viernes, 19 de enero de 2007

Sucesos Historicos - Siglo XX -


1910. Para conmemorar el primer centenario de los sucesos enmancipádores del régimen colonial que tuvieron lugar el 20 de julio de 1810 se programaron en Bogotá diversas celebraciones. Entre esas la erección de una estatua en bronce a Nariño en la plaza que hasta entonces se llamó de San Victorino; por Acuerdo No. 3, expedido por el Concejo en 1909, recibió el nombre de Plaza de Nariño. La inauguración de este monumento al Precursor se solemnizó en su día con la asistencia de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas.
1923. Por la esmerada atención prestada a los árboles y jardines y por la pulcritud de su conjunto conservó la plaza de Santander, hasta bien entrado este Siglo, un ambiente eminentemente cívico. Pero estas expresiones de decoro urbano sometidas a la manía renovadora no perduraron. La Sociedad de Mejoras y Ornato tomó la iniciativa de modernizar la plaza. Y para adelantar en el propósito presentó al Consejo Municipal el 2 de noviembre de 1922, el texto de su proyecto sustentado en la urgente necesidad de levantar las verjas protectoras de los jardines para la mejor presentación de éstos y en la importancia de destacar el árbol más frondoso ciñéndolo, a cierta altura, con una plataforma o terraza en cemento, provista de escalinatas, bancos y barandales en el mismo material. El Concejo, ante la presión de los autores, autorizó, en 1923, los trabajos exigiendo que se empleara la piedra en vez de cemento y limitando a $2.500 su participación al presupuesto de $7.500 aprobado por la Sociedad de Mejoras. Los amigos de los árboles protestaron por la prensa y vaticinaron que el árbol se secaría, como en efecto ocurrió. Igualmente presentaron su inconformidad quienes entendieron que sin el resguardo de las verjas, los jardines y los arreglos florales quedaban desamparados. Todo fue inútil. En corto tiempo quedó reducido a campo de desaseos un recinto que había tomado más de 40 años en continuos y esmerados arreglos.
1926. El Congreso Nacional y la Asamblea de Cundinamarca aprobaron los aportes anuales de $600.000 y $200.000, respectivamente, destinados a obras de alcantarillado y pavimentación de Bogotá. Se estudio entonces el tipo de pavimento que debía adoptarse; se rechazó el uso exclusivo del ladrillo, que algunos preconizaban, porque los 600.000 M2 que requerían pavimento necesitaban 1.000.000 de ladrillos y la producción local apenas llegaba a 700.000 unidades anuales. Se optó por el asfalto importado y para su empleo se contrató en ese año con el ingeniero Diego Suárez la pavimentación y arreglo de la Plaza de Bolívar conforme a los planos diseñados por el contratista.
1926. La Plaza de Bolívar venía presentando notables desperfectos en su presentación que estimularon la iniciación de obras tendientes a su mejor aderezo. El Consejo Municipal acordó después de un concurso de ideas expresadas verbalmente, la instalación de pilas o fuentes luminosas mecánicamente accionadas. Se confió el proyecto al arquitecto Alberto Manrique Martín, quien también tuvo a su cargo la dirección de las obras. En la noche del 19 de julio de 1926 presenció el pueblo Bogotáno los juegos combinados de agua y luces policromas de cuatro fuentes, dispuestas en cuadro en una plazoleta también cuadrada, para la que fue preciso excavar el declive natural de la plaza. El tamaño exageradamente macizo de las fuentes impuso la adopción de un pedestal aún mas alto, para que la estatua, situada en el centro de la plazoleta, pudiera verse a cierta distancia porque de cerca se presentaba en escorzo.
Este injerto, o incrustación de una plaza en otra, acabó definitivamente con el carácter del recinto santafereño, que por centurias tuvo el desempeño de palco o de escenario, según el caso, para reuniones multitudinarias, libre de obstáculos y estorbos. Ahora, en las tardes tibias, concurrian las gentes a la plaza atraídas por la novedad de las fuentes. Pero la curiosidad inicial decayó al mismo tiempo de las limitaciones presupuestales destinadas al funcionamiento y conservación de las instalaciones mecánicas y eléctricas. Así llegó la fecha en que las fuentes, sin agua ni alardes luminosos, se convirtieron en motivo de escarnio y lugar de basuras y desaseos, en menoscabo del debido respeto a la dignidad del monumento consagrado al Padre de la Patria.
1933. El 7 de noviembre fecha del centenario del nacimiento de Rafael Pombo, se inauguró en la esquina noroccidental del parque de Santander el monumento en homenaje a este insigne poeta Bogotáno. La obra confiada al maestro escultor Luis Alberto Acuña destacó el busto tallado en mármol sobre un pedestal de piedra tallada y en éste dos alegorías a las célebres fábulas escritas por el homenajeado. La Sociedad de Mejoras y Ornato en su sesión de noviembre de ese año aprobó el siguiente aplauso, “La Sociedad presenta su entusiasta felicitación a la junta organizadora del centenario de don Rafael Pombo por la erección del monumento a este eximio poeta y haber escogido a un artista nacional para la ejecución de la escultura y pedestal en referencia, que son en concepto de la sociedad de Mejoras una obra de verdadero mérito artístico”.
El monumento tuvo allí una permanencia fugaz; tras nuevos arreglos fue desmontado y mandado a otro lugar.
1945. La plaza de Nariño, antigua de San Victorino, venía presentando por la incuria de las construcciones que la enmarcaban un aspecto cada día más deprimente, en detrimento del notable desarrollo adquirido entonces por el sector occidental de la ciudad. Este espacio abierto había surgido sin plano previo y sin normas urbanas que regularan su crecimiento y así había configurado un perímetro pentagonal propicio al desorden y al desaseo. El Concejo con el loable propósito de regularizar y aderezar la plaza expidió en 1945 el Acuerdo 11 por el cual autorizó la remodelación de la plaza. Dispuso igualmente la adquisición de la manzana triangular comprendida entre la calle 12, carrera 11 y costado oriental de la plaza justo con las zonas que para ese efecto se necesiten en la manzana comprendida entre la calle 12, avenida Colón, carrera 14 y plaza de Nariño, de acuerdo con los planos elaborados por la Secretaría de Obras Pública.
1948. El Concejo Municipal expidió este año dos Acuerdos relacionados con la remodelación de la plaza de Narino. El Acuerdo 16 por el cual autorizó la adquisición de los inmuebles y zonas previstas en el Acuerdo 11 de 1945 y destinadas al ensanche de la plaza; y el Acuerdo No. 100 por el que para ese propósito asigno la suma de $1´162.036 incluyendo en éstos las demoliciones, las obras de construcción y las de pavimentación.
La ejecución de los acuerdos anteriores siguió el ritmo que en estos casos impone la adquisición de inmuebles, los tramites de las licitaciones y la ejecución de las obras. Y ocurrió que la plaza una vez ensanchada tuvo que ceder parte de su área para la ampliación de la Avenida Jiménez de Quesada, obra que desfiguró la imagen urbana que allí se pretendía y de hecho la estatua de Nariño quedó fuera de lugar. Intervino también a alterar las funciones cívicas de este recinto la excavación artesonada que hacia 1950 se construyó para estacionamiento de vehículos y hoy ocupada por el mercado de artesanías.
La estatua de Nariño se retiró de la plaza en ese año; actualmente se encuentra en el jardín frontero da la fachada posterior del Capitolio.
1948. En la primera década del mes de abril de este año se reunió en Bogotá la IX Conferencia Panamericana de Cancilleres y con ese motivo se adelantaron numerosas obras de ornato en esta ciudad. Entre esas un arreglo en la Plaza de Bolívar consistente en cuatro grandes esferas que el público llamó bolas erguidas en las esquinas de la plazoleta asignada a las fuentes luminosas e ideadas para disimular la presencia de éstas que yacían abandonadas. Una vez retirados los andamios estalló la protesta ciudadana justamente alarmada por el aspecto desproporcionado, antiestético e inoperante de las bolas. Fue ese un atavío fugaz; permaneció tres días porque en atención al decoro de la plaza fue desmontado.
Un segundo suceso se relaciona con los desastres por los incendios y desmanes ocurridos el 9 del mismo mes de abril que arruinaron varios sectores del área central de la ciudad. La Plaza de Bolívar fue teatro de varias calamidades: saqueos en almacenes y comercios; automóviles y tranvías reducidos a pavesas, candelabros y difusores destrozados y por doquiera escombros y devastaciones.
1949. Las tropelías ocasionadas por los sucesos calamitosos que tuvieron lugar el 9 de abril de 1948 suscitaron el deseo de atender prontamente a la presentación de la ciudad y en especial a de la plaza de Bolívar. El Municipio particularmente interesado por el decoro de su centro cívico contrató a fines de febrero de 1949 por la suma de 223.000 dólares americanos el estudio del plan regulador de Bogotá. Encargo tan importante se concedió a los arquitectos Sert y Wiener, residentes en Nueva York. Figuró en el convenio que el arquitecto Le Corbusier colaborara en el respectivo plan director. Este trabajo se presentó en agosto de 1950 al Concejo Municipal y en él se incluyó el proyecto de Centro Cívico con la plaza de Bolívar como componente primordial del conjunto. El nombrado arquitecto animado, tal vez, por los ímpetus de renovación urbana oficiales y privados, tasó con demasiado optimismo la capacidad financiera de la ciudad y así impresionado presentó un proyecto excedido: despejó la plaza de las pilas inoperantes y estorbosas, ensanchó en demasía la plaza agregándole como área cívica la totalidad de las manzanas vecinas comprendidas entre la calle 11 y la calle 9a. y las enmarcó con edificios monumentales. A la estatua de Bolívar. le asignó la potestad de único monumento en la plaza y sobre un sencillo pedestal la ubicó cerca al Capitolio.
Los ambiciosos planteamientos de Le Corbusier en relación a la civilidad de la plaza no tomaron cuerpo real con demoliciones, cemento y ladrillos, pero perduraron afirmando la conveniencia de dar a este recinto la fisonomía sobria impuesta por su tradición centenaria.
1953. El propósito de ubicar el actual edificio sede del Banco de la República en la plaza de Santander fue motivo de vivas controversias sustentadas con tres proyectos que presentaban la total remodelación de la plaza con la ubicación del Banco en la misma. El diseño, defendido por los padres franciscanos, situaba el edificio en proyecto en el costado norte; el presentado por el Departamento de Urbanismo Municipal le asignaba el costado oriental y el estudiado por las directivas del Banco concebido para ocupar el costado sur en las áreas del hotel Granada y de otras propiedades adquiridas con tal fin y en esos días en demolición. Se convino finalmente que el Banco tomara una porción de la plaza y en contraprestación cediera el área necesaria para ampliar la carrera 7a. que allí formaba embotellamientos al tránsito; solución que exigió de la plaza la cesión correspondiente al ensanche de esa vía.
1959. La remodelación de la plaza de Santander en el aspecto que presenta actualmente se confirió a los arquitectos Esguerra Sáenz, Urdaneta, Samper conforme a los planos del socio de esa firma, arquitecto Alvaro Sáenz.
El proyecto contempló conservar los‘árboles que quedaban; la ejecución del enlosado del piso, la ejecución de las escalinatas de acceso, el diseño y la dotación mecánica de la fuente ornamental y el diseño y ejecución del pedestal en que actualmente reposa la estatua del General Santander. Estos trabajos fueron costeados por el Municipio a excepción de la fuente ornamental que fue financiada en su costo y sostenimiento en 1966 por el Banco Central Hipotecario.
1960. En el mes de junio de ese año el Director del Departamento Administrativo de Planificación Distrital, solicito del Consejo de Gobierno Distrital su autorización para adelantar un programa de obras públicas, como contribución a los festejos sesquicentenarios de la Independencia, que debían cumplirse el 20 de julio de 1960. El plan se preparó tomando como obras básicas la remodelación de la plaza de Bolívar y la restauración de la Casa del Florero. Se decidió que éstas fueran motivo de un concurso público, conforme a los reglamentos de la Sociedad Colombiana de Arquitectos. Con estos antecedentes el Concejo Municipal expidió el Acuerdo No. 79 de 1959 por el cual confirmó la ejecución del concurso. El programa presentado a la consideración de los concursantes planteaba, entre otras, las siguientes exigencias: Liberar la plaza de la función de estacionamiento público y retirar las fuentes; considerar el monumento a Bolívar como único en la plaza y dar al pedestal ubicación y dimensiones que permitan a los visitantes una mejor apreciación de la escultura y adecuada presentación de ofrendas florales; tratar el enlosado en piedra y en ladrillo o los dos materiales combinados; prescindir de árboles, estanques, jardines o zonas verdes, en beneficio de la austeridad y monumentalidad de la plaza.
Los concursantes atendieron las nítidas exigencias del programa oficial que enfatizaban los planteamientos de Le Corbusier y diez proyectos se presentaron al jurado calificador del concurso. Se eligió para la remodelación el favorecido con el primer premio, presentado por los arquitectos Fernando Martínez y Guillermo Avendaño. El segundo premio se concedió a los arquitectos Llorente & Ponce de León. Se iniciaron las obras el 18 de enero de 1960, a cargo de la firma Mopal, integrada por ingenieros de reconocida experiencia. La actual nueva plaza se inauguro el 16 de julio del mismo año con una concentración cívica en la que participaron las más altas autoridades de la capital y 40.000 niños de las escuelas públicas que en coro entonaron el himno nacional y canciones patrióticas.

lunes, 15 de enero de 2007

Sucesos Historicos - Siglo XIX -


1803. Santafé de Bogotá adoleció a lo largo de su historia de los necesarios recursos económicos para atender los servicios públicos de su recinto urbano. Los vecinos del barrio de San Victorino, por ejemplo, ansiosos del servicio de agua acudieron al Cabildo en 1680 con la petición de una fuente publica en su plaza, y apenas en 1803 fueron atendidas tan justas aspiraciones. El 22 de agosto de este año se bendijo y dio al servicio la pila instalada en la plaza. Bajo la dirección del capuchino fray Domingo de Petrez se captó y condujo el agua desde el río del Arzobisro. Al costo de la obra contribuyó a Junta Municipal de Propios con la suma de 5.709 pesos y con el aporte oportuno de 6.300 pesos del párroco de San Victorino doctor Manuel de Andrade se concluyeron las obras, entre esas la pila construida con planos del mismo Petrez. La pila tuvo seis chorros y gradas en su contorno para mayor comodidad; la coronaban cuatro jarrones y el escudo de Bogotá.
1810. Viernes 20 de julio día de mercado. En esta fecha se acrisolaron los sentimientos patrióticos que venían gestándose con miras a obtener la independencia del yugo español. A eso de las once y media de la mañana ocurrió el incidente histórico que tuvo como protagonistas a don Francisco Morales y su hijo Antonio contra el comerciante español José González Llorente y motivado por las expresiones denigrantes que éste acababa de proferir contra los americanos. A esa hora bullían en pleno las actividades del mercado. Los que allí asistían se exasperaron al enterarse del desplante soez del español. De inmediato grupos exaltados se precipitaron hacia la tienda de González, inmediata a la plaza por encontrarse en la planta baja en la hoy conocida Casa del Florero, y con gritos y amenazas expresaron su indignación! «Se juntó tanto pueblo escribió Acevedo y Gómez que si González no se refugia en casa de Marroquín, lo matan». No caben en esta reseña los sucesos relacionados con el encarcelamiento de González Llorente, ni los referentes a las gestiones adelantadas ante el Virrey Amar porque el tema de esta nota es la plaza Mayor, escenario magno de los acontecimientos que allí tuvieron lugar ese viernes memorable y en los días siguientes.
Al promediar la tarde de ese día apenas quedaban indicios del mercado en la plaza. Los campesinos, abaceros y tenderos, que pocas horas antes pregonaban bulliciosamente la excelencia de sus cosechas y hechuras, habían recogido sus tendales, tenderetes y mercancías para poner todo a salvo en lugares seguros; los tratantes y mercaderes habían cesado de regatear y andaban engrosando los tumultos callejeros. Unos y otros entendieron que la plaza debía liberarse para el amplísimo foro, que instintivamente esperaban y que con patriótico ardor animaban, como en efecto ocurrió en las horas que siguieron a la caída del sol. Del sabio Francisco José de Caldas son los renglones siguientes:
«A las seis y media de la noche hizo el pueblo tocar a fuego en la catedral y en todas las iglesias para llamar de todos los puntos de la ciudad el que faltaba. La noche se acercaba, y los ánimos parecía que tomaban nuevo valor con las tinieblas. Olas de pueblo armado refluían de todas partes a la plaza principal; todos se agolpaban al palacio, y no se oye otra voz que Cabildo Abierto, junta».
El pueblo se trasladó luego en masa a las casas consistoriales; reunió a los Alcaldes y Regidores, entraron los vecinos y se comenzó, a pesar del Virrey, un Cabildo Abierto.
«En fin, después de las agitaciones más acaloradas, después de las inquietudes más vivas, después de una noche de sustos, de temores y de horror, quedó instalada la Junta Suprema del Nuevo Reino de Granada al rayar la aurora del 21 de julio. Ella fue reconocida por el pueblo que la acababa de formar, por el clero, cuerpos religiosos, militares y tribunales. El orgullo de los oidores, de esos sátrapas odiosos, se vio humillado por la primera vez; se vio esa toga imperiosa por 300 años ponerse de rodillas a prestar fe y obediencia en manos de una junta compuesta de americanos, a quien poco antes miraban con desprecio».
En los días que siguieron al memorable 20 de julio y a distintas horas, continuó la plaza Mayor en su desempeño de centro de reuniones masivas del patriótico pueblo santafereño. Las notas consignadas al respecto en el Diario del testigo presencial José María Caballero permiten el resumen que sigue:
Julio 21: Al medio dia colmó el pueblo tumultuariamente la plaza, los balcones lucían colgaduras vistosas y ramos de flores. Los hombres destacaban en sus sombreros la divisa Viva la Junta Suprema estampada en cintas de colores. Se trataba de festejar la recepción del Canónigo Andrés Rosillo liberado a esa hora de su prisión en el Convento de la Capuchina. Vivas y expresiones de júbilo resonaron a la entrada del homenajeado a la plaza.
Julio 22: Bien entrada la noche se encontraba la plaza prácticamente vacía. De repente corrió el rumor según el cual 300 negros armados se acercaban a la capital en actitud agresiva. Súbitamente cundió el pánico. Las campanas de las iglesias delataron el peligro. Y sin más, hombres y mujeres acudieron a la plaza en plan de defender con su vida los logros recientemente adquiridos. «Traición, nos han vendido, a las armas», eran los gritos conjuntos. Poco después, al indagar la noticia, se supo que quienes se acercaban a la capital «eran gentes de los pueblos vecinos que entraban en auxilio de la patria». A las doce de la noche reinó de nuevo el sosiego y el suceso se recordó como «La noche de los negros».
Julio 23: Desde muy temprano se reunió el pueblo en la plaza. Esperaba oír el bando que la junta Suprema había preparado y que debía pregonarse con la presencia de la misma en el balcón de la Casa Consistorial acompaña da del exvirrey. Con sus bandas de guerra y en formación de parada asistieron la Compañía de Granaderos la Caballería, también las comunisas y los vecinos prestantes. Con vivas expresiones de complacencia se recibieron las proclamas que aseguraban la paz, el sosiego y el respeto a la religión. En señal de regocijo se ordenó que la ciudad se iluminara tres noches seguidas.
Julio 24: Nuevamente el pueblo se adueñó de la plaza para recibir fraternalmente a los 500 hombres procedentes de Choachí, Fómeque y Ubaque, que, con los respectivos curas y alcaldes, llegaron a recibir órdenes de la Junta Suprema.
Julio 25: Los ánimos de los santafereños amanecieron calmados pero de un momento a otro cundió el pánico al saberse que en el palacio virreinal se encontraban milicias fuertemente armadas y dispuestas a tomar represalias. Don José María Caballero consignó en su Diario: «Los señores de la junta se reúnen; la catedral toca a fuego; todos dejan sus casas y tareas y vuelan a la plaza a salvar la patria. ¡Cosa admirable! En cosa de media hora se juntaron en la plaza sobre 3.000 hombres. Los que acudieron a la artillería pidieron que se sacasen cañones a la plaza, a todos se les dieron sables, machetes y fusiles; sacaron seis pedreros; cuatro los pusieron frente al palacio; dos de grueso calibre en las esquinas con los otros dos pedreros todos cargados con bala y metralla. Más de 25 hombres armados guardaban cada cañón». . . En precaución ante posibles sucesos sangrientos, dada la ira desafiante del pueblo, decidió la junta intimar prisión al exvirrey Amar y a su mujer la exvirreina Francisca Villanová, como en efecto ocurrió. Ante la multitud, celosa espectadora, fueron conducidos él a la Aduana, hoy palacio Arzobispal, donde quedó fuertemente custodiado, y ella al convento de La Enseñanza.
Agosto 13: De días atrás se venía sospechando que el batallón auxiliar tenia el plan de liberar a los exvirreyes, Ese rumor apremiado con el proyecto de conducir a Cartagena a tan destacados personajes incitó la formación de tumultos alborotadores en la plaza Mayor que pronto se acrecentaron. Hombres y mujeres en su turno, comenzaron a pedir a gritos prisión para el exvirrey, prisión para la Villanova. Esa actitud colectiva, iracunda y atropellante, logró su propósito. El exvirrey fue conducido a la cárcel de Corte y le pusieron grillos. La cárcel ocupaba la planta baja del Tribunal de Cuentas situado en la plaza Mayor. Al atardecer sacaron de la Enseñanza a la exvirreina. En su recorrido hasta la cárcel de mujeres llamada El Divorcio, situada en la hoy calle 10a. a pocos pasos abajo de la plaza, fue acompañada, formándole calle, por una multitud de mujeres, “que pasarían de 600”, escribió José María Caballero y agrega que entrometidas entre el séquito de personas notables que la acompañaba” le rasgaron la saya. . . fue milagro que llegara viva a El Divorcio.
1811. La fiesta de El Corpus que usualmente tenía como escenario la plaza Mayor, tuvo lugar ese año el 14 de junio pero se limitó a una sencilla procesión. En cambio la celebración de la octava correspondiente a esa ceremonia se revistió de tal aparato que no se ha visto hasta el día otra igual. Ante la feligresía que devota se apretujaba formando calle en el contorno de la plaza circuló el cortejo. Salieron contradanzas distintas de indios bravos; otra de Fontibón; otra de Granada, teniendo las cintas en caballitos vestidos a la española antigua, otra de damas primorosamente vestidas a la moda, otra de niños lo mismo, muchísimos matachines, graciosamente vestidos, otra de caballitos, otra de pelícanos, otra de cucambas, el arca del testamento en su carro tirado por dos terneros hermosamente enjaezados, con el sumo sacerdote; ninfas a cual mejores que pasaban de 30; el premio pasaba de una onza de oro; formación de todos los cuerpos, el acompañamiento numeroso; el adorno de la plaza fue con igual esmero y lo mismo los altares, y para completar hizo un día tan hermoso que fue una maravilla; la víspera hubo unos hermosos fuegos artificiales, todo fue completo.
1813. Enero 9. En aquel tiempo imperaba la pugnacidad política entre la Cámara legislativa de tendencia federalista y el presidente de la Nueva Granada, don Antonio Nariño, quien sos tenía el régimen centralista. Las tropas federalistas comandadas por el brigadier Antonio Barayá sitiaron la capital y pretendieron tomarla al asalto. La acción tuvo lugar al amanecer de la fecha citada y tuvo como epicentro la plaza de San Victorino que de inmediato fue ocupada junto con las calles vecinas. Las tropas de Nariño debidamente parapetadas y provistas de artillería pesada derribaron las defensas de los contrarios y tras sucesivos descalabros quedaron vencidos los federalistas.
Con este insuceso se malogró un sistema de gobierno más acorde con la tradicional configuración político administrativa que el mandato español había implantado y sostenido atendiendo las características geográficas y raciales de las distintas provincias que formaban el virreinato.
1813. Con la derrota de las tropas federalistas, suceso que tuvo lugar en enero de ese año, se consolidó el régimen centralista encabezado por el presidente Antonio Nariño. En consecuencia surgieron anhelos de paz y Nariño quiso que una alegoría o emblema interpretara esa transformación de los espíritus. La economía del país era precaria y peor aun la de la ciudad. No se podía pensar en un monumento grandioso al tenor de lo que se deseaba expresar y, así, la idea se precisó de modo más sencillo y de pronta ejecución. El 29 de abril de 1813 se plantó en la plaza mayor el árbol de la Libertad. Gran aparato y solemnidad tuvo aquel acto. Las casas y edificios lucieron engalanados y en sus ventanas vistosas colgaduras. Un brillante cortejo recorrió el marco de la plaza; a la revista asistieron las más altas autoridades civiles en traje de rigor, acompañadas de destacamentos militares con sus tambores y bandas de guerra. Los soldados de caballería en uniforme de parada y las espadas desnudas apartaban la multitud y formaban la calle del desfile. El árbol, un arrayán de 5 varas de alto, se plantó en el centro de una terraza triangular esmeradamente enlosada y contigua al costado oriental de la pila. Para mayor adorno cuatro arcos vestidos con laurel, ramos de flores y faroles para las luminarias, enmarcaron ese espontáneo emblema de la libertad. Un durazno y un cerezo se agregaron, dentro del cercado en madera, el 17 de enero de 1816 y apenas perduraron como símbolos de paz porque en el siguiente mes de mayo el general Pablo Morillo impuso en Santafé un gobierno tiránico que con mano fuerte persiguió y aniquiló todo indicio patriótico.
1816. En la plaza de San Victorino se instaló el patíbulo donde, por orden del pacificador español Pablo Morillo, se arcabuceó a hombres ilustres, Allí, el 6 de junio de ese año fue sacrificado el prócer santafereño Don Antonio Villavicencio. Al acto asistieron vistosamente ataviadas las tropas y caballerías españolas acompañadas de sus tambores y bandas de guerra.
El 25 de octubre siguiente se avivó una hoguera en el centro de esa plaza donde con gran aparato marcial los inquisidores españoles hicieron quemar una carretada de manuscritos, retratos, gacetas, boletines y otras hojas impresas que no escaparon a las requisas domiciliarias.
1816. Entre los arreglos importantes adelantados en la plaza Mayor bajo el mandato español, hay que mencionar el primer adoquinado, obra ejecutada por los patriotas condenados a trabajos forzados por el dictador Morillo. Este enlosado mejoró las condiciones higiénicas de la plaza, que en los meses lluviosos se cubría de baches y lodazales o de nubes de polvo en los períodos de sequía, factores que empeoraban el desaseo del lugar. El mercado público, servicio que allí perduró hasta bien entrada la segunda mitad del Siglo XIX, y la falta de alcantarillas en el mismo lapso, constituían las causas que amontonaban basuras y suciedades. El servicio de albañales se suplía con los caños o cunetas de las vías públicas, donde los desperdicios acumulados formaban fangales. Había que contar con ocasionales aguaceros torrenciales para que, a modo de servicio municipal de aseo, despejaran, lavaran y dejaran las cunetas de la plaza en estado de limpieza. Otro agente del aseo de este lugar fue el gallinazo. Bandadas de este émulo del cuervo europeo invadían la plaza, al caer la tarde, el día de mercado. Los gallinazos eran los verdaderos recolectores de basuras de esta ciudad; después de un día de mercado se veian en gran cantidad, tan mansitos que casi se les podia tocar con la mano o con el bastón, devorando la suciedad y los despojos del mercado. Ese desaliño de la plaza, legítimo raigambre colonial, aun irrumpe su recinto. En años recientemente pasados allí se instalaban las ventas de pólvora navideñas, amparadas por toldas mezquinas y desaseadas. Y en estos días una resaca de noctámbulos se sirven de la plataforma de la estatua de Bolívar como dormidero público, en los días de sol. La desidia aún perdura.
1816. Octubre 5. En esta fecha luctuosa fueron conducidos a la plaza mayor el doctor Camilo Torres «Verbo de la Revolución», Manuel Rodríguez Torices, José María Dávila, patriotas insignes, y el Conde de Casa Valencia Pedro Felipe Valencia, grande de España, que había tomado la causa patriótica. Los dos primeros condenados a morir ahorcados, pero por no haber verdugo cayeron todos arcabuceados; los cadáveres de Torres y Rodríguez fueron luego colgados de las horcas y en las horas de la tarde ferozmente decapitados; sus cabezas se exhibieron en jaulas por varios días en sitios públicos.
1816. Octubre 29. En la plaza de San Francisco fue sacrificado el científico y hombre de letras Francisco José de Caldas; el Sabio Caldas como se le conoce históricamente. Con su muerte quedaron inconclusos los estudios de ciencias matemáticas y naturales de inestimable valor que venía adelantando.
Henao y Arrubla al comentar ese crimen incluye la siguiente frase del humanista español don Marcelino Menéndez y Pelayo relativa a Caldas: «Víctima nunca bastante deplorada de la ignorante ferocidad de un soldado, a quien en mala hora confió España la delicada empresa de la pacificación de sus provincias ultramarinas». Ese soldado se llamó Pablo Morillo, el Pacificador.
1817. Noviembre 14. Al cadalso levantado en la plaza mayor fue conducida y ajusticiada la heroína Policarpa Salavarrieta, conocida con el nombre de la Pola. Ocho compañeros y con éstos su novio Alejo Savaraín, que con ella habían sido juzgados y sentenciados cuatro días antes, pagaron allí con su vida, ese mismo dia y hora en la misma plaza, el delito de haber alentado la causa de la libertad.
La espectacularidad dada al consejo de guerra que expidió tan infame sentencia y la personalidad y entereza de esta muchacha atrajeron a la plaza una nutrida y apesadumbrada concurrencia.
1819. Septiembre 18. Poco después del 7 de agosto de este año, día de la victoria de los patriotas sobre el ejército español en el puente de Boyacá, se aprestaba Bolívar para salir de Santafé. Las autoridades civiles, militares y eclesiásticas y las clases sociales más prestantes acordaron una demostración pública en honor de los Libertadores de la Nueva Granada. Se acordó el 18 de septiembre para las solemnidades con escenario principal en la plaza Mayor. Fue un acontecimiento apoteósico. Anzoátegui y Santander acompañando a Bolívar encabezaron el desfile desde San Diego y por la calle real entraron a la plaza al compás de músicas marciales y bajo una lluvia de flores. Después de la ceremonia religiosa en la catedral los tres generales tomaron asiento en el vistoso estrado erigido en el costado sur de la plaza; en dos de sus alas estacionaron los batallones patriotas en tanto que una densa multitud ocupaba los contornos; Una niña cuyo padre había sido sacrificado, por los españoles, colocó sobre la cabeza de Bolívar una corona de laurel. Otra señorita puso sobre el pecho del triunfador la Cruz de Boyaca y dos más hicieron lo mismo con los generales Anzoátegui y Santander.
Esta fiesta patriótica figura como el evento más fastuoso entre los que adoptaron como teatro el ámbito de la plaza Mayor.
1820. Febrero 13. En esta fecha se festejó en la plaza Mayor la creación de la República de Colombia instituida por el Congreso de Angostura en acatamiento a la genial iniciativa del Libertador. Ese domingo el pueblo de Santafé acudió a la plaza ansioso de participar en el desfile conmemorativo. Concurrieron a exaltar el acto el general Santander y los ministros del Despacho Ejecutivo, el Cabildo de la ciudad en corporación, las autoridades judiciales, los funcionarios públicos, la representación de la jerarquía eclesiástica, las de los ocho conventos de frailes y los mandos militares al frente de una compañía de húsares montados y un piquete de artillería con las respectivas bandas militares. Se hicieron salvas de artillería que alternaron con repiques de campanas.
1827. El terremoto que en ese año hizo estragos en Bogotá destruyó totalmente el templo de San Victorino. Este suceso rebajó naturalmente la categoría de la plaza.
1834. La fiesta más animada, alegre y concurrida en aquel tiempo fue la de los toros, o capeas en la plaza Mayor. Este regocijo tenía lugar generalmente como acto final de ciertas fiestas cívicas o religiosas. Para la corrida se improvisaban graderías destinadas al gran público y palcos o tablados para los altos funcionarios y familias prestantes.
Posteriormente se celebraron con mayor aparato las fiestas patrias, especialmente la del 20 de julio. Entre festejos figuraban las corridas de toros en la plaza de Bolívar. El 1 de Julio empezaban los constructores de tablados y toldos la tarea de acarrear la madera necesaria para las obras proyectadas, y desde entonces tomaba la plaza el aspecto de una gran feria en que se veían llegar de todas partes enormes carretadas de madera en diversas formas y clases. A medida que se aproximaba el 20 de julio aumentaba la desazón y movimiento febril de la ciudad: se hablaba de las fiestas, se preparaban para las fiestas, se comentaban y se preparaban las diversiones que tendrían lugar en las fiestas; las muchachas tenían fundadas esperanzas de encontrar novio en las fiestas, las viejas tenían seguridad de rejuvenecer en las fiestas, las venteras creían que iban a formar un capitalito en las fiestas, los tahúres tenían intención de desplumar muchos pájaros en las fiestas, y hasta el Gobierno creía que aseguraría el orden en las fiestas. ¡Fatídica palabra, llamada a ser la esperanza de tantos y el desengaño de todos!
Al fin llegaba el impacientemente esperado día 19, en que debían empezar las tan apetecidas fiestas con fuegos artificiales de ordenanza. Desde mediodía estaban terminados los trabajos de construcción de las tres filas de palcos, coronados de gallardetes tricolores que, agitados por el viento, daban a la plaza aspecto risueño y alegre; cada localidad la adornaba el respectivo locatario con colchas de damasco del color que a bien tenía; entre las barreras y los tablados se dejaba un andén para que transitaran por él los que no querían entrar a la arena; debajo de los palcos se instalaban las cantinas, presididas por antiguas veteranas hijas de la alegría, que después de crudas campañas del oficio se contentaban con ver los toros desde la barrera, ya que no podían hacer parte del ejército activo, por aquella razón de que la cruda mano del tiempo todo lo desbarata.
A las siete de la noche estaban encendidos los faroles de diversos colores colocados en los palcos y restaurantes; el centro de la plaza se veía iluminado con luces de Bengala, y doquiera reinaba la mayor animación. Los muchachos de la ciudad tomaban puesto en las barreras; en donde metían tanta bulla como los pericos en tierra caliente cuando van de tránsito a saquear la apetecida roza de maíz; y de todas partes llegaban enjambres de gentes ansiosas de tomar buen puesto. Las madres del pueblo llevaban a las muchachas entramonjadas y en el centro de la familia, a fin de preservarlas de los cachacos atrevidos, o de que se les perdieran entre aquella vorágine. Los tenorios pasaban revista a todos los grupos que ofrecían probabilidades de aventura amorosa, y si llegaban a pescar en aquel río revuelto, se perdian en uno de tantos toldos preparados al efecto.
De repente se elevaba con estruendo un gran cohetón, que iluminaba el cielo con multitud de luces de colores brillantes; la gritería de veinte mil almas y los agudísimos silbidos de los muchachos contestaban, llenos de alborozo, ese anuncio de que empezaban los juegos. Las bandas de música del ejército alternaban tocando bambucos, pasillos y otros aires nacionales; la función pirotécnica duraba hasta las nueve de la noche, y en ese intervalo se quemaban idas y venidas, triquitraques, bombardas, buscaniguas o ruedas encendidas, que se lanzaban sobre la apiñada multitud que, para no quemarse, remolinaba en todas direcciones, estropeándose y gritando. Luego seguían los castillos, que figuraban fuentes, estrellas, abanicos y otras alegorias; pero siempre terminaban con el castillo grande en la Fuente de San Mateo, que, al reventar el último gran trueno, dejaba ver a Ricaurte dando fuego al parque. Seguían los globos de vistosos colores, que se atacaban con cohetes, y si llegaba el caso de atravesarlos, estallaba estrepitosa salva de aplausos y risas.
El 21 de julio empezaban las verdaderas fiestas con las bulliciosas corridas de toros, que era la meta perseguida por los que estaban ansiosos de divertirse. Desde las once de la mañana empezaban a llegar a la plaza grupos de señoritas vestidas de amazonas, seguídas de jóvenes montados en magníficos caballos. A la una se traían los toros en medio de un diluvio de jinetes de todos los tipos imaginables, precedidos de la gente de a pie que acudía ansiosa de tomar puesto en la barrera, sobre la cual se hallaban de antemano establecidos los muchachos de la ciudad.
Los tablados se veían atestados de espectadores, que dejaban traslucir el estado de excitación nerviosa que los dominaba por la realización de la pesadilla de las fiestas; el pueblo llenaba el cercado para poder recoger algo del dinero que regaban los de a caballo, lo mismo que del pan, pedazos de carne asada y chicha con que los alféreces los obsequiaban, pues durante los nueve días de toros era lo único con que contaban para alimentarse.
La llegada de los toros a la plaza daba idea de la confusión y algazara que debieron de tener lugar en la toma de Babilonia o en el saco de Roma; todos gritaban: ¡El Toro! La expansión, silbidos y gritería de los muchachos no tenía límites; de todas partes se lanzaban millares de cohetes, que reventaban sobre aquella compacta muchedumbre, quemando a muchos y apagando uno que otro ojo; los de a caballo corrían en distintas direcciones para salvarse de los toros, que recorrían atolondrados la arena y se resistían a entrar al toril; los de a pie formaban remolinos inextricables para defenderse de los toros, de los caballos y de los cohetes; pero lo natural era que se produjeran conflictos entre unos y otros, por las direcciones encontradas que tomaban de repente y que se resolvían en atropellos formidables, jinetes caídos y numerosos accidentes desgraciados, sin provecho de nadie y mal de muchos.
1842. Atrás. quedaron anotadas las obras adelantadas bajo el gobierno español en el atrio de la Cátedral que entonces abarcaba la mitad de la cuadra, es decir hasta comprender el frente de la capilla de El Sagrario. En ese estado subsistió el altozano hasta el año de 1842 en que por iniciativa del gobernador de la provincia de Bogotá y por suscripción popular se prolongó y enlosó el atrio y sus graderías a todo lo largo del costado oriental de la plaza.
Sobre el atrio escribió en 1853 el Ministro del Brasil en Colombia Conselheiro Lisboa: ”La plaza de la Catedral en Bogotá es una de las más bellas entre las que conozco en la América Española... El conjunto lo enaltece una plataforma de grandes lajas a la que llaman Altozano de la cual se desciende al piso de la plaza por seis gradas también en piedra. A esta plataforma concurren diariamente a tomar el fresco de la tarde y pasearse muchos Bogotános”.
1845. Una tarde de ese año tuvo la plaza de San Victorino una nutrida concurrencia. Motivó la atracción del gentío la novedosa ascensión en globo protagonizada por el aeronauta argentino Antonio José Flórez; Esta era su segunda proeza en Bogotá porque pocos días antes había demostrado sus habilidades en un globo de fabricación local lanzado al aire desde el patio del Colegio de Nuestra Señora del Rosario y que fue a caer después de un recorrido caprichoso sobre el hospital de San Juan de Dios. El ámbito espacioso de la plaza de San Victorino fue más propicio a la teatralidad del espectáculo. Los asistentes, a prudente distancia, vieron inflar el globo con humo caliente producido por la combustión de leña y tamo. En momento propicio Flórez subió a la canastilla y el globo, una vez liberado de los veinte hombres que lo sujetaban, se elevó. En vivas y aplausos prorrumpió la multitud. La prueba terminó en la quinta La Floresta abajo de la antigua alameda.
1846. Para destacar el monumento erigido a Bolívar y magnificar su plaza se decidió repartir el mercado público de ésta entre las plazas de San Francisco y San Victorino. Nada fácil fue desarraigar a los muy renuentes vendedores que allí venían de tiempo atrás ejerciendo su negocio.
Permaneció el mercado en la plaza de San Francisco con su alborotado trajín diario, y con mayor abundancia y gentío los jueves y viernes hasta la apertura en 1864 del mercado cubierto de La Concepción. A la de San Victorino se le asignó la parte más encumbrante del mercado: miel en zurrones, maderas de construcción, carbón vegetal, esteras, corderos y cerdos. En este desempeño permaneció hasta la apertura, en 1898, de la plaza de maderas, hoy de España.
1846. Fué menester de la generosidad de don José Ignacio París para que la plaza luciera con la estatua del héroe, de quien toma su nombre actual: Plaza de Bolívar. No por falta de sensibilidad patriótica y cívica del Estado surgió esta iniciativa, sino porque la escasez presupuestal de entonces, cargada de deudas externas e internas y de gastos imprescindibles e inaplazables, contrariaba otros dispendios. El señor Paris, con miras a rendir un homenaje a quien había profesado leal amistad y grande admiración, encargó al escultor italiano Pietro Tenerani la estatua del Libertador. Estaba destinada esta obra maestra, la mejor en estatuaria que posee Bogotá, a adornar el patio de la quinta de Bolívar. Pero una vez la estatua en la capital decidió el señor París ofrecerla al Congreso, que en aquel momento estaba reunido. La carta portadora de la oferta concluye así: «Colocado por la Asamblea Nacional de la Nueva Granada donde lo estime conveniente, este monumento será un justo homenaje a la memoria del héroe...Bogotá, 20 de abril de 1846».
El Congreso con gentiles frases de agradecimiento dio respuesta inmediata y luego, el 12 de mayo de 1846, expidió la ley de la que se transcribe:
«Artículo 1. El Congreso acepta con alto aprecio la estatua del Libertador Simon Bolívar que le ha presentado José Ignacio Paris.
Artículo 2. La estatua del Libertador se colocará en la plaza Mayor de la capital».
En cumplimiento del mandato legal se levantó el pedestal, obra del mismo escultor, en la plaza de La Constitución y para la necesaria protección ante posibles irreverencias se dispuso, en su alrededor, un pequeño enrejado. El 20 de julio del mismo año de 1846 se inauguró el monumento. El General Mosquera, presidente de la república en aquel tiempo, asistió acompañado de sus Ministros, de los altos funcionarios del gobierno, de dignidades eclesiásticas de muy prestantes ciudadanos, Se dio al acto especial pompa civil y suntuosidad militar.
En esa fecha la histórica plaza de Bogotá se llamó por decisión popular Plaza de Bolívar.
1847. Por Acuerdo expedido por el Concejo Municipal el 20 de julio de 1847 se ratificó el nombre por el cual la plaza Mayor o Plaza de La Constitución de Bogotá se denomina Plaza de Bolívar, y desde entonces tal es el título oficial de este sitio de la ciudad.
1850. El Congreso de Nueva Granada con el propósito de rendir homenaje al General Francisco de Paula Santander, el Hombre de las Leyes, digno de reconocimiento nacional por sus servicios a la patria, dispuso erigirle un monumento en la plaza de San Francisco. Con tal propósito expidió el 8 de mayo de 1850, el correspondiente Decreto Legislativo.
1851. La Cámara Provincial de Bogotá, que suplía entonces al Concejo Municipal, acató el mandato del Congreso por el cual se ordenó, la erección del monumento a Santander y expresó su solidaridad al respecto al extender el 8 de octubre de 1851, una Ordenanza con el siguiente texto: “La plaza de San Francisco, situada al Norte de esta ciudad, en la cual existe la casa que habitó y en que murió el General Francisco de Paula Santander, se denominará, en lo sucesivo, Plaza de Santander”.
1878. Mayo 6. En esta fecha se inauguro solemnemente la estatua del General Francisco de Paula Santander en la plaza consagrada a venerar su memoria. Este monumento ordenado en 1850 por el Congreso de la Nueva Granada y para el cual se asigno la suma de $10.000 se encomendó al escultor Florentino D. Costa y se fundió en la ciudad de Munich. El pedestal que en 1938 tenía la estatua era en mármol blanco de rigurosas proporciones, y lo adornan, al frente, en alto relieve, la alegoría de la justicia esculpida en el mismo material y a los lados, en bronce, los escudos de la Gran Colombia y de la Nueva Granada.
La inauguración de esta estatua promovió varios arreglos tendientes a exaltar el lugar, entre esos: el contrato conferido al escultor italiano Mario Lombardi relacionado con la construcción de la calzada y andenes en el costado oriental de la plaza y la instalación de las verjas y puertas de hierro forjado pedidas a Europa y destinadas a la protección de la plaza; incluía el contrato los zócalos y las pilastras en piedra. Vale anotar que una parte de la verja se forjó en Bogotá conforme al modelo importado, trabajo que fue necesario para suplir el error en las medidas de la plaza al hacer el pedido.
1880. En el mes de febrero se iniciaron, bajo la dirección del contratista Casiano Salcedo, los jardines y arborización de la Plaza de Santander. En el mismo mes la Compañía de Alumbrado se obligó por contrato a poner el gas en los 48 faroles, en las pilastras de la verja y en las 12 que rodean la estatua. Se le concedió un año para cumplir lo estipulado. A la vez Francisco Aldana construía por contrato las calzadas y andenes de los costados sur y occidental de la misma plaza.
1881. El monumento del Libertador, genialmente concebido con altura proporcionada al recinto enclaustrado de la hoy Quinta de Bolívar, quedó, en el escenario escueto y dilatado de su plaza, desmedidamente pequeño y sin escala con el ambiente, en detrimento de la euritmia, falla que subsiste a pesar de los sucesivos empeños en corregirla. Hacia 1880 surgió el primer propósito a este respecto. Se inició con un jardín de severo estilo inglés conforme a mandato del ministro de Instrucción Pública, don Ricardo Becerra. Para destacar la estatua se sustituyó el pedestal primitivo por uno más alto, confiado a Mario Lombardi, escultor italiano residente en Bogotá; el encargo fue duramente criticado por las imperfecciones del estilo. La obra conjunta se inauguró el 20 de julio de 1881 circundada por una hermosa verja de hierro importada de Europa.
Con esta obra perdió la plaza su función excelsa de centro de reuniones colectivas, que le era propia por tradición centenaria y, de contera, se le dio el nombre de parque de Bolívar, En realidad dejó de ser plaza y en términos estrictos no fue parque. No obstante, aquella composición refleja, en las fotografías que se conservan, un encomiable grado de civilidad expresada en el arreglo de un jardín un tanto entremezclado, a imagen del gusto de entonces, pero pulcramente presentado.
Una turba fanatizada arruinó el todo, jardín y verja, al precipitarse tumultuariamente con motivo de la recepción, en 1919, de la imagen de la Virgen de Chiquinquirá.
1882. Por aquel tiempo el atrio de la Catedral, mejor conocido como Altozano, se había convertido desde el advenimiento de la República como lugar propio para pasear o como palco para observar los acontecimientos de la plaza, y sin estorbos porque para el mercado, por ejemplo, esta área estaba vedada. Esos pasatiempos se hicieron costumbre a ciertas horas del día. Y por la destacada categoría intelectual de quienes se habituaron a dialogar allí se puede afirmar, que fue, en términos estrictos, el ágora de la capital. El altozano se convirtió en centro de reuniones cotidianas, a mañana y tarde, de todo cuanto la ciudad tenia de notable en política, en letras y en posición, era un círculo literario, un areópago, una coterie, un salón de solterones, un coliseo de teatro, un forum... en fin toda la actividad cultural de Bogotá en un centenar de metros cuadrados: tal era el altozano.
Fue en esa epoca cuando Don Miguel Cané siendo testigo y más propiamente brillante copartícipe en los temas que allí se departían se inspiró en la diversa erudición expresada en ese dialogar, para exaltar a Bogotá con el calificativo de Atenas Suramericana.
1887. Sobre la demolición, en este año, del último Humilladero que yacía en la Plaza de Santander se sabe que en fecha del 20 de abril de ese año dirigió la Cámara de Representantes un oficio al gobernador del Estado de Cundinamarca pidiéndole hiciera demoler el pequeño edificio, sin mérito arquitectónico, ni histórico, que con el nombre de capilla del Humilladero afeaba la plaza de San Francisco. En respuesta expresó el gobernador Don Dámaso Zapata que la decisión de démoler ese edificio estaba tomada para emplear los materiales en algún edificio público. Así se consumó tan lamentable disparate. Hay que resaltar que el rasgo más perenne de esta plaza tomó su origen en esa ermita o primer oratorio en Santafé. Comenzó como templo accesorio. Fue luego portal inpregnado de ambiente rural, donde el viajero detenía el paso para santiguarse antes o después de sus jornadas. Y de tan humildes cometidos pasó a puntal de un escenario de arquitectura religiosa en la que, no obstante las huellas del tiempo y de la mano del hombre, subsiste con aspiraciones de perpetuidad.

martes, 9 de enero de 2007

Sucesos Historicos - Siglo XVIII -


1759. A las dos y media de la tarde de un día del mes de noviembre azotó un fuerte huracán al sector central de San Victorino, causando serios estragos a las casas situadas en el marco de la plaza.
1781. Agosto 4. En este día se colmó la plaza de San Victorino con el gentío que acudió a ver la llegada del regimiento El Fijo, que procedente de Cartagena vino a reforzar las escasas tropas acantonadas entonces en Santafé. La recepción se oficializó calurosamente con la asistencia de la Audiencia, el Cabildo, los altos funcionarios reales y las representaciones eclesiásticas. El muy engalanado regimiento, instalado transitoriamente a la entrada de la plaza, entretuvo a la concurrencia con vistosa revista militar.
1782. El 1 de febrero en la plaza Mayor pagaron con su vida los patriotas que encabezaron en el Socorro el movimiento de protesta contra los excesos tributarios a favor de la Hacienda Virreinal.
Don José María Caballero, testigo presencial, escribe: «En ese día arcabucearon a Galán y a sus tres compañeros, Molina, Alcantuz y Ortiz y sacaron a la vergüenza a 17 de los que los seguían y después los pusieron en un tablado para que vieran ejecutar la justicia. Pusieron cuatro banquillos frente a la cárcel grande, donde los arcabucearon; despues los colgaron en dos horcas que se habían puesto para este fin, pues la causa de arcabucearlos no fue sino porque el verdugo no estaba diestro, que a la sazón era un negro, pero la sentencia fue que fueran ahorcados. Después pasaron por debajo de las horcas a los 17 que estaban en el tablado. A Galán le descuartizaron la cabeza, que fue a Guaduas; un brazo al Socorro, el otro a San Gil, una pierna a Mogotes y la otra a Puente Real. La cabeza de los otros: la una quedó aquí; la otra fue al Socorro y la otra a San Gil. A los que sacaron a vergüenza después los echaron a los presidios de Africa».
1784. Nada frecuentes fueron en la época colonial, los desfiles militares, cuyas bandas, uniformes y aparato marcial tanto atraen a grandes y chicos. La verdad fue que las guarniciones acantonadas en Santafé no tuvieron la importancia que fue preciso acordarles ante los primeros conatos revolucionarios. Las crónicas mencionan como gran novedad el 20 de enero de 1784, día en que todo el pueblo de la capital presencio la entrada a la plaza Mayor del muy engalanado Regimiento de la Corona, «acompañado de música de trompas y clarinetes, que por vez primera en la ciudad se oían estos instrumentos».
Todo era sencillo y fácil en los Siglos pasados. Los santafereños y aún los Bogotános en sus primeras décadas se conformaban con muy pocas amenidades y éstas, año tras año, siempre eran las mismas. Unos y otros adecuaron su vivir a un pasar sosegado, íntimo, hogareño, La rutina diaria la irrumpía el mercado en la plaza Mayor. Esta reunión era festiva porque mercado, feria, día feriado y fiesta son sucesos afines. Todos los viernes una hueste innúmera y bulliciosa se adueñaba de la plaza desde el amanecer hasta las últimas horas de la tarde. En ese escenario policromado por los matices de las mercaderías y las vestimentas de los asistentes, y espacioso por la vastedad de su área, cada quien, con desenfado y alegría, desempeñaba su propio papel. Unos con los pregones a vivo o a media voz, otros gesticulando a su modo, los más en diálogos de regateo, algunos apegados a lo suyo o moviéndose continuamente en plan de acuciosos mercaderes. Todos se portaban a la vez, como actores y espectadores. El desorden era aparente porque las escenas tenían secuencia y satisfactorios desenlaces: las compra ventas.
Habitualmente una minoría, entre los asistentes, instalada en el atrio o en los balcones vecinos, se recreaba ante la representación conjunta de esta escena multitudinaria.
También se prestaba esta amplia sala o «cour d’honneur» para representaciones civiles, religiosas y marciales. En esas ocasiones se atestaba de espectadores. Entre las fiestas más atractivas se contaban: El vistoso desfile y suntuosas fiestas organizadas a costa del Alférez Real, en las fechas en que se proclamaba un nuevo rey. La recepción del sello real, con la firma del monarca reinante, que al estamparla confería respaldo regio a los acuerdos de la real audiencia.
Se instituyó este evento el 7 de abril de 1550, al recibir el primer sello «con toda fiesta y regocijo y también como se pudiera hacer en un pueblo muy principal de Castilla», tal fue en su fecha, la constancia de los oidores. Y del último de estos acontecimientos el 27 de marzo de 1817, dejó el cronista J.M. Caballero los siguientes datos: «Al desfile concurrieron todos los grandes a caballo en ricos jaeces, todos los procuradores, receptores, porteros, escribanos, alcaldes, regidores y numerosos acompañantes. El sello iba en una salvilla de plata encima de un caballo provisto de riquisimo jaez; dos oidores a pie conducían el caballo por las riendas que eran de seda, plata y oro», El cortejo se detuvo en la Real Audiencia, una de cuyas salas estaba asignada a este representante de la autoridad real.
Comitivas igualmente espléndidas se organizaban a la llegada de virreyes, arzobispos o personajes prestantes, algunas con gran aparato y agasajos diversos en los que participaban, en su turno, todas las clases sociales de la apacible Santafé.

Las fechas del Corpus y de Semana Santa se celebraban en el ámbito de calles y plazas con gran solemnidad y nutrida concurrencia, por que nada fue más atractivo a la feligresia santafereña que la teatralidad de las procesiones. Estas pompas aflojaban su rigidez en los días consagrados a San Juan, San Pedro y San Eloy, fiestas éstas más profanas y populares que religiosas.

sábado, 6 de enero de 2007

La colonia en el Siglo XVII


En el siglo XVII, España, tocada ya por la corriente del Renacimiento pero conservando un gran caudal de tradiciones medievales, tenía poco tiempo de haber surgido como nación unificada y empezaba, con su expansión en Europa y con el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, a convertirse en una gran potencia.
Su posición de baluarte de la Contrarreforma le había valido la bula en la cual el papa Alejandro VI le concedía la mejor parte de los territorios de ultramar. La tarea de arrancar del paganismo a sus habitantes se presentaba ante sus ojos como una extensión de las Cruzadas y de sus propias guerras contra los moros, reforzando el concepto que hacía del rey de España el brazo defensor del catolicismo.
Durante la Colonia, la Iglesia adquiere amplio poder político, económico y social. La administración de las extensas posesiones adquiridas por las diferentes órdenes desde la Conquista, dirige la actividad eclesiástica hacia este campo, disminuyendo la labor evangelizadora. Sus ocupaciones principales en estos años son administrar la red de conventos, monasterios e iglesias recientemente fundadas; procurar el ingreso de nuevos miembros a las comunidades y explotar sus haciendas y talleres artesanales.
La prosperidad así ganada, sumada a la riqueza personal de muchos de los sacerdotes y religiosas que ingresaban a las comunidades, hizo de los edificios religiosos lugares de bienestar y comodidad, no exentos de lujos mundanos. La iniciativa de estas fundaciones no partía, sin embargo, de las órdenes religiosas, sino de algunos miembros de la sociedad con suficientes rentas como para perpetuar los conventos a través de los siglos. Los fieles devotos se encargan, pues, de enriquecer el patrimonio artístico y religioso de los numerosos conventos e iglesias; surgen talleres encabezados por artistas notables o familias enteras de ellos, como los Figueroas, los Acero de la Cruz y los Fernández de Heredia, entre otros, quienes atienden múltiples encargos.
Los numerosos conventos femeninos se enriquecieron, además, con las dotes en dinero, altares, cuadros, retablos y alhajas con los que los protectores de las religiosas honraban a la Iglesia. Así, por ejemplo, el arzobispo Arias de Ugarte dotó de rentas suficientes a veinticuatro religiosas, doce de ellas criollas y doce descendientes de conquistadores. La Fundación se hizo con tres monjas parientas del fundador, quienes cambiaron el hábito de carmelitas por el de Santa Clara y pasaron de uno a otro convento en una solemnísima procesión en la que participaron todas las autoridades civiles y eclesiásticas de Santafé, desde miembros de la Real Audiencia, canónigos y comunidades religiosas, hasta las últimas cofradías.
Posteriormente, el convento y la iglesia se fueron enriqueciendo con numerosas donaciones de devotos y familiares de las religiosas. Igualmente, a comienzos del siglo XVII, doña Elvira Padilla, dama adinerada y dos veces viuda, fundó el monasterio de San José de las Madres Carmelitas Descalzas, con sólo cuatro religiosas, entre ellas dos de sus hijas. Otro grupo de personajes tomó la iniciativa de fundar un convento para las hijas y nietas de los conquistadores y construyó el claustro y la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción. El oro se convirtió en símbolo del poder, tanto temporal como espiritual, y los devotos cubrieron con él los retablos y altares que enriquecieron los templos.
La Iglesia ejerce también un dominio absoluto en el campo de la educación. Todos los centros de enseñanza de la Nueva Granada, desde las escuelas de gramática hasta las universidades, están a cargo de eclesiásticos, especialmente dominicos y jesuítas, quienes aplican rigurosamente las disposiciones dictadas por el Concilio de Trento en materia educativa. De esta manera, el tipo de educación que recibe la sociedad criolla está determinado también por la ideología de la Contrarreforma.
L
a cultura renacentista europea se trasplanta a las universidades y colegios del Nuevo Reino, siguiendo los modelos españoles, entre los cuales Salamanca es el principal. Al mismo tiempo, entre el resto de la población, y sobre todo a través de la evangelización, se impone un tipo de tradición medieval reflejada en la vida conventual, austera y aislada, que caracteriza a la ciudad desde finales del siglo XVI.
Al finalizar el primer tercio del siglo XVII, empiezan a formarse en Santafé grupos de intelectuales que desenvuelven manifestaciones culturales propias. Están integrados por cronistas, poetas, humanistas y también por los primeros pintores, todos ellos formados en los colegios y universidades recientemente fundados (San Bartolomé, Santo Tomás y Nuestra Señora del Rosario, entre otros).
En 1620, según fray Pedro Simón, la ciudad contaba con unos tres mil vecinos. Hacia 1666, Lucas Fernández de Piedrahíta anota: "Los vecinos españoles que la habitan son más de 3.000 al presente, y hasta 10.000 indios poblados los más en lo elevado de la ciudad que llaman Puebloviejo y en otro que' tiene al norte y llaman Pueblonuevo". Por vecinos se entendía entonces a los españoles con solar y casa propios, así los solteros mayores de edad, como los jefes de hogar con sus familias. No se incluía en estos censos a los indígenas del servicio doméstico, a las mujeres ni a los niños.
La ciudad ha adquirido ya los rasgos esenciales que la caracterizarán y que se conservarán invariables durante dos siglos. Los cambios han sido lentos pero profundos. A pesar de ser una época de crisis ocasionada por el descenso de la población indígena y por la decadencia económica, el sistema colonial se estabiliza. Santafé se ha convertido ya en el principal centro no sólo administrativo sino cultural del Nuevo Reino y, a pesar de su escasa población, es escenario de una considerable actividad literaria y artística, superando ya definitivamente a Tunja.
Predominan los prejuicios sociales, y la discriminación entre los grupos es muy marcada. Una gran distancia separa a las clases populares, sumidas en la miseria, de la minoría blanca, constituida por los españoles y criollos, y a éstos entre sí.
Al rudo conquistador le han sucedido el refinado criollo y los peninsulares llegados para "hacer la América". Superior es el español, considerado de linaje puro por su cultura y propósito evangelizador; por esta razón tiene acceso al comercio, y los altos cargos civiles y eclesiásticos son su privilegio exclusivo. Los "oficios plebeyos", o trabajos manuales, están destinados casi siempre a los criollos menos favorecidos, y la condición más humilde, como encomendado, peón o mitayo, corresponde al indígena.
En el acceso a la educación opera también la discriminación social y racial. Sólo tienen acceso a los colegios y universidades los que puedan probar la "limpieza de sangre" y que ni el estudiante ni sus padres han desempeñado oficios bajos. Las únicas profesiones existentes para "los limpios" son la jurisprudencia y la carrera eclesiástica. Quienes no poseen encomiendas o haciendas o no pueden aspirar a alguno de los escasos cargos burocráticos, ingresan a la vida eclesiástica. Debieron ser numerosos los criollos que por tal motivo se refugiaron en los conventos. Sabemos, por ejemplo, que en la familia de los Figueroas cincos hijos de Baltasar El Viejo y dos de los hijos de Gaspar fueron eclesiásticos; de los seis hijos del oidor Pedro Fernández de Valenzuela, cinco fueron religiosos, y en la familia de Domínguez Camargo, escritor de la época, cuatro de los cinco hijos se dedicaron a la vida conventual.
La distribución de la ciudad obedece también a la marcada división social. La corona, como dueña absoluta de los territorios descubiertos, tuvo en la tierra el más inmediato y codiciado recurso económico, para recompensar las faenas de los colonizadores, y su reparto contribuyó a acentuar la discriminación.
En la adjudicación de los solares en Santafé se tomaron en cuenta, para conceder favores, la topografía, la cercanía de la iglesia, la vecindad a la plaza y las distancias de las fuentes de agua y leña. Los pobladores más codiciosos apoyados en este imperio, se las arreglaban para ocupar las zonas más susceptibles a la valorización; las restantes quedaban para los subordinados.
Santafé, como las demás ciudades coloniales, tuvo como centro la plaza mayor. Alrededor de ella se situaron los edificios administrativos y judiciales; la Real Audiencia; los colegios, universidades, conventos y monasterios principales; los cuarteles y los domicilios de los ciudadanos distinguidos. Eran edificios de gruesos muros de adobe y techos entejados, con ornamentaciones y escudos de armas hechos de piedra; de uno o dos pisos, construidos en torno a patios interiores, y que tenían algo de cárcel y de monasterio. Este era el ámbito privilegiado de vecinos notables, como oidores, obispos, bachilleres, capellanes y notarios, citados con frecuencia en documentos de la época, con ocasión de ascensos burocráticos, venta de tierras, matrimonios o deudas y rencillas personales. Allí se construyeron, entre otros, el colegio de San Bartolomé, el de Nuestra Señora del Rosario y los conventos e iglesias de Santo Domingo, Santa Clara y la Concepción.
E
n los alrededores habitaban los españoles de menor categoría y algunos criollos considerados como prósperos. Era el espacio de los burócratas y de los comerciantes menores; de los maestros artesanos en carpintería, herrería, pintura, orfebrería y platería; de los sastres, zapateros y barberos. Muchos de ellos habitaron en el barrio de las Nieves, también llamado de los gremios. Los indios y mestizos ocupaban chozas miserables en los aledaños de la ciudad. Sobrevivían apenas, marcados por la destrucción de sus antiguos patrones culturales y por los intentos de aculturación parcial o total por parte de la Iglesia.
E
l aislamiento en que vivió Santafé durante la época colonial se debió en gran parte a su localización geográfica. Situada a gran distancia del mar y en medio de imponentes obstáculos, el viaje desde el litoral hacia la capital de Nuevo Reino se apoyaba en la navegación por el río Magdalena, arteria central de las comunicaciones, que imponía itinerarios lentos e indefinidos, así como incomodidades y peligros. Una vez salvadas las dificultades y contratiempos que implicaba el viaje fluvial, quedaba un último obstáculo antes de llegar a Santafé: escalar la cordillera por caminos escarpados y resbalosos. Emprender el ascenso por esa vía era para los viajeros empresa heroica. Los lugares por donde debían pasar quienes tomaban esta ruta, partiendo de Cartagena de Indias, eran Mompox, San Sebastián de Mariquita (nombre inicial del puerto de Honda), Guaduas, Villeta, Facatativá, Fontibón y finalmente Santafé.
La otra vía de comunicación con que contaba la capital era el llamado Camino a Tunja, vía central durante el descubrímiento y la colonización. Partía de Santafé con dirección a; las salinas de Zipaquirá y Nemocón, pasaba por Tunja, Sogamoso, Vélez, Pamplona, y contaba con derivaciones hacia los pueblos entregados en encomienda a los conquistadores.
El diseño de la ciudad estuvo condicionado en gran parte por la naturaleza. Así, limitaba por el norte con el río Vicachá o San Francisco y por el sur con el río San Agustín o Manzanares; al oriente con la actual carrera 5a., o sea a la altura en que la falda del cerro acentuaba su pendiente. La actual carrera 10a. fue el lindero occidental de la fundación; allí el terreno presentaba un barranco o quiebre profundo, formado por la acción de las crecientes impetuosas del río San Francisco, que al llegar a terreno plano se explayaban causando erosiones.
Los barrios tomaron el nombre de la iglesia o parroquia a la que pertenecían. A partir de 1598, la ciudad quedó dividida en tres parroquias y, para la administración civil, en cuatro barrios: Santa Bárbara al sur, la Nieves al norte. San Victorino al occidente y la Catedral al centro. Esta sectorización, primera que tuvo la capital, perduró varios años.
Bogotá fue sobre todo una ciudad de iglesias. Se dice que a los viajeros que la visitaron hasta muy avanzado el siglo XIX les sorprendió siempre la cantidad de iglesias y el tamaño de los conventos de la ciudad, comparados con el resto de las edificaciones y con el reducido vecindario.
La vida cotidiana trascurría entonces en torno a la religión. Los solemnes servicios y las procesiones con motivo de celebraciones civiles o eclesiásticas, eran casi los únicos acontecimientos que alteraban la monotonía de la ciudad. A fines del siglo XVII, la capital poseía unas veinte iglesias, sin contar las doscientas capillas y oratorios en casas particulares, mencionadas por Fiórez de Ocariz en 1676, ni los numerosos santuarios construidos con aportes de la feligresía.
Algunos se conservan todavía, otros fueron destruidos, sólo nos queda imaginar cómo fueron y en qué medida marcaron el carácter de la ciudad.
1623. Alinderamiento y tenencia del área correspondiente a la plaza de San Francisco según los datos siguientes: En fecha anterior al mandato expedido en 1572 por Venero de Leiva había asignado el Cabildo a Cristóbal de San Miguel, «un pedazo de tierra contiguo y por encima del puente del río San Francisco que comprende la plazuela de San Francisco». Se quiso expresar que el puente estaba incorporado a la plazuela para el servicio de la misma; los interesados en la ampliación del solar sostuvieron que el giro «que comprende la plazuela» se aplicaba al solar, es decir que la plazuela estaba comprendida como “pedazo de tierra”, Tras una serie de traspasos por herencias, ventas y donaciones vino a quedar todo el predio en manos de los franciscanos quienes atenidos a la interpretación favorable a sus intereses sostuvieron el derecho de legítimos dueños de la tierra «que comprende la plazuela», derecho que les fue acordado sin tener en cuenta el mandato de Venero de Leiva. Y para ratificar el dominio «pidieron al superior gobierno de este Reino el que se midiere y alinderare la memorada tierra y de ella se formase un cuadro a modo de plazuela». El 3 de noviembre de 1623 dos maestros alarifes ejecutaron oficialmente la petición. De este modo, en fecha tardía, tomó forma geométrica el piso de esta plazuela, que por su origen es la más antigua de Bogotá. Los padres franciscanos cancelaron por escritura pública, fechada el 31 de octubre de 1760, el supuesto derecho de propiedad sobre esta área tan vinculada a la historia urbana de la Capital y hoy uno de sus lugares más concurridos.
1631. Al crecer el vecindario santafereño se presentó la necesidad de ensanchar el cementerio que venía ocupando el frente de la catedral. Esa empresa la acometió en ese año el Arzobispo don Bernardino de Almanza. Enterado de esa obra don Sancho Girón, presidente del Nuevo Reino, se opuso alegando que la ampliación estorbaba el paso. Tal actitud suscitó diversos sucesos y perturbaciones públicas, pero la iniciativa culminó con la ocupación de casi todo el frente de la cuadra sobre la plaza. El nuevo camposanto fue aderezado, para separarlo de la vía pública, con una baranda de ladrillo reforzada con pilares en piedra, rematados con una esfera sobre base piramidal. Este arreglo confería al lugar un ambiente fúnebre y tenebroso que exaltaba las mentes supersticiosas y restaba a la plaza su carácter eminentemente mundano. El presidente Egues Beaumont, consciente de tal incoherencia, hizo quitar en 1662 la balaustrada, ordenó levantar el terreno hasta el nivel del piso de la catedral y mandó poner un enlosado y gradas de piedra. Surgió así una espléndida terraza o balcón sobre la plaza, al que los santafereños dieron el nombre de “altozano”.

jueves, 4 de enero de 2007

Sucesos Historicos - Siglo XVI -


1539. En este año, poco tiempo después de fundada Santafé, el Cabildo en corporación instaló el rollo en el centro de la plaza recién demarcada. El rollo o cuchillo, horca o picota, era una columna de madera o piedra, generalmente el tronco de un árbol que se hincaba en el centro de la plaza de toda la ciudad en el momento de la fundación. Significa jurisdicción, es decir el poder o autoridad que el Rey delegaba en sus representantes locales para gobernar y hacer cumplir las leyes. Hincar el rollo, símbolo de la presencia real, era un acto solemne y significativo del ceremonial de la fundación, y la potestad de erigirlo era privativa del fundador o, en su lugar, del Cabildo. El padre Simón, al glosar la fundación de Santafé, observa que Jiménez de Quésada olvidó o involuntariamente dejó en manos del Cabildo este quehacer tan importante.
Rodríguez Freire en su obra El Carnero incluye capítulos enteros dedicados a la crónica roja, como se dice en nuestros días, y a episodios en los que el rollo fue testigo. Allí se azotaba a los indios por las menores desobediencias o por el hurto de bienes menores. Allí se ajusticiaba, ahorcando, decapitando o arcabuceando a los reos convictos de faltas mayores. Ordóñez de Ceballos en Viaje al Mundo (1585), refiere que el oidor Pérez de Salazar fue especialmente severo: «Acaeció ahorcar dos hombres, tres negros y un indio; azotaba allí todos los días de mercado, desorejó y desnarigó dos mil personas».
Hacia ese año se instaló una fuente o pila pública, en el lugar que ocupaba el rollo, en el centro de la plaza. Con la ocasión se hizo labrar una columna de piedra que se apostó al frente de la cárcel, que estuvo situada hacia el Occidente de la fachada principal del Capitolio. Ante este nuevo «Arbol de la Justicia» pagaron con su vida el delito de ser patriotas numerosos y honrados ciudadanos.
1542, El Humilladero con el privilegio de primer templo transformó la vega agreste que lo circundaba en obligado centro de reuniones. Esta particularidad y aliciente del lugar como estación de entradas y salidas del camino a Tunja, incitaron a los naturales a instalarse allí con sus frutos y bastimentos. Esta iniciativa, inspiró la formación del primer mercado publicó; surgió así la plaza de mercado llamada también de La Yerba. Fue ese un acontecimiento que sin mandato expreso usurpó espontáneamente la función primordial conferida y que por derecho le correspondía a la plaza central de la ciudad. Recobró ésta el atributo de recinto para el mercado público y, por comparación con la plazuela, el distintivo de plaza Mayor, al iniciar allí Fray Juan de los Barrios su iglesia obispal.
Debió ser una empresa pausada la organización y desarrollo del mercado público en la capital recién fundada. No porque los naturales desconocieran las modalidades, habituados como estaban a concurrir cada cuatro días al mercado público de Bacatá, la capital de Zipazgo. Pero mediaba, como es natural, la adaptación mutua de indios y españoles a sus respectivos gustos, usos y costumbres. El aporte de los naturales se presentaba en la selección de sus cosechas: variedades del maíz, papa, cubios, hibias, arracacha, maní, calabazas y algunas frutas y hierbas aromáticas de las tierras frías y templadas. Para comodidad de los recién llegados, acudían con vasijas y utensilios de menaje, y mantas de algodón para confeccionar vestidos. Las transacciones se regulaban con «tejuelo», moneda de oro que, caso único en la Historia, impuso el pueblo vencido a los vencedores españoles.
En la fecha ya abundaban los aportes de España. Se sabe que Jerónimo Lebrón introdujo en 1541, con grandes trabajos y pérdidas cuantiosas, las primeras semillas de trigo, cebada, garbanzos, fríjoles, habas, arvejas, cebollas, repollos y frutales diversos, que aquí fructificaron. Paulatinamente, para curiosidad de los indios y deleite de la población, estas variedades fueron anunciando su presencia en el mercado. De tales novedades se valio Jerónimo de Aguayo para sembrar y recoger, al año siguiente, la primera cosecha de trigo con cuyos granos la acuciosa Elvira Gutiérrez surgió en 1542, como la primera panadera de Santafé.
La carne no faltaba. Las trescientas cerdas «todas preñadas» que desde Popayán trajo Belalcázar se habían multiplicado. En atención a este hecho autorizó el Cabildo, por Acuerdo de noviembre 18 de 1541 la creación de una carnicería. En la cual se vendían pollos y huevos porque hay que recordar que Juan Verdejo, capellán del ejército de Federmán, llego, aquí con las primeras gallinas. También a Lebrón le corresponde el mérito de haber traído los primeros gánados vacunos que pastaron en La Sabana. Estos se incrementaron con los animales de carne, leche, lana y trabajo introducidos por Alonso Luis de Lugo en 1543, y, luego, con los de razas seleccionadas importados en 1556 por Antón de Olalla.
1542. La plaza que surgió en torno al Humilladero, el camino, la hermita y el mercado público allí fueron determinantes que se asociaron para asignarle categoría cívica a este sector de la ciudad. Hay que añadir otro aporte indicativo de la importancia que se le confirió en su origen. Surge de la preocupación del Cabildo por construir las «Casas Reales» para sede de los representantes de la Corona, inquietud suscitada tal vez por la visita que al finalizar el año de 1540 hizo a Santafé Jerónimo Lebrón, gobernador de la provincia de Santa Marta; o quizá con el ánimo de rendir homenaje a Hernán Pérez de Quesada, entonces cabeza de gobierno del Nuevo Reino; o como instalación indispensable a la prestancia de la nueva capital y señal de ornato y adelanto cívico. Lo cierto fue que los cabildantes abocaron en 1542 la necesidad de esta obra, pero se encontraron ante el olvido que se tuvo, al repartir los solares, el no haber reservado el correspondiente a este servicio, y como el marco de la plaza de mercado sobresalía por el mayor adelanto urbano, optaron por elegir allí el lugar más apropiado. De inmediato, en las sesiones del 15 y 17 de enero de ese año, notificaron a Pedro de Arévalo que justificara el derecho al solar que tenía en la plaza o que desocupara el lugar. En la siguiente sesión, el 20 del mismo, quedo constancia de «que el solar de Arévalo es chico para hacerle casa al gobernador, que se le dé a Juan Trujillo lo que le costó el que tiene en la plaza, atento a que no se ha ocupado». Esta proposición no prospero porque finalmente se acordó, “que como son dos los solares del capitán Juan de Collantes, que están en la plaza, más bien se tomen éstos».
Tuvo este proyecto, como tantísimos otros en esta ciudad, el respectivo papeleo y el consiguiente rincón en el archivo de las iniciativas frustradas. Pero hay que resaltar el interés de los cabildantes hacia la exaltación cívica de esta plaza, que en cierto modo prosperaba a espaldas de la traza o plano oficial de Santafé. Enaltecimiento espontáneo pero en detrimento de las funciones que; por derecho de la jerarquía impuesta por el fundador, le correspondían a la plaza Mayor.
Finalmente vino a corresponderle al visitador, juez y delegado personal de la Corona, don Miguel Díaz de Armendáriz, corregir las imprevisiones de los fundadores, con la adquisición de una sede oficial para los representantes de la Corona en Santafé. Al respecto, en carta al rey firmada el 13 de febrero de 1547, escribe: “en nombre de Vuestra Majestad he hecho comprar una casa medio hecha de adobe, y cubrirla con teja y estar en ella, que cuesta mil doscientos castellanos, sin lo que más en ello se gastará, de lo cual Vuestra Majestad tiene muy merecida en esta ciudad”
Es dable suponer que esta casa fue la de los Quesada, Gonzalo y Hernán, por haber sido una de las primeras cubiertas con teja. Ocupaba el solar en que se encontraba el teatro «Lido», en la calle 16, marcados con los números 6 06 y 6 34, respectivamente, de la nomenclatura actual.
1543. La sencilla estructura de el Humilladero, ejecutada con premura por los indios de Guatavita el 6 de agosto de 1538 y levantada con materiales perecederos, no perduró. Tomó la iniciativa de construir un segundo Humilladero, en el mismo lugar del primero, el capitán Juan Muñoz de Collantes. Para su propósito cursó, en el mes de julio de 1543, la petición del terreno ante el adelantado Alonso Luis de Lugo que entonces se encontraba en Santafé. La súplica fue atendida con la cesión de una faja de terreno entre las actuales calle 16 y carreras 6a. y 7a. para que el peticionario, como mayordomo de la cofradía de La Veracruz, levantara allí la ermita que pretendía con amplitud suficiente a las ceremonias de los cofrades. Pero ocurrió que en esos días el capitán Melchor Valdez al levantar unas casas en los solares ocupados hoy por el edificio Avianca, avanzó en cinco pies el alineamiento de su obra sobre la calle. La infracción fue confirmada por el medidor de tierras. La zona correspondiente al ancho prefijado para la calle tuvo que cederla el terreno asignado al Humilladero, cesión que redujo considerablemente su propio frente y detrimento su cabida superficiaria. Surgió en consecuencia un pleito entre la Cofradía y el infractor. Valdez transó el diferendo entregando una ternera a cambio de la zona por él ocupada. Y así se perdió el solar concedido a la cofradía de La Veracruz en la plaza. Se tiene, no obstante, la certeza de que allí, en el terreno sobrante, se levantó el segundo Humilladero a escala menor de la pretendida por Muñoz de Collantes.
1543 1544. Ningún componente urbano tuvo en el pasado tanto poder de atracción sobre los pobladores como el que es dable asignar a los edificios destinados al Culto. Esa fuerza seductora, ese poder cautivante fincado en la estructura pajiza de El Humilladero son los factores que permiten entender el extraordinario desarrollo habitacional en el contorno de la vega plana bañada por las aguas cristalinas del río Vicachá. Con afán de lucro asomaron allí las primeras transacciones en finca raíz y de contera los consiguientes pleitos. Las actas del Cabildo delatan los nombres de quienes porfiaban en acomodarse en la naciente plaza así fueran como invasores. De los textos respectivos se toman los hechos siguientes: en la sesión del 15 de enero de aquel año consta la notificación a Pedro de Arévalo en la que se pide, como ya se anotó, que justifique el derecho o el título del solar con casa en que vive situado en la plaza. Arévalo alegó que el solar lo hubo por compra a Francisco Puente. El Cabildo no aceptó el descargo y, violando los mandatos reales que prohibían la venta de tierras, acordó que Arévalo «dé 10 pesos de buen oro por el solar». El 22 de junio de 1544 ordenó el Cabildo a Melchor Valdez «que dentro de 4 días desbarate los bohíos que tiene junto al río».
1551. Mayo 20. En esta fecha expidió el Cabildo el Acuerdo que mandó demoler la obra que sobre la plaza de mercado adelantaban los padres dominicos para ampliar su improvisado convento. Ocupo éste desde el 28 de julio de ese año la casa a medio construir que su propietario Juan Moscoso les cedió como sede transitoria, situada en la esquina donde actualmente se encuentra el Museo del Oro, Como la casa no fuera suficiente para albergar los 30 frailes, optaron éstos por acomodar sus servicios en el área misma de la plaza. Permanecieron allí los frailes por ocho años hasta su traslado a la que luego se llamó Calle Real o del Comercio, donde levantaron el amplio convento de Santo Domingo.
Tiene aquel primitivo convento el mérito de primer taller de fundición en Santafé con la fabricación allí de la primera campana que tanó en esta ciudad, fundida por Fray Lope de Acuña.
1553. Por petición de Felipe II expidió Pío IV, el 11 de abril de este año, la bula por la cual se dispuso que el obispo de Santa Marta y el cabildo obispal sentaran su sede en Santafé. Dio cumplimiento al mandato papal fray Juan de Los Barrios,quien en el mismo año llegó a esta ciudad. El obispo y su séquito encontraron que para su desempeño misional la capilla pajiza de la plaza Mayor no satisfacía ni por la categoría de su nave ni por el recato de su arquitectura y de inmediato se empeño el eminente jerarca en levantar una catedral o iglesia rectora en solar ocupado parcialmente por la capilla de los fundadores, la que no obstante, mientras se construía el nuevo templo, fue adaptada como primera iglesia catedral en Santafé. Con estas decisiones a las que se ligó la más viva complacencia de los vecinos recobró la plaza la categoría inherente a su existencia. Y sin más recibió oficialmente el grado de plaza Mayor o centro de reuniones cívicas, religiosas y mercantiles.
1554. La plaza Mayor, enaltecida con este título y con el atractivo de la construcción de la catedral en uno de sus costados, le arrebató a la plaza de La Yerba o del mercado la hegemonía de centro comunitario. Ordenó en ese año el Cabildo que el mercado público se instalara en la plaza Mayor.
Muy amplia debió ser en aquel tiempo la extensión de esta plaza para el mercado semanal que tenía lugar los viernes. Hay que anotar que ya abundaban las cosechas de los frutos y frutas venidos de España, que con la variedad de los productos vernáculos suplían las exigencias de las amas de casa. Se surtía el mercado con los artículos ya mencionados que concurrían a la plaza de La Yerba y además con pescados de río, codornices, tórtolas, pollos, chorizos, embuchados y huevos. Para mayor abundancia harinas, miel, azúcar, bocadillos, higos, uvas, melones, cebollas, repollos, y frutas de las tierras templadas y calientes.
1555. La autorización para ocupar las áreas sagradas como cementerio, en las posiciones de España, se encuentra en la cédula real de 18 de julio de 1539, expedida por Carlos V, que dice: «Encargamos a los arzobispos y obispos de nuestras Indias que en su diócesis provean y den orden cómo los vecinos y naturales de ellas pueden enterrar y entierren libremente en las iglesias y, monasterios que quisieren y por bien tuvieren estando benditos, el monasterio o iglesia, y no se les ponga impedimento». Correspondió a Fray Juan de los Barrios dar cumplimiento a la imperial orden. Para el caso tomó el área delantera o atrio de la catedral que él mismo había iniciado hacia 1553, poco después de instalarse como obispo de Santafé. Alonso Garzón de Tahuste lo reseña:‘“de treinta pies medidos desde la puerta principal de dicha iglesia hacia la plaza” (8.40 metros). La solemnidad de la consagración tuvo lugar, según el mismo autor, el 6 de enero de 1555, fecha que se inscribió en el libro de bautismos. Los santafereños oriundos de España rechazaron la posibilidad de dejar sus restos en un predio tan a la intemperie y de hecho quedó el cementerio exclusivamente para pobres.
1557. En este año se dio el nombre de plaza de San Francisco al área que venía ocupando el primer mercado público de Santafé. A la vez el río Vicachá trocó su nombre por el de río San Francisco. Estos cambios en la naciente nomenclatura urbana se debieron a que ese año se instalaron los padres franciscanos en el costado occidental de esa plaza. El capitán Muñoz de Collantes poseía allí desde 1542 un amplísimo solar donde hizo levantar dos casas de tapia cubiertas con tejas provenientes del primer tejar que tuvo Santafé, montado hacia 1543 por Antonio Martínez. Ocuparon estas casas y su solar los padres franciscanos gracias a la donación que recibieron del arzobispo fray Juan de los Barrios, quien las adquirió por compra a Muñoz de Collantes. De inmediato se inició la construcción del convento y de la iglesia de San Francisco que aun permanece.
1564. La plaza Mayor fue teatro en ese año del primer motin con carácter de sedición que se registra en las crónicas de Santafé. Ocurrió en la fecha en que la real audiencia presidida por Venero de Leiva se ocupaba de hacer cumplir las cédulas reales que prohibían el servicio personal de los indios. Corrió el rumor, según el cual el español que así obligara a los aborígenes seria castigado con 1.000 pesos y 200 azotes. Violenta reacción se apoderó de los 1.000 españoles que entonces poblaban la ciudad y de los encomenderos que habían acudido en plan de defender lo que para ellos era un privilegio adquirido. Reunidos corrillos en la plaza escribe Aguado «de ser natural sediciosos y bulliciosos y amigos de novedades, como por la mayor parte lo suelen ser los hombres en Indias, maldecían y blasfemaban atrevida y aun desvergonzadamente” Rodríguez Freire añade: «el que primero habló fue el capitán Zorro, echando el canto de la capa sobre el hombro izquierdo y diciendo: Voto a Dios, señores capitanes, que estamos todos azotados, síganme caballeros... Partieron todos en tropa hacia las casas reales, terciadas las capas y empuñadas las espadas diciendo palabras injuriosas». Ante el intento de tomar por asalto la real audiencia y a golpe de estocadas rechazar los mandatos reales, acudieron algunos oidores que no sin dificultad lograron sosegar a los amotinados. En consecuencia, los más exaltados fueron retenidos algunas horas en la cárcel. “Fué de gran bien concluye Aguado para que esa rebelión no hubiere efecto, el no hallarse presentes soldados, que hubieren seguido las pisadas y opiniones de los alzados”.
1581. El oidor Cortés de Mesa, protagonista de un horrendo crimen, muere decapitado en la plaza Mayor. Este suceso por la categoría del reo, figura como el más notable en la crónica roja de la antigua Santafé. Los hechos ocurrieron así:
En aquel año vivía en la capital desempeñando el honroso cargo de oidor el doctor Andrés Cortés de Mesa y su mujer la muy hermosa Ana de Heredia. En casa del oidor residía su criado Juan de los Ríos, casado con una hermana natural de la Heredia, matrimonio al que Ríos había consentido halagado por las promesas de bienestar en las que había empeñado la palabra Cortés de Mesa. Del incumplimiento de tales ofrecimientos surgió agria enemistad entre el patrón y su criado, situación que éste aprovechó para entablar un juicio con consecuencia de carcel para el Oidor en su propia casa. En esos días el joven Andrés Escobedo fue atraído por el preso con la intención de valerse de ciertas influencias que Escobedo pretendía tener ante los estrados judiciales. De las continuas entrevistas surgió que el nuevo amigo se prendó de los atractivos de la Heredia, que ella miró con indiferencia pero que su marido toleró para hacerse a la sumisión incondicional del joven galán. Ciertas circunstancias se presentaron favorables al Oidor que ansiaba vengarse de Juan de los Ríos causante de sus pesares. Y con el apoyo irrestricto de Escobedo planeó darle muerte. La noche acordada para el crimen invitó Escobedo al de Los Ríos a visitar dos muchachas casquivanas y así lo condujo a una calle obscura donde los dos victimarios lo cosieron a estocadas. El cadáver espantosamente mutilado se arrojó a un pozo de aguas cenagosas y al fue descubierto ocho días después.
Las investigaciones pertinentes delataron a los asesinos y substanciada la causa se condenó al doctor Andrés Cortés de Mesa a ser degollado y a Andrés Escobedo a ser arrastrado atado a las colas de dos caballos y ahorcado en el lugar del crimen.
El día de la ejecución del oidor se colmó la plaza de curiosos que no quitaban los ojos del cadalso levantado entre la picota o rollo y la casa de la Audiencia.
En recuerdo del suceso se fijó una columna de piedra, la cual fue enterrada en 1816, cuando el Pacificador Morillo hizo empedrar la plaza. En 1898 se rodeó el capitel de la columna con un círculo de adoquines por orden del ministro de Fomento Ricardo Becerra y el Alcalde de Bogotá don Higinio Cualla. Arreglo que estuvo al lado sur de la verja del parque que rodeó la estatua de Bolívar y que en 1926 desapareció con la obra llamada «fuentes luminosas».
1584. El primer motivo de atracción, a modo de monumento que tuvo la plaza después del rollo o picota, fue la pila o fuente de agua para el servicio público. En realidad los ríos y manantiales que surcaban la ciudad proveían al vecindario de agua fresca y pura. Esto en los primeros años porque el crecimiento demográfico y la mayor extensión urbanizada incrementaron en proporción la necesidad de pilas para comodidad y aseo. Se menciona al licenciado y severo oidor, don Alonso Pérez de Salazar, como promotor del acuerdo aprobado el 15 de julio de 1584, por el cual ordenó el Cabildo hacer en la plaza pública una fuente de agua. Este mandato como tantos otros, fue letra muerta por algún tiempo.
No se sabe si este comisionado, con tan amplia autorización y sin los medios económicos para financiar la gestión, cumplió con el encargo. No hay noticias sobre la fecha de inauguración de esta fuente, seguramente se instaló en el centro, lugar ocupado hasta entonces por el rollo, y allí permaneció largos años. Esa pila debió ser pequeña, de poca altura, sin gracia ni comodidades, La afirmación se basa en el texto del acuerdo expedido el 30 de enero de 1681 en el que se puede leer que el Cabildo asignó fondos para una nueva pila adjudicable al mejor postor. Y expresamente manda: «que la dicha pila tenga perfección y ornato, subiéndola, pues solo tiene tres cuartas de alto su pilarejo, y es necesario poner taza más ancha añadiendo más piedras labradas y acabándola en proporción». De esta nueva pila se desconoce la fecha de su instalación y nada se sabe de su artífice cuya obra luce actualmente anónima con su San Juan Bautista o «mono de la pila», en el patio del Museo Colonial. Queda pues, difícil aceptar que esta pila iniciada, quizá, en 1681, casi un Siglo después de la gestión del oidor Pérez de Salazar, se deba a la generosidad de éste, como lo afirman algunos historiadores.
1591. El segundo humilladero, construido en 1543 por el capitán Muñoz de Collantes no perduró. Seguramente fue una obra precaria que en corto tiempo desapareció. Esto lo confirma la ordenanza de Venero de Leiva, expedida en 1572 para declarar como arca pública la plaza de San Francisco. En el documento no se exalta la presencia allí de una ermita, oratorio o humilladero, antes bien la meja con el siguiente renglón: «en la dicha cuadra y plazuela no hay ningunos edificios». Se despeja así el texto que sigue relacionado con la construcción del tercer humilladero.

Seguramente ese último centro de oración se construyó, según los indicios históricos, hacia el 15 de enero de 1591 y exactamente en el mismo lugar historico ocupado por los dos primeros. En ese año se avivó con caracteres de pugnacidad y escándalo público el pleito que surgió en 1571 entre los franciscanos y el Cabildo eclesiástico de la catedral. Se oponía éste al traslado de la sede de la cofradía de La Veracruz al monasterio de San Francisco, derecho que los religiosos de esta orden sustentaban con argumentos basados en la tradición. Para el 15 de enero de 1591, día consagrado al Nombre de Jesús, proyectó el Cabildo una procesión con escala final en La Veracruz, ceremonia que impidieron los de San Francisco. Fr. Alberto Lee López, sobre este incidente refiere que «mientras los párrocos de la catedral se disponían la víspera a arreglar la iglesia de la Veracruz, el guardián y frailes de San Francisco se lo impidieron, quitaron las llaves de la capilla a los mayordomos y clausuraron la entrada a la misma». El arrogante Cabildo, en réplica a este insuceso, seguramente ordenó la construcción de un humilladero justo al frente, calle por medio, a la Capilla de La Veracruz, Casualmente estaba allí la impronta de los cuatro tabiques protectores del suelo sagrado, donde fray Domingo de las Casas ofició su histórica misa. Y así, el Cabildo ecleslastico que sostenía el derecho a los rituales de la Cofradía, pudo celebrar su procesión a pesar de la oposición de los religiosos de San Francisco, aseveración que confirma el padre Lee López con el texto siguiente: «La procesión por los párrocos de la catedral tuvo como meta final la capilla del Humilladero».