1910. Para conmemorar el primer centenario de los sucesos enmancipádores del régimen colonial que tuvieron lugar el 20 de julio de 1810 se programaron en Bogotá diversas celebraciones. Entre esas la erección de una estatua en bronce a Nariño en la plaza que hasta entonces se llamó de San Victorino; por Acuerdo No. 3, expedido por el Concejo en 1909, recibió el nombre de Plaza de Nariño. La inauguración de este monumento al Precursor se solemnizó en su día con la asistencia de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas.
1923. Por la esmerada atención prestada a los árboles y jardines y por la pulcritud de su conjunto conservó la plaza de Santander, hasta bien entrado este Siglo, un ambiente eminentemente cívico. Pero estas expresiones de decoro urbano sometidas a la manía renovadora no perduraron. La Sociedad de Mejoras y Ornato tomó la iniciativa de modernizar
1926. El Congreso Nacional y la Asamblea de Cundinamarca aprobaron los aportes anuales de $600.000 y $200.000, respectivamente, destinados a obras de alcantarillado y pavimentación de Bogotá. Se estudio entonces el tipo de pavimento que debía adoptarse; se rechazó el uso exclusivo del ladrillo, que algunos preconizaban, porque los
1926. La Plaza de Bolívar venía presentando notables desperfectos en su presentación que estimularon la iniciación de obras tendientes a su mejor aderezo. El Consejo Municipal acordó después de un concurso de ideas expresadas verbalmente, la instalación de pilas o fuentes luminosas mecánicamente accionadas. Se confió el proyecto al arquitecto Alberto Manrique Martín, quien también tuvo a su cargo la dirección de las obras. En la noche del 19 de julio de 1926 presenció el pueblo Bogotáno los juegos combinados de agua y luces policromas de cuatro fuentes, dispuestas en cuadro en una plazoleta también cuadrada, para la que fue preciso excavar el declive natural de
Este injerto, o incrustación de una plaza en otra, acabó definitivamente con el carácter del recinto santafereño, que por centurias tuvo el desempeño de palco o de escenario, según el caso, para reuniones multitudinarias, libre de obstáculos y estorbos. Ahora, en las tardes tibias, concurrian las gentes a la plaza atraídas por la novedad de las fuentes. Pero la curiosidad inicial decayó al mismo tiempo de las limitaciones presupuestales destinadas al funcionamiento y conservación de las instalaciones mecánicas y eléctricas. Así llegó la fecha en que las fuentes, sin agua ni alardes luminosos, se convirtieron en motivo de escarnio y lugar de basuras y desaseos, en menoscabo del debido respeto a la dignidad del monumento consagrado al Padre de la Patria.
1933. El 7 de noviembre fecha del centenario del nacimiento de Rafael Pombo, se inauguró en la esquina noroccidental del parque de Santander el monumento en homenaje a este insigne poeta Bogotáno. La obra confiada al maestro escultor Luis Alberto Acuña destacó el busto tallado en mármol sobre un pedestal de piedra tallada y en éste dos alegorías a las célebres fábulas escritas por el homenajeado. La Sociedad de Mejoras y Ornato en su sesión de noviembre de ese año aprobó el siguiente aplauso, “La Sociedad presenta su entusiasta felicitación a la junta organizadora del centenario de don Rafael Pombo por la erección del monumento a este eximio poeta y haber escogido a un artista nacional para la ejecución de la escultura y pedestal en referencia, que son en concepto de la sociedad de Mejoras una obra de verdadero mérito artístico”.
El monumento tuvo allí una permanencia fugaz; tras nuevos arreglos fue desmontado y mandado a otro lugar.
1945. La plaza de Nariño, antigua de San Victorino, venía presentando por la incuria de las construcciones que la enmarcaban un aspecto cada día más deprimente, en detrimento del notable desarrollo adquirido entonces por el sector occidental de
1948. El Concejo Municipal expidió este año dos Acuerdos relacionados con la remodelación de la plaza de Narino. El Acuerdo 16 por el cual autorizó la adquisición de los inmuebles y zonas previstas en el Acuerdo 11 de 1945 y destinadas al ensanche de la plaza; y el Acuerdo No. 100 por el que para ese propósito asigno la suma de $1´162.036 incluyendo en éstos las demoliciones, las obras de construcción y las de pavimentación.
La ejecución de los acuerdos anteriores siguió el ritmo que en estos casos impone la adquisición de inmuebles, los tramites de las licitaciones y la ejecución de las obras. Y ocurrió que la plaza una vez ensanchada tuvo que ceder parte de su área para la ampliación de
La estatua de Nariño se retiró de la plaza en ese año; actualmente se encuentra en el jardín frontero da la fachada posterior del Capitolio.
1948. En la primera década del mes de abril de este año se reunió en Bogotá
Un segundo suceso se relaciona con los desastres por los incendios y desmanes ocurridos el 9 del mismo mes de abril que arruinaron varios sectores del área central de
1949. Las tropelías ocasionadas por los sucesos calamitosos que tuvieron lugar el 9 de abril de 1948 suscitaron el deseo de atender prontamente a la presentación de la ciudad y en especial a de la plaza de Bolívar. El Municipio particularmente interesado por el decoro de su centro cívico contrató a fines de febrero de 1949 por la suma de 223.000 dólares americanos el estudio del plan regulador de Bogotá. Encargo tan importante se concedió a los arquitectos Sert y Wiener, residentes en Nueva York. Figuró en el convenio que el arquitecto Le Corbusier colaborara en el respectivo plan director. Este trabajo se presentó en agosto de 1950 al Concejo Municipal y en él se incluyó el proyecto de Centro Cívico con la plaza de Bolívar como componente primordial del conjunto. El nombrado arquitecto animado, tal vez, por los ímpetus de renovación urbana oficiales y privados, tasó con demasiado optimismo la capacidad financiera de la ciudad y así impresionado presentó un proyecto excedido: despejó la plaza de las pilas inoperantes y estorbosas, ensanchó en demasía la plaza agregándole como área cívica la totalidad de las manzanas vecinas comprendidas entre la calle 11 y la calle 9a. y las enmarcó con edificios monumentales. A la estatua de Bolívar. le asignó la potestad de único monumento en la plaza y sobre un sencillo pedestal la ubicó cerca al Capitolio.
Los ambiciosos planteamientos de Le Corbusier en relación a la civilidad de la plaza no tomaron cuerpo real con demoliciones, cemento y ladrillos, pero perduraron afirmando la conveniencia de dar a este recinto la fisonomía sobria impuesta por su tradición centenaria.
1953. El propósito de ubicar el actual edificio sede del Banco de la República en la plaza de Santander fue motivo de vivas controversias sustentadas con tres proyectos que presentaban la total remodelación de la plaza con la ubicación del Banco en
1959. La remodelación de la plaza de Santander en el aspecto que presenta actualmente se confirió a los arquitectos Esguerra Sáenz, Urdaneta, Samper conforme a los planos del socio de esa firma, arquitecto Alvaro Sáenz.
El proyecto contempló conservar los‘árboles que quedaban; la ejecución del enlosado del piso, la ejecución de las escalinatas de acceso, el diseño y la dotación mecánica de la fuente ornamental y el diseño y ejecución del pedestal en que actualmente reposa la estatua del General Santander. Estos trabajos fueron costeados por el Municipio a excepción de la fuente ornamental que fue financiada en su costo y sostenimiento en 1966 por el Banco Central Hipotecario.
1960. En el mes de junio de ese año el Director del Departamento Administrativo de Planificación Distrital, solicito del Consejo de Gobierno Distrital su autorización para adelantar un programa de obras públicas, como contribución a los festejos sesquicentenarios de la Independencia, que debían cumplirse el 20 de julio de 1960. El plan se preparó tomando como obras básicas la remodelación de la plaza de Bolívar y la restauración de la Casa del Florero. Se decidió que éstas fueran motivo de un concurso público, conforme a los reglamentos de
viernes 19 de enero de 2007
Sucesos Historicos - Siglo XX -
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lunes 15 de enero de 2007
Sucesos Historicos - Siglo XIX -
1810. Viernes 20 de julio día de mercado. En esta fecha se acrisolaron los sentimientos patrióticos que venían gestándose con miras a obtener la independencia del yugo español. A eso de las once y media de la mañana ocurrió el incidente histórico que tuvo como protagonistas a don Francisco Morales y su hijo Antonio contra el comerciante español José González Llorente y motivado por las expresiones denigrantes que éste acababa de proferir contra los americanos. A esa hora bullían en pleno las actividades del mercado. Los que allí asistían se exasperaron al enterarse del desplante soez del español. De inmediato grupos exaltados se precipitaron hacia la tienda de González, inmediata a la plaza por encontrarse en la planta baja en la hoy conocida Casa del Florero, y con gritos y amenazas expresaron su indignación! «Se juntó tanto pueblo escribió Acevedo y Gómez que si González no se refugia en casa de Marroquín, lo matan». No caben en esta reseña los sucesos relacionados con el encarcelamiento de González Llorente, ni los referentes a las gestiones adelantadas ante el Virrey Amar porque el tema de esta nota es
Al promediar la tarde de ese día apenas quedaban indicios del mercado en
«A las seis y media de la noche hizo el pueblo tocar a fuego en la catedral y en todas las iglesias para llamar de todos los puntos de la ciudad el que faltaba. La noche se acercaba, y los ánimos parecía que tomaban nuevo valor con las tinieblas. Olas de pueblo armado refluían de todas partes a la plaza principal; todos se agolpaban al palacio, y no se oye otra voz que Cabildo Abierto, junta».
El pueblo se trasladó luego en masa a las casas consistoriales; reunió a los Alcaldes y Regidores, entraron los vecinos y se comenzó, a pesar del Virrey, un Cabildo Abierto.
«En fin, después de las agitaciones más acaloradas, después de las inquietudes más vivas, después de una noche de sustos, de temores y de horror, quedó instalada
En los días que siguieron al memorable 20 de julio y a distintas horas, continuó
Julio 21: Al medio dia colmó el pueblo tumultuariamente la plaza, los balcones lucían colgaduras vistosas y ramos de flores. Los hombres destacaban en sus sombreros
Julio 22: Bien entrada la noche se encontraba la plaza prácticamente vacía. De repente corrió el rumor según el cual 300 negros armados se acercaban a la capital en actitud agresiva. Súbitamente cundió el pánico. Las campanas de las iglesias delataron el peligro. Y sin más, hombres y mujeres acudieron a la plaza en plan de defender con su vida los logros recientemente adquiridos. «Traición, nos han vendido, a las armas», eran los gritos conjuntos. Poco después, al indagar la noticia, se supo que quienes se acercaban a la capital «eran gentes de los pueblos vecinos que entraban en auxilio de la patria». A las doce de la noche reinó de nuevo el sosiego y el suceso se recordó como «La noche de los negros».
Julio 23: Desde muy temprano se reunió el pueblo en
Julio 24: Nuevamente el pueblo se adueñó de la plaza para recibir fraternalmente a los 500 hombres procedentes de Choachí, Fómeque y Ubaque, que, con los respectivos curas y alcaldes, llegaron a recibir órdenes de
Julio 25: Los ánimos de los santafereños amanecieron calmados pero de un momento a otro cundió el pánico al saberse que en el palacio virreinal se encontraban milicias fuertemente armadas y dispuestas a tomar represalias. Don José María Caballero consignó en su Diario: «Los señores de la junta se reúnen; la catedral toca a fuego; todos dejan sus casas y tareas y vuelan a la plaza a salvar la patria. ¡Cosa admirable! En cosa de media hora se juntaron en la plaza sobre 3.000 hombres. Los que acudieron a la artillería pidieron que se sacasen cañones a la plaza, a todos se les dieron sables, machetes y fusiles; sacaron seis pedreros; cuatro los pusieron frente al palacio; dos de grueso calibre en las esquinas con los otros dos pedreros todos cargados con bala y metralla. Más de 25 hombres armados guardaban cada cañón». . . En precaución ante posibles sucesos sangrientos, dada la ira desafiante del pueblo, decidió la junta intimar prisión al exvirrey Amar y a su mujer
Agosto 13: De días atrás se venía sospechando que el batallón auxiliar tenia el plan de liberar a los exvirreyes, Ese rumor apremiado con el proyecto de conducir a Cartagena a tan destacados personajes incitó la formación de tumultos alborotadores en
1811. La fiesta de El Corpus que usualmente tenía como escenario
1813. Enero 9. En aquel tiempo imperaba la pugnacidad política entre la Cámara legislativa de tendencia federalista y el presidente de
Con este insuceso se malogró un sistema de gobierno más acorde con la tradicional configuración político administrativa que el mandato español había implantado y sostenido atendiendo las características geográficas y raciales de las distintas provincias que formaban el virreinato.
1813. Con la derrota de las tropas federalistas, suceso que tuvo lugar en enero de ese año, se consolidó el régimen centralista encabezado por el presidente Antonio Nariño. En consecuencia surgieron anhelos de paz y Nariño quiso que una alegoría o emblema interpretara esa transformación de los espíritus. La economía del país era precaria y peor aun la de
1816. En la plaza de San Victorino se instaló el patíbulo donde, por orden del pacificador español Pablo Morillo, se arcabuceó a hombres ilustres, Allí, el 6 de junio de ese año fue sacrificado el prócer santafereño Don Antonio Villavicencio. Al acto asistieron vistosamente ataviadas las tropas y caballerías españolas acompañadas de sus tambores y bandas de guerra.
El 25 de octubre siguiente se avivó una hoguera en el centro de esa plaza donde con gran aparato marcial los inquisidores españoles hicieron quemar una carretada de manuscritos, retratos, gacetas, boletines y otras hojas impresas que no escaparon a las requisas domiciliarias.
1816. Entre los arreglos importantes adelantados en
1816. Octubre 5. En esta fecha luctuosa fueron conducidos a la plaza mayor el doctor Camilo Torres «Verbo de la Revolución», Manuel Rodríguez Torices, José María Dávila, patriotas insignes, y el Conde de Casa Valencia Pedro Felipe Valencia, grande de España, que había tomado la causa patriótica. Los dos primeros condenados a morir ahorcados, pero por no haber verdugo cayeron todos arcabuceados; los cadáveres de Torres y Rodríguez fueron luego colgados de las horcas y en las horas de la tarde ferozmente decapitados; sus cabezas se exhibieron en jaulas por varios días en sitios públicos.
1816. Octubre 29. En la plaza de San Francisco fue sacrificado el científico y hombre de letras Francisco José de Caldas; el Sabio Caldas como se le conoce históricamente. Con su muerte quedaron inconclusos los estudios de ciencias matemáticas y naturales de inestimable valor que venía adelantando.
Henao y Arrubla al comentar ese crimen incluye la siguiente frase del humanista español don Marcelino Menéndez y Pelayo relativa a Caldas: «Víctima nunca bastante deplorada de la ignorante ferocidad de un soldado, a quien en mala hora confió España la delicada empresa de la pacificación de sus provincias ultramarinas». Ese soldado se llamó Pablo Morillo, el Pacificador.
1817. Noviembre 14. Al cadalso levantado en la plaza mayor fue conducida y ajusticiada
La espectacularidad dada al consejo de guerra que expidió tan infame sentencia y la personalidad y entereza de esta muchacha atrajeron a la plaza una nutrida y apesadumbrada concurrencia.
1819. Septiembre 18. Poco después del 7 de agosto de este año, día de la victoria de los patriotas sobre el ejército español en el puente de Boyacá, se aprestaba Bolívar para salir de Santafé. Las autoridades civiles, militares y eclesiásticas y las clases sociales más prestantes acordaron una demostración pública en honor de los Libertadores de
Esta fiesta patriótica figura como el evento más fastuoso entre los que adoptaron como teatro el ámbito de
1820. Febrero 13. En esta fecha se festejó en
1827. El terremoto que en ese año hizo estragos en Bogotá destruyó totalmente el templo de San Victorino. Este suceso rebajó naturalmente la categoría de
1834. La fiesta más animada, alegre y concurrida en aquel tiempo fue la de los toros, o capeas en la plaza Mayor. Este regocijo tenía lugar generalmente como acto final de ciertas fiestas cívicas o religiosas. Para la corrida se improvisaban graderías destinadas al gran público y palcos o tablados para los altos funcionarios y familias prestantes.
Posteriormente se celebraron con mayor aparato las fiestas patrias, especialmente la del 20 de julio. Entre festejos figuraban las corridas de toros en la plaza de Bolívar. El 1 de Julio empezaban los constructores de tablados y toldos la tarea de acarrear la madera necesaria para las obras proyectadas, y desde entonces tomaba la plaza el aspecto de una gran feria en que se veían llegar de todas partes enormes carretadas de madera en diversas formas y clases.
Al fin llegaba el impacientemente esperado día 19, en que debían empezar las tan apetecidas fiestas con fuegos artificiales de ordenanza. Desde mediodía estaban terminados los trabajos de construcción de las tres filas de palcos, coronados de gallardetes tricolores que, agitados por el viento, daban a la plaza aspecto risueño y alegre; cada localidad la adornaba el respectivo locatario con colchas de damasco del color que a bien tenía; entre las barreras y los tablados se dejaba un andén para que transitaran por él los que no querían entrar a la arena; debajo de los palcos se instalaban las cantinas, presididas por antiguas veteranas hijas de la alegría, que después de crudas campañas del oficio se contentaban con ver los toros desde la barrera, ya que no podían hacer parte del ejército activo, por aquella razón de que la cruda mano del tiempo todo lo desbarata.
A las siete de la noche estaban encendidos los faroles de diversos colores colocados en los palcos y restaurantes; el centro de la plaza se veía iluminado con luces de Bengala, y doquiera reinaba la mayor animación. Los muchachos de la ciudad tomaban puesto en las barreras; en donde metían tanta bulla como los pericos en tierra caliente cuando van de tránsito a saquear la apetecida roza de maíz; y de todas partes llegaban enjambres de gentes ansiosas de tomar buen puesto. Las madres del pueblo llevaban a las muchachas entramonjadas y en el centro de la familia, a fin de preservarlas de los cachacos atrevidos, o de que se les perdieran entre aquella vorágine. Los tenorios pasaban revista a todos los grupos que ofrecían probabilidades de aventura amorosa, y si llegaban a pescar en aquel río revuelto, se perdian en uno de tantos toldos preparados al efecto.
De repente se elevaba con estruendo un gran cohetón, que iluminaba el cielo con multitud de luces de colores brillantes; la gritería de veinte mil almas y los agudísimos silbidos de los muchachos contestaban, llenos de alborozo, ese anuncio de que empezaban los juegos. Las bandas de música del ejército alternaban tocando bambucos, pasillos y otros aires nacionales; la función pirotécnica duraba hasta las nueve de la noche, y en ese intervalo se quemaban idas y venidas, triquitraques, bombardas, buscaniguas o ruedas encendidas, que se lanzaban sobre la apiñada multitud que, para no quemarse, remolinaba en todas direcciones, estropeándose y gritando. Luego seguían los castillos, que figuraban fuentes, estrellas, abanicos y otras alegorias; pero siempre terminaban con el castillo grande en la Fuente de San Mateo, que, al reventar el último gran trueno, dejaba ver a Ricaurte dando fuego al parque. Seguían los globos de vistosos colores, que se atacaban con cohetes, y si llegaba el caso de atravesarlos, estallaba estrepitosa salva de aplausos y risas.
El 21 de julio empezaban las verdaderas fiestas con las bulliciosas corridas de toros, que era la meta perseguida por los que estaban ansiosos de divertirse. Desde las once de la mañana empezaban a llegar a la plaza grupos de señoritas vestidas de amazonas, seguídas de jóvenes montados en magníficos caballos. A la una se traían los toros en medio de un diluvio de jinetes de todos los tipos imaginables, precedidos de la gente de a pie que acudía ansiosa de tomar puesto en la barrera, sobre la cual se hallaban de antemano establecidos los muchachos de la ciudad.
Los tablados se veían atestados de espectadores, que dejaban traslucir el estado de excitación nerviosa que los dominaba por la realización de la pesadilla de las fiestas; el pueblo llenaba el cercado para poder recoger algo del dinero que regaban los de a caballo, lo mismo que del pan, pedazos de carne asada y chicha con que los alféreces los obsequiaban, pues durante los nueve días de toros era lo único con que contaban para alimentarse.
La llegada de los toros a la plaza daba idea de la confusión y algazara que debieron de tener lugar en la toma de Babilonia o en el saco de Roma; todos gritaban: ¡El Toro! La expansión, silbidos y gritería de los muchachos no tenía límites; de todas partes se lanzaban millares de cohetes, que reventaban sobre aquella compacta muchedumbre, quemando a muchos y apagando uno que otro ojo; los de a caballo corrían en distintas direcciones para salvarse de los toros, que recorrían atolondrados la arena y se resistían a entrar al toril; los de a pie formaban remolinos inextricables para defenderse de los toros, de los caballos y de los cohetes; pero lo natural era que se produjeran conflictos entre unos y otros, por las direcciones encontradas que tomaban de repente y que se resolvían en atropellos formidables, jinetes caídos y numerosos accidentes desgraciados, sin provecho de nadie y mal de muchos.
1842. Atrás. quedaron anotadas las obras adelantadas bajo el gobierno español en el atrio de la Cátedral que entonces abarcaba la mitad de la cuadra, es decir hasta comprender el frente de la capilla de El Sagrario. En ese estado subsistió el altozano hasta el año de 1842 en que por iniciativa del gobernador de la provincia de Bogotá y por suscripción popular se prolongó y enlosó el atrio y sus graderías a todo lo largo del costado oriental de la plaza.
Sobre el atrio escribió en 1853 el Ministro del Brasil en Colombia Conselheiro Lisboa: ”La plaza de la Catedral en Bogotá es una de las más bellas entre las que conozco en
1845. Una tarde de ese año tuvo la plaza de San Victorino una nutrida concurrencia. Motivó la atracción del gentío la novedosa ascensión en globo protagonizada por el aeronauta argentino Antonio José Flórez; Esta era su segunda proeza en Bogotá porque pocos días antes había demostrado sus habilidades en un globo de fabricación local lanzado al aire desde el patio del Colegio de Nuestra Señora del Rosario y que fue a caer después de un recorrido caprichoso sobre el hospital de San Juan de Dios. El ámbito espacioso de la plaza de San Victorino fue más propicio a la teatralidad del espectáculo. Los asistentes, a prudente distancia, vieron inflar el globo con humo caliente producido por la combustión de leña y tamo. En momento propicio Flórez subió a la canastilla y el globo, una vez liberado de los veinte hombres que lo sujetaban, se elevó. En vivas y aplausos prorrumpió
1846. Para destacar el monumento erigido a Bolívar y magnificar su plaza se decidió repartir el mercado público de ésta entre las plazas de San Francisco y San Victorino. Nada fácil fue desarraigar a los muy renuentes vendedores que allí venían de tiempo atrás ejerciendo su negocio.
Permaneció el mercado en la plaza de San Francisco con su alborotado trajín diario, y con mayor abundancia y gentío los jueves y viernes hasta la apertura en 1864 del mercado cubierto de
1846. Fué menester de la generosidad de don José Ignacio París para que la plaza luciera con la estatua del héroe, de quien toma su nombre actual: Plaza de Bolívar. No por falta de sensibilidad patriótica y cívica del Estado surgió esta iniciativa, sino porque la escasez presupuestal de entonces, cargada de deudas externas e internas y de gastos imprescindibles e inaplazables, contrariaba otros dispendios. El señor Paris, con miras a rendir un homenaje a quien había profesado leal amistad y grande admiración, encargó al escultor italiano Pietro Tenerani la estatua del Libertador. Estaba destinada esta obra maestra, la mejor en estatuaria que posee Bogotá, a adornar el patio de la quinta de Bolívar. Pero una vez la estatua en la capital decidió el señor París ofrecerla al Congreso, que en aquel momento estaba reunido. La carta portadora de la oferta concluye así: «Colocado por
El Congreso con gentiles frases de agradecimiento dio respuesta inmediata y luego, el 12 de mayo de 1846, expidió la ley de la que se transcribe:
«Artículo 1. El Congreso acepta con alto aprecio la estatua del Libertador Simon Bolívar que le ha presentado José Ignacio Paris.
Artículo 2. La estatua del Libertador se colocará en
En cumplimiento del mandato legal se levantó el pedestal, obra del mismo escultor, en la plaza de La Constitución y para la necesaria protección ante posibles irreverencias se dispuso, en su alrededor, un pequeño enrejado. El 20 de julio del mismo año de 1846 se inauguró el monumento. El General Mosquera, presidente de la república en aquel tiempo, asistió acompañado de sus Ministros, de los altos funcionarios del gobierno, de dignidades eclesiásticas de muy prestantes ciudadanos, Se dio al acto especial pompa civil y suntuosidad militar.
En esa fecha la histórica plaza de Bogotá se llamó por decisión popular Plaza de Bolívar.
1847. Por Acuerdo expedido por el Concejo Municipal el 20 de julio de 1847 se ratificó el nombre por el cual
1850. El Congreso de Nueva Granada con el propósito de rendir homenaje al General Francisco de Paula Santander, el Hombre de las Leyes, digno de reconocimiento nacional por sus servicios a la patria, dispuso erigirle un monumento en la plaza de San Francisco. Con tal propósito expidió el 8 de mayo de 1850, el correspondiente Decreto Legislativo.
1851.
1878. Mayo 6. En esta fecha se inauguro solemnemente la estatua del General Francisco de Paula Santander en la plaza consagrada a venerar su memoria. Este monumento ordenado en 1850 por el Congreso de
La inauguración de esta estatua promovió varios arreglos tendientes a exaltar el lugar, entre esos: el contrato conferido al escultor italiano Mario Lombardi relacionado con la construcción de la calzada y andenes en el costado oriental de la plaza y la instalación de las verjas y puertas de hierro forjado pedidas a Europa y destinadas a la protección de la plaza; incluía el contrato los zócalos y las pilastras en piedra. Vale anotar que una parte de la verja se forjó en Bogotá conforme al modelo importado, trabajo que fue necesario para suplir el error en las medidas de la plaza al hacer el pedido.
1880. En el mes de febrero se iniciaron, bajo la dirección del contratista Casiano Salcedo, los jardines y arborización de la Plaza de Santander. En el mismo mes la Compañía de Alumbrado se obligó por contrato a poner el gas en los 48 faroles, en las pilastras de la verja y en las 12 que rodean
1881. El monumento del Libertador, genialmente concebido con altura proporcionada al recinto enclaustrado de
Con esta obra perdió la plaza su función excelsa de centro de reuniones colectivas, que le era propia por tradición centenaria y, de contera, se le dio el nombre de parque de Bolívar, En realidad dejó de ser plaza y en términos estrictos no fue parque. No obstante, aquella composición refleja, en las fotografías que se conservan, un encomiable grado de civilidad expresada en el arreglo de un jardín un tanto entremezclado, a imagen del gusto de entonces, pero pulcramente presentado.
Una turba fanatizada arruinó el todo, jardín y verja, al precipitarse tumultuariamente con motivo de la recepción, en 1919, de la imagen de la Virgen de Chiquinquirá.
1882. Por aquel tiempo el atrio de la Catedral, mejor conocido como Altozano, se había convertido desde el advenimiento de la República como lugar propio para pasear o como palco para observar los acontecimientos de la plaza, y sin estorbos porque para el mercado, por ejemplo, esta área estaba vedada. Esos pasatiempos se hicieron costumbre a ciertas horas del día. Y por la destacada categoría intelectual de quienes se habituaron a dialogar allí se puede afirmar, que fue, en términos estrictos, el ágora de
Fue en esa epoca cuando Don Miguel Cané siendo testigo y más propiamente brillante copartícipe en los temas que allí se departían se inspiró en la diversa erudición expresada en ese dialogar, para exaltar a Bogotá con el calificativo de Atenas Suramericana.
1887. Sobre la demolición, en este año, del último Humilladero que yacía en la Plaza de Santander se sabe que en fecha del 20 de abril de ese año dirigió la Cámara de Representantes un oficio al gobernador del Estado de Cundinamarca pidiéndole hiciera demoler el pequeño edificio, sin mérito arquitectónico, ni histórico, que con el nombre de capilla del Humilladero afeaba la plaza de San Francisco. En respuesta expresó el gobernador Don Dámaso Zapata que la decisión de démoler ese edificio estaba tomada para emplear los materiales en algún edificio público. Así se consumó tan lamentable disparate. Hay que resaltar que el rasgo más perenne de esta plaza tomó su origen en esa ermita o primer oratorio en Santafé. Comenzó como templo accesorio. Fue luego portal inpregnado de ambiente rural, donde el viajero detenía el paso para santiguarse antes o después de sus jornadas. Y de tan humildes cometidos pasó a puntal de un escenario de arquitectura religiosa en la que, no obstante las huellas del tiempo y de la mano del hombre, subsiste con aspiraciones de perpetuidad.
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Luis Trejos
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martes 9 de enero de 2007
Sucesos Historicos - Siglo XVIII -
1781. Agosto 4. En este día se colmó la plaza de San Victorino con el gentío que acudió a ver la llegada del regimiento El Fijo, que procedente de Cartagena vino a reforzar las escasas tropas acantonadas entonces en Santafé. La recepción se oficializó calurosamente con la asistencia de la Audiencia, el Cabildo, los altos funcionarios reales y las representaciones eclesiásticas. El muy engalanado regimiento, instalado transitoriamente a la entrada de la plaza, entretuvo a la concurrencia con vistosa revista militar.
1782. El 1 de febrero en
Don José María Caballero, testigo presencial, escribe: «En ese día arcabucearon a Galán y a sus tres compañeros, Molina, Alcantuz y Ortiz y sacaron a la vergüenza a 17 de los que los seguían y después los pusieron en un tablado para que vieran ejecutar
1784. Nada frecuentes fueron en la época colonial, los desfiles militares, cuyas bandas, uniformes y aparato marcial tanto atraen a grandes y chicos. La verdad fue que las guarniciones acantonadas en Santafé no tuvieron la importancia que fue preciso acordarles ante los primeros conatos revolucionarios. Las crónicas mencionan como gran novedad el 20 de enero de 1784, día en que todo el pueblo de la capital presencio la entrada a
Todo era sencillo y fácil en los Siglos pasados. Los santafereños y aún los Bogotános en sus primeras décadas se conformaban con muy pocas amenidades y éstas, año tras año, siempre eran las mismas. Unos y otros adecuaron su vivir a un pasar sosegado, íntimo, hogareño, La rutina diaria la irrumpía el mercado en
Habitualmente una minoría, entre los asistentes, instalada en el atrio o en los balcones vecinos, se recreaba ante la representación conjunta de esta escena multitudinaria.
También se prestaba esta amplia sala o «cour d’honneur» para representaciones civiles, religiosas y marciales. En esas ocasiones se atestaba de espectadores. Entre las fiestas más atractivas se contaban: El vistoso desfile y suntuosas fiestas organizadas a costa del Alférez Real, en las fechas en que se proclamaba un nuevo rey. La recepción del sello real, con la firma del monarca reinante, que al estamparla confería respaldo regio a los acuerdos de la real audiencia.
Se instituyó este evento el 7 de abril de 1550, al recibir el primer sello «con toda fiesta y regocijo y también como se pudiera hacer en un pueblo muy principal de Castilla», tal fue en su fecha, la constancia de los oidores. Y del último de estos acontecimientos el 27 de marzo de 1817, dejó el cronista J.M. Caballero los siguientes datos: «Al desfile concurrieron todos los grandes a caballo en ricos jaeces, todos los procuradores, receptores, porteros, escribanos, alcaldes, regidores y numerosos acompañantes. El sello iba en una salvilla de plata encima de un caballo provisto de riquisimo jaez; dos oidores a pie conducían el caballo por las riendas que eran de seda, plata y oro», El cortejo se detuvo en
Comitivas igualmente espléndidas se organizaban a la llegada de virreyes, arzobispos o personajes prestantes, algunas con gran aparato y agasajos diversos en los que participaban, en su turno, todas las clases sociales de
Las fechas del Corpus y de Semana Santa se celebraban en el ámbito de calles y plazas con gran solemnidad y nutrida concurrencia, por que nada fue más atractivo a la feligresia santafereña que la teatralidad de las procesiones. Estas pompas aflojaban su rigidez en los días consagrados a San Juan, San Pedro y San Eloy, fiestas éstas más profanas y populares que religiosas.
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Etiquetas: Historia, Siglo XVIII
sábado 6 de enero de 2007
La colonia en el Siglo XVII
En el siglo XVII, España, tocada ya por la corriente del Renacimiento pero conservando un gran caudal de tradiciones medievales, tenía poco tiempo de haber surgido como nación unificada y empezaba, con su expansión en Europa y con el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, a convertirse en una gran potencia.
Su posición de baluarte de
Durante
La prosperidad así ganada, sumada a la riqueza personal de muchos de los sacerdotes y religiosas que ingresaban a las comunidades, hizo de los edificios religiosos lugares de bienestar y comodidad, no exentos de lujos mundanos. La iniciativa de estas fundaciones no partía, sin embargo, de las órdenes religiosas, sino de algunos miembros de la sociedad con suficientes rentas como para perpetuar los conventos a través de los siglos. Los fieles devotos se encargan, pues, de enriquecer el patrimonio artístico y religioso de los numerosos conventos e iglesias; surgen talleres encabezados por artistas notables o familias enteras de ellos, como los Figueroas, los Acero de
Los numerosos conventos femeninos se enriquecieron, además, con las dotes en dinero, altares, cuadros, retablos y alhajas con los que los protectores de las religiosas honraban a
Posteriormente, el convento y la iglesia se fueron enriqueciendo con numerosas donaciones de devotos y familiares de las religiosas. Igualmente, a comienzos del siglo XVII, doña Elvira Padilla, dama adinerada y dos veces viuda, fundó el monasterio de San José de las Madres Carmelitas Descalzas, con sólo cuatro religiosas, entre ellas dos de sus hijas. Otro grupo de personajes tomó la iniciativa de fundar un convento para las hijas y nietas de los conquistadores y construyó el claustro y la iglesia de Nuestra Señora de
La Iglesia ejerce también un dominio absoluto en el campo de la educación. Todos los centros de enseñanza de
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Al finalizar el primer tercio del siglo XVII, empiezan a formarse en Santafé grupos de intelectuales que desenvuelven manifestaciones culturales propias. Están integrados por cronistas, poetas, humanistas y también por los primeros pintores, todos ellos formados en los colegios y universidades recientemente fundados (San Bartolomé, Santo Tomás y Nuestra Señora del Rosario, entre otros).
En 1620, según fray Pedro Simón, la ciudad contaba con unos tres mil vecinos. Hacia 1666, Lucas Fernández de Piedrahíta anota: "Los vecinos españoles que la habitan son más de 3.000 al presente, y hasta 10.000 indios poblados los más en lo elevado de la ciudad que llaman Puebloviejo y en otro que' tiene al norte y llaman Pueblonuevo". Por vecinos se entendía entonces a los españoles con solar y casa propios, así los solteros mayores de edad, como los jefes de hogar con sus familias. No se incluía en estos censos a los indígenas del servicio doméstico, a las mujeres ni a los niños.
La ciudad ha adquirido ya los rasgos esenciales que la caracterizarán y que se conservarán invariables durante dos siglos. Los cambios han sido lentos pero profundos. A pesar de ser una época de crisis ocasionada por el descenso de la población indígena y por la decadencia económica, el sistema colonial se estabiliza. Santafé se ha convertido ya en el principal centro no sólo administrativo sino cultural del Nuevo Reino y, a pesar de su escasa población, es escenario de una considerable actividad literaria y artística, superando ya definitivamente a Tunja.
Predominan los prejuicios sociales, y la discriminación entre los grupos es muy marcada. Una gran distancia separa a las clases populares, sumidas en la miseria, de la minoría blanca, constituida por los españoles y criollos, y a éstos entre sí.
Al rudo conquistador le han sucedido el refinado criollo y los peninsulares llegados para "hacer
En el acceso a la educación opera también la discriminación social y racial. Sólo tienen acceso a los colegios y universidades los que puedan probar la "limpieza de sangre" y que ni el estudiante ni sus padres han desempeñado oficios bajos. Las únicas profesiones existentes para "los limpios" son la jurisprudencia y la carrera eclesiástica. Quienes no poseen encomiendas o haciendas o no pueden aspirar a alguno de los escasos cargos burocráticos, ingresan a la vida eclesiástica. Debieron ser numerosos los criollos que por tal motivo se refugiaron en los conventos. Sabemos, por ejemplo, que en la familia de los Figueroas cincos hijos de Baltasar El Viejo y dos de los hijos de Gaspar fueron eclesiásticos; de los seis hijos del oidor Pedro Fernández de Valenzuela, cinco fueron religiosos, y en la familia de Domínguez Camargo, escritor de la época, cuatro de los cinco hijos se dedicaron a la vida conventual.
La distribución de la ciudad obedece también a la marcada división social. La corona, como dueña absoluta de los territorios descubiertos, tuvo en la tierra el más inmediato y codiciado recurso económico, para recompensar las faenas de los colonizadores, y su reparto contribuyó a acentuar la discriminación.
En la adjudicación de los solares en Santafé se tomaron en cuenta, para conceder favores, la topografía, la cercanía de la iglesia, la vecindad a la plaza y las distancias de las fuentes de agua y leña. Los pobladores más codiciosos apoyados en este imperio, se las arreglaban para ocupar las zonas más susceptibles a la valorización; las restantes quedaban para los subordinados.
Santafé, como las demás ciudades coloniales, tuvo como centro la plaza mayor. Alrededor de ella se situaron los edificios administrativos y judiciales;
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La otra vía de comunicación con que contaba la capital era el llamado Camino a Tunja, vía central durante el descubrímiento y la colonización. Partía de Santafé con dirección a; las salinas de Zipaquirá y Nemocón, pasaba por Tunja, Sogamoso, Vélez, Pamplona, y contaba con derivaciones hacia los pueblos entregados en encomienda a los conquistadores.
El diseño de la ciudad estuvo condicionado en gran parte por la naturaleza. Así, limitaba por el norte con el río Vicachá o San Francisco y por el sur con el río San Agustín o Manzanares; al oriente con la actual carrera 5a., o sea a la altura en que la falda del cerro acentuaba su pendiente. La actual carrera 10a. fue el lindero occidental de la fundación; allí el terreno presentaba un barranco o quiebre profundo, formado por la acción de las crecientes impetuosas del río San Francisco, que al llegar a terreno plano se explayaban causando erosiones.
Los barrios tomaron el nombre de la iglesia o parroquia a la que pertenecían. A partir de 1598, la ciudad quedó dividida en tres parroquias y, para la administración civil, en cuatro barrios: Santa Bárbara al sur,
Bogotá fue sobre todo una ciudad de iglesias. Se dice que a los viajeros que la visitaron hasta muy avanzado el siglo XIX les sorprendió siempre la cantidad de iglesias y el tamaño de los conventos de la ciudad, comparados con el resto de las edificaciones y con el reducido vecindario.
La vida cotidiana trascurría entonces en torno a la religión. Los solemnes servicios y las procesiones con motivo de celebraciones civiles o eclesiásticas, eran casi los únicos acontecimientos que alteraban la monotonía de la ciudad. A fines del siglo XVII, la capital poseía unas veinte iglesias, sin contar las doscientas capillas y oratorios en casas particulares, mencionadas por Fiórez de Ocariz en 1676, ni los numerosos santuarios construidos con aportes de la feligresía.
Algunos se conservan todavía, otros fueron destruidos, sólo nos queda imaginar cómo fueron y en qué medida marcaron el carácter de la ciudad.
1623. Alinderamiento y tenencia del área correspondiente a la plaza de San Francisco según los datos siguientes: En fecha anterior al mandato expedido en 1572 por Venero de Leiva había asignado el Cabildo a Cristóbal de San Miguel, «un pedazo de tierra contiguo y por encima del puente del río San Francisco que comprende la plazuela de San Francisco». Se quiso expresar que el puente estaba incorporado a la plazuela para el servicio de la misma; los interesados en la ampliación del solar sostuvieron que el giro «que comprende la plazuela» se aplicaba al solar, es decir que la plazuela estaba comprendida como “pedazo de tierra”, Tras una serie de traspasos por herencias, ventas y donaciones vino a quedar todo el predio en manos de los franciscanos quienes atenidos a la interpretación favorable a sus intereses sostuvieron el derecho de legítimos dueños de la tierra «que comprende la plazuela», derecho que les fue acordado sin tener en cuenta el mandato de Venero de Leiva. Y para ratificar el dominio «pidieron al superior gobierno de este Reino el que se midiere y alinderare la memorada tierra y de ella se formase un cuadro a modo de plazuela». El 3 de noviembre de 1623 dos maestros alarifes ejecutaron oficialmente la petición. De este modo, en fecha tardía, tomó forma geométrica el piso de esta plazuela, que por su origen es la más antigua de Bogotá. Los padres franciscanos cancelaron por escritura pública, fechada el 31 de octubre de 1760, el supuesto derecho de propiedad sobre esta área tan vinculada a la historia urbana de
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Luis Trejos
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Etiquetas: Historia, La Colonia, Siglo XVII
jueves 4 de enero de 2007
Sucesos Historicos - Siglo XVI -
1539. En este año, poco tiempo después de fundada Santafé, el Cabildo en corporación instaló el rollo en el centro de la plaza recién demarcada. El rollo o cuchillo, horca o picota, era una columna de madera o piedra, generalmente el tronco de un árbol que se hincaba en el centro de la plaza de toda la ciudad en el momento de
Rodríguez Freire en su obra El Carnero incluye capítulos enteros dedicados a la crónica roja, como se dice en nuestros días, y a episodios en los que el rollo fue testigo. Allí se azotaba a los indios por las menores desobediencias o por el hurto de bienes menores. Allí se ajusticiaba, ahorcando, decapitando o arcabuceando a los reos convictos de faltas mayores. Ordóñez de Ceballos en Viaje al Mundo (1585), refiere que el oidor Pérez de Salazar fue especialmente severo: «Acaeció ahorcar dos hombres, tres negros y un indio; azotaba allí todos los días de mercado, desorejó y desnarigó dos mil personas».
Hacia ese año se instaló una fuente o pila pública, en el lugar que ocupaba el rollo, en el centro de
1542, El Humilladero con el privilegio de primer templo transformó la vega agreste que lo circundaba en obligado centro de reuniones. Esta particularidad y aliciente del lugar como estación de entradas y salidas del camino a Tunja, incitaron a los naturales a instalarse allí con sus frutos y bastimentos. Esta iniciativa, inspiró la formación del primer mercado publicó; surgió así la plaza de mercado llamada también de
Debió ser una empresa pausada la organización y desarrollo del mercado público en la capital recién fundada. No porque los naturales desconocieran las modalidades, habituados como estaban a concurrir cada cuatro días al mercado público de Bacatá, la capital de Zipazgo. Pero mediaba, como es natural, la adaptación mutua de indios y españoles a sus respectivos gustos, usos y costumbres. El aporte de los naturales se presentaba en la selección de sus cosechas: variedades del maíz, papa, cubios, hibias, arracacha, maní, calabazas y algunas frutas y hierbas aromáticas de las tierras frías y templadas. Para comodidad de los recién llegados, acudían con vasijas y utensilios de menaje, y mantas de algodón para confeccionar vestidos. Las transacciones se regulaban con «tejuelo», moneda de oro que, caso único en la Historia, impuso el pueblo vencido a los vencedores españoles.
En la fecha ya abundaban los aportes de España. Se sabe que Jerónimo Lebrón introdujo en 1541, con grandes trabajos y pérdidas cuantiosas, las primeras semillas de trigo, cebada, garbanzos, fríjoles, habas, arvejas, cebollas, repollos y frutales diversos, que aquí fructificaron. Paulatinamente, para curiosidad de los indios y deleite de la población, estas variedades fueron anunciando su presencia en el mercado. De tales novedades se valio Jerónimo de Aguayo para sembrar y recoger, al año siguiente, la primera cosecha de trigo con cuyos granos
La carne no faltaba. Las trescientas cerdas «todas preñadas» que desde Popayán trajo Belalcázar se habían multiplicado. En atención a este hecho autorizó el Cabildo, por Acuerdo de noviembre 18 de
1542. La plaza que surgió en torno al Humilladero, el camino, la hermita y el mercado público allí fueron determinantes que se asociaron para asignarle categoría cívica a este sector de
Tuvo este proyecto, como tantísimos otros en esta ciudad, el respectivo papeleo y el consiguiente rincón en el archivo de las iniciativas frustradas. Pero hay que resaltar el interés de los cabildantes hacia la exaltación cívica de esta plaza, que en cierto modo prosperaba a espaldas de la traza o plano oficial de Santafé. Enaltecimiento espontáneo pero en detrimento de las funciones que; por derecho de la jerarquía impuesta por el fundador, le correspondían a
Finalmente vino a corresponderle al visitador, juez y delegado personal de la Corona, don Miguel Díaz de Armendáriz, corregir las imprevisiones de los fundadores, con la adquisición de una sede oficial para los representantes de la Corona en Santafé. Al respecto, en carta al rey firmada el 13 de febrero de 1547, escribe: “en nombre de Vuestra Majestad he hecho comprar una casa medio hecha de adobe, y cubrirla con teja y estar en ella, que cuesta mil doscientos castellanos, sin lo que más en ello se gastará, de lo cual Vuestra Majestad tiene muy merecida en esta ciudad”
Es dable suponer que esta casa fue la de los Quesada, Gonzalo y Hernán, por haber sido una de las primeras cubiertas con teja. Ocupaba el solar en que se encontraba el teatro «Lido», en la calle 16, marcados con los números 6 06 y 6 34, respectivamente, de la nomenclatura actual.
1543. La sencilla estructura de el Humilladero, ejecutada con premura por los indios de Guatavita el 6 de agosto de 1538 y levantada con materiales perecederos, no perduró. Tomó la iniciativa de construir un segundo Humilladero, en el mismo lugar del primero, el capitán Juan Muñoz de Collantes. Para su propósito cursó, en el mes de julio de 1543, la petición del terreno ante el adelantado Alonso Luis de Lugo que entonces se encontraba en Santafé. La súplica fue atendida con la cesión de una faja de terreno entre las actuales calle 16 y carreras 6a. y 7a. para que el peticionario, como mayordomo de la cofradía de La Veracruz, levantara allí la ermita que pretendía con amplitud suficiente a las ceremonias de los cofrades. Pero ocurrió que en esos días el capitán Melchor Valdez al levantar unas casas en los solares ocupados hoy por el edificio Avianca, avanzó en cinco pies el alineamiento de su obra sobre
1543 1544. Ningún componente urbano tuvo en el pasado tanto poder de atracción sobre los pobladores como el que es dable asignar a los edificios destinados al Culto. Esa fuerza seductora, ese poder cautivante fincado en la estructura pajiza de El Humilladero son los factores que permiten entender el extraordinario desarrollo habitacional en el contorno de la vega plana bañada por las aguas cristalinas del río Vicachá. Con afán de lucro asomaron allí las primeras transacciones en finca raíz y de contera los consiguientes pleitos. Las actas del Cabildo delatan los nombres de quienes porfiaban en acomodarse en la naciente plaza así fueran como invasores. De los textos respectivos se toman los hechos siguientes: en la sesión del 15 de enero de aquel año consta la notificación a Pedro de Arévalo en la que se pide, como ya se anotó, que justifique el derecho o el título del solar con casa en que vive situado en
1551. Mayo 20. En esta fecha expidió el Cabildo el Acuerdo que mandó demoler la obra que sobre la plaza de mercado adelantaban los padres dominicos para ampliar su improvisado convento. Ocupo éste desde el 28 de julio de ese año la casa a medio construir que su propietario Juan Moscoso les cedió como sede transitoria, situada en la esquina donde actualmente se encuentra el Museo del Oro, Como la casa no fuera suficiente para albergar los 30 frailes, optaron éstos por acomodar sus servicios en el área misma de
Tiene aquel primitivo convento el mérito de primer taller de fundición en Santafé con la fabricación allí de la primera campana que tanó en esta ciudad, fundida por Fray Lope de Acuña.
1553. Por petición de Felipe II expidió Pío IV, el 11 de abril de este año, la bula por la cual se dispuso que el obispo de Santa Marta y el cabildo obispal sentaran su sede en Santafé. Dio cumplimiento al mandato papal fray Juan de Los Barrios,quien en el mismo año llegó a esta ciudad. El obispo y su séquito encontraron que para su desempeño misional la capilla pajiza de
1554.
Muy amplia debió ser en aquel tiempo la extensión de esta plaza para el mercado semanal que tenía lugar los viernes. Hay que anotar que ya abundaban las cosechas de los frutos y frutas venidos de España, que con la variedad de los productos vernáculos suplían las exigencias de las amas de casa. Se surtía el mercado con los artículos ya mencionados que concurrían a la plaza de La Yerba y además con pescados de río, codornices, tórtolas, pollos, chorizos, embuchados y huevos. Para mayor abundancia harinas, miel, azúcar, bocadillos, higos, uvas, melones, cebollas, repollos, y frutas de las tierras templadas y calientes.
1555. La autorización para ocupar las áreas sagradas como cementerio, en las posiciones de España, se encuentra en la cédula real de 18 de julio de 1539, expedida por Carlos V, que dice: «Encargamos a los arzobispos y obispos de nuestras Indias que en su diócesis provean y den orden cómo los vecinos y naturales de ellas pueden enterrar y entierren libremente en las iglesias y, monasterios que quisieren y por bien tuvieren estando benditos, el monasterio o iglesia, y no se les ponga impedimento». Correspondió a Fray Juan de los Barrios dar cumplimiento a la imperial orden. Para el caso tomó el área delantera o atrio de la catedral que él mismo había iniciado hacia 1553, poco después de instalarse como obispo de Santafé. Alonso Garzón de Tahuste lo reseña:‘“de treinta pies medidos desde la puerta principal de dicha iglesia hacia la plaza” (
1557. En este año se dio el nombre de plaza de San Francisco al área que venía ocupando el primer mercado público de Santafé. A la vez el río Vicachá trocó su nombre por el de río San Francisco. Estos cambios en la naciente nomenclatura urbana se debieron a que ese año se instalaron los padres franciscanos en el costado occidental de esa plaza. El capitán Muñoz de Collantes poseía allí desde 1542 un amplísimo solar donde hizo levantar dos casas de tapia cubiertas con tejas provenientes del primer tejar que tuvo Santafé, montado hacia 1543 por Antonio Martínez. Ocuparon estas casas y su solar los padres franciscanos gracias a la donación que recibieron del arzobispo fray Juan de los Barrios, quien las adquirió por compra a Muñoz de Collantes. De inmediato se inició la construcción del convento y de la iglesia de San Francisco que aun permanece.
1564.
1581. El oidor Cortés de Mesa, protagonista de un horrendo crimen, muere decapitado en
En aquel año vivía en la capital desempeñando el honroso cargo de oidor el doctor Andrés Cortés de Mesa y su mujer la muy hermosa Ana de Heredia. En casa del oidor residía su criado Juan de los Ríos, casado con una hermana natural de la Heredia, matrimonio al que Ríos había consentido halagado por las promesas de bienestar en las que había empeñado
Las investigaciones pertinentes delataron a los asesinos y substanciada la causa se condenó al doctor Andrés Cortés de Mesa a ser degollado y a Andrés Escobedo a ser arrastrado atado a las colas de dos caballos y ahorcado en el lugar del crimen.
El día de la ejecución del oidor se colmó la plaza de curiosos que no quitaban los ojos del cadalso levantado entre la picota o rollo y la casa de la Audiencia.
En recuerdo del suceso se fijó una columna de piedra, la cual fue enterrada en 1816, cuando el Pacificador Morillo hizo empedrar
1584. El primer motivo de atracción, a modo de monumento que tuvo la plaza después del rollo o picota, fue la pila o fuente de agua para el servicio público. En realidad los ríos y manantiales que surcaban la ciudad proveían al vecindario de agua fresca y pura. Esto en los primeros años porque el crecimiento demográfico y la mayor extensión urbanizada incrementaron en proporción la necesidad de pilas para comodidad y aseo. Se menciona al licenciado y severo oidor, don Alonso Pérez de Salazar, como promotor del acuerdo aprobado el 15 de julio de 1584, por el cual ordenó el Cabildo hacer en la plaza pública una fuente de agua. Este mandato como tantos otros, fue letra muerta por algún tiempo.
No se sabe si este comisionado, con tan amplia autorización y sin los medios económicos para financiar la gestión, cumplió con el encargo. No hay noticias sobre la fecha de inauguración de esta fuente, seguramente se instaló en el centro, lugar ocupado hasta entonces por el rollo, y allí permaneció largos años. Esa pila debió ser pequeña, de poca altura, sin gracia ni comodidades, La afirmación se basa en el texto del acuerdo expedido el 30 de enero de 1681 en el que se puede leer que el Cabildo asignó fondos para una nueva pila adjudicable al mejor postor. Y expresamente manda: «que la dicha pila tenga perfección y ornato, subiéndola, pues solo tiene tres cuartas de alto su pilarejo, y es necesario poner taza más ancha añadiendo más piedras labradas y acabándola en proporción». De esta nueva pila se desconoce la fecha de su instalación y nada se sabe de su artífice cuya obra luce actualmente anónima con su San Juan Bautista o «mono de la pila», en el patio del Museo Colonial. Queda pues, difícil aceptar que esta pila iniciada, quizá, en 1681, casi un Siglo después de la gestión del oidor Pérez de Salazar, se deba a la generosidad de éste, como lo afirman algunos historiadores.
1591. El segundo humilladero, construido en 1543 por el capitán Muñoz de Collantes no perduró. Seguramente fue una obra precaria que en corto tiempo desapareció. Esto lo confirma la ordenanza de Venero de Leiva, expedida en 1572 para declarar como arca pública la plaza de San Francisco. En el documento no se exalta la presencia allí de una ermita, oratorio o humilladero, antes bien la meja con el siguiente renglón: «en la dicha cuadra y plazuela no hay ningunos edificios». Se despeja así el texto que sigue relacionado con la construcción del tercer humilladero.
Seguramente ese último centro de oración se construyó, según los indicios históricos, hacia el 15 de enero de 1591 y exactamente en el mismo lugar historico ocupado por los dos primeros. En ese año se avivó con caracteres de pugnacidad y escándalo público el pleito que surgió en 1571 entre los franciscanos y el Cabildo eclesiástico de
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Luis Trejos
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