lunes, 2 de abril de 2007

Perfil del Conquistador Español


Aquellos temerarios que cruzaron el océano cuando apenas alboreaba el siglo XVI, en procura de suerte, gloria y fortuna, fueron el producto típico de la España de entonces que, aunque divergente y disidente de la Europa transpirenaica, donde insurgía con vigor incontrastable la nueva clase burguesa culta y opulenta, no había dejado de recibir y asimilar en lo esencial los nuevos vientos renacentistas. Fueron, ante todo, conspicuos exponentes de la recia casta guerrera que se forjó a lo largo de ocho siglos de reconquista. Pero, a la vez, trajeron consigo el valioso acervo intelectual de las ideas renacentistas, aunque muchos de ellos fueran iletrados y palurdos.
En el momento mismo de trazar un perfil, por somero que sea, del conquistador español en América, el primer mandamiento que impone la objetividad es huir de las posiciones maniqueas que, con tan obstinada frecuencia, y a través de los siglos, han deformado la verdad frente a unos personajes y a una época ciertamente capitales en la historia universal. No pocos historiadores españoles han insistido obcecadamente en canonizar a los conquistadores purgando sus figuras históricas hasta de la mínima traza de todo lo que no sean virtudes excelsas. Y pasando a nuestra América, estas actitudes maniqueas están especialmente patentes en dos naciones hispanoamericanas: Perú y México, sedes de los dos grandes virreinatos del Imperio Español en las Indias.
Cuando se llega a la imponente Plaza de Armas de Lima sin saber qué va a encontrarse allí, bien podría pensarse que el primer hallazgo va a ser un magnífico bronce del general José de San Martín, primer libertador del Perú, o de Bolívar, segundo y definitivo, o al menos del mariscal Antonio José de Sucre, cuyo genio estratégico asestó el golpe decisivo al Imperio en Ayacucho. Nada de eso se va a encontrar. Todas las presencias libertadoras brillan por su ausencia en el gran ágora limeña. En cambio, en su lugar se yergue el soberbio monumento ecuestre del conquistador y fundador Francisco Pizarro, obra de los escultores norteamericanos Rumsey y Harriman, cuya réplica se encuentra en la Plaza Mayor de Trujillo (Extremadura), ciudad nativa de Pizarro. A pocos pasos de la estatua, en el interior de la Catedral, se hallan expuestos a la veneración pública los restos del vencedor de los Incas. Estos signos externos no dejan duda y revelan una incuestionable realidad: el héroe nacional del Perú es el conquistador. Por encima de los libertadores, a quienes también se rinde culto, pero en un grado menor.
Cuando se da el salto a México, se ve por doquier un enfoque antagónico de la historia. Allí sólo se escuchan y leen denuestos feroces contra Hernán Cortés y sus conmilitones, así como las loas más hiperbólicas y desmedidas a las culturas precortesianas y a sus grandes exponentes. México es el país hispanoamericano en que, junto con Perú y Ecuador, se hallan las muestras más deslumbrantes de la herencia cultural española. Esto no importa ni vale. De lo único que se tendrá noticia será de las crueldades, tropelías y rapiñas de los españoles, aunque, por supuesto, estas narraciones delirantes no se las hagan en lengua náhuatl sino en perfecto castellano.
Pero son los muralistas mexicanos, con Diego Rivera a la cabeza, quienes se encargan de dar la imagen más siniestra del conquistador español. Allí, en los frescos monumentales, se ve a Hernán Cortés, rodeado de una caterva de verdugos que esclavizan y exterminan a los naturales, mostrando una catadura bestial, más próxima a la del cerdo o el jabalí que a la semejanza humana.
Es en base al haber conocido de cerca los dos polos que proclaman respectivamente el anatema y la canonización, cuando se repudian las posturas maniqueas y se postula por un juicio justo sobre esta estirpe única en la historia que fueron los conquistadores españoles.
Con algunas excepciones, como la de Francisco Pizarro, que era un porquerizo analfabeto, en términos generales el conquistador español del siglo XVI se sitúa dentro del nivel de aquellos hidalgos tan indigentes como orgullosos, que eran herederos de una casta secular de guerreros, que despreciaban olímpicamente el trabajo manual y, por lo tanto, vieron en la aventura ultramarina la oportunidad incomparable de ganar a golpes de audacia y de imaginación oro a torrentes, blasones y poder.
No hay duda respecto a que, con muy contadas salvedades, los conquistadores fueron crueles, codiciosos y rapaces, y que ningún impedimento ético o religioso los detuvo en su carrera desaforada por el oro. Cortés asando vivo a Guatimozín para arrebatarle los secretos de un tesoro fabuloso; Quesada atormentando a Sagipa hasta la muerte por igual motivo; los conquistadores de Chile empalando al indómito Caupolicán, son algunos de los ejemplos más conocidos entre los miles de ellos que podrían citarse.
Por otra parte, es menester remontarse a las grandes epopeyas de la Antigüedad para hallarle pares a aquella empresa de colosos que fue la conquista de América por los españoles. Que unos cuantos miles de hombres, en una combinación asombrosa de arrojo suicida y talento político y militar, se tomaran todo un continente derrocando imperios y naciones, es una proeza que ciertamente no tiene parangón en la historia. Escribió sobre el particular el historiador inglés Frederick Alex Kirkpatrick: “Se siente uno tentado a escribir la historia de la conquista española con superlativos, pero los superlativos son insuficientes para narrarla”.
Una de las tesis de los maniqueos del bando anti hispano que más hondamente han calado es aquella según la cual la conquista fue una empresa ‘fácil’ debido a la superioridad aplastante que los caballos y las armas de fuego daban a los españoles sobre los americanos. Mal podríamos restar toda validez a este aserto. Bombardas, arcabuces y falconetes dieron a los conquistadores un poder abrumador en sus contiendas con los indios, así como los caballos, divisiones acorazadas de la época, ante cuya piafante presencia muchas veces mesnadas enteras de nativos se dispersaron en estampidas de pánico. Más aún: compartimos la creencia de que sin la pólvora y los corceles no habría sido posible la conquista de América. Pero lo que se refuta es la tendencia a otorgar a esos factores dentro del conjunto de la conquista, un peso específico desmesuradamente superior al que en verdad poseen, en detrimento de otros de no menor relevancia. En este punto es preciso tomar en cuenta la ingente desproporción numérica entre españoles y aborígenes, así como el hecho de que estos últimos, si bien carecían de armas de fuego, poseían armas arrojadizas nada despreciables como tales. Por otra parte, los españoles no sólo eran numéricamente inferiores sino que no contaban con caballos y armas de fuego en cantidades óptimas. Hay un caso que no ha sido destacado todo lo que merece. Perdidas todas las armas de fuego en la calamitosa retirada de la “Noche triste”. los hombres de Cortés libraron y ganaron la batalla de Otumba decisiva para la ruina del Imperio Azteca a pura fuerza de talento estratégico y armas blancas.
No se puede perder de vista que la Corona Española, comprometida en arduas empresas bélicas de vida o muerte en Europa, mal hubiera podido desplazar sus invencibles tercios a las Indias para someter las naciones indígenas a su dominio. La insurgencia luterana y los embates del Imperio Otomano era una doble y temible amenaza ante la cual no se podía bajar la guardia. En consecuencia, España se vio obligada a confiar la descomunal cruzada a una hueste anárquica de hidalgos venidos a menos y pobretes sin ventura ni horizonte que quisieran comprometerse en la iniciativa demencial de hacerse a la mar rumbo a las Indias en el entendimiento de que no habría términos medios entre la alternativa de escalar cumbres indecibles de poder y de opulencia, o la de dejar tristemente la vida en las maniguas americanas asesinados por los indígenas o devorados por fieras y alimañas. Y fue ese contingente de locos el que consumó la más grande hazaña de la historia.
En
vez de hacer un énfasis tan reiterativo y unilateral sobre las armas de fuego y los caballos, los críticos parcializados deberían otorgar la importancia que holgadamente merece a la contundente superioridad cultural que traían consigo los conquistadores españoles frente a los naturales de las Indias, aun los más adelantados. Dicha superioridad no estribaba solamente en corceles y pólvora. Los conquistadores, además, eran portadores del lenguaje impreso, de la navegación, de la rueda, de la domesticación de bestias para el servicio del hombre, de los metales, de una religión monoteísta mucho más avanzada, de una incomparable riqueza filosófica y literaria de estirpe greco judeo romana, de los conceptos de estrategia militar que hicieron a la civilización occidental virtualmente invulnerable desde que los griegos aniquilaron a las hordas persas en Maratón, Salamina y Platea.
Los conquistadores, especialmente los más grandes, fueron maestros en la utilización práctica de esa superioridad cultural. En el terreno bélico, unos pocos se enfrentaron con éxito arrollador a huestes descomunales que hacían una tosca guerra de montoneras la cual , lógicamente, estaba condenada a sucumbir, no sólo ante los caballos y los arcabuces, sino ante ingeniosos planteamientos estratégicos. Y en el terreno político no fueron menos impresionantes los prodigios logrados por los conquistadores. No habría podido pedir el florentino Maquiavelo más aventajados discípulos. El caso de Cortés es paradigmático. Con ojo certero y sagaz, el extremeño, no bien desembarcado en tierras mexicanas, adivinó la forma implacable en que el despótico Moctezuma oprimía y expoliaba a las naciones vecinas. Primero se granjeó la lealtad de los totonacas, que padecían el yugo azteca, y los convirtió en sus aliados. Luego hizo lo propio con los cempoaltecas. Más ardua fue la empresa de atraer a su lado a los aguerridos tlaxclatecas, con quienes hubo de sostener una prolongada contienda bélica antes de ganarse su adhesión. Cortés, en suma, dividió y reinó, de suerte que cuando divisó “la región más transparente del aire”. en México Tenochtitlán, ya contaba con una hueste incondicional de aliados nativos.
Con no menor pericia se benefició Francisco Pizarro de la feroz guerra civil que acababa de librarse entre Huáscar, heredero legítimo de Huayna Capac, y su hermanastro Atahualpa, vencedor final en la contienda. Haciendo gala de una consumada destreza política, Pizarro coronó a Manco, hermano de Huáscar, como ’emperador’ (léase reyezuelo títere), con sede en Cuzco y con juramento de sujeción al Papa y al Rey de España. Más tarde, Manco se rebeló contra Pizarro y fue aniquilado.
Pero ya le había prestado al conquistador servicios decisivos para sus designios de subyugar el imperio de Atahualpa.
Los golpes de audacia de los conquistadores, tanto frente a sus propios conmilitones, como frente a los nativos, son asombrosos. Cortés quemando sus naves para cortar así toda posibilidad de retorno y deserción, y Pizarro trazando en Gorgona la raya legendaria que sólo pasaron trece valientes, son ejemplos sobrecogedores. Por otra parte, ante el adversario, también pusieron en práctica estos y muchos otros conquistadores, desplantes de audacia que les valieron triunfos definitivos. Acaso no se hubiese logrado la victoria de Otumba si Cortés, al galope de su caballo, no hubiera avanzado hasta el sitial donde se hallaba el gran cacique que dirigía a los guerreros luciendo coraza de oro y escaupil de vistosas plumas y portando el pendón imperial, para derribar dicho pendón con un golpe de su espada y dar muerte al cacique. Derrocado el hombre fetiche, los indios fueron poseídos por el pánico. En ese momento ya la batalla estaba perdida para ellos.
Pero en materia de audacia, no hay duda de que la obra maestra fue la legendaria emboscada de Cajamarca, en la que Pizarro asestó el golpe de gracia al Imperio de los Incas. Reiteradamente ha sido calificada esta acción como una celada artera, puesto que el jefe español invitó a Atahualpa a una ‘cena’ amistosa, cuando su real intención era capturarlo y destronarlo. Sin embargo, no es menos lógico dudar de que un enfrentamiento de ciento seis hombres contra treinta mil pueda calificarse con propiedad de asechanza de los primeros contra los segundos. El golpe de Cajamarca fue una estratagema insidiosa pero genial. Ese día estelar de la conquista de América triunfaron de manera arrolladora, como en tantas otras ocasiones, mucho más que el fuego de arcabuces y espingardas y el galope de los corceles, el genio político y estratégico del español frente al atraso, la ingenuidad y la actitud mágica de los nativos indianos frente a todos los órdenes y circunstancias de la vida. Reconstruir brevemente los pormenores esenciales de la celada de Cajamarca equivale a trazar un epítome de los rasgos básicos que conforman el perfil del conquistador español.
Una vez que el centenar de ibéricos se halló frente a Atahualpa y su hueste innumerable, Pizarro ordenó al capellán Velarde que procediese a la lectura del requerimiento ritual por el que se conminaba a los paganos a abjurar de sus prácticas y creencias idolátricas y someterse a la autoridad del Pontífice de Roma y el Rey de España. Aunque traducido en forma chapucera por un indio bautizado que ya conocía los rudimentos del castellano, alcanzó a ser inteligible para Atahualpa, quien se encolerizó e hizo saber que jamás tributaría a monarca alguno, siendo él el mayor y más poderoso del Universo. También advirtió que mucho menos rendiría obediencia al tal Papa romano que abusivamente repartía lo que no era suyo, y terminó declarando que le parecía ridículo profesar la religión de un dios que se había dejado sacrificar mansamente mientras el suyo, que era el Sol, demostraba a diario su espléndida inmortalidad. Y a manera de remate, tomó en sus manos un breviario con los evangelios que le había entregado el capellán, lo miró con desprecio y lo arrojó al suelo. Fue ese el momento culminante del drama. ‘¡Blasfemia!’ gritaron al unísono los españoles, quienes, en seguida, invocando a su patrono Santiago, hicieron sonar trompetas y atabales, dispararon bombardas y arcabuces y espolearon sus caballos, ganosos de vengar el sacrilegio cometido por el infiel contra los sagrados textos evangélicos. En pocos instantes, Santiago, hijo de Zabedeo, abdicó transitoriamente de su condición tradicional de Matamoros, para asumir la de Mataindios. Los nativos huyeron en caótica estampida abandonando a su soberano a merced de sus captores, mientras los infantes y jinetes españoles hacían una inclemente carnicería entre los fugitivos que trataban por todos los medios de ponerse a salvo de esta furiosa borrasca de dioses. El inaudito golpe de audacia que hasta la víspera habría parecido una quimera de orates, había obrado el milagro de una maciza realidad. El imperio de seis siglos que fundara Manco Capac en el décimo de nuestra era, se derrumbaba aparatosamente en una hora ante el empuje sobrehumano de cien alucinados. Esos fueron los conquistadores españoles del siglo XVI.
Otro rasgo común y sobresaliente que advertimos sin excepción en los conquistadores españoles es su resistencia inverosímil ante una naturaleza inmisericorde y antropofágica. Afrontándola y superándola en hazañas asombrosas, poblaron un continente salpicándolo de asentamientos urbanos donde echó raíces para siempre la civilización occidental. En este punto importa recordar la notoria inferioridad que mostraron los recios alemanes que llegaron a Venezuela, y hasta la Nueva Granada, frente a los españoles.
Los Federman, Spira, Alfinger y otros tantos agentes de los Welser, cuya misión básica era tutelar los intereses de los ávidos banqueros tudescos que ya tenían del cogote al monarca más poderoso de la Tierra, terminaron vencidos por las junglas, los ríos, las alimañas y las fieras que los acechaban sin tregua en los territorios que Carlos V había dado en prenda a sus opulentos acreedores. Por eso los alemanes, a diferencia de los españoles, no fueron fundadores, no fueron civilizadores. No señalaron su paso con la huella imperecedera de las ciudades. Por eso su presencia en América fue efímera. Por eso Venezuela, y acaso parte de la actual Colombia, no se convirtieron en un protectorado alemán, en una cuarta Guayana.
Entre tanto, los españoles no dejaban rincón alguno de esta América bravía sin la impronta de su paso y su presencia permanente. Simultáneamente, España acometía la empresa enloquecida de circunvalar el globo. Fueron cinco los raquíticos bajeles que partieron de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519 con 265 valientes a bordo y bajo el mando del capitán Magallanes. Fue sólo uno de los cinco, con treinta y un espectros y al mando de Sebastián Elcano, el que los atónitos habitantes del mismo puerto vieron regresar mil ochenta y ocho días después, trayendo consigo la gloria de haber dado la primera vuelta al planeta, demostrando de manera incuestionable su esfericidad. Y como si todo esto fuera poco, muchos de estos titanes murieron viejos y en sus lechos. Jiménez de Quesada a los ochenta años, Cabeza de Vaca a los sesenta, Belalcázar a los setenta y uno, Cortés a los sesenta y dos, Orellana a los ochenta, Bastidas a los sesenta y seis.
Y una síntesis final. Con todas sus sombras y sus rasgos negativos, los conquistadores españoles fueron la vanguardia de un vigoroso movimiento que, orientado por la Corona Española, y atemperado y organizado por misioneros y legisladores, incorporó un vasto continente al orbe de la civilización occidental.


5 comentarios:

Patton dijo...

Tiene razón, independientemente de haber cometido miles de crímenes y vejámenes ... hay que reconocerles el mérito de habernos sometido, conquistado, anulado y habernos hecho olvidar lo que éramos.

Eso no pudo ser algo fácil.

Laurentina dijo...

Um tratado historico com muito interesse , sempre importante ler outra prespectiva histórica .
Gosto imenso de ca vir espreitar...
Beijão grande

Persio dijo...

Muy de acuerdo con el texto.

Anónimo dijo...

Al autor le recomiendo el libro "la leyenda negra, un invento contra España", para que se documente.

1º La inmensa mayoria de indios morian por enfermedades traidas de Europa, para ellos una gripe se volvia una PANDEMIA, asi murieron mas del 90% de los indios, eso está ampliamente documentado y hay muchos documentales sobre ello, incluyendo de National Geographic.

2º Los españoles no tuvieron una política de exterminio con los indios, ya desde 1509 se estableció un real decreto por el cual los indios de territorios ya conquistados pasaban a tener la proteccion TOTAL de la corona. Eso es algo sin precedentes en la historia universal.

Por supuesto se mataba a los indios de territorios no conquistados, no fué un camino de rosas, pero mientras los ingleses, franceses, holandeses y portugueses EXTERMINARN a los indios de sus colonias (Brasil, USA, Canadá...) los españoles los protegian, si ya estaban conquistados.

Si no me cree, mire donde hay muchos indios y muchisimo mestizo y donde no queda ni uno.

3º Expresiones como "hacer las américas" o ir a "las indias" se crearon por la gran cantidad de españoles que se CASABAN libre y voluntariamente con indias (libres ellas tambien) y tenian hijos e hijas mestizas. Por eso hay tantisimo mestizo en territorios antiguamente españoles de sudamerica.

Los españoles no tuvieron ningún reparo en mezclarse con los indigenas, no asi los ingleses, franceses o portugueses...

4º Si, los soldados eran unos brutos y unos analfabetos, pero los indios ni siquiera conocian la rueda, el arado o la escritura... los soldados no fundaron ciudades, de eso se encargaron los superiores .

5º El supuesto oro robado de sudamerica a los indios provenia en su inmensa mayoria de trueques que se hacian con ellos, que no le daban ningún valor y preferian cambiar loque para ellos era una simple piedra dorada por objetos del nuevo mundo, como espejos, pantalones, extraños libros, un perrito, comida para el perro, una flauta, etc...

Claro que se robó oro y se arrasaron poblados enteros, pero eso SOLO se hacia en territorios en guerra con España. Era el medievo, no lo olvides.

Y en la guerra civil española los republicanos robaron todo el oro de España para entregarselo a los soviéticos.

Y para finalizar, la conquista de américa hubiera sido IMPOSIBLE sin la ayuda de buena parte de las tribus que se aliaron en la conquista española, y con las que habia tratos de tu a tu.

Enrique Caballos dijo...

Al autor del primer comentario le recordaré que él no es un indio, sino el producto de la fusión del español y el indio. Es necesario que reflexione y que vea que gran parte de su sangre es española y que fueron sus antepasados españoles los que constituyeron su nación, tal y como es ahora.

Por otro lado en toda Hispano-América se sigue persiguiendo y discriminando al indígena, pero esta vez no se puede echar la culpa a los españoles, sino a los propios ciudadanos del país.Seguramente usted sea uno de los que discrimina a los indios, por incultos, sin educación, etc.
Mire la realidad actual de su país y no critique una labor de siglos de civilización que arruinó y desgastó a la vieja España.
Por otro lado, es un placer poder "dialogar" con usted en nuestra lengua común y dentro de nuestra cultura común.