martes, 24 de abril de 2007

Escándalo de graffiti

LA COLUMNA DE OPINET
A pesar de ser ampliamente conocido por todos el estilo pendenciero del senador Gustavo Petro, se esperaba alguna novedad o alguna denuncia valedera en el debate de la semana anterior sobre el paramilitarismo en Antioquia, frente al cual se había generado una gran expectativa en relación con un listado de cerca de dos mil antioqueños vinculados -según Petro- con las huestes de la extrema derecha.
El documento se había filtrado a los medios de comunicación, que no lo divulgaron, pero Petro adujo que ese no era su documento y se lo atribuyó al consejero presidencial José Obdulio Gaviria.
Finalmente, no hubo nada, no hubo lista negra ni acusaciones de peso que trascendieran las babosadas que Petro acostumbra, sus denuncias de grafitero, de esas sandeces que los desadaptados escriben en los muros.
Pero a pesar de que Colombia no cree en esas majaderías, en esas denuncias trasnochadas que vienen repitiendo hace años sin mayor sustento, en el exterior sí prosperan y le hacen mucho daño al país como lo denunció el Presidente en su alocución del jueves.
Que el ex vicepresidente Gore no quisiera compartir escenario con el Presidente de Colombia en un foro sobre medio ambiente es lo de menos, en juego está el TLC y el apoyo norteamericano al Plan Colombia y a las Fuerzas Militares. Pero también en la comunidad europea hay voces que se levantan contra el país por el ‘escándalo’ de la parapolítica y dicen que el viejo continente no debe abrirnos sus mercados.
Las denuncias de la izquierda colombiana en el extranjero no sólo son una incongruencia como bien lo señala el presidente Uribe sino que son un acto de traición a la Patria y a sus gentes, son una torcida apuesta para que al país le vaya mal y puedan tener ellos una oportunidad de gobernar algún día, de introducirnos sus arcaicos y retrógrados modelos económicos, de llevarnos a la igualdad y a la justicia que pregonan, todo eso que en los países donde lo han impuesto se ha traducido en falta de libertades y pobreza generalizada, con excepción de los cuadros gobernantes que sí disfrutan de todos los beneficios.
La izquierda merece ser una corriente política renovadora, moderna, conducente a la resolución de los problemas nacionales, no un grupo de anarquistas anacrónicos decididamente dedicados a ser opositores sempiternos que no quieren gobernar, anclados en disputas pueriles de las que pretenden salir indemnes a pesar de su turbio pasado, inculpando a los demás como únicos responsables de todo. Y, por supuesto, es el país mismo el que mayormente merece tener políticos responsables.
No se sabe hasta cuándo seguirá repitiendo Petro los viejos capítulos de una telenovela que viene escribiendo hace años y que intenta hacer pasar por Historia, con mayúscula. Su actitud se convierte en un mal ejemplo para todo el establecimiento y la sociedad pues en vez de mirar hacia adelante nos hace retroceder hasta tiempos y episodios que si bien no se han superado no vale la pena revivir para no quedarnos anclados en ellos.
Suena paradójico que algunos interpreten las vacuas denuncias de Petro como un primer paso para asumir la candidatura presidencial de su colectividad.
¿Así de mal está la izquierda como para tener que buscar su candidato entre quienes más calumnien y más ofendan? ¿Hasta cuándo va a seguir la izquierda en su juego de no proponer nada realista y tratar de entorpecer todas las políticas del Gobierno?
Mientras Petro y los suyos deberían abanderar las denuncias por corrupción que sólo en el Chocó, en lo relacionado con los dineros de la salud, comprometen recursos por 30 mil millones de pesos hasta el momento, o exigirle al Gobierno mayor control del gasto público y otras medidas que permitan controlar la revaluación del peso y mantener el ritmo creciente de la economía, prefieren desperdiciar el tiempo valioso de todos en denuncias que carecen de sustento jurídico, en la presentación de fotos insulsas y en la prédica de rumores de cocina que enseguida le dan la vuelta al mundo gracias a un periodismo light, ávido de escándalos, que prolifera desde la Patagonia hasta Cafarnaúm: los rumores de Colombia valen lo mismo que un escándalo de Paris Hilton, pero cuestan más.
Son denuncias de graffiti, que a pesar de su insolvencia hacen daño, deshonran y minan la credibilidad.
Dice la sabiduría popular: “La pared y la muralla, son el papel del…”, ya sabemos de quién.

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