martes, 27 de marzo de 2007

Grandes batallas y el comienzo del fin de los Chibchas


La más grave de todas las carencias culturales de los muiscas fue, sin ninguna duda, el desconocimiento de la escritura en cualquiera de sus formas. Y bien sabemos que pueblo que no escribe es pueblo sin memoria.

En consecuencia, y en términos concretos, la historia que hoy conocemos de los chibchas apenas abarca setenta años entre las primeras noticias de que se dispone a través de la tradición oral que recogieron los cronistas y el advenimiento de los conquistadores.

En el momento en que alborea nuestra historia en torno a 1470 los chibchas habitaban en una gigantesca fortaleza natural circundada por legiones de enemigos desaforados, y hasta entonces impotentes para dar con buen suceso el asalto final a ese formidable reducto de tierras altas y feraces, almenadas de montañas inexpugnables, cuya atmósfera vecina de las nubes, y cuyos vientos gélidos ponían espanto en el ánimo de los feroces sitiadores, y eran como custodios insomnes de este descomunal alcázar verde, donde se guarecía, amenazada, pero a la vez segura, la vetusta estirpe de Chiminigagua y de Bachúe.
El reino de los bogotaes luchó sin cesar en tres fuentes: contra sus inveterados adversarios sutagaos, panches y fusagasugaes; contra su gran émulo, el reino del Zaque de Tunja; contra los caciques levantiscos de Ubaté, Zipaquirá, Ubaque y Guatavita. Y como si todo esto fuera poco, debía mantenerse alerta contra la innumerable hueste de los caribes que asechaban al gigante sin tregua ni reposo y que ya parecían roerle sus pies de roca.
Los caribes habían tendido un cerco que abarcaba los cuatro puntos cardinales. Por el Este, avizoraban impacientes los farallones colosales de la cordillera; habían avanzado por el Sur; hacia el poniente se alineaban en las riberas del Magdalena; por el Norte, venían desde Venezuela y ya se hallaban a la altura del Carare. Ante tales hechos es factible afirmar, con sólidas razones, que si la conquista hispánica se hubiera retardado unos años más, la invasión de los caribes se habría tornado inevitable, así como el consecuente asolamiento de los reinos muiscas.
Hacia 1470, que es más o menos el año uno de nuestra historia chibcha, reinaba el Zipa Saguanmachica. Fue este un invicto y glorioso guerrero que libró campañas decisivas para la salvaguarda de su nación amenazada. Batió a los panches, combatientes encarnizados y temibles, y luego hizo frente a la poderosa coalición de los sutagaos y los fusagasugaes ayudados por los sobrevivientes del recién diezmado ejército panche.
El éxito de Saguanmachica fue rotundo. Acosó a los vencidos hasta su capital, Fusagasugá, y en combates sucesivos, venció a los caciques Uzatama y Tibacuy. El primero de ellos mereció la benevolencia del triunfador. No así Tibacuy, a quien Saguanmachica persiguió sin reposo hasta las tierras del cacique de Guatavita, antaño ciudad sagrada de los muiscas. Este, envidioso de la carrera fulminante de Saguanmachica, armó sus mesnadas y se lanzó a la guerra contra el Zipa de los bogotaes. Más le hubiese valido no hacerlo. Su tropa quedó totalmente aniquilada, por lo cual hubo de huir en estampida hacia Tunja buscando asilo con el Zaque Michúa, el cual se lo otorgó, y además hizo llegar a su rival de Bogotá toda una serie de ásperas admoniciones.
El espectro de la guerra se cernió de nuevo sobre estos altiplanos, pero esta vez pudo ser temporalmente conjurado con unos precarios acuerdos de paz entre los diferentes grupos en conflicto.
En este punto, ya es pertinente aludir a dos poderosas causas económicas de los conflictos crónicos entre el Zaque de Tunja y el Zipa de Bacatá. Vimos anteriormente la importancia vital que para el comercio de los pueblos chibchas tuvieron la sal de Zipaquirá y Nemocón y las esmeraldas de Muzo y Somondoco. Pues bien, la sal estaba, aunque en territorio del cacique de Zipaquirá, bajo el área de influencia y control del monarca de Bogotá. Por su parte, las zonas esmeraldíferas caían dentro de la jurisdicción del Zaque. Resultaba así lógico que cada uno de los poderosos soberanos codiciara con vehemencia las vitales riquezas mineras de su rival.
No es para sorprenderse, por consiguiente, que los convenios de paz y concordia fueran sistemáticamente violados por ambas partes, aunque al parecer quien de modo más flagrante quebrantó los pactos fue Saguanmachica, cuando invadió los territorios del cacique de Ubaque, los cuales, conforme con los acuerdos, le estaban vedados.
La guerra, ya inevitable, no tardó en estallar. Fue larga y en extremo cruenta. Duró dieciséis años y el bravo Saguanmachica tuvo que librarla en dos frentes, ya que, además de enfrentarse por el Norte a Michúa, hubo de enviar nuevamente a sus huestes hacia el Occidente para batir otra vez a los fusagasugaes, panches y sutagaos en Zipacón y Tena.
La gran batalla, el encuentro ciertamente épico de esta contienda se libró en Chocontá, coincidencialmente hoy zona limítrofe entre Cundinamarca y Boyacá. Se ha hablado de sesenta mil guerreros del Zaque contra cincuenta mil del Zipa. Estos guarismos parecen excesivos, pero lo cierto es que la refriega fue larga y encarnizada y que, como en las grandes epopeyas, los adalides supremos entregaron sus vidas con las armas en la mano.
Ambos rivales cayeron. Sucumbió Michúa vencido con honor. Pereció Saguanmachica, gloriosamente triunfador.
Y vino la sucesión. Quemuenchatocha, valiente y arriscado mozo de apenas dieciocho años, subió al trono de Michúa. Al heroico Saguanmachica lo reemplazó su sobrino Nemequene, estadista, legislador y guerrero, que en todo momento contó en el campo bélico con la valiosa cooperación de Tisquesusa, a la vez sobrino suyo y notable estratega.
El apoyo de Tisquesusa fue esencial para Nemequene, dado la pluralidad de frentes a que tuvo que acudir simultáneamente con sus ejércitos. En una nueva oportunidad volvió a derrotar a los panches y sutagaos, en tanto que Nemequene aplastaba a varios caciques sublevados, tales como los de Ubaté, Zipaquirá, Ubaque y Guatavita. De todos ellos, el que reincidió en la insurrección fue el de Zipaquirá, por la invaluable posesión de las salinas. Tisquesusa le salió al paso y exterminó a sus huestes.
De la victoria de Nemequene sobre el de Ubaque merece destacarse un hecho notable. Al verse vencido sin remedio, el cacique arrojó sus ingentes riquezas de oro y esmeraldas al fondo de la laguna. Y fue este momento en que el gran Nemequene hizo gran alarde de su magnanimidad: perdonó la vida al vencido y le restituyó la propiedad de sus tierras.
Una vez más volvieron a chocar las fuerzas de los monarcas de Tunja y Bacatá y de nuevo la cruenta batalla tuvo lugar en tierras de Chocontá. Ambos soberanos animaban a sus guerreros y les daban ejemplo de coraje y de impavidez ante la muerte que cruzaba rauda por los aires y silbaba en las temibles puntas de lanzas y venablos. Caían bravos combatientes de lado y lado y la suerte de la contienda no se decidía. Finalmente, la esquiva victoria empezó a inclinarse ligeramente hacia el Zipa.
El valeroso Nemequene no había abandonado un solo instante los puestos de mayor peligro en el combate, hasta que quiso la suerte aciaga que un dardo volara certero a clavarse en la mitad de ese corazón infalible al que sólo la muerte pudo dar reposo. Desconcertados los guerreros del Zipa por la súbita muerte de su caudillo, emprendieron la retirada, mas no perseguidos por los hombres del Zaque los cuales, ya prácticamente derrotados, optaron por replegarse hacia sus tierras. La última gran batalla entre los Muiscas, había terminado.
El luto y la aflicción se enseñorearon de los dominios de Nemequene. El más aguerrido y noble de los adalides yacía ahora inerte y, en medio de tristes llantos funerales, se aprestaba para bajar a la real sepultura, embalsamado por sus jeques y todo cubierto de áureas láminas y esmeraldas relucientes. Profundamente sumidas en el sopor imperturbable del borrachero, las favoritas de su regio serrallo descendieron con él a la lóbrega sima de la tumba. Igualmente, los servidores tuvieron buen cuidado de proveerlo de copiosas viandas y múcuras de chicha, buena provisión de coca y sus mejores armas para el viaje sin retorno. Una vez que los jeques se aseguraron de que el cadáver de su señor quedara dando la faz al sol naciente, vale decir, al punto por donde habla hecho su aparición el inmortal Bochica, se clausuró el sepulcro y llegaron a su término veinticuatro años del glorioso reinado.
No bien hubo heredado Tisquesusa el trono de su finado tío, cuando comenzó a reunir a sus caciques tributarios, a sus más avezados guechas y a sus mejores tropas para emprender contra Quemuenchatocha una arrolladora ofensiva que vengara satisfactoriamente la muerte de Nemequene.
En Cajicá terminaron los aprestos bélicos y Tisquesusa avanzó contra su enemigo tradicional. Pero acaso porque los dos pueblos estaban extenuados por la incesante sangría, se llegó esta vez a un pacto de paz en el cual, sin embargo, llevó ventajas el Zipa, quien, como resultado del acuerdo, recibió una apreciable cantidad de joyas, oro y tierras. Sellada la paz con el Zaque, el belicoso arriscado Tisquesusa no se dio tregua. Aún había caciques facciosos que escarmentar. Eran los de Ubaté y Susa. Hacia ellos se dirigió el poderoso Zipa y no tardó en subyugarlos. Fueron sus últimas victorias.
Y ahora levantemos el vuelo de regreso hacia la leyenda, hacia el mito, hacia la poesía, por donde iniciamos el hilo de esta historia cuando evocamos a las aves portentosas de Chiminigagua, en cuyos picos nacía el aliento mágico que disipaba las tinieblas y presagiaba el advenimiento de la vida.
Retornemos a esos mundos que, parafraseando a Coleridge, “son una suspensión temporal de nuestra incredulidad”. Y sigamos encontrando concomitancias extrañas y asombrosas.
Milenios antes de nuestra historia y lejos, muy lejos de su escenario, el indomable Moisés, airado ante la inconmovible obstinación del Faraón en mantener a su pueblo en la cautividad, invocó a Yahvé y, dotado por su dios de poderes sobrenaturales, envió a su hermano Aarón a que, con el solo roce de su cayado, convirtiese el caudaloso Nilo en un espantable torrente de sangre, por cuyo cauce empezaron a descender, ante la mirada medrosa de millares de egipcios, inmensos cardúmenes de peces muertos. ¡La sangre! ¡Siempre la sangre como signo de calamidad y pesadumbre, como vaticinio funesto y como castigo a los pecados de los hombres! ¡La sangre indeleble y tozuda en las manos de Lady Macbeth! La sangre que presintió también el inca y que recreó Chocano con maestría cuando cantó: “cataratas de sangre colmarán los barrancos y entrarán otros dioses en el templo del sol”.
Y las leyendas de nuestros muiscas, acaso en la última de ellas, también está presente el símbolo de la sangre con toda su carga fatídica. Una noche dormía apaciblemente Tisquesusa en su refugio de Tena, concediendo así un breve reposo a sus habituales fatigas de guerrero contumaz. Fue así como, se vio de un momento a otro gratamente sumergido en una de las tibias albercas que los vasallos habían aparejado allí para solaz y recreo de los soberanos. Y he ahí que en el momento en que las aguas mejor tonificaban el cuerpo del Zipa, vio éste con espanto cómo el líquido benefactor se convertía en un espeso y viscoso charco de sangre.
Despertó con sobresalto y en el acto convocó a los más lúcidos y sabios de todos sus jeques para pedirles que le revelasen sin demora el significado de la horrenda visión. Los sacerdotes interrogaron largamente al Zipa e inquirieron con porfía acerca de todos los detalles del sueño.
La sentencia fue unánime y restituyó el sosiego en el ánimo de Tisquesusa: no había en tal sueño augurio nefando alguno. Por el contrario, lo que la visión quería decir era que, merced a su genio militar y a la invencibilidad de sus guechas y soldados, muy pronto gozaría el supremo placer de darse una gratificante ablución con la sangre de su encarnizado Quemuenchatocha.
Cuán extraviados estaban los sacerdotes de Tisquesusa, se vio poco después. Ciertamente fue grande el júbilo del Zipa por tan grata y estimulante predicción. Pero aún no estaba totalmente tranquilo. Todavía le faltaba escuchar la palabra del más anciano y sapiente de todos sus jeques: el venerable Popón, a quien por desgracia, no fue posible hallar por parte alguna. En efecto, el viejo sacerdote había huido, temeroso de revelar a Tisquesusa la terrible verdad que encerraba su sueño premonitorio.
Los otros sacerdotes se habían equivocado o, sabedores de la verdad, no habían osado descubrirla y habían preferido endulzar los regios oídos con la interpretación halagüeña que ya vimos.

Más tarde, Popón reveló a un grupo de nobles la única, la cruda verdad: la sangre en que se bañaría Tisquesusa no sería de su rival Quemuenchatocha sino la suya propia, vertida por unos implacables invasores extranjeros que se avecinaban.
Popón no mentía. Por los confines septentrionales del reino chibcha, ya a esta sazón avanzaban los terroríficos centauros de rostros peludos que en una mano enarbolaban dos maderos en cruz y en la otra unos artefactos diabólicos de cuyas bocas fragorosas salían, en infernal estampida, el fuego y la muerte y que, en muy breve tiempo, sepultarían una era y serían los parteros de otra que aún no ha concluido

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