jueves, 29 de marzo de 2007

Del porque España llego a America


El triunfo de Isabel de Trastamara y sus aliados sobre los de Juana la Beltraneja y su posterior matrimonio con Fernando, heredero de la Corona de Aragón, fueron el paso decisivo hacia la unidad nacional española y hacia el advenimiento de ese país como potencia de primer orden dentro del panorama europeo. La unificación española debido a las bodas de Isabel y Fernando no fue desde el principio tan sólida como se ha hecho creer en forma superficial. Los dos grandes reinos conservaron una enorme autonomía y la real unificación sólo vino a compactarse años después, bajo el reinado de Carlos V.
Los judíos españoles se ocuparon en muy buena parte de llenar el vacío creado por la ausencia de una potente burguesía, como la que a sazón se consolidaba en Europa, en Aragón, y principalmente en Barcelona y Valencia, activos puertos mediterráneos, se formaron por entonces núcleos burgueses de cierto poder y relevancia.
Y es aquí donde importa en grado sumo cómo en momentos en que Colón solicitaba con vehemencia el apoyo de las coronas de España para su empresa, chocaron frontalmente dos fuerzas. La nobleza terrateniente y todos sus aliados que se oponían al proyecto de Colón, y del otro lado, los mercaderes y burgueses cristianos y judíos conversos que, en perfecta concordancia con los intereses de su clase, apoyaban con entusiasmo la iniciativa de Colón por cuanto en la nueva ruta a las Indias Orientales veían una fantástica oportunidad de incrementar hasta lo infinito sus beneficios con el tráfico de las especias y otros géneros valiosos.
Y fue en éste momento crucial, en que se decidió el rumbo histórico de España. Los Reyes Católicos habían emprendido y virtualmente coronado una lucha sin cuartel contra la nobleza levantisca e insurrecta cuyos fueros desmesurados eran obviamente incompatibles con los intereses del Estado nacional y unitario que ellos propugnaban y estaban resueltos a consolidar. Aplicando la máxima energía los metieron en cintura combatiéndolos con las armas, confiscándoles propiedades e inclusive llevando a los más indómitos al cadalso.
Viajando por tierras españolas, y principalmente por Castilla y Extremadura, pueden verse aún las llamadas torres “mochas», así denominadas porque los reyes dispusieron que les fueran cercenadas las almenas en castigo a la rebeldía de sus dueños. Las torres de las moradas urbanas y castillos que conservaron las almenas en su sitio mostraron por medio de este signo externo el hecho de haberse sometido oportunamente a la potestad central de la Corona.
Puede entonces afirmarse que en momentos en que el futuro Almirante acosaba a los Reyes Católicos con sus requerimientos pertinaces, en territorio español coexistían una clase burguesa de conversos y cristianos mucho menos sólida que sus homólogas transpirenaicas, pero de todas maneras en franco proceso de alza y expansión, con una nobleza representante del atrasado feudalismo español, que podía considerarse en abierta decadencia puesto que sus más poderosos y encumbrados jerarcas habían pasado de señores soberbios y casi independientes a cortesanos de la Corona.
Decimos, pues, que fue este el momento que decidió el rumbo histórico de España ya que, si en efecto Cristobál Colón hubiera hallado una ruta más práctica hacia las auténticas Indias, la aún balbuciente burguesía española habría recibido una vigorosa transfusión que le habría asegurado, gracias a los nuevos caminos de comercio, un lugar de privilegio en el concierto europeo. Pero no fue así. La cintura de la tierra resultó mucho más ancha de lo que pensaba Colón, y en su camino hacia las Indias y el fabuloso reino del Gran Kan se interpuso América, este nuevo continente que no ofreció a España perspectiva de intercambio comercial, pero sí, en cambio, el acervo inimaginable y fabuloso de sus metales.
La consecuencia fue que en vez del millonario tráfico de especias que aguardaban con impaciencia los burgueses, empezó a fluir de manera torrencial la corriente argentífera y aurífera que arruinó la agricultura y todas las formas de producción, revitalizó a la nobleza parasitaria, estranguló a la naciente burguesía y siguió fluyendo hacia Europa, a las arcas de los voraces banqueros alemanes e italianos y de los mercaderes de diversos lugares del Viejo Mundo que desde entonces empezaron a colocar sus manufacturas en los mercados españoles a precios exorbitantes que se cubrían con la incesante corriente del oro y la plata americanos.
Desde luego, para completar este cuadro nos hace falta la mención de un hecho histórico fundamental.
La caída del último baluarte moro en Granada coincidió con el descubrimiento de América. Ya no quedaban en España vestigios de poder musulmán, pero sí una considerable población morisca. Los Reyes Católicos, asesorados por el implacable cardenal Cisneros, decidieron completar a toda costa la obra de la unificación religiosa en la Península. Fue ese el rompimiento final de la antigua armonía entre las tres castas.
La casta cristiana vencedora puso a los sarracenos vencidos contra la pared: aceptar el bautismo o tomar el camino del exilio. Esta medida, como bien es sabido, significó un rudo golpe para la economía española, cuyo sector agrícola siempre estuvo en manos de los moros.
Unos emigraron, otros permanecieron adoptando sin ninguna convicción la fe triunfadora y, en general, el problema subsistió durante más de un siglo con cruentas contiendas e insurrecciones hasta el golpe final que asestó Felipe a la población morisca en 1603.
Por otra parte, los Reyes Católicos aplicaron un tratamiento igualmente áspero y tajante a la población judía, cuyos menesteres principales hicieron de ella un sucedáneo y en parte un complemento de la incipiente burguesía española. Ya desde antes, los hebreos estaban siendo forzados a abandonar en apariencia el culto mosaico y a fingir que abrazaban el cristianismo bajo la presión de una serie de fuerzas sociales sintetizadas en el temible tribunal de la Inquisición o Santo Oficio, establecido en España por los Reyes Católicos en 1482 con el propósito medular de mantener una severa vigilancia sobre el proceso de conversión de los hebreos e impedir, por los medios que cimentaron su fama de terrorífico, que los conversos o “marranos”. como se llamaban entonces, se dedicaran a clandestinas prácticas judaizantes.

Tenemos, pues, ante nosotros la curiosa confluencia en el mismo tiempo de dos factores históricos decisivos: la monolítica unidad religiosa del nuevo Estado español, impuesta y lograda al precio del estrangulamiento de las dos fuerzas productivas más vigorosas de la sociedad española. Y, simultáneamente, la irrupción súbita y tumultuosa de los metales preciosos de América, que completaron la tarea de postración total de la economía española y, paradójicamente, iniciaron en forma temprana su proceso de decadencia.
En resumen, en la época del Descubrimiento los elementos integrantes del escenario histórico español eran una nobleza feudal revitalizada, arrogante y todopoderosa, a la vez que parasitaria; un sector agrícola duramente golpeado y en manos de los moros que quedaron y de un número reducido de paupérrimos labriegos cristianos, y el área mercantil y bancaria virtualmente postrada por la expulsión de los judíos y paulatinamente sustituida por la presencia voraz de los banqueros foráneos.
En 1504 murió Isabel la Católica. La prueba de que la unidad inicial conseguida con el matrimonio de Isabel y Fernando no fue en principio tan sólida, como se nos ha hecho creer, radica en que al desaparecer Isabel, Fernando se replegó a sus dominios aragoneses y la regencia de Castilla fue asumida por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros hasta el advenimiento del Príncipe Carlos como heredero de la Corona en vista de la incapacidad mental de su madre, la princesa Juana, heredera directa del trono.
La llegada del Príncipe Carlos a España produjo gravísimos trastornos. Las razones principales fueron la arrogante y abusiva corte de nobles flamencos que trajo consigo, cuya entronización en los más altos cargos del Estado suscitó la indignación general. La intromisión en España de los dignatarios flamencos que eran mirados poco menos que como invasores incrementó el resentimiento de la ya arrinconada burguesía española. Este conflicto alcanzó su estallido sangriento en 1520 con la insurrección de las Comunidades de Castilla.
Los Comuneros castellanos, genuinos representantes de una burguesía en retirada, pero que aún no se resignaban a perecer, no se sublevaron contra la monarquía. Por el contrario, eran estrictamente legitimistas y en consecuencia suplicaron con porfía a la reina Juana, recluida en Tordesillas, que asumiera la plenitud efectiva de sus derechos como heredera de la Corona, a fin de apoyarse en ella para socavar el poder de una nobleza que, respaldada a su vez por el aluvión de los metales americanos, ya empezaba a labrar la ruina de España.
El conflicto, tristemente, tuvo un final desastroso para los Comuneros, lo cual constituyó otro de los grandes virajes en el destino histórico de España. En la célebre batalla de Villalar, librada en 1521, los Comuneros fueron aplastados y las cabezas de Bravo, de Padilla y demás dirigentes de la insurrección rodaron en los patíbulos erigidos por Carlos y sus nobles a manera de inolvidable escarmiento.
Nótese la muy aproximada coincidencia entre la catástrofe comunera y la caída del imperio azteca y consiguiente apoteosis de Hernán Cortés en Méjico. En la medida en que en España caían abatidos los últimos reductos burgueses, la conquista se hacía fuerte en las comarcas ultramarinas que por siglos habrían de ser los opulentos manantiales de ese oro y esa plata que pasarían fugazmente por una España empobrecida para cumplir su destino final de enriquecer a los manufactureros, mercaderes y banqueros de la Europa burguesa.
Es paradójico observar cómo en la misma cúspide de su poderío militar y de su arrogante hegemonía europea, España incubaba ya la simiente inexorable de su decadencia.
No bien extinguido el fragor de Villalar, el joven rey Carlos I de España ya estaba asfixiado por las acreencias que lo ligaban a los banqueros alemanes que habían financiado a un costo elevadísimo su elección como cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico. De ahí que poco más tarde tuviera que hipotecar el actual territorio de Venezuela a los poderosos Welser; y de ahí que Jacobo Fugger, acaso el más rico banquero de su tiempo, se permitiera escribir y dirigir al emperador una carta insultante en la que le cobraba perentoriamente deudas atrasadas.
Es evidente que ningún banquero mediano de la actualidad se permitiría dirigir un mensaje tan humillante al más modesto de sus deudores morosos como el que hizo llegar Jacobo Fugger al más temible de los monarcas del mundo conocido.

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