lunes, 7 de mayo de 2007

La arquitectura Colonial


En líneas generales, la arquitectura civil y religiosa de Santafé resulta modesta si se compara con la de otras urbes hispanoamericanas: México y Lima, capitales de los dos grandes virreinatos españoles en el Nuevo Mundo: Quito, Cuzco, Arequipa y Potosí, en el gran Perú; Guanajuato, Tasco, Querétaro, Guadalajara, y Puebla, en la Nueva España.
En lo religioso, los templos de Santafé, Tunja y Popayán adquirieron considerable esplendor con el advenimiento de los altares, retablos y parámetros barrocos del siglo XVII. Pero en el XVI fueron pobres y modestos en extremo, especialmente en Santafé, ciudad que, pese a su condición capitalina, no llegó a poseer, como Tunja en el siglo XVI, una soberbia fachada renacentista para su catedral.
En efecto, mientras en Santafé, la diócesis trataba por todos los medios de sustituir su humilde y mal llamada catedral pajiza por una más digna, el gran maestro Bartolomé Carrión esculpía en Tunja la magnífica fachada a que acabamos de aludir y que hoy, en impecable estado de conservación, es motivo de asombro para todos los que la visitan.
Las obras religiosas santafereñas del siglo XVI no fueron más que modestas capillas de bahareque y techo de paja con naves de un solo cuerpo cuyo peso descansaba sobre los muros laterales, los cuales eran unidos por una techumbre de madera y un arco toral que amarraba la estructura. Esta sobriedad fue en parte reflejo de la pobreza general y en parte de las pautas de severidad arquitectónica que trazó el austero Felipe II, cuya personalidad está fielmente reflejada en la mole majestuosa del Escorial, imponente dentro de su rigurosa sobriedad de concepción arquitectónica y de líneas.
Este esquema general se sofisticó un tanto con el tiempo y con el auge del barroco, pero conservó ciertos aspectos básicos. Uno de los elementos que se hicieron presentes fue el mudéjar, tímido en algunas construcciones, exuberante en otras y, por supuesto comprensible, dada la vigorosa vertiente árabe en todas las formas y expresiones de la cultura española.
Los templos santafereños conservaron siempre un común denominador de sobriedad en sus exteriores, aunque la frondosa imaginería barroca enriqueció sus naves y presbiterios. Prueba de ello son los casos de los templos de San Francisco, San Ignacio, San Agustín, Santa Clara y otros, escuetos y severos por fuera, en contraste con la opulencia de sus altares y retablos.
La importancia y el poder de las órdenes regulares está a la vista en la cantidad y calidad de sus claustros e iglesias, hasta el punto de que las segundas aventajaron de manera apabullante a la modesta Catedral, hasta que ya en el siglo XIX el principal templo de la ciudad adquirió reales trazas catedralicias.
Las iglesias de las respectivas comunidades y sus conventos siguieron la misma pauta general: templo contiguo al convento, y éste, a su vez, cuadrangular y de dos pisos con arcadas sobre un gran patio interior.
Otro factor que contribuyó sustancialmente a la solidez y prosperidad de las órdenes fue la frecuencia con que fieles piadosos les legaban en sus testamentos jugosas mandas, dándose inclusive el caso de que algunos, por no tener herederos directos, vistieron el hábito de legos y donaron la totalidad de sus bienes a la comunidad elegida. Entre estos casos, el más célebre fue el del virrey José Solís Folch de Cardona.
Era costumbre exponer en los templos de manera visible los nombres de sus benefactores. Por otra parte, en Santafé se formaron cofradías piadosas, cuya finalidad primordial fue impulsar la construcción y mejoramiento de templos, ermitas y capillas destinadas a diversas devociones específicas.

Algunos viajeros de la época hicieron resaltar en sus notas el carácter conventual de Santafé, que la hacía muy similar a Quito, La Paz, Potosí y otras ciudades andinas. No olvidemos que todavía en 1700 el 76.2% de las edificaciones de la capital eran de carácter religioso. Tanto por la proliferación de iglesias como por el silencio de sus calles, Harry Franck, interpretando el espirítu santafereño, la llamó Cloistered City.

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