del Cabildo este quehacer tan importante.
Rodríguez Freire en su obra El Carnero incluye capítulos enteros dedicados a la crónica roja, como se dice en nuestros días, y a episodios en los que el rollo fue testigo. Allí se azotaba a los indios por las menores desobediencias o por el hurto de bienes menores. Allí se ajusticiaba, ahorcando, decapitando o arcabuceando a los reos convictos de faltas mayores. Ordóñez de Ceballos en Viaje al Mundo (1585), refiere que el oidor Pérez de Salazar fue especialmente severo: «Acaeció ahorcar dos hombres, tres negros y un indio; azotaba allí todos los días de mercado, desorejó y desnarigó dos mil personas».
Hacia ese año se instaló una fuente o pila pública, en el lugar que ocupaba el rollo, en el centro de la plaza. Con la ocasión se hizo labrar una columna de piedra que se apostó al frente de la cárcel, que estuvo situada hacia el Occidente de la fachada principal del Capitolio. Ante este nuevo «Arbol de la Justicia» pagaron con su vida el delito de ser patriotas numerosos y honrados ciudadanos.
1542, El Humilladero con el privilegio de primer templo transformó la vega agreste que lo circundaba en obligado centro de reuniones. Esta particularidad y aliciente del lugar como estación de entradas y salidas del camino a Tunja, incitaron a los naturales a instalarse allí con sus frutos y bastimentos. Esta iniciativa, inspiró la formación del primer mercado publicó; surgió así la plaza de mercado llamada también de La Yerba. Fue ese un acontecimiento que sin mandato expreso usurpó espontáneamente la función primordial conferida y que por derecho le correspondía a la plaza central de la ciudad. Recobró ésta el atributo de recinto para el mercado público y, por comparación con la plazuela, el distintivo de plaza Mayor, al iniciar allí Fray Juan de los Barrios su iglesia obispal.
Debió ser una empresa pausada la organización y desarrollo del mercado público en la capital recién fundada. No porque los naturales desconocieran las modalidades, habituados como estaban a concurrir cada cuatro días al mercado público de Bacatá, la capital de Zipazgo. Pero mediaba, como es natural, la adaptación mutua de indios y españoles a sus respectivos gustos, usos y costumbres. El aporte de los naturales se presentaba en la selección de sus cosechas: variedades del maíz, papa, cubios, hibias, arracacha, maní, calabazas y algunas frutas y hierbas aromáticas de las tierras frías y templadas. Para comodidad de los recién llegados, acudían con vasijas y utensilios de menaje, y mantas de algodón para confeccionar vestidos. Las transacciones se regulaban con «tejuelo», moneda de oro que, caso único en la Historia, impuso el pueblo vencido a los vencedores españoles.
En la fecha ya abundaban los aportes de España. Se sabe que Jerónimo Lebrón introdujo en 1541, con grandes trabajos y pérdidas cuantiosas, las primeras semillas de trigo, cebada, garbanzos, fríjoles, habas, arvejas, cebollas, repollos y frutales diversos, que aquí fructificaron. Paulatinamente, para curiosidad de los indios y deleite de la población, estas variedades fueron anunciando su presencia en el mercado. De tales novedades se valio Jerónimo de Aguayo para sembrar y recoger, al año siguiente, la primera cosecha de trigo con cuyos granos la acuciosa Elvira Gutiérrez surgió en 1542, como la primera panadera de Santafé.
La carne no faltaba. Las trescientas cerdas «todas preñadas» que desde Popayán trajo Belalcázar se habían multiplicado. En atención a este hecho autorizó el Cabildo, por Acuerdo de noviembre 18 de 1541 la creación de una carnicería. En la cual se vendían pollos y huevos porque hay que recordar que Juan Verdejo, capellán del ejército de Federmán, llego, aquí con las primeras gallinas. También a Lebrón le corresponde el mérito de haber traído los primeros gánados vacunos que pastaron en La Sabana. Estos se incrementaron con los animales de carne, leche, lana y trabajo introducidos por Alonso Luis de Lugo en 1543, y, luego, con los de razas seleccionadas importados en 1556 por Antón de Olalla.
1542. La plaza que surgió en torno al Humilladero, el camino, la hermita y el mercado público allí fueron determinantes que se asociaron para asignarle categoría cívica a este sector de la ciudad. Hay que añadir otro aporte indicativo de la importancia que se le confirió en su origen. Surge de la preocupación del Cabildo por construir las «Casas Reales» para sede de los representantes de la Corona, inquietud suscitada tal vez por la visita que al finalizar el año de 1540 hizo a Santafé Jerónimo Lebrón, gobernador de la provincia de Santa Marta; o quizá con el ánimo de rendir homenaje a Hernán Pérez de Quesada, entonces cabeza de gobierno del Nuevo Reino; o como instalación indispensable a la prestancia de la nueva capital y señal de ornato y adelanto cívico. Lo cierto fue que los cabildantes abocaron en 1542 la necesidad de esta obra, pero se encontraron ante el olvido que se tuvo, al repartir los solares, el no haber reservado el correspondiente a este servicio, y como el marco de la plaza de mercado sobresalía por el mayor adelanto urbano, optaron por elegir allí el lugar más apropiado. De inmediato, en las sesiones del 15 y 17 de enero de ese año, notificaron a Pedro de Arévalo que justificara el derecho al solar que tenía en la plaza o que desocupara el lugar. En la siguiente sesión, el 20 del mismo, quedo constancia de «que el solar de Arévalo es chico para hacerle casa al gobernador, que se le dé a Juan Trujillo lo que le costó el que tiene en la plaza, atento a que no se ha ocupado». Esta proposición no prospero porque finalmente se acordó, “que como son dos los solares del capitán Juan de Collantes, que están en la plaza, más bien se tomen éstos».
Tuvo este proyecto, como tantísimos otros en esta ciudad, el respectivo papeleo y el consiguiente rincón en el archivo de las iniciativas frustradas. Pero hay que resaltar el interés de los cabildantes hacia la exaltación cívica de esta plaza, que en cierto modo prosperaba a espaldas de la traza o plano oficial de Santafé. Enaltecimiento espontáneo pero en detrimento de las funciones que; por derecho de la jerarquía impuesta por el fundador, le correspondían a la plaza Mayor.
Finalmente vino a corresponderle al visitador, juez y delegado personal de la Corona, don Miguel Díaz de Armendáriz, corregir las imprevisiones de los fundadores, con la adquisición de una sede oficial para los representantes de la Corona en Santafé. Al respecto, en carta al rey firmada el 13 de febrero de 1547, escribe: “en nombre de Vuestra Majestad he hecho comprar una casa medio hecha de adobe, y cubrirla con teja y estar en ella, que cuesta mil doscientos castellanos, sin lo que más en ello se gastará, de lo cual Vuestra Majestad tiene muy merecida en esta ciudad”
Es dable suponer que esta casa fue la de los Quesada, Gonzalo y Hernán, por haber sido una de las primeras cubiertas con teja. Ocupaba el solar en que se encontraba el teatro «Lido», en la calle 16, marcados con los números 6 06 y 6 34, respectivamente, de la nomenclatura actual.
1543. La sencilla estructura de el Humilladero, ejecutada con premura por los indios de Guatavita el 6 de agosto de 1538 y levantada con materiales perecederos, no perduró. Tomó la iniciativa de construir un segundo Humilladero, en el mismo lugar del primero, el capitán Juan Muñoz de Collantes. Para su propósito cursó, en el mes de julio de 1543, la petición del terreno ante el adelantado Alonso Luis de Lugo que entonces se encontraba en Santafé. La súplica fue atendida con la cesión de una faja de terreno entre las actuales calle 16 y carreras 6a. y 7a. para que el peticionario, como mayordomo de la cofradía de La Veracruz, levantara allí la ermita que pretendía con amplitud suficiente a las ceremonias de los cofrades. Pero ocurrió que en esos días el capitán Melchor Valdez al levantar unas casas en los solares ocupados hoy por el edificio Avianca, avanzó en cinco pies el alineamiento de su obra sobre la calle. La infracción fue confirmada por el medidor de tierras. La zona correspondiente al ancho prefijado para la calle tuvo que cederla el terreno asignado al Humilladero, cesión que redujo considerablemente su propio frente y detrimento su cabida superficiaria. Surgió en consecuencia un pleito entre la Cofradía y el infractor. Valdez transó el diferendo entregando una ternera a cambio de la zona por él ocupada. Y así se perdió el solar concedido a la cofradía de La Veracruz en la plaza. Se tiene, no obstante, la certeza de que allí, en el terreno sobrante, se levantó el segundo Humilladero a escala menor de la pretendida por Muñoz de Collantes.
1543 1544. Ningún componente urbano tuvo en el pasado tanto poder de atracción sobre los pobladores como el que es dable asignar a los edificios destinados al Culto. Esa fuerza seductora, ese poder cautivante fincado en la estructura pajiza de El Humilladero son los factores que permiten entender el extraordinario desarrollo habitacional en el contorno de la vega plana bañada por las aguas cristalinas del río Vicachá. Con afán de lucro asomaron allí las primeras transacciones en finca raíz y de contera los consiguientes pleitos. Las actas del Cabildo delatan los nombres de quienes porfiaban en acomodarse en la naciente plaza así fueran como invasores. De los textos respectivos se toman los hechos siguientes: en la sesión del 15 de enero de aquel año consta la notificación a Pedro de Arévalo en la que se pide, como ya se anotó, que justifique el derecho o el título del solar con casa en que vive situado en la plaza. Arévalo alegó que el solar lo hubo por compra a Francisco Puente. El Cabildo no aceptó el descargo y, violando los mandatos reales que prohibían la venta de tierras, acordó que Arévalo «dé 10 pesos de buen oro por el solar». El 22 de junio de 1544 ordenó el Cabildo a Melchor Valdez «que dentro de 4 días desbarate los bohíos que tiene junto al río».
1551. Mayo 20. En esta fecha expidió el Cabildo el Acuerdo que mandó demoler la obra que sobre la plaza de mercado adelantaban los padres dominicos para ampliar su improvisado convento. Ocupo éste desde el 28 de julio de ese año la casa a medio construir que su propietario Juan Moscoso les cedió como sede transitoria, situada en la esquina donde actualmente se encuentra el Museo del Oro, Como la casa no fuera suficiente para albergar los 30 frailes, optaron éstos por acomodar sus servicios en el área misma de la plaza. Permanecieron allí los frailes por ocho años hasta su traslado a la que luego se llamó Calle Real o del Comercio, donde levantaron el amplio convento de Santo Domingo.
Tiene aquel primitivo convento el mérito de primer taller de fundición en Santafé con la fabricación allí de la primera campana que tanó en esta ciudad, fundida por Fray Lope de Acuña.
1553. Por petición de Felipe II expidió Pío IV, el 11 de abril de este año, la bula por la cual se dispuso que el obispo de Santa Marta y el cabildo obispal sentaran su sede en Santafé. Dio cumplimiento al mandato papal fray Juan de Los Barrios,quien en el mismo año llegó a esta ciudad. El obispo y su séquito encontraron que para su desempeño misional la capilla pajiza de la plaza Mayor no satisfacía ni por la categoría de su nave ni por el recato de su arquitectura y de inmediato se empeño el eminente jerarca en levantar una catedral o iglesia rectora en solar ocupado parcialmente por la capilla de los fundadores, la que no obstante, mientras se construía el nuevo templo, fue adaptada como primera iglesia catedral en Santafé. Con estas decisiones a las que se ligó la más viva complacencia de los vecinos recobró la plaza la categoría inherente a su existencia. Y sin más recibió oficialmente el grado de plaza Mayor o centro de reuniones cívicas, religiosas y mercantiles.
1554. La plaza Mayor, enaltecida con este título y con el atractivo de la construcción de la catedral en uno de sus costados, le arrebató a la plaza de La Yerba o del mercado la hegemonía de centro comunitario. Ordenó en ese año el Cabildo que el mercado público se instalara en la plaza Mayor.
Muy amplia debió ser en aquel tiempo la extensión de esta plaza para el mercado semanal que tenía lugar los viernes. Hay que anotar que ya abundaban las cosechas de los frutos y frutas venidos de España, que con la variedad de los productos vernáculos suplían las exigencias de las amas de casa. Se surtía el mercado con los artículos ya mencionados que concurrían a la plaza de La Yerba y además con pescados de río, codornices, tórtolas, pollos, chorizos, embuchados y huevos. Para mayor abundancia harinas, miel, azúcar, bocadillos, higos, uvas, melones, cebollas, repollos, y frutas de las tierras templadas y calientes.
1555. La autorización para ocupar las áreas sagradas como cementerio, en las posiciones de España, se encuentra en la cédula real de 18 de julio de 1539, expedida por Carlos V, que dice: «Encargamos a los arzobispos y obispos de nuestras Indias que en su diócesis provean y den orden cómo los vecinos y naturales de ellas pueden enterrar y entierren libremente en las iglesias y, monasterios que quisieren y por bien tuvieren estando benditos, el monasterio o iglesia, y no se les ponga impedimento». Correspondió a Fray Juan de los Barrios dar cumplimiento a la imperial orden. Para el caso tomó el área delantera o atrio de la catedral que él mismo había iniciado hacia 1553, poco después de instalarse como obispo de Santafé. Alonso Garzón de Tahuste lo reseña:‘“de treinta pies medidos desde la puerta principal de dicha iglesia hacia la plaza” (8.40 metros). La solemnidad de la consagración tuvo lugar, según el mismo autor, el 6 de enero de 1555, fecha que se inscribió en el libro de bautismos. Los santafereños oriundos de España rechazaron la posibilidad de dejar sus restos en un predio tan a la intemperie y de hecho quedó el cementerio exclusivamente para pobres.
1557. En este año se dio el nombre de plaza de San Francisco al área que venía ocupando el primer mercado público de Santafé. A la vez el río Vicachá trocó su nombre por el de río San Francisco. Estos cambios en la naciente nomenclatura urbana se debieron a que ese año se instalaron los padres franciscanos en el costado occidental de esa plaza. El capitán Muñoz de Collantes poseía allí desde 1542 un amplísimo solar donde hizo levantar dos casas de tapia cubiertas con tejas provenientes del primer tejar que tuvo Santafé, montado hacia 1543 por Antonio Martínez. Ocuparon estas casas y su solar los padres franciscanos gracias a la donación que recibieron del arzobispo fray Juan de los Barrios, quien las adquirió por compra a Muñoz de Collantes. De inmediato se inició la construcción del convento y de la iglesia de San Francisco que aun permanece.
1564. La plaza Mayor fue teatro en ese año del primer motin con carácter de sedición que se registra en las crónicas de Santafé. Ocurrió en la fecha en que la real audiencia presidida por Venero de Leiva se ocupaba de hacer cumplir las cédulas reales que prohibían el servicio personal de los indios. Corrió el rumor, según el cual el español que así obligara a los aborígenes seria castigado con 1.000 pesos y 200 azotes. Violenta reacción se apoderó de los 1.000 españoles que entonces poblaban la ciudad y de los encomenderos que habían acudido en plan de defender lo que para ellos era un privilegio adquirido. Reunidos corrillos en la plaza escribe Aguado «de ser natural sediciosos y bulliciosos y amigos de novedades, como por la mayor parte lo suelen ser los hombres en Indias, maldecían y blasfemaban atrevida y aun desvergonzadamente” Rodríguez Freire añade: «el que primero habló fue el capitán Zorro, echando el canto de la capa sobre el hombro izquierdo y diciendo: Voto a Dios, señores capitanes, que estamos todos azotados, síganme caballeros... Partieron todos en tropa hacia las casas reales, terciadas las capas y empuñadas las espadas diciendo palabras injuriosas». Ante el intento de tomar por asalto la real audiencia y a golpe de estocadas rechazar los mandatos reales, acudieron algunos oidores que no sin dificultad lograron sosegar a los amotinados. En consecuencia, los más exaltados fueron retenidos algunas horas en la cárcel. “Fué de gran bien concluye Aguado para que esa rebelión no hubiere efecto, el no hallarse presentes soldados, que hubieren seguido las pisadas y opiniones de los alzados”.
1581. El oidor Cortés de Mesa, protagonista de un horrendo crimen, muere decapitado en la plaza Mayor. Este suceso por la categoría del reo, figura como el más notable en la crónica roja de la antigua Santafé. Los hechos ocurrieron así:
En aquel año vivía en la capital desempeñando el honroso cargo de oidor el doctor Andrés Cortés de Mesa y su mujer la muy hermosa Ana de Heredia. En casa del oidor residía su criado Juan de los Ríos, casado con una hermana natural de la Heredia, matrimonio al que Ríos había consentido halagado por las promesas de bienestar en las que había empeñado la palabra Cortés de Mesa. Del incumplimiento de tales ofrecimientos surgió agria enemistad entre el patrón y su criado, situación que éste aprovechó para entablar un juicio con consecuencia de carcel para el Oidor en su propia casa. En esos días el joven Andrés Escobedo fue atraído por el preso con la intención de valerse de ciertas influencias que Escobedo pretendía tener ante los estrados judiciales. De las continuas entrevistas surgió que el nuevo amigo se prendó de los atractivos de la Heredia, que ella miró con indiferencia pero que su marido toleró para hacerse a la sumisión incondicional del joven galán. Ciertas circunstancias se presentaron favorables al Oidor que ansiaba vengarse de Juan de los Ríos causante de sus pesares. Y con el apoyo irrestricto de Escobedo planeó darle muerte. La noche acordada para el crimen invitó Escobedo al de Los Ríos a visitar dos muchachas casquivanas y así lo condujo a una calle obscura donde los dos victimarios lo cosieron a estocadas. El cadáver espantosamente mutilado se arrojó a un pozo de aguas cenagosas y al fue descubierto ocho días después.
Las investigaciones pertinentes delataron a los asesinos y substanciada la causa se condenó al doctor Andrés Cortés de Mesa a ser degollado y a Andrés Escobedo a ser arrastrado atado a las colas de dos caballos y ahorcado en el lugar del crimen.
El día de la ejecución del oidor se colmó la plaza de curiosos que no quitaban los ojos del cadalso levantado entre la picota o rollo y la casa de la Audiencia.
En recuerdo del suceso se fijó una columna de piedra, la cual fue enterrada en 1816, cuando el Pacificador Morillo hizo empedrar la plaza. En 1898 se rodeó el capitel de la columna con un círculo de adoquines por orden del ministro de Fomento Ricardo Becerra y el Alcalde de Bogotá don Higinio Cualla. Arreglo que estuvo al lado sur de la verja del parque que rodeó la estatua de Bolívar y que en 1926 desapareció con la obra llamada «fuentes luminosas».
1584. El primer motivo de atracción, a modo de monumento que tuvo la plaza después del rollo o picota, fue la pila o fuente de agua para el servicio público. En realidad los ríos y manantiales que surcaban la ciudad proveían al vecindario de agua fresca y pura. Esto en los primeros años porque el crecimiento demográfico y la mayor extensión urbanizada incrementaron en proporción la necesidad de pilas para comodidad y aseo. Se menciona al licenciado y severo oidor, don Alonso Pérez de Salazar, como promotor del acuerdo aprobado el 15 de julio de 1584, por el cual ordenó el Cabildo hacer en la plaza pública una fuente de agua. Este mandato como tantos otros, fue letra muerta por algún tiempo.
No se sabe si este comisionado, con tan amplia autorización y sin los medios económicos para financiar la gestión, cumplió con el encargo. No hay noticias sobre la fecha de inauguración de esta fuente, seguramente se instaló en el centro, lugar ocupado hasta entonces por el rollo, y allí permaneció largos años. Esa pila debió ser pequeña, de poca altura, sin gracia ni comodidades, La afirmación se basa en el texto del acuerdo expedido el 30 de enero de 1681 en el que se puede leer que el Cabildo asignó fondos para una nueva pila adjudicable al mejor postor. Y expresamente manda: «que la dicha pila tenga perfección y ornato, subiéndola, pues solo tiene tres cuartas de alto su pilarejo, y es necesario poner taza más ancha añadiendo más piedras labradas y acabándola en proporción». De esta nueva pila se desconoce la fecha de su instalación y nada se sabe de su artífice cuya obra luce actualmente anónima con su San Juan Bautista o «mono de la pila», en el patio del Museo Colonial. Queda pues, difícil aceptar que esta pila iniciada, quizá, en 1681, casi un Siglo después de la gestión del oidor Pérez de Salazar, se deba a la generosidad de éste, como lo afirman algunos historiadores.
1591. El segundo humilladero, construido en 1543 por el capitán Muñoz de Collantes no perduró. Seguramente fue una obra precaria que en corto tiempo desapareció. Esto lo confirma la ordenanza de Venero de Leiva, expedida en 1572 para declarar como arca pública la plaza de San Francisco. En el documento no se exalta la presencia allí de una ermita, oratorio o humilladero, antes bien la meja con el siguiente renglón: «en la dicha cuadra y plazuela no hay ningunos edificios». Se despeja así el texto que sigue relacionado con la construcción del tercer humilladero.

Seguramente ese último centro de oración se construyó, según los indicios históricos, hacia el 15 de enero de 1591 y exactamente en el mismo lugar historico ocupado por los dos primeros. En ese año se avivó con caracteres de pugnacidad y escándalo público el pleito que surgió en 1571 entre los franciscanos y el Cabildo eclesiástico de la catedral. Se oponía éste al traslado de la sede de la cofradía de La Veracruz al monasterio de San Francisco, derecho que los religiosos de esta orden sustentaban con argumentos basados en la tradición. Para el 15 de enero de 1591, día consagrado al Nombre de Jesús, proyectó el Cabildo una procesión con escala final en La Veracruz, ceremonia que impidieron los de San Francisco. Fr. Alberto Lee López, sobre este incidente refiere que «mientras los párrocos de la catedral se disponían la víspera a arreglar la iglesia de la Veracruz, el guardián y frailes de San Francisco se lo impidieron, quitaron las llaves de la capilla a los mayordomos y clausuraron la entrada a la misma». El arrogante Cabildo, en réplica a este insuceso, seguramente ordenó la construcción de un humilladero justo al frente, calle por medio, a la Capilla de La Veracruz, Casualmente estaba allí la impronta de los cuatro tabiques protectores del suelo sagrado, donde fray Domingo de las Casas ofició su histórica misa. Y así, el Cabildo ecleslastico que sostenía el derecho a los rituales de la Cofradía, pudo celebrar su procesión a pesar de la oposición de los religiosos de San Francisco, aseveración que confirma el padre Lee López con el texto siguiente: «La procesión por los párrocos de la catedral tuvo como meta final la capilla del Humilladero».

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