jueves, 22 de marzo de 2007

La arquitectura Muisca


Dentro de un concepto de correcta y objetiva apreciación del cosmos cultural Muisca, hemos de reconocer que entre sus formas menos avanzadas se cuenta la arquitectura.
Las construcciones Muiscas fueron precarias y perecederas. No usaron la piedra y, por ende, sus obras arquitectónicas no alcanzaron en lo mínimo la grandiosidad ni las dimensiones de las incaicas, mayas o mexicanas, ante cuyos vestigios, muchos de ellos en sorprendentes condiciones de conservación, no podemos ocultar nuestra admiración de hombres del siglo XXI.
En este aspecto fueron, inclusive, a la zaga de pueblos de la actual Colombia como los taironas. La caducidad de los materiales empleados por los muiscas en sus construcciones civiles, religiosas y militares fue factor determinante de que, poco después de la Conquista, no quedara ni rastro de ellas. Además, los Muiscas no llegaron al concepto de agrupación urbana.
No hubo entre ellos poblados, en el sentido estricto del vocablo, y mucho menos ciudades como la majestuosa Tenochtitlán, que puso pasmo y admiración en el ánimo de Cortés y sus guerreros. Las viviendas estaban dispersas por todas partes, y generalmente erigidas al lado de las labranzas, formando un conjunto pintoresco pero desordenado, y que de ninguna manera obedecía a plan o concierto alguno.
Como la densidad de población de nuestra sabana era muy alta, las construcciones estaban relativamente cerca unas de otras, y como, además, su forma y concepción eran, al parecer, agradables a la vista y estaban todas ellas rodeadas de cercados, el Adelantado Jiménez de Quesada, inspirado por la primera impresión que recibió al divisarlas, dio a estas tierras el nombre de “Valle de los alcázares”. que ha perdurado hasta nuestros días.
Las viviendas, llamadas también bohíos, eran de bahareque, con techos de paja y forma elíptica. Su diámetro máximo oscilaba entre 7 y 8 metros y el mínimo pasaba de los 5. Los muros se aseguraban con horcones clavados en la tierra. Las puertas y ventanas eran pequeñas y de las primeras colgaban laminillas de oro que brillaban con el sol y producían un sonido grato en extremo cuando les daba el viento y al abrir y cerrar las puertas.
En el interior había aposentos y retretes, y los muros, así como el piso, eran cubiertos con tejidos y esteras de paja y esparto. Afuera del bohío estaba el cercado de maderos gruesos. Las viviendas, en ocasiones, eran construidas en forma cuadrangular.
Lógicamente, el tamaño y la suntuosidad de estas construcciones eran proporcional a la calidad de los habitantes, hasta llegar a las moradas de los supremos jerarcas (caciques y el propio Zipa). El cercado del Zipa tenía un carácter sagrado y los corpulentos maderos que lo formaban eran el símbolo del Universo. Las ceremonias de consagración de las casas que habrían de ocupar los grandes señores revestían una particular solemnidad.
Los mozos más resistentes y forzudos emprendían largas carreras en las que los campeones eran premiados con mantas. Estas carreras o competencias tenían para los comprometidos en ellas un significado tan profundo y vital que ninguno de los atletas desistía vencido por el cansancio, hasta el punto de que hubo muchos que prefirieron reventar de fatiga antes que afrontar la ignominia de la deserción. Parte esencial de la ceremonia era clavar en hoyos muy profundos los leños principales que habrían de formar el cercado. La liturgia prescribía que en el fondo de cada hoyo fuera colocada una doncella muy joven, cuya sagrada misión era recibir sobre su frágil humanidad el peso descomunal del horcón que, obviamente la trituraba en el acto. Según la liturgia Muisca, el acto solemne de macizar estos huecos con los cuerpos aplastados de las doncellas era signo infalible de reciedumbre, invulnerabilidad y toda clase de buenos augurios para el cercado y la casa.
Es digno de destacarse el hecho de que las niñas elegidas para ser inmoladas bajo el peso de los maderos sagrados eran siempre hijas de los miembros más encumbrados de la comunidad, los cuales tenían a grande honra el que sus niñas recibieran el privilegio de otorgar sus cuerpos como cimiento de los horcones venerables.
En estos festejos rituales, se bailaba y cantaba sin cesar y hombres y mujeres ingerían infinitas múcuras de chicha hasta la total ebriedad. Cuando ya estaban borrachos, se ayuntaban unos con otros sin distinciones ni cortapisas, de suerte que aún a las mujeres de caciques y nobles les estaba permitida la licencia de copular con todos los hombres que deseasen, sin que tales excesos fueran en lo mínimo punibles.
Desde luego, estas promiscuidades estaban taxativamente limitadas a las fiestas anteriormente descritas. Concluidas las celebraciones, la conducta de la comunidad retornaba a sus cauces normales.
Mucho escribieron los cronistas sobre el legendario Templo del Sol en Sogamoso y muchos especularon sobre sus dimensiones colosales. Fray Pedro Simón afirma que, al ser incendiado, duró ardiendo un año y no faltaron quienes dijeran que las llamas habían tardado cinco años en consumirlo. No hay noticia de otros grandes templos y, por el contrario, se sabe que lo que proliferaba entre los Muiscas no eran vastas edificaciones donde se congregaran muchedumbres de fieles, sino pequeños santuarios a donde no podía entrar mucha gente, y que sólo eran frecuentados por los sacerdotes, que solían guardar allí los objetos del culto.
En cuanto a la arquitectura militar, se tiene noticia de la célebre Casa de Armas de Cajicá, sólida construcción que servía al Zipa como arsenal para guardar allí armas, municiones de toda índole y demás pertrechos para la guerra.
Finalmente, la recreación del Zipa hubo de merecer el trabajo y el esfuerzo de los constructores Muiscas. El soberano había mandado construir en la comarca de Tenaguasa (hoy Tena), aprovechando su clima templado, un albergue que los españoles denominaron Casa del Monte, donde el Zipa disponía de baños en abundancia y a donde se trasladaba con su nutrido séquito de mujeres para entregarse al ocio y al descanso. Igualmente, en Tabio tenía el Zipa unos baños termales guarecidos de cercados y un espeso bosque de palmas.

1 comentario:

Andres dijo...
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