miércoles, 29 de agosto de 2007

Agricultura y producción


Las condiciones agronómicas de la Sabana en la época de la Conquista no eran tan óptimas como hoy se piensa. La agricultura se vio constantemente afectada por los ciclos climáticos y sus fuertes contrastes, dentro de los que alternaban las sequías con las inundaciones, en grave detrimento de cultivos y cosechas. Estos factores, unidos a un muy bajo drenaje del suelo sabanero, fueron fatídicos tanto para la agricultura muisca como para la española. A estas razones habría que agregar el largo período de cosecha y los problemas con las heladas. Existen referencias documentales sobre el temor y el daño que ocasionaron las heladas sabaneras a los muiscas. La agricultura de gran altitud, en términos generales, ha limitado la densidad poblacional y el nivel de realización de las culturas que sustentan.
Los muiscas, a pesar de tener una gran variedad de cultivos totalmente adaptados a las condiciones, no desarrollaron toda su agricultura en la Sabana. Para enfrentar los problemas agronómicos de esta zona construyeron terrazas de cultivo y zanjas de desagüe. Existen también indicaciones de que el maíz lo cultivaban en camellones. Pero los muiscas no llegaron a construir grandes obras de infraestructura. Las carencias tecnológicas y la falta de una centralización política los limitaron en este aspecto. La solución adoptada para enfrentar estas dificultades fue la consolidación de una agricultura bien integrada en diferentes climas. Los muiscas habitaron un mosaico de nichos ambientales, desde los climas cálidos hasta los paramos.
El pueblo de Bogotá, por ejemplo, tenía tierras en el Valle de Tena en donde cultivaba maíz, frutales, plátanos, caña, ají, ahuyama y patata. Establecieron, de esta forma, lo que los antropólogos llaman un control vertical de los pisos térmicos. Un sistema que hace complementarios los cultivos y esfuerzos, dando por resultado una amplia gama de frutos y la capacidad de producir excedentes alimenticios.
Muy poco tiempo después de su advenimiento, los españoles introdujeron en la Sabana los cultivos propios de sus tierras. El clima de la Sabana permitió desarrollar la agricultura de cereales, base de la dieta hispana. El español promedio que llegó a nuestro país provenía de la zona mediterránea cuya alimentación se basa en los cereales panificables, los vegetales de huerta, las legumbres secas, el aceite, el vino y la carne de carnero.
Por otra parte, además de las semillas, trajeron animales útiles que eran desconocidos en estas tierras. Quesada trajo los caballos, Belalcázar los cerdos y Federman las gallinas. Pero fue el conquistador Jerónimo Lebrón el que introdujo en grande las más importantes innovaciones en materia agrícola, puesto que trajo semillas de garbanzo, trigo, cebada, cebolla, fríjol y arveja en grandes cantidades. Por supuesto, se siguieron adelantando los cultivos americanos tales como maíz, papa, yuca, ahuyama, hibias, cubios, ají, aguacate, plátano, etc. La dieta urbana, en consecuencia, adquirió una gran variedad al superponer los productos españoles con los nativos. Los indígenas siguieron otorgando en su alimentación diaria una notable preferencia por sus alimentos atávicos. De ahí que en una crónica fechada en 1610 se decía que “los indios, teniendo turmas y maíz, tienen todo el sustento necesario”.
Los indígenas asimilaron muy rápido el conocimiento y manejo de los nuevos cultivos, así como el manejo y cuidado de los animales que antaño desconocían (caballos, vacunos y ovejas). A su vez, aportaron su profundo conocimiento de las tierras y de los ciclos climáticos.
La más trascendental innovación de la tecnología agrícola europea fue la sustitución de los rudimentarios instrumentos indígenas de piedra y de madera por los metálicos. Los españoles trajeron hachas, arados, barretas, azuelas, palas, azadones, hoces y harneros metálicos. La contribución más valiosa fue sin duda alguna el arado metálico con rejas a manera de rastrillo. Hay un ejemplo que resulta particularmente ilustrativo: la tarea de cortar un árbol de tallo grueso con hacha metálica se hacía en la décima parte del tiempo requerido con hacha de piedra.
Después de la revolucionaria introducción de las herramientas metálicas transcurrió algún tiempo durante el cual las faenas agrícolas siguieron dependiendo exclusivamente de la energía humana hasta ya entrado el siglo XVII, cuando vino el valiosísimo aporte de la energía animal.
La tecnología agrícola introducida por los españoles no varió sustancialmente durante todo el período colonial. Su adopción social fue un proceso lento y restringido. Desde luego, las herramientas eran costosas y escasas. No fue una tecnología ampliamente distribuida. La introducción a los niveles inferiores fue lenta. Los indígenas siguieron empleando sus herramientas tradicionales pero aprendieron a usar otras técnicas por el trabajo en las haciendas.
Pero pese a todas estas dificultades, la implantación de la nueva tecnología permitió una utilización mucho más intensiva de la tierra hasta el punto de que se llegaron a obtener en la Sabana dos cosechas en el año.
La primera cosecha de trigo se dio en las cercanías de Tunja en 1543. El cultivo de la cebada fue un poco más tardío. Paralelamente con los primeros cultivos de trigo vino la construcción de molinos para el abastecimiento de harina y la consecuente producción de pan. Según las crónicas, fue Doña Elvira Gutiérrez, esposa del conquistador Juan Montalvo, la primera persona que en Santafé produjo pan de trigo en un horno rudimentario. A medida que los caminos fueron mejorando lentamente, en la misma forma se fue intensificando el empleo de caballos y mulas y disminuyendo el de indios para el transporte de pasajeros y carga, especialmente en los viajes hacia el Magdalena.

Lo corriente durante el siglo XVII era un uso mixto del suelo: agricultura y ganadería. En orden descendente de importancia, los principales cultivos eran trigo, maíz, cebada y papa. En ganadería, y en el mismo orden, las principales crías eran ovejas, vacunos, cerdos y cabras.

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