martes, 20 de febrero de 2007

Pecado y Expiación


Desgraciadamente, la persistencia de las normas que Bochica trazó para su pueblo se fueron relajando y perdieron consistencia con el tiempo.
El golpe mortal a las pautas morales del Gran Maestro fue asestado por una mujer de perturbadora belleza, llamada Huitaca, que irrumpió misteriosamente en las comarcas muiscas y, utilizando en forma insidiosa y artera su endemoniado poder de seducción, enseñó a las gentes los encantos del pecado y las encauzó por los senderos fascinantes de la beodez, la molicie y la concupiscencia.
De modo que donde hasta entonces reinaron la austeridad y las virtudes que sembró el buen Bochica, florecieron con feracidad incontenible todas las depravaciones y los vicios de que es capaz la criatura humana.
Tan espantable cúmulo de perversidades suscitó la indignación de Chibchacum, Dios de la Sabana, quien, a semejanza del implacable Yahvé bíblico, lanzó sobre los impíos el horrendo castigo de las aguas, sólo que en este caso no hubo agrupación alguna de justos que pudiera navegar dentro del arca solitaria y en medio de la borrasca homicida.
El colérico Chibchacum anegó totalmente la Sabana y los supérstites buscaron refugio en las cumbres de las montañas, donde la más inclemente hambruna hizo toda suerte de estragos entre los Chibchas.
Pero felizmente para ellos, el magnánimo Maestro se apiadó de sus tribulaciones y tornó a aparecer ante ellos entronizado en un arco iris muy similar a aquel con el cual, al término del diluvio, Jehová anunció la gran alianza con Noé y la estirpe que nacería de su semilla.

Y fue entonces, cuando aproximándose ya la extinción del pueblo chibcha bajo el azote inmisericorde del hambre, Bochica llegó hasta los confines occidentales de la Sabana, extrajo de su manta la vara de operar prodigios y, golpeando con ella las más duras rocas, las hendió como si fuesen hechas de la más blanda materia imaginable, de modo que a través del cauce recién abierto fluyeron impetuosas las aguas de la inundación, formando el torrente del río Funza y la cascada majestuosa que desde entonces fue llamada Tequendama.
Alborozados, los chibchas recuperaron sus tierras, abjuraron de los vicios pretéritos y calmaron sus hambres pertinaces con los frutos que el suelo recobrado tornó a ofrecerles tan copiosamente como antaño.
Pero Bochica quiso llegar más lejos en su faena justiciera y fue así como impuso dos castigos muy severos: a la pérfida Huitaca, a quien el pueblo había identificado con Chía, la dejó convertida en una noctámbula lechuza. Y a Chibchacum, en pena por haberse excedido en el rigor con que hizo padecer a su pueblo, lo condenó a cargar para siempre el mundo sobre sus hombros.
Afirmaba la tradición chibcha que cuando la tierra temblaba, sus estremecimientos sísmicos se debían a que el fatigado Chibchacum se pasaba el Universo de un hombro para otro.

2 comentarios:

Mauricio Duque Arrubla dijo...

Uno de los placeres de tener a veces tiempo para leer blogs con calma es encontrame con éste. ¿Le había dicho que es bien chévere? No se, pero se lo reitero por si acaso

Luis Trejos dijo...

Muchas gracias por la reiteración Mauricio, para mi es un placer poder brindar un poquito de nuestra rica historia, con el único fin de que no quede en el olvido.
Un cordial saludo