viernes, 13 de julio de 2007

Estructura y funcionamiento del Cabildo


Los Adelantados o Gobernadores estaban facultados para nombrar regidores en toda fundación de ciudades. El procedimiento que se adoptó para nombrar los regidores en Santafé no es muy claro. Los primeros fueron nombrados directamente por el Mariscal y sus sucesores en la Gobernación. Algunos de ellos merecieron, además de mercedes de tierra, la categoría de Regidores Perpetuos, nombrados directamente por el Rey.
Los principales vecinos y conquistadores de la Sabana ocuparon esta posición bastante prestigiosa. Entre los principales regidores perpetuos se cuentan Antón de Olalla, encomendero de Bogotá, Díaz Cardozo, de Suba; Muñoz de Collantes, de Chía; Vásquez de Molina, de Chocontá; Pedro Bolívar, de Cucunubá, y Pedro Colmenares, de Bosa y Soacha. El Rey siempre nombró regidores vitalicios dándole a la posición un toque más honorífico que otra cosa.
Después esta atribución fue potestativa de la Real Audiencia o del Virrey. Tenemos un documento que testimonia el hecho en 1556. "Ante la escasez de regidores a causa de haber muerto e ido ausentando algunos de los regidores perpetuos nombrados por su Magestad la Audiencia, en consecuencia, decide nombrar regidores. Escoge al capitán Juan Ruiz de Orejuela e Antonio Bermúdez e Francisco de Figueredo, vecinos y conquistadores deste Reino”.
De todas maneras, el título de regidor tenía que ser emanado de una autoridad superior, ya fuera el Rey, la Audiencia o el Virrey. Desde luego, el mismo cabildo podía sugerir nombres. Sin embargo, la decisión estaba atada al consenso de la autoridad superior.
Con la cédula de nombramiento, el nuevo regidor se presentaba en sesión del cabildo, el cual lo recibía con solemnidad y le hacía el juramento de rigor. El enunciado del juramento, que muchas veces dejaba ver las obligaciones, no tenía mayor detalle, tan sólo la fórmula tantas veces repetida de “jura usar bien y fielmente de dichos oficios según se expresa en dichos títulos”.

El número de regidores se establecía según la categoría del asentamiento: ciudad, villa o lugar. Santafé obtuvo la calidad de ciudad, y por lo tanto el derecho a usar escudo o sello (símbolo de señorío sobre su alfoz, entorno) y en tal condición su número de regidores era quince. Sin embargo, en 1540, cuando Santafé todavía no tenía suficiente estatura política, el Rey definió que “no pueda haber ni hay en esa dicha ciudad más que ocho regidores “.
Según datos dispersos, hubo una tendencia secular a la disminución del tamaño del Cabildo. Tal vez, la restricción en su crecimiento por parte de las instancias superiores, fue una táctica hacia el control político del organismo. Las condiciones generales de funcionamiento no cambiaron mucho a lo largo de su historia. El Cabildo de Santafé se reunía los lunes y los miércoles.
Para comienzos del siglo XVII la casa del Cabildo estaba ubicada en la esquina Suroccidental de la Plaza Mayor. Inicialmente, como la Audiencia y las principales casas de habitación, estuvo situada en la Plaza de las Yerbas. Para esa época se trataba de una casa alta de dos pisos, tenía un patio central y en una segunda planta, con vista a la plaza, estaba la Sala Capitular donde sesionaba el cabildo.

Adjunta al Cabildo estaban la cárcel chiquita y las oficinas de los dos alcaldes. La casa no tenía mayor calidad constructiva, ni mayor ornato. En el zaguán había una cadena de hierro, que controlaba la entrada.

El interior de la Sala Capitular seguía la disposición del Salón de Acuerdos de la Audiencia. En la entrada del salón había un cancel o biombo que señalaba un espacio reservado. Para 1714 la sala estaba ordenada alrededor de una mesa grande cubierta por una colcha de damasco, en cuyo rededor permanecían 24 sillas. Una de ellas, la más grande, era un sitial o asiento de ceremonia forrado en damasco verde y carmesí (¿Los colores del Cabildo?) sobre el cual reposaban dos togas garnachas con sus dorsales (paño que cae sobre la espalda) que eran utilizadas por los alcaldes en las sesiones.

Sobre la mesa permanecían tres campanas, dos candelabros grandes de plata y uno bajo, con sus respectivas tijeras (también de plata). Suplementaba la iluminación un candelabro de madera , mucho más portátil.

En la pared posterior un lienzo del “Rey Nuestro Señor” presidía las reuniones y en la lateral colgaban un cuadro o imagen de madera y un Cristo crucificado.

Había también dos cajas grandes de madera que se utilizaban para el archivo y para guardar el dinero. La caja del archivo servía de cómoda y en ella se guardaba el hachero o antorcha especial en el cual estaba grabado el estandarte real. Se utilizaba para las rondas nocturnas o en celebraciones especiales. También está registrado que en la caja del archivo se guardaba el estandarte o pendón real.

En la iglesia mayor reposaba, propiedad del Cabildo, un escaño y dos atriles grandes para uso de la corporación en misas y fiestas religiosas. Otros 8 escaños, para el mismo fin, estaban repartidos en todas las iglesias de Santafé.

Sus integrantes tenían que ceñirse a una especie de reglamento interno. Las actas de las sesiones las dirigía el escribano real público y de cabildo o uno de sus tenientes. Mientras el alcalde de primer voto con su toga negra y el escribano tomaban asientos especiales, que eran dignos de sus funciones en el concejo, les seguían, según su actividad, en la mesa, por estricto orden a partir de la derecha, los regidores según su antigüedad. Los regidores propietarios y, después de ellos, los regidores interinos y, los regidores honorarios. El Alférez Real, y después de él, el Alguacil Mayor, ocupaban un asiento preponderante, inmediatamente después del Alcalde en el orden de asientos del Cabildo. Esta jerarquía en su posición dentro de la Sala Capitular, era asunto importante, denotador de preeminencia, la palabra clave de la jerarquía en la sociedad colonial.

Ningún regidor podía entrar armado al salón de sesiones. “So pena de que el que entrare con espada, la tenga perdida para el Arca del concejo”. Entrar armado se volvió un importante privilegio para los regidores que ostentaran grado de oficial en una orden de caballería.

Una ordenanza sobre el Cabildo prohibía la reelección de Alcalde. Según lo estatuido, no podía volverse a nombrar hasta haber pasado tres años. Sin embargo, en Santafé, ante la escasez de regidores y dentro de la laxitud normal con que funcionaba esta institucione, se reeligió muchas veces a este funcionario.

Para asegurar la asistencia y el cumplimiento de las reuniones, se ordenaba a los miembros de Cabildo que permanecieran el máximo posible en la ciudad, tratando de alejarlos de largas temporadas en sus haciendas, cual era una práctica corriente. Por otra manda se prevenía a los ausentistas a que “se pague cuatro reales el día que faltare, y si mayor fuere la contumación de no venir, que la justicia le agrave la pena”.
Para algunas funciones de mayor permanencia, existían, cargos específicos, pagados y con las obligaciones y responsabilidades de ley (fiel ejecutor, mayordomo etc.). Para otras tareas, que pueden llamarse ocasiones, o que no requerían más que labores de vigilancia o supervisión, el Cabildo operaba con representantes o diputados. Las ordenanzas disponían que este tipo de tareas (visita a la carnicería, revisión del abastecimiento de aguas, supervisión de una obra ) se hicieran de manera rotativa. Se hacía, tal como está dispuesto “por rueda e cada mes”.

El primer día de cada mes el encargado hacía un informe con el fin de empalmar con el nuevo diputado. Entregaba, además, las penas, multas y posturas que hubiese realizado, para meterse bajo mirada atenta a la caja del dinero.

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