lunes, 16 de abril de 2007

La Expedición


La dinastía de los Fernández de Lugo nació en las Islas Canarias promediando el siglo XV. El fundador de la misma, Alonso Fernández de Lugo, celebró capitulaciones con los Reyes Católicos para conquistar la isla de Palma, arrebatársela a los paganos que la poblaban e implantar allí el imperio de la fe cristiana. Por supuesto, de lo que se trataba en el fondo era de un jugoso negocio de esclavos que eran capturados en el archipiélago, bautizados a juro y vendidos en la Península a precios altamente rentables.
Pero los horizontes que se abrían frente a la familia Fernández de Lugo no tardaron en ampliarse, multiplicándose hasta el infinito con el descubrimiento del Nuevo Mundo. En estas circunstancias, el ámbito de las Canarias resultó limitado hasta lo intolerable para la familia, cuyos ojos ávidos se volvieron hacia las lejanas Indias.
Don Pedro, hijo de Don Alonso, envió a su hijo Alonso Luis a la corte del emperador Carlos V. Ya padre e hijo habían oído maravillas acerca de la provincia de Santa Marta y las riquezas que podía ofrecer. Por lo tanto, la idea era lograr unas capitulaciones favorables para colonizar y gobernar esas tierras donde ya Rodrigo de Bastidas había fundado un asentamiento urbano. Es innegable que Alonso Luis manejó el negocio con tino admirable, que redundó en amplias ventajas para su familia. La jurisdicción que les otorgó la Corona iba desde el Cabo de la Vela hasta Cartagena.
Una vez capitulada la nueva gobernación, y antes de seguir a Canarias para unirse a su padre, Alonso Luis se dio a la faena de reclutar con criterio cuidadoso las gentes principales que llevaría consigo en la expedición. Entre los elegidos figuró el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, granadino, que había estudiado leyes en Salamanca. El futuro fundador de Bogotá aceptó sin vacilar y viajó como uno de los tenientes principales y en calidad de justicia mayor.
La expedición sobresalió entre otras que partieron por entonces hacia las Indias. Es que los Fernández de Lugo se habían enriquecido en las Canarias y por lo tanto no escatimaron gastos. El primer contingente partió con Alonso Luis de Sanlúcar y se reunió con Don Pedro en Tenerife, desde donde vientos propicios los llevaron hasta su destino final. Llevaban 1.500 infantes, 200 jinetes, suficientes arcabuceros y ballesteros, pólvora y armas de repuesto en abundancia, yeguas y caballos para provisión futura y de sobra.
Al llegar a Santa Marta, los Fernández de Lugo emprendieron incursiones contra las tribus circunvecinas y en ellas obtuvieron buenos botines de oro. Pero estas empresas no saciaron su ambición. Era menester ir más lejos, conquistar tierras lejanas, apropiarse de fuentes más generosas del codiciado metal, acaso llegar al fantástico Perú, que entonces se creía mucho más cercano. Y el camino estaba cerca. Era el Río Grande de la Magdalena, cuyas fauces descomunales arrojaban al mar un caudal de agua dulce jamás conocido por ellos en el Viejo Mundo, y que, además, no estaba lejos de Santa Marta.
El mando de la expedición que remontaría el Río Grande recayó sobre el abogado Jiménez de Quesada, quien, a partir de ese momento empezó a demostrar que, además de letrado, poseía dotes de adalid y extraordinario talento militar. La expedición se dividió en dos grupos. Uno terrestre, al mando del propio Quesada, que avanzaría por tierra hasta encontrar el río, y otro, dirigido por Diego de Urbino, quien, a bordo de unos cuantos bergantines medianamente acondicionados y calafateados en Santa Marta, navegaría hasta las bocas del torrente colosal y empezaría a remontarlo con el objetivo inmediato de encontrar la tropa de Quesada más arriba. Este último partió de Santa Marta el 6 de abril de 1536 con quinientos hombres y un estado mayor selectísimo de oficiales curtidos en Flandes, Italia y otras guerras. Entre ellos figuraban el futuro fundador de Tunja, Gonzalo Suárez Rendón, que había luchado contra los franceses en Pavía.
No tardaron en empezar las penalidades que hicieron de ésta una de las expediciones más memorables y heroicas de la conquista española en América. Hicieron su terrorífica aparición las lluvias inclementes, los mosquitos de zumbido amenazante y aguijón certero, las serpientes insidiosas y demás alimañas incontables, y como si todo esto no fuera suficiente los indios flecheros que los hostigaban sin tregua.
La suerte que acompañó a Urbina fue acaso peor. Asperas tormentas azotaron sus bergantines al acercarse a la desembocadura del gran río. Varios zozobraron. Unos españoles perecieron a manos de los indios. Otros sobrevivieron malamente. Pese a todo, dos bergantines lograron llegar a Cartagena y otros dos dar comienzo a la subida del río.
Finalmente, son cuatro las naves que trepan por el espinazo líquido del Magdalena. Remontan la corriente con seguridad y firmeza, pero en ningún momento están a salvo. Los indios parecen resueltos a malograr el paso de esos extraños cetáceos repletos de seres barbudos que, sin duda posible, son sus enemigos. Les caen, entonces, los aguaceros letales de las flechas y hay que apresurarse a repeler estos ataques que se sienten en las cuadernas de los navíos y en las carnes de los cristianos, pero cuyos autores se mimetizan en la manigua, puesto que tienen con ella una relación simbiótica y fraterna. Vienen entonces las encarnizadas guazábaras. Zumban las flechas, retumban los arcabuces y al final de la refriega, cada embarcación, asaeteada por babor y estribor, es un pesado erizo anfibio que navega contra la corriente gigantesca.
Y viene el encuentro alborozado. El licenciado Gallegos (también hombre de leyes como Quesada) y el capitán Sanmartín, de las avanzadas terrestres, se topan y saludan con regocijo en las riberas. Descansan una semana. Y llega Don Gonzalo e impone su autoridad. Ni un paso atrás. Como Cortés en el camino hacia la región más transparente del aire. Como Pizarro cuando trazó la raya que sólo saltaron los trece de la fama. Imparte sus órdenes. Los bergantines seguirán subiendo con su tripulación y los enfermos. El continuará avanzando por la selva con sus soldados y, por supuesto, con los frailes que portan la palabra divina.
Con hachas y machetes, los bravos infantes de Quesada van abriendo trochas precarias a lo largo de esta selva homicida. La atmósfera es húmeda hasta ensoparlos. Los insectos no cejan en su asedio. No se puede bajar la guardia porque en cualquier momento rasgarán la noche las pupilas ígneas de los tigres. Y lo peor, lo que más atenta contra el ya deleznable y quebradizo equilibrio mental de los expedicionarios: no se sabe cuándo es el día y cuándo la noche. Los míseros jirones de claridad que a veces dejan ver las tupidas techumbres de los árboles bien pueden ser prenuncios del alba, despedidas crepusculares del día o fulgores nocturnos de luna llena. Pero no desfallecen, se comen los lagartos, se engullen los micos, se devoran las raíces más duras y repulsivas, pierden el asco ante la más apestosa alimaña, lanzan sus dientes cariados a la batalla contra arneses y correas hervidos en los calderos. Otra cosa es cuando muere un caballo de muerte natural o flechado por un chimila oculto. Entonces ya es un banquete. Pero este suceso no es frecuente porque Don Gonzalo ha sido claro: se ahorcará al que mate un caballo con intenciones gastronómicas. Hay soldados que, impelidos por el hambre, dudan de que el capitán supremo dé cumplimiento a esta norma atroz y matan un corcel para darse una panzada. Don Gonzalo no ha hablado en cachondeo. Apenas alcanzan los frailes a ponerlos en paz con Dios y el nudo corredizo que pende de algún árbol próximo se encarga de demostrarles la ingenuidad de su creencia. Y no es que Jiménez de Quesada sea cruel. Es que en esta lucha primitiva contra la naturaleza la vida de un equino puede llegar a valer más que la de un hombre. Aterrador pero cierto. Un cristiano escasamente puede salvar su propia vida. Un caballo puede salvar muchas. Ese caballo, cuya vida defiende bárbaramente Quesada, es lo que hoy sería una estrafalaria simbiosis de camión, coche, ambulancia, ómnibus y tanque de guerra. En consecuencia, hay que defenderlo a muerte. Y eso es lo que hace Quesada.
Pero todo aquello no es lo peor. El indomable Don Gonzalo tiene también que defenderse contra los que quieren morirse. Los que, ya exasperados, se tumban contra un madero podrido a la espera de que se inicie la competencia de la inanición, de las hormigas, de las sabandijas, de los ofidios y los tigres por ver quién arrebata primero al desdichado de esta vida. A esos tales no se les puede castigar. Con ellos es preciso razonar.
En cambio, hay una situación que se torna habitual y es tolerada porque a nadie causa estrago y sí remedia muchos males. Es que cuando un compañero se aproxima a la muerte, los frailes le rezan todo el repertorio de responsos y lo envían en paz al juicio de Dios. Pero no se le da cristiana sepultura. O mejor, sí se le da, pero en los estómagos de los sobre vivientes quienes, con lo que resta de sus magras carnes, se dan un festín, no tan suculento como el que deparan los caballos.
El más importante de los encuentros entre la expedición fluvial y la terrestre tiene lugar en el sitio de Tora de las Barrancas Bermejas, que es oportunamente divisado por Gallegos y del cual este capitán español da rápido aviso a Quesada quien, acaso guiado por una certera intuición, desvía su derrota sin vacilar hacia allá.
Allí se reúnen todos. Y la intuición del capitán Quesada sigue funcionando a toda máquina. Ve labranzas. Ve trochas con huellas inocultables de trasiego. Se entera de ríos que caen a la gran arteria acuática. En consecuencia, ordena exploraciones que por el momento no hallan cosa alguna. Decaen todos los ánimos, salvo el suyo que les devuelve la fe atribulada.
Y llega por fin el aviso prodigioso. Dos tenientes, Albarracín y Cardoso, que han avanzado por una trocha con el fin de explorarla, traen consigo los dos indicios mágicos, las dos pistas infalibles: mantas de algodón y panes de sal. Mantas de un algodón terso, bien hilado y mejor tejido; panes de una sal nívea y pura. No hay duda: se trata de dos testimonios de una civilización mil veces superior a todo lo que han conocido hasta ahora, que no es nada diferente de las bárbaras tribus caribes, no inocentes de antropofagia, y de los chimilas y otros pueblos ribereños. Luego regresa el capitán Sanmartín ya ataviado con una vistosa manta de algodón y enarbolando un pan de sal a manera de enseña victoriosa. Quesada deja a un lado todas las dudas. Da orden de avanzar.
Siguen por un tiempo las penalidades, debidas sobre todo a un incremento arrasador de las lluvias. La tropa vuelve a la deglución de las más inmundas alimañas. Se comen un perro fiel que venía siguiéndolos desde Tora de las Barrancas de Bermejas. Pero pronto mejora la situación. Menguan las lluvias y los españoles van llegando a parajes más hospitalarios. Encuentran bohíos donde hay sal, abundancia de maíz, turmas, yuca y frijoles. Jubilosos, Quesada y sus soldados sienten que están dejando atrás los territorios de la barbarie. Vuelven a la Tora, y allí don Gonzalo decide la expedición definitiva a través de la serranía del Opón. Advierte a su lugarteniente Gallegos que si en seis meses no regresa, puede dar por desaparecido todo el contingente y volver a Santa Marta. Parte con doscientos hombres, que más merecen ser llamados espectros que seres vivientes. A medida que avanzan, hay un elemento que los vivifica. El aire abrasador y pegajoso del río va quedando atrás y se va tibiando suavemente. Cuando llegan al Valle de la Grita sólo quedan ciento setenta de los doscientos que partieron de las Barrancas Bermejas. Atisban el panorama. Ven profusión de bohíos y ven columnas de humo. Una gratificante sensación de paz y de sosiego invade el ánimo de estos hombres macilentos. Y siguen adelante hasta que tienen ante sus ojos el que, por su intensa profusión de bohíos mereció ser llamado el Valle de los Alcázares. El valle, cuya evocación consagró a ese infatigable versificador que fue el beneficiado Juan de Castellanos como un hondo y auténtico poeta que interpretó el gozo infinito de los españoles ante el hallazgo de esta comarca privilegiada.

Ya en la delgada atmósfera del altiplano bienhechor se perfilaban las doce chozas de la futura Santafé de Bogotá.

1 comentario:

Patton dijo...

¿quien no daría lo que fuera por ver un madgalena cristalino y unas selvas tan tupidas que no dejan ver el sol, llenas de tigres y alimañas?

A mi me encantaría haber vivido eso. A lo mejor lo hice, sólo que no me acuerdo.