jueves, 8 de marzo de 2007

La mujer en la Civilización Chibcha


A propósito de la celebración del día mundial de la mujer, entraremos a profundizar un poco sobre el papel desempeñado por las mujeres en el ámbito cultural y social en la civilización Chibcha.
Dentro del marco de nuestras culturas de raigambre romano judeo cristiana, durante siglos se rindió fervoroso culto a la virginidad femenina en diversos planos y por variados conceptos.
En una bien guardada y defendida doncellez radicó siempre la honra de la mujer virtuosa, por lo que resultaba, no sólo impensable sino también punible hasta los extremos más cruentos, que una joven de probada casta y familia intachable llegase al matrimonio habiendo perdido antes tan preciado tesoro.
En consecuencia, para los recién llegados españoles debió de ser motivo de asombro toparse con la costumbre hecha ley según la cual entre los chibchas la doncellez, no sólo carecía de todo valor y respetabilidad, sino que, por el contrario, rebajaba a la mujer que la poseía por considerarse que haberla conservado por largo tiempo era signo inequívoco de escasa o ninguna aceptación entre los varones.
Por consiguiente las vírgenes pertinaces eran tenidas, según afirma un cronista, como “desgraciadas”, vale decir, marginadas, en términos de hoy, con el triste agravante de que las viejas doncellas muiscas no tenían el consuelo de la vida monástica
Otra de las costumbres que involucraban a las mujeres, era la no muy pacifica de azotar a sus maridos, lo cual no hacían por obra de sus impulsos coléricos, sino por procuración y ministerio de la Ley.
Es bueno aclarar, que no todas las mujeres chibchas practicaban dicha costumbre, sino únicamente las que contaban con la suerte de pertenecer al serrallo de un encumbrado cacique. La explicación era bien sencilla. Si el cacique delinquía, su mismo rango lo ponía a salvo de cualquier acción punitiva.
Pero el Código de Nemequene, en su previsión y sabiduría, no quiso cubrir con su manto de total impunidad los actos de estos altos jerarcas, y para tal efecto consagró un inusitado privilegio matriarcal, consistente en otorgar a sus mujeres la prerrogativa de castigar sus pecados y delitos con la flagelación. Y aquí viene la gran paradoja. Como ya lo vimos atrás, el Zipa y los caciques podían allegar tantas mujeres cuantas sus recursos les permitieran sustentar.
Ello, en principio, era reputado como el más envidiable signo de fortuna de los más acaudalados. Lo malo era que, en el momento de merecer un castigo, dicha suerte se convertía en una cruel maldición, puesto que en ese caso, los azotes crecían proporcionalmente al número de mujeres, ya que todas ellas querían siempre participar activamente en la zurra, vapuleando por lo menos un par de veces al infeliz.

Narra el cronista Fernández de Piedrahita una historia en extremo pintoresca a propósito de esta costumbre. Estando ya consumada la conquista y establecido el Adelantado Jiménez de Quesada en el poblado de Suesca, un día quiso Don Gonzalo visitar a un cacique amigo y vecino suyo. Y grandes fueron su sorpresa y estupor cuando, en vez de hallar a su amigo rodeado de amorosas y solícitas mujeres, lo encontró atado a una estaca en tanto que la totalidad de ellas, que eran nueve, lo flagelaban con vesanía. Conmovido, el Adelantado rogó a estas terribles mujeres sabaneras que pusieran fin al bárbaro castigo, con lo cual nada logró, pues al parecer las enardecidas matronas estaban dispuestas a no suspender la paliza hasta despellejar a su común esposo. Una vez que pararon los azotes y las fieras tomaron algún descanso, Don Gonzalo pidió una explicación de esta horrenda ceremonia y la obtuvo.
La
víspera habían pasado unos españoles rumbo a Santa Fe por los dominios del cacique. Allí se detuvieron, y como traían consigo buena provisión de vino castellano, lo escanciaron generosamente y bebieron en compañía del cacique, quien, por no estar acostumbrado a esa clase de licor, se embriagó de la manera más aparatosa y grotesca, no sin hacer toda clase de estropicios en su casa antes de tenderse a dormir la borrachera.
A
la mañana siguiente vino la venganza del serrallo, que nos cuenta el cronista. Estamos seguros de que ni el menos afortunado de los maridos contemporáneos podría narrar una experiencia semejante a ésta después de la más truculenta y pecaminosa de sus juergas.
Uno de los apartes del Código de Nemequene nos muestra su severidad inmisericorde con los maridos que, sin culpa alguna, sobrevivían a sus mujeres. En primer término, si éstas alcanzaban a dictar las últimas disposiciones de su voluntad antes de fallecer, una que no fallaba nunca era ordenar a su esposo la observancia de la más rigurosa castidad durante un período que la moribunda establecía, con la única condición de que no excediera de cinco años. Dentro de los límites de este plazo, el pobre viudo tenía que someterse forzosamente al tiempo de abstinencia sexual que la finada hubiera querido imponerle a su real arbitrio.
Por supuesto, este privilegio estaba taxativamente reservado a la mujer principal. Sin embargo, si el marido era astuto y ladino podía, mediante un diestro juego de argucias, obtener que su esposa, próxima a morir, le rebajase el período de la luctuosa castidad.
Por otra parte, si la causa de su viudez era el parto, la suerte aciaga del desventurado se agravaba, pues además del consabido término de pureza forzada, el viudo había de entregar la mitad de su hacienda, o si era indigente lo que pudiera, a la familia de su esposa, arriesgándose, si rehusaba hacerlo, a ser perseguido hasta la muerte.
Como bien hemos podido observar, las mujeres en la civilización Chibcha poseían en muchos aspectos de la vida cotidiana un poder casi matriarcal

1 comentario:

Patton dijo...

De nuevo, la cosas no distan mucho de nuestar realidad actual. Las chibchas de ahora siguen siendo una sociedad matriarcal, aunque lo nieguen.