domingo, 18 de marzo de 2007

El Comercio entre los Muiscas


Chibchacum, a quien ya hemos conocido como una de las deidades mayores de su pueblo, fue además un acucioso y diligente Mercurio sabanero, y siempre se le invocó, por lo visto con excelentes resultados, como protector del comercio. En efecto, uno de los aspectos más sorprendentes y admirables de la civilización muisca fue la intensidad, así como el grado de avance y perfección que alcanzó su actividad comercial, pese al lastre de carencias tan graves como la de la rueda, las bestias de carga y la moneda. No obstante todo ello, el comercio chibcha alcanzó un radio de acción ciertamente pasmoso si se tiene en cuenta que penetró hasta los propios límites de lo que es hoy el territorio de Colombia. Una de las pruebas más concluyentes del desarrollo a que llegó dicho comercio es que en el litoral Caribe se hallaron mantas y esmeraldas de clara procedencia muisca, que eran trocadas por caracoles marinos y oro.
Otra prueba de la intensidad y de la profusión y variedad de mercados que logró la organización comercial muisca es que, no contando en sus dominios con yacimientos de oro, siempre tuvieron los muiscas abundancia de este metal, lo cual maravilló a los españoles al llegar a estas tierras y comprobar el mencionado fenómeno.
Por otra parte, habían establecido ferias periódicas y centros de intercambio, y delimitado una importante división del trabajo que, por supuesto, contribuyó eficazmente al incremento cualitativo y cuantitativo de la producción.
Había tribus especializadas en el oficio textil (guanes), en la explotación de la sal (zipaquiraes), en la orfebrería (guatavitas), en la alfarería (ráquiras y sogamosos).
Es también notable el hecho que los cronistas destacan, que los muiscas poseían y desplegaban, frente a las demás tribus, una aguda destreza en los tratos comerciales.
Los géneros fundamentales y de primerísimo orden en el comercio chibcha fueron las mantas de algodón, las esmeraldas (que extraían principalmente de Somondoco debido a su cruenta enemistad con los muzos) y la sal, que fue su más valioso producto de exportación y que obtenían en los ricos yacimientos de Zipaquirá, Nemocón y Tausa.
Hasta los confines de los cuatro puntos cardinales llegaron los apetecidos panes de sal que los muiscas elaboraban con refinada pericia técnica y que se trocaban por otros bienes igualmente necesarios.
Otra de las pruebas para citar un ejemplo más de la admirable longitud que alcanzaron las proyecciones del comercio muisca, es que los naturales de lo que hoy son Ecuador y el Norte del Perú (confines septentrionales del Imperio Incaico), hablaban de unos extranjeros que iban hasta allá a comerciar y que provenían de un remoto país, muy rico y feraz, al que llamaban “Cundirumarca” (con algunas variaciones sutiles como “Cundelumarca”y “Condelumarca”). Huelga decir que de este vocablo nació el igualmente eufónico y sonoro con el que hoy distinguimos a la actual Cundinamarca, sobre cuya etimología hay diferentes interpretaciones, ya que algunos autores afirman que en idioma aimara es “región grande” , mientras otros creen que su significado es “morada o lugar de origen del Dios Con”.
También es digno de notarse para destacar el alto desarrollo que había alcanzado entre los muiscas el tráfico de la sal cómo tenían al servicio de la actividad comercial mercaderes altamente especializados en estos oficios. Igualmente, merece tenerse en cuenta cómo habían abierto caminos destinados al comercio del valioso producto, a lo largo de los cuales se encontraban mesones rudimentarios para avituallamiento y reposo de los traficantes.

1 comentario:

Mauricio Duque Arrubla dijo...

Quién iba a pensar que los creadores de la balsa muisca usaban materiales "importados" y no propios