martes, 13 de febrero de 2007

Cuando el agua fue un inmenso vientre materno


Ya, gracias al hálito fecundante de las aves maravillosas y a la aparición de Zúhe y Chía, se daban las condiciones propicias para la fiesta de la vida en las tierras del Chibcha.
Pero aún no había germinado criatura viviente alguna que las poblara, recorriera y cultivara. Entonces, la voluntad soberana de Chiminigagua se dirigió hacia la laguna de Iguaque, de cuyas aguas apacibles emergió una mujer cuyos pechos turgentes y desnudos simbolizaban la fecundidad.
Por
eso se llamó Bachúe. Con ella salió a la superficie un niño de tres años.
Madre e hijo abandonaron las aguas y edificaron en tierra una casa, donde aguardaron hasta que el párvulo creció y alcanzó la edad viril.
A esta sazón, Bachúe y su hijo se ayuntaron y en poco tiempo su cósmica fecundidad pobló el Mundo.
En cada parto Bachúe daba a luz de cuatro a seis vástagos. Finalmente, la suprema pareja creadora llegó a una venerable senectud y tomó la ruta y querencia de su origen.
Convocaron a su pueblo en torno de la laguna materna, le predicaron las excelencias de una vida virtuosa y de respeto y acatamiento a los dioses, y en medio de la congoja y la aflicción de todos los presentes, entraron en las aguas y se sumergieron en su seno para luego mostrarse de nuevo en la superficie transformados en serpientes.
Las gentes atribuyeron este milagro a Chiminigagua y desde entonces estos reptiles fueron sagrados entre los chibchas.
A Bachúe la recordaron en adelante como Furachogue (la buena mujer) y las mujeres buscaron las orillas de las lagunas para parir a sus hijos.

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