martes, 12 de junio de 2007

Las primeras calles empedradas


Tal como ocurrió con otros elementos básicos de la civilización urbana, el empedrado de las calles llegó tarde a Santa Fe. Las noticias que hay sobre estas obras vitales de progreso datan del siglo XVIII.
Hasta entonces las calles santafereñas, igual que si fueran trochas agrestes, reflejaban crudamente los altibajos del clima sabanero. En verano, las ráfagas de viento que bajaban de los boquerones vecinos levantaban en las mal llamadas calles, agresivas nubes de polvo que hacían el ambiente irrespirable.
Por el contrario, en invierno, quien no dispusiera de buenas cabalgaduras, o al menos altas y gruesas botas, se veía abocado a zozobrar en el magma lodoso que cubría el suelo. La preocupación por los empedrados coincidió en Santa Fe con los períodos de mayor impulso en la construcción.
El
primero, que cubrió las primeras décadas del siglo XVII, dispuso de amplia mano de obra indígena. Durante esos años, las autoridades coloniales volvieron su atención de manera muy especial hacia la necesidad de convertir estas vías primitivas y cuasi selváticas en auténticas calles mediante el adoquinado.
En 1603 la Real Audiencia se pronunció sobre un ambicioso plan de empedrado que comprendía prácticamente todas las vías importantes de la ciudad. No hubo resultados inmediatos. Pero algo más tarde, en 1614, el dinámico y acucioso presidente Juan de Borja volvió sobre este problema y dispuso de nuevo el empedrado de las calles. Y así, con altibajos y largas interrupciones, se iniciaron estas obras esenciales.
En 1759 se concluyó el empedrado de numerosas calles y de la Plaza Mayor. Siempre, desde luego, apelando a los particulares, ante la inveterada indigencia de las arcas virreinales. Fuera de estas iniciativas oficiales, la autoridad tendría que delegar en las casas particulares el empedramiento de los frentes de las calles habitadas.
El intento por mover a los particulares para que arreglasen sus correspondientes predios públicos fue difícil de poner en práctica; no obstante, tuvo una efectividad moderada. Y según puede colegirse, esta nueva modalidad se abrió paso con ciertas dificultades. El Virrey y su Audiencia, como en muchos otros casos, metió baza para “excitar” al Cabildo para que se encargara de “la compostura y empedrado de las calles por hallarse tan necesitadas de este reparo”.
Una referencia muestra que en 1788 el Fiel Ejecutor, Justo de Castro (Diputado de Empedrados y Aseo) suspendió sus trabajos ante supuestas trabas interpuestas por varios vecinos, así como por conventos y eclesiásticos, pues éstos se negaban a “la obligación en que estaba todo el vecindario de empedrar y asear la parte de calle que les pertenezca”.
Una vez empedradas las calles, surgía el grave problema de su mantenimiento, el cual se hacía imperioso debido al deterioro que causaban los carruajes y las bestias.
La incuria en el mantenimiento agravaba muchas veces el estado de las calles. El adoquinado era objeto de vandalismo, quitaban y sacaban las piedras sin volverlas a reponer, lo cual dejaba las restantes flojas y destruidas, las que a su vez eran destrozadas con facilidad por los carruajes y caballerizas, como consecuencia final se hacian grandes hoyos que llenaban las calles de lodasales y basura, sirviendo estas de tropieso a los que pasaban por ellas con incomodidad, peligro y desaseo de la ciudad.
Este y otros problemas desembocaron en uno peor, que describió en forma dramática Don Manuel de Hoyos, regidor de Santafé, en un memorial dirigido al Virrey:
“Hago presente a V. E. que las casas y calles están llenas de inmundicias, o por mejor decir, convertidas en muladares que apestan; que los cerdos y demás animales corren en manadas por las calles principales; que por las noches no se puede caminar sin tropezar a cada paso con los burros que hacen su alojamiento, o en los zaguanes o junto a las paredes, que es por donde se camina para aprovechar mejor el piso. Los perros incomodan de noche, no menos que de día, habiendo llegado el caso de acometer uno al señor don Juan Martín, superintendente de la Real Casa de Moneda con grave peligro de su salud. Los carros y maderas arrastrados por las calles y las perjudiciales chicherías han arrancado las piedras de las calles, dejando el piso desigual e incómodo, a lo que también ha contribuido la frecuencia con que se abren las cañerías y el poco discernimiento con que esto se ejecuta, causándoles un considerable quebranto a los vecinos que gastaron su dinero en los empedrados, y a mí el dolor de ver introducido el desorden, detenido mi trabajo y aún perdidos muchos pesos que invertí en estas obras por el bien público. Por último, concluyo manifestando a V. E. que la salud pública padece mucho con este abandono, pues respirándose un aire corrompido, no es posible dejar de contraerse muchas enfermedades, y aún las fiebres que han ocurrido en los días pasados se atribuyen a otra causa, de que probablemente resultarán peores consecuencias, si la autoridad de V. E. no pone término a tan grave mal, haciendo que los cuerpos encargados de la policía salgan del letargo en que yacen... ”
No obstante, el panorama desolador que muestra este informe, a fines del siglo XVIII se produjeron algunos avances en el mejoramiento de las vías públicas. En 1789 el Virrey expidió un decreto por el cual se conmina (so pena de cárcel) a los vecinos de las vías principales, no sólo a remendarlas, sino a empedrarlas de nuevo cuando estuviesen deterioradas. Por su parte, las autoridades iniciaron el empedrado de los lugares y calles correspondientes a edificios públicos. De acuerdo con esta iniciativa, se emprendieron y concluyeron las siguientes obras:

- Empedrado del Cuartel de la Guardia de Caballería
- Hechura del caño que corría por delante del Palacio
- Empedrado de los dos costados de la Capilla del Auxiliar
- Empedrado del Palacio Viejo
- Empedrado de los dos costados de la calle Egipto y la de la Biblioteca.

En 1790 ya el Virrey había dispuesto que se hicieran los empedrados correspondientes a todas las posesiones de Su Majestad. En 1802 se hizo un contrato con el maestro mayor de albañilería, Manuel Galeano, con el siguiente presupuesto: para la Calle de la Real Audiencia, 80 pesos; para la Calle de la Real Casa de la Moneda, 50 pesos; para las dos siguientes, 60 pesos. El costo total de esta importante obra fue de 190 pesos

4 comentarios:

El pequeño Dardo dijo...

Precioso pasaje en el tiempo de las maravillosas calles de Bogotá.

No tengo aún lugar de vacaciones, quizás me deje caer por aquella tierra para volver a disfrutarla con sentimiento y añoranza.

Un placer,

Alberto Z.
España (Madrid)

Luis Trejos dijo...

Gracias por el comentario, Pequeño Dardo, ojala te dejes caer por estas tierras para poder atenderte con el mejor de los agrados.
Un cordial saludo

Colombianita dijo...

Estoy fascinada con tus "free university lectures" Imaginate lo que cuesta tomar un curso de historia en cualquier universidad! Todo lo que escribiste acerca del problema de la ciudad, los olores, los animales en las calles, de esa epoca, es casi lo mismo que pasaba en las calles de Londres cuando apenas esta ciudad estaba en sus comienzos. Fijate, sabia mas de Londres (todavia no conozco esta ciudad) que de mi propia capital. Gracias por compartir todo esto con el mundo profesor :)
Ah, gracias por tu comentario en mi escrito sobre el fantasma...de verdad que aprecio tu tiempo al escribirme. Tu nueva fan, Colombianita.

Luis Trejos dijo...

Gracias por el comentario Colombianita, me alegra mucho saber que este rincón te ha servido para aprender cosas nuevas sobre nuestra hermosa Bogotá, creeme que a diario a mi también me sorprende esta urbe, por cosas buenas y hechos malos.
Un cordial saludo