lunes, 30 de abril de 2007

El desarrollo urbano en la Colonia


La segunda mitad del siglo XVI, es decir el primer tramo de la vida urbanística de Santafé, fue uno de los períodos de mayor animación. Bien puede afirmarse que en esta época la capital adquirió en lo urbanístico y arquitectónico los rasgos esenciales que habrían de caracterizarla durante siglos. La ciudad estaba, a fines del XVI, dotada con los elementos esenciales de una vida urbana normal, era una ciudad de corte netamente español, plenamente consolidada.
Este comienzo vigoroso del urbanismo americano es parte de un ímpetu generalizado. El imperio español en América fue la empresa histórica que mayor cantidad de ciudades fundó, cimentando toda su labor pobladora en este hecho.
A fines del reinado de Felipe II había en el Nuevo Mundo 165 nuevas ciudades con un promedio de 437 casas por ciudad y entre seis y siete habitantes por casa.
En consecuencia, la población promedio por centro urbano oscilaba entre 2.600 y 3.000 habitantes. Había, desde luego, grandes aglomeraciones como en Lima y México, cuyos habitantes (los de cada una) excedían en mucho el número de los pobladores de las principales urbes españoles de la época, que eran Sevilla y Toledo.
En 1575 se emprendió en Bogotá la construcción del llamado Camellón del Occidente, obra vital para la supervivencia misma de la ciudad, ya que la zona cenagosa del Oeste impedía durante buena parte del año la comunicación con el río Magdalena. Ya entonces existían las sedes de la Real Audiencia y el Cabildo Secular, la Cárcel de Corte, la Cárcel “Chiquita” y la pila de agua de la Plaza Mayor, lo mismo que el primer hospital.
La mayor parte del espacio construido en Santafé estaba entonces copado por edificios religiosos. De 18 inmuebles registrados entre 1539 y 1600 trece de ellos (72.2%) eran religiosos. Prevalecían las capillas y ermitas. Entre 1538 y 1600 se construyeron dos conventos, cinco iglesias y capillas, cinco ermitas y un monasterio, lo que da el total de trece edificaciones religiosas.
En la primera mitad del siglo XVII se registró el mayor esfuerzo en materia de construcción de toda la historia de Santafé. Fue ese el período de la real consolidación urbana de la capital. Por esos tiempos, adquirió notorio vigor la institución de la mita urbana, destinada esencialmente a dotar de mano de obra las empresas constructoras que se adelantaban en Santafé. Sustraídos de las encomiendas, en 1602 había en la ciudad 88 indígenas trabajando en diez obras públicas entre las que se contaban el Cabildo, la fuente de la Plaza Mayor, la Real Audiencia, la Cárcel de Corte, la carnicería, el puente de San Francisco y los empedrados de las calles principales. Durante esa etapa se levantaron 19 edificios religiosos y seis civiles. También se construyeron los colegios jesuíticos de San Bartolomé y San Francisco Javier y el Santo Tomás.

En la primera mitad del siglo XVII, de las 18 obras religiosas siete fueron iglesias y capillas, dos conventos, tres monasterios, tres colegios, dos recoletas y una casa de Cabildo Eclesiástico. Las seis civiles fueron cuatro puentes, la Casa de la Moneda y la Casa de Expósitos.
En la segunda mitad del siglo XVII decayó la actividad constructora. Durante ese tiempo se construyeron tres conventos y noviciados, siete iglesias y capillas, dos ermitas y un colegio, para un total de trece edificios religiosos. En cuanto a las obras civiles, ellas fueron sólo tres: dos puentes y una carnicería. Después del gran auge de la primera mitad del siglo XVII, esta fase inicia un ciclo negativo de un siglo que tiene su punto más bajo en la primera parte del setecientos.
En la primera mitad del siglo XVIII, haciendo eco a la aguda parálisis económica, la construcción conoció su punto más bajo. En ese medio siglo, Santafé sólo vio edificar siete nuevas obras. Tan sólo hubo una importante: el reemplazo del Hospital de San Pedro por el de San Juan de Dios (1739), que inicia nueva vida ocupando una manzana y ampliando su capacidad. La mención al “Palacio Virreinal” (1719 23), además del cambio de nombre, se reduce al mejoramiento de las “Casas Reales”. El llamado Acueducto de Aguavieja (1737 1739) consistió en la canalización y unificación de dos fuentes de agua, los ríos San Agustín y Fucha, sobre acequias ya existentes en su mayor parte.
Las construcciones religiosas se restringieron a la Capilla de La Peña (1717), en honor a una aparición de la Sagrada Familia, único caso bastante destacado en medio de la opacidad de la época. La Casa Arzobispal (1733) y el puente sobre el río Tunjuelo (1713) completan este cuadro mediocre.

En contraste con la primera, la segunda mitad del siglo XVIII vivió un enérgico florecimiento de la construcción en Santafé, que coincidió con un fenómeno similar en todas las ciudades importantes de Hispanoamérica.
El hecho es que las urbes principales del Imperio empezaron a experimentar en esta época una decisiva renovación a la cual, lógicamente, no escapó la encumbrada y aislada Santafé. Uno de los aspectos más significativos del cambio que se operó fue que, por primera vez en la historia de estas colonias, la autoridad civil tomó la iniciativa en todos los órdenes, sin exceptuar el de la construcción. Quiere esto decir que se presentó el caso sin precedentes de que las construcciones civiles fueron más y mayores en importancia que las religiosas. Al revés de lo que había ocurrido hasta entonces, las obras civiles adquirieron una notoria preponderancia sobre las religiosas. De 21 obras registradas, 16 fueron civiles (76% del total). Esta inversión en la estadística muestra elocuentemente los cambios ocurridos en todos los órdenes. Santafé no sólo creció y se diversificó en términos sociales, sino que también se convirtió en una ciudad más secular; los criterios civiles de gobierno se manifiestan en el énfasis de la infraestructura urbana y las obras civiles. Entre éstas se destacan el célebre Puente del Común, que sirvió para agilizar la comunicación entre Santafé y las salinas de Zipaquirá; el Puente de Sopó, que cumplió función similar en el camino del Norte; el Puente de Aranda, que logró lo propio con la vía a Occidente; los puentes de San Antonio, en Fontibón, y el de Bosa, sobre el río Tunjuelito. En suma, en ese período se construyeron un convento, tres iglesias y un monasterio, mientras que en el área civil se construyeron cinco puentes, un cementerio, un acueducto, una casa de moneda, una fábrica de pólvora, un hospicio real, un hospital, una casa de aduana y un cuartel de caballería, además de que se acondicionó el convento de los jesuitas para biblioteca pública, se mejoró el Camellón de Occidente, se construyó un local para la Expedición Botánica y se emprendió una activa campaña de empedrado de calles.
Igual tendencia se observa en los datos de construcción correspondientes a la última década de la Colonia (1800 1810). Mientras que la única edificación religiosa fue la nueva Catedral, en el terreno civil se levantó el puente sobre el río Arzobispo, al Norte de la ciudad; se construyó el acueducto de San Victorino, que llevó el agua de este río a la pila del citado sector; se abrió una nueva escuela pública; se mejoró notablemente la vía del Norte, y se erigió una de las obras más importantes de toda nuestra era colonial, producto típico de las saludables corrientes de la Ilustración: el Observatorio Astronómico de Santafé, entonces único en América del Sur.

viernes, 27 de abril de 2007

Expansión de la ciudad


Durante el siglo XVI el desarrollo urbano de Santafé se limitó al que tuvo lugar a lo largo del eje que se extendía entre las plazas Mayor y de Yerbas. En 1568, no había casa alguna al Sur de la actual calle 9a. (costado meridiorial del Capitolio). Ya en 1590 había algunos inmuebles aislados en los contornos del río San Agustín.
Fue, desde luego, el binomio templo convento el núcleo básico del crecimiento urbano en la Colonia. De ahí que la América hispana heredara el concepto de parroquia, tradicional y vigoroso en España desde la Edad Media. La parroquia, más que una unidad de apacentamiento de almas, era un activo centro político, administrativo, social y familiar. Los feligreses se casaban en su parroquia, eran sepultados dentro de los linderos de la misma, y a menudo testaban total o parcialmente a su favor.
Hasta 1585 Santafé era una parroquia única regentada por la Catedral. Sin embargo, en ese año se hizo evidente la necesidad de crear dos nuevas, además de la ya mencionada. Entonces, y siguiendo el eje de la Calle Real que ya iba más al Norte de las Yerbas y más al Sur de la Plaza Mayor, la diócesis, que estaba a cargo del obispo Fray Luis Zapata de Cárdenas, creó al Norte de la Catedral la parroquia de las Nieves y al Sur la de Santa Bárbara. Los límites seguían siendo los ríos. Del San Francisco hacia el Norte estaba el territorio de las Nieves; del San Agustín hacia el Sur, el de Santa Bárbara, al que se adscribieron los poblados indígenas de Teusaquillo y Servitaba. Por supuesto, las dos nuevas parroquias cumplían con los dos requisitos inexcusables de contar con habitantes suficientes y capaces de mantener un curato y costear la luminaria perpetua del Sagrario.
La iglesia de las Nieves fue construida con el patrocinio de Cristóbal Ortiz Bernal, encomendero de Sesquilé y conquistador, quien le colocó la imagen de la Virgen que le dio su nombre. El terreno de la plaza que se abrió frente al templo fue donado por una hija del capitán Juan Muñoz de Collantes, encomendero de Chía. El templo de esta parroquia estaba cubierto de teja.
El de Santa Bárbara era pajizo y fue construido por el capitán Lope de Céspedes en honor de esta santa, diputada desde siglos atrás como protectora de los fieles contra rayos y centellas. En efecto, un día de tremenda borrasca cayó un rayo en la casa del capitán Céspedes y “solo causó daños menores”. El agradecido capitán, que era además encomendero de Ubaque, Cáqueza y Ubatoque, erigió esta ermita a Santa Bárbara en agradecido reconocimiento.
Estas capillas tuvieron la categoría de ermitas, es decir, sitios de culto levantado en lugares descampados sin mayor poblamiento.
En el momento de ser convertidas en parroquias, el casco urbano no llegaba hasta estos parajes. Podemos suponer que se hicieron principalmente para atender a la población indígena, que debía habitar en viviendas dispersas pero relativamente nucleadas.
La instauración de estas parroquias las convirtió en áreas de desarrollo urbano prioritario. A su alrededor aumentaría el nucleamiento y provocarían la expansión del casco urbano en estas dos direcciones.
Sólo trece años después fue erigida la cuarta parroquia, que llevó el nombre del extraño y mal conocido San Victorino, abogado de los hacendados sabaneros contra las temibles heladas.
La trama social de las ciudades se fundamentó en las parroquias que actuaban como unidades residenciales y de culto, o sea, las dos funciones más importantes (excluido el comercio) de la ciudad colonial. La expansión urbana tendría lugar manteniendo la parroquia como unidad y la dupla iglesia plaza como espacios centrales de atracción.
En el conjunto de la ciudad, cada plaza ocupaba un lugar dentro de la jerarquía de plazas: la Mayor, con más relieve, y unas plazuelas que servían de órbita y foco de unión e integración urbana de orden secundario.

Este sencillo pero efectivo esquema de ordenamiento urbano se reforzó en el caso de Santafé por su particular geografía. Atrapada entre dos ríos que se unen en el Occidente, la ciudad tenía en ellos dos fuertes barreras geográficas que definían a su vez el límite de las parroquias: al Norte, Las Nieves; al Sur, Santa Bárbara; en medio, La Catedral, y al Occidente, San Victorino. Un triángulo geográfico que se convirtió en el marco físico del desarrollo urbano a lo largo de toda la etapa colonial.

miércoles, 25 de abril de 2007

Los dos centros de Santafé


Se ha creído que la plaza que los españoles llamaron “de las Yerbas” (hoy parque de Santander) era un sector próximo al cercado del Cacique, conocido por los muiscas como Teusaquillo.
Hay indicios de que allí celebraban los naturales mercados periódicos de mucha actividad. Parece, además, que en la ermita rústica que se levanto en el costado Noroccidental se dijo la primera misa y que sólo en 1539 se formalizó la fundación con todos los requisitos tradicionales hispánicos y se dio comienzo al trazado de la ciudad a partir de la Plaza Mayor.
Un
factor que dio especial preeminencia a la Plaza de las Yerbas fue que en su contorno se establecieron las dos primeras órdenes religiosas que se afincaron en Santafé: San Francisco y Santo Domingo. También se cree que el Cabildo funcionó por los lados de esta plaza, aunque no hay certeza de ello: lo único positivo es que muy pronto éste se pasó a la Plaza Mayor.
Otro aspecto que comprueba la importancia que tuvo desde sus comienzos la Plaza de las Yerbas es que muchos de los principales personajes fijaron allí su residencia, empezando por el adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quesada, fundador de la ciudad, que se instaló en el costado Oriental de la plaza, con base en lo cual podríamos afirmar hoy que Don Gonzalo fue el precursor del Jockey Club, y que desde entonces la aristocracia santafereña y bogotana tendió a fijar y mantener su cuartel general en ese lugar.
Al lado opuesto de la plaza estuvo otro de los fundadores y distinguido lugarteniente de Quesada, el capitán Juan Muñoz de Collantes. También residió por un tiempo en la Plaza de las Yerbas Hernán Pérez de Quesada.
Dado el relativo desarrollo de la Plaza de las Yerbas, el río San Francisco se convirtió en un obstáculo para el tránsito, que era preciso vadear. De ahí que, muy poco después de la fundación, se construyó el precario puente de madera que se llamó de San Miguel.
No obstante que desde 1539 la Plaza Mayor fue oficialmente diputada como tal, no fue, como en otras ciudades contemporáneas y análogas del continente, el gran centro aglutinador de la nueva urbe. Por el contrario, dado que la Plaza de las Yerbas rivalizaba con ella, puede decirse que la ciudad tuvo en sus primeros tiempos una configuración bipolar.
Ello explica la activa circulación que tuvo desde el principio la vía que las enlazaba (Calle Real, luego carrera 7a., entre calles 10 y 16). La Catedral, que al comienzo hubiera podido dar preeminencia a la Plaza Mayor, no se la dio puesto que su primera fábrica no fue más que una humilde iglesia pajiza. Por su parte, el mercado seguía efectuándose en la Plaza de las Yerbas.
En 1553, el obispo Fray Juan de los Barrios comenzó a levantar en un lote de la Plaza Mayor otra Catedral más acorde con su jerarquía. Hasta esta época en que existe una voluntad de relievar su papel intrínseco, la Plaza Mayor se mantuvo como “área de pastoreo de cerdos y caballos”. A partir de entonces se sucedieron los hechos que fueron inclinando la balanza hacia el lado de la Plaza Mayor.
En
1554 el Cabildo ordenó el traslado a ella del mercado semanal. Al año siguiente llegó allí, y con sede propia, la Real Audiencia. Y en 1557 se dio al servicio el puente de San Miguel. En esa forma, Santafé cumplía el destino de todas las ciudades hispanoamericanas de la Colonia que, según el urbanista francés Ricard, “son plazas mayores rodeadas de calles y casas”.
El urbanismo hispanoamericano tiene como su pieza fundamental el poder de atracción de una plaza mayor. En ella se concentran, hipertrofiadamente, las principales funciones urbanas. En un mismo recinto funcionan los centros comercial (plaza de mercado), gubernamental (casas reales), religioso (templo matriz), y residencial (agrupación en su rededor de las “casas principales”). También servía como escenario de las fiestas públicas y religiosas. Esta aglomeración de diversas gravitaciones es única dentro del urbanismo y fue diseñada para reforzar el poder cohesivo en un poblamiento muy sutil e impresionantemente extenso, como lo fue el del imperio español en América.

La Plaza Mayor
de Santafé, a pesar de conservar su plena jerarquía, tuvo una orientación hacia el Norte, lo cual fue el comienzo de un centro “lineal” que partía de ella y acababa en la Plaza de San Francisco, como se denominó a partir de 1557.
Además de sus atribuciones socieconómicas, la Plaza Mayor de Santafé tendría un elemento que la individualiza entre sus pares latinoamericanas. A su extensión (106 metros de lado) se agregaba su dimensión vertical. La Plaza Mayor de Santafé es la única plaza inclinada de las capitales de los países latinoamericanos, la de Cuzco, que también tiene pendiente, no lo es en grado semejante a la de Santafé.
Por esta peculiaridad, desde el atrio de la Catedral, los santafereños pudieron disfrutar de una magnífica vista.

martes, 24 de abril de 2007

Escándalo de graffiti

LA COLUMNA DE OPINET
A pesar de ser ampliamente conocido por todos el estilo pendenciero del senador Gustavo Petro, se esperaba alguna novedad o alguna denuncia valedera en el debate de la semana anterior sobre el paramilitarismo en Antioquia, frente al cual se había generado una gran expectativa en relación con un listado de cerca de dos mil antioqueños vinculados -según Petro- con las huestes de la extrema derecha.
El documento se había filtrado a los medios de comunicación, que no lo divulgaron, pero Petro adujo que ese no era su documento y se lo atribuyó al consejero presidencial José Obdulio Gaviria.
Finalmente, no hubo nada, no hubo lista negra ni acusaciones de peso que trascendieran las babosadas que Petro acostumbra, sus denuncias de grafitero, de esas sandeces que los desadaptados escriben en los muros.
Pero a pesar de que Colombia no cree en esas majaderías, en esas denuncias trasnochadas que vienen repitiendo hace años sin mayor sustento, en el exterior sí prosperan y le hacen mucho daño al país como lo denunció el Presidente en su alocución del jueves.
Que el ex vicepresidente Gore no quisiera compartir escenario con el Presidente de Colombia en un foro sobre medio ambiente es lo de menos, en juego está el TLC y el apoyo norteamericano al Plan Colombia y a las Fuerzas Militares. Pero también en la comunidad europea hay voces que se levantan contra el país por el ‘escándalo’ de la parapolítica y dicen que el viejo continente no debe abrirnos sus mercados.
Las denuncias de la izquierda colombiana en el extranjero no sólo son una incongruencia como bien lo señala el presidente Uribe sino que son un acto de traición a la Patria y a sus gentes, son una torcida apuesta para que al país le vaya mal y puedan tener ellos una oportunidad de gobernar algún día, de introducirnos sus arcaicos y retrógrados modelos económicos, de llevarnos a la igualdad y a la justicia que pregonan, todo eso que en los países donde lo han impuesto se ha traducido en falta de libertades y pobreza generalizada, con excepción de los cuadros gobernantes que sí disfrutan de todos los beneficios.
La izquierda merece ser una corriente política renovadora, moderna, conducente a la resolución de los problemas nacionales, no un grupo de anarquistas anacrónicos decididamente dedicados a ser opositores sempiternos que no quieren gobernar, anclados en disputas pueriles de las que pretenden salir indemnes a pesar de su turbio pasado, inculpando a los demás como únicos responsables de todo. Y, por supuesto, es el país mismo el que mayormente merece tener políticos responsables.
No se sabe hasta cuándo seguirá repitiendo Petro los viejos capítulos de una telenovela que viene escribiendo hace años y que intenta hacer pasar por Historia, con mayúscula. Su actitud se convierte en un mal ejemplo para todo el establecimiento y la sociedad pues en vez de mirar hacia adelante nos hace retroceder hasta tiempos y episodios que si bien no se han superado no vale la pena revivir para no quedarnos anclados en ellos.
Suena paradójico que algunos interpreten las vacuas denuncias de Petro como un primer paso para asumir la candidatura presidencial de su colectividad.
¿Así de mal está la izquierda como para tener que buscar su candidato entre quienes más calumnien y más ofendan? ¿Hasta cuándo va a seguir la izquierda en su juego de no proponer nada realista y tratar de entorpecer todas las políticas del Gobierno?
Mientras Petro y los suyos deberían abanderar las denuncias por corrupción que sólo en el Chocó, en lo relacionado con los dineros de la salud, comprometen recursos por 30 mil millones de pesos hasta el momento, o exigirle al Gobierno mayor control del gasto público y otras medidas que permitan controlar la revaluación del peso y mantener el ritmo creciente de la economía, prefieren desperdiciar el tiempo valioso de todos en denuncias que carecen de sustento jurídico, en la presentación de fotos insulsas y en la prédica de rumores de cocina que enseguida le dan la vuelta al mundo gracias a un periodismo light, ávido de escándalos, que prolifera desde la Patagonia hasta Cafarnaúm: los rumores de Colombia valen lo mismo que un escándalo de Paris Hilton, pero cuestan más.
Son denuncias de graffiti, que a pesar de su insolvencia hacen daño, deshonran y minan la credibilidad.
Dice la sabiduría popular: “La pared y la muralla, son el papel del…”, ya sabemos de quién.

sábado, 21 de abril de 2007

Los albores de la ciudad


El Cabildo núcleo vital de la autoridad municipal española, adjudicó los primeros solares de Santafé conforme con la calidad y jerarquía de los vecinos.
En principio se dividieron y otorgaron de acuerdo con el rango militar de los mismos. A quienes poseían títulos en la milicia se les concedía “caballería” y a los simples infantes, que carecían de dichos títulos, se les entregaban “peonías”, vale decir, solares de menor extensión.
A su vez, ya desde 1541 las “caballerías” fueron clasificadas entre mayores y menores.
Las medidas de las primeras tenían 800 pasos de frente y 1.600 de fondo; las segundas, 600 de frente y 1.200 de fondo.
Una vez adjudicados los solares, por orden expresa del Cabildo, el beneficiario debía proceder de inmediato a “medirlos y estacarlos ”, a fin de ir dando forma a calles y manzanas.
Como en estos albores de la ciudad no había albañiles, ni mucho menos alarifes, fueron los carpinteros quienes hubieron de asumir la medición de los solares y la construcción de las primeras casas.
Una de las preocupaciones constantes de las autoridades coloniales durante todo el siglo XVI fue adoptar los medios para obligar a los vecinos a construir residencias de cierta importancia que los compeliesen a permanecer en la nueva ciudad, o al menos a tenerla como su domicilio principal.
Esto se debía a que, como aún había auge de expediciones de conquistas y exploración en procura de riquezas sin medida, muchas veces legendarias, no pocos vecinos tendían a construir albergues provisionales y rudimentarios, a fin de poder emigrar en cualquier momento sin dejar tras de sí propiedades cuya pérdida fuese en verdad lamentable. En consecuencia, las autoridades capitalinas y el Cabildo echaron público pregón para informar acerca de las nuevas disposiciones que obligaban a los vecinos principales a construir sus casas en piedra y otros materiales perdurables.
Otro motivo que llevó al Cabildo a tomar esta medida fue la necesidad de precaver la ciudad contra incendios, obviamente mucho más posibles en construcciones precarias y pajizas. Las autoridades ya tenían la amarga experiencia de incendios originados en las cocinas, de cuyos techos de paja se propagaban las llamas con una voracidad devastadora. También ordenó el Cabildo que las cercas que dividían las casas fueran cubiertas con barro a fin de tratar por este medio de aislar los incendios.
También obligaba el Cabildo a tapiar los solares que lindaban con las calles con el objeto de conservar el trazado de las mismas. La transgresión a esta norma podía ser castigada con la pérdida del solar.
Se sabe que la primera casa de piedra de Santafé la construyó el encomendero Pedro de Colmenares en la calle de la Carrera, al lado del templo y convento de Santo Domingo. Posteriormente, el encomendero Alonso de Olalla edificó la que fue considerada entonces como la más lujosa, ubicada ya en la Plaza Mayor.
Para
la construcción de estas casas se hizo necesario establecer un tejar; un vecino llamado Antonio Martínez abrió el primero que hubo en la ciudad e inició la producción de tejas y ladrillos.
Durante todo el siglo XVI fue infatigable la insistencia del Cabildo en forzar a los vecinos a levantar casas de calidad.
En 1586 la Real Audiencia puso mucho énfasis en los inmuebles de la calle principal, prohibiendo que a lo largo de la misma se erigieran casas de paja y exigiendo que sus materiales fueran “piedra, tapia y teja”.
A
continuación advertía el supremo organismo administrativo que las casas que se levantaran contrariando estas especificaciones serían demolidas sin contemplaciones.
Debemos anotar que la calle principal a que se refería la Audiencia era la que se extendía entre los ríos San Francisco y Santo Domingo (después San Agustín), o sea, en nomenclatura de hoy, carrera 7a. entre calles 15 y 7a.
Es importante anotar que desde estos comienzos ya empezaron a incorporarse a nuestra arquitectura colonial hispánica ciertos elementos muiscas tales como la tapia pisada y el adobe. Hacia 1560 aún predominaban en la Plaza Mayor las casas pajizas. Pero fue precisamente en ese año cuando la Audiencia orientó su principal atención hacia dicho lugar, amenazando con derribar esas casas, o, como mínimo, multar a sus propietarios con 200 pesos que equivalían a más de la mitad del costo de una casa de buenos materiales.
El principal tropiezo con que se toparon las autoridades en este campo fue simplemente económico.
El hecho era que la incipiente ciudad no contaba con suficientes vecinos que tuvieran la capacidad necesaria para levantar sin esfuerzos sus casas con materiales duraderos. Un mapa urbano de esa época revela que en Tunja solamente los encomenderos poseían ese tipo de viviendas.
A partir de la década del 50 del siglo XVI, el núcleo de la Plaza Mayor empezó a tener mayor gravitación. No obstante, su primer desarrollo se dio entre esta Plaza y el río San Francisco, a lado y lado de la calle principal.
Este tramo configuraba una línea principal que unía los dos ríos. Los sitios estratégicos estaban ubicados a la orilla de éstos, representados por los dos conventos principales, cada uno en el extremo de esta línea.
El convento de San Francisco ocupó desde la década del 50, la orilla del río Vicachá (más tarde San Francisco) por el lado Norte; por el Sur estaba el Convento de San Agustín, que antes fue de Santo Domingo, sobre el río Manzanares (despues San Agustín).
Fueron estos los lugares de acceso a Santafé, los únicos donde hubo puentes sobre estos ríos que cercaban la ciudad.

Este patrón continuará posteriormente al ubicar la Recoleta de San Diego (Franciscanos) al Norte, sobre el riachuelo de San Diego, y al extremo Sur, sobre el Riachuelo de San Juanito.

jueves, 19 de abril de 2007

El cuarteto Jerusalen

El Jerusalén es uno de los grandes cuartetos de cuerdas del momento y un verdadero fenómeno de la música actual. ¿La razón? Ninguno de sus integrantes tiene más de 29 años. Han causado sensación entre la crítica por la maestría de su interpretación. Han viajado por varios países de Europa, África, América y Asia dando conciertos. Cuentan con una envidiable discografía para el sello Harmonia Mundi y su fama se encuentra en aumento.
El cuarteto está formado por Alexander Pavlosvky (primer violín), Sergei Bressler (segundo violín), Amichai Gross (viola) y Kyril Zlotnikov (violonchelo). Hizo su debut en 1993 y, desde entonces, sus éxitos no paran.
Fue seleccionado por la BBC para su serie ‘Artistas de las nuevas generaciones’, gracias a la cual doce solistas y conjuntos destacados en la escena musical internacional tuvieron la oportunidad de realizar grabaciones y dar conciertos a lo largo del Reino Unido.
También ha obtenido distinciones como un premio especial en el Foro Internacional Musical de Normandía (Francia), el primer premio en el Concurso de Música de Cámara de Jerusalén, el primer premio en el concurso Franz Schubert de Graz (Austria) y, en el mismo concurso, el premio especial por la mejor interpretación de repertorio del siglo XX.
Entre el Wigmore Hall de Londres, el Carnegie Hall de Nueva York y otros reconocidos escenarios en Sydney, Valladolid, Chicago, Bristol, Hannover y Washington, la agenda del Cuarteto Jerusalén, de Israel, para esta temporada incluye la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en donde se presentarán mañana viernes 20 de abril, a las 7:30 p.m., y el Teatro Metropolitano de Medellín, en donde lo harán el sábado 21. música

La Feria del libro

La Feria Internacional de Libro de Bogotá abrirá hoy sus puertas con Chile como país invitado y con un homenaje a la “vida y obra” del escritor colombiano Gabriel García Márquez que celebra los 80 años de edad, los 40 de la publicación de 'Cien años de soledad' y los 25 del Premio Nobel.
En el marco del homenaje a García Márquez se realizarán coloquios sobre su obra y se exhibirán libros que hace parte de su biblioteca personal, textos dedicados a sus novelas y varios de sus libros traducidos a otros idiomas.
En un coloquio sobre García Márquez estarán Annie Morvan, fundadora de la editorial Trilce, en Uruguay, y Gerald Martin, profesor de la Universidad de Pittsburg (Estados Unidos).
Además de una muestra iconográfica del autor de “Cien años de Soledad” que incluye documentales sobre su vida y películas basadas en algunas de sus novelas.
La Feria, que irá hasta el primero de mayo, será inaugurada por la presidenta chilena Michelle Bachelet y su homólogo de Colombia, Alvaro Uribe.
Bachelet y su comitiva, que incluye al escritor José Miguel Vara y al historiador Gabriel Salazar, hará un recorrido por el pabellón de las editoriales chilenas y visitará la exposición fotográfica en homenaje al poeta Jorge Teillier.
En el marco de la Feria se inaugurará la designación oficial de Bogotá como “Capital Mundial del Libro”, según la Unesco, y se presentará la programación oficial que tendrá la capital colombiana durante 2007-2008.
La Feria de Libro tiene esta vez una connotación especial, al cumplirse veinte años de su creación
En la feria participarán 500 expositores en un área de 15.000 metros cuadrados y los organizadores esperan superar la cifra de casi 20 millones de dólares en negocios registrada el año pasado.
Para esta nueva edición de la Feria los escritores invitados serán los mexicanos Guillermo Arriaga, Francisco Hinojosa, Carlos Prieto y Roberto Gómez Bolaños, y los españoles Eduardo Mendoza y Juan Manuel de Prada.
Además del alemán Daniel Kehlmann, del chileno Alberto Fuguet y del venezolano Manuel Díaz, entre otros.
La feria también incluye, del 23 al 25 de abril, el primer Congreso Iberoamericano de Libreros, organizado por el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), en el que intervendrán expertos de Argentina, Brasil, Canadá, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, España, Italia, México, Panamá, Portugal, República Dominicana y Uruguay.
Además, habrá un Encuentro Internacional de Editores Literarios al que asistirán los españoles Manuel Borráas y Jorge Herralde, director de Anagrama; el mexicano Eduardo Rabasa; y el argentino Guillermo Schavelzon, entre otros.
Asimismo, está programado un Encuentro Latinoamericano de Editores de Libros para Niños y Jóvenes.

El próximo lunes el alcalde de Turín (Italia), Sergio Chiamparino, traspasará al de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, el título de Capital Mundial del Libro.
Bogotá tendrá el título hasta abril de 2008 como reconocimiento a su actividad cultural y sus programas a favor del libro y la lectura, y durante los próximos doce meses será centro de múltiples actividades en esos campos.
El título de Capital Mundial del Libro recayó desde 2001 en Madrid, Nueva Delhi, Alejandría (Egipto), Amberes (Bélgica), Montreal (Canadá) y Turín.

Por esa razón en la FILB habrá también un pabellón en homenaje a las Ciudades Capitales del Libro.
Todo un banquete para los amantes de los libros, la literatura y el arte en general, que no nos podemos perder.

martes, 17 de abril de 2007

Embarazo, pobreza y criminalidad

LA COLUMNA DE OPINET
Colombia es un país insensible después de tantas penurias y de escándalos que duran ocho días, justo el tiempo que tarda en surgir otra noticia desesperanzadora, otro caso desgarrador. Y lo peor de todo es que cada vez con mayor frecuencia son los niños las víctimas de toda clase de atrocidades: casos de secuestro, violación y asesinato, unas veces por balas perdidas y otras por tomar venganza hacia sus familias; o simplemente víctimas de la pobreza y la desidia, que mueren por desnutrición y son comidos por las ratas.
Los niños del Chocó mueren desde hace años por diversas causas. Su hambre es producto de la corrupción, pues los dineros que gira la Nación no llegan a su destino y la bienestarina que el Gobierno aporta para los hogares comunitarios termina alimentando cerdos. Se señala también a la guerra y los desplazamientos como factores que provocan desabastecimiento, pero incluso hay aspectos culturales que los llevan a la tumba: en una región que puede dar comida en abundancia se limitan a la dieta del plátano y ni siquiera acuden al pescado de los caudalosos ríos. ¿No será que están practicando la ley del mínimo esfuerzo?
Ya la sociedad colombiana se está acostumbrando a un tipo de familia que no es el ideal, a familias casi siempre sin el padre como en el caso del niño que murió no por la mordedura de una rata sino por desnutrición y falta de cuidados que lo llevaron a la deshidratación por diarrea. La madre es sola; su marido se fue con otra y luego se suicidó. Le dejó tres hijos. El niño que murió es de otro padre que jamás lo reconoció. Probablemente, el embarazo fue un recurso desesperado de una mujer indefensa para conseguir la provisión de sus otros hijos y una vez malogrado su objetivo descargó su frustración sobre el niño, minimizando su atención.
Claro que esa pobre mujer no es más que una víctima de su propia trampa, de decisiones equivocadas instigadas por la ignorancia y la miseria. En el fondo, el origen de estos problemas está en la manera desaforada en que se reproducen las clases pobres, eso hay que decirlo sin ambages. Aún hay quienes consideran que la reproducción es un acto autónomo del individuo y que la Sociedad y el Estado no pueden coartar esa libertad, ese ‘derecho’.
No obstante, se trata de un asunto que nos compete a todos. Los economistas aseguran que el crecimiento demográfico colombiano está contenido, que se ha reducido casi al nivel de países desarrollados, pero lo que vemos es que en las clases populares hay una explosión desenfrenada que viene acompañada de diversos fenómenos como el madresolterismo, el embarazo infantil y juvenil -con la consecuente desescolarización- los hijos de distintos padres, la convivencia con padrastros o compañeros ocasionales de la madre, la crianza por parte de tíos y abuelos y muchas otras anomalías.
La complejidad de esta problemática trasciende el tema de la moral religiosa. Está comprobado que las familias disfuncionales son un caldo de cultivo de la delincuencia. Salvo contadas y milagrosas excepciones, de allí sólo brotan más pobres sumidos en la ignorancia que prácticamente no tienen ninguna posibilidad de superar su condición y, en los peores casos -que no son pocos-, sólo surgen delincuentes, prostitutas, viciosos, mendigos y toda clase de personajes indeseables para la comunidad.
En el libro Freakonomics, los economistas Seven Levitt y Stephen Dubner demuestran de forma estadística que la violencia disminuyó en Estados Unidos gracias a la aprobación del aborto en 1973, mecanismo al que generalmente recurren mujeres pobres y solas que no están en condiciones de darle afecto y cosas materiales a sus hijos. De otro lado, el espectacular despegue de China habría sido imposible sin la ley del hijo único adoptada en 1979.
Por eso es poco cualquier esfuerzo que se haga para evitar los embarazos no deseados promoviendo la vasectomía o la ligadura de trompas mediante beneficios palpables. El primer acto de violencia contra una persona es no planificar su nacimiento ni ansiar su llegada como el más caro de los anhelos, y lo que está en juego es la posibilidad de tener menos delincuencia y más desarrollo para todos.

lunes, 16 de abril de 2007

La Expedición


La dinastía de los Fernández de Lugo nació en las Islas Canarias promediando el siglo XV. El fundador de la misma, Alonso Fernández de Lugo, celebró capitulaciones con los Reyes Católicos para conquistar la isla de Palma, arrebatársela a los paganos que la poblaban e implantar allí el imperio de la fe cristiana. Por supuesto, de lo que se trataba en el fondo era de un jugoso negocio de esclavos que eran capturados en el archipiélago, bautizados a juro y vendidos en la Península a precios altamente rentables.
Pero los horizontes que se abrían frente a la familia Fernández de Lugo no tardaron en ampliarse, multiplicándose hasta el infinito con el descubrimiento del Nuevo Mundo. En estas circunstancias, el ámbito de las Canarias resultó limitado hasta lo intolerable para la familia, cuyos ojos ávidos se volvieron hacia las lejanas Indias.
Don Pedro, hijo de Don Alonso, envió a su hijo Alonso Luis a la corte del emperador Carlos V. Ya padre e hijo habían oído maravillas acerca de la provincia de Santa Marta y las riquezas que podía ofrecer. Por lo tanto, la idea era lograr unas capitulaciones favorables para colonizar y gobernar esas tierras donde ya Rodrigo de Bastidas había fundado un asentamiento urbano. Es innegable que Alonso Luis manejó el negocio con tino admirable, que redundó en amplias ventajas para su familia. La jurisdicción que les otorgó la Corona iba desde el Cabo de la Vela hasta Cartagena.
Una vez capitulada la nueva gobernación, y antes de seguir a Canarias para unirse a su padre, Alonso Luis se dio a la faena de reclutar con criterio cuidadoso las gentes principales que llevaría consigo en la expedición. Entre los elegidos figuró el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, granadino, que había estudiado leyes en Salamanca. El futuro fundador de Bogotá aceptó sin vacilar y viajó como uno de los tenientes principales y en calidad de justicia mayor.
La expedición sobresalió entre otras que partieron por entonces hacia las Indias. Es que los Fernández de Lugo se habían enriquecido en las Canarias y por lo tanto no escatimaron gastos. El primer contingente partió con Alonso Luis de Sanlúcar y se reunió con Don Pedro en Tenerife, desde donde vientos propicios los llevaron hasta su destino final. Llevaban 1.500 infantes, 200 jinetes, suficientes arcabuceros y ballesteros, pólvora y armas de repuesto en abundancia, yeguas y caballos para provisión futura y de sobra.
Al llegar a Santa Marta, los Fernández de Lugo emprendieron incursiones contra las tribus circunvecinas y en ellas obtuvieron buenos botines de oro. Pero estas empresas no saciaron su ambición. Era menester ir más lejos, conquistar tierras lejanas, apropiarse de fuentes más generosas del codiciado metal, acaso llegar al fantástico Perú, que entonces se creía mucho más cercano. Y el camino estaba cerca. Era el Río Grande de la Magdalena, cuyas fauces descomunales arrojaban al mar un caudal de agua dulce jamás conocido por ellos en el Viejo Mundo, y que, además, no estaba lejos de Santa Marta.
El mando de la expedición que remontaría el Río Grande recayó sobre el abogado Jiménez de Quesada, quien, a partir de ese momento empezó a demostrar que, además de letrado, poseía dotes de adalid y extraordinario talento militar. La expedición se dividió en dos grupos. Uno terrestre, al mando del propio Quesada, que avanzaría por tierra hasta encontrar el río, y otro, dirigido por Diego de Urbino, quien, a bordo de unos cuantos bergantines medianamente acondicionados y calafateados en Santa Marta, navegaría hasta las bocas del torrente colosal y empezaría a remontarlo con el objetivo inmediato de encontrar la tropa de Quesada más arriba. Este último partió de Santa Marta el 6 de abril de 1536 con quinientos hombres y un estado mayor selectísimo de oficiales curtidos en Flandes, Italia y otras guerras. Entre ellos figuraban el futuro fundador de Tunja, Gonzalo Suárez Rendón, que había luchado contra los franceses en Pavía.
No tardaron en empezar las penalidades que hicieron de ésta una de las expediciones más memorables y heroicas de la conquista española en América. Hicieron su terrorífica aparición las lluvias inclementes, los mosquitos de zumbido amenazante y aguijón certero, las serpientes insidiosas y demás alimañas incontables, y como si todo esto no fuera suficiente los indios flecheros que los hostigaban sin tregua.
La suerte que acompañó a Urbina fue acaso peor. Asperas tormentas azotaron sus bergantines al acercarse a la desembocadura del gran río. Varios zozobraron. Unos españoles perecieron a manos de los indios. Otros sobrevivieron malamente. Pese a todo, dos bergantines lograron llegar a Cartagena y otros dos dar comienzo a la subida del río.
Finalmente, son cuatro las naves que trepan por el espinazo líquido del Magdalena. Remontan la corriente con seguridad y firmeza, pero en ningún momento están a salvo. Los indios parecen resueltos a malograr el paso de esos extraños cetáceos repletos de seres barbudos que, sin duda posible, son sus enemigos. Les caen, entonces, los aguaceros letales de las flechas y hay que apresurarse a repeler estos ataques que se sienten en las cuadernas de los navíos y en las carnes de los cristianos, pero cuyos autores se mimetizan en la manigua, puesto que tienen con ella una relación simbiótica y fraterna. Vienen entonces las encarnizadas guazábaras. Zumban las flechas, retumban los arcabuces y al final de la refriega, cada embarcación, asaeteada por babor y estribor, es un pesado erizo anfibio que navega contra la corriente gigantesca.
Y viene el encuentro alborozado. El licenciado Gallegos (también hombre de leyes como Quesada) y el capitán Sanmartín, de las avanzadas terrestres, se topan y saludan con regocijo en las riberas. Descansan una semana. Y llega Don Gonzalo e impone su autoridad. Ni un paso atrás. Como Cortés en el camino hacia la región más transparente del aire. Como Pizarro cuando trazó la raya que sólo saltaron los trece de la fama. Imparte sus órdenes. Los bergantines seguirán subiendo con su tripulación y los enfermos. El continuará avanzando por la selva con sus soldados y, por supuesto, con los frailes que portan la palabra divina.
Con hachas y machetes, los bravos infantes de Quesada van abriendo trochas precarias a lo largo de esta selva homicida. La atmósfera es húmeda hasta ensoparlos. Los insectos no cejan en su asedio. No se puede bajar la guardia porque en cualquier momento rasgarán la noche las pupilas ígneas de los tigres. Y lo peor, lo que más atenta contra el ya deleznable y quebradizo equilibrio mental de los expedicionarios: no se sabe cuándo es el día y cuándo la noche. Los míseros jirones de claridad que a veces dejan ver las tupidas techumbres de los árboles bien pueden ser prenuncios del alba, despedidas crepusculares del día o fulgores nocturnos de luna llena. Pero no desfallecen, se comen los lagartos, se engullen los micos, se devoran las raíces más duras y repulsivas, pierden el asco ante la más apestosa alimaña, lanzan sus dientes cariados a la batalla contra arneses y correas hervidos en los calderos. Otra cosa es cuando muere un caballo de muerte natural o flechado por un chimila oculto. Entonces ya es un banquete. Pero este suceso no es frecuente porque Don Gonzalo ha sido claro: se ahorcará al que mate un caballo con intenciones gastronómicas. Hay soldados que, impelidos por el hambre, dudan de que el capitán supremo dé cumplimiento a esta norma atroz y matan un corcel para darse una panzada. Don Gonzalo no ha hablado en cachondeo. Apenas alcanzan los frailes a ponerlos en paz con Dios y el nudo corredizo que pende de algún árbol próximo se encarga de demostrarles la ingenuidad de su creencia. Y no es que Jiménez de Quesada sea cruel. Es que en esta lucha primitiva contra la naturaleza la vida de un equino puede llegar a valer más que la de un hombre. Aterrador pero cierto. Un cristiano escasamente puede salvar su propia vida. Un caballo puede salvar muchas. Ese caballo, cuya vida defiende bárbaramente Quesada, es lo que hoy sería una estrafalaria simbiosis de camión, coche, ambulancia, ómnibus y tanque de guerra. En consecuencia, hay que defenderlo a muerte. Y eso es lo que hace Quesada.
Pero todo aquello no es lo peor. El indomable Don Gonzalo tiene también que defenderse contra los que quieren morirse. Los que, ya exasperados, se tumban contra un madero podrido a la espera de que se inicie la competencia de la inanición, de las hormigas, de las sabandijas, de los ofidios y los tigres por ver quién arrebata primero al desdichado de esta vida. A esos tales no se les puede castigar. Con ellos es preciso razonar.
En cambio, hay una situación que se torna habitual y es tolerada porque a nadie causa estrago y sí remedia muchos males. Es que cuando un compañero se aproxima a la muerte, los frailes le rezan todo el repertorio de responsos y lo envían en paz al juicio de Dios. Pero no se le da cristiana sepultura. O mejor, sí se le da, pero en los estómagos de los sobre vivientes quienes, con lo que resta de sus magras carnes, se dan un festín, no tan suculento como el que deparan los caballos.
El más importante de los encuentros entre la expedición fluvial y la terrestre tiene lugar en el sitio de Tora de las Barrancas Bermejas, que es oportunamente divisado por Gallegos y del cual este capitán español da rápido aviso a Quesada quien, acaso guiado por una certera intuición, desvía su derrota sin vacilar hacia allá.
Allí se reúnen todos. Y la intuición del capitán Quesada sigue funcionando a toda máquina. Ve labranzas. Ve trochas con huellas inocultables de trasiego. Se entera de ríos que caen a la gran arteria acuática. En consecuencia, ordena exploraciones que por el momento no hallan cosa alguna. Decaen todos los ánimos, salvo el suyo que les devuelve la fe atribulada.
Y llega por fin el aviso prodigioso. Dos tenientes, Albarracín y Cardoso, que han avanzado por una trocha con el fin de explorarla, traen consigo los dos indicios mágicos, las dos pistas infalibles: mantas de algodón y panes de sal. Mantas de un algodón terso, bien hilado y mejor tejido; panes de una sal nívea y pura. No hay duda: se trata de dos testimonios de una civilización mil veces superior a todo lo que han conocido hasta ahora, que no es nada diferente de las bárbaras tribus caribes, no inocentes de antropofagia, y de los chimilas y otros pueblos ribereños. Luego regresa el capitán Sanmartín ya ataviado con una vistosa manta de algodón y enarbolando un pan de sal a manera de enseña victoriosa. Quesada deja a un lado todas las dudas. Da orden de avanzar.
Siguen por un tiempo las penalidades, debidas sobre todo a un incremento arrasador de las lluvias. La tropa vuelve a la deglución de las más inmundas alimañas. Se comen un perro fiel que venía siguiéndolos desde Tora de las Barrancas de Bermejas. Pero pronto mejora la situación. Menguan las lluvias y los españoles van llegando a parajes más hospitalarios. Encuentran bohíos donde hay sal, abundancia de maíz, turmas, yuca y frijoles. Jubilosos, Quesada y sus soldados sienten que están dejando atrás los territorios de la barbarie. Vuelven a la Tora, y allí don Gonzalo decide la expedición definitiva a través de la serranía del Opón. Advierte a su lugarteniente Gallegos que si en seis meses no regresa, puede dar por desaparecido todo el contingente y volver a Santa Marta. Parte con doscientos hombres, que más merecen ser llamados espectros que seres vivientes. A medida que avanzan, hay un elemento que los vivifica. El aire abrasador y pegajoso del río va quedando atrás y se va tibiando suavemente. Cuando llegan al Valle de la Grita sólo quedan ciento setenta de los doscientos que partieron de las Barrancas Bermejas. Atisban el panorama. Ven profusión de bohíos y ven columnas de humo. Una gratificante sensación de paz y de sosiego invade el ánimo de estos hombres macilentos. Y siguen adelante hasta que tienen ante sus ojos el que, por su intensa profusión de bohíos mereció ser llamado el Valle de los Alcázares. El valle, cuya evocación consagró a ese infatigable versificador que fue el beneficiado Juan de Castellanos como un hondo y auténtico poeta que interpretó el gozo infinito de los españoles ante el hallazgo de esta comarca privilegiada.

Ya en la delgada atmósfera del altiplano bienhechor se perfilaban las doce chozas de la futura Santafé de Bogotá.

domingo, 15 de abril de 2007

El Festival de Poesía

Entre el 29 de abril y el 5 de mayo se celebrará en la capital colombiana la XV edición del Festival de Poesía de Bogotá, evento que reunirá a más de cuarenta poetas de veinte países de Latinoamérica y el mundo, quienes entre sus actividades tendrán recorridos por escuelas, cárceles, universidades y bibliotecas.
El evento, tiene como propósito resaltar el legado de los poetas y de la poesía centroamericana, así como homenajear al poeta y académico colombiano Juan Gustavo Cobo Borda.
Participarán autores de Argentina, Austria, Bolivia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos, Guatemala, Honduras, Italia, México, Nicaragua, Panamá, Perú, Suiza, Uruguay, Venezuela y Colombia.
En la ceremonia de inauguración se presentará una selección de poemas de Cobo Borda, y participarán invitados de la talla de los argentinos Mercedes Roffé, Marcos Silber y Jorge Ariel Madrazo; los bolivianos Marcelo Arduz Ruiz y Martha Gartier, el chileno Marcelo Rioseco, el ecuatoriano Edwin Madrid, los mexicanos Margarito Cuéllar y Telma Nava, los peruanos Luis La Hoz y Enrique Sánchez Hernani, los uruguayos Washington Benavides y Rafael Courtoise, y el venezolano Adriano González León.
Por Centroamérica y el Caribe asistirán los costarricenses Oswaldo Sauma y José María Zonta, los cubanos Pablo Armando Fernández, Gabriela Castellanos y Alberto Rodríguez Tosca; los guatemaltecos Carlos López y Francisco Morales Santos, los hondureños Rigoberto Paredes y José Luis Quesada, el nicaragüense Francisco Ruiz Udiel y el panameño Pedro Rivera.
Además asistirán el austríaco Wolfgang Ratz, los españoles Guadalupe Grande, Luis Miguel Madrid y Fernando de Villena, el estadounidense Arnold Craig, el italiano Carlo Bordini y el suizo Vince Fasciani.
Jotamario Arbeláez, Antonio María Flórez y Mauricio Contreras, ganadores del Premio de Poesía Ciudad de Bogotá, también estarán en el evento.

Se prevé que para el 1 de mayo, los poetas lean sus obras en cárceles bogotanas masculinas y femeninas, el 2 de mayo estarán en diez colegios populares de la capital colombiana, el 3 en universidades y el día 5 en cuatro bibliotecas públicas.

jueves, 12 de abril de 2007

Concierto de Creole


El próximo domingo 15 de abril, a las 11 a.m., podremos sentir en pleno corazón capitalino el sol y la arena del mar Caribe con los calypsos, los souks, los mentas, los reggaes, las polkas y las jumping poleas que el grupo sanandresano Creole llevara a la sala de conciertos de la BLAA, dentro del ciclo Música y músicos de Colombia.
Creole (que traduce criollo, en francés y es la lengua de origen anglosajón que se habla en el Archipiélago de San Andrés) fue creado en 1986 por el compositor isleño Orston Christopher. Es el mejor grupo de música típica del archiélago en la actualidad, reconocido por hacer un nuevo calypso basado en las situaciones sociales de su gente con instrumentación tradicional (tináfono, quijada de caballo, maracas, la mandolina y guitarras).
Pero Créole no es solo una novedosa propuesta musical con una puesta en escena fresca. El grupo, formado por Felix Mitchell (guitarra líder), Leodan Grenard, (quijada de Caballo) Alex Martínez (tináfono), Candor Barrer (Maracas) Marlon Acosta, (Mandolina), John Jany De La Hoz (Segunda guitarra), Orlin Grenard (Primera Guitarra) y Rafael Ramos (Productor, manager y arreglista) se ha encargado de preservar y difundir la cultura musical de la isla.

Esto les ha merecido un reconocimiento local e internacional. Así mismo, su disco Hold on (MTM) ha recibido muy buenas críticas por revistas como Rolling Stone en español, que lo consideró un fenómeno de las músicas tradicionales colombianas.

martes, 10 de abril de 2007

Cuestión de ética

LA COLUMNA DE OPINET
Recientemente estuvo en el país el teólogo suizo Hans Kung, quien hace hincapié en el tema de la ética, entendida ésta como el ejercicio de los deberes y las responsabilidades. Nosotros, en cambio, nos enfocamos enfermizamente en la cuestión de los derechos, como quedó arraigado en la Constitución del 91, sin entender el necesario equilibrio que debe darse para que ambos puedan coexistir: la concesión de un ‘derecho’ implica el cumplimiento de un ‘deber’, y éste no es ejecutado por la figura incorpórea del Estado sino por funcionarios de carne y hueso en observancia a lo dispuesto por el conglomerado social a través del ordenamiento jurídico.
Para los desposeídos y los débiles se reclaman derechos, pero hasta ellos tienen responsabilidades. El deber primordial es el de acatar la ley, y es una mala creencia aquella de que lo no es prohibido está permitido. No hay Ética en el individuo que procrea más hijos de los que puede mantener con dignidad, y en quienes taponan los cauces con basuras y generan inundaciones. Muchas de esas faltas se cometen por desidia o por mera ignorancia, pero su incumplimiento -sobre todo cuando se infringe la ley penal- hace mucho más difícil satisfacer los derechos de las personas.
Eso fue lo que saltó a la vista con la visita de otro personaje ilustre: el representante demócrata de los Estados Unidos, James McGovern. El gringo visitó barrios pobres al sur de Bogotá en los que había estado hace cuatro años y se declaró molesto al ver que todo seguía igual desde entonces. Se preguntó qué hacía el Estado colombiano para remediar esa situación de pobreza y se lamentó de que toda la ayuda norteamericana fuera para la guerra.
O dicho en otras palabras, a McGovern le molestó comprobar que el Estado colombiano carece de Ética y no cumple sus deberes de manera eficiente.
Hoy en día, muchos siguen pensando que el subdesarrollo es un problema de recursos y de falta de liderazgo político pero la complejidad del tema sólo se advierte cuando hay casos tan aberrantes como el de la construcción de 20 kilómetros de la doble calzada de la carretera Bello-Hatillo, al norte de Medellín. A pesar de ser la vía que comunica a la segunda ciudad del país con la Costa Atlántica, del atraso en materia vial y de infraestructura para enfrentar la globalización y de que se cuenta con los recursos financieros, no ha habido poder humano que logre agilizar el proyecto y sólo se han construido doce kilómetros en diez años. A la obra se han opuesto desde políticos locales hasta sectores de la comunidad que no entienden que el beneficio es para todos, y se han presentado casos macondianos como el de la lenta expropiación de un estadero cuyo propietario se negó a vender.

Nadie discute la importancia de la institucionalidad -los órganos de representación democrática, los entes de control, el estamento judicial, etc.-, pero estamos enredados en una madeja legalista a ultranza que ha terminado por trastocar las responsabilidades del Estado en forma perversa. Así, el juez no se preocupa tanto por impartir justicia sino por observar en detalle los derechos del delincuente; el alcalde no se desvive por mejorar los barrios subnormales sino por señalar la ilegalidad de los asentamientos -como en el barrio que visitó McGovern- y el bien particular se impone sobre el general.
Y a esta insensatez generalizada hay que sumarle que la repartición de los recursos del Estado -finitos, por demás- no se apoya en criterios éticos, de manera que ello conduzca a un cumplimento lógico de los deberes.
El presupuesto se descuartiza en exceso con el objeto de brindar un desarrollo social armónico pero eso no hace más que distraer la atención que debería prestarse a los asuntos más graves. Luego están la corrupción y el despilfarro.
Por eso, la certeza de que cuando míster McGovern vuelva, dentro de diez o de 20 años, va a encontrar los barrios pobres en las mismas.

lunes, 9 de abril de 2007

Bogotazo del 9 de Abril de 1948 - El Magnicidio del Caudillo -


Los numerosos bogotanos que el 9 de abril de 1948 salían de sus oficinas del centro a almorzar tranquilamente a sus casas tomando su auto particular, un taxi o el tranvía, según el caso, estaban muy lejos de imaginar que unos minutos más tarde ocurriría la tragedia que partiría en dos la historia de la capital colombiana y el suceso de más honda trascendencia en los años de vida de nuestra ciudad.
La urbe se encontraba engalanada, se habían inaugurado numerosas obras y su talante general era festivo debido a que, en esos momentos, Bogotá era anfitriona de la IX Conferencia Panamericana, a la cual concurrían personalidades de tanto relieve como el general George C. Marshall, ideólogo y artífice de la reconstrucción europea después de la hecatombe que la asoló entre 1939 y 1945. El general Marshall se desempeñaba como cabeza de la delegación norteamericana a la reunión internacional.
El panorama de la política colombiana no era satisfactorio. Negros presagios se hacían visibles en el horizonte. Los hechos de violencia acaecidos en diversos lugares del país habían generado polarización y agudos enfrentamientos entre los partidos tradicionales, hasta el punto de que el liberalismo se había retirado del gabinete de Unión Nacional del presidente Mariano Ospina Pérez, obligando al Primer Mandatario a designar un grupo homogéneo de ministros conservadores, entre los cuales se destacaba el aguerrido caudillo de ese partido, Laureano Gómez, quien asumió la cartera de Relaciones Exteriores, que en esos momentos adquiría una especial relevancia por la ya mencionada IX Conferencia. El Partido Liberal también se abstuvo de participar en la delegación colombiana.
Tales virajes de la política liberal se efectuaron por designio de su Jefe Unico, Jorge Eliécer Gaitán, cuyo carisma arrollador lo había llevado a la suprema dirección de su partido. Esto fue la culminación de una campaña fulminante que se había iniciado en la derrota liberal del 5 de mayo de 1946 y que, en sucesivas elecciones intermedias habían consagrado a Gaitán como el caudillo indiscutible del liberalismo y como el único conductor capaz de llevar a las mayorías liberales a la reconquista del poder en 1950. En los primeros meses de 1948 el dirigente estaba, sin duda posible, en el ápice de su prestigio y su poder político.
Sin embargo, el clima de paz interna de la República distaba mucho de ser óptimo. Gaitán venía exigiendo del Gobierno mayores garantías para sus copartidarios en todo el país, y dentro de esa campaña organizó en febrero de 1948 una impresionante “Manifestación del Silencio” en Bogotá. En esta oportunidad, el caudillo convocó a sus fieles masas en la Plaza de Bolívar con la advertencia perentoria de que durante el desfile, mientras permanecieran en la plaza escuchando su alocución, y al disolverse, no debería lanzarse un solo grito. Muchos dudaron de que las multitudes, bajo el influjo de Gaitán, llegaran a tan inusitado extremo de disciplina y acatamiento a los designios del Jefe. No obstante, así fue, para pasmo y asombro de la ciudadanía, de las autoridades, y en general de toda la Nación.
Una muchedumbre colosal, acaso más numerosa esta vez que nunca, desfiló por las calles céntricas dando el más extraordinario ejemplo de orden y civismo que había conocido esta capital.
Tal como Gaitán lo había dispuesto, no se oyó ni un grito, ni una consigna, ni siquiera una emisión de voz medianamente alta. El río humano colmó la Plaza de Bolívar, y, dentro del mismo silencio unánime, escuchó la que justamente ha sido considerada como la obra maestra de Gaitán: su célebre “Oración por la Paz”, una imprecación tan serena y grave en la forma, como dramática en el contenido, que en otras circunstancias habría podido suscitar una ovación sin precedentes, y quizás una impredecible cadena de reacciones multitudinarias, de no haber gravitado sobre la masa el imperioso requerimiento del caudillo. En efecto, las gentes se dispersaron en orden y en silencio, abrumadas de emoción, pero conscientes de que no podían faltar al magno compromiso histórico que todos habían contraído con su líder al hacerse presentes en la manifestación.
El 8 de abril fue un día de singular significación en la vida profesional de Jorge Eliécer Gaitán. Esa noche culminó en forma apoteósica para él una de aquellas grandes defensas que consolidaron su prestigio como abogado penalista. El jefe del liberalismo celebró esa noche con algunos amigos y colegas su estupendo suceso forense y el viernes 9 madrugó como de costumbre a su despacho, situado en el cuarto piso del Edificio Agustín Nieto, en la carrera 7a. entre la Avenida Jiménez y la calle 14. Allí siguió recibiendo las congratulaciones de sus amigos. Al aproximarse el medio día, Gaitán decidió almorzar en el Hotel Continental en compañía de cuatro de los más queridos y allegados. Ellos eran Plinio Mendoza Neira, Jorge Padilla, Alejandro Vallejo y el médico Pedro Elíseo Cruz.
Cerca de la una de la tarde Gaitán les insinuó salir pronto, pues a las tres tenía una cita con el joven estudiante cubano Fidel Castro, quien presidía la delegación de ese país al Congreso Universitario Latinoamericano, que a la sazón se celebraba en Bogotá simultáneamente con la IX Conferencia Panamericana.
Según coincidieron en afirmarlo sus cuatro acompañantes, Gaitán estaba especialmente eufórico ese día, e inclusive hizo chistes acerca de la incidencia que podría tener sobre la cuenta del almuerzo el formidable apetito de Plinio Mendoza. A la una tomaron el ascensor y se dirigieron a la calle para subir a pie por la Avenida Jiménez hacia el Continental. Adelante iba Gaitán, a quien en ese instante tomaba por el brazo Plinio Mendoza. Atrás Padilla, Vallejo y Cruz.
En cuanto salieron al andén sonaron tres disparos. En seguida otro. Gaitán cayó al suelo, ya en estado preagónico. El médico Cruz trató de auxiliarlo. Los demás identificaron, en la puerta de la vecina Droguería Granada, a un sujeto de aspecto patibulario que aún empuñaba el revólver homicida. Aterrados, los acompañantes del caudillo abordaron un taxi y se dirigieron hacia la Clínica Central, que estaba situada en la calle 12 entre carreras 4a. y 5a. Gaitán aún respiraba con dificultad, lo cual les dio alguna esperanza de salvarle la vida.

Desgraciadamente, todos los esfuerzos fueron vanos. Pedro Elíseo Cruz y otros médicos se congregaron en el quirófano en torno al cuerpo casi exánime ya del político tratando desesperadamente de reanimarlo. Nada había que hacer. Dos impactos le habían perforado los pulmones y uno había penetrado en la base del cráneo. A las dos de la tarde Jorge Eliécer Gaitán expiraba en medio de la consternación y el estupor de sus acompañantes. Atrás quedaba toda una era de historia nacional y se abría otra cargada de signos nefandos.
Al tiempo con el drama que tenía lugar en la Clínica Central, otro de dimensiones espantables se iniciaba en el lugar del sacrificio. Horrorizado, el asesino trató de buscar refugio en la Droguería Granada, cuyos empleados cerraron a toda prisa la reja para ponerlo a salvo de la furia popular que ya se abatía sobre él. Farfullando voces ininteligibles, el victimario imploraba protección contra el alud que se le venía encima. Un agente de la policía trató en vano de sosegar a los exaltados, haciéndoles ver las incalculables ventajas de capturarlo vivo a fin de obtener datos, pistas y confesiones de incomparable valor para el esclarecimiento del magnicidio. Todo inútil. Lo que el impotente policía intentaba era poner a razonar a una multitud enardecida, lo cual era obviamente imposible en esas circunstancias. La turba forzó la verja. Un embolador le asestó el primer golpe en la cabeza con su caja de madera. Luego siguieron los demás. Sobre el asesino se descargó una avalancha inmisericorde de golpes y patadas que lo convirtió en pocos instantes en una masa amorfa y sangrante.
En seguida, dos hombres del pueblo tomaron el cadáver de los pies y se dirigieron por la carrera 7a. hacia el Sur, rumbo al Palacio de la Carrera, en cuya puerta lo abandonaron. En ese momento estallaba la tragedia. La masa humana que dos meses antes había dado un ejemplo asombroso de disciplina y de cultura cívica, sería la misma que roto ya el dique que la contenía y le daba forma se lanzaría con furia vesánica a incendiar y arrasar la ciudad, a saquear sus almacenes y edificios comerciales, y a desafiar con ímpetu suicida a las fuerzas del orden.
Algo se pudo averiguar acerca del magnicida. De oscuros antecedentes, entre ellos algunos de enajenación mental, se pudo averiguar que en la mañana de ese 9 de abril estuvo reunido en un sórdido cafetín de la calle 9a. con algunos compinches de tenebrosa catadura, examinando varias armas de fuego. Hacia el medio día se separaron declarando a voces que la cita era en el café “Gato Negro” (frente a la oficina de Gaitán). El sujeto, que luego fue identificado como Juan Roa Sierra, subió al cuarto piso del Edificio Agustín Nieto y trató de ser recibido por el doctor Gaitán, pero se topó con la negativa de la secretaria. Roa bajó con muestras evidentes de desagrado, se reunió abajo con otro personaje misterioso que fumaba nerviosamente y aguardó hasta el momento fatídico en que el caudillo, rebosante de euforia salió con sus cuatro acompañantes.
La ira de las turbas se dirigió primero contra objetivos políticos: edificios públicos, el periódico El Siglo, la residencia de Laureano Gómez. También hubo saqueos de ferreterías, a fin de proveerse de machetes. Innumerables tranvías ardieron en las calles. La situación de orden público empezaba a tornarse caótica y el Palacio Presidencial comenzó a parecer una frágil ciudadela sitiada.
Los jefes liberales, concentrados en la sede de El Tiempo, deliberaban hasta que recibieron un mensaje del doctor Camilo de Brigard Silva, Secretario General de la Conferencia Panamericana, quien en ese momento estaba en el Hotel Granada. De Brigard había tomado la resolución histórica de asumir por su cuenta y riesgo el papel de puente y coordinador para una reunión que él juzgaba imperiosa entre los jefes liberales y el presidente Ospina. Los liberales aceptaron y de inmediato emprendieron la azarosa marcha hacia Palacio en medio de las balas. Sólo pudieron contar con una precaria escolta. Varias veces en el camino tuvieron que guarecerse en zaguanes o arrojarse al suelo para no caer alcanzados por los proyectiles. Integraban esta intrépida caravana Luis Cano, Darío Echandía, Alfonso Araújo, Alberto Arango Tavera, Carlos Lleras Restrepo, Alonso Aragón Quintero, Julio Roberto Salazar Ferro y Jorge Padilla.
Finalmente, luego de desafiar todos los peligros con buen suceso, los jefes liberales pudieron entrar a Palacio, donde fueron recibidos por el Presidente. Y fue entonces cuando empezó, dentro y fuera de los muros de la sede del Gobierno una de las grandes batallas políticas de nuestra historia contemporánea.
Sobre este improvisado palenque se movieron diversas y muy heterogéneas fórmulas para solucionar la crisis. Algunos liberales plantearon la necesidad de la renuncia presidencial. Ospina se negó a dimitir. Poco después, los militares, con el general Rafael Sánchez Amaya como vocero, propusieron con la mayor cortesía a Ospina su retiro para dar lugar a la constitución de una junta militar de gobierno. Con igual firmeza, el Presidente rechazó esta fórmula y les planteó la contrapropuesta de un gabinete militar con Ospina como Presidente. Los altos oficiales no aceptaron, con el argumento de que había carteras cuyo cabal desempeño escapaba a la capacitación profesional de un militar. Ospina exigió entonces a cada uno de los oficiales ocupar sus puestos y éstos acataron la orden.
Entre tanto, el entendimiento con los liberales avanzaba; debido principalmente a la actitud sensata y prudente de Darío Echandía. Era evidente que, en medio de la crisis, se abría paso la idea de un gabinete bipartidista que reviviera la quebrantada Unión Nacional. Las dos fórmulas radicales estaban virtualmente descartadas, por cuanto ambas coincidían con el retiro del presidente Ospina: la de los liberales “duros” y la de los militares, cuyo máximo inspirador fue el canciller Laureano Gómez.
Vino entonces el final de la crisis. Ospina ofreció el Ministerio de Gobierno a Echandía y el resto de las carteras de la mitad del gabinete a otros tantos liberales prominentes. Echandía respondió al Jefe del Estado que su aceptación estaba condicionada al conocimiento de los nombres que integrarían la nómina ministerial. Echandía la encontró equitativa y satisfactoria y aceptó. Renacía en esa forma la Unión Nacional.
Hacia el 15 de abril, cuando el Ejército ya había tomado el control de la ciudad a fondo, el espectáculo era desolador. No todo Bogotá, como informaron, exagerando, algunos medios, pero sí su área central configuraba, con algunas salvedades aisladas, el panorama de una urbe bombardeada sin tregua ni contemplaciones.
El pillaje y el saqueo al comercio se habían practicado en forma salvaje, y en los días siguientes se convirtieron en un sórdido negocio de mercachifles clandestinos. Acaso los incendios y la devastación habrían sido peores a no ser por un aguacero que empezó a caer en forma pertinaz sobre la ciudad en la tarde del viernes 9 y, además, porque las hordas se dieron con verdadera voracidad a saquear los expendios de licores y a beberlos en las propias botellas, con la consecuencia de que se embriagaron de manera fulminante. La beodez atemperó y en ocasiones frenó del todo los ímpetus devastadores. Algunos tozudos francotiradores permanecieron agazapados en techumbres y ruinas disparando ocasionalmente contra la fuerza pública, hasta que en su mayoría cayeron abatidos.
Una investigación realizada sobre los inventarios de la Junta de Reconstrucción, demostró que el total de edificios incendiados ascendió a 136, de los que sólo 7 eran ofíciales. Los inmuebles destruidos fueron avaluados en 37 millones de pesos, lo cual resultó ser una cifra engañosa, puesto que las construcciones que sucumbieron el día fatídico sólo sumaron un valor de seis millones y medio de pesos. El resto era el valor de la tierra que, como es obvio, no se perdió, ni quemó, ni evaporó.
Las mencionadas 136 edificaciones estaban situadas entre las calles 10 y 22 y las carreras 2a. y 13. Los incendios afectaron un poco menos de 30 manzanas. El saqueo se concentró en el área comercial que, como bien es sabido, estaba localizada entonces casi totalmente en el centro. Los depredadores prefirieron ante todo víveres, ropa, muebles y artículos de lujo y valor tales como joyas, electrodomésticos, bicicletas, etc. Y cabe anotar que no fue solamente el lumpen más ruin de la ciudad el beneficiario de! pillaje. Trabajadores y pequeños comerciantes también intervinieron en el siniestro festín, y posteriormente, gentes de las clases media y alta sacaron amplio provecho del latrocinio, comprando toda suerte de mercancías a los saqueadores a precio vil.
En cuanto a las reclamaciones que hubo de atender el Gobierno, se contaron entre ellas la de los Hermanos de la Salle, que cobraron $778.228.oo por el Instituto el cual quedó totalmente arrasado; la Arquidiócesis, que recibió $221.978.oo; el propio Arzobispo, quien, sin haber presentado reclamación, recibió $102.048.oo; el doctor Laureano Gómez, que presentó reclamación por los incendios de El Siglo y de su casa, y fue indemnizado con $188.075.00.
Respecto a los blancos elegidos por las turbas en las primeras horas del motín, hay algunas discriminaciones curiosas. El bellísimo Hotel Regina situado donde hoy está el Edificio Avianca, fue reducido a escombros, mientras el Granada, ubicado frente al Regina, sobre el costado Sur del parque Santander, quedó intacto. Igualmente indemne quedó la Embajada de los Estados Unidos, que en aquella época estaba en la carrera 9a. con la calle 12. La Gobernación de Cundinamarca fue atacada e incendiada, aunque no sucumbió del todo y pudo ser reconstruida; pero la bella iglesia colonial de San Francisco, contigua a la Gobernación, no sufrió daño alguno. La Cancillería de San Carlos fue parcialmente incendiada, mientras su vecino, el Teatro Colón, quedó intacto. El Palacio de Justicia fue arrasado, asi como el palacio Arzobispal y los Ministerios de Hacienda y Gobierno. Pero los clubes más exclusivos de la aristocracia bogotana el Jockey y el Gun fueron respetados.
Los bancos tampoco fueron atacados. El Edificio de la Compañía Colombiana de Seguros, inaugurado el año anterior y reputado como el más moderno y lujoso de Bogotá, quedó igualmente indemne, mientras al Sur ardía el Hotel Regina, a una cuadra, y al Norte, también a 100 metros (calle 18 con carrera 7a.), las llamas consumían la vetusta estructura del Hospicio.
Desde las primeras horas del día 10 se inició la macabra tarea de remover los cadáveres del centro de la ciudad para conducirlos en furgones al Cementerio Central, donde fueron alineados en filas horripilantes en espera de que sus deudos fueran a reconocerlos, antes de inhumarlos en fosas comunes. El número de muertos fue imposible de precisar, pero se calcula que fueron aproximadamente 2.500. Sólo el Hospital de San José atendió unos mil heridos.
Y Bogotá inició una nueva vida. Cambiaron radicalmente una serie de conceptos urbanísticos. Habían desaparecido bajo la ola vandálica numerosas construcciones antiguas que ocupaban con sus amplios espacios solares muy valiosos que estimularon la codicia de no pocos urbanizadores y traficantes de propiedad raíz.
No hubo de pasar mucho tiempo para que el centro capitalino experimentara una modificación total. Los incendiarios del 9 de abril habían sido los parteros de una nueva era: la de la jungla de concreto; la de las ingentes moles de propiedad aérea, horizontal, sin contacto alguno con el suelo.
Comenzaba una nueva era en la capital de la república

domingo, 8 de abril de 2007

Cartas de la persistencia

En un ejercicio de escritura masiva, el próximo 12 de abril los bogotanos podremos acudir a parques, bibliotecas, plazas de mercado y otros sitios de la ciudad para redactar cartas que serán exhibidas en lugares públicos y en medios de comunicación
Todos hemos escrito alguna vez una carta saludando a alguien, enviando noticias, expresando cariño, denunciando o haciendo un pedido. Y los colombianos podrán hacerlo de manera masiva para contarle a quien quieran cómo cultivan la persistencia para seguir viviendo en Colombia, a pesar de la adversidad.
Este será el lanzamiento de la convocatoria Cartas de la persistencia, abierta al público entre el 12 de abril y el 12 de julio de 2007. Se trata de una invitación a que todos los colombianos (los que viven dentro y fuera del país) le cuenten a alguien que ya no está, a quien está lejos, a un desconocido, a un familiar o a un amigo su victoria cotidiana y personal y la manera en que sacan fuerza para seguir viviendo a pesar de las situaciones adversas o los actos violentos.
La convocatoria es una iniciativa de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, el Instituto Pensar de la Pontificia Universidad Javeriana y la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, y será presentada al público el próximo 23 de abril en la Feria del Libro de Bogotá en el marco de la celebración de ‘Bogotá: capital mundial del libro 2007’.
Cartas de la persistencia se hará llegar a diferentes poblaciones del país. Las primeras cartas que se reciban serán exhibidas como presentación del proyecto en el marco del lanzamiento de ‘Bogotá: Capital Mundial del Libro’ en la Feria del Libro 2007.
Así mismo, todas las historias recolectadas formarán parte del archivo epistolar “cartas y conflicto” organizado por la Universidad Javeriana y de las colecciones de la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Muchas de ellas se expondrán también en lugares públicos de todo el país, se leerán en periódicos y revistas y se escucharán en la radio, para que muchos otros colombianos puedan conocer las voces olvidadas de la historia de Colombia. Así que anímese a escribir y enviar su carta.

miércoles, 4 de abril de 2007

Cappella della Pietá de' Turchini


Uno de los más famosos ensambles barrocos italianos, conocido por haber redescubierto a compositores olvidados de aquella época, traerá en abril la magia del barroco napolitano a Bogotá.
En el siglo XVII, Nápoles exportaba compositores y cantantes a toda Europa. Varios de los famosos castrati de la ópera, como Caffarelli, Gizziello y Farinelli, quienes eran las verdaderas “estrellas” de entonces, habían sido adiestrados en esa ciudad que fue uno de los epicentros de la creación musical de la época.
En aquellos tiempos, Nápoles contaba con cuatro grandes orfanatos en donde el eje central de la educación era la música. Estos estaban ligados a las cappellas de las iglesias, entre ellas la de la Pietà dei Turchini, cuyos descendientes honorarios son los intérpretes del concierto que mostrará las grandes maravillas desconocidas de la música barroca italiana en un concierto titulado Ángeles y demonios que se presentará el próximo martes 24 de abril a las 7:30 p.m, en la sala de conciertos de la BLAA.
Fundada en 1987 por Antonio Florio, su actual director, la Cappella della Pietà de’ Turchini está integrada por instrumentistas y cantantes especializados en la interpretación del repertorio musical napolitano de los siglos XVI, XVII y XVIII. A la Capella le debemos el redescubrimiento de grandes compositores como Provenzale, Trabaci, Veneziano, Nola, Netti, Caresana y Sabino, entre otros.
Tener a esta agrupación en Bogotá es un verdadero honor: el ensamble recibe permanentemente invitaciones para participar en eventos musicales como el Festival Monteverdiano de Cremona, la Accademia Filarmonica Romana, la Accademia Santa Cecilia de Roma, los festivales de Versalles, Nancy, Nantes, Metz, Caen, Lisboa, Marsella, Ambronay, Utrecht, de Otoño de Madrid, de Música Antigua de Tel Aviv, el Schleswig Holstein de Alemania, la Cité de la Musique de París, la Fundació La Caixa y Palau de la Música de Barcelona, el Teatro Lope de Vega de Sevilla, el Konzerthaus de Viena, el Teatro La Monnaie, el Festival de Wallonie de Bruselas, la Fondation Royaumont y la Filarmónica de Berlín, entre muchos otros.

En resumen, un espectáculo para no perderse.

martes, 3 de abril de 2007

Xenofobia y chauvinismo de mercado

LA COLUMNA DE OPINET.
Algunas personas están muy preocupadas porque el país está ‘en venta’. Esto a pesar de que siempre se ha mencionado la importancia de la inversión extranjera directa para el desarrollo económico nacional. Andan diciendo que lo de estos días es una recolonización industrial porque no se hace inversión en empresas nuevas sino que se compran buenos negocios ya establecidos. Se dice también que no hay la tal transferencia de tecnología, tan anunciada cuando de la llegada de multinacionales se trata, porque están ingresando a negocios de tecnologías blandas donde no hay nada nuevo bajo el sol que no se divulgue en libros o no se pueda aprender en una conferencia. Igualmente se dice que el Gobierno eliminó el impuesto del 7 por ciento a las remesas y los extranjeros podrán sacar sus ganancias sin límite ni complicaciones, que no se les obliga a participar en el mercado exportador ni a comprarle a la industria nacional y que, como si fuera poco, los empresarios colombianos que están vendiendo lo hacen para irse con sus millones a otra parte y no para invertirlos aquí.
Es claro que las cosas casi nunca son como todos quisiéramos pero hay que empezar por decir que ningún extranjero compra o invierte en países inviables por su situación política, económica o social. Entonces, el hecho de que estén invirtiendo a buen ritmo en Colombia —que no frenéticamente— significa que el país sí está saliendo del atolladero y que se muestra con un futuro promisorio. Las grandes multinacionales se valen de miles de analistas que sopesan todos los aspectos de una negociación y todos juntos no pueden equivocarse. En el fondo, todo se resume a si habrá rentabilidad o no, pero en nuestro caso particular se miden los factores de perturbación que han existido desde hace muchos años y que aún le restan confianza a los inversionistas.
Es una apuesta muy grande el hecho de que alguien compre una empresa aquí y no precisamente a precio de huevo. Los inversionistas saben bien que en los negocios se gana o se pierde y están dispuestos a correr riesgos, pero las empresas no se las pueden llevar ni pueden exponerse a que las condiciones macroeconómicas se afecten de tal modo que se ponga en riesgo lo invertido. Así que quien compra lo hace porque tiene claro que el mercado es bueno y que va a ser cada vez mejor, sólo un tonto no pensaría así.
A esta hora hay muchos que deben estar lamentándose por la venta del 52 por ciento de Acerías Paz del Río a la brasileña Votorantim, y quienes se lamentan son un centenar de trabajadores que no quisieron hacer parte hace unos años de los planes de salvamento de una empresa que estaba muerta. Siete mil trabajadores y pensionados aceptaron acciones a cambio de deudas laborales, un mínimo de mil acciones a dos pesos la unidad por cada uno. La semana anterior se vendieron a 131 pesos por acción, de manera que a cada trabajador esos dos millones se le convirtieron en 131 millones y, lo que es mejor, conservan sus puestos de trabajo.
Pensando mal (‘piensa mal y acertarás’), supone uno que los que no entraron al negocio fueron esos sindicalistas recalcitrantes que casi nunca están de acuerdo con hacer sacrificios sino que reclaman sus garantías —a menudo exageradas— al “capital” y al Estado, en defensa del “proletariado que es explotado por la plusvalía”. Quién sabe si esos trabajadores hayan despertado ya del lavado de cerebro al que fueron sometidos y ahora sean concientes de lo que perdieron.
A lo mejor ese ingreso de capitales en dólares sí está perjudicando la economía en cuanto a la revaluación del peso pero los críticos se contradicen porque, al mismo tiempo, señalan las millonarias cifras que salen al exterior por concepto de utilidades, de manera que habrá que esperar análisis más serios.
Por lo pronto, se puede señalar que es ingenuo creer que es mejor para el país que Bavaria fuese propiedad de don Julio Mario o que el Éxito siguiera siendo de los Toro. Ya está bien de esa creencia de que todo extranjero va a venir a explotarnos vilmente. Lástima, eso sí, que los nacionales se vayan con ese billete para otro lado y no lo reinviertan en el país que los hizo ricos.

lunes, 2 de abril de 2007

Perfil del Conquistador Español


Aquellos temerarios que cruzaron el océano cuando apenas alboreaba el siglo XVI, en procura de suerte, gloria y fortuna, fueron el producto típico de la España de entonces que, aunque divergente y disidente de la Europa transpirenaica, donde insurgía con vigor incontrastable la nueva clase burguesa culta y opulenta, no había dejado de recibir y asimilar en lo esencial los nuevos vientos renacentistas. Fueron, ante todo, conspicuos exponentes de la recia casta guerrera que se forjó a lo largo de ocho siglos de reconquista. Pero, a la vez, trajeron consigo el valioso acervo intelectual de las ideas renacentistas, aunque muchos de ellos fueran iletrados y palurdos.
En el momento mismo de trazar un perfil, por somero que sea, del conquistador español en América, el primer mandamiento que impone la objetividad es huir de las posiciones maniqueas que, con tan obstinada frecuencia, y a través de los siglos, han deformado la verdad frente a unos personajes y a una época ciertamente capitales en la historia universal. No pocos historiadores españoles han insistido obcecadamente en canonizar a los conquistadores purgando sus figuras históricas hasta de la mínima traza de todo lo que no sean virtudes excelsas. Y pasando a nuestra América, estas actitudes maniqueas están especialmente patentes en dos naciones hispanoamericanas: Perú y México, sedes de los dos grandes virreinatos del Imperio Español en las Indias.
Cuando se llega a la imponente Plaza de Armas de Lima sin saber qué va a encontrarse allí, bien podría pensarse que el primer hallazgo va a ser un magnífico bronce del general José de San Martín, primer libertador del Perú, o de Bolívar, segundo y definitivo, o al menos del mariscal Antonio José de Sucre, cuyo genio estratégico asestó el golpe decisivo al Imperio en Ayacucho. Nada de eso se va a encontrar. Todas las presencias libertadoras brillan por su ausencia en el gran ágora limeña. En cambio, en su lugar se yergue el soberbio monumento ecuestre del conquistador y fundador Francisco Pizarro, obra de los escultores norteamericanos Rumsey y Harriman, cuya réplica se encuentra en la Plaza Mayor de Trujillo (Extremadura), ciudad nativa de Pizarro. A pocos pasos de la estatua, en el interior de la Catedral, se hallan expuestos a la veneración pública los restos del vencedor de los Incas. Estos signos externos no dejan duda y revelan una incuestionable realidad: el héroe nacional del Perú es el conquistador. Por encima de los libertadores, a quienes también se rinde culto, pero en un grado menor.
Cuando se da el salto a México, se ve por doquier un enfoque antagónico de la historia. Allí sólo se escuchan y leen denuestos feroces contra Hernán Cortés y sus conmilitones, así como las loas más hiperbólicas y desmedidas a las culturas precortesianas y a sus grandes exponentes. México es el país hispanoamericano en que, junto con Perú y Ecuador, se hallan las muestras más deslumbrantes de la herencia cultural española. Esto no importa ni vale. De lo único que se tendrá noticia será de las crueldades, tropelías y rapiñas de los españoles, aunque, por supuesto, estas narraciones delirantes no se las hagan en lengua náhuatl sino en perfecto castellano.
Pero son los muralistas mexicanos, con Diego Rivera a la cabeza, quienes se encargan de dar la imagen más siniestra del conquistador español. Allí, en los frescos monumentales, se ve a Hernán Cortés, rodeado de una caterva de verdugos que esclavizan y exterminan a los naturales, mostrando una catadura bestial, más próxima a la del cerdo o el jabalí que a la semejanza humana.
Es en base al haber conocido de cerca los dos polos que proclaman respectivamente el anatema y la canonización, cuando se repudian las posturas maniqueas y se postula por un juicio justo sobre esta estirpe única en la historia que fueron los conquistadores españoles.
Con algunas excepciones, como la de Francisco Pizarro, que era un porquerizo analfabeto, en términos generales el conquistador español del siglo XVI se sitúa dentro del nivel de aquellos hidalgos tan indigentes como orgullosos, que eran herederos de una casta secular de guerreros, que despreciaban olímpicamente el trabajo manual y, por lo tanto, vieron en la aventura ultramarina la oportunidad incomparable de ganar a golpes de audacia y de imaginación oro a torrentes, blasones y poder.
No hay duda respecto a que, con muy contadas salvedades, los conquistadores fueron crueles, codiciosos y rapaces, y que ningún impedimento ético o religioso los detuvo en su carrera desaforada por el oro. Cortés asando vivo a Guatimozín para arrebatarle los secretos de un tesoro fabuloso; Quesada atormentando a Sagipa hasta la muerte por igual motivo; los conquistadores de Chile empalando al indómito Caupolicán, son algunos de los ejemplos más conocidos entre los miles de ellos que podrían citarse.
Por otra parte, es menester remontarse a las grandes epopeyas de la Antigüedad para hallarle pares a aquella empresa de colosos que fue la conquista de América por los españoles. Que unos cuantos miles de hombres, en una combinación asombrosa de arrojo suicida y talento político y militar, se tomaran todo un continente derrocando imperios y naciones, es una proeza que ciertamente no tiene parangón en la historia. Escribió sobre el particular el historiador inglés Frederick Alex Kirkpatrick: “Se siente uno tentado a escribir la historia de la conquista española con superlativos, pero los superlativos son insuficientes para narrarla”.
Una de las tesis de los maniqueos del bando anti hispano que más hondamente han calado es aquella según la cual la conquista fue una empresa ‘fácil’ debido a la superioridad aplastante que los caballos y las armas de fuego daban a los españoles sobre los americanos. Mal podríamos restar toda validez a este aserto. Bombardas, arcabuces y falconetes dieron a los conquistadores un poder abrumador en sus contiendas con los indios, así como los caballos, divisiones acorazadas de la época, ante cuya piafante presencia muchas veces mesnadas enteras de nativos se dispersaron en estampidas de pánico. Más aún: compartimos la creencia de que sin la pólvora y los corceles no habría sido posible la conquista de América. Pero lo que se refuta es la tendencia a otorgar a esos factores dentro del conjunto de la conquista, un peso específico desmesuradamente superior al que en verdad poseen, en detrimento de otros de no menor relevancia. En este punto es preciso tomar en cuenta la ingente desproporción numérica entre españoles y aborígenes, así como el hecho de que estos últimos, si bien carecían de armas de fuego, poseían armas arrojadizas nada despreciables como tales. Por otra parte, los españoles no sólo eran numéricamente inferiores sino que no contaban con caballos y armas de fuego en cantidades óptimas. Hay un caso que no ha sido destacado todo lo que merece. Perdidas todas las armas de fuego en la calamitosa retirada de la “Noche triste”. los hombres de Cortés libraron y ganaron la batalla de Otumba decisiva para la ruina del Imperio Azteca a pura fuerza de talento estratégico y armas blancas.
No se puede perder de vista que la Corona Española, comprometida en arduas empresas bélicas de vida o muerte en Europa, mal hubiera podido desplazar sus invencibles tercios a las Indias para someter las naciones indígenas a su dominio. La insurgencia luterana y los embates del Imperio Otomano era una doble y temible amenaza ante la cual no se podía bajar la guardia. En consecuencia, España se vio obligada a confiar la descomunal cruzada a una hueste anárquica de hidalgos venidos a menos y pobretes sin ventura ni horizonte que quisieran comprometerse en la iniciativa demencial de hacerse a la mar rumbo a las Indias en el entendimiento de que no habría términos medios entre la alternativa de escalar cumbres indecibles de poder y de opulencia, o la de dejar tristemente la vida en las maniguas americanas asesinados por los indígenas o devorados por fieras y alimañas. Y fue ese contingente de locos el que consumó la más grande hazaña de la historia.
En
vez de hacer un énfasis tan reiterativo y unilateral sobre las armas de fuego y los caballos, los críticos parcializados deberían otorgar la importancia que holgadamente merece a la contundente superioridad cultural que traían consigo los conquistadores españoles frente a los naturales de las Indias, aun los más adelantados. Dicha superioridad no estribaba solamente en corceles y pólvora. Los conquistadores, además, eran portadores del lenguaje impreso, de la navegación, de la rueda, de la domesticación de bestias para el servicio del hombre, de los metales, de una religión monoteísta mucho más avanzada, de una incomparable riqueza filosófica y literaria de estirpe greco judeo romana, de los conceptos de estrategia militar que hicieron a la civilización occidental virtualmente invulnerable desde que los griegos aniquilaron a las hordas persas en Maratón, Salamina y Platea.
Los conquistadores, especialmente los más grandes, fueron maestros en la utilización práctica de esa superioridad cultural. En el terreno bélico, unos pocos se enfrentaron con éxito arrollador a huestes descomunales que hacían una tosca guerra de montoneras la cual , lógicamente, estaba condenada a sucumbir, no sólo ante los caballos y los arcabuces, sino ante ingeniosos planteamientos estratégicos. Y en el terreno político no fueron menos impresionantes los prodigios logrados por los conquistadores. No habría podido pedir el florentino Maquiavelo más aventajados discípulos. El caso de Cortés es paradigmático. Con ojo certero y sagaz, el extremeño, no bien desembarcado en tierras mexicanas, adivinó la forma implacable en que el despótico Moctezuma oprimía y expoliaba a las naciones vecinas. Primero se granjeó la lealtad de los totonacas, que padecían el yugo azteca, y los convirtió en sus aliados. Luego hizo lo propio con los cempoaltecas. Más ardua fue la empresa de atraer a su lado a los aguerridos tlaxclatecas, con quienes hubo de sostener una prolongada contienda bélica antes de ganarse su adhesión. Cortés, en suma, dividió y reinó, de suerte que cuando divisó “la región más transparente del aire”. en México Tenochtitlán, ya contaba con una hueste incondicional de aliados nativos.
Con no menor pericia se benefició Francisco Pizarro de la feroz guerra civil que acababa de librarse entre Huáscar, heredero legítimo de Huayna Capac, y su hermanastro Atahualpa, vencedor final en la contienda. Haciendo gala de una consumada destreza política, Pizarro coronó a Manco, hermano de Huáscar, como ’emperador’ (léase reyezuelo títere), con sede en Cuzco y con juramento de sujeción al Papa y al Rey de España. Más tarde, Manco se rebeló contra Pizarro y fue aniquilado.
Pero ya le había prestado al conquistador servicios decisivos para sus designios de subyugar el imperio de Atahualpa.
Los golpes de audacia de los conquistadores, tanto frente a sus propios conmilitones, como frente a los nativos, son asombrosos. Cortés quemando sus naves para cortar así toda posibilidad de retorno y deserción, y Pizarro trazando en Gorgona la raya legendaria que sólo pasaron trece valientes, son ejemplos sobrecogedores. Por otra parte, ante el adversario, también pusieron en práctica estos y muchos otros conquistadores, desplantes de audacia que les valieron triunfos definitivos. Acaso no se hubiese logrado la victoria de Otumba si Cortés, al galope de su caballo, no hubiera avanzado hasta el sitial donde se hallaba el gran cacique que dirigía a los guerreros luciendo coraza de oro y escaupil de vistosas plumas y portando el pendón imperial, para derribar dicho pendón con un golpe de su espada y dar muerte al cacique. Derrocado el hombre fetiche, los indios fueron poseídos por el pánico. En ese momento ya la batalla estaba perdida para ellos.
Pero en materia de audacia, no hay duda de que la obra maestra fue la legendaria emboscada de Cajamarca, en la que Pizarro asestó el golpe de gracia al Imperio de los Incas. Reiteradamente ha sido calificada esta acción como una celada artera, puesto que el jefe español invitó a Atahualpa a una ‘cena’ amistosa, cuando su real intención era capturarlo y destronarlo. Sin embargo, no es menos lógico dudar de que un enfrentamiento de ciento seis hombres contra treinta mil pueda calificarse con propiedad de asechanza de los primeros contra los segundos. El golpe de Cajamarca fue una estratagema insidiosa pero genial. Ese día estelar de la conquista de América triunfaron de manera arrolladora, como en tantas otras ocasiones, mucho más que el fuego de arcabuces y espingardas y el galope de los corceles, el genio político y estratégico del español frente al atraso, la ingenuidad y la actitud mágica de los nativos indianos frente a todos los órdenes y circunstancias de la vida. Reconstruir brevemente los pormenores esenciales de la celada de Cajamarca equivale a trazar un epítome de los rasgos básicos que conforman el perfil del conquistador español.
Una vez que el centenar de ibéricos se halló frente a Atahualpa y su hueste innumerable, Pizarro ordenó al capellán Velarde que procediese a la lectura del requerimiento ritual por el que se conminaba a los paganos a abjurar de sus prácticas y creencias idolátricas y someterse a la autoridad del Pontífice de Roma y el Rey de España. Aunque traducido en forma chapucera por un indio bautizado que ya conocía los rudimentos del castellano, alcanzó a ser inteligible para Atahualpa, quien se encolerizó e hizo saber que jamás tributaría a monarca alguno, siendo él el mayor y más poderoso del Universo. También advirtió que mucho menos rendiría obediencia al tal Papa romano que abusivamente repartía lo que no era suyo, y terminó declarando que le parecía ridículo profesar la religión de un dios que se había dejado sacrificar mansamente mientras el suyo, que era el Sol, demostraba a diario su espléndida inmortalidad. Y a manera de remate, tomó en sus manos un breviario con los evangelios que le había entregado el capellán, lo miró con desprecio y lo arrojó al suelo. Fue ese el momento culminante del drama. ‘¡Blasfemia!’ gritaron al unísono los españoles, quienes, en seguida, invocando a su patrono Santiago, hicieron sonar trompetas y atabales, dispararon bombardas y arcabuces y espolearon sus caballos, ganosos de vengar el sacrilegio cometido por el infiel contra los sagrados textos evangélicos. En pocos instantes, Santiago, hijo de Zabedeo, abdicó transitoriamente de su condición tradicional de Matamoros, para asumir la de Mataindios. Los nativos huyeron en caótica estampida abandonando a su soberano a merced de sus captores, mientras los infantes y jinetes españoles hacían una inclemente carnicería entre los fugitivos que trataban por todos los medios de ponerse a salvo de esta furiosa borrasca de dioses. El inaudito golpe de audacia que hasta la víspera habría parecido una quimera de orates, había obrado el milagro de una maciza realidad. El imperio de seis siglos que fundara Manco Capac en el décimo de nuestra era, se derrumbaba aparatosamente en una hora ante el empuje sobrehumano de cien alucinados. Esos fueron los conquistadores españoles del siglo XVI.
Otro rasgo común y sobresaliente que advertimos sin excepción en los conquistadores españoles es su resistencia inverosímil ante una naturaleza inmisericorde y antropofágica. Afrontándola y superándola en hazañas asombrosas, poblaron un continente salpicándolo de asentamientos urbanos donde echó raíces para siempre la civilización occidental. En este punto importa recordar la notoria inferioridad que mostraron los recios alemanes que llegaron a Venezuela, y hasta la Nueva Granada, frente a los españoles.
Los Federman, Spira, Alfinger y otros tantos agentes de los Welser, cuya misión básica era tutelar los intereses de los ávidos banqueros tudescos que ya tenían del cogote al monarca más poderoso de la Tierra, terminaron vencidos por las junglas, los ríos, las alimañas y las fieras que los acechaban sin tregua en los territorios que Carlos V había dado en prenda a sus opulentos acreedores. Por eso los alemanes, a diferencia de los españoles, no fueron fundadores, no fueron civilizadores. No señalaron su paso con la huella imperecedera de las ciudades. Por eso su presencia en América fue efímera. Por eso Venezuela, y acaso parte de la actual Colombia, no se convirtieron en un protectorado alemán, en una cuarta Guayana.
Entre tanto, los españoles no dejaban rincón alguno de esta América bravía sin la impronta de su paso y su presencia permanente. Simultáneamente, España acometía la empresa enloquecida de circunvalar el globo. Fueron cinco los raquíticos bajeles que partieron de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519 con 265 valientes a bordo y bajo el mando del capitán Magallanes. Fue sólo uno de los cinco, con treinta y un espectros y al mando de Sebastián Elcano, el que los atónitos habitantes del mismo puerto vieron regresar mil ochenta y ocho días después, trayendo consigo la gloria de haber dado la primera vuelta al planeta, demostrando de manera incuestionable su esfericidad. Y como si todo esto fuera poco, muchos de estos titanes murieron viejos y en sus lechos. Jiménez de Quesada a los ochenta años, Cabeza de Vaca a los sesenta, Belalcázar a los setenta y uno, Cortés a los sesenta y dos, Orellana a los ochenta, Bastidas a los sesenta y seis.
Y una síntesis final. Con todas sus sombras y sus rasgos negativos, los conquistadores españoles fueron la vanguardia de un vigoroso movimiento que, orientado por la Corona Española, y atemperado y organizado por misioneros y legisladores, incorporó un vasto continente al orbe de la civilización occidental.