jueves, 29 de marzo de 2007

Del porque España llego a America


El triunfo de Isabel de Trastamara y sus aliados sobre los de Juana la Beltraneja y su posterior matrimonio con Fernando, heredero de la Corona de Aragón, fueron el paso decisivo hacia la unidad nacional española y hacia el advenimiento de ese país como potencia de primer orden dentro del panorama europeo. La unificación española debido a las bodas de Isabel y Fernando no fue desde el principio tan sólida como se ha hecho creer en forma superficial. Los dos grandes reinos conservaron una enorme autonomía y la real unificación sólo vino a compactarse años después, bajo el reinado de Carlos V.
Los judíos españoles se ocuparon en muy buena parte de llenar el vacío creado por la ausencia de una potente burguesía, como la que a sazón se consolidaba en Europa, en Aragón, y principalmente en Barcelona y Valencia, activos puertos mediterráneos, se formaron por entonces núcleos burgueses de cierto poder y relevancia.
Y es aquí donde importa en grado sumo cómo en momentos en que Colón solicitaba con vehemencia el apoyo de las coronas de España para su empresa, chocaron frontalmente dos fuerzas. La nobleza terrateniente y todos sus aliados que se oponían al proyecto de Colón, y del otro lado, los mercaderes y burgueses cristianos y judíos conversos que, en perfecta concordancia con los intereses de su clase, apoyaban con entusiasmo la iniciativa de Colón por cuanto en la nueva ruta a las Indias Orientales veían una fantástica oportunidad de incrementar hasta lo infinito sus beneficios con el tráfico de las especias y otros géneros valiosos.
Y fue en éste momento crucial, en que se decidió el rumbo histórico de España. Los Reyes Católicos habían emprendido y virtualmente coronado una lucha sin cuartel contra la nobleza levantisca e insurrecta cuyos fueros desmesurados eran obviamente incompatibles con los intereses del Estado nacional y unitario que ellos propugnaban y estaban resueltos a consolidar. Aplicando la máxima energía los metieron en cintura combatiéndolos con las armas, confiscándoles propiedades e inclusive llevando a los más indómitos al cadalso.
Viajando por tierras españolas, y principalmente por Castilla y Extremadura, pueden verse aún las llamadas torres “mochas», así denominadas porque los reyes dispusieron que les fueran cercenadas las almenas en castigo a la rebeldía de sus dueños. Las torres de las moradas urbanas y castillos que conservaron las almenas en su sitio mostraron por medio de este signo externo el hecho de haberse sometido oportunamente a la potestad central de la Corona.
Puede entonces afirmarse que en momentos en que el futuro Almirante acosaba a los Reyes Católicos con sus requerimientos pertinaces, en territorio español coexistían una clase burguesa de conversos y cristianos mucho menos sólida que sus homólogas transpirenaicas, pero de todas maneras en franco proceso de alza y expansión, con una nobleza representante del atrasado feudalismo español, que podía considerarse en abierta decadencia puesto que sus más poderosos y encumbrados jerarcas habían pasado de señores soberbios y casi independientes a cortesanos de la Corona.
Decimos, pues, que fue este el momento que decidió el rumbo histórico de España ya que, si en efecto Cristobál Colón hubiera hallado una ruta más práctica hacia las auténticas Indias, la aún balbuciente burguesía española habría recibido una vigorosa transfusión que le habría asegurado, gracias a los nuevos caminos de comercio, un lugar de privilegio en el concierto europeo. Pero no fue así. La cintura de la tierra resultó mucho más ancha de lo que pensaba Colón, y en su camino hacia las Indias y el fabuloso reino del Gran Kan se interpuso América, este nuevo continente que no ofreció a España perspectiva de intercambio comercial, pero sí, en cambio, el acervo inimaginable y fabuloso de sus metales.
La consecuencia fue que en vez del millonario tráfico de especias que aguardaban con impaciencia los burgueses, empezó a fluir de manera torrencial la corriente argentífera y aurífera que arruinó la agricultura y todas las formas de producción, revitalizó a la nobleza parasitaria, estranguló a la naciente burguesía y siguió fluyendo hacia Europa, a las arcas de los voraces banqueros alemanes e italianos y de los mercaderes de diversos lugares del Viejo Mundo que desde entonces empezaron a colocar sus manufacturas en los mercados españoles a precios exorbitantes que se cubrían con la incesante corriente del oro y la plata americanos.
Desde luego, para completar este cuadro nos hace falta la mención de un hecho histórico fundamental.
La caída del último baluarte moro en Granada coincidió con el descubrimiento de América. Ya no quedaban en España vestigios de poder musulmán, pero sí una considerable población morisca. Los Reyes Católicos, asesorados por el implacable cardenal Cisneros, decidieron completar a toda costa la obra de la unificación religiosa en la Península. Fue ese el rompimiento final de la antigua armonía entre las tres castas.
La casta cristiana vencedora puso a los sarracenos vencidos contra la pared: aceptar el bautismo o tomar el camino del exilio. Esta medida, como bien es sabido, significó un rudo golpe para la economía española, cuyo sector agrícola siempre estuvo en manos de los moros.
Unos emigraron, otros permanecieron adoptando sin ninguna convicción la fe triunfadora y, en general, el problema subsistió durante más de un siglo con cruentas contiendas e insurrecciones hasta el golpe final que asestó Felipe a la población morisca en 1603.
Por otra parte, los Reyes Católicos aplicaron un tratamiento igualmente áspero y tajante a la población judía, cuyos menesteres principales hicieron de ella un sucedáneo y en parte un complemento de la incipiente burguesía española. Ya desde antes, los hebreos estaban siendo forzados a abandonar en apariencia el culto mosaico y a fingir que abrazaban el cristianismo bajo la presión de una serie de fuerzas sociales sintetizadas en el temible tribunal de la Inquisición o Santo Oficio, establecido en España por los Reyes Católicos en 1482 con el propósito medular de mantener una severa vigilancia sobre el proceso de conversión de los hebreos e impedir, por los medios que cimentaron su fama de terrorífico, que los conversos o “marranos”. como se llamaban entonces, se dedicaran a clandestinas prácticas judaizantes.

Tenemos, pues, ante nosotros la curiosa confluencia en el mismo tiempo de dos factores históricos decisivos: la monolítica unidad religiosa del nuevo Estado español, impuesta y lograda al precio del estrangulamiento de las dos fuerzas productivas más vigorosas de la sociedad española. Y, simultáneamente, la irrupción súbita y tumultuosa de los metales preciosos de América, que completaron la tarea de postración total de la economía española y, paradójicamente, iniciaron en forma temprana su proceso de decadencia.
En resumen, en la época del Descubrimiento los elementos integrantes del escenario histórico español eran una nobleza feudal revitalizada, arrogante y todopoderosa, a la vez que parasitaria; un sector agrícola duramente golpeado y en manos de los moros que quedaron y de un número reducido de paupérrimos labriegos cristianos, y el área mercantil y bancaria virtualmente postrada por la expulsión de los judíos y paulatinamente sustituida por la presencia voraz de los banqueros foráneos.
En 1504 murió Isabel la Católica. La prueba de que la unidad inicial conseguida con el matrimonio de Isabel y Fernando no fue en principio tan sólida, como se nos ha hecho creer, radica en que al desaparecer Isabel, Fernando se replegó a sus dominios aragoneses y la regencia de Castilla fue asumida por el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros hasta el advenimiento del Príncipe Carlos como heredero de la Corona en vista de la incapacidad mental de su madre, la princesa Juana, heredera directa del trono.
La llegada del Príncipe Carlos a España produjo gravísimos trastornos. Las razones principales fueron la arrogante y abusiva corte de nobles flamencos que trajo consigo, cuya entronización en los más altos cargos del Estado suscitó la indignación general. La intromisión en España de los dignatarios flamencos que eran mirados poco menos que como invasores incrementó el resentimiento de la ya arrinconada burguesía española. Este conflicto alcanzó su estallido sangriento en 1520 con la insurrección de las Comunidades de Castilla.
Los Comuneros castellanos, genuinos representantes de una burguesía en retirada, pero que aún no se resignaban a perecer, no se sublevaron contra la monarquía. Por el contrario, eran estrictamente legitimistas y en consecuencia suplicaron con porfía a la reina Juana, recluida en Tordesillas, que asumiera la plenitud efectiva de sus derechos como heredera de la Corona, a fin de apoyarse en ella para socavar el poder de una nobleza que, respaldada a su vez por el aluvión de los metales americanos, ya empezaba a labrar la ruina de España.
El conflicto, tristemente, tuvo un final desastroso para los Comuneros, lo cual constituyó otro de los grandes virajes en el destino histórico de España. En la célebre batalla de Villalar, librada en 1521, los Comuneros fueron aplastados y las cabezas de Bravo, de Padilla y demás dirigentes de la insurrección rodaron en los patíbulos erigidos por Carlos y sus nobles a manera de inolvidable escarmiento.
Nótese la muy aproximada coincidencia entre la catástrofe comunera y la caída del imperio azteca y consiguiente apoteosis de Hernán Cortés en Méjico. En la medida en que en España caían abatidos los últimos reductos burgueses, la conquista se hacía fuerte en las comarcas ultramarinas que por siglos habrían de ser los opulentos manantiales de ese oro y esa plata que pasarían fugazmente por una España empobrecida para cumplir su destino final de enriquecer a los manufactureros, mercaderes y banqueros de la Europa burguesa.
Es paradójico observar cómo en la misma cúspide de su poderío militar y de su arrogante hegemonía europea, España incubaba ya la simiente inexorable de su decadencia.
No bien extinguido el fragor de Villalar, el joven rey Carlos I de España ya estaba asfixiado por las acreencias que lo ligaban a los banqueros alemanes que habían financiado a un costo elevadísimo su elección como cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico. De ahí que poco más tarde tuviera que hipotecar el actual territorio de Venezuela a los poderosos Welser; y de ahí que Jacobo Fugger, acaso el más rico banquero de su tiempo, se permitiera escribir y dirigir al emperador una carta insultante en la que le cobraba perentoriamente deudas atrasadas.
Es evidente que ningún banquero mediano de la actualidad se permitiría dirigir un mensaje tan humillante al más modesto de sus deudores morosos como el que hizo llegar Jacobo Fugger al más temible de los monarcas del mundo conocido.

martes, 27 de marzo de 2007

Grandes batallas y el comienzo del fin de los Chibchas


La más grave de todas las carencias culturales de los muiscas fue, sin ninguna duda, el desconocimiento de la escritura en cualquiera de sus formas. Y bien sabemos que pueblo que no escribe es pueblo sin memoria.

En consecuencia, y en términos concretos, la historia que hoy conocemos de los chibchas apenas abarca setenta años entre las primeras noticias de que se dispone a través de la tradición oral que recogieron los cronistas y el advenimiento de los conquistadores.

En el momento en que alborea nuestra historia en torno a 1470 los chibchas habitaban en una gigantesca fortaleza natural circundada por legiones de enemigos desaforados, y hasta entonces impotentes para dar con buen suceso el asalto final a ese formidable reducto de tierras altas y feraces, almenadas de montañas inexpugnables, cuya atmósfera vecina de las nubes, y cuyos vientos gélidos ponían espanto en el ánimo de los feroces sitiadores, y eran como custodios insomnes de este descomunal alcázar verde, donde se guarecía, amenazada, pero a la vez segura, la vetusta estirpe de Chiminigagua y de Bachúe.
El reino de los bogotaes luchó sin cesar en tres fuentes: contra sus inveterados adversarios sutagaos, panches y fusagasugaes; contra su gran émulo, el reino del Zaque de Tunja; contra los caciques levantiscos de Ubaté, Zipaquirá, Ubaque y Guatavita. Y como si todo esto fuera poco, debía mantenerse alerta contra la innumerable hueste de los caribes que asechaban al gigante sin tregua ni reposo y que ya parecían roerle sus pies de roca.
Los caribes habían tendido un cerco que abarcaba los cuatro puntos cardinales. Por el Este, avizoraban impacientes los farallones colosales de la cordillera; habían avanzado por el Sur; hacia el poniente se alineaban en las riberas del Magdalena; por el Norte, venían desde Venezuela y ya se hallaban a la altura del Carare. Ante tales hechos es factible afirmar, con sólidas razones, que si la conquista hispánica se hubiera retardado unos años más, la invasión de los caribes se habría tornado inevitable, así como el consecuente asolamiento de los reinos muiscas.
Hacia 1470, que es más o menos el año uno de nuestra historia chibcha, reinaba el Zipa Saguanmachica. Fue este un invicto y glorioso guerrero que libró campañas decisivas para la salvaguarda de su nación amenazada. Batió a los panches, combatientes encarnizados y temibles, y luego hizo frente a la poderosa coalición de los sutagaos y los fusagasugaes ayudados por los sobrevivientes del recién diezmado ejército panche.
El éxito de Saguanmachica fue rotundo. Acosó a los vencidos hasta su capital, Fusagasugá, y en combates sucesivos, venció a los caciques Uzatama y Tibacuy. El primero de ellos mereció la benevolencia del triunfador. No así Tibacuy, a quien Saguanmachica persiguió sin reposo hasta las tierras del cacique de Guatavita, antaño ciudad sagrada de los muiscas. Este, envidioso de la carrera fulminante de Saguanmachica, armó sus mesnadas y se lanzó a la guerra contra el Zipa de los bogotaes. Más le hubiese valido no hacerlo. Su tropa quedó totalmente aniquilada, por lo cual hubo de huir en estampida hacia Tunja buscando asilo con el Zaque Michúa, el cual se lo otorgó, y además hizo llegar a su rival de Bogotá toda una serie de ásperas admoniciones.
El espectro de la guerra se cernió de nuevo sobre estos altiplanos, pero esta vez pudo ser temporalmente conjurado con unos precarios acuerdos de paz entre los diferentes grupos en conflicto.
En este punto, ya es pertinente aludir a dos poderosas causas económicas de los conflictos crónicos entre el Zaque de Tunja y el Zipa de Bacatá. Vimos anteriormente la importancia vital que para el comercio de los pueblos chibchas tuvieron la sal de Zipaquirá y Nemocón y las esmeraldas de Muzo y Somondoco. Pues bien, la sal estaba, aunque en territorio del cacique de Zipaquirá, bajo el área de influencia y control del monarca de Bogotá. Por su parte, las zonas esmeraldíferas caían dentro de la jurisdicción del Zaque. Resultaba así lógico que cada uno de los poderosos soberanos codiciara con vehemencia las vitales riquezas mineras de su rival.
No es para sorprenderse, por consiguiente, que los convenios de paz y concordia fueran sistemáticamente violados por ambas partes, aunque al parecer quien de modo más flagrante quebrantó los pactos fue Saguanmachica, cuando invadió los territorios del cacique de Ubaque, los cuales, conforme con los acuerdos, le estaban vedados.
La guerra, ya inevitable, no tardó en estallar. Fue larga y en extremo cruenta. Duró dieciséis años y el bravo Saguanmachica tuvo que librarla en dos frentes, ya que, además de enfrentarse por el Norte a Michúa, hubo de enviar nuevamente a sus huestes hacia el Occidente para batir otra vez a los fusagasugaes, panches y sutagaos en Zipacón y Tena.
La gran batalla, el encuentro ciertamente épico de esta contienda se libró en Chocontá, coincidencialmente hoy zona limítrofe entre Cundinamarca y Boyacá. Se ha hablado de sesenta mil guerreros del Zaque contra cincuenta mil del Zipa. Estos guarismos parecen excesivos, pero lo cierto es que la refriega fue larga y encarnizada y que, como en las grandes epopeyas, los adalides supremos entregaron sus vidas con las armas en la mano.
Ambos rivales cayeron. Sucumbió Michúa vencido con honor. Pereció Saguanmachica, gloriosamente triunfador.
Y vino la sucesión. Quemuenchatocha, valiente y arriscado mozo de apenas dieciocho años, subió al trono de Michúa. Al heroico Saguanmachica lo reemplazó su sobrino Nemequene, estadista, legislador y guerrero, que en todo momento contó en el campo bélico con la valiosa cooperación de Tisquesusa, a la vez sobrino suyo y notable estratega.
El apoyo de Tisquesusa fue esencial para Nemequene, dado la pluralidad de frentes a que tuvo que acudir simultáneamente con sus ejércitos. En una nueva oportunidad volvió a derrotar a los panches y sutagaos, en tanto que Nemequene aplastaba a varios caciques sublevados, tales como los de Ubaté, Zipaquirá, Ubaque y Guatavita. De todos ellos, el que reincidió en la insurrección fue el de Zipaquirá, por la invaluable posesión de las salinas. Tisquesusa le salió al paso y exterminó a sus huestes.
De la victoria de Nemequene sobre el de Ubaque merece destacarse un hecho notable. Al verse vencido sin remedio, el cacique arrojó sus ingentes riquezas de oro y esmeraldas al fondo de la laguna. Y fue este momento en que el gran Nemequene hizo gran alarde de su magnanimidad: perdonó la vida al vencido y le restituyó la propiedad de sus tierras.
Una vez más volvieron a chocar las fuerzas de los monarcas de Tunja y Bacatá y de nuevo la cruenta batalla tuvo lugar en tierras de Chocontá. Ambos soberanos animaban a sus guerreros y les daban ejemplo de coraje y de impavidez ante la muerte que cruzaba rauda por los aires y silbaba en las temibles puntas de lanzas y venablos. Caían bravos combatientes de lado y lado y la suerte de la contienda no se decidía. Finalmente, la esquiva victoria empezó a inclinarse ligeramente hacia el Zipa.
El valeroso Nemequene no había abandonado un solo instante los puestos de mayor peligro en el combate, hasta que quiso la suerte aciaga que un dardo volara certero a clavarse en la mitad de ese corazón infalible al que sólo la muerte pudo dar reposo. Desconcertados los guerreros del Zipa por la súbita muerte de su caudillo, emprendieron la retirada, mas no perseguidos por los hombres del Zaque los cuales, ya prácticamente derrotados, optaron por replegarse hacia sus tierras. La última gran batalla entre los Muiscas, había terminado.
El luto y la aflicción se enseñorearon de los dominios de Nemequene. El más aguerrido y noble de los adalides yacía ahora inerte y, en medio de tristes llantos funerales, se aprestaba para bajar a la real sepultura, embalsamado por sus jeques y todo cubierto de áureas láminas y esmeraldas relucientes. Profundamente sumidas en el sopor imperturbable del borrachero, las favoritas de su regio serrallo descendieron con él a la lóbrega sima de la tumba. Igualmente, los servidores tuvieron buen cuidado de proveerlo de copiosas viandas y múcuras de chicha, buena provisión de coca y sus mejores armas para el viaje sin retorno. Una vez que los jeques se aseguraron de que el cadáver de su señor quedara dando la faz al sol naciente, vale decir, al punto por donde habla hecho su aparición el inmortal Bochica, se clausuró el sepulcro y llegaron a su término veinticuatro años del glorioso reinado.
No bien hubo heredado Tisquesusa el trono de su finado tío, cuando comenzó a reunir a sus caciques tributarios, a sus más avezados guechas y a sus mejores tropas para emprender contra Quemuenchatocha una arrolladora ofensiva que vengara satisfactoriamente la muerte de Nemequene.
En Cajicá terminaron los aprestos bélicos y Tisquesusa avanzó contra su enemigo tradicional. Pero acaso porque los dos pueblos estaban extenuados por la incesante sangría, se llegó esta vez a un pacto de paz en el cual, sin embargo, llevó ventajas el Zipa, quien, como resultado del acuerdo, recibió una apreciable cantidad de joyas, oro y tierras. Sellada la paz con el Zaque, el belicoso arriscado Tisquesusa no se dio tregua. Aún había caciques facciosos que escarmentar. Eran los de Ubaté y Susa. Hacia ellos se dirigió el poderoso Zipa y no tardó en subyugarlos. Fueron sus últimas victorias.
Y ahora levantemos el vuelo de regreso hacia la leyenda, hacia el mito, hacia la poesía, por donde iniciamos el hilo de esta historia cuando evocamos a las aves portentosas de Chiminigagua, en cuyos picos nacía el aliento mágico que disipaba las tinieblas y presagiaba el advenimiento de la vida.
Retornemos a esos mundos que, parafraseando a Coleridge, “son una suspensión temporal de nuestra incredulidad”. Y sigamos encontrando concomitancias extrañas y asombrosas.
Milenios antes de nuestra historia y lejos, muy lejos de su escenario, el indomable Moisés, airado ante la inconmovible obstinación del Faraón en mantener a su pueblo en la cautividad, invocó a Yahvé y, dotado por su dios de poderes sobrenaturales, envió a su hermano Aarón a que, con el solo roce de su cayado, convirtiese el caudaloso Nilo en un espantable torrente de sangre, por cuyo cauce empezaron a descender, ante la mirada medrosa de millares de egipcios, inmensos cardúmenes de peces muertos. ¡La sangre! ¡Siempre la sangre como signo de calamidad y pesadumbre, como vaticinio funesto y como castigo a los pecados de los hombres! ¡La sangre indeleble y tozuda en las manos de Lady Macbeth! La sangre que presintió también el inca y que recreó Chocano con maestría cuando cantó: “cataratas de sangre colmarán los barrancos y entrarán otros dioses en el templo del sol”.
Y las leyendas de nuestros muiscas, acaso en la última de ellas, también está presente el símbolo de la sangre con toda su carga fatídica. Una noche dormía apaciblemente Tisquesusa en su refugio de Tena, concediendo así un breve reposo a sus habituales fatigas de guerrero contumaz. Fue así como, se vio de un momento a otro gratamente sumergido en una de las tibias albercas que los vasallos habían aparejado allí para solaz y recreo de los soberanos. Y he ahí que en el momento en que las aguas mejor tonificaban el cuerpo del Zipa, vio éste con espanto cómo el líquido benefactor se convertía en un espeso y viscoso charco de sangre.
Despertó con sobresalto y en el acto convocó a los más lúcidos y sabios de todos sus jeques para pedirles que le revelasen sin demora el significado de la horrenda visión. Los sacerdotes interrogaron largamente al Zipa e inquirieron con porfía acerca de todos los detalles del sueño.
La sentencia fue unánime y restituyó el sosiego en el ánimo de Tisquesusa: no había en tal sueño augurio nefando alguno. Por el contrario, lo que la visión quería decir era que, merced a su genio militar y a la invencibilidad de sus guechas y soldados, muy pronto gozaría el supremo placer de darse una gratificante ablución con la sangre de su encarnizado Quemuenchatocha.
Cuán extraviados estaban los sacerdotes de Tisquesusa, se vio poco después. Ciertamente fue grande el júbilo del Zipa por tan grata y estimulante predicción. Pero aún no estaba totalmente tranquilo. Todavía le faltaba escuchar la palabra del más anciano y sapiente de todos sus jeques: el venerable Popón, a quien por desgracia, no fue posible hallar por parte alguna. En efecto, el viejo sacerdote había huido, temeroso de revelar a Tisquesusa la terrible verdad que encerraba su sueño premonitorio.
Los otros sacerdotes se habían equivocado o, sabedores de la verdad, no habían osado descubrirla y habían preferido endulzar los regios oídos con la interpretación halagüeña que ya vimos.

Más tarde, Popón reveló a un grupo de nobles la única, la cruda verdad: la sangre en que se bañaría Tisquesusa no sería de su rival Quemuenchatocha sino la suya propia, vertida por unos implacables invasores extranjeros que se avecinaban.
Popón no mentía. Por los confines septentrionales del reino chibcha, ya a esta sazón avanzaban los terroríficos centauros de rostros peludos que en una mano enarbolaban dos maderos en cruz y en la otra unos artefactos diabólicos de cuyas bocas fragorosas salían, en infernal estampida, el fuego y la muerte y que, en muy breve tiempo, sepultarían una era y serían los parteros de otra que aún no ha concluido

lunes, 26 de marzo de 2007

Los guerreros Muiscas y sus armas


Los "guechas" (guerreros) eran una casta privilegiada. No podía ser de otra manera en una sociedad que vivía en constante pie de guerra. Eran elegidos entre los varones más saludables, recios, valientes y esforzados.
Sus hazañas bélicas eran recompensadas con largueza y los premios llegaban hasta el otorgamiento de cacicazgos vacantes.
Los que caían en acción de guerra recibían imponentes honores póstumos que consistían en que sus cadáveres eran aderezados con determinadas bálsamos y conducidos en hombros de otros combatientes, a fin de que su yerta presencia animara e infundiera bríos a los soldados en la contienda.
Como
el invicto Cid Ruy Díaz de Vivar, los guechas muiscas eran rescatados de la muerte para que salieran a ganar batallas contra sus enemigos.
La casta de los guechas no era hereditaria. No era dignidad que se alcanzara por el nacimiento. A ella sólo llegaban los hombres por su arrojo y la fuerza de su brazo.
Puede decirse, en otras palabras, que los guerreros formaban la única casta “democrática” entre los chibchas.
Hay, como resulta apenas lógico, enormes discrepancias entre los cronistas sobre el número de soldados que podían poner en pie de guerra, tanto el Zipa como su poderoso rival el Zaque de Tunja. Las estimaciones oscilan entre cincuenta y cien mil.
El arte militar no había adquirido mediano desarrollo entre los muiscas. Al parecer, las batallas eran feroces embestidas recíprocas en las cuales desempeñaba un papel esencial un recurso que los cronistas llamaban “la grita”. el cual consistía en que antes de entrar en la batalla, los guerreros se daban a lanzar alaridos tan agudos como desconcertados con el ánimo de atemorizar y ahuyentar al enemigo.
A menudo esta algazara era forzada con la cacofonía de innumerables caracoles marinos, flautas, fotutos, pífanos, trompetas, bocinas y tambores.
En cuanto a las armas, éstas eran básicamente lanzas de palma con puntas muy agudas y dardos de carrizo que eran disparados por unos artefactos que los cronistas llamaron “ tiraderas ”.

sábado, 24 de marzo de 2007

Bebidas y alucinógenos de los Muiscas


La chicha no siempre fue dañina y vitanda como en tiempos modernos. En efecto, en la época prehispánica, este brebaje, hoy proscrito, era una noble bebida ceremonial con cuyas abundantes libaciones los muiscas sí se embriagaban, pero sólo en ocasiones tan especiales como bodas, sepelios, carreras y celebraciones de victorias, y jamás de manera rutinaria y habitual como luego lo harían sus descendientes hasta su virtual desaparicion a mediados del siglo XX.
En cuanto a los narcóticos, eran permanentes consumidores de coca y el llamado “borrachero”. A la primera le atribuían incomparables propiedades medicinales. Parece incuestionable, aun a la luz de las más recientes investigaciones, que la coca confiere al organismo excepcionales condiciones cardiotónicas y, por ende, una poderosa resistencia, no sólo a las fatigas, sino al asedio del hambre.
Valga la pena recordar que los muiscas carecían de animales domésticos y bestias de carga, por lo cual los bultos del comercio y otros menesteres se transportaban a lomo de indio. Es indudable que, para el buen suceso de estas faenas esenciales en la vida del pueblo muisca, la masticación de la coca fue un factor decisivo. Igualmente, los cronistas dan fe de que nuestros chibchas morían ancianos y con la dentadura generalmente intacta. Este prodigio, anterior en tantos siglos a nuestras milagrosas prótesis, fue atribuido al hábito de mascar continuamente la hoja de coca. Costumbre altamente arraigada también, dentro de las demás sociedades aborígenes del país.

jueves, 22 de marzo de 2007

La arquitectura Muisca


Dentro de un concepto de correcta y objetiva apreciación del cosmos cultural Muisca, hemos de reconocer que entre sus formas menos avanzadas se cuenta la arquitectura.
Las construcciones Muiscas fueron precarias y perecederas. No usaron la piedra y, por ende, sus obras arquitectónicas no alcanzaron en lo mínimo la grandiosidad ni las dimensiones de las incaicas, mayas o mexicanas, ante cuyos vestigios, muchos de ellos en sorprendentes condiciones de conservación, no podemos ocultar nuestra admiración de hombres del siglo XXI.
En este aspecto fueron, inclusive, a la zaga de pueblos de la actual Colombia como los taironas. La caducidad de los materiales empleados por los muiscas en sus construcciones civiles, religiosas y militares fue factor determinante de que, poco después de la Conquista, no quedara ni rastro de ellas. Además, los Muiscas no llegaron al concepto de agrupación urbana.
No hubo entre ellos poblados, en el sentido estricto del vocablo, y mucho menos ciudades como la majestuosa Tenochtitlán, que puso pasmo y admiración en el ánimo de Cortés y sus guerreros. Las viviendas estaban dispersas por todas partes, y generalmente erigidas al lado de las labranzas, formando un conjunto pintoresco pero desordenado, y que de ninguna manera obedecía a plan o concierto alguno.
Como la densidad de población de nuestra sabana era muy alta, las construcciones estaban relativamente cerca unas de otras, y como, además, su forma y concepción eran, al parecer, agradables a la vista y estaban todas ellas rodeadas de cercados, el Adelantado Jiménez de Quesada, inspirado por la primera impresión que recibió al divisarlas, dio a estas tierras el nombre de “Valle de los alcázares”. que ha perdurado hasta nuestros días.
Las viviendas, llamadas también bohíos, eran de bahareque, con techos de paja y forma elíptica. Su diámetro máximo oscilaba entre 7 y 8 metros y el mínimo pasaba de los 5. Los muros se aseguraban con horcones clavados en la tierra. Las puertas y ventanas eran pequeñas y de las primeras colgaban laminillas de oro que brillaban con el sol y producían un sonido grato en extremo cuando les daba el viento y al abrir y cerrar las puertas.
En el interior había aposentos y retretes, y los muros, así como el piso, eran cubiertos con tejidos y esteras de paja y esparto. Afuera del bohío estaba el cercado de maderos gruesos. Las viviendas, en ocasiones, eran construidas en forma cuadrangular.
Lógicamente, el tamaño y la suntuosidad de estas construcciones eran proporcional a la calidad de los habitantes, hasta llegar a las moradas de los supremos jerarcas (caciques y el propio Zipa). El cercado del Zipa tenía un carácter sagrado y los corpulentos maderos que lo formaban eran el símbolo del Universo. Las ceremonias de consagración de las casas que habrían de ocupar los grandes señores revestían una particular solemnidad.
Los mozos más resistentes y forzudos emprendían largas carreras en las que los campeones eran premiados con mantas. Estas carreras o competencias tenían para los comprometidos en ellas un significado tan profundo y vital que ninguno de los atletas desistía vencido por el cansancio, hasta el punto de que hubo muchos que prefirieron reventar de fatiga antes que afrontar la ignominia de la deserción. Parte esencial de la ceremonia era clavar en hoyos muy profundos los leños principales que habrían de formar el cercado. La liturgia prescribía que en el fondo de cada hoyo fuera colocada una doncella muy joven, cuya sagrada misión era recibir sobre su frágil humanidad el peso descomunal del horcón que, obviamente la trituraba en el acto. Según la liturgia Muisca, el acto solemne de macizar estos huecos con los cuerpos aplastados de las doncellas era signo infalible de reciedumbre, invulnerabilidad y toda clase de buenos augurios para el cercado y la casa.
Es digno de destacarse el hecho de que las niñas elegidas para ser inmoladas bajo el peso de los maderos sagrados eran siempre hijas de los miembros más encumbrados de la comunidad, los cuales tenían a grande honra el que sus niñas recibieran el privilegio de otorgar sus cuerpos como cimiento de los horcones venerables.
En estos festejos rituales, se bailaba y cantaba sin cesar y hombres y mujeres ingerían infinitas múcuras de chicha hasta la total ebriedad. Cuando ya estaban borrachos, se ayuntaban unos con otros sin distinciones ni cortapisas, de suerte que aún a las mujeres de caciques y nobles les estaba permitida la licencia de copular con todos los hombres que deseasen, sin que tales excesos fueran en lo mínimo punibles.
Desde luego, estas promiscuidades estaban taxativamente limitadas a las fiestas anteriormente descritas. Concluidas las celebraciones, la conducta de la comunidad retornaba a sus cauces normales.
Mucho escribieron los cronistas sobre el legendario Templo del Sol en Sogamoso y muchos especularon sobre sus dimensiones colosales. Fray Pedro Simón afirma que, al ser incendiado, duró ardiendo un año y no faltaron quienes dijeran que las llamas habían tardado cinco años en consumirlo. No hay noticia de otros grandes templos y, por el contrario, se sabe que lo que proliferaba entre los Muiscas no eran vastas edificaciones donde se congregaran muchedumbres de fieles, sino pequeños santuarios a donde no podía entrar mucha gente, y que sólo eran frecuentados por los sacerdotes, que solían guardar allí los objetos del culto.
En cuanto a la arquitectura militar, se tiene noticia de la célebre Casa de Armas de Cajicá, sólida construcción que servía al Zipa como arsenal para guardar allí armas, municiones de toda índole y demás pertrechos para la guerra.
Finalmente, la recreación del Zipa hubo de merecer el trabajo y el esfuerzo de los constructores Muiscas. El soberano había mandado construir en la comarca de Tenaguasa (hoy Tena), aprovechando su clima templado, un albergue que los españoles denominaron Casa del Monte, donde el Zipa disponía de baños en abundancia y a donde se trasladaba con su nutrido séquito de mujeres para entregarse al ocio y al descanso. Igualmente, en Tabio tenía el Zipa unos baños termales guarecidos de cercados y un espeso bosque de palmas.

miércoles, 21 de marzo de 2007

El maíz y la carne entre los Muiscas


El cultivo del maíz en nuestro continente es antiquísimo, hasta el punto de que se cree que puede remontarse a tres mil años A.C. Los avances y la progresiva tecnificación en dicho cultivo fueron para los primitivos americanos una saludable revolución económica y social y un impetuoso salto hacia adelante en sus formas de producción.
El paso de la horticultura de raíces, como la típica yuca, a la agricultura del maíz, implicó ese cambio revolucionario por varias razones.
Las raíces tienen una vida efímera. Se descomponen si son almacenadas por largo tiempo, al contrario del maíz, que sí puede almacenarse por largo tiempo sin sufrir deterioro. Por consiguiente, las raíces exigen un consumo rápido, en tanto que el cultivador del maíz puede acumular excedentes para efectos comerciales.
El esfuerzo físico que requiere el maíz para brindar rendimientos de asombrosa abundancia es ciertamente mínimo. Nuestros aborígenes llegaron a obtener el maíz necesario para un año con sólo cien días de trabajo.
Por ello se considera que esta combinación de factores (esfuerzo limitado y alta productividad) es el elemento fundamental de la civilización del maíz. De ahí que las civilizaciones más desarrolladas que encontraron los españoles en el Nuevo Mundo, entre ellas la Muisca, mostraran el común denominador de contar con el maíz como una de las bases esenciales de su organización económica y social y de haber alcanzado logros notables en la técnica de su cultivo y utilización.
La alimentación de los Muiscas en materia de carnes era abundante y variada. Lagunas y ríos, entonces felizmente exentos de las mortíferas basuras e inmundicias de hoy en día, proveían auténticas cornucopias de peces, a cuyos cardúmenes acudían los chibchas para abastecerse de ellos y comerlos.
Los cronistas encomiaron con largueza la calidad y sabor de dichos peces. Igualmente son numerosas las referencias que se hallan en las crónicas acerca de la infinita cantidad de venados que poblaron nuestra Sabana, muchos de los cuales erraban silvestres por estas tierras. La carne de estos esbeltos cérvidos fue también parte de la alimentación muisca, aunque Rodríguez Freile afirma que era manjar exclusivo de caciques y que, por ende, estaba vedada al pueblo llano.
También comían algunas variedades de roedores, llamados “fucos” o “curíes”, los cuales abundaban y eran atrapados con relativa facilidad debido a la proverbial rapidez con que siempre se han reproducido.
En cuanto a aves comestibles, cuenta Pedro Simón que las cazaban con grandes redes. En todo caso, importa destacar el hecho de que para proveerse de carne, los chibchas debían recurrir a la caza, ya que no habían llegado a la domesticación de animales.
La única y bien curiosa excepción es la que anota Jiménez de Quesada, quien refiere que en algunas casas halló perros domésticos, pero con la extraña condición de que “no sabían ladrar”.

domingo, 18 de marzo de 2007

El Comercio entre los Muiscas


Chibchacum, a quien ya hemos conocido como una de las deidades mayores de su pueblo, fue además un acucioso y diligente Mercurio sabanero, y siempre se le invocó, por lo visto con excelentes resultados, como protector del comercio. En efecto, uno de los aspectos más sorprendentes y admirables de la civilización muisca fue la intensidad, así como el grado de avance y perfección que alcanzó su actividad comercial, pese al lastre de carencias tan graves como la de la rueda, las bestias de carga y la moneda. No obstante todo ello, el comercio chibcha alcanzó un radio de acción ciertamente pasmoso si se tiene en cuenta que penetró hasta los propios límites de lo que es hoy el territorio de Colombia. Una de las pruebas más concluyentes del desarrollo a que llegó dicho comercio es que en el litoral Caribe se hallaron mantas y esmeraldas de clara procedencia muisca, que eran trocadas por caracoles marinos y oro.
Otra prueba de la intensidad y de la profusión y variedad de mercados que logró la organización comercial muisca es que, no contando en sus dominios con yacimientos de oro, siempre tuvieron los muiscas abundancia de este metal, lo cual maravilló a los españoles al llegar a estas tierras y comprobar el mencionado fenómeno.
Por otra parte, habían establecido ferias periódicas y centros de intercambio, y delimitado una importante división del trabajo que, por supuesto, contribuyó eficazmente al incremento cualitativo y cuantitativo de la producción.
Había tribus especializadas en el oficio textil (guanes), en la explotación de la sal (zipaquiraes), en la orfebrería (guatavitas), en la alfarería (ráquiras y sogamosos).
Es también notable el hecho que los cronistas destacan, que los muiscas poseían y desplegaban, frente a las demás tribus, una aguda destreza en los tratos comerciales.
Los géneros fundamentales y de primerísimo orden en el comercio chibcha fueron las mantas de algodón, las esmeraldas (que extraían principalmente de Somondoco debido a su cruenta enemistad con los muzos) y la sal, que fue su más valioso producto de exportación y que obtenían en los ricos yacimientos de Zipaquirá, Nemocón y Tausa.
Hasta los confines de los cuatro puntos cardinales llegaron los apetecidos panes de sal que los muiscas elaboraban con refinada pericia técnica y que se trocaban por otros bienes igualmente necesarios.
Otra de las pruebas para citar un ejemplo más de la admirable longitud que alcanzaron las proyecciones del comercio muisca, es que los naturales de lo que hoy son Ecuador y el Norte del Perú (confines septentrionales del Imperio Incaico), hablaban de unos extranjeros que iban hasta allá a comerciar y que provenían de un remoto país, muy rico y feraz, al que llamaban “Cundirumarca” (con algunas variaciones sutiles como “Cundelumarca”y “Condelumarca”). Huelga decir que de este vocablo nació el igualmente eufónico y sonoro con el que hoy distinguimos a la actual Cundinamarca, sobre cuya etimología hay diferentes interpretaciones, ya que algunos autores afirman que en idioma aimara es “región grande” , mientras otros creen que su significado es “morada o lugar de origen del Dios Con”.
También es digno de notarse para destacar el alto desarrollo que había alcanzado entre los muiscas el tráfico de la sal cómo tenían al servicio de la actividad comercial mercaderes altamente especializados en estos oficios. Igualmente, merece tenerse en cuenta cómo habían abierto caminos destinados al comercio del valioso producto, a lo largo de los cuales se encontraban mesones rudimentarios para avituallamiento y reposo de los traficantes.

martes, 13 de marzo de 2007

El Polo... Democratico?












Con ocasión de la visita a Colombia del presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, grupos de oposición convocaron una "Pacifica" concentración cerca de la plaza de toros de Bogotá.
Los manifestantes recibieron instrucciones de parte de Carlos Rodríguez Díaz de la Central Unitaria de Trabajadores CUT y del senador del Polo Democrático Alternativo, Jorge Enrique Robledo para protestar contra la visita del mandatario estadounidense.
Los antimotines de la Policía Nacional obligaron a los manifestantes a replegarse hacia el sector norte de la ciudad por mas de 10 cuadras a lo largo de la carrera séptima, y a su paso la horda criminal destrozo las vidrieras de un centenar de pequeños comercios y bancos del sector, saqueando todo a su paso destructor.
Que podemos pensar de la protesta social que promueve el caos, la anarquía y la violencia? Esta es la democracia que promulga el Polo Democrótico Alternativo? estos son los niños que no estaban haciendo nada en la manifestación según el senador Borja?
Que parodia de partido político es el Polo Democrático, que tienen que recurrir a la violencia cual nazis o fascistas para poder llamar la atención del pueblo.
Que pueblo tan ignorante e indolente con sus conciudadanos, que se deja hipnotizar por estos mamarrachos que se dicen llamar lideres sindicales y políticos de izquierda alternativa.
Que asco.

lunes, 12 de marzo de 2007

Practicas religiosas de los Muiscas



Nuestros antepasados aborígenes fueron un pueblo profundamente religioso y de un celo intenso y severo en el ejercicio de las prácticas litúrgicas. Tenían claro el concepto de la vida ultraterrena, así como el de las recompensas y castigos a que el ser humano se hacía acreedor después de la muerte por sus acciones buenas o malas en la vida.
Los
justos, entre quienes se contaban siempre los caídos en guerra y las mujeres que morían en el parto, iniciaban para toda la eternidad una vida de placeres, holganza y ausencia total de sobresaltos y aflicciones. Por su parte, los impíos eran acosados, perseguidos y vapuleados sin tregua ni misericordia.
La creencia en la vida inmortal del espíritu estaba tan arraigada que se hacia evidente desde el ritual mismo del sepelio. A los muertos se le extraían las tripas, a fin de poder utilizar el espacio que dejaban estas para rellenarlo con oro y esmeraldas. Eran igualmente previsivos en cuanto a las necesidades del difunto en su viaje hacia ultratumba, por lo cual lo avituallaban generosamente, colocando en la sepultura óptimas provisiones de viandas y bebidas.
Si el finado tenía rango de cacique, era ley que aquellos servidores y mujeres que hubieran gozado de su predilección lo acompañasen en el viaje póstumo. En consecuencia, se les enterraba con él. Pero con el objeto de evitarles los rigores de una muerte lenta y atroz, eran sumidos en un sopor profundísimo mediante la ingestión de diversos zumos narcóticos y embriagantes que les aseguraban el tránsito de la inconsciencia a la otra vida sin las horrendas agonías del enterrado vivo.
La religión Muisca establecía la práctica de sacrificios humanos. Las víctimas eran mancebos muy jóvenes de quienes se exigía, para aspirar al privilegio de ser inmolados a los dioses, no haber tenido contacto carnal alguno. Si se averiguaba que el mozo había conocido mujer, era desechado en seguida por considerarse que el ayuntamiento sexual lo hacía indigno de ser sacrificado. Los jóvenes eran mantenidos en los santuarios y cuidadosamente preservados para su destino último, que llegaba cuando alcanzaban la edad en que se juzgaba que habían adquirido ya la potencia necesaria para la cópula carnal.
Se les denominaba “mojos” y eran capturados entre los enemigos vencidos en guerra o comprados a precios muy elevados en tribus vecinas.
Una vez consumado el sacrificio, los cadáveres eran expuestos al sol, debido a la creencia de que en esa forma la suprema divinidad los devoraba, con lo cual la cruenta ceremonia cumplía a cabalidad su misión propiciatoria.
Poseían y veneraban una gran cantidad de ídolos domésticos que los cronistas hallaron muy semejantes a los romanos.
Profesaban, además, veneración por sus lagunas, a las que creían residencia de dioses y en cuyas orillas celebraban sacrificios y ofrendas. Estas últimas consistían a menudo en oro y esmeraldas. Además, las aguas de las lagunas eran utilizadas para las abluciones rituales de los párvulos recién nacidos, de las doncellas que llegaban a la pubertad y de los varones que iban a ser consagrados como sacerdotes.
Estas ceremonias siempre eran precedidas por severos ayunos de varios días durante los cuales los penitentes se abstenían de lavarse, así como de practicar relaciones sexuales.
Una vez que terminaba la práctica del rito, procedían a bañarse en las lagunas, utilizando a manera de jabón unas frutillas denominadas “guabas”.
Puede decirse, en suma, que buena parte de la vida religiosa de los chibchas giraba en torno a las lagunas, hasta el punto, digno de destacarse, de que, en determinadas ocasiones, ciertos personajes principales recibían sepultura en el fondo de sus aguas.
El culto de los chibchas a las lagunas se ha atribuido a la tradición, según la cual, sus aguas fueron el origen de la vida humana, cuando de ellas emergieron Bachúe y su hijo para dar origen a la especie.

jueves, 8 de marzo de 2007

La mujer en la Civilización Chibcha


A propósito de la celebración del día mundial de la mujer, entraremos a profundizar un poco sobre el papel desempeñado por las mujeres en el ámbito cultural y social en la civilización Chibcha.
Dentro del marco de nuestras culturas de raigambre romano judeo cristiana, durante siglos se rindió fervoroso culto a la virginidad femenina en diversos planos y por variados conceptos.
En una bien guardada y defendida doncellez radicó siempre la honra de la mujer virtuosa, por lo que resultaba, no sólo impensable sino también punible hasta los extremos más cruentos, que una joven de probada casta y familia intachable llegase al matrimonio habiendo perdido antes tan preciado tesoro.
En consecuencia, para los recién llegados españoles debió de ser motivo de asombro toparse con la costumbre hecha ley según la cual entre los chibchas la doncellez, no sólo carecía de todo valor y respetabilidad, sino que, por el contrario, rebajaba a la mujer que la poseía por considerarse que haberla conservado por largo tiempo era signo inequívoco de escasa o ninguna aceptación entre los varones.
Por consiguiente las vírgenes pertinaces eran tenidas, según afirma un cronista, como “desgraciadas”, vale decir, marginadas, en términos de hoy, con el triste agravante de que las viejas doncellas muiscas no tenían el consuelo de la vida monástica
Otra de las costumbres que involucraban a las mujeres, era la no muy pacifica de azotar a sus maridos, lo cual no hacían por obra de sus impulsos coléricos, sino por procuración y ministerio de la Ley.
Es bueno aclarar, que no todas las mujeres chibchas practicaban dicha costumbre, sino únicamente las que contaban con la suerte de pertenecer al serrallo de un encumbrado cacique. La explicación era bien sencilla. Si el cacique delinquía, su mismo rango lo ponía a salvo de cualquier acción punitiva.
Pero el Código de Nemequene, en su previsión y sabiduría, no quiso cubrir con su manto de total impunidad los actos de estos altos jerarcas, y para tal efecto consagró un inusitado privilegio matriarcal, consistente en otorgar a sus mujeres la prerrogativa de castigar sus pecados y delitos con la flagelación. Y aquí viene la gran paradoja. Como ya lo vimos atrás, el Zipa y los caciques podían allegar tantas mujeres cuantas sus recursos les permitieran sustentar.
Ello, en principio, era reputado como el más envidiable signo de fortuna de los más acaudalados. Lo malo era que, en el momento de merecer un castigo, dicha suerte se convertía en una cruel maldición, puesto que en ese caso, los azotes crecían proporcionalmente al número de mujeres, ya que todas ellas querían siempre participar activamente en la zurra, vapuleando por lo menos un par de veces al infeliz.

Narra el cronista Fernández de Piedrahita una historia en extremo pintoresca a propósito de esta costumbre. Estando ya consumada la conquista y establecido el Adelantado Jiménez de Quesada en el poblado de Suesca, un día quiso Don Gonzalo visitar a un cacique amigo y vecino suyo. Y grandes fueron su sorpresa y estupor cuando, en vez de hallar a su amigo rodeado de amorosas y solícitas mujeres, lo encontró atado a una estaca en tanto que la totalidad de ellas, que eran nueve, lo flagelaban con vesanía. Conmovido, el Adelantado rogó a estas terribles mujeres sabaneras que pusieran fin al bárbaro castigo, con lo cual nada logró, pues al parecer las enardecidas matronas estaban dispuestas a no suspender la paliza hasta despellejar a su común esposo. Una vez que pararon los azotes y las fieras tomaron algún descanso, Don Gonzalo pidió una explicación de esta horrenda ceremonia y la obtuvo.
La
víspera habían pasado unos españoles rumbo a Santa Fe por los dominios del cacique. Allí se detuvieron, y como traían consigo buena provisión de vino castellano, lo escanciaron generosamente y bebieron en compañía del cacique, quien, por no estar acostumbrado a esa clase de licor, se embriagó de la manera más aparatosa y grotesca, no sin hacer toda clase de estropicios en su casa antes de tenderse a dormir la borrachera.
A
la mañana siguiente vino la venganza del serrallo, que nos cuenta el cronista. Estamos seguros de que ni el menos afortunado de los maridos contemporáneos podría narrar una experiencia semejante a ésta después de la más truculenta y pecaminosa de sus juergas.
Uno de los apartes del Código de Nemequene nos muestra su severidad inmisericorde con los maridos que, sin culpa alguna, sobrevivían a sus mujeres. En primer término, si éstas alcanzaban a dictar las últimas disposiciones de su voluntad antes de fallecer, una que no fallaba nunca era ordenar a su esposo la observancia de la más rigurosa castidad durante un período que la moribunda establecía, con la única condición de que no excediera de cinco años. Dentro de los límites de este plazo, el pobre viudo tenía que someterse forzosamente al tiempo de abstinencia sexual que la finada hubiera querido imponerle a su real arbitrio.
Por supuesto, este privilegio estaba taxativamente reservado a la mujer principal. Sin embargo, si el marido era astuto y ladino podía, mediante un diestro juego de argucias, obtener que su esposa, próxima a morir, le rebajase el período de la luctuosa castidad.
Por otra parte, si la causa de su viudez era el parto, la suerte aciaga del desventurado se agravaba, pues además del consabido término de pureza forzada, el viudo había de entregar la mitad de su hacienda, o si era indigente lo que pudiera, a la familia de su esposa, arriesgándose, si rehusaba hacerlo, a ser perseguido hasta la muerte.
Como bien hemos podido observar, las mujeres en la civilización Chibcha poseían en muchos aspectos de la vida cotidiana un poder casi matriarcal

martes, 6 de marzo de 2007

El incesto y el robo en la justicia Chibcha


El incesto debió de ser casi inexistente entre los chibchas, debido a la feroz severidad con que lo castigaban.
Si una pareja compuesta por madre e hijo, padre e hija, dos hermanos o incluso tío y sobrina, era sorprendida en flagrante contubernio o se acumulaban suficientes pruebas, los dos escandalosos amantes eran sepultados en sendos hoyos con agua hasta la mitad y, nadando en ella, gran variedad de culebras y sabandijas.
A continuación, se colocaban pesadas losas sobre los huecos, y los dos pecadores eran abandonados a su suerte, de la cual se encargaban las alimañas con una lentitud espantable.
El espesor de las losas era lo bastante suficiente para impedir que los alaridos de los incestuosos incomodaran a los vecinos.
La sodomía era, casi inexistente en estas comarcas. Pero de todas maneras, el previsivo Código de Nemequene fijaba para quienes osaban pecar contra natura un castigo que, sencillamente, no podía ser peor.
El reo era empalado en una estaca de cierta planta erizada de agudas espinas hasta que el extremo de la horrible lanza le asomaba al desventurado por uno de los ojos, o bien, como lo afirmaban los cronistas, por el propio cráneo.

En diferentes culturas, correspondientes a muy diversas épocas y regiones, se ha conocido la práctica de cercenar públicamente una o ambas manos a los ladrones, sin exceptuar a ciertas sociedades contemporáneas en las que aún se practica este rito sin contemplaciones. Pero el draconiano Código de Nemequene iba mucho más lejos.
Disponía que a los ladrones les fuesen amputadas las dos manos, las dos orejas y la nariz. Suponemos que después de padecer esta múltiple ablación, pocas debían de ser las ganas que les quedaban a los reos de volver a entrar a saco en la propiedad ajena

lunes, 5 de marzo de 2007

Explosión artistica en la BLAA


La Biblioteca Luís Angel Arango abrirá el próximo miércoles 7 de Marzo su programación cultural para este año con el estreno en Colombia de la cantata Rosalía para cuarteto vocal, quinteto de vientos y clavecín. inspirada en la obra de Fernando Botero.
Esta pieza fue creada por los estadounidenses Bruce Trinkley y Jason Charnesky, basados en la fascinación que les produjo el óleo del mismo nombre que Fernando Botero pintó en 1972 y se encuentra en el Museo Palmer de la Universidad del Estado de Pensilvania, en Estados Unidos.
La cantata será interpretada por un cuarteto vocal formado por cantantes de la Universidad Javeriana y Carivato, un quinteto de maderas de la Universidad Nacional, en medio de una puesta en escena electrónica que reproducirá la imagen de la pintura en la sala.
Después de haber sido interpretada en varios escenarios desde 1993 y haber sido transmitida en directo por la televisión de ese país en 1996, los colombianos podrán escuchar esta obra que evidencia la relación entre la pintura y la música al combinar la estética de la obra de Botero con la historia de la vida de esta santa y patrona de Palermo (Italia).
El mismo 7 de Marzo se abre al publico la exposición “Fantasmagoría” la cual cuenta con la curaduría de José Roca y reúne la obra de importantes artistas contemporáneos del mundo como Christian Boltanski, Michel Delacroix, Laurent Grasso, William Kentridge, Teresa Margolles, Jim Campbell, Óscar Muñoz y Regina Silveira, entre otros.

Fantasmagoría: espectros de ausencia
está inspirada en las ´fantasmagorías´; extravagancias teatrales que se hicieron muy populares en Europa durante los siglos XVIII y XIX y mezclaban experimentos ópticos para seducir al público con temas sobre la muerte y lo macabro.
Así, la muestra está compuesta por obras que parten de medios inmateriales, como la niebla, el aliento y la bruma, para crear imágenes fantasmagóricas que suscitan reflexiones sobre la desaparición, la ausencia y la muerte.
Pero es no es todo. Este miércoles 7 de marzo la BLAA será también escenario de un evento muy especial: un homenaje al escritor caleño Andrés Caicedo, ícono de la generación de artistas y cineastas conocida como el ‘grupo de Cali’, quien murió hace 30 años. Su familia ha decidido publicar sus memorias inéditas y, por eso, se llevará a cabo un conversatorio en el que participarán sus hermanas y amigos del famoso ‘Caliwood’.
Además, se presentará un monólogo basado en el cuento Maternidad, de Caicedo, y habrá una exhibición de objetos personales suyos, entre los cuales habrá fotos, su máquina de escribir y el manuscrito original de ¡Qué viva la Música!, su obra más famosa.
En un acto privado, la familia Caicedo le donará al Banco de la República los manuscritos del escritor caleño y estarán disponibles al público en la Biblioteca Luís Ángel Arango.
Para no perderse esta sobredosis cultural en la BLAA el próximo 7 de Marzo.

La muerte o la infamia - Justicia Chibcha -


Es extraño pero cierto. El Código de justicia chibcha establecía dos penas muy distintas para el mismo delito: la violación de la mujer.
Si
el violador era soltero, no había apelación. Se le daba muerte en forma sumaria. Pero si era casado, la pena variaba sustantivamente. Su integridad física no padecía estrago alguno. La moral era la que quedaba deteriorada sin remedio.
El violador era condenado a sufrir, sin la mínima protesta, la infamia de que dos esforzados varones solteros pasaran en noches diferentes por el lecho de su esposa, la cual, a su vez, tenía que recibir de buen grado a sus insólitos visitantes.
Al parecer, los chibchas no conocían la figura, tan común en las culturas occidentales, de los cuernos que escarnecen las frentes de los maridos burlados. Pero cabe suponer que, si la hubieran conocido, no habrían vacilado en complementar este castigo ornamentando las cabezas de los condenados con las astas de los venados silvestres que tanto abundaban en la Sabana.
Lo
que sí es evidente es que, habiendo aplicado para el mismo delito dos penas en apariencia tan distintas en gravedad, ello nos indica que el honor era algo tan preciado para estos primeros bogotanos, que para ellos la infamia era tan atroz como la muerte.

domingo, 4 de marzo de 2007

MeMe Literario

Ayer mi buena amiga Carolina ha referenciado al suscrito para hacer un MeMe, me ha parecido una propuesta muy interesante pues esta basada en la literatura, fuente primaria del pensamiento y evolución del hombre.
El MeMe en referencia pide:

- Tomar el libro mas cercano (yo preferi tomar uno que estoy leyendo hace unos días)
- Ir hasta la pagina 123
- Ir a la quinta oración de la pagina en mención
- Copiar las siguientes tres oraciones y publicarlas en el blog
- Nombrar el libro y el autor, y colocarle la tarea a tres blogers.

Como me es imposible darle un no como respuesta a mi querida referente, pues aquí esta sin mas preámbulos mi tarea.

Tenia entonces dieciséis años cumplidos. En mi, de pronto, se manifestaba una apatía incomprensible. Todos mis sueños, todos mis entusiasmos, todas mis excentricidades habían desaparecido. Una fría indiferencia había reemplazado el antiguo ardor de mi alma. El arte mismo perdió para mi su atractivo, y lo abandone. Nada me distraía ya, hasta el punto de que sentía indiferencia hacia Alejandra Mijailovna. Mi apatía era interrumpida por tristezas sin causa y por lágrimas. Buscaba la soledad... A la sazón, un suceso extraño trasformo mi alma y trocó aquella negligencia en una verdadera tempestad. He aquí lo que ocurrió.

Noches Blancas
Fiodor Dostoievski

Y para no dejar a mitad de camino la asignatura, mis tres referidos son:

- Mi admirado y carismático amigo Patton
- Mi estimado escritor y periodista Mariano Plannells
- Mi amigo narrador de mitos y leyendas Alberto Zambade

sábado, 3 de marzo de 2007

Efemérides Marzo 3

1613 - Comienza a reinar en Rusia la dinastía de los Romanov, en la persona del joven Miguel.
1816 - La heroína boliviana Juana Azurduy de Padilla, al frente de 200 hombres, derrota a las tropas españolas.
1820 - Por el compromiso de Missouri se autoriza la esclavitud en los Estados situados al sur del paralelo 36.
1845 - La península de Florida es admitida en la Unión Norteamericana como estado.
1847 - Nace Alexander Graham Bell, inventor.
1857 - Muere Guillermo Brown, almirante de origen irlandés, que dio gloria a la marina argentina.
1875 - Se estrena en París la ópera "Carmen", de George Bizet.
1910 - Inauguración de la línea férrea entre Chile y Argentina, que atraviesa la cordillera de los Andes.
1910 - Consigue el título de piloto de aviación la baronesa de Laroche, primera mujer que murió víctima de un accidente aéreo.
1918 - Nace Arthur Kornberg, bioquímico estadounidense, premio Nobel en 1959.
1923 - Primer número de la revista "Time".
1931 - Estados Unidos adopta oficialmente su actual himno nacional.
1943 - Gandhi cesa su huelga de hambre, signo de protesta contra la presencia británica en la India.
1945 - Aprobada el "Acta de Chapultepec", en esta ciudad mexicana, por la que se crea la Liga de Naciones Americanas.
1953 - Nace Arthur Antunes Comibra "Zico", futbolista brasileño.
1956 - Marruecos consigue su independencia.
1959 - Muere Lou Costello, actor cómico.
1969 - La Nasa lanza la Apolo 9.
1973 - La Unidad Popular gana las elecciones legislativas en Chile.
1984 - Un terremoto ocasiona el desplome del cerro Murmutani, en el valle de Cochabamba (Bolivia).
1991 - El Ejército Popular de Liberación de Colombia entrega las armas tras 23 años de lucha armada.
1993 - Muere Albert Bruce Sabin, físico.

Familia y sucesión de los Muiscas


Entre los Muiscas estaba institucionalizada la poligamia sin límites precisos. Sólo había uno, automático y muy sabio: el hombre podía tomar para sí cuantas mujeres le permitiera la magnitud de su peculio. De ahí que el mejor abastecido de tan preciado tesoro fuera el Zipa, al que Fray Pedro Simón llegó a calcularle unas trescientas compañeras.
El adulterio estaba penado con la muerte, pero antes de inmolar a la infiel estaba prescrita una ordalía muy pintoresca, cuyo resultado final era reputado como infalible para determinar la inocencia o culpabilidad de la acusada
Se celebraba una ceremonia especial en la cual la sospechosa era obligada a devorar cantidades ciertamente mortíferas de ají crudo. La desventurada empezaba a masticar estas crueles bocadas de fuego mientras emitía gemidos lastimeros los cuales, por supuesto, no conmovían a los jueces. La presunta adúltera seguía abrasándose fauces y entrañas en tanto que el tribunal aguardaba, impasible, el desenlace.
En caso de que la víctima, ya doblegada por el suplicio, confesara su real o supuesto delito, le calmaban los ardores con copiosas libaciones de agua y en seguida la ejecutaban. Si, por el contrario, llegaba hasta el término señalado para el tormento soportándolo con heroica entereza, se presumía su inocencia, se le impartía la absolución plenaria y se le brindaba un espléndido desagravio. Pero, no obstante el temible aparato punitivo que gravitaba sobre las mujeres que faltaban a la fidelidad conyugal, los caciques no tenían plena confianza en que los hijos que les daban sus esposas fueran realmente engendrados por ellos.
En consecuencia, entre los chibchas prevaleció la línea matrilineal para la sucesión de los jerarcas, pese a que, dentro de la poligamia chibcha, la primera mujer gozaba de cierta preeminencia sobre las demás y, por lo tanto, era más confiable su fidelidad.
En términos más concretos, el heredero del cacique tenía que ser hijo de una hermana suya, en cuyo caso, no podía haber duda alguna respecto al parentesco con dicho cacique. En caso de que faltara el sobrino nacido de la hermana, el procedimiento para elegir al sucesor era en apariencia extraño, aunque no exento de una fina sabiduría.
El procedimiento consistía en colocar a dos de los más bizarros y fornidos guechas frente a una doncella, escogida también entre las más hermosas de la comunidad. Tanto los dos guerreros como la bella debían comparecer a la trascendental ceremonia completamente desnudos. Los encargados de emitir el fallo debían estar atentos a las reacciones de los mancebos frente a la perturbadora catadura de la doncella. Si uno de ellos, o ambos, mostraban en sus partes nobles la mínima excitación ante los encantos de la dama, eran eliminados en el acto por considerarse que una vulnerabilidad tan inmediata a las fuerzas seductoras de la mujer los incapacitaba para un ejercicio recto de los altos menesteres del gobierno.
Sólo el que pasando por la sobrehumana prueba lograra mostrar una total impasibilidad en las zonas más sensibles de su cuerpo, se juzgaba como apto para suceder al cacique. Resulta aquí interesante anotar cómo a una distancia inconmensurable en leguas y en siglos, los cronistas del bíblico libro de los Jueces nos legaron la ejemplar historia del gigante Sansón, matador de fieras montaraces e invicto debelador de filisteos que, finalmente, abatido por los hechizos de la insidiosa Dalila, revela a la daifa el secreto de su indomable fuerza, siendo así traicionado y entregado, impotente, en manos de sus enemigos.

Los chibchas, más avisados, se precavieron, mediante la ya descrita ceremonia, contra la perfidia de todas las Dalilas imaginables y posibles.

viernes, 2 de marzo de 2007

Organización social y política de los Muiscas


La sociedad muisca en los dominios del Zipa estaba estratificada de la manera más rígida y en forma piramidal.
En la cúspide estaba el Zipa, soberano absoluto a quien sus vasallos debían un acatamiento incondicional y ciego.
Dada la jerarquía vital que entre los chibchas tenía la estructura religiosa, el segundo estrato debajo del poder omnímodo del Zipa era el compuesto por quienes alcanzaban la encumbrada dignidad de jeques, mohanes o, en palabras más nuestras, sacerdotes.
Hasta donde llegan los conocimientos actuales, los chibchas vivieron en un estado de guerra permanente, tanto entre las diversas confederaciones, como contra los agresores extranjeros.
En consecuencia, la casta de los guerreros o guechas, tuvo siempre el tercer nivel dentro de la escala con un rango muy elevado y respetable.
Es digno de anotarse que tanto los guerreros como los ministros del culto eran castas improductivas, algo que nos recuerda la organización feudal europea. De ahí hacia abajo venían los productores de riqueza, los cuales, por supuesto, sí tributaban.
Ellos, los pecheros del reino muisca, eran, en su orden, los artesanos, tejedores, alfareros y orfebres, los mercaderes, los trabajadores de las minas de sal y de esmeraldas y los trabajadores del campo.
En la base de la pirámide estaban los esclavos, que eran enemigos vencidos y cautivados en las contiendas.
Desde luego, no podemos pasar por alto que a todo lo largo y ancho del reino había caciques de mayor y menor importancia, todos los cuales tributaban al Zipa.

jueves, 1 de marzo de 2007

Dimensiones de la Nación Chibcha


Someramente presentamos la extensión, así como la ubicación y límites del conglomerado global de los chibchas, esto es, de las cinco confederaciones que lo conformaban: Bogotá, Tunja, Iraca o Sogamoso, Tundama y Guanetá.
En cuanto a población, no hay consenso de los diversos historiadores sobre la misma, pues existen diferencias acentuadas en cifras muy abultadas, lo cual es lógico, puesto que a la llegada de los conquistadores no existía entre los nativos conato alguno de padrón o censo.
Las diferentes estimaciones oscilan entre 300.000 y dos millones. Del territorio que ocupaban las confederaciones chibchas, todas ellas identificadas por un común denominador étnico, sí se puede hablar con bastante precisión.
Por el Sur, los dominios chibchas empezaban cerca de Fusagasugá, hacia los 4 grados de latitud Norte, y llegaban hasta las comarcas de los Guanes, en los contornos de la actual San Gil, hacia los 6 grados de la misma latitud.
La extensión total del territorio chibcha puede calcularse en los 30.000 kilómetros cuadrados. Al norte del Sumapaz, la cordillera se abre generosamente para dar lugar a una de las comarcas más bellas, gratas y feraces que se pueden conocer: la llamada Sabana de Bogotá que, con sus 150.000 hectáreas de extensión, fue el asiento de la más poderosa de las organizaciones chibchas: el reino de los Zipas