sábado, 11 de agosto de 2007

El Cabildo, el protocolo y la religión


La sociedad colonial era ante todo una sociedad explícitamente jerarquizada. El puesto de cada persona debía definirse dentro de una escala vertical. En los medios urbanos y dentro de ellos en las capitales esta definición tenía razones adicionales. Los rangos y jerarquías se mostraban de manera ostentosa por medio de diversos signos externos tales como el lugar que cada uno debía ocupar en determinadas sesiones así como en los desfiles, los trajes que se lucían y el lujo y la calidad de las sillas que se ocupaban.
Por otra parte, existía una predilección muy marcada por el boato, tanto en las celebraciones civiles como en las eclesiásticas. Para estas últimas el Cabildo poseía por derecho propio escaños y reclinatorios en todas las iglesias de Santafé.
En todos los festejos el Cabildo se convertía en el gran personaje protagónico por cuanto organizaba y financiaba las celebraciones. El Regidor y el Alférez Real tenían el privilegio de portar el pendón real por las calles. Igualmente, en las fiestas religiosas los cabildantes sostenían el palio que resguardaba al Santísimo.
Muchas veces se presentaron agrios enfrentamientos con el Cabildo Eclesiástico debidos casi siempre a disputas por estas preeminencias. En el siglo XVIII, para las grandes celebraciones los cabildantes tuvieron el privilegio de usar el mismo uniforme de sus similares en Ciudad de México. Usaban casaca de paño negro, calzón corto y chaleco de casimir blanco, medias y corbata de seda blancas también, sombrero elástico con pluma negra y en la solapa de la casaca un escudo de plata cincelada con las armas de la ciudad. Los alcaldes ostentaban en su mano derecha, la vara o bastón de justicia, símbolo de su calidad judicial.

Así como el Cabildo pretendía mantener una relación muy directa con el Rey teniendo siempre cerca de él un procurador que lo representaba, quiso siempre tener abogados eficaces ante la Divina Providencia. Durante toda la época colonial Santafé estuvo expuesta a tragedias permanentes. Cuatro de ellas la tocaron particularmente y preocuparon a sus dirigentes: las pestes (epidemias), las plagas agrícolas, los temblores y las heladas.
Por solicitud especial de la reina Ana, última esposa de Felipe II, fue entronizada Santa Isabel de Hungría como patrona de Santafé. Esta consagración fue refrendada por Fray Luis Zapata de Cárdenas, segundo Arzobíspo de Santa Fe, quien trajo en su equipaje desde España la cabeza de la santa para conservarla devotamente en esta capital. Sin embargo, el Cabildo consideró que no bastaba una sola santa para proteger eficazmente a la ciudad contra toda laya de estragos y desastres, por lo cual decidió diputar algunos otros santos con el prudente fin de reforzar la guardia.
Teniendo
en cuenta que el peor enemigo de los agricultores sabaneros eran los violentos cambios climáticos y las heladas, el Cabildo decidió realizar un minucioso escrutinio en el abigarrado santoral de la época para encontrar en él un protector acucioso de los cultivos y cosechas de estos contornos.
El procedimiento para elegir santos patronos era pintoresco en extremo. Se realizaba por sorteo. Los jerarcas del ayuntamiento echaban en un vaso papeletas con los nombres de diversos santos; a continuación se elegía un párvulo de la vecindad para que, sin mirar las papeletas, sacara una, con lo cual quedaba definitivamente designado el santo protector que se buscaba. La razón por la cual se escogía un niño para realizar el sorteo era que, según el criterio de los cabildantes, la inocencia propia de los infantes hacía más transparente la voluntad Divina.
En una oportunidad, en la que se buscaba angustiosamente un santo e intrépido debelador de heladas y borrascas, ocurrió lo que los cabildantes consideraron como un auténtico milagro. Después de invocar las luces y la gracia del Espíritu Santo se dio comienzo a la ceremonia y el niño elegido para el efecto metió, la mano en el recipiente y sacó una papeleta que contenía el nombre de San Victorino.
Atónitos ante la extraña aparición de un santo que nunca habían oído mencionar, los señores del Cabildo procedieron de inmediato a escudriñar cuidadosamente breviarios, misales, libros de horas y sesudos tratados de hagiografía cristiana tras la huella de este extraño y desconocido Victorino. Todo en vano. Por ninguna parte aparecía aureolado alguno con ese nombre.
En consecuencia los presentes reintegraron la papeleta al vaso y decidieron repetir el sorteo. Revolvieron las papeletas y el niño volvió a sacar una. Grande fue el estupor de todos cuando vieron que en caracteres muy claros aparecía de nuevo en ella el nombre de San Victorino. Los cabildantes empezaron a barruntar el milagro pero sin embargo decidieron hacer una tercera prueba. Agitaron rabiosamente el vaso con las papeletas, vendaron al niño y le pidieron que repitiera la operación. El milagro quedó confirmado. Por tercera vez aparecía una papeleta con el nombre del misterioso San Victorino. Convencidos ya de que se trataba de un claro designio de la voluntad divina, admitieron por unanimidad la existencia de este santo consagrado como ‘obispo y mártir’ y lo exaltaron como santo protector de nuestra Sabana contra el azote de los hielos. Y para despejar cualquier duda, en 1598 el sacerdote Fray Francisco de la Trinidad y Arrieta trajo de Roma un hueso de San Victorino que el religioso reputaba sin duda alguna como absolutamente legítimo. El mayordomo de la Catedral recibió el hueso y lo colocó en un lugar especial dentro del templo.
Desde tempranos tiempos coloniales hubo en Santafé una devoción muy fervorosa por la santa imagen de la Virgen de Chiquinquirá. El arzobispo Zapata de Cárdenas avaló los milagros de esta Virgen y cuando se presentó la terrible epidemia de viruela de 1633, el prelado la mandó traer con el fin de conjurar el flagelo. Fue expuesta en la Catedral y, según se dijo entonces, “con su venida sosegó la peste y mal contagioso”. A partir de ese momento fue reconocida y consagrada como patrona protectora contra toda suerte de pestes y epidemias. Tan agradecida quedó la población santafereña con la intercesión de la Virgen que solicitó al Arzobispo la permanencia definitiva de la sagrada imagen en Santafé. Por supuesto, los vecinos de Chiquinquirá pusieron el grito en el cielo y se presentó un duro forcejeo que terminó en que finalmente la imagen fue devuelta a su sede original con la condición de que cada vez que hubiera en Santafé cualquier síntoma de peste o epidemia, la Santa Virgen fuera traída a la capital. Esto ocurrió varias veces y siempre que la imagen viajó a la capital el Cabildo en pleno salió a recibirla a las cercanías de Santafé a fin de imprimir mayor solemnidad a su ingreso a esta ciudad.
La Santafé colonial estuvo adosada a los cerros orientales. Estas moles, entre las más altas de la Sabana, crean un microclima más húmedo y predisponen a la ciudad para las descargas eléctricas. Desde 1565 un suceso particular consagraría a Santa Bárbara como abogada de los rayos. En la noche del 27 de noviembre hubo una gran tempestad de “lluvia y truenos” y un rayo cayó en la casa de Lope de Céspedes, muy principal encomendero. La casa y la servidumbre se destruyeron pero dejaron indemne a la familia. En compensación a tan fantástico hecho, Santa Bárbara obtuvo consagración y capilla a expensas de Don Lope. En 1565 los magistrados del Cabildo, temerosos como todos los santafereños de la furia mortífera de los rayos, designaron a Santa Bárbara como protectora de la ciudad contra las espantables descargas eléctricas.
Desde fines del siglo XVII se presentó en la Sabana una plaga que atacaba con especial sevicia los cultivos de trigo y a la que las gentes de la región dieron el nombre de “polvillo”. Enterado el Cabildo de este azote, celebró la consabida sesión con el vaso lleno de papeletas y el niño inocente de cuya mano saldría el santo que tomaría a su cargo el problema del polvillo. La suerte favoreció a Nuestra Señora del Campo, cuya imagen aún se venera en la Recoleta de San Diego. A partir de ese momento se conmemoró todos los años esta consagración de la Virgen del Campo como defensora de los trigales con una celebración que se conoció popularmente como “la fiesta del polvillo”.
Finalmente había otro género de calamidades contra las que no se había nombrado todavía un protector eficaz: los movimientos telúricos. Durante los tiempos coloniales Santafé padeció graves remezones sísmicos que causaron víctimas y destrozos en las edificaciones, acaso no tanto por su intensidad como por lo precario y endeble de las construcciones. Fue así como en 1625 el Cabildo Eclesiástico presidido por el arzobispo Arias de Ugarte consagró a San Francisco de Borja corno “abogado contra los temblores de tierra”. Como hecho digno de señalarse destacamos que a esta ceremonia asistió Don Juan de Borja, nieto del santo.

Una de las primeras publicaciones impresas que conoció Santafe fue el “Aviso del Terremoto”, en 1785, lo cual muestra hasta qué punto commocionaban estos trágicos eventos.

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