sábado, 21 de abril de 2007

Los albores de la ciudad


El Cabildo núcleo vital de la autoridad municipal española, adjudicó los primeros solares de Santafé conforme con la calidad y jerarquía de los vecinos.
En principio se dividieron y otorgaron de acuerdo con el rango militar de los mismos. A quienes poseían títulos en la milicia se les concedía “caballería” y a los simples infantes, que carecían de dichos títulos, se les entregaban “peonías”, vale decir, solares de menor extensión.
A su vez, ya desde 1541 las “caballerías” fueron clasificadas entre mayores y menores.
Las medidas de las primeras tenían 800 pasos de frente y 1.600 de fondo; las segundas, 600 de frente y 1.200 de fondo.
Una vez adjudicados los solares, por orden expresa del Cabildo, el beneficiario debía proceder de inmediato a “medirlos y estacarlos ”, a fin de ir dando forma a calles y manzanas.
Como en estos albores de la ciudad no había albañiles, ni mucho menos alarifes, fueron los carpinteros quienes hubieron de asumir la medición de los solares y la construcción de las primeras casas.
Una de las preocupaciones constantes de las autoridades coloniales durante todo el siglo XVI fue adoptar los medios para obligar a los vecinos a construir residencias de cierta importancia que los compeliesen a permanecer en la nueva ciudad, o al menos a tenerla como su domicilio principal.
Esto se debía a que, como aún había auge de expediciones de conquistas y exploración en procura de riquezas sin medida, muchas veces legendarias, no pocos vecinos tendían a construir albergues provisionales y rudimentarios, a fin de poder emigrar en cualquier momento sin dejar tras de sí propiedades cuya pérdida fuese en verdad lamentable. En consecuencia, las autoridades capitalinas y el Cabildo echaron público pregón para informar acerca de las nuevas disposiciones que obligaban a los vecinos principales a construir sus casas en piedra y otros materiales perdurables.
Otro motivo que llevó al Cabildo a tomar esta medida fue la necesidad de precaver la ciudad contra incendios, obviamente mucho más posibles en construcciones precarias y pajizas. Las autoridades ya tenían la amarga experiencia de incendios originados en las cocinas, de cuyos techos de paja se propagaban las llamas con una voracidad devastadora. También ordenó el Cabildo que las cercas que dividían las casas fueran cubiertas con barro a fin de tratar por este medio de aislar los incendios.
También obligaba el Cabildo a tapiar los solares que lindaban con las calles con el objeto de conservar el trazado de las mismas. La transgresión a esta norma podía ser castigada con la pérdida del solar.
Se sabe que la primera casa de piedra de Santafé la construyó el encomendero Pedro de Colmenares en la calle de la Carrera, al lado del templo y convento de Santo Domingo. Posteriormente, el encomendero Alonso de Olalla edificó la que fue considerada entonces como la más lujosa, ubicada ya en la Plaza Mayor.
Para
la construcción de estas casas se hizo necesario establecer un tejar; un vecino llamado Antonio Martínez abrió el primero que hubo en la ciudad e inició la producción de tejas y ladrillos.
Durante todo el siglo XVI fue infatigable la insistencia del Cabildo en forzar a los vecinos a levantar casas de calidad.
En 1586 la Real Audiencia puso mucho énfasis en los inmuebles de la calle principal, prohibiendo que a lo largo de la misma se erigieran casas de paja y exigiendo que sus materiales fueran “piedra, tapia y teja”.
A
continuación advertía el supremo organismo administrativo que las casas que se levantaran contrariando estas especificaciones serían demolidas sin contemplaciones.
Debemos anotar que la calle principal a que se refería la Audiencia era la que se extendía entre los ríos San Francisco y Santo Domingo (después San Agustín), o sea, en nomenclatura de hoy, carrera 7a. entre calles 15 y 7a.
Es importante anotar que desde estos comienzos ya empezaron a incorporarse a nuestra arquitectura colonial hispánica ciertos elementos muiscas tales como la tapia pisada y el adobe. Hacia 1560 aún predominaban en la Plaza Mayor las casas pajizas. Pero fue precisamente en ese año cuando la Audiencia orientó su principal atención hacia dicho lugar, amenazando con derribar esas casas, o, como mínimo, multar a sus propietarios con 200 pesos que equivalían a más de la mitad del costo de una casa de buenos materiales.
El principal tropiezo con que se toparon las autoridades en este campo fue simplemente económico.
El hecho era que la incipiente ciudad no contaba con suficientes vecinos que tuvieran la capacidad necesaria para levantar sin esfuerzos sus casas con materiales duraderos. Un mapa urbano de esa época revela que en Tunja solamente los encomenderos poseían ese tipo de viviendas.
A partir de la década del 50 del siglo XVI, el núcleo de la Plaza Mayor empezó a tener mayor gravitación. No obstante, su primer desarrollo se dio entre esta Plaza y el río San Francisco, a lado y lado de la calle principal.
Este tramo configuraba una línea principal que unía los dos ríos. Los sitios estratégicos estaban ubicados a la orilla de éstos, representados por los dos conventos principales, cada uno en el extremo de esta línea.
El convento de San Francisco ocupó desde la década del 50, la orilla del río Vicachá (más tarde San Francisco) por el lado Norte; por el Sur estaba el Convento de San Agustín, que antes fue de Santo Domingo, sobre el río Manzanares (despues San Agustín).
Fueron estos los lugares de acceso a Santafé, los únicos donde hubo puentes sobre estos ríos que cercaban la ciudad.

Este patrón continuará posteriormente al ubicar la Recoleta de San Diego (Franciscanos) al Norte, sobre el riachuelo de San Diego, y al extremo Sur, sobre el Riachuelo de San Juanito.

3 comentarios:

Patton dijo...

como siempre, excelente. Explica el tipo de construcción de la candelaria y los andenes.

¿había dicho que este es de mis blogs favoritos?

VIAJERO dijo...

Bogotá, la ciudad que me robo el corazón, la que me demostro que le vida puede ser tranquila en una ciudad de América Latina. Sus calles, su verdor, sus estrellas, y su amable gente. Como muero por los domingos levantar y pasear por ella durante toda la mañana en bicicleta.

VIAJERO dijo...

Bogotá, aquella ciudad que me robo el corazón, la que me enseño que se puede vivir con tranquilidad en una ciudad de América Latina. Sus calles, su verdor, sus estrellas, su gente tan amable. Ojala pronto pueda volver a recorrer un domingo a Bogotá montado sobre una bicicleta. Gracias.