martes, 29 de mayo de 2007

Rios y puentes de antaño



Entre todas las corrientes fluviales que cruzaban a Santafé, y que seguramente determinaron la fundación de la ciudad, se destaca el Vicachá. Era éste su nombre muisca, que luego fue cambiado por San Francisco al fundarse el convento franciscano en sus riberas.
El río nace en el páramo de Choachí y luego recibe el caudal de las quebradas de San Bruno y Guadalupe. Fue el mayor río con que contó la ciudad y el que suministró el más considerable abastecimiento de agua a esta capital hasta los años finales del siglo XIX, cuando aún nutría el acueducto de Aguanueva.
Era el río más caudaloso y el que, según los cronistas, proveía las aguas más dulces, vale decir, más puras. Bajaba con notable fuerza hacia la ciudad, asomándose a la misma por el barrio de Las Aguas y siguiendo el curso de la actual Avenida Jiménez de Quesada hasta la carrera 10a. de hoy.
De este punto se desviaba algo hacia el Suroccidente hasta unirse con el San Agustín, a la altura de la actual carrera 13 con la calle 6a. Finalmente, torcía hacia el Noroccidente hasta desembocar en el río Arzobispo.
El río Manzanares, que luego fue San Agustín por el convento edificado en sus márgenes, nace en el cerro de Guadalupe. De caudal menor que el de San Francisco, alimentó en un principio el agua de la pila de la Plaza Mayor hasta mediados del siglo XVII, cuando se le sumó la del Fucha. Por el Sur, el San Agustín era el límite entre los barrios de la Catedral y Palacio con Santa Bárbara. Atravesaba la ciudad de Oriente a Occidente hasta unirse con el San Francisco, formando así la tenaza acuática que encerraba la ciudad por el Occidente.
El río Arzobispo tomó muy posiblemente su nombre de una residencia que tenía la arquidiócesis cerca de sus márgenes. Nace en el páramo de Cruzverde, desciende por Monserrate y baja con rumbo occidental hasta desembocar en el Funza o Bogotá. Sus aguas alimentaron las pilas de las Nieves y San Victorino. El Arzobispo estuvo durante toda la Colonia y parte del siglo XIX fuera del perímetro urbano; en los comienzos del siglo XX fue la línea divisoria entre la ciudad y el arrabal de Chapinero.
El río Fucha (mujer, en lengua chibcha) fue llamado más tarde San Cristóbal debido a que un pintor anónimo de la Colonia aprovechó una roca que sobresalía del cauce para pintar allí al legendario santo que cargó sobre sus hombros al Niño Dios. Nace también en Cruzverde y contribuyó con sus aguas a abastecer la pila de la Plaza Mayor desde el siglo XVII hasta comienzos del XIX a través del acueducto de Aguavieja. Don Antonio Nariño poseyó una quinta a orillas del Fucha y en una carta escrita allí encomió con entusiasmo la belleza del paraje.
Además de estos ríos importantes, hacia el Sur (calle 3a.) descendía con rumbo Occidente la quebrada de San Juanito, que era el límite sur del barrio de Santa Bárbara. Más al Sur, en zona totalmente extraurbana, corría el Tunjuelo. En el extremo Norte estaban las quebradas de la Vieja y las Delicias, que durante mucho tiempo abastecieron de agua a Chapinero. Había, además, otras numerosas quebradas que gradualmente fueron sucumbiendo ante el empuje del desarrollo urbano.

Los ríos de San Agustín y San Francisco formaban un cerco cerrado sobre Santafé. Dicho cerco impedía en principio, o al menos dificultaba al máximo el acceso a la ciudad. Por ello se hizo imperioso desde los primeros años construir puentes a fin de salvar estas barreras naturales que, si bien por cierto representaban una dificultad para la nueva urbe, le garantizaban, aunque fuera de modo precario, el abastecimiento vital. Los puentes, en consecuencia, se multiplicaron por diversos puntos estratégicos de la capital a fin de asegurar a sus habitantes un tránsito fácil entre los diversos barrios que la integraban y el exterior. Estos puentes fueron vitales hasta entrado el siglo XX, cuando los ríos fueron canalizados y se hicieron subterráneos.
Según el plano topográfico de Bogotá, que levantó Carlos Clavijo en 1894, la ciudad contaba entonces con 30 puentes. Pero durante la Colonia sólo hubo cinco puentes principales, además de dos secundarios que eran el de San Diego, al final de la urbe, y uno que se construyó totalmente fuera del perímetro urbano, sobre el río Arzobispo.
Los cinco principales eran los de San Francisco, San Agustín, San Victorino, de Lesmes y Giral. Ya en el siglo XIX, pero bajo el régimen español del Pacificador Morillo, se construyeron los puentes del Carmen, sobre el río San Agustín, y uno sobre la quebrada de San Juanito.
El puente de San Agustín. Estaba en la actual intersección de la calle 7a. con la carrera 7a. y se construyó entre 1602 y 1605, bajo el gobierno del presidente Francisco Sande. La Audiencia encargó de la realización de la obra al oidor Luis Henríquez quien, urgido de mano de obra, mandó traer indios de Tunjuelo, Usme, Ubaque y Chipaque, todos trabajadores de la encomienda de Alonso Gutiérrez de Pimentel, quien elevó una airada protesta por este despojo. El caso terminó en litigio hasta que, víctima de la más feroz arbitrariedad, Gutiérrez de Pimentel terminó en la horca. Al ser concluido, el puente de San Agustín se convirtió en la principal vía de acceso del Sur al sector central de Santafé.
El puente de Lesmes. Fue el segundo que se construyó sobre el río San Agustín, a la altura de la actual calle 7a. con carrera 6a. La obra se ejecutó entre 1628 y 1630 y la dirigió el oidor Lesmes de Espinosa y Sarabia, de quien tomó su nombre. Una avenida del río arrasó el puente en 1814. Morillo lo reconstruyó en 1817.
El puente del Giral. También construido sobre el San Agustín, en la actual intersección de la carrera 8a. Con la calle 7a.
El puente de San Victorino, sobre el río San Francisco, quedó situado en la actual intersección de la calle 12 con la carrera 12. Tuvo una notable importancia, debida al hecho de ser esa zona, el paso forzoso hacia el camino de Occidente, la vía por la que Santafé se comunicaba con el mundo. Se desconoce la fecha de su construcción, pero se sabe que era una obra sólida y maciza, tal como la describe el historiador Eduardo Posada: “Era semejante al de San Francisco, de sillería, arco ojival y barandal de piedra redondeada en la cima. El río se veía a gran profundidad”.

El puente de San Francisco. Estuvo ubicado en la intersección de la actual Avenida Jiménez de Quesada con la carrera 7a. La verdad es que allí no hubo todo el tiempo un solo puente sino varios que fue preciso reconstruir o volver a levantar del todo corno consecuencia de las frecuentes e impetuosas crecientes del río. Fue este puente vital para la ciudad y la vía de acceso que enlazó el sector central con el Norte de la capital.
El
primer puente, conocido como de San Miguel, se construyó entre 1551 y 1558 en madera, y, debido a la fragilidad de su estructura, sucumbió ante los embates del río antes de comenzar el siglo XVII.
En 1602 la Real Audiencia se pronunció sobre la necesidad apremiante de construir un puente de cantería, a fin de afrontar con buen suceso las avenidas del río. Se ordenó la construcción y se dispuso que se proveyera todos los indios necesarios para llevar a feliz término la obra.
Sin embargo, ésta se terminó en fecha no determinada y el puente volvió a sucumbir. Otro puente, iniciado por el presidente Juan de Borja, tampoco resistió las crecientes. Finalmente, fue bajo el gobierno de Don Diego Egues Beaumont, cuando se construyó, venciendo graves dificultades financieras, el puente definitivo, en cantería sólida y con arco gótico, el cual comunicó el centro y Sur de la ciudad con el Norte hasta la canalización del río. La obra fue posible gracias a un impuesto de sisa que se fijó entonces y que ascendió a la suma de dos reales por cada botija de vino que ingresara a Santafé. El puente fue terminado en 1664.

El puente de San Diego. Localizado en el confín septentrional de la ciudad, se construyó en las postrimerías de la Colonia, pero sufrió daños y deterioros. Sólo vino a ser reparado a fondo en plena era republicana.

viernes, 25 de mayo de 2007

El núcleo del sur


A fines del siglo XVIII el barrio Santa Barbara comprendía 16 manzanas pobladas y estaba delimitado así: al Norte, por la barrera natural del río San Agustín; al Sur, por la barrera, también natural, de la quebrada de San Juanito, actual calle 3a; al Oriente, por la actual carrera 4a, y al Occidente por la actual carrera 10a.
Fue un sector relativamente marginal y, pese a estar enmarcado por dos ríos, mal abastecido de agua. La parroquia de Santa Bárbara fue fundada por el arzobispo Luis Zapata de Cárdenas en marzo de 1585.
Su primer templo parroquial, de estructura endeble y sencilla, fue edificado por el capitán Lope de Céspedes, hijo del también capitán Juan de Céspedes, conquistador y compañero de Quesada. El sitio de esta pequeña iglesia fue el mismo que hoy ocupa la actual calle 5a. con carrera 7a. Sus sitios más destacados eran:
- Ermita de Belén. En 1580 la Cofradía de Nuestra Señora de Belén emprendió la construcción de una modesta ermita que fuera el centro de su devoción. La levantaron, con una estructura muy modesta, al Oriente de la parroquia de Santa Bárbara, en una colina yerma conocida como "El Pedregal". La humilde capilla se fue deteriorando hasta que en el siglo XVIII recibió el beneficio de un solterón llamado Don Esteban Antonio Toscano, que en las postrimerías de su vida decidió ponerse a paz y salvo con su conciencia donando una gruesa suma para la restauración de la ermita y trasladándose a ella para vivir una existencia de privaciones y sacrificios en compensación por su pasada vida de licencias. La obra se realizó no obstante la oposición del párroco, que veía en ella una competencia inconveniente en el recaudo de limosnas.
- Las Cruces. En 1655 se edificó la primera ermita con este nombre, en la actual carrera 11 con calle 6a. En 1827 se empezó a construir el actual templo de ese nombre.
- Capilla de Monserrate. En 1620, Don Pedro Valenzuela obtuvo licencia para edificar una ermita en el cerro tutelar de la ciudad. Se llamó Nuestra Señora de Monserrate y en principio fue ocupada por los agustinos recoletos los cuales, a raíz de un litigio con las autoridades civiles, fueron sustituidos por los candelarios. Derruida por el sismo de 1743, fue construida luego. En su camarín se venera la tradicional imagen del Señor Caído, cuya devoción lleva aún a millares de fieles hasta la cumbre del cerro.
- Recoleta de Fucha. A principios del siglo XVII, el capitán Juan Bernal donó un solar a orillas del río Fucha para establecer allí un convento dominico. El permiso fue concedido pero más tarde las autoridades encontraron redundante la recoleta y dieron orden a los frailes de abandonarla. Estos respondieron con un acto de rebeldía y se negaron a salir. La respuesta oficial no se hizo esperar: la recoleta fue demolida sin contemplaciones.
- Convento de San Agustín. Se debió esta obra a la piedad del encomendero Juan de Céspedes, quien donó algunas casas de su propiedad para construir en esos lotes la capilla y el convento de los agustinos calzados. En 1575 los frailes tomaron posesión del terreno, a orillas del río Manzanares, que a partir de ese momento se llamó San Agustín. El convento y la iglesia quedaron comprendidos entre las actuales calles 6a. y 7a. y las carreras 7a. y 8a.
- Capilla y ermita de La Peña. Cuentan la tradición y la leyenda que en 1685, mientras se trabajaba en la construcción de una pequeña ermita en los riscos que sirven de contrafuerte al cerro de La Peña, al Oriente del barrio de Santa Bárbara, se presentó un fenómeno milagroso que dejó estupefactos a los santafereños. Corrió la voz de que, en medio de un imponente resplandor, había aparecido la Virgen ofreciendo una fruta al Niño Jesús mientras un ángel, a su lado, sostenía una custodia en las manos. Para conmemorar este hecho extraordinario, se edificó una ermita en lo alto del cerro. Posteriormente, debido a las dificultades de acceso, se construyó otra capilla un poco más abajo, entre los ríos La Peña y San Agustín.
- Ermita de Guadalupe. Desde los días de la Conquista, los capitanes españoles habían plantado cruces en las cimas de los cerros tutelares de Santafé: Monserrate y Guadalupe. En 1656 se fundó una ermita para honrar allí la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe. Hubo, para la entronización de la imagen, una solemne peregrinación encabezada por la Real Audiencia.

- Fábrica de loza. Se ubicó en los arrabales, en la margen del riachuelo de San Juanito, actual calle 3a. con carrera 3a.

miércoles, 23 de mayo de 2007

Así paga el diablo...

LA COLUMNA DE OPINET
Yo no sé si los sobrinos del Tío Sam son simplemente descomedidos o si es que son cerrados de entendimiento. O tal vez ambas cosas. O ambas cosas y muchas otras.

Y no sé si hablar mal de ellos no sea, sencillamente, hablar mal de todo el género humano; al fin y al cabo, qué tienen ellos de distinto... Sin embargo, Estados Unidos aún es un país admirable por la voluntad de sus gentes, por su orden, por su institucionalidad, por sus avances; todo eso a pesar de ser un imperio dirigido por una caterva de hipócritas que proyecta una imagen decadente, que no concuerda con la de una sociedad que obtuvo todos los premios Nobel en ciencias del año pasado.
Los gringos se creen con derecho de evaluar a todo el mundo por cosas que ellos hacen sin sonrojarse: si se trata de violación de derechos humanos, ahí tienen a su Abu Ghraib y su Guantánamo (o acaso Chiquita, Drummond y Coca-Cola); si el tema es violación de derechos laborales, ahí tienen sus empresas maquilando en países pobres en condiciones de esclavitud; si de masacres, el machete ultramoderno es el sigiloso bombardero Stealth; si de narcotráfico, son ellos los que se meten miles de toneladas métricas de coca en sus narices y son sus narcos los que se llevan el grueso de las ganancias.
Sin duda, ellos carecen de autoridad moral; su arrogancia es producto del poder del dinero y saben que el que pone la plata pone las condiciones. El que tiene plata marranea, sobre todo si uno se deja y muestra el hambre. Por eso mismo no distinguen entre amigos y enemigos y ni siquiera advierten sobre el cuidado que deben tener de sus intereses.
Es decir, los gringos no son un socio confiable y no es sensato esperar hasta el fin de los tiempos a que nos arrojen un mendrugo de pan de su plato.
Nada más cuerdo que lo expresado por el vicepresidente Francisco Santos acerca de replantear relaciones con E.U. si nos niegan el TLC y la ayuda para el Plan Colombia y las Fuerzas Militares. Es una apreciación llena de lógica, que no debería sorprender a nadie. Nosotros tenemos dignidad, aunque a veces no se note, y todo tiene su límite, la taza se llena.
El desaire que recibió el Presidente de Colombia en Washington es una campanada de alerta en el sentido de que es necesario desmontar lo más pronto posible nuestra dependencia de un socio del que se pueden esperar ingratitud y menosprecio. No se trata solo de que la oposición haya dañado el ambiente o de que los demócratas desconozcan todo acto político de los republicanos y Colombia sea víctima colateral de esa confrontación. El problema es que no hay certeza alguna de que ellos se sientan corresponsables del problema de las drogas como nosotros pretendemos, y que tenemos un alto grado de inmadurez que nos lleva a esperar dádivas de todo el mundo.
Colombia tiene que destetarse si queremos mejorar nuestra reputación, nuestra honra, nuestro honor. No se puede alcanzar respetabilidad mientras subsista la tendencia a hacer tareas impuestas desde afuera y cumplir órdenes a cambio de un par de galletas. Tampoco es enriquecedor estar recibiendo regaños y sermones de terceros. Eso no mejora nuestra autoestima, sino que refuerza esa absurda mentalidad de limosneros, siempre a la espera de que nos den cualquier cosa sin importar cuánto nos pisoteen y mientras dilapidamos nuestros recursos propios en cosas sin importancia.
El fin de la alineación con los gringos no tiene que verse como algo catastrófico, sino como una oportunidad que deberíamos darnos más temprano que tarde.
El problema es que dependemos muchísimo de ellos y romper esos lazos sería arduo y doloroso. A lo mejor tiene razón Chávez con aquello del olor a azufre, pues bien se les ha servido y así nos pagan, por serviles, por arrodillados, por andar mendigando visas a Disney y helicópteros viejos. En fin, no es cuestión de mamertismo, sino de dignidad.

martes, 22 de mayo de 2007

El núcleo del Occidente


Este sector era la primera área urbana que veían los viajeros que llegaban a Santafé por el camino de Occidente (que eran la mayoría), puesto que por allí se llegaba al río Magdalena y, a lo largo de esa gran arteria fluvial, a los puertos del Caribe y por ende al resto del mundo. Según el padrón de 1801 el barrio comprendía 32 manzanas, pero había numerosos solares baldíos.
También vale anotar que sólo en las postrimerías de la Colonia adquirió San Victorino una real importancia. Veamos ahora someramente algunos sitios de interés en este.
- La Capuchina. Los capuchinos fueron una orden religiosa tardía. Don Pedro de Ugarte donó sus terrenos y en ellos construyó la comunidad su convento e iglesia. La obra concluyó en 1791.
- Plazuela de San Victorino. Fue la puerta de ingreso a la ciudad. De la plazuela se entraba al sector central a través de un puente que estaba situado a la altura de la actual calle 12 con carrera 12.
- Pila de San Victorino. En la Colonia las pilas de agua eran auténticos polos de desarrollo. El caso de esta pila es uno de los más demostrativos de la exasperante lentitud con que avanzaban las obras públicas en esta época. En 1680 los vecinos del sector se pronunciaron ante el Cabildo para encarecerle la urgencia de construir una pila que recogiera aguas conducidas hasta allí a través de arcaduces desde el río Arzobispo. Increíble pero cierto: la obra se dio al servicio en agosto de 1803.
- Carnicería. Era la principal de las tres carnicerías con que contaba la ciudad y estaba situada en la actual calle 8a. con carrera 12. Los otros expendios quedaban en el barrio occidental de las Nieves y en el barrio Santa Bárbara.

- Huerta de Jaime. Actual Parque de los Mártires por haber sido sacrificados allí numerosos dirigentes patriotas durante la era del terror, entre 1816 y 1819.

miércoles, 16 de mayo de 2007

El núcleo del norte


El sector Norte de la ciudad estaba comprendido entre la orilla del río San Francisco y la Recoleta de San Diego, que era el límite de la urbe por ese lado. Al Oriente, iba hasta el pie de los cerros y al Occidente hasta la llamada Alameda Vieja, hoy carrera 13.
Sin embargo, al contrario de lo que ocurría en el barrio de la Catedral, este sector sí contenía considerables áreas de lotes baldíos, aproximadamente un tercio del total.
En 1774, por decisión del virrey Guirior, el barrio fue dividido en dos sectores: Oriental y Occidental, separados por la Calle Larga de las Nieves, hoy carrera 7a. Este barrio comprendió entonces tres sectores en orden de importancia, así:

a) Plaza de las Yerbas o de San Francisco.
b) Sector oriental.
c) Sector occidental.

Vale recordar que hasta finales de los años cincuentas del siglo XVI, el más importante núcleo urbano de Santafé no fue la Plaza Mayor, hoy de Bolívar, sino la de las Yerbas, hoy Parque de Santander. Ahora veamos las razones por las cuales se erigieron allí las residencias de las altas personalidades de la ciudad.
La barrera natural formada por el río Vicachá (San Francisco) obligó a los primeros pobladores a concentrarse en esa explanada. Por otra parte, fue allí donde Quesada formalizó su primer asiento militar y donde se celebró la primera misa, en la modesta capillita del Humilladero, situada en la esquina noroccidental de la plaza. Rápidamente ésta se convirtió en sitio de intercambio de productos con los indios y mercado de víveres. La Plaza de las Yerbas siguió adquiriendo preponderancia y ya en 1541 se realizaron las primeras transacciones de propiedad raíz y se iniciaron las primeras construcciones de residencias para personajes notables. La primera se levantó en el sitio donde hoy está el edificio de la Nacional de Seguros. En 1572 la conformación de la plaza era como sigue.
En el costado occidental estaban las iglesias de San Francisco y La Veracruz. En el costado septentrional había tres residencias particulares. Por el lado oriental estaba el primer convento dominicano y dos casas. En el costado meridional no había ninguna construcción, sólo un barranco que daba sobre el río. Esta situación no cambió hasta que levantó allí su residencia Doña Jerónima de la Bastida. Pasó el tiempo y, no obstante la supremacía que conquistó la Plaza Mayor, las Yerbas siguió siendo un polo de gran importancia y sitio preferido por personajes connotados de diversas épocas para tener allí sus residencias. Hernán Pérez de Quesada y el propio fundador residieron en este lugar. Más tarde vivieron allí el general Nariño (costado oriental) y el general Santander (actual edificio de Avianca).
Por su parte, el Barrio Oriental de Las Nieves, que a finales del siglo XVIII comprendía 25 manzanas, se extendía, de Sur a Norte, de la actual calle 16 a la 22, y, de Oriente a Occidente, de la carrera 4a. a la 7a. Gradualmente se fue extendiendo hacia el Norte. En este sector, sobre la actual carrera 7a, se levantó la primera ermita, de Las Nieves, que posteriormente se incendió. La que la sustituyó sucumbió en el sismo de 1817. Posteriormente, y en el mismo solar, fue construida la iglesia actual. Desde fines del siglo XVI existió la plaza de Las Nieves, terreno donado para uso público por Doña Francisca de Silva, hija del conquistador Juan Muñoz de Collantes.
En 1665 el cura de las Nieves, Francisco Cuadrado, solicitó al Cabildo la instalación de una pila de agua en la plaza de la parroquia, insistiendo en que las numerosas panaderías que operaban en el sector hacían indispensable este servicio. El Cabildo accedió a esta solicitud y la pila fue construida.
En cuanto a la población del barrio, en su núcleo se agrupaban las casas y talleres de artesanos y gentes humildes; maestros del arte de pintura, escultores, orfebres, plateros, carpinteros de lo blanco, ebanistas, maestros de arquitectura, etc., cuya piedad proporcionó recursos para convertir la ermita en la iglesia de tres naves que fue adorno de la capital del virreinato. Huertas de recreación, chircales y fábricas de loza menudeaban en los días coloniales en la pintoresca barriada.
En cuanto al barrio occidental de las Nieves, hacia fines del siglo XVIII comprendía 25 manzanas. El límite Sur era el río San Francisco, desde el puente hasta la actual carrera 13; por el Norte, iba hasta la actual calle 25; el límite occidental era la Alameda (carrera 13) y el oriental la actual carrera 7a.
Los dos sectores de las Nieves comprendían varias edificaciones de importancia, entre las que se destacaban:
- El convento franciscano, erigido en 1550. Su primera ubicación fue la plazuela de las Nieves. (La orden inició actividades en Santafé con 10 frailes).
- Noviciado de los jesuitas. En 1657 la Compañía de Jesús fundó un noviciado con iglesia anexa en la Calle Larga de Las Nieves, exactamente en lo que es hoy la calle 18 con la carrera 7a. La obra tropezó en principio con la oposición de sus rivales franciscanos, pero la influencia de los jesuitas era grande y el noviciado se construyó y funcionó sin problemas. Desde luego, como casi siempre en estos casos, contó con generosas donaciones particulares.
- Las Aguas. En 1690 se terminó esta obra, consistente en un claustro amplio y espacioso y una iglesia adjunta. Recibió este nombre por su proximidad al río San Francisco. Inicialmente el conjunto iba a ser regentado por los frailes de San Felipe Neri, pero surgieron dificultades y finalmente pasó a manos de los dominicos.
- Reconstrucción de la Veracruz. La ermita de este nombre fue en sus principios una humilde capilla situada en el ángulo noroccidental de la Plaza de las Yerbas. En 1631 se inició su reconstrucción bajo el patrocinio de la Hermandad de la Veracruz.
- Recoleta de San Francisco (San Diego). Esta recoleta fue fundada en 1606 y consagrada en 1610. Se edificó en terrenos de la finca de recreo “La Burburata”, de propiedad del rico encomendero Antonio Maldonado de Mendoza, quien la vendió a un precio muy módico a la orden franciscana. La recoleta fue por mucho tiempo el extremo septentrional de la ciudad y desde sus primeros años fue un lugar de romerías piadosas a la Virgen del Campo que a partir de entonces se veneró allí.
- Reconstrucción del templo de San Francisco. El terremoto de 1785 averió seriamente esta iglesia, por lo cual fue preciso reconstruirla. La obra fue encomendada al arquitecto Domingo Esquiaqui. La portada es sobria y la torre tiene el mismo diseño de las de otros templos de esta orden en ciudades como Quito. En su interior existen desde entonces unos soberbios retablos en madera que figuran entre los más hermosos de toda la riquísima imaginería barroca de Hispanoamérica. En la sacristía se halla el único lienzo de Zurbarán que hay en Colombia.
- Iglesia de la Orden Tercera. Es ésta una orden menor que depende de la de San Francisco. En 1761, con el apoyo del virrey Solís y el consabido patrocinador rico y piadoso, se inició su construcción en el ángulo noroccidental de la Plaza de las Yerbas.
- El Arco de San Francisco. Fue ésta una construcción muy curiosa. Tratábase de un arco o puente de cal y canto que comunicaba el templo de la Orden Tercera con el convento franciscano pasando sobre la actual calle 16, motivo por el cual recibió el nombre de Calle del Arco. Este puente urbano fue demolido en 1882.
- Hospicio de hombres y casa de recogidas. Esta institución, estaba situada en lo que es hoy carrera 7a. entre calles 18 y 19.
- Tenería de Cajigas. Era ésta una casa alta y notable por sus amplios espacios, donde residió Don Antonio Cajigas y Bernal, fiador de don Antonio Nariño cuando ocupó la Tesorería de Diezmos.
- Casa de los virreyes. Situada al Norte del Hospicio y construida por los opulentos zipaquireños Lasso de la Vega, fue conocida con ese nombre, no porque allí hubiera residido virrey alguno, sino por el lujo insólito que la caracterizaba.
- La Alameda Vieja. Era una de las salidas de la ciudad por el Occidente y se prolongaba hasta el camino de Suba. En la parte urbana era la actual carrera 13 entre calles 15 y 25,
estaba arborizada desde San Victorino hasta el campo abierto de San Diego, sin más construcción en todo el trayecto que una quinta aislada de dos pisos, entre potreros de achicoria, perteneciente al notable médico don Miguel de la Isla, quien tenía allí plantado un jardín botánico, el primero que existió en Santafé.

sábado, 12 de mayo de 2007

El núcleo central


El núcleo central tenía prácticamente los mismos límites de la ciudad en sus comienzos. Al Norte, el río Vicachá (San Francisco); al Sur el Manzanares (San Agustín); al Oriente, más o menos la actual carrera 5a., y al Occidente un barranco que estaba a la altura de la actual carrera 10a. El predominio del sector central fue contundente. Siendo su área la sexta parte de la urbe, su población llegó a fines de la Colonia al 41.1 % del total.
Otro factor que contribuyó poderosamente a la preponderancia del barrio de la Catedral fue que la casi totalidad del comercio se concentró dentro de sus límites, especialmente en la Calle Real. También debe destacarse el hecho de que en este sector estaba el mayor número de casas de dos pisos y existía la mayor densidad de construcción, con una casi total inexistencia de solares vacíos, veamos ahora las principales construcciones del barrio de La Catedral.

La Catedral

La modestísima capilla de paja que encontró el obispo Juan de los Barrios cuando llegó a Santafé, mal podría llamarse catedral. Fue precisamente este prelado quien decidió dotar la joven urbe de un digno templo metropolitano, por lo cual dispuso la demolición de la capilla e inició en 1556 la construcción de la nueva catedral. La obra concluyó en 1565 pero tuvo mala suerte porque, no bien terminada, se derrumbó en forma aparatosa, seguramente debido a la chapucería de sus constructores.
En 1572 se acometió la tercera tentativa para erigir una catedral que mereciese tal nombre. Sin embargo, la obra avanzó con una lentitud desesperante y tampoco en esta fase intervinieron constructores calificados. La consecuencia fue que los sismos de 1785 y 1805 la averiaron hasta el punto de que fue preciso demolerla.
Sólo en 1807 el capuchino Fray Domingo Petrez, arquitecto con todas las de la ley, diseñó el imponente conjunto de la que, con modificaciones adjetivas, es la actual Catedral Metropolitana de nuestra ciudad. Fue construida sobre la parte más alta de la plaza, conocida como el “altozano”, hoy atrio.La Capilla del Sagrario
En 1660 unos nobles y piadosos santafereños, encabezados por Don Gabriel Gómez de Sandoval, adquirieron dos casas contiguas a la Catedral y en esos solares erigieron la Capilla del Sagrario, en honor del Santísimo Sacramento.

La Candelaria

El primer templo de este nombre, erigido por los padres agustinos, tuvo que ser demolido por haber entrado en colisión con las reglamentaciones vigentes sobre construcciones. Pero más tarde, en 1684, la comunidad obtuvo nueva licencia y el templo fue reedificado.

Colegio del Rosario

En 1651 el rey Felipe IV otorgó licencia al entonces arzobispo del Nuevo Reino, Fray Cristóbal de Torres, para fundar un colegio en Santafé. El claustro, que hoy aún admiran los bogotanos, fue terminado en 1653 y el colegio empezó a funcionar regentado por los dominicos. Quedó ubicado en el ángulo nororiental que forman las actuales calle 14 y carrera 6a. Hacia el lado Sur fue construida una capilla cuyo bellísimo portal es también motivo de admiración. En principio se llamó de Santo Tomás. Luego, la propia reina de España bordó sobre tela una imagen de la Virgen del Rosario para la capilla, que por esa razón fue conocida hasta nuestros días con el nombre afectuoso de “La Bordadita”

Santa Inés

En el extremo occidental del barrio del Palacio (hoy calle 10a., con carrera 10a.), el capitán Fernando de Caicedo y su familia patrocinaron la erección de este monasterio y la iglesia del mismo nombre. Se terminó parcialmente en 1645.

Casa del Cabildo Eclesiástico

La sala capitular y otros despachos del Cabildo Eclesiástico funcionaron en el costado oriental de la Plaza Mayor.

Convento de Santo Domingo

Luego de su corta permanencia en la Plaza de las Yerbas, los dominicos trasladaron su convento en 1557 a la Calle Real, en la manzana que hoy enmarcan las calles 12 y 13 y las carreras 7a. y 8a.
Este, que fue el más grande, imponente y prestigioso convento de la capital, sólo vino a quedar concluido en 1619. La iglesia fue ricamente ornamentada, tenía tres cuerpos apoyados en columnas dóricas vestidas de parras y en las naves laterales había magníficos retablos. El claustro del convento fue el más amplio que se construyó en Santafé y su arquería descansaba sobre 182 columnas.
Acabando esta capital de celebrar el cuarto centenario de su fundación, un frío e inexorable acto de vandalismo oficial redujo a escombros la que fue una de las más soberbias obras arquitectónicas de nuestra era colonial para erigir en su lugar un afrentoso edificio

Santa Clara

El arzobispo Arias de Ugarte promovió la fundación de un monasterio para las monjas clarisas. Varias familias opulentas de Santafé hicieron generosas donaciones para esta obra, cuyo costo alcanzó la elevadísima suma de 60.000 pesos. Su ubicación fue la actual calle 9a. con carrera 8a.

Colegio de Santo Tomás de Aquino

El presbítero Gaspar Núñez, cura de San Victorino, dejó un apreciable capital de 150.000 pesos que destinó por voluntad testamentaria a la construcción de un colegio que se llamaría de Santo Tomás de Aquino y que sería regido por los dominicos. Sus rivales de la Compañía de Jesús trataron de impedir la creación del colegio, pero finalmente éste fue fundado y construido.

Monasterio del Carmen

Se creó debido a la iniciativa de Doña Elvira de Padilla y fue terminado en 1619 por las monjas carmelitas. Quedó localizado en la actual carrera 5a. con calle 9a. (Camarín del Carmen).

Monasterio de la Concepción

Fue el primer monasterio de Santafé, se construyó gracias a un legado del rico mercader Luis López Ortiz, quien murió sin herederos y dejó la totalidad de su fortuna para este fin piadoso. La edificación se inició en 1583 bajo el patrocinio del arzobispo Zapata de Cárdenas y abarcó dos manzanas.

Templo de San Ignacio y Colegio de San Bartolomé

El Colegio de San Bartolomé, máxima institución docente de los jesuitas, obtuvo licencia real para operar en 1602, gracias a las gestiones del arzobispo Lobo Guerrero, gran amigo de la Compañía. Los hijos de Loyola acometieron la construcción de un gran conjunto arquitectónico, de primera importancia en Santafé, que incluyó el colegio, (esquina suroriental de la Plaza Mayor), el templo de San Ignacio, un poco más hacia el Oriente, y el claustro (hoy Museo Colonial). El templo fue diseñado, como casi todos los templos jesuitas en el mundo entero, sobre la pauta del templo de Jesús en Roma, sede principal de la Compañía.

Capilla de Egipto

Se inició en 1556 y para su ubicación se eligió una colina que dominaba la ciudad. El promotor de la obra fue el presbítero Jerónimo de Guevara. En sus comienzos la capilla fue rudimentaria y sencilla en su arquitectura.

Monasterio de La Enseñanza

Abrió sus puertas en 1783 y fue la única institución que hubo en la Colonia dedicada a la instrucción de señoritas. Su construcción se debió a la largueza de Doña Clemencia Caicedo, linajuda dama santafereña, quien, además, dotó la entidad con esplendidez. Estaba en la actual calle 11 entre carreras 5a. y 6a.

Reconstrucción de la Casa de la Moneda

A partir de 1570 la Corona empezó a considerar con firmeza la decisión de retirar a los particulares el derecho de acuñar moneda y convertirlo en privilegio estatal. Tal medida se tomó definitivamente en 1759, por lo cual se hizo necesaria la reconstrucción del inmueble destinado a ese quehacer. La obra se comenzó en 1753 y es el magnífico edificio que hoy admiramos, en perfectas condiciones, en la calle 11 con la carrera 5a.

La Aduana

A mediados del siglo XVIII el gobierno virreinal encargó al alarife N. Lozano la construcción de un edificio adecuado para este importante organismo, en el costado Oriental de la Plaza Mayor, al lado de la Capilla del Sagrario.

viernes, 11 de mayo de 2007

Los primeros núcleos urbanos


Tan sólo a partir de la segunda mitad del siglo XVIII se acentuó el carácter realista del gobierno español. Este proceso de orden institucional se reforzó con otras tendencias que se expresaron en la arquitectura de Santafé: el mayor tamaño y la jerarquía urbana y el reavivamiento del comercio y la actividad económica.
Hasta entonces, las obras civiles se habían limitado a algunos acueductos, empedrados, pilas, puentes y a las casas del Cabildo, la Audiencia y la cárcel. Ya en la segunda mitad del siglo XVIII las obras civiles, como quedó anotado atrás, tomaron más cuerpo. Las necesidades de magnitud se van adaptando a partir de una casa con funciones residenciales. Es decir, puede decirse que los edificios públicos lo fueron por su función mas no por su diseño; no fueron hechos específicamente para cumplir este papel.
La construcción civil no fue lo suficientemente frondosa como para tener un estilo o unos rasgos arquitectónicos definibles. Sin embargo, empiezan a aparecer obras de magnitud, impulsadas por los arquitectos constructores de peso.
La arquitectura militar de España, muy acorde con el énfasis imperial, dio lugar a ingenieros expertos que se aplicarían a las obras civiles. El más notable que actuó en Santafé fue Domingo Esquiaqui, un ingeniero militar, cuya intervención resultó decisiva.
Puede afirmarse que es el primer urbanista de Santafé, es decir, un arquitecto e ingeniero, un especialista con una visión integral de la ciudad, sus funciones y su distribución espacial. Intervino en casi todas las obras importantes de la Santafé de fines del siglo XVIII. Se lo podía observar diseñando un cementerio, conduciendo las labores de reconstrucción después del terremoto de 1785 o reconstruyendo con mucho sentido arquitectónico una de las más representativas e importantes piezas de nuestra arquitectura como lo fue el templo de San Francisco.
En 1791 hizo el plano de la capital que, además de otros dos (el de Cabrer y el de Talledo), es el más detallado y técnico, la única versión confiable que nos permite reconstruir la traza de la Santafé del siglo XVIII.

Los dos ríos que cruzan Santafé se convirtieron en decisivas fronteras internas. Sobre esta circunstancia de orden geográfico se crearon las divisiones cívico religiosas, las Parroquias.
De acuerdo con estas consideraciones me he tomado el atrevimiento de dividir la ciudad en cuatro núcleos o sectores con el fin de describir individualmente sus características particulares.
1) El núcleo central (el barrio de la Catedral y los adyacentes del Palacio, San Jorge y la Candelaria).
2) El núcleo septentrional (barrio de Las Nieves).
3) El núcleo meridional (barrio de Santa Bárbara).
4) El núcleo occidental (barrio de San Victorino).

miércoles, 9 de mayo de 2007

La liquidación del ISS

LA COLUMNA DE OPINET.
El tema de la liquidación del Seguro Social ha logrado unir fuerzas antagónicas, las del Partido Liberal y el Polo Democrático, que se oponen con un argumento banal: que el artículo 20 de la Ley 790 de 2002 prohíbe de manera expresa la liquidación de la entidad.
La trampa no puede ser más evidente. El tropiezo legal fue instaurado por la clase política que viene desangrando al ISS desde su creación, con el consentimiento de la izquierda que ha tenido en la institución uno de los platos más suculentos para saciar su sindicalismo voraz.
A la clase política, en general, no le interesa que el ISS preste atención de alta calidad a sus afiliados sino que continúe como está, que es como les sirve a ellos y a los trabajadores sindicalizados, en ese caos donde reina la corrupción que les llena los bolsillos a todos: a los trabajadores que trafican con drogas costosas y se benefician de generosos acuerdos laborales, a los directivos que hacen parte de clientelas y manosean millonarios contratos a su antojo y a los políticos, que son, finalmente, los que manejan los hilos y quienes más se lucran de todo este desbarajuste. Todo a expensas de la inoperancia de los entes de control.
Tardíamente, el Gobierno Nacional ha decidido que el mejor camino para resolver un problema viejo es crear entes nuevos que se encarguen de los negocios de salud, pensiones y riesgos profesionales del ISS. Eso parte del reconocimiento de que lo importante no es la entidad ni sus empleados sino los afiliados, razón de ser del Instituto.
Lo que debe primar es la buena atención de los usuarios y no la subsistencia de una institución viciada por todos los males. Ese principio no lo reconocen quienes se oponen a la liquidación e insisten en la posibilidad de recuperar al ISS.
Para alcanzar ese propósito hay que ser pragmáticos y admitir sin demagogia que el Seguro Social, como hoy lo conocemos, es una entidad insalvable que ha llegado a un punto de no retorno. No existe ninguna posibilidad real de que el Estado le cancele una deuda histórica que excede la capacidad de cualquier esfuerzo fiscal, calculada por algunos en 57 billones de pesos de aportes legales que la Nación ha dejado de pagar.
Pero tampoco hay una entidad eficiente, comprometida, sana que pueda responder al salvamento. No hay un cultura institucional que haga creer en la existencia de un patrimonio de los colombianos en cabeza del ISS sino una institución carcomida por la corrupción que ha martirizado a los usuarios por décadas, proporcionando un servicio de salud de mala calidad.
Incluso, hay que ser precisos y decir sin ambages que es un sofisma atribuir los problemas del Seguro a la Ley 100 de 1993. No, los problemas son de vieja data.
Desde los años setenta la entidad presentaba graves problemas de funcionamiento, altísima corrupción, desbordada politiquería, pobrísima atención. La disculpa es que el ISS no estaba preparado para atender la medicina familiar, que le dejaron todos los pacientes de alto costo y que la gente más joven se fue para las EPS privadas. ¿Cuándo iba a estar listo si en cuatro décadas no pudo adecuarse, si las EPS privadas aliviaron una carga que el ISS no hubiera soportado?
Es una insolencia negar que el ISS se murió de corrupción y politiquería, que desde hace décadas lo privatizaron al servicio de los corruptos y que dejó de servirle adecuadamente a la población trabajadora -y a sus familias gracias a la Ley 100-, colombianos de todas las condiciones que se merecen algo mejor que salir de madrugada a hacer filas interminables para reclamar un ficho o llamar a un teléfono donde nunca contestan. Lo importante ya no son los sindicatos ni los intereses políticos sino el que sus usuarios tengan tratamientos y cirugías oportunas y no sean atendidos en los pasillos habiendo camas disponibles.
La EPS pública debe ser la mejor del país y para lograrlo no hay mejor actor que las cajas de compensación familiar. No se puede hacer eco a una izquierda retrógrada aliada con los corruptos, que viene a hacer gala de excentricidad filosófica para tachar a las cajas de compensación con el rótulo de “sector financiero especulativo del país”, eso es sencillamente ridículo.
En esto no están pensando en el bien de los colombianos como quieren hacernos creer, es un pulso ideológico lleno de mezquindad que no consulta el interés de todos.

lunes, 7 de mayo de 2007

La arquitectura Colonial


En líneas generales, la arquitectura civil y religiosa de Santafé resulta modesta si se compara con la de otras urbes hispanoamericanas: México y Lima, capitales de los dos grandes virreinatos españoles en el Nuevo Mundo: Quito, Cuzco, Arequipa y Potosí, en el gran Perú; Guanajuato, Tasco, Querétaro, Guadalajara, y Puebla, en la Nueva España.
En lo religioso, los templos de Santafé, Tunja y Popayán adquirieron considerable esplendor con el advenimiento de los altares, retablos y parámetros barrocos del siglo XVII. Pero en el XVI fueron pobres y modestos en extremo, especialmente en Santafé, ciudad que, pese a su condición capitalina, no llegó a poseer, como Tunja en el siglo XVI, una soberbia fachada renacentista para su catedral.
En efecto, mientras en Santafé, la diócesis trataba por todos los medios de sustituir su humilde y mal llamada catedral pajiza por una más digna, el gran maestro Bartolomé Carrión esculpía en Tunja la magnífica fachada a que acabamos de aludir y que hoy, en impecable estado de conservación, es motivo de asombro para todos los que la visitan.
Las obras religiosas santafereñas del siglo XVI no fueron más que modestas capillas de bahareque y techo de paja con naves de un solo cuerpo cuyo peso descansaba sobre los muros laterales, los cuales eran unidos por una techumbre de madera y un arco toral que amarraba la estructura. Esta sobriedad fue en parte reflejo de la pobreza general y en parte de las pautas de severidad arquitectónica que trazó el austero Felipe II, cuya personalidad está fielmente reflejada en la mole majestuosa del Escorial, imponente dentro de su rigurosa sobriedad de concepción arquitectónica y de líneas.
Este esquema general se sofisticó un tanto con el tiempo y con el auge del barroco, pero conservó ciertos aspectos básicos. Uno de los elementos que se hicieron presentes fue el mudéjar, tímido en algunas construcciones, exuberante en otras y, por supuesto comprensible, dada la vigorosa vertiente árabe en todas las formas y expresiones de la cultura española.
Los templos santafereños conservaron siempre un común denominador de sobriedad en sus exteriores, aunque la frondosa imaginería barroca enriqueció sus naves y presbiterios. Prueba de ello son los casos de los templos de San Francisco, San Ignacio, San Agustín, Santa Clara y otros, escuetos y severos por fuera, en contraste con la opulencia de sus altares y retablos.
La importancia y el poder de las órdenes regulares está a la vista en la cantidad y calidad de sus claustros e iglesias, hasta el punto de que las segundas aventajaron de manera apabullante a la modesta Catedral, hasta que ya en el siglo XIX el principal templo de la ciudad adquirió reales trazas catedralicias.
Las iglesias de las respectivas comunidades y sus conventos siguieron la misma pauta general: templo contiguo al convento, y éste, a su vez, cuadrangular y de dos pisos con arcadas sobre un gran patio interior.
Otro factor que contribuyó sustancialmente a la solidez y prosperidad de las órdenes fue la frecuencia con que fieles piadosos les legaban en sus testamentos jugosas mandas, dándose inclusive el caso de que algunos, por no tener herederos directos, vistieron el hábito de legos y donaron la totalidad de sus bienes a la comunidad elegida. Entre estos casos, el más célebre fue el del virrey José Solís Folch de Cardona.
Era costumbre exponer en los templos de manera visible los nombres de sus benefactores. Por otra parte, en Santafé se formaron cofradías piadosas, cuya finalidad primordial fue impulsar la construcción y mejoramiento de templos, ermitas y capillas destinadas a diversas devociones específicas.

Algunos viajeros de la época hicieron resaltar en sus notas el carácter conventual de Santafé, que la hacía muy similar a Quito, La Paz, Potosí y otras ciudades andinas. No olvidemos que todavía en 1700 el 76.2% de las edificaciones de la capital eran de carácter religioso. Tanto por la proliferación de iglesias como por el silencio de sus calles, Harry Franck, interpretando el espirítu santafereño, la llamó Cloistered City.

viernes, 4 de mayo de 2007

Calles, caños, andenes y aseo


En un principio, el estado de las calles en Bogotá dependía en esencia de la intensidad de la circulación; con pocas salvedades, éstas permanecían cubiertas de yerbas. Pero no tardaron los vecinos en comenzar a clamar por el empedrado, no sólo para las calles principales, sino para las plazas en que se celebraba mercado, especialmente la Mayor, que después de todo un día de intenso trajinar de mercaderes con bestias y vituallas, quedaban convertidas en repulsivos muladares donde los detritus orgánicos y los desperdicios de carnes, frutas y legumbres se revolvían en hediondas mezcolanzas que eran, al finalizar la tarde, opíparo banquete para cientos de gallinazos y no pocos cerdos y perros mostrencos que deambulaban sin rumbo.
Además, los vecinos tenían muy claro que el empedrado traía consigo el inmenso beneficio de los desagües, indispensables para evacuar toda suerte de aguas sucias y desechos. Los santafereños eran conscientes de que la natural inclinación Oriente Occidente de la ciudad sería, como en efecto lo fue, un valioso auxiliar para impeler por gravedad las aguas de los caños hacia sus desagües finales. La gran pendiente y el poder abrasivo del agua a una mayor velocidad puede apreciarse en los profundos cauces de los ríos que cruzaban la ciudad en esta dirección. Un efecto semejante se producía en las calles desempedradas pues corrían en esta dirección. Cuando se construyeron los primeros enlosados estas calles se dotaron con unos pequeños puentes que hoy llamaríamos “peatonales”, destinados a cruzar los caños.
Los andenes fueron desconocidos en Santafé hasta fines del siglo XVIII, cuando las autoridades comenzaron a pensar en la necesidad de fijar sectores de la calle destinados exclusivamente para viandantes. Hasta entonces, los transeúntes solían andar próximos a las casas, generalmente bajo los aleros, que los protegían con eficacia de las frecuentes lluvias.
En las postrimerías del XVIII se expidieron reglamentaciones tales como aquellas dirigidas a evitar los obstáculos que representaban las ventanas demasiado bajas, los escalones de algunas puertas, las enormes vasijas y tinajas panzudas de las chicherías y los animales estacionados en plena calle. También hubo reglamentaciones sobre la obligación de encalar las viviendas con el fin de uniformar el clásico paisaje blanco que aún hoy admiramos en las casas supérstites de esos tiempos.
En cuanto al aseo, éste se empezó a convertir en problema en el siglo XVIII debido al incremento del volumen de basuras que generaba ya la ciudad. En épocas anteriores los desechos orgánicos y las basuras eran arrojados en los ríos y arroyos que pasaban por la ciudad o cerca de ella. Pero ya en el XVIII el asunto cambió de aspecto y las autoridades tuvieron que tomar cartas dictando medidas para obligar a las gentes a sacar las basuras a los arrabales y prohibirles bajo severas penas arrojarlas en los sectores céntricos.
Posteriores medidas se orientaron muy específicamente hacia las chicherías, esos inmundos antros, que por siglos fueron focos de insalubridad y desaseo en esta capital.
Hasta tales extremos llegó la proliferación de animales en las calles santafereñas, que el Cabildo se vio obligado a crear un corral o coso para encerrar allí las bestias que fueran atrapadas en las vías públicas sin dueño conocido.
Otra aborrecible costumbre, contra la cual lucharon en esta ciudad las autoridades hasta bien entrado el siglo XIX y algo más, fue la de orinar y defecar tranquilamente en las calles. En 1789 exigía el Cabildo a los funcionarios encargados de la vigilancia y a la policía callejera una mayor severidad contra los infractores de tan elemental norma de civismo en estos términos:

“Se hará velar por medio de los ministros a diferentes horas del día y de la noche a las muchas personas de la plebe que con inclusión de muchas mujeres, y sin rubor alguno, acostumbran hacer las necesidades comunes en las mismas calles, por cuya razón no puede lograrse el aseo de ellas, tan importante aún para la salud, haciendo que las personas que fueren aprehendidas sean conducidas sobre el mismo hecho a la verguenza pública en las rejas de esta Real Cárcel de Corte por el espacio de dos horas”. Lo menos que produce este decreto es asombro y risa.

jueves, 3 de mayo de 2007

Libro al fútbol


Este Domingo 6 de Mayo el Clásico de fútbol entre Sante Fe y Millonarios será en homenaje a la Ciudad literaria.
Cerca de 40 mil libros de la colección Libro al Viento y de Editorial Planeta y Editorial Norma se entregarán a los hinchas. La imagen de futbol y literatura quedará plasmada en un estudio fotografico que se convertirá en el símbolo de Bogotá Capital Mundial del Libro.
Libro al Fútbol, idea producida por la empresa Serendipity con el apoyo de la Secretarìa de Cultura, Recreación y Deporte y el IDRD es la oportunidad para que los aficionados al fútbol se unan a la celebración de Bogotá Capital Mundial del Libro.
Los aficionados deberán llegar al Estadio El Campín a las 2:30 p.m. (tres horas antes del partido). El padre Alirio López, será quien indique el momento en el que el público ubicado en las tribunas se levantará con su libro en la mano para tomar una fotografía panorámica.
El resultado será un estudio fotográfico en formatos panorámico, aéreo y 360 grados de las 40.000 personas asistentes al clásico del fútbol bogotano que alzarán un libro en homenaje a la Capital Mundial del Libro.