sábado, 2 de junio de 2007

Los primeros acueductos


La incidencia del agua sobre la decisión de Jimenes de Quesada de fundar la ciudad cerca de los cerros de donde bajan los ríos y quebradas, asi como las perspectivas de aprovisionamiento de agua constituyeron un factor decisivo para decidir en qué sitio se debía fijar y desarrollar cualquier asentamiento urbano. Y Santafé, desde luego, no fue una excepción. La abundancia de agua, y especialmente la presencia de los ríos Vicachá y Manzanares (San Francisco y San Agustín) fueron elementos contundentes, era necesario que fundar la nueva ciudad al lado de estas magníficas fuentes del líquido vital. Además, las Leyes de Indias eran perentorias en cuanto a la obligación de establecer las urbes siempre cerca de buenas fuentes de agua y en climas propicios para la vida y la salud de los futuros moradores.
En los primeros años la provisión de agua se obtuvo en Santafé de la manera más rudimentaria y primitiva. Los indios al servicio de los conquistadores la traían hasta las casas de éstos en grandes cántaros que cargaban sobre sus hombros haciendo penosos recorridos de hasta un cuarto de legua. Pero al poco tiempo la situación se agravó debido a que los desechos de la ciudad y los que generaban los lavanderos de ropa que se instalaban en las riberas, fueron enturbiando las limpias aguas, debido a lo cual los amos blancos compelieron a los indios a remontarse más en direcciones de las fuentes, buscando aguas no contaminadas, con lo que se recargaba el trabajo de los aguadores. Pero los indios, en expresión de velada resistencia, optaron por traer el agua de los sitios más cercanos desmejorando notoriamente su calidad. Ante esta grave circunstancia, no hubo otra alternativa que impulsar la construcción de una fuente en la Plaza Mayor.
Como la ciudad carecía de bienes propios, surgió la iniciativa de costear la fuente con un impuesto de sisa a las ventas de carne. El nuevo impuesto fue asperamente controvertido y los vecinos más destacados de la ciudad propusieron a la Audiencia que se decretara más bien una derrama o contribución extraordinaria para la construcción de la fuente. Esta idea se impuso y en 1584 se emprendió la obra en el sitio que ocupaba el rollo o picota donde se ejecutaba o castigaba a los delincuentes e infractores de la ley. Precisamente, el oidor Alonso Pérez de Salazar, que fue el principal impulsador de la pila, había hecho espantable gala de crueldad al desorejar y desnarigar a más de dos mil infelices en el mencionado rollo. En la comunicación en que la Audiencia anunciaba la iniciación de la obra, se advertía a los vecinos que aquellos que quisieran disponer del beneficio de pajas de agua (conducción del líquido hasta sus casas), deberían pagar una suma extra para gozar de tan cómodo servicio. De inmediato se dio comienzo a la construcción de la pila, rematada en el ápice por el legendario “mono” , que permaneció en este sitio por casi tres siglos, hasta que hubo de ceder su lugar a la estatua del Libertador, obra del italiano Tenerani. De allí pasó a la Plazuela de San Carlos, hoy Rufino José Cuervo, más tarde al Museo Nacional, y finalmente al Museo Colonial, en cuyo patio principal se encuentra hoy.

En sus comienzos, el agua era traída a la fuente desde el río San Agustín, pero bien pronto este suministro fue insuficiente, sobre todo en tiempo de verano. Por lo tanto, se hizo patente la necesidad de reforzar esta corriente con aguas del río Fucha. Sin embargo, se tropezó con la consabida dificultad de la penuria fiscal, la que, a su vez, fue suplida con los aportes de los vecinos. En 1681 se comenzó a encauzar las aguas del Fucha hacia la pila de la Plaza Mayor. La obra fue lenta en extremo, sufrió varias interrupciones y sólo hacia 1738 quedó concluida. Pero posteriormente fue necesario unir las aguas del Fucha con las del San Agustín (o Manzanares), tal como lo acordó el Cabildo el 9 de enero de 1741 al ordenar que “los regidores de aguas se junten esta tarde para supervigilar que se encañe el agua antigua del río Manzanares con la que viene del río Fucha por ser ambas pocas, separadas, y necesitarse reunirlas para el abastecimiento de la ciudad... ”. Este acueducto fue el primero de la ciudad y se conoció en aquella época con el nombre de Aguavieja.
Con solemnes ceremonias se inauguró en 1757 el acueducto de Aguanueva, que conducía agua desde el boquerón del San Francisco hasta la pila de la Plaza Mayor. Este acueducto tuvo una larga vida y prestó servicios a la ciudad hasta finales del siglo XIX, cuando ya se estaban instalando tuberías de hierro. Al principio su acequia corría a la intemperie, pero más tarde fue recubierta con cal y piedra. En 1863, el inspector y administrador del Ramo de Aguas, Ambrosio López, rendía un minucioso informe sobre los perjuicios que estaba ocasionando para el aprovisionamiento de agua la acumulación de piedras, cascajo, arena y otros elementos en el interior de la acequia y sobre la necesidad apremiante de poner remedio a esta situación.
En cuanto al acueducto de San Victorino, la idea de construirlo para satisfacer urgentes necesidades, se remonta a finales del siglo XVII cuando los vecinos del sector enviaron una representación en este sentido al Cabildo. Sin embargo, tuvo que pasar un siglo antes de que se iniciara en serio. Se determinó que la pila de San Victorino sería abastecida por las aguas del río Arzobispo, se trazó la ruta de la acequia, que iniciaba su curso en las faldas de Monserrate, y finalmente se dio al servicio en 1803. Fue así como, dentro de las más precarias condiciones, estos acueductos proveieron malamente de agua a esta capital hasta finales de siglo XIX. A estos dos acueductos, y especialmente a los particulares que se les derivaban, puede llamárselos con más acierto acequias, pues eran unas zanjas, algunas con su piso revestido en lajas. El agua corría por la superficie, al aire libre, en las márgenes de las calles y en ocasiones atravesando en diagonal por huertas y solares. Para tener una idea aproximada de las dimensiones de las acequias, recurrimos a los datos que nos ofrece un documento fechado el 10 de junio de 1785 y firmado por el capuchino Fray Dionisio de Valencia, referente a la acequia que conducía el agua al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Esta acequia tenía, en su parte más estrecha, tres de dos y medio de profundidad y once dedos de diámetro, y en su parte más ancha cuatro dedos y medio de profundidad y un palmo de diámetro.

Los acueductos eran de mala construcción, consistiendo en un canal excavado al aire libre en las tomas de agua de algunos de ellos y prolongados hasta cierta extensión. Estos canales se convertían en una cañería de piedras redondas o apenas recortadas colocadas sin cimiento alguno o con mala mezcla de cal, grasa y arena, en las cercanías de la ciudad, y en un canal de ladrillo o de piedras a medio labrar, con mal cimiento, dentro de la ciudad misma, dando lugar a evaporaciones, infiltraciones y pérdidas de más de la mitad del agua aprovechable, absorbiendo los residuos de las materias orgánicas y excrementicias del suelo permeable, y dando origen a enfermedades del estómago, sobre todo en las épocas de calor.

1 comentario:

Rodrigo dijo...

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