martes, 29 de mayo de 2007

Rios y puentes de antaño



Entre todas las corrientes fluviales que cruzaban a Santafé, y que seguramente determinaron la fundación de la ciudad, se destaca el Vicachá. Era éste su nombre muisca, que luego fue cambiado por San Francisco al fundarse el convento franciscano en sus riberas.
El río nace en el páramo de Choachí y luego recibe el caudal de las quebradas de San Bruno y Guadalupe. Fue el mayor río con que contó la ciudad y el que suministró el más considerable abastecimiento de agua a esta capital hasta los años finales del siglo XIX, cuando aún nutría el acueducto de Aguanueva.
Era el río más caudaloso y el que, según los cronistas, proveía las aguas más dulces, vale decir, más puras. Bajaba con notable fuerza hacia la ciudad, asomándose a la misma por el barrio de Las Aguas y siguiendo el curso de la actual Avenida Jiménez de Quesada hasta la carrera 10a. de hoy.
De este punto se desviaba algo hacia el Suroccidente hasta unirse con el San Agustín, a la altura de la actual carrera 13 con la calle 6a. Finalmente, torcía hacia el Noroccidente hasta desembocar en el río Arzobispo.
El río Manzanares, que luego fue San Agustín por el convento edificado en sus márgenes, nace en el cerro de Guadalupe. De caudal menor que el de San Francisco, alimentó en un principio el agua de la pila de la Plaza Mayor hasta mediados del siglo XVII, cuando se le sumó la del Fucha. Por el Sur, el San Agustín era el límite entre los barrios de la Catedral y Palacio con Santa Bárbara. Atravesaba la ciudad de Oriente a Occidente hasta unirse con el San Francisco, formando así la tenaza acuática que encerraba la ciudad por el Occidente.
El río Arzobispo tomó muy posiblemente su nombre de una residencia que tenía la arquidiócesis cerca de sus márgenes. Nace en el páramo de Cruzverde, desciende por Monserrate y baja con rumbo occidental hasta desembocar en el Funza o Bogotá. Sus aguas alimentaron las pilas de las Nieves y San Victorino. El Arzobispo estuvo durante toda la Colonia y parte del siglo XIX fuera del perímetro urbano; en los comienzos del siglo XX fue la línea divisoria entre la ciudad y el arrabal de Chapinero.
El río Fucha (mujer, en lengua chibcha) fue llamado más tarde San Cristóbal debido a que un pintor anónimo de la Colonia aprovechó una roca que sobresalía del cauce para pintar allí al legendario santo que cargó sobre sus hombros al Niño Dios. Nace también en Cruzverde y contribuyó con sus aguas a abastecer la pila de la Plaza Mayor desde el siglo XVII hasta comienzos del XIX a través del acueducto de Aguavieja. Don Antonio Nariño poseyó una quinta a orillas del Fucha y en una carta escrita allí encomió con entusiasmo la belleza del paraje.
Además de estos ríos importantes, hacia el Sur (calle 3a.) descendía con rumbo Occidente la quebrada de San Juanito, que era el límite sur del barrio de Santa Bárbara. Más al Sur, en zona totalmente extraurbana, corría el Tunjuelo. En el extremo Norte estaban las quebradas de la Vieja y las Delicias, que durante mucho tiempo abastecieron de agua a Chapinero. Había, además, otras numerosas quebradas que gradualmente fueron sucumbiendo ante el empuje del desarrollo urbano.

Los ríos de San Agustín y San Francisco formaban un cerco cerrado sobre Santafé. Dicho cerco impedía en principio, o al menos dificultaba al máximo el acceso a la ciudad. Por ello se hizo imperioso desde los primeros años construir puentes a fin de salvar estas barreras naturales que, si bien por cierto representaban una dificultad para la nueva urbe, le garantizaban, aunque fuera de modo precario, el abastecimiento vital. Los puentes, en consecuencia, se multiplicaron por diversos puntos estratégicos de la capital a fin de asegurar a sus habitantes un tránsito fácil entre los diversos barrios que la integraban y el exterior. Estos puentes fueron vitales hasta entrado el siglo XX, cuando los ríos fueron canalizados y se hicieron subterráneos.
Según el plano topográfico de Bogotá, que levantó Carlos Clavijo en 1894, la ciudad contaba entonces con 30 puentes. Pero durante la Colonia sólo hubo cinco puentes principales, además de dos secundarios que eran el de San Diego, al final de la urbe, y uno que se construyó totalmente fuera del perímetro urbano, sobre el río Arzobispo.
Los cinco principales eran los de San Francisco, San Agustín, San Victorino, de Lesmes y Giral. Ya en el siglo XIX, pero bajo el régimen español del Pacificador Morillo, se construyeron los puentes del Carmen, sobre el río San Agustín, y uno sobre la quebrada de San Juanito.
El puente de San Agustín. Estaba en la actual intersección de la calle 7a. con la carrera 7a. y se construyó entre 1602 y 1605, bajo el gobierno del presidente Francisco Sande. La Audiencia encargó de la realización de la obra al oidor Luis Henríquez quien, urgido de mano de obra, mandó traer indios de Tunjuelo, Usme, Ubaque y Chipaque, todos trabajadores de la encomienda de Alonso Gutiérrez de Pimentel, quien elevó una airada protesta por este despojo. El caso terminó en litigio hasta que, víctima de la más feroz arbitrariedad, Gutiérrez de Pimentel terminó en la horca. Al ser concluido, el puente de San Agustín se convirtió en la principal vía de acceso del Sur al sector central de Santafé.
El puente de Lesmes. Fue el segundo que se construyó sobre el río San Agustín, a la altura de la actual calle 7a. con carrera 6a. La obra se ejecutó entre 1628 y 1630 y la dirigió el oidor Lesmes de Espinosa y Sarabia, de quien tomó su nombre. Una avenida del río arrasó el puente en 1814. Morillo lo reconstruyó en 1817.
El puente del Giral. También construido sobre el San Agustín, en la actual intersección de la carrera 8a. Con la calle 7a.
El puente de San Victorino, sobre el río San Francisco, quedó situado en la actual intersección de la calle 12 con la carrera 12. Tuvo una notable importancia, debida al hecho de ser esa zona, el paso forzoso hacia el camino de Occidente, la vía por la que Santafé se comunicaba con el mundo. Se desconoce la fecha de su construcción, pero se sabe que era una obra sólida y maciza, tal como la describe el historiador Eduardo Posada: “Era semejante al de San Francisco, de sillería, arco ojival y barandal de piedra redondeada en la cima. El río se veía a gran profundidad”.

El puente de San Francisco. Estuvo ubicado en la intersección de la actual Avenida Jiménez de Quesada con la carrera 7a. La verdad es que allí no hubo todo el tiempo un solo puente sino varios que fue preciso reconstruir o volver a levantar del todo corno consecuencia de las frecuentes e impetuosas crecientes del río. Fue este puente vital para la ciudad y la vía de acceso que enlazó el sector central con el Norte de la capital.
El
primer puente, conocido como de San Miguel, se construyó entre 1551 y 1558 en madera, y, debido a la fragilidad de su estructura, sucumbió ante los embates del río antes de comenzar el siglo XVII.
En 1602 la Real Audiencia se pronunció sobre la necesidad apremiante de construir un puente de cantería, a fin de afrontar con buen suceso las avenidas del río. Se ordenó la construcción y se dispuso que se proveyera todos los indios necesarios para llevar a feliz término la obra.
Sin embargo, ésta se terminó en fecha no determinada y el puente volvió a sucumbir. Otro puente, iniciado por el presidente Juan de Borja, tampoco resistió las crecientes. Finalmente, fue bajo el gobierno de Don Diego Egues Beaumont, cuando se construyó, venciendo graves dificultades financieras, el puente definitivo, en cantería sólida y con arco gótico, el cual comunicó el centro y Sur de la ciudad con el Norte hasta la canalización del río. La obra fue posible gracias a un impuesto de sisa que se fijó entonces y que ascendió a la suma de dos reales por cada botija de vino que ingresara a Santafé. El puente fue terminado en 1664.

El puente de San Diego. Localizado en el confín septentrional de la ciudad, se construyó en las postrimerías de la Colonia, pero sufrió daños y deterioros. Sólo vino a ser reparado a fondo en plena era republicana.

3 comentarios:

Patton dijo...

Hace poco (creo que mientras construían transmilenio por las américas) descubrieron uno de estos puentes, si no estoy mal por los lados de Puente Aranda.

Lo sorprendente es que estaba en muy buen estado y lo más sorprendente aún es que nadie supiera que ahí estaba.

EdSancho dijo...

me gusto mucho su reseña. una pregunta, ¿recomienda algún libro o libros de historia de Bogotá y en donde pueda profundizar lo tratado en esta entrada de blog?
gracias...

E. C. Pedro dijo...

Pues... creo que te me has adelantado. Comparto y creo comprender lo que le has dedicado a esta ciudad. No puedo más que animarte a continuar, así hayan pasado más de dos años desde la última entrada del blog. Saludo cordial.