sábado, 20 de octubre de 2007

La economía en la ciudad


Durante mucho tiempo la principal entrada de productos básicos a la ciudad se hizo por el mercado a campo abierto en la Plaza Mayor. El mercado de plaza fue el lugar de abasto más importante y los días de mercado aumentaron, se adaptaron a la demanda, localizaron y especializaron el sistema.
Los mismos cosecheros venían con sus productos a ponerlos directamente en venta. La presencia y la importancia de los intermediarios no están definidas, pero éstos aumentaron su número y su peso dentro del comercio de acuerdo con el volumen poblacional. Podemos decir que, dada la escasa magnitud a que llegó la demanda de Santafé, el sistema de plaza de mercado, incluso en su versión más desarrollada, no tuvo reemplazo en todo el período colonial.
Inicialmente, el mercado principal estuvo localizado en la llamada Plaza de las Yerbas, hoy Parque de Santander. A partir de 1550 se realizó en la Plaza Mayor, sin que desapareciera el anterior.
El día de mercado en Santafé podría reconstruirse vivamente observando con detenimiento los mercados de los pueblos. Eran días de gran agitación y movimiento en los que llegaba a triplicarse la población de la ciudad.
El
primer acto era la misa, y luego empezaba el vértigo de las transacciones, compraventas y negocios de toda índole. Lógicamente, el día de mercado era el mejor para las chicherías, cuyas ventas se multiplicaban hasta lo inverosímil.
Al caer la tarde eran frecuentes las riñas y a menudo los visitantes organizaban carreras de caballos con apuestas en las principales calles. Cantidades ingentes de caballos y mulas hacían intransitables las calles con sus desechos.
Un documento se queja de los peligros que se podían correr con tal cantidad de bestias en la calle. Golpeaban en la cara con su cola a los transeúntes, quienes corrían con “los riesgos de una coz o atropellamientos con otros impolíticos incómodos (detritus orgánico)”.
Había restos de viandas y basuras por doquier. Los vendedores ambulantes llenaban las calles con sus voces anunciando pan, esteras, velas o carbón. La animación era también aprovechada por mendigos que, vestidos de nazarenos, incomodaban con sus peticiones. Los maromeros y saltimbanquis aglomeraban a la gente en las esquinas. Los innumerables clientes de las chicherías protagonizaban pendencias callejeras y cometían toda suerte de atentados mayores y menores contra la seguridad y la salubridad de la ciudadanía.
En las primeras horas del alba arribaban los cosecheros, ya que les estaba prohibido llegar de noche con el fin de impedir que fueran interceptados por los regatones (llamados “atravesadores”) que solían salirles al encuentro en horas nocturnas y en las afueras de la ciudad para comprarles sus productos a precios bajos para luego revenderlos en la ciudad.
Los
cosecheros iban directamente a la plaza y allí se instalaban formando “cuadros”, es decir, dejando abiertos callejones para que por ellos circularan los compradores. En las primeras reglamentaciones que se establecieron se contempló el problema que para la ciudad representaban las bestias sueltas en calles y plazas y se trató de fijar espacios destinados a guardarlas allí.
Fuera de la plaza de mercado existían tres tipos de expendios al por menor que servían de red básica de distribución en la ciudad: las pulperías, que vendían víveres; las tiendas de mercaderías, que expendían géneros diversos, y, finalmente, las chicherías, que distribuían el funesto licor y que eran los lugares a donde las gentes acudían para divertirse.
Las pulperías, como expendedoras de víveres, fueron un complemento de las plazas de mercado en cuanto sirvieron como pequeñas bodegas para los cosecheros. La situación estratégica en que se encontraban los pulperos les permitió en cierta forma manejar el mercado de víveres y ejercieron una función muy importante en el abastecimiento diario de las vituallas domiciliarias. Casi toda compra al por menor se hacía al fiado. Las autoridades reglamentaban en algunos casos la venta al fiado pues su frecuencia daba lugar a una gran cantidad de demandas por suma de pesos. Estas formas rudimentarias de crédito se manejaban en cuadernos, de los cuales subsisten algunos ejemplos curiosos que demuestran que estos pequeños créditos se otorgaban esencialmente con base en el buen nombre y honorabilidad de los clientes. Veamos uno de 1626:
“Misia doña Ignacia de Paya debe 11 reales por cuenta de 4 varas de bayeta amarilla que llevó a su ahijada. Más el dicho día dos varas y media de toca amarilla que llevó el propio. Una media onza de seda que llevó Jacinta, una morena (..). El señor doctor Obando debe en 22 de Septiembre 2 varas y 112 de tafetán negro a peso y medio. Más el dicho día dos varas y 114 de tafetán azul más diez varas de ... más un par de medias de lana… En otros productos del abasto de primera necesidad la distribución se convirtió en una actividad monopolizada. Tal era el caso de la carne y las velas, que se manejaban por el sistema conocido como “estanco”. La carne se vendía en una de las tres carnicerías, donde era despedazada. La venta al por menor se hacía directamente en el matadero y era un privilegio del obligado de la carnicería.
Otro
producto casi tan importante eran las velas, cuya distribución resultaba similar pero pasaba por otro proceso antes de ir al consumo final. El sebo obtenido en la carnicería era vendido en bruto a fábricas o corporaciones que se encargaban de elaborar las velas con esta materia prima. En las cuentas al por mayor figuran conventos y monasterios, los cuales tenían organizado un proceso propio de fabricación de velas. Este sebo en bruto se vendía en palancas o en arrobas. En las cuentas de carnicería de 1712 figuran 33 fábricas de velas. El producto terminado era otra vez entregado al abastecedor quien tenía el privilegio de venderlo en un estanco de velas, el cual ocupaba un lugar principal en la Plaza Mayor. Se sabe de tal establecimiento porque existe un documento de 1744 que autoriza la provisión de velas como parte de sus privilegios a los funcionarios de la Real Audiencia.
En otro pleito (1746) se disputa el arrendamiento del local entre Francisco Quevedo, abastecedor, quien administraba la tienda, y Francisco de Tordesillas, dueño del local. Las velas terminadas se vendían o se contabilizaban en unidades llamadas palancas. Pensamos que puede indicar una vara larga con velas colgando de su propio pabilo, como todavía sigue en uso en ciertas regiones.
Durante el siglo XVIII, especialmente en su segunda mitad, el mecanismo de distribución de productos dentro de la ciudad se fue volviendo más complejo y difícil de manejar. Como en otros aspectos, el crecimiento urbano en la Colonia tardía tomaría desprevenidos a los administradores de la ciudad. Las autoridades se quejaban permanentemente de especulación. Es posible que las grandes variaciones del mercado, en el cual la escasez extrema por problemas climáticos y abundancia añadido al rígido control de precios, hayan creado el ambiente para un intento de manipulación de los precios.
De la lectura de documentos al respecto, pueden reconstruirse los hilos principales del mercado interno de la ciudad para el último tercio del siglo XVIII. Existían cuatro líneas de abastecimiento para el consumidor corriente en Santafé:

1) Al por menor. Plaza Mayor y de San Francisco. Día principal de mercado: los viernes y los jueves. La relación entre productor y consumidor era directa.
2) Los pulperos y tenderos quienes, según su capacidad, compraban directamente a los productores, obraban como intermediarios organizados y vendían al por menor. Su volumen de compra no era alto y abastecían a los parroquianos en días en que no había mercado.
3) Un conjunto de revendedores en pequeña escala, que ocupaban puestos en la plaza y que tenían su propia clientela.
4) Los grandes revendedores y principales agentes del mercado al por mayor. Eran los “revendedores pudientes” y los “monopolistas de superior clase”. tal como se les menciona en los documentos. Se los señalaba como los “más dañosos y perjudiciales al público” y los que causaban mayores quebrantos al común y particulares. Se concentraban en los géneros que hoy se llamarían no perecederos, es decir, susceptibles de almacenar por cierto tiempo sin dañarse. Según mención explícita, se trataba del cacao, los azúcares, el arroz y las harinas.
Según el documento, los grandes revendedores habían desarrollado una red particular: “se depositaban en 10 ó 12 individuos” que acechaban la llegada de los productores y tenían capacidad económica para comprar en cantidad a menores precios.
En 1787 el síndico procurador denunciaba en un memorial la alarmante proliferación de revendedores y la consecuente carestía de los artículos esenciales y exponía consideraciones y propuestas para mejorar el poder de negociación frente a los intermediarios.
Para esta época es evidente la proliferación de revendedores y sus mecanismos que, frente a los ojos de la administración, constituían la causa principal del alza de precios. Las diferentes menciones permiten suponer que los revendedores salían a encontrar a los productores para comprar por adelantado y de esta manera manipular los precios e influir sobre el volumen de abastecimiento ofrecido en la plaza de mercado. De esta manera podían dirigir los víveres comprados a otros lugares y crear escasez temporal en la ciudad. Los responsables de tal acción eran llamados “atravesadores”.
Previniendo este hecho que debió ser corriente, las autoridades prohibían que los productores entraran de noche a la ciudad y que se comprara en las afueras de la misma. Para tal efecto se prohibieron el comercio en tres leguas en contorno de Santafé, la compra en los caminos y que los productos fueran llevados a otros pueblos dentro de la distancia indicada.
“Estos (los revendedores) son por lo regular gente vaga que por no tener oficio se mantienen de este modo, y como son tantos ya no esperan a comprar por mayor en esta capital sino que salen a los caminos reales y aun a los pueblos inmediatos”.
Frente a la situación se propusieron estas soluciones:

1) Que no puedan comprar los revendedores a los legítimos dueños antes de las tres de la tarde del viernes en que ya se considera abastecido al público... ”. Antes de esta fecha, la hora límite eran las doce del día. La medida tenía por finalidad permitir que en primer lugar se abastecieran directamente los consumidores y no se sacara la porción de víveres comprada por los revendedores. Las amas de casa lo sabían y mantuvieron durante toda la Colonia la sabia costumbre de madrugar a comprar en día de mercado.
2) Que no puedan vender los jueves y viernes (días de mercado).
3) Que se les prohíba expresamente salir a los caminos reales a interceptar los víveres..
4) Que ningún alguacil pueda ser revendedor...
5) Que se les señale el precio en que pueden vender los días permitidos.
6) Que se les obligue a tener la plaza limpia.
7) Que los dueños que traen azúcar no la vendan por mayor a los pulperos hasta pasados tres días”.

El Cabildo no vaciló en aceptar la totalidad de estas recomendaciones y designó de inmediato a un regidor para que, con la colaboración de los alcaldes de barrio, las hiciera cumplir y ejecutar.
Mostrando una gran lógica, el Cabildo comprendió que, dado el tamaño de Santafé, si se quería regular el mercadeo de artículos de primera necesidad no bastaban únicamente las medidas de naturaleza policial. Por consiguiente, empezó a considerar la necesidad de alquilar un espacio para establecer allí un depósito, administrado por las autoridades municipales y que expendiera los víveres al público. Era lo que hoy llamaríamos una central de abastos orientada esencialmente a la regulación del mercado agrícola. Esta idea, desde luego, no era nueva. Tenía antiguos y numerosos antecedentes no sólo en otras ciudades coloniales sino inclusive en la España contemporánea e incluso medieval.
En España se crearon mecanismos tales como la “Casa de la Harina”, un lugar de depósito de granos que mantenía el abasto y regulaba los precios. Desde 1489 existía en Madrid una institución de esta naturaleza creada para proteger los precios del pan e intermediar con justicia la compra de la harina.
Desde
la baja Edad Media existieron en España “alhóndigas” (vocablo de origen árabe), almacenes y depósitos de trigo y otros granos que, además de ejercer una función reguladora sobre los precios, controlaban pesas y medidas. Las alhóndigas o “pósitos” se trasplantaron desde comienzos del período colonial al virreinato de Nueva España (México), donde funcionaron en varias ciudades cumpliendo la misma misión y haciendo además reservas de trigo y maíz para períodos de escasez.
Lamentablemente esta útil y valiosa iniciativa finalmente, no se puso en práctica en Santafé.

1 comentario:

Patton dijo...

de nuevo: cualquier parecido con nuestra actualidad...