lunes, 9 de abril de 2007

Bogotazo del 9 de Abril de 1948 - El Magnicidio del Caudillo -


Los numerosos bogotanos que el 9 de abril de 1948 salían de sus oficinas del centro a almorzar tranquilamente a sus casas tomando su auto particular, un taxi o el tranvía, según el caso, estaban muy lejos de imaginar que unos minutos más tarde ocurriría la tragedia que partiría en dos la historia de la capital colombiana y el suceso de más honda trascendencia en los años de vida de nuestra ciudad.
La urbe se encontraba engalanada, se habían inaugurado numerosas obras y su talante general era festivo debido a que, en esos momentos, Bogotá era anfitriona de la IX Conferencia Panamericana, a la cual concurrían personalidades de tanto relieve como el general George C. Marshall, ideólogo y artífice de la reconstrucción europea después de la hecatombe que la asoló entre 1939 y 1945. El general Marshall se desempeñaba como cabeza de la delegación norteamericana a la reunión internacional.
El panorama de la política colombiana no era satisfactorio. Negros presagios se hacían visibles en el horizonte. Los hechos de violencia acaecidos en diversos lugares del país habían generado polarización y agudos enfrentamientos entre los partidos tradicionales, hasta el punto de que el liberalismo se había retirado del gabinete de Unión Nacional del presidente Mariano Ospina Pérez, obligando al Primer Mandatario a designar un grupo homogéneo de ministros conservadores, entre los cuales se destacaba el aguerrido caudillo de ese partido, Laureano Gómez, quien asumió la cartera de Relaciones Exteriores, que en esos momentos adquiría una especial relevancia por la ya mencionada IX Conferencia. El Partido Liberal también se abstuvo de participar en la delegación colombiana.
Tales virajes de la política liberal se efectuaron por designio de su Jefe Unico, Jorge Eliécer Gaitán, cuyo carisma arrollador lo había llevado a la suprema dirección de su partido. Esto fue la culminación de una campaña fulminante que se había iniciado en la derrota liberal del 5 de mayo de 1946 y que, en sucesivas elecciones intermedias habían consagrado a Gaitán como el caudillo indiscutible del liberalismo y como el único conductor capaz de llevar a las mayorías liberales a la reconquista del poder en 1950. En los primeros meses de 1948 el dirigente estaba, sin duda posible, en el ápice de su prestigio y su poder político.
Sin embargo, el clima de paz interna de la República distaba mucho de ser óptimo. Gaitán venía exigiendo del Gobierno mayores garantías para sus copartidarios en todo el país, y dentro de esa campaña organizó en febrero de 1948 una impresionante “Manifestación del Silencio” en Bogotá. En esta oportunidad, el caudillo convocó a sus fieles masas en la Plaza de Bolívar con la advertencia perentoria de que durante el desfile, mientras permanecieran en la plaza escuchando su alocución, y al disolverse, no debería lanzarse un solo grito. Muchos dudaron de que las multitudes, bajo el influjo de Gaitán, llegaran a tan inusitado extremo de disciplina y acatamiento a los designios del Jefe. No obstante, así fue, para pasmo y asombro de la ciudadanía, de las autoridades, y en general de toda la Nación.
Una muchedumbre colosal, acaso más numerosa esta vez que nunca, desfiló por las calles céntricas dando el más extraordinario ejemplo de orden y civismo que había conocido esta capital.
Tal como Gaitán lo había dispuesto, no se oyó ni un grito, ni una consigna, ni siquiera una emisión de voz medianamente alta. El río humano colmó la Plaza de Bolívar, y, dentro del mismo silencio unánime, escuchó la que justamente ha sido considerada como la obra maestra de Gaitán: su célebre “Oración por la Paz”, una imprecación tan serena y grave en la forma, como dramática en el contenido, que en otras circunstancias habría podido suscitar una ovación sin precedentes, y quizás una impredecible cadena de reacciones multitudinarias, de no haber gravitado sobre la masa el imperioso requerimiento del caudillo. En efecto, las gentes se dispersaron en orden y en silencio, abrumadas de emoción, pero conscientes de que no podían faltar al magno compromiso histórico que todos habían contraído con su líder al hacerse presentes en la manifestación.
El 8 de abril fue un día de singular significación en la vida profesional de Jorge Eliécer Gaitán. Esa noche culminó en forma apoteósica para él una de aquellas grandes defensas que consolidaron su prestigio como abogado penalista. El jefe del liberalismo celebró esa noche con algunos amigos y colegas su estupendo suceso forense y el viernes 9 madrugó como de costumbre a su despacho, situado en el cuarto piso del Edificio Agustín Nieto, en la carrera 7a. entre la Avenida Jiménez y la calle 14. Allí siguió recibiendo las congratulaciones de sus amigos. Al aproximarse el medio día, Gaitán decidió almorzar en el Hotel Continental en compañía de cuatro de los más queridos y allegados. Ellos eran Plinio Mendoza Neira, Jorge Padilla, Alejandro Vallejo y el médico Pedro Elíseo Cruz.
Cerca de la una de la tarde Gaitán les insinuó salir pronto, pues a las tres tenía una cita con el joven estudiante cubano Fidel Castro, quien presidía la delegación de ese país al Congreso Universitario Latinoamericano, que a la sazón se celebraba en Bogotá simultáneamente con la IX Conferencia Panamericana.
Según coincidieron en afirmarlo sus cuatro acompañantes, Gaitán estaba especialmente eufórico ese día, e inclusive hizo chistes acerca de la incidencia que podría tener sobre la cuenta del almuerzo el formidable apetito de Plinio Mendoza. A la una tomaron el ascensor y se dirigieron a la calle para subir a pie por la Avenida Jiménez hacia el Continental. Adelante iba Gaitán, a quien en ese instante tomaba por el brazo Plinio Mendoza. Atrás Padilla, Vallejo y Cruz.
En cuanto salieron al andén sonaron tres disparos. En seguida otro. Gaitán cayó al suelo, ya en estado preagónico. El médico Cruz trató de auxiliarlo. Los demás identificaron, en la puerta de la vecina Droguería Granada, a un sujeto de aspecto patibulario que aún empuñaba el revólver homicida. Aterrados, los acompañantes del caudillo abordaron un taxi y se dirigieron hacia la Clínica Central, que estaba situada en la calle 12 entre carreras 4a. y 5a. Gaitán aún respiraba con dificultad, lo cual les dio alguna esperanza de salvarle la vida.

Desgraciadamente, todos los esfuerzos fueron vanos. Pedro Elíseo Cruz y otros médicos se congregaron en el quirófano en torno al cuerpo casi exánime ya del político tratando desesperadamente de reanimarlo. Nada había que hacer. Dos impactos le habían perforado los pulmones y uno había penetrado en la base del cráneo. A las dos de la tarde Jorge Eliécer Gaitán expiraba en medio de la consternación y el estupor de sus acompañantes. Atrás quedaba toda una era de historia nacional y se abría otra cargada de signos nefandos.
Al tiempo con el drama que tenía lugar en la Clínica Central, otro de dimensiones espantables se iniciaba en el lugar del sacrificio. Horrorizado, el asesino trató de buscar refugio en la Droguería Granada, cuyos empleados cerraron a toda prisa la reja para ponerlo a salvo de la furia popular que ya se abatía sobre él. Farfullando voces ininteligibles, el victimario imploraba protección contra el alud que se le venía encima. Un agente de la policía trató en vano de sosegar a los exaltados, haciéndoles ver las incalculables ventajas de capturarlo vivo a fin de obtener datos, pistas y confesiones de incomparable valor para el esclarecimiento del magnicidio. Todo inútil. Lo que el impotente policía intentaba era poner a razonar a una multitud enardecida, lo cual era obviamente imposible en esas circunstancias. La turba forzó la verja. Un embolador le asestó el primer golpe en la cabeza con su caja de madera. Luego siguieron los demás. Sobre el asesino se descargó una avalancha inmisericorde de golpes y patadas que lo convirtió en pocos instantes en una masa amorfa y sangrante.
En seguida, dos hombres del pueblo tomaron el cadáver de los pies y se dirigieron por la carrera 7a. hacia el Sur, rumbo al Palacio de la Carrera, en cuya puerta lo abandonaron. En ese momento estallaba la tragedia. La masa humana que dos meses antes había dado un ejemplo asombroso de disciplina y de cultura cívica, sería la misma que roto ya el dique que la contenía y le daba forma se lanzaría con furia vesánica a incendiar y arrasar la ciudad, a saquear sus almacenes y edificios comerciales, y a desafiar con ímpetu suicida a las fuerzas del orden.
Algo se pudo averiguar acerca del magnicida. De oscuros antecedentes, entre ellos algunos de enajenación mental, se pudo averiguar que en la mañana de ese 9 de abril estuvo reunido en un sórdido cafetín de la calle 9a. con algunos compinches de tenebrosa catadura, examinando varias armas de fuego. Hacia el medio día se separaron declarando a voces que la cita era en el café “Gato Negro” (frente a la oficina de Gaitán). El sujeto, que luego fue identificado como Juan Roa Sierra, subió al cuarto piso del Edificio Agustín Nieto y trató de ser recibido por el doctor Gaitán, pero se topó con la negativa de la secretaria. Roa bajó con muestras evidentes de desagrado, se reunió abajo con otro personaje misterioso que fumaba nerviosamente y aguardó hasta el momento fatídico en que el caudillo, rebosante de euforia salió con sus cuatro acompañantes.
La ira de las turbas se dirigió primero contra objetivos políticos: edificios públicos, el periódico El Siglo, la residencia de Laureano Gómez. También hubo saqueos de ferreterías, a fin de proveerse de machetes. Innumerables tranvías ardieron en las calles. La situación de orden público empezaba a tornarse caótica y el Palacio Presidencial comenzó a parecer una frágil ciudadela sitiada.
Los jefes liberales, concentrados en la sede de El Tiempo, deliberaban hasta que recibieron un mensaje del doctor Camilo de Brigard Silva, Secretario General de la Conferencia Panamericana, quien en ese momento estaba en el Hotel Granada. De Brigard había tomado la resolución histórica de asumir por su cuenta y riesgo el papel de puente y coordinador para una reunión que él juzgaba imperiosa entre los jefes liberales y el presidente Ospina. Los liberales aceptaron y de inmediato emprendieron la azarosa marcha hacia Palacio en medio de las balas. Sólo pudieron contar con una precaria escolta. Varias veces en el camino tuvieron que guarecerse en zaguanes o arrojarse al suelo para no caer alcanzados por los proyectiles. Integraban esta intrépida caravana Luis Cano, Darío Echandía, Alfonso Araújo, Alberto Arango Tavera, Carlos Lleras Restrepo, Alonso Aragón Quintero, Julio Roberto Salazar Ferro y Jorge Padilla.
Finalmente, luego de desafiar todos los peligros con buen suceso, los jefes liberales pudieron entrar a Palacio, donde fueron recibidos por el Presidente. Y fue entonces cuando empezó, dentro y fuera de los muros de la sede del Gobierno una de las grandes batallas políticas de nuestra historia contemporánea.
Sobre este improvisado palenque se movieron diversas y muy heterogéneas fórmulas para solucionar la crisis. Algunos liberales plantearon la necesidad de la renuncia presidencial. Ospina se negó a dimitir. Poco después, los militares, con el general Rafael Sánchez Amaya como vocero, propusieron con la mayor cortesía a Ospina su retiro para dar lugar a la constitución de una junta militar de gobierno. Con igual firmeza, el Presidente rechazó esta fórmula y les planteó la contrapropuesta de un gabinete militar con Ospina como Presidente. Los altos oficiales no aceptaron, con el argumento de que había carteras cuyo cabal desempeño escapaba a la capacitación profesional de un militar. Ospina exigió entonces a cada uno de los oficiales ocupar sus puestos y éstos acataron la orden.
Entre tanto, el entendimiento con los liberales avanzaba; debido principalmente a la actitud sensata y prudente de Darío Echandía. Era evidente que, en medio de la crisis, se abría paso la idea de un gabinete bipartidista que reviviera la quebrantada Unión Nacional. Las dos fórmulas radicales estaban virtualmente descartadas, por cuanto ambas coincidían con el retiro del presidente Ospina: la de los liberales “duros” y la de los militares, cuyo máximo inspirador fue el canciller Laureano Gómez.
Vino entonces el final de la crisis. Ospina ofreció el Ministerio de Gobierno a Echandía y el resto de las carteras de la mitad del gabinete a otros tantos liberales prominentes. Echandía respondió al Jefe del Estado que su aceptación estaba condicionada al conocimiento de los nombres que integrarían la nómina ministerial. Echandía la encontró equitativa y satisfactoria y aceptó. Renacía en esa forma la Unión Nacional.
Hacia el 15 de abril, cuando el Ejército ya había tomado el control de la ciudad a fondo, el espectáculo era desolador. No todo Bogotá, como informaron, exagerando, algunos medios, pero sí su área central configuraba, con algunas salvedades aisladas, el panorama de una urbe bombardeada sin tregua ni contemplaciones.
El pillaje y el saqueo al comercio se habían practicado en forma salvaje, y en los días siguientes se convirtieron en un sórdido negocio de mercachifles clandestinos. Acaso los incendios y la devastación habrían sido peores a no ser por un aguacero que empezó a caer en forma pertinaz sobre la ciudad en la tarde del viernes 9 y, además, porque las hordas se dieron con verdadera voracidad a saquear los expendios de licores y a beberlos en las propias botellas, con la consecuencia de que se embriagaron de manera fulminante. La beodez atemperó y en ocasiones frenó del todo los ímpetus devastadores. Algunos tozudos francotiradores permanecieron agazapados en techumbres y ruinas disparando ocasionalmente contra la fuerza pública, hasta que en su mayoría cayeron abatidos.
Una investigación realizada sobre los inventarios de la Junta de Reconstrucción, demostró que el total de edificios incendiados ascendió a 136, de los que sólo 7 eran ofíciales. Los inmuebles destruidos fueron avaluados en 37 millones de pesos, lo cual resultó ser una cifra engañosa, puesto que las construcciones que sucumbieron el día fatídico sólo sumaron un valor de seis millones y medio de pesos. El resto era el valor de la tierra que, como es obvio, no se perdió, ni quemó, ni evaporó.
Las mencionadas 136 edificaciones estaban situadas entre las calles 10 y 22 y las carreras 2a. y 13. Los incendios afectaron un poco menos de 30 manzanas. El saqueo se concentró en el área comercial que, como bien es sabido, estaba localizada entonces casi totalmente en el centro. Los depredadores prefirieron ante todo víveres, ropa, muebles y artículos de lujo y valor tales como joyas, electrodomésticos, bicicletas, etc. Y cabe anotar que no fue solamente el lumpen más ruin de la ciudad el beneficiario de! pillaje. Trabajadores y pequeños comerciantes también intervinieron en el siniestro festín, y posteriormente, gentes de las clases media y alta sacaron amplio provecho del latrocinio, comprando toda suerte de mercancías a los saqueadores a precio vil.
En cuanto a las reclamaciones que hubo de atender el Gobierno, se contaron entre ellas la de los Hermanos de la Salle, que cobraron $778.228.oo por el Instituto el cual quedó totalmente arrasado; la Arquidiócesis, que recibió $221.978.oo; el propio Arzobispo, quien, sin haber presentado reclamación, recibió $102.048.oo; el doctor Laureano Gómez, que presentó reclamación por los incendios de El Siglo y de su casa, y fue indemnizado con $188.075.00.
Respecto a los blancos elegidos por las turbas en las primeras horas del motín, hay algunas discriminaciones curiosas. El bellísimo Hotel Regina situado donde hoy está el Edificio Avianca, fue reducido a escombros, mientras el Granada, ubicado frente al Regina, sobre el costado Sur del parque Santander, quedó intacto. Igualmente indemne quedó la Embajada de los Estados Unidos, que en aquella época estaba en la carrera 9a. con la calle 12. La Gobernación de Cundinamarca fue atacada e incendiada, aunque no sucumbió del todo y pudo ser reconstruida; pero la bella iglesia colonial de San Francisco, contigua a la Gobernación, no sufrió daño alguno. La Cancillería de San Carlos fue parcialmente incendiada, mientras su vecino, el Teatro Colón, quedó intacto. El Palacio de Justicia fue arrasado, asi como el palacio Arzobispal y los Ministerios de Hacienda y Gobierno. Pero los clubes más exclusivos de la aristocracia bogotana el Jockey y el Gun fueron respetados.
Los bancos tampoco fueron atacados. El Edificio de la Compañía Colombiana de Seguros, inaugurado el año anterior y reputado como el más moderno y lujoso de Bogotá, quedó igualmente indemne, mientras al Sur ardía el Hotel Regina, a una cuadra, y al Norte, también a 100 metros (calle 18 con carrera 7a.), las llamas consumían la vetusta estructura del Hospicio.
Desde las primeras horas del día 10 se inició la macabra tarea de remover los cadáveres del centro de la ciudad para conducirlos en furgones al Cementerio Central, donde fueron alineados en filas horripilantes en espera de que sus deudos fueran a reconocerlos, antes de inhumarlos en fosas comunes. El número de muertos fue imposible de precisar, pero se calcula que fueron aproximadamente 2.500. Sólo el Hospital de San José atendió unos mil heridos.
Y Bogotá inició una nueva vida. Cambiaron radicalmente una serie de conceptos urbanísticos. Habían desaparecido bajo la ola vandálica numerosas construcciones antiguas que ocupaban con sus amplios espacios solares muy valiosos que estimularon la codicia de no pocos urbanizadores y traficantes de propiedad raíz.
No hubo de pasar mucho tiempo para que el centro capitalino experimentara una modificación total. Los incendiarios del 9 de abril habían sido los parteros de una nueva era: la de la jungla de concreto; la de las ingentes moles de propiedad aérea, horizontal, sin contacto alguno con el suelo.
Comenzaba una nueva era en la capital de la república

3 comentarios:

Patton dijo...

Que buen relato Luis, como siempre.

CaRoLiNa dijo...

Qué delicia leerte Luis!!

Anónimo dijo...

alguien me podria decir quien era el azobispo mas rimportante de esa epoca??? por favor necesito la respuesta