lunes, 30 de abril de 2007

El desarrollo urbano en la Colonia


La segunda mitad del siglo XVI, es decir el primer tramo de la vida urbanística de Santafé, fue uno de los períodos de mayor animación. Bien puede afirmarse que en esta época la capital adquirió en lo urbanístico y arquitectónico los rasgos esenciales que habrían de caracterizarla durante siglos. La ciudad estaba, a fines del XVI, dotada con los elementos esenciales de una vida urbana normal, era una ciudad de corte netamente español, plenamente consolidada.
Este comienzo vigoroso del urbanismo americano es parte de un ímpetu generalizado. El imperio español en América fue la empresa histórica que mayor cantidad de ciudades fundó, cimentando toda su labor pobladora en este hecho.
A fines del reinado de Felipe II había en el Nuevo Mundo 165 nuevas ciudades con un promedio de 437 casas por ciudad y entre seis y siete habitantes por casa.
En consecuencia, la población promedio por centro urbano oscilaba entre 2.600 y 3.000 habitantes. Había, desde luego, grandes aglomeraciones como en Lima y México, cuyos habitantes (los de cada una) excedían en mucho el número de los pobladores de las principales urbes españoles de la época, que eran Sevilla y Toledo.
En 1575 se emprendió en Bogotá la construcción del llamado Camellón del Occidente, obra vital para la supervivencia misma de la ciudad, ya que la zona cenagosa del Oeste impedía durante buena parte del año la comunicación con el río Magdalena. Ya entonces existían las sedes de la Real Audiencia y el Cabildo Secular, la Cárcel de Corte, la Cárcel “Chiquita” y la pila de agua de la Plaza Mayor, lo mismo que el primer hospital.
La mayor parte del espacio construido en Santafé estaba entonces copado por edificios religiosos. De 18 inmuebles registrados entre 1539 y 1600 trece de ellos (72.2%) eran religiosos. Prevalecían las capillas y ermitas. Entre 1538 y 1600 se construyeron dos conventos, cinco iglesias y capillas, cinco ermitas y un monasterio, lo que da el total de trece edificaciones religiosas.
En la primera mitad del siglo XVII se registró el mayor esfuerzo en materia de construcción de toda la historia de Santafé. Fue ese el período de la real consolidación urbana de la capital. Por esos tiempos, adquirió notorio vigor la institución de la mita urbana, destinada esencialmente a dotar de mano de obra las empresas constructoras que se adelantaban en Santafé. Sustraídos de las encomiendas, en 1602 había en la ciudad 88 indígenas trabajando en diez obras públicas entre las que se contaban el Cabildo, la fuente de la Plaza Mayor, la Real Audiencia, la Cárcel de Corte, la carnicería, el puente de San Francisco y los empedrados de las calles principales. Durante esa etapa se levantaron 19 edificios religiosos y seis civiles. También se construyeron los colegios jesuíticos de San Bartolomé y San Francisco Javier y el Santo Tomás.

En la primera mitad del siglo XVII, de las 18 obras religiosas siete fueron iglesias y capillas, dos conventos, tres monasterios, tres colegios, dos recoletas y una casa de Cabildo Eclesiástico. Las seis civiles fueron cuatro puentes, la Casa de la Moneda y la Casa de Expósitos.
En la segunda mitad del siglo XVII decayó la actividad constructora. Durante ese tiempo se construyeron tres conventos y noviciados, siete iglesias y capillas, dos ermitas y un colegio, para un total de trece edificios religiosos. En cuanto a las obras civiles, ellas fueron sólo tres: dos puentes y una carnicería. Después del gran auge de la primera mitad del siglo XVII, esta fase inicia un ciclo negativo de un siglo que tiene su punto más bajo en la primera parte del setecientos.
En la primera mitad del siglo XVIII, haciendo eco a la aguda parálisis económica, la construcción conoció su punto más bajo. En ese medio siglo, Santafé sólo vio edificar siete nuevas obras. Tan sólo hubo una importante: el reemplazo del Hospital de San Pedro por el de San Juan de Dios (1739), que inicia nueva vida ocupando una manzana y ampliando su capacidad. La mención al “Palacio Virreinal” (1719 23), además del cambio de nombre, se reduce al mejoramiento de las “Casas Reales”. El llamado Acueducto de Aguavieja (1737 1739) consistió en la canalización y unificación de dos fuentes de agua, los ríos San Agustín y Fucha, sobre acequias ya existentes en su mayor parte.
Las construcciones religiosas se restringieron a la Capilla de La Peña (1717), en honor a una aparición de la Sagrada Familia, único caso bastante destacado en medio de la opacidad de la época. La Casa Arzobispal (1733) y el puente sobre el río Tunjuelo (1713) completan este cuadro mediocre.

En contraste con la primera, la segunda mitad del siglo XVIII vivió un enérgico florecimiento de la construcción en Santafé, que coincidió con un fenómeno similar en todas las ciudades importantes de Hispanoamérica.
El hecho es que las urbes principales del Imperio empezaron a experimentar en esta época una decisiva renovación a la cual, lógicamente, no escapó la encumbrada y aislada Santafé. Uno de los aspectos más significativos del cambio que se operó fue que, por primera vez en la historia de estas colonias, la autoridad civil tomó la iniciativa en todos los órdenes, sin exceptuar el de la construcción. Quiere esto decir que se presentó el caso sin precedentes de que las construcciones civiles fueron más y mayores en importancia que las religiosas. Al revés de lo que había ocurrido hasta entonces, las obras civiles adquirieron una notoria preponderancia sobre las religiosas. De 21 obras registradas, 16 fueron civiles (76% del total). Esta inversión en la estadística muestra elocuentemente los cambios ocurridos en todos los órdenes. Santafé no sólo creció y se diversificó en términos sociales, sino que también se convirtió en una ciudad más secular; los criterios civiles de gobierno se manifiestan en el énfasis de la infraestructura urbana y las obras civiles. Entre éstas se destacan el célebre Puente del Común, que sirvió para agilizar la comunicación entre Santafé y las salinas de Zipaquirá; el Puente de Sopó, que cumplió función similar en el camino del Norte; el Puente de Aranda, que logró lo propio con la vía a Occidente; los puentes de San Antonio, en Fontibón, y el de Bosa, sobre el río Tunjuelito. En suma, en ese período se construyeron un convento, tres iglesias y un monasterio, mientras que en el área civil se construyeron cinco puentes, un cementerio, un acueducto, una casa de moneda, una fábrica de pólvora, un hospicio real, un hospital, una casa de aduana y un cuartel de caballería, además de que se acondicionó el convento de los jesuitas para biblioteca pública, se mejoró el Camellón de Occidente, se construyó un local para la Expedición Botánica y se emprendió una activa campaña de empedrado de calles.
Igual tendencia se observa en los datos de construcción correspondientes a la última década de la Colonia (1800 1810). Mientras que la única edificación religiosa fue la nueva Catedral, en el terreno civil se levantó el puente sobre el río Arzobispo, al Norte de la ciudad; se construyó el acueducto de San Victorino, que llevó el agua de este río a la pila del citado sector; se abrió una nueva escuela pública; se mejoró notablemente la vía del Norte, y se erigió una de las obras más importantes de toda nuestra era colonial, producto típico de las saludables corrientes de la Ilustración: el Observatorio Astronómico de Santafé, entonces único en América del Sur.

1 comentario:

Julio-Debate Popular dijo...

La verdad que me encanto el documento histórico.