viernes, 4 de mayo de 2007

Calles, caños, andenes y aseo


En un principio, el estado de las calles en Bogotá dependía en esencia de la intensidad de la circulación; con pocas salvedades, éstas permanecían cubiertas de yerbas. Pero no tardaron los vecinos en comenzar a clamar por el empedrado, no sólo para las calles principales, sino para las plazas en que se celebraba mercado, especialmente la Mayor, que después de todo un día de intenso trajinar de mercaderes con bestias y vituallas, quedaban convertidas en repulsivos muladares donde los detritus orgánicos y los desperdicios de carnes, frutas y legumbres se revolvían en hediondas mezcolanzas que eran, al finalizar la tarde, opíparo banquete para cientos de gallinazos y no pocos cerdos y perros mostrencos que deambulaban sin rumbo.
Además, los vecinos tenían muy claro que el empedrado traía consigo el inmenso beneficio de los desagües, indispensables para evacuar toda suerte de aguas sucias y desechos. Los santafereños eran conscientes de que la natural inclinación Oriente Occidente de la ciudad sería, como en efecto lo fue, un valioso auxiliar para impeler por gravedad las aguas de los caños hacia sus desagües finales. La gran pendiente y el poder abrasivo del agua a una mayor velocidad puede apreciarse en los profundos cauces de los ríos que cruzaban la ciudad en esta dirección. Un efecto semejante se producía en las calles desempedradas pues corrían en esta dirección. Cuando se construyeron los primeros enlosados estas calles se dotaron con unos pequeños puentes que hoy llamaríamos “peatonales”, destinados a cruzar los caños.
Los andenes fueron desconocidos en Santafé hasta fines del siglo XVIII, cuando las autoridades comenzaron a pensar en la necesidad de fijar sectores de la calle destinados exclusivamente para viandantes. Hasta entonces, los transeúntes solían andar próximos a las casas, generalmente bajo los aleros, que los protegían con eficacia de las frecuentes lluvias.
En las postrimerías del XVIII se expidieron reglamentaciones tales como aquellas dirigidas a evitar los obstáculos que representaban las ventanas demasiado bajas, los escalones de algunas puertas, las enormes vasijas y tinajas panzudas de las chicherías y los animales estacionados en plena calle. También hubo reglamentaciones sobre la obligación de encalar las viviendas con el fin de uniformar el clásico paisaje blanco que aún hoy admiramos en las casas supérstites de esos tiempos.
En cuanto al aseo, éste se empezó a convertir en problema en el siglo XVIII debido al incremento del volumen de basuras que generaba ya la ciudad. En épocas anteriores los desechos orgánicos y las basuras eran arrojados en los ríos y arroyos que pasaban por la ciudad o cerca de ella. Pero ya en el XVIII el asunto cambió de aspecto y las autoridades tuvieron que tomar cartas dictando medidas para obligar a las gentes a sacar las basuras a los arrabales y prohibirles bajo severas penas arrojarlas en los sectores céntricos.
Posteriores medidas se orientaron muy específicamente hacia las chicherías, esos inmundos antros, que por siglos fueron focos de insalubridad y desaseo en esta capital.
Hasta tales extremos llegó la proliferación de animales en las calles santafereñas, que el Cabildo se vio obligado a crear un corral o coso para encerrar allí las bestias que fueran atrapadas en las vías públicas sin dueño conocido.
Otra aborrecible costumbre, contra la cual lucharon en esta ciudad las autoridades hasta bien entrado el siglo XIX y algo más, fue la de orinar y defecar tranquilamente en las calles. En 1789 exigía el Cabildo a los funcionarios encargados de la vigilancia y a la policía callejera una mayor severidad contra los infractores de tan elemental norma de civismo en estos términos:

“Se hará velar por medio de los ministros a diferentes horas del día y de la noche a las muchas personas de la plebe que con inclusión de muchas mujeres, y sin rubor alguno, acostumbran hacer las necesidades comunes en las mismas calles, por cuya razón no puede lograrse el aseo de ellas, tan importante aún para la salud, haciendo que las personas que fueren aprehendidas sean conducidas sobre el mismo hecho a la verguenza pública en las rejas de esta Real Cárcel de Corte por el espacio de dos horas”. Lo menos que produce este decreto es asombro y risa.

3 comentarios:

Patton dijo...

algunas cosas nunca cambian ... ;)

Laurentina dijo...

Passa-se o mesmo em quase todo o lado...!
O homem é difícil.
Bom domingo
Beijão grande

Anónimo dijo...

ma ha encantado el blog y las fotos de donde las sacas? sabes muchisimo de bogota y me agradara segir leyendo el blog.